¿Animal racional, moral o religioso?

Cómo Rajoy completa la labor de Zapatero demoliendo la democracia y amenazando la existencia de España

https://www.youtube.com/watch?v=k5Iw5YUkdMk&t=2s

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Decía que la cultura tenía contenido religioso, moral, político y económico, cada aspecto muy interrelacionado. Obviamente, ahí entra también el arte. Pero importa saber si cada uno de esos aspectos es básicamente autónomo y simultáneo, o hay alguno más fundamental que de algún modo impulse a los demás. Ello tiene relación con la definición del hombre.  Siguiendo a Aristóteles, el hombre suele definirse como “animal racional” o, sobre la misma idea, como “animal técnico”. Las definiciones suelen hacerse situando lo definido en un ámbito más amplio (en este caso la animalidad) y señalando el rasgo o rasgos que lo diferencian dentro de ese ámbito. Dentro de los animales, al hombre le caracterizaría la razón. Esta podría definirse como la capacidad para la especulación guiada por la lógica, sea para alcanzar principios generales, para ordenar la experiencia o para definir fines y medios de la acción práctica. La razón está relacionada, por tanto, con las capacidades de sentir, imaginar, prever y calcular.

Ahora bien, la razón está naturalmente subordinada a la moral, que baña toda la actividad humana y la distingue de los animales aún más radicalmente que la razón. En los animales superiores percibimos cierta capacidad de razón práctica en algunas de sus reacciones, pero su conducta se guía por el instinto, subsistente pero muy debilitado en el hombre. Este solo puede subsistir en sociedades muy diferentes de las animales, lo que comporta relaciones muy varias y complicadas, a menudo conflictivas y de contenido esencialmente moral, sin las cuales no podría organizarse para sobrevivir. Se supone que los productos de la razón, al menos a su nivel más alto, no deben contradecir  la moral aceptada, aunque vemos constantemente cómo existe oposición entre ambas. Hay una profunda racionalidad en doctrinas como el marxismo, el fascismo, el nazismo, pero si hoy tendemos a descartar tales doctrinas lo hacemos ante todo por consideraciones morales  que van más allá del utilitarismo y que se apoyan en la experiencia, la principal de ellas es la oposición entre dichas doctrinas y lo que consideramos bienestar y libertad humanos. El mito del Génesis alude probablemente al paso del instinto a la esfera de la moral, que constituye al hombre por encima de la técnica o de la razón, no solo de la instrumental.

Una esfera que, por otra parte, dista de ser tranquilizadora, porque  los principios morales son difíciles de definir, a menudo cambian de aspecto, son traicionados o surgen ideas contrarias que pretenden justificarse por su valor moral. Gran parte del esfuerzo intelectual del hombre se ha desarrollado en la búsqueda de principios que permitan una conducta clara y precisa, sin las variaciones y choques que encontramos en la realidad, una aspiración que nunca llega a su fin. Un ejemplo elaborado de esos principios son los Diez Mandamientos, mandatos imperativos, por tanto no racionales,  atribuidos a Dios… y constantemente vulnerados por su pueblo elegido, que solía considerar como “perros” a los gentiles.

Con el desarrollo de la ciencia y del racionalismo, se han hecho grandes esfuerzos por establecer una moral racional e incluso científica, pero no han tenido éxito hasta ahora, ni parece probable que lo tengan. El “mandamiento de Dios” tiene sin duda más autoridad que el de algunos hombres, sean estos muchos o pocos, y la moral no puede decidirse por una decisión “democrática” de mayorías.

La moral, por lo tanto, depende de la religión. Por ello, si definiésemos al hombre como el animal religioso, quizá estaríamos más acertados que definiéndolo como animal racional o incluso animal moral. La religión, por primaria que sea, ha sido lo primero en las sociedades y ello indica, precisamente, que es un factor más fundamental y constitutivo que los desarrollos posteriores de la razón.  Claro que esto exige una fundamentación más detenida y un mayor análisis de la irreligiosidad aparente de las actuales sociedades europeas.

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“La dureza de la convivencia española”, dice GFM. Dureza y tosquedad, que tantas cosas esterilizan.

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Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

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Inutilidad del proyecto vital / el nombre de los pueblos

 

Del mismo número (185) de Razón española copio este fragmento de una carta (4-5-68) de Gonzalo Fernández de la Mora a Sánchez Silva:  “Tu carta me produjo un escalofrío. La dureza de la convivencia española obliga a protegerse, capacitándose para la soledad. Desde mi trinchera avanzada de crítica de libros de pensamiento de ABC llevo ya seis años con la convicción creciente de que lucho enteramente solo. He acabado entregándome al destino de la fidelidad a mí mismo con un estado de ánimo que tiene algo de trágico. Tu gesto de solidaridad generosa me trae a otro mundo, a un mundo con el que uno sueña; pero con el que no se debe contar  (…) Un cierto conocimiento de la Historia y alguna experiencia de la vida me han llevado a la conclusión de que casi nadie consigue realizar su propio proyecto vital”

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

Me escribe un distinguido investigador:

Evidentemente la explicación a este ninguneo del periodo visigodo se debe a las implicaciones políticas: en cierto congreso nacional al que asistí se ha llegado a felicitar a los asistentes por no hablar de “la España visigoda” y sí de Hispania visigoda (lo cual, desde mi punto de vista, es claramente erróneo) mientras se hablaba de Cataluña visigoda o Euskalherría. A mí en particular se me reprochó el haber utilizado tres veces el término Reconquista (y eso lo utilizaba simplemente como referencia temporal). Evidentemente  va a llevar tiempo restablecer la verdad, a pesar de García Moreno y algún otro historiador honrado. La Universidad está prácticamente en manos de la progresía y fuera de ahí es difícil combatir.

En cualquier caso, hoy día es rara la publicación que hable de España como tal y, con la excusa de que es un término incorrecto para denominar al reino de los godos (falso de toda falsedad), se sustituye por Península Ibérica o por Hispania (lo cual es más incorrecto si nos atenemos a las fuentes literarias). Un poco al estilo de los políticos nacionalistas que han sustituido España por Estado (español). Es una neolengua orwelliana impuesta desde la Universidad que ha hecho que los estudios históricos sean un verdadero calvario para el lector (e incluso para el investigador) porque apenas entiende de qué se habla. En realidad, no creo que sepan ni de qué escriben. En la actualidad es realmente complicado encontrar un libro de historia que sea inteligible. Algún autor se salva, claro. Entre los visigotistas, J. Orlandis, L. A. García Moreno o Javier Arce, pero pocos más.

Dicho esto me gustaría proponerle un tema de análisis: la relación (para mí evidente) entre la neolengua ininteligible de los estudios universitarios y el auge de ventas de la novela histórica a pesar de la mediocre calidad de ésta.

Lo de A. Castro, estoy de acuerdo con ud. El que el gentilicio de una nación sea extraño a ésta no prueba nada de lo que este autor dice y, además, es un fenómeno más que extendido. P. e. “germanos” es un nombre celta para las poblaciones del este y luego utilizado para nombrar a las poblaciones germanas y a los alemanes. Galés (welsh) es un término despectivo dado por los normandos para los habitantes autóctonos de Britannia (luego para los galeses).También sucede con los canadienses y otros. Incluso hay naciones que no tienen gentilicio propio y no por eso se les niega ese carácter de nación: los useños son “americanos” (americans) sin más, como los guatemaltecos, y normalmente llaman a su país “los Estados” (the States). Sin embargo, en lo del origen provenzal y su penetración a través del catalán estoy más que de acuerdo. Una cosa curiosa que señala Castro es que da cuenta de la ausencia de “español” en el Diccionario etimológico de Corominas, lo que explicó porque siendo ese vocablo “provenzal en su origen, suene demasiado a catalán; con lo cual el término para designar el conjunto de los pueblos peninsulares no habría sido impuesto por los castellanos, políticamente dominadores, sino que habría penetrado por el nordeste de la Península.” (A. Castro, 1985: 32).

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España debe salir de la OTAN

1.- La OTAN fue creada como barrera al expansionismo soviético sobre Europa occidental. La posibilidad de tal expansionismo desapareció en 1991 con la desintegración de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia y por ello tal organización perdía su razón de ser. Su área de actuación de limitaba en principio al Atlántico Norte, es decir, al área de Usa y Europa occidental. Sin embargo, caída la URSS no solo se ha mantenido, sino que, con diversos pretextos,  ha ampliado su área de actuación a prácticamente todo el mundo.

 2.- El elemento dirigente de la OTAN fue desde el primer momento Usa. Ello era natural, ya que no solo era la potencia capaz de contrarrestar el expansionismo soviético, sino que  fue su intervención bélica en la II Guerra Mundial la que preservó o impuso la democracia en Europa occidental y reinició su prosperidad con el Plan Marshall. Dentro de la OTAN, la segunda potencia, muy estrechamente ligada a Usa, era y es Inglaterra. Sin embargo España no tiene esa enorme deuda política, moral y económica con Usa, siendo el único país europeo en esa circunstancia. No tenía, por tanto, razón para ingresar en la alianza, máxime cuando sus países europeos compartían con los comunistas la hostilidad al régimen español.

3.- Además, tanto Usa como, sobre todo Inglaterra, han sido históricamente potencias enemigas de España.  Inglaterra sigue siéndolo plenamente, como demuestra su retención de Gibraltar. Y los intereses de Usa y de España en América son claramente divergentes.

 4.- No obstante, la amenaza soviética afectaba también a España, donde persistía la actividad subversiva comunista, y por esa razón, y por solidaridad con Europa occidental, España abandonó su tradicional neutralidad y apoyó a Usa, facilitándole bases militares, aunque sin supeditarse a su política exterior.

5.- Asimismo, España denunció la invasión de una parte estratégica de su propio territorio, mediante una colonia pirática,  por la segunda potencia influyente de la OTAN, Inglaterra. España hizo reconocer su derecho en la ONU y ante la actitud arrogante e imperial de Inglaterra, aisló el peñón por tierra, convirtiendo la colonia en una ruina para el país invasor. Esta política habría dado fruto con el tiempo, pero fue invertida por el gobierno socialista de Felipe González, convirtiendo Gibraltar en un emporio de negocios opacos para el ocupante. Con ello, el gobierno de Madrid convertía a España, automáticamente en lacayo y subordinado al de Londres en una política técnicamente descriptible como traición al propio país.

6.- Se da el caso, además, de que así como la OTAN cubre Gibraltar, no cubre las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Ello no es casual, sino que responde a un claro designio de mantener la colonia y utilizar a España como peón en una política general. Designio compartido por todos los gobiernos teóricamente españoles desde Felipe González.

7.- Desaparecida la amenaza soviética,  España ya no tiene ningún enemigo potencial aparte de Marruecos. Se trata de un enemigo comparativamente muy débil y vulnerable frente al cual España no tiene necesidad de  ninguna alianza ni tampoco del respaldo useño. Pero el entusiasmo de los políticos y de bastantes militares por permanecer en esa organización demuestra su nula identificación con España y sí con intereses ajenos. Pues España tampoco tiene interés en invadir o imponer su forma de vida a otros países. Y menos por cuenta ajena.

8. La política de “primaveras árabes” seguida por la OTAN, así como de intervenciones en Afganistán y otros países, generadora de guerras civiles brutales y de situaciones caóticas con cientos de miles de víctimas, son precisamente muy perjudiciales para España, que por su posición geoestratégica se encuentra particularmente expuesta a las convulsiones en los países islámicos del norte de África. En ese sentido, España desempeña en la OTAN un papel de peón de brega al servicio de intereses ajenos, con sus fuerzas armadas en calidad real  de ejército cipayo.  

9. La integración en la OTAN, no solo significa una supeditación militar y política a intereses ajenos, sino también una verdadera colonización cultural, propia también de un ejército cipayo. La instrucción de los oficiales e incluso de la tropa se hace cada vez más en inglés, que se convierte en lengua cooficial de nuestro ejército, en directa vulneración no solo de la Constitución sino de la propia dignidad y honor del país.

10. La posición de España se vuelve más dañina por cuanto su gobierno actual muestra  fervor en hostigar a Rusia, una política completamente ajena a nuestros intereses y potencialmente muy perjudicial.  La OTAN se ha convertido en una organización agresiva, que ha destruido la paz en diversas regiones. Y nuestros intereses están, desde luego, muy alejados del hostigamiento antirruso.

11. Por todo lo anterior España debe volver cuanto antes a una política de neutralidad, mantenida en las dos guerras mundiales en circunstancias sumamente difíciles,  y extraordinariamente beneficiosa para España e indirectamente  para los demás países. Es obvio que la vuelta a la neutralidad exige la eliminación de la actual clase o casta política corrupta, zapateril y antidemocrática. La exigencia de neutralidad debería cuajar en la opinión pública y servir de ariete contra un sistema político salido de la transición y hoy podrido y agotado.

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El mito de la “Pepa”

Cuando uno lee que Juan Carlos en el aniversario de la Pepa,  califica a las Cortes de Cádiz de “eslabón decisivo en el esfuerzo por la liberación de la Patria y símbolo de una empresa colectiva que benefició a España, a Iberoamérica y también al resto de Europa”,  solo puede quedarse pasmado. El esfuerzo decisivo por la liberación de España no correspondió a Cádiz, sino a la resistencia popular y militar, y desde luego un resultado fue la separación definitiva de “los españoles de los dos hemisferios”, contra lo deseado por aquellas Cortes, lo cual puede verse como un beneficio…  según el punto de vista. El hecho es que tanto España como Hispanoamérica  entraron en  un siglo simplemente calamitoso.  En cuanto a Europa… La Constitución española tuvo ciertas imitaciones, pero poco futuro, y ya el sobrenombre chabacano de La Pepa con que fue conocido certifica ese aire populachero que tomó gran parte de nuestro liberalismo. Fue, con todo,  una Constitución mejor que la que hoy tenemos,  para lo cual no hacen falta mucho méritos, pero harto peor que la  useña, modelo de otras que no la mejoraron.

Y ha dicho o han hecho decir también al rey:   “Es mucho lo que la causa de la libertad debe a un pueblo que decidió ser dueño de su destino y que no se doblegó ante las dificultades”. Ningún pueblo ni ninguna persona es dueña de su destino (salvo que decida suicidarse, claro). Y lo de la libertad, según lo que se entienda por ella. Está claro que el pueblo español luchaba por su libertad nacional, pero no pensaba en el liberalismo, que por entonces asimilaba mayoritariamente a los desastres y brutalidades de la Revolución francesa y de la invasión napoleónica, y veía en Fernando VII el restaurador de la legitimidad y la tradición nacionales.  Esta serie de equívocos abonó la división y la tragedia que vinieron después.

Hay que señalar también la mediocridad o cosa peor de la mayoría de nuestros liberales. Fueron capaces de vencer al carlismo –con malas artes, también hay que decirlo, véase por ejemplo la Desamortización de Mendizábal–  y tuvieron la ocasión de modernizar el país. En lugar de ello comenzaron las querellas entre facciones liberales, los pronunciamientos,  el estancamiento económico y el retroceso cultural y educativo. El siglo XIX,  ha sido el más decadente para España desde el final de la Reconquista, hasta que la Restauración abrió nuevas perspectivas, echadas nuevamente a perder por aquella mezcla de liberales exaltados y mesiánicos obreristas y separatistas que crecieron como setas después del 98.

España ha tenido dos malas suertes:  que el liberalismo viniera identificado en la mentalidad popular con una invasión foránea y el Terror de la Revolución francesa; y que los propios liberales fueran tan a menudo gente mediocre, con la mente cargada de una retórica vacua y agresiva. Parece que ello ha creado una verdadera tradición, de la que no logramos salir.

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Nueva historia de España

(febrero 2012):

Repaso el blog, en el que llevo años, y me asombra su escasísimo efecto práctico. Siento una especie de fatiga por la inutilidad del esfuerzo. Pero alguien tiene que decir estas cosas. No es que pretenda tener siempre la razón, naturalmente. Es que, por una parte, nadie me ha rebatido con verdaderos argumentos y datos (opinan que el silencio es un arma más efectiva) y por otro aquellos a quienes complacen mis asertos, muestran una extraña pasividad. Me recuerda las frases del camarada Mao (cito de memoria): “Hay gentes que encuentran una flecha muy bien hecha y se complacen en ella, ponderándola, en lugar de lanzarla contra el enemigo”.

Nada como la ETA ha definido la mala catadura de la clase política española y la Constitución elaborada por ella bajos los auspicios del indocumentado Suárez. La ETA, la actitud ante ella,  ha sido el verdadero revelador de la miseria moral e intelectual de esa “clase”, llamémosla así. La demostración de que para ella el estado de derecho no es una cuestión de principio, y menos aún la igualdad ante la ley, de que la Constitución y las leyes pueden interpretarse según convenga en cada caso. El crimen etarra paga en España, y mucho. Lo estamos viendo ahora mismo en las Cortes, cuando todos menos UPyD (partido con el que, en general no simpatizo, pero en esto sí) buscan el acomodo con los separatistas asesinos que dicen que no van a seguir matando si el gobierno sigue siendo bueno con ellos. Parece que PP, PSOE y PNV van a elaborar un papelajo pidiendo a la ETA que se disuelva. ¿Se lo pedirán con humildad? ¿Con altanería? ¿Qué le ofrecerán a cambio? ¿Le dirán que es suficiente lo que ya le han regalado, a costa de la más elemental decencia democrática y patriótica? ¿Que todavía pueden exigir algo más? En 2008 hice algunas observaciones:

5.VI. 2008: Admirable espectáculo el de Rosa Díez defendiendo derechos elementales de los españoles entre los abucheos de los diputados. La chusma política. ¿De dónde habrá salido esta gente? Repito, del blog del 16 de mayo, un comentario de Taraza: “Ningún partido político se atreve a atacar de frente el asunto terrorismo. Ayer mismo, el PP, rectifico, los Diputados del PP, algún Diputado del PP, por lo menos uno, tras la “oración funebre” por el guardia civil asesinado debió cargar contra ZP, y contra todos aquellos Diputados que en la legislatura anterior autorizaron al Gobierno ZP a tomar contactos con ETA. Esa autorización sigue en vigor, pues no ha sido derogada expresamente. ¡Ni un solo Diputado del PP cargó contra el Gobierno! Si yo lo fuese, tendrían que echarme del hemiciclo, para callarme. ¡Por Dios: entre 154, ni uno solo cargó contra ZP!”. Ni uno solo. Todos unidos, ¿contra el terrorismo? No. Para estafar una vez más a los ciudadanos.

1-VI. 2008: Tal como Zapo llama “proceso de paz” al desmantelamiento de la constitución y de la unidad de España en obsequio de los terroristas y los secesionistas, o “alianza de civilizaciones” a sus chanchullos con las dictaduras potencialmente más dañinas para España, o “igualdad de género” a la destrucción de la igualdad ante la ley, Gallardón llama “centrismo y moderación” a la integración del PP en los diseños políticos de Zapo. Vamos, que “moderación y centrismo” es, para él, la colaboración con la delincuencia política. La política como farsa delictiva.

 9-VI.2008: Rajoy, el pro etarra.
Cada vez se descubre más el personaje: “Quiero un partido en el centro, un partido que dialogue con todos, sin excepción”. Como Zapo, ofrece el diálogo, el negocio político, en palabras más claras, a los asesinos, a la ETA. No directamente, no lo precisa, pero sí en la práctica. De hecho ya lo ofreció al entrar en la carrera de la revisión de los estatutos, la carrera por complacer a los balcanizadores de España. Que era, justamente, la clave de la colaboración de Zapo con la ETA. Hay una diferencia entre la actitud de Zapo y la del Futurista Solemne. Zapo obra así por afinidad ideológica con la ETA. Rajoy, nada afín en ese sentido, obra por un ingobernable afán de poder. Diferencia irrelevante a efectos prácticos. Y necedad futurista: en esa carrera de “diálogos”, Zapo tiene las de ganar. Rajoy y su camarilla, faltos de cualquier espíritu creativo y con inteligencia muy limitada, imitan las tácticas que han dado el poder a Zapo. Recuerda a las muchas imitaciones de El País que se intentaron por toda España a raíz del éxito de ese periódico: no caían en la cuenta de que El País ya existía, y de que los sucedáneos difícilmente encontrarían espacio.Y, por cierto, al caballero del Futuro no se le ha oído una palabra en defensa de la libertad de expresión, hoy tan acosada. Tendrá cosas más importantes en qué pensar: el diálogo, la nena angloparlante en el corazón y el cerebro…Rajoy, con el Tiranosaurio y Gallardón: los políticos más miserables de la derecha, hoy.

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La felicidad y sus laberintos

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

El número de marzo de Razón española viene dedicado  a su fundador Gonzalo Fernández de la Mora en el X aniversario de su muerte. Cuenta con interesantes estudios de su obra por Dalmacio Negro, y Carlos Goñi, así como numerosas notas, entre ellas una de Stanley Payne en la que señala: “Entendía también GFM que el talón de Aquiles de la derecha en España era, con mucha frecuencia, la ausencia de coraje moral y una debilidad dialéctica, tanto en términos del argumento en cuestiones de historia como en pura teoría política. Entendía siempre que lo más importante era decir la verdad, no importa lo que imponga la moda (…)”. Aunque no comparto muchas de las ideas de GFM, creo que este valor, la relevancia que da a la verdad, hacen de él uno de lo intelectuales españoles más importantes del siglo XX.

   Por mi parte contribuí con el siguiente artículo:

Almorcé varias veces con Fernández de la Mora y otros amigos a raíz de la publicación de mi libro Los orígenes de la guerra civil española (en 1999), que le pareció definitivo. En cambio el siguiente, que por temática sería anterior,  sobre los personajes de la república, lo consideró inútil, y no por haberlo leído, que creo que no lo hizo, sino porque  consideraba que no valía la pena ocuparse de semejantes personajes. Me pareció este un punto de vista  poco razonable, pero no siempre el gran preconizador de la razón era consecuente con su propio punto de vista, según nos ocurre a todos los humanos.  En conjunto, el ex ministro de Franco me pareció una persona muy por encima, moral e intelectualmente, del mundillo cultural español de la época, que si por algo se distinguía y sigue distinguiendo es por una mediocridad rayana en la chabacanería, siendo uno de sus rasgos definitorios el ninguneo de quienes aportan más rigor o interpretaciones que se salen del carril. Mal remedio.

Incidiré aquí sobre el tema tratado por Fernández de la Mora en su libro Sobre la felicidad y al que me referí en un artículo en Razón Española hace unos años. El autor  comienza afirmando: “El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad, que es el objetivo universal y omnipresente. Todo lo demás es instrumental para la meta propuesta. La tan sublimada sabiduría es, en último término, una guía para ser dichoso”. Por consiguiente,  se trata del “problema humano por excelencia”, objeto de incesante meditación  implícita o explícita a lo largo de la historia, aunque “nunca expuesta de modo sistemático y meramente racional”, pese a existir buen número de estudios particulares e investigaciones diversas. Por consiguiente, el autor abre una brecha para el tratamiento más sistemático y racional de un problema que hoy se presenta en un plano vulgar en las recetas de una multitud de libros de autoayuda.

Con su extraordinaria erudición, Fernández de la Mora da un repaso  histórico al modo como ha sido tratada la cuestión desde el hinduismo  y el budismo, pasando, especialmente,  por el estoicismo, doctrina tan influyente en el mundo cristiano, y hasta recientes pensadores españoles y ultrapirenaicos. Es evidente que la recopilación no pretende ser exhaustiva, sino solo indicativa y, aparte de referencias chinas o árabes, se centra en las que podríamos llamar indoeuropeas. Llama la atención en su recogida de citas la ausencia de la Biblia, así como de autores anglosajones, lo que refleja sin duda una intencionalidad no explícita.

En esa tradición, con diversas corrientes y aspectos, predomina la noción de que la felicidad está relacionada no ya con el dominio, sino con la eliminación misma de los deseos, sensuales o de cualquier otro tipo. Son los deseos, insaciables, en gran parte incumplibles, en choque con los de otros individuos, la raíz de la frustración y del sufrimiento que, según versiones, harían de la vida humana un valle de lágrimas, en el que los males predominarían sobre los bienes hasta su absorción definitiva en el mal mayor que es la muerte. En último extremo, la felicidad alcanzable consistiría en el ascetismo, la apatía estoica, la impasibilidad ante los avatares de la vida u otras fórmulas semejantes que mantendrían al alma serena, feliz, inasequible al asalto de deseos y pasiones y de sus males derivados.

Fernández de la Mora no desestima ni mucho menos esta larga tradición, pero la critica razonablemente, así como a la corriente hedonista: el deseo es connatural al hombre y sin él su vida misma se vaciaría: “Renunciar absolutamente a todo es incompatible con la vida humana consciente. Una voluntad reducida  a negar toda volición casi es la nada. Lo que resulta hacedero es seleccionar y moderar los deseos (…)  La felicidad no consiste en nada, sino en algo, no es autoaniquilación, sino posesión”.  La felicidad depende de la relación equilibrada entre el deseo y la posesión, un equilibrio por su propia naturaleza “inestable y tenso”,  que puede  ser proporcionado por el autodominio racional sobre los deseos. No obstante hace una consideración llamativa  sobre la impasibilidad teóricamente adquirible mediante la razón: si bien tal impasibilidad  conduciría a “un puro mecanicismo lógico, sin dolor, pero sin gozo, imposible para la especie humana actual”, sorprende cuando especula sobre su posibilidad evolutiva:  se trataría de otra especie “quizás más apta para el progreso colectivo, y funcionalmente superior; pero distinta del homo sapiens sapiens objeto de estas meditaciones”.

La felicidad es un sentimiento, y por tanto se aloja en el cerebro reptiliano, el más primitivo y compartido con otros animales, mientras que la razón pertenece exclusivamente al hombre y está radicada en el cortex cerebral. Así, el sentimiento en general y el de felicidad en particular nacen de una instancia inferior.  Los sentimientos aparecen como reacciones primarias y puramente individuales, con escasa información y capacidad de discernimiento,  mientras que “los juicios racionales tienen pretensión de validez universal y, mediante su constante revisión, se van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la realidad cuando versan sobre la experiencia”.  “Los sentimientos no son solamente confusos sino, a veces confusionarios”,  mientras que la razón, “por definición no engaña; el error es una insuficiencia de racionalidad”. Por consiguiente, existe un conflicto implícito entre los sentimientos y la razón, en el cual debe prevalecer la segunda, aun si, evidentemente, ello no siempre ocurre. La felicidad aparecería, al menos en parte, como el gobierno del sentimiento por la razón, un gobierno nunca pleno. De ahí, creo, la especulación sobre una evolución hacia un hombre plenamente racional incapaz de dolor psíquico y también de gozo, pero por ello “más apto y funcionalmente superior”.

Me permitiré hacer un esbozo de crítica, provisional y discutible sin duda. Creo que Fernández de la Mora tiende a exagerar el papel y posibilidades de la razón –aunque reconoce sus limitaciones– y, más o menos claramente, la oposición de ella al sentimiento. La experiencia nos dice que, en efecto, a menudo la razón y el sentimiento se enfrentan, pero en la mayoría de los casos se complementan mejor o peor, y la razón misma apenas sería ejercitada sin un sentimiento que la espolee y que en sí mismo no tiene por qué ser razonable (los celos, el ansia de riquezas o de honores, la indignación,  la compasión,  etc., incluso en grado desmedido, han movido muy a menudo a la razón a ponerse en movimiento y a obtener logros considerables). Pero creo que hay otra observación posible: los juicios racionales, aunque “tienen pretensión de validez universal”, no siempre lo consiguen, ni mucho menos, y en general no llegan a ser unívocos, salvo si acaso en las matemáticas o en las ciencias físicas. Pero aquí lo que importa es la aplicación de la razón al comportamiento humano, donde la dificultad salta a la vista.

En relación con el sapere aude kantiano hice en Nueva historia de España algunas consideraciones que tal vez vengan al caso: “¿Podía concebirse la razón como una lógica que lleva a conclusiones tan universales e inexorables como las leyes que la ciencia descubría en la naturaleza? En tal caso, ¿no era así abolida la libertad del individuo? Esta quedaría como una ilusión causada por la ignorancia y disipada por el conocimiento. Y si, a la inversa, cada uno confiara solo en los resultados  que él mismo obtuviera de su ejercicio racional, ¿no fracasaría la razón como orientadora general si dichos resultados, en lugar de uniformes, resultaban variados y aun opuestos de unas personas a otras, como de hecho sucedía? Nadie había aplicado la razón como los griegos, y sus conclusiones habían sido muy disímiles”. Y lo mismo serían las consecuencias de la aplicación de la razón por los ilustrados.  En fin, no pretendo con estas observaciones una discusión sistemática de las tesis e ideas tan sugestivas del libro, solo una incitación al debate, signo en general de una viveza intelectual que solemos echar de menos en España

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Nueva historia de España

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