El mito de la ley / El mito de Al Ándalus

Este sábado, a las 21,30, en Radio Inter (Onda Media 918), trataremos de la política de Stalin en la Guerra de España: “Una hora con la Historia”

**”Una hora con la Historia” requiere la colaboración activa de sus oyentes, tanto para difundir el programa, dada nuestra incapacidad actual de hacer publicidad algo amplia, como para sostenerse y en lo posible ampliarse económicamente. Por ahora no llegamos a poder atender nuestras necesidades mínimas (3.000 euros al mes),aunque nos aproximamos poco a poco.  Es preciso que más oyentes aporten mensualmente una cantidad, que actualmente varía entre 5 y 200 euros. La cuenta para las colaboraciones en esta imprescindible batalla cultural, es:

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  Ante la invasión islámica oímos protestas exigiendo que los musulmanes se integren en nuestra cultura y nuestros valores (sean esos lo que fueren); otros claman que exigir tal cosa es  antidemocrático,  que ellos pueden, incluso deben, conservar  sus formas culturales –el multiculturalismo se ha convertido en dogma–, y solo se les debe exigir que cumplan nuestras leyes, cosa al parecer razonable y fácil. Como si esas leyes no fueran precisamente un producto cultural elaboradísimo a lo largo de siglos en Europa y no en el islam.

   Las religiones clásicas ponen la moral más allá del ser humano, como “unas leyes de los dioses, eternas e inmutables”, en palabras  de Antígona; leyes  por encima de las humanas, y que en el cristianismo se expresan en la “ley natural”, impresa por Dios en la conciencia de las personas.  Las leyes de los dioses deben inspirar las de los hombres, pero estas a menudo las contradicen, con resultados trágicos. Las religiones de la razón o ideologías, en cambio, hacen al hombre autónomo o independiente de los dioses, a quienes en realidad no reconocen. Por consiguiente las leyes humanas sustituyen a las divinas y se convierten en norma de la moral.

    Privadas de ese carácter exterior al hombre,  las leyes políticas se vuelven cambiantes, inestables y arbitrarias, por lo que deben encontrar un punto de apoyo que permita darles valor general. Ese apoyo es lo que se ha llamado “voluntad general” o “voluntad del pueblo”. Una voluntad que  en realidad no existe ni puede existir, ya que en el pueblo hay muchos intereses, sentimientos y voluntades distintos y contrapuestos. La ley, por tanto, refleja la voluntad o el interés de una parte del pueblo. Para darle legitimidad, se recurre a las mayorías expresadas en elecciones. Pero es muy difícil establecer cuál es esa mayoría, fácilmente distorsionable por los mecanismos electorales, aparte de que las mayorías absolutas explícitas rara vez ocurren.

   Siendo así, las minorías o sectores menos representados o nada representados,  no tienen por qué aceptar unas leyes que pueden considerar lesivas o inapropiadas. Si lo hacen en democracia es por la esperanza de ganar en otras votaciones, lo que puede no ocurrir en plazo muy largo, generando una frustración social permanente.

   Importa ver una raíz de estas ideas: el mito del “estado de naturaleza”, para salir del cual se instauran las leyes y por tanto el poder. De ese mito pueden deducirse consecuencias totalitarias (Hobbes) o liberales (Locke), pero es un mito, o más propiamente un seudomito. Ese estado de naturaleza nunca existió. Por el contrario, como recordaban Pemán y Pemartín, el hombre es sociable desde el principio, lo que implica unas leyes impresas en su naturaleza y no creadas por él. Esta concepción tiene sus propias dificultades, pero no entraré ahora en ellas.

   Y apliquemos la concepción demoliberal a los musulmanes: supongamos que, como muchos temen, llegan a ser mayoría en algún país europeo, o en zonas importantes de él. Si ello se produce pueden imponer sus propias leyes por el procedimiento democrático. Para ello tampoco precisan siquiera ser mayoría, puesto que, como sabemos, las mayorías son casi siempre ficticias. Además, observamos cómo ya muchos no musulmanes aceptan e incluso estimulan un proceso de islamización de las sociedades mediante la inmigración masiva o leyes que imponen formas de conducta antes consideradas incompatibles con nuestra cultura.

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En la historiografía suele aplicarse a la Reconquista y al pasado hispanogodo una especie de materialismo no dialéctico, más bien ramplón, que se transforma en idealismo acrítico y realmente desmadrado al tratar a Al Ándalus. Esa actitud se ha impuesto con gran fuerza también en ámbitos académicos y políticos extranjeros, muy en relación con las ideologías LGTBI, el multiculturalismo y una supuesta tolerancia. Al Ándalus se presenta así como  un modelo para las sociedades que se pretende implantar en Occidente. Así lo expresan por ejemplo,  unos profesores  del Whitney Humanities Center de la universidad de Yale en un ensayo titulado “Cultura en el tiempo de la tolerancia: Al Ándalus como modelo para nuestro tiempo”, destacando el “Bienestar extraordinariamente vigoroso de esa cultura: pluralismo étnico, tolerancia religiosa y una variedad de formas importantes de lo que podríamos llamar secularización cultural –poesía y filosofía secular—que no podían entender quienes los perseguían, a-islámicos o antiislámicos”.

   No es un caso aislado en absoluto.  Otros intelectuales, uno profesor de historia de la universidad de Nueva York y otro ganador de dos premios Pulitzer, “informan”:  “(En la Edad Media emergieron) dos Europas –una (la musulmana) segura de sus defensas, tolerante en religión, y en trance de madurar  en perfeccionamientos culturales y científicos; la otra (la cristiana), un escenario de guerra incesante en la que la superstición pasaba por religión y la llama del conocimiento apenas chisporroteaba”. Incluso Tony Blair  se permitía escribir  que las normas de tolerancia se encontraban mucho más entre los muslimes que entre los cristianos”. Otro profesor de filosofía de la universidad de Princeton  tampoco se paraba en barras en un ensayo titulado Cómo los musulmanes hicieron Europa: “El espíritu de tolerancia creado por los árabes (en Al Ándalus) sobrevivió a su salida (en el siglo XI), de modo que fueron precisos cuatro siglos para imponer la intolerancia religiosa de la Inquisición española”. Con ello mataban dos pájaros de un tiro: denigraban al máximo a España y presentaban a Al Ándalus como una suma de perfecciones… desde la óptica de ciertas ideologías que han heredado la facilidad marxista para falsificar la historia.   

 En España, expresiones tan crudas son menos frecuentes, porque resultan demasiado chocantes, pero la tónica es en el fondo la misma. En monumentos, museos,  etc., se exalta la impronta musulmana y se exhibe con indiferencia o se denigra la cristiana. Los políticos islamófilos, comúnmente incultos y corrompidos –realidad tan constatable como deplorable— acosan la herencia cristiana so pretexto de “laicismo”, como en la catedral de Córdoba, y  no persiguen las crecientes agresiones contra iglesias y personas católicas mientras ostentan preocupación por lo que llaman islamofobia; y favorecen la inmigración de unos musulmanes que no han olvidado a Al Ándalus. Cualquier reivindicación del pasado histórico real de España es desacreditada como “fascista” o “facha”. 

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La ignorante arrogancia de Malefakis

Algunos autores españoles, anglosajones y franceses han hecho su carrera atacando al franquismo y defendiendo la república –a la que no han logrado distinguir del Frente Popular–, y difícilmente darán marcha atrás, por muchos datos y argumentos que se les opongan. Se comprende: va en ello su prestigio, su propia carrera. Así el señor Malefakis, que, muy optimista, da por superado el “revisionismo” que me achaca. En su defensa de la república admite que aquel régimen “en ocasiones se comportó de forma antidemocrática”. El aserto es ridículo. No fue ni pudo ser “la república” la que se comportó de forma antidemocrática, sino algunos de sus componentes, en concreto los partidos de izquierda, en especial el PSOE, que respondieron a la derrota electoral del 33 con golpismo y guerracivilismo (nimiedades, para Malefakis). Y menciona algo que yo he demostrado, pero lo interpreta mal: “La revolución de octubre de 1934, en especial, fue catastrófica porque dañó gravemente las credenciales democráticas del régimen y sentó un precedente que los conspiradores militares de 1936 utilizaron para justificar su propia insurrección”. Falsedad flagrante: las –poco firmes– credenciales democráticas del régimen fueron atacadas por la izquierda y defendidas por la derecha que, empezando por Franco, mantuvo la legalidad republicana frente a aquel brutal ataque izquierdista. Y no fue utilizada por la derecha para justificar la rebelión del 36: esto fue una idea de Madariaga, no muy afortunada, como he explicado alguna vez. Malefakis da al asunto el toque neostalinista al justificar así la insurrección socialista-nacionalista catalana: “En 1934, parecía que estaban ganando las fuerzas fascistas, que acababan de destruir la democracia alemana y la austriaca por medios pacíficos y legales”. Nueva falsedad, porque él no ignora que Araquistáin y Largo Caballero sabían perfectamente que no había peligro de fascismo en España. Y que así lo decían de cara al exterior, mientras que en el interior excitaban a las masas hablando de una amenaza inexistente. Porque estaban decididos desde muchos meses antes a destruir la república e implantar un régimen al estilo staliniano, y les venía bien el argumento. 

Resume Malefakis:

La República censuró la prensa opositora varias veces, pero también construyó la primera democracia auténtica de España. Primero, con la celebración de elecciones honradas, libres de las prácticas caciquistas que las habían corrompido bajo la monarquía. Segundo, ampliando enormemente el electorado, al hacer de España el primer país de mayoría católica que permitió el sufragio femenino. Tercero, la República acercó el Gobierno al pueblo al darles más dimensión a los Gobiernos regionales. Cuarto, todas las leyes importantes fueron aprobadas por el Parlamento, no impuestas por decretos. Quinto, la República debilitó las fuerzas extraparlamentarias -los círculos cortesanos y el Ejército- que en el pasado habían anulado a menudo las iniciativas democráticas. Desde esta perspectiva (…) la República fue un régimen excepcionalmente democrático.

Seis frases, seis falsedades. La Ley de Defensa de la República hizo que esta viviera bajo un estado de anormalidad y censura casi permanentes. Las elecciones no estuvieron libres de prácticas caciquiles y solo pueden considerarse impecables las de noviembre de 1933, ante las que las izquierdas reaccionaron con proclamas de guerra civil; las del 36 fueron anómalas, violentas y sin publicación de las votaciones. España no fue el primer país de mayoría católica que permitió el sufragio femenino: Francia, también mayoritariamente católica, tardó más; por cierto que los más renuentes a él en España fueron feministas e izquierdistas. Más que acercar el Gobierno al pueblo, la república creó problemas antes inexistentes y dio alas a una demagogia exaltada. Las leyes importantes fueron rechazadas y hundidas por la izquierda. Los que él llama círculos cortesanos y el Ejército fueron precisamente los que trajeron el liberalismo a España.

Para entender lo que fue la república es indispensable recurrir a los diarios de Azaña y a las memorias de sus líderes, que demuelen del modo más completo las falacias de Malefakis. Me permito recomendarle mi estudio Los personajes de la República vistos por ellos mismos. Creo que le ayudará a salir de sus embrollos.

Lo más sorprendente es la osadía con que Malefakis exhibe su llamémosla ignorancia: sabe que El País, donde escribe, sigue el ejemplo de la izquierda republicana: censura cualquier réplica. En definitiva, la república fue un régimen viable que llegó sin oposición y fue sistemáticamente destruido por las violencias y demagogias izquierdistas. El Frente Popular, precisamente, le dio la puntilla, pero Malefakis y tutti quanti insisten en presentar sus fechorías, oleada de crímenes, incendios y destrucción de la justicia como “cosas de la democracia”.

En cuanto a la Transición posfranquista, no tuvo nada que ver con la república y provino, aunque le cueste creerlo a Malefakis, de la legitimidad franquista, de ningún modo del rupturismo que quería enlazar con “la república”, como llaman al Frente Popular que la destruyó. Y aquí, algo más sobre Malefakis.

(LD 17-6-2011)

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¿Qué pasará con Cataluña?

Próximo sábado en “Una hora con la historia”: La política de Stalin en la guerra de España”. https://www.youtube.com/channel/UCz6P9PSXSPo5AGErsxqC6jA

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El problema actual se define por un golpismo permanente contra la Constitución y contra España, amparado por el gobierno del PP, que a su vez y por eso pisotea la ley, en una autonomía donde el estado central ha dejado de existir prácticamente, “es residual”, desde el último estatuto propiciado por el PSOE y sostenido de hecho por el PP. Si los separatistas quieren dar el empujón definitivo es por el fondo racista, hoy disimulado pero tan real como siempre en el separatismo, tanto catalán como vasco. Con todo lo ridículo que sea ese racismo, tiene evidentes efectos políticos: “no imaginas el odio a España y los españoles que han logrado sembrar entre la gente, sobre todo entre los jóvenes”, me decía un amigo catalán. Y van a fondo porque perciben que los cuatro partidos “españoles” son política, moral e intelectualmente una miseria, no sienten a España ni a la democracia y pueden ser chantajeados y ofendidos como, en definitiva, merecen. Los separatistas no son tan locos como algunos los pintan: saben que pueden llegar a una independencia real y completa con un ligerísimo barniz que les permita seguir aprovechándose del resto de España, porque esa es también la postura del gobierno y de los cuatro partidos.

Esta situación no ha aparecido de pronto. Una de las causas del hundimiento de la república fue la presión separatista, en colusión con partidos totalitarios como el PSOE o el PCE, y golpistas como el de Azaña. Al morir Franco el problema estaba resuelto en lo esencial: los separatistas eran pocos y se presentaban como simples autonomistas; los odios republicanos estaban superados y España era el país de Europa que más rápido venía creciendo en lo económico. Sin embargo el designio separatista seguía en pie, y lo definió bien Pujol: “Primero paciencia, después independencia”.    Realmente no engañaban a nadie, eran los políticos tipo Suárez y compañía quienes querían engañarse a sí mismos y al pueblo, debido a su incultura, ignorancia de la historia y a un oportunismo y frivolidad sin límites.

Si los separatistas han llegado tan lejos se debe, mucho más que a sus esfuerzos, a la inestimable ayuda de los gobiernos sucesivos que, sin excepción, les han facilitado todos los medios, muy en especial la enseñanza, para ir cambiando radicalmente el ambiente social y cargarlo del odio necesario. Los gobiernos, socialistas o de derecha, hicieron algo más: dejaron totalmente abandonados y marginaron a quienes seguían defendiendo allí a España y la ley. Peor aún, imitaron la política separatista no solo en Cataluña o Vascongadas, sino en aquellas comunidades donde gobernaban. Y ofendieron a los andaluces promoviendo “padre de la patria andaluza” a un orate proislámico, Blas Infante, e imponiendo su bandera islámica para la región, asunto al que la frívola necedad de estos políticos no dio importancia, pero que sí la tiene y más hoy, con los atentados yijadistas. Podríamos seguir mucho rato, también con el rescate y recompensa a la ETA por sus atentados, la totalitaria ley de memoria histórica, el despotismo LGTBI, otro foco de odios, etc.

Yo espero que esos políticos tengan que pagar alguna vez, penalmente, unas fechorías que están destruyendo el estado de derecho, la democracia y la propia España, llenándola de rencores e impidiendo una normal convivencia en libertad. Uno podría preguntarse cómo ha aguantado el país tantos años de podredumbre creciente sin desmoronarse. La causa no es difícil de entender: el magnífico legado del franquismo y la inercia histórica. Sin embargo todo se acaba si no es renovado, y hoy estamos llegando a situaciones límite.

Por lo tanto, la situación actual no tiene arreglo previsible, porque todas las fuerzas políticas, salvo alguna marginal, como VOX, presionan en la misma dirección. La única esperanza es que la inercia histórica de un país y una cultura milenaria resistan todos los ataques, que haya una reacción enérgica que de momento no se ve por ninguna parte, o que las propias mafias políticas, separatistas y no separatistas, terminen a tortas entre ellas. En la república y la guerra civil — precedentes a no olvidar—los partidos de izquierda y separatistas se detestaban entre sí, solo les unía el común odio a la Iglesia y, en definitiva, a la nación española… que no resultó suficiente: en plena guerra civil se asesinaron entre ellos y montaron dos miniguerras civiles dentro de la general.

¿Qué pasará, entonces? Seguirá la putrefacción de una democracia fallida. Los separatismos y la aversión a España han avanzado ya demasiado, de modo que aunque sufran reveses con su “referéndum”, el problema seguirá, corroyendo y pudriendo a la sociedad española. Mientras no surja un partido capaz de luchar de manera efectiva contra esta miseria sin fin.

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Diferencias entre el islam y el cristianismo

Son radicales las diferencias del islam con el cristianismo, empezando por la personalidad de sus fundadores. Mahoma cumplía con el tipo de mesías hebreo: un jefe religioso, político y militar que pusiera a los judíos por encima de los demás pueblos. Y esto fue exactamente lo que fue e hizo Mahoma con los árabes, creando de paso una nueva religión (el mesías judío solo cumpliría la de Moisés). El mesías Jesús no tenía nada de político o militar, no mató a nadie –Mahoma incitó a matar sin descanso–, sino que sufrió suplicio y muerte injustamente.  Además, se proclamó Hijo de Dios y él mismo de naturaleza divina, mientras que Mahoma solo dijo ser un enviado o profeta, si bien el último y definitivo. Mahoma murió en pleno éxito, tras haber logrado imponerse sobre los árabes y unirlos en una fuerza poderosa, mientras que la predicación de Jesús fue pacífica y terminó en un fracaso desastroso y sangriento para él mismo, si limitamos la historia a sus años de vida. Jesús fue célibe, Mahoma tuvo numerosas esposas (entre nueve y veinticinco, según versiones) incluyendo una niña de nueve años. Jesús exigió el matrimonio monógamo y por vida, mientras que Mahoma admitió la poligamia de cuatro esposas, número que él mismo superó, así como el divorcio, muy fácil para el varón. Etc. Fueron personalidades no solo distintas sino en gran medida opuestas.

   Parejo a sus diferencias personales fue el contenido de sus predicaciones. Para los cristianos, la pasión y resurrección de Cristo es un sacrificio del mismo Dios para “borrar los pecados del mundo” y abrir al hombre el camino a una vida no determinada por el pecado original, ideas por completo ajenas a Mahoma. El amor no es central en el islam, pero sí en el cristianismo, donde puede volverse un tanto asfixiante, pero también deja más campo a la iniciativa personal y a la especulación. El concepto musulmán de sumisión a la voluntad de Dios difiere del cristiano católico, en quien el libre albedrío, y por tanto la libertad personal, cobran dimensión superior. Tampoco en el islam existe la idea de la mansedumbre ante la injusticia, “poner la otra mejilla”, o el perdón, que es solo para quienes se someten.  Igualmente la visión del paraíso en el más allá difiere drásticamente. En el islam es un lugar de delicias terrenales, ante todo carnales: huríes para los hombres. Los placeres incluirán finalmente la visión del rostro de Alá. Para las mujeres, claramente en inferioridad,  la doctrina es más ambigua. En el cristianismo, los goces del paraíso son imprecisos, iguales para ambos sexos y de orden espiritual, como contemplación beatífica de la divinidad. 

    Diferencia esencial es también la actitud hacia el poder político, que está claramente separado del religioso en el cristianismo e inextricablemente confundido con el religioso en Mahoma: el Corán fija el orden legal y  de conducta humana en todos los aspectos. Por ello, también, no existe propiamente en el islam un cuerpo de clérigos preparados y encargados de estudiar la revelación, interpretarla  y predicarla. Cualquier musulmán puede ser imán, simplemente con que acredite ante los fieles conocimiento de los textos sagrados, en función de lo cual se le admite para dirigir las oraciones y aconsejar. Algo más aproximado al clero existe en la rama chií, aun sin ser lo mismo. Dado que el corpus religioso está bien claro y es sagrado, lo que resta es aplicarlo jurídicamente a los variados casos prácticos. Los ulemas o mulás son ante todo expertos jurídicos (eruditos) en la  sharia y los demás textos Naturalmente, ello no impide que hayan surgido diversas escuelas de espiritualidad, como la sufí, herejías y movimientos político-religiosos enfrentados dentro del islam.

   El cristianismo iría expandiéndose lenta y penosamente durante varios siglos, en medio de persecuciones, hasta hacerse oficial en el Imperio romano, mientras que la expansión del islamismo fue realmente fulgurante y por  medios bélicos. La guerra santa o yijad es parte esencial de la doctrina. Ni en Jesús ni en la doctrina cristiana existe algo semejante, aunque se haya empleado el término cruzada o  guerra santa en acciones de defensa ante agresiones o, típicamente, de recuperación de territorios perdidos a manos de la yijad, como Tierra Santa. Se ha supuesto siempre que la predicación y la convicción religiosas serían la principal arma de la expansión cristiana, y en general ha sido así. Pero importa también otra faceta de la cuestión: el islam, extendido de preferencia por la espada, debería haber dado lugar a una situación religioso-política precaria e inestable una vez la espada dejaba de funcionar como elemento decisivo. Y sin embargo no ha sido así: los países islamizados en la guerra santa han persistido en la religión musulmana con tanta o más fuerza que si hubieran sido simplemente atraídos por prédicas, ejemplo  y persuasión.  

   Quizá esta resistencia obedezca a otra diferencia de gran calado: Jesús no dejó un cuerpo de doctrina más allá de parábolas sugestivas y orientaciones generales, en parte mosaicas y en parte no; pero Mahoma sí estableció un cuerpo de doctrina con mandatos y prohibiciones precisas. Orientaciones tan genéricas como “Quien ama al prójimo ha cumplido toda la Ley”, o la renuncia a todos los bienes terrenales para alcanzar la perfección, son ajenas al islam. Y en la concreción coránica radica probablemente el apego y la extraordinaria resistencia de los musulmanes a cambiar de religión.

 

   Una vez dominada Arabia, los seguidores de  Mahoma emprendieron una gran yijad contra los dos grandes imperios del norte, el persa sasánida y el romano de Oriente o bizantino. Mientras Mahoma predicaba y combatía en su tierra, ambos imperios estuvieron inmersos en costosas guerras, de modo que hacia el año de la muerte del Profeta los dos se encontraban un tanto extenuados.  Aun así parecían invencibles para unas tropas primitivas salidas del desierto, fanatizadas pero poco numerosas. Tras diversos choques menores, el año 636, cuatro después de muerto su Profeta, los árabes, en inferioridad numérica y peor armados, infligieron a los sasánidas una gran derrota en Qadisia y al año siguiente tomaron la capital del imperio, Ctesifonte. Los persas trataron de rehacerse y en 642 entablaron, con gran superioridad, la batalla de Nihavand, donde volvieron a ser derrotados. Estas dos batallas sellaron el hundimiento persa, aunque quedaron algunas resistencias menores: en siete años y con dos batallas decisivas, los árabes habían conquistado un inmenso imperio desde Mesopotamia hasta India y Afganistán, con más de dos millones de kilómetros cuadrados. No menos asombrosamente, pudieron atacar  al mismo tiempo al Imperio bizantino: este resistió, pero perdió sus territorios más ricos de Mesopotamia, Egipto y Siria, así como porciones de Anatolia y el Cáucaso.   Cuando Uzmán, el tercero de los llamados califas (sucesores) ortodoxos, fue asesinado en 656, el califato ocupaba una enorme extensión desde  Afganistán hasta  la actual Túnez, y desde el norte del Cáucaso hasta el Yemen.  Solo habían pasado 24 años desde la muerte de Mahoma.

   Las victorias árabes se debieron a factores como una dirección militar muy experta, tácticas de caballería y camellería que les daban gran movilidad, colaboración de minorías como la judía y la cristiana en el Imperio persa, y la propia inestabilidad de los imperios vencidos. Siguieron en muchos lugares matanzas y destrucciones, la célebre Academia de Gundishapur, en Persia, considerada por muchos como el mayor centro intelectual del mundo por entonces, fue convertida en escuela islámica y decayó  hasta desaparecer.  La Biblioteca de Alejandría, otro gran foco cultural que ya había sufrido incendios y devastaciones, fue definitivamente arruinada (según otra versión, la Biblioteca ya estaba arruinada y las grandes quemas de manuscritos por los musulmanes procederían de otras bibliotecas).  No obstante, poco a poco los árabes aprendieron a tomar elementos culturales de los vencidos, y a traducir al árabe obras griegas y otras. Importancia excepcional fue la adopción, a través de Persia, de los llamados “números arábigos”, en realidad indos así como el cero y la numeración posicional.

   El asesinato de Ozmán, perteneciente al clan de los Omeyas, desató una guerra civil (fitna) entre los islamistas. Ozmán había sido acusado de repartir entre sus familiares las riquezas adquiridas en las últimas conquistas, así como los cargos públicos. Siguió una confusa y sangrienta pugna entre los partidarios de Alí, primo de Mahoma, que se llamarón chiíes, los de  Muauía, hermano de Ozmán,  que se llamarían más tarde sunnitas, y una tercera facción, llamada jariyí. Fue la primera gran división del mundo islámico, que pervive entre chiíes y sunnitas. A principios de 661 Alí fue asesinado y  Muauía se impuso asegurando  ya el poder de los Omeyas como dinastía. El vencedor trasladó la capital a Damasco, prosiguió las conquistas y enriqueció desmesuradamente a su clan, generando descontento.

   Ukba ibn Nafi, uno de los generales de Muauía, se ocupó de conquistar el Magreb, contra los bizantinos y los bereberes o moros,  muchos de los cuales se hicieron  enseguida musulmanes. Instaló a lo largo de la ruta desde Egipto, en gran parte desértica, puestos militares y de abastecimiento que le permitían progresar sistemáticamente. En 680 llegaba a la costa Atlántica del actual Marruecos, y tres años después moría en una emboscada. La conquista prosiguió hacia el norte, aplastando revueltas bereberes, y en 708 los musulmanes tomaban Tánger, ya en el estrecho de Gibraltar. Ceuta estaba gobernada por un conde visigodo o tal vez bizantino, Y solo tres años después invadirían España.    

     Parece que los árabes ya habían realizado incursiones sobre la península, desde tiempos de Wamba, depuesto en 680, y habían sido rechazados. Cuando los árabes llegaron frente a la Península ibérica, el reino  de Toledo se enfrentaba a una crisis seria.  Desde el derrocamiento de Wamba quedaban al reino hispanotervingio 34 ó 35 años de existencia. En este breve período hubo en Toledo cuatro reyes (más dos parciales y sin poder efectivo), y siete concilios, alguna rebelión de cierta importancia y varias catástrofes naturales.   Los intentos de dar estabilidad al estado pasando de la monarquía electiva a la hereditaria no habían llegado a cuajar, y el IV Concilio se había inclinado por el sistema electivo. De todas maneras, a partir de Leovigildo, se había aplicado unas veces el hereditario y otras el electivo, aunque rara vez por más de dos reyes seguidos en ambos casos. Los penúltimos reyes godos,  Égica y Witiza, habían llegado al trono prácticamente según el principio hereditario.  

   La historia de  aquellos tiempos resulta extremadamente confusa, pues las fuentes contemporáneas se perdieron, todas son posteriores, algunas muy posteriores, en general imprecisas y contradictorias en los hechos, los personajes y la cronología. Según lo más probable, Witiza sucedió a su padre el año 700, cuando la amenaza árabe estaba muy cerca, aunque no parece que por entonces preocupara demasiado. Reinó diez años y parece que quería seguir la norma hereditaria con algún hijo o pariente suyo. El hecho es que un aspirante al trono, muy ajeno al grupo witizano, Rodrigo, debió de hacerse rey, parece que violentamente, con apoyo de una parte  de la nobleza, no siendo aceptado por otra, que eligió a Ágila II, quizá pariente de Witiza y en todo caso identificado con el bando que suele llamarse witizano.  Estalló una guerra civil, y en 711 el país parece haber estado dividido en dos grandes zonas enfrentadas. Y en ese momento los musulmanes desembarcaron por Gibraltar, procedentes de África. 

  

  

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Cinco destinos políticos

Próximo sábado en “Una hora con la Historia”, hablaremos de la política de Stalin en  la guerra de España

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He dedicado uno de los capítulos de La transición de cristal al destino de sus principales protagonistas, Fraga, Torcuato, Suárez, González, Carrillo y el rey. Hablaré aquí de los cinco primeros, cuya llamativa carrera político-personal podría dar lugar a meditaciones sobre el poder, aunque sea difícil extraer de ahí conclusiones claras.

Resumiendo mucho, cabe decir que ninguno de los cinco ha tenido un final feliz.

Fraga Iribarne aparecía al comienzo como el principal impulsor de la evolución del franquismo a la democracia. Era de los poquísimos que se habían molestado en estudiar las dificultades del proceso y en trazarle una orientación viable. Además, en sus meses de ministro con Arias logró doblegar las presiones desestabilizadoras de la oposición rupturista. Su fracaso no vino de esa oposición, sino de más arriba, de Juan Carlos y de Torcuato Fernández-Miranda, quienes preferían una transición del rey y no de Fraga. Posteriormente, Fraga sacó conclusiones dudosas de su primer semifracaso electoral y optó por una línea cada vez más oportunista y similar a la de Suárez, para finalmente perder relevancia y quedar en mero político regional. Su centrismo en Galicia ha facilitado allí una dinámica, antes inexistente, de auge de los separatismos y de la izquierda, y de polarización social.

Peor le fue a Torcuato Fernández-Miranda. Este fue quien realmente diseñó la reforma del rey, utilizando como instrumento a Suárez (ni este ni Juan Carlos tenían conocimientos ni capacidad intelectual para planear un proceso de tal trascendencia). Torcuato, al revés que Fraga, prefirió quedar en segundo plano, intrigó contra Arias y contra Fraga, confundió a Areilza, sacó adelante a Suárez como jefe del gobierno, trazó un proyecto relativamente sencillo que llevaba a una Constitución e hizo la labor clave como presidente de las Cortes. Partía del concepto realista de que solo una oposición consciente de su debilidad aceptaría la democracia planteada. Su mayor triunfo, cuyos laureles cosechó Suárez, fue el referéndum de diciembre de 1976, que puso de relieve la debilidad tanto del búnker como de los rupturistas. Pero a partir de ahí todo se le fue de las manos. Suárez, que tanto le debía, prescindió de él, y pronto llegó la ruptura. Disconforme con la nueva política y la Constitución, murió relegado y lleno de pesadumbre, según algunos testimonios. Suárez ni siquiera se presentó a su funeral.

Carrillo.Suárez apareció ante la opinión como el verdadero autor de la reforma y, quizá por hacer olvidar su pasado, favoreció la demagogia antifranquista de la izquierda y las aspiraciones de los nacionalistas-separatistas. Ayuno de cultura histórica y de criterio político a medio plazo, su oportunismo le llevó a crear una situación muy grave en España, en medio de una crisis económica profunda y de un terrorismo salvaje. Se indispuso con todos los sectores sociales, de derecha y de izquierda, y con Usa, creó las condiciones para el golpe del 23-F y, “completamente desprestigiado”, en sus propias palabras, dimitió. Su errática orientación llevó a una crisis terminal a la UCD, a la cual remató para construir un nuevo partido, el CDS, de concepción un tanto cesarista, con incondicionales a su persona. Este partido fracasaría a su vez, y solo la experiencia del PSOE en el poder y una reacción popular sentimental por sus desgracias personales y familiares volvió a revalorizarle ante la opinión.

Felipe González recordaba a Suárez, por político ligero, poco culto, aunque simpático y buen regateador en corto. Saltó a la palestra con un discurso radical que nadie tomó en serio y con ayudas masivas, nacionales e internacionales, pues su partido era insignificante a la muerte de Franco. Marginó un tanto el marxismo y, en el poder, moderó su demagogia. Pero no sustituyó el marxismo por un pensamiento democrático, sino por una amalgama de demagogias inconsistentes. Aunque logró remontar en parte la crisis económica (siempre con un paro desmesurado), su gobierno vino signado por una corrupción galopante, la mezcla de negociaciones y terrorismo de gobierno en relación con la ETA, la expansión sin precedentes del estado y el desarrollo de los aspectos más peligrosos larvados en la Constitución. Tras un largo período de gobierno, al final rompió con su alter ego, Alfonso Guerra, perdió las elecciones y eludió por poco la cárcel, que sufrieron algunos de sus colaboradores próximos. Luego se dedicó a sus negocios privados en un entorno de poderosos capitalistas internacionales.

El destino de Carrillo no es menos revelador. La trayectoria del PCE como única oposición real y continuada al franquismo sirvió, irónicamente, para provocar un vuelco general en apoyo del PSOE, visto como valladar para los comunistas. Ante el peligro de no ser legalizado, Carrillo extremó su moderación y acatamiento a la reforma: sí a la bandera nacional, a la monarquía, a la economía de mercado, etc.; y exhibió un distanciamiento de la URSS. Fue legalizado a tiempo, pero cosechó menos votos de los esperados, y sus intentos de falsear su biografía –desde la transición se han prodigado, a derecha e izquierda, tales falsificaciones– naufragaron ante el famoso libro de Jorge Semprún. Ahí comenzó su crisis política, que no hizo sino profundizarse hasta terminar en su expulsión del partido al que había dedicado toda su vida. Quedó luego como una figura inocua, a la que daban proyección derechas e izquierdas, fue olvidando su moderación y en 2005 recibió un turbio homenaje mezclado con la retirada, con nocturnidad y alevosía, de una estatua de Franco. “No era la sentencia de muerte del Caudillo que el viejo comunista habría querido firmar, pero no dejaba de ser un premio de consolación”.

(En LD, 12-I-2011)

 

 

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