Este sábado, a las 21,30, en Radio Inter (Onda Media 918), trataremos de la política de Stalin en la Guerra de España: “Una hora con la Historia”
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Ante la invasión islámica oímos protestas exigiendo que los musulmanes se integren en nuestra cultura y nuestros valores (sean esos lo que fueren); otros claman que exigir tal cosa es antidemocrático, que ellos pueden, incluso deben, conservar sus formas culturales –el multiculturalismo se ha convertido en dogma–, y solo se les debe exigir que cumplan nuestras leyes, cosa al parecer razonable y fácil. Como si esas leyes no fueran precisamente un producto cultural elaboradísimo a lo largo de siglos en Europa y no en el islam.
Las religiones clásicas ponen la moral más allá del ser humano, como “unas leyes de los dioses, eternas e inmutables”, en palabras de Antígona; leyes por encima de las humanas, y que en el cristianismo se expresan en la “ley natural”, impresa por Dios en la conciencia de las personas. Las leyes de los dioses deben inspirar las de los hombres, pero estas a menudo las contradicen, con resultados trágicos. Las religiones de la razón o ideologías, en cambio, hacen al hombre autónomo o independiente de los dioses, a quienes en realidad no reconocen. Por consiguiente las leyes humanas sustituyen a las divinas y se convierten en norma de la moral.
Privadas de ese carácter exterior al hombre, las leyes políticas se vuelven cambiantes, inestables y arbitrarias, por lo que deben encontrar un punto de apoyo que permita darles valor general. Ese apoyo es lo que se ha llamado “voluntad general” o “voluntad del pueblo”. Una voluntad que en realidad no existe ni puede existir, ya que en el pueblo hay muchos intereses, sentimientos y voluntades distintos y contrapuestos. La ley, por tanto, refleja la voluntad o el interés de una parte del pueblo. Para darle legitimidad, se recurre a las mayorías expresadas en elecciones. Pero es muy difícil establecer cuál es esa mayoría, fácilmente distorsionable por los mecanismos electorales, aparte de que las mayorías absolutas explícitas rara vez ocurren.
Siendo así, las minorías o sectores menos representados o nada representados, no tienen por qué aceptar unas leyes que pueden considerar lesivas o inapropiadas. Si lo hacen en democracia es por la esperanza de ganar en otras votaciones, lo que puede no ocurrir en plazo muy largo, generando una frustración social permanente.
Importa ver una raíz de estas ideas: el mito del “estado de naturaleza”, para salir del cual se instauran las leyes y por tanto el poder. De ese mito pueden deducirse consecuencias totalitarias (Hobbes) o liberales (Locke), pero es un mito, o más propiamente un seudomito. Ese estado de naturaleza nunca existió. Por el contrario, como recordaban Pemán y Pemartín, el hombre es sociable desde el principio, lo que implica unas leyes impresas en su naturaleza y no creadas por él. Esta concepción tiene sus propias dificultades, pero no entraré ahora en ellas.
Y apliquemos la concepción demoliberal a los musulmanes: supongamos que, como muchos temen, llegan a ser mayoría en algún país europeo, o en zonas importantes de él. Si ello se produce pueden imponer sus propias leyes por el procedimiento democrático. Para ello tampoco precisan siquiera ser mayoría, puesto que, como sabemos, las mayorías son casi siempre ficticias. Además, observamos cómo ya muchos no musulmanes aceptan e incluso estimulan un proceso de islamización de las sociedades mediante la inmigración masiva o leyes que imponen formas de conducta antes consideradas incompatibles con nuestra cultura.
