-
Entradas recientes
Archivos
- julio 2026
- junio 2026
- mayo 2026
- abril 2026
- marzo 2026
- febrero 2026
- enero 2026
- diciembre 2025
- noviembre 2025
- octubre 2025
- septiembre 2025
- agosto 2025
- julio 2025
- junio 2025
- mayo 2025
- abril 2025
- marzo 2025
- febrero 2025
- enero 2025
- diciembre 2024
- noviembre 2024
- octubre 2024
- septiembre 2024
- agosto 2024
- julio 2024
- junio 2024
- mayo 2024
- abril 2024
- marzo 2024
- febrero 2024
- enero 2024
- diciembre 2023
- noviembre 2023
- octubre 2023
- septiembre 2023
- agosto 2023
- julio 2023
- junio 2023
- mayo 2023
- abril 2023
- marzo 2023
- febrero 2023
- enero 2023
- diciembre 2022
- noviembre 2022
- octubre 2022
- septiembre 2022
- agosto 2022
- julio 2022
- junio 2022
- mayo 2022
- abril 2022
- marzo 2022
- febrero 2022
- enero 2022
- diciembre 2021
- noviembre 2021
- octubre 2021
- septiembre 2021
- agosto 2021
- julio 2021
- junio 2021
- mayo 2021
- abril 2021
- marzo 2021
- febrero 2021
- enero 2021
- diciembre 2020
- noviembre 2020
- octubre 2020
- septiembre 2020
- agosto 2020
- julio 2020
- junio 2020
- mayo 2020
- abril 2020
- marzo 2020
- febrero 2020
- enero 2020
- diciembre 2019
- noviembre 2019
- octubre 2019
- septiembre 2019
- agosto 2019
- julio 2019
- junio 2019
- mayo 2019
- abril 2019
- marzo 2019
- febrero 2019
- enero 2019
- diciembre 2018
- noviembre 2018
- octubre 2018
- septiembre 2018
- agosto 2018
- julio 2018
- junio 2018
- mayo 2018
- abril 2018
- marzo 2018
- febrero 2018
- enero 2018
- diciembre 2017
- noviembre 2017
- octubre 2017
- septiembre 2017
- agosto 2017
- julio 2017
- junio 2017
- mayo 2017
- abril 2017
- marzo 2017
- febrero 2017
- enero 2017
- diciembre 2016
- noviembre 2016
- octubre 2016
- septiembre 2016
- agosto 2016
- julio 2016
- junio 2016
- mayo 2016
- abril 2016
- marzo 2016
- febrero 2016
- enero 2016
- diciembre 2015
- noviembre 2015
- octubre 2015
- septiembre 2015
- agosto 2015
- julio 2015
- junio 2015
- mayo 2015
- abril 2015
- marzo 2015
- febrero 2015
- enero 2015
- diciembre 2014
- noviembre 2014
- octubre 2014
- septiembre 2014
- agosto 2014
- julio 2014
- junio 2014
- mayo 2014
- abril 2014
- marzo 2014
- febrero 2014
- enero 2014
- diciembre 2013
- noviembre 2013
- octubre 2013
- septiembre 2013
- agosto 2013
- julio 2013
- junio 2013
- mayo 2013
- abril 2013
- marzo 2013
- febrero 2013
- enero 2013
- diciembre 2012
- noviembre 2012
- octubre 2012
- septiembre 2012
- agosto 2012
- julio 2012
- junio 2012
- mayo 2012
- abril 2012
- marzo 2012
- febrero 2012
Sitios de interés
Evolución de posturas regeneracionistas
En Una historia chocante expuse sobre el regeneracionismo: “Las antaño consideradas hazañas y glorias hispanas, como el descubrimiento de medio mundo, las conquistas y colonización de América, la evangelización, la fundación de ciudades y universidades, el establecimiento de relaciones entre todos los continentes habitados, la Reforma católica, la contención de los turcos y de los protestantes, etc., eran miradas con desprecio o con burla, o simplemente ignoradas por los refundadores. Para ellos, España había sido el país de la Inquisición y de los genocidios, de la miseria, el oscurantismo y la superstición, y las supuestas glorias debieran más bien avergonzarnos. Los “buenos” habían sido, precisamente, los enemigos de España, empezando por los cultos y refinados musulmanes. La cultura del Siglo de Oro suscitaba despego, excepto algunos autores prestigiosos, en particular Cervantes, a quienes se pretendía convertir en precursores de las ideas de los críticos”
Y una clave más o menos clara de todo el asunto habría estado en la nefasta Reconquista. Ortega llevaba el mal o la enfermedad hasta los visigodos, un pueblo decadente, contaminado por el contacto con la decadencia romana, al revés que los francos, frescos y puros en su barbarie creadora.
No es difícil percibir la extraordinaria semejanza de aquel regeneracionismo con los nacionalismos vasco y el catalán, a todos los cuales cabe calificar también de regeneracionistas a su modo. Los regeneracionistas despreciaban el pasado real de España tal como Arana o Prat de la Riba despreciaban el pasado real de Cataluña y de Euzkadi, supuesta historia de opresión consentida hasta con abyecta alegría por vascos y catalanes. Aunque, a diferencia de aranistas y pratistas, los regeneradores no sembraban el odio o el resentimiento hacia ninguna parte de España, coincidían en fomentar la aversión por el común legado hispano y por el liberal régimen de la Restauración. También se asemejaban sus estilos, entre plañideros y amenazantes, y sus tonos exagerados y un tanto megalómanos, de parva sustancia intelectual, y su pretensión de fundar naciones. Curiosa en cambio la divergencia en las conclusiones a partir de las mismas premisas: unos aspiraban a refundar la nación española, de tan “anormal” pasado; los otros a desarticularla y hundirla de una vez por todas, lo que no sería menos lógico.
Los regeneracionistas pretendían destruir el liberal régimen de la Restauración, tildado de “necrocracia” o dominio de los muertos, para refundar España “como si nunca hubiera existido”. Refundar una nación que tan honda huella había dejado en la historia humana, tarea realmente titánica, en comparación con las cual las pretensiones de Prat o de Arana sonaban a modestas y llevaderas empresas provinciales. Pero, sorprendentemente, aquellos personajes no tenían nada de titanes ni de héroes. Ante todo procuraban “arreglarse la vida” mediante alguna oposición que les incorporase al funcionariado de la “necrocracia” para verter impunemente sus prédicas desde esa posición segura y aprovechando las libertades del régimen. No respondían al tipo de fanático entregado a una causa imaginaria, como Arana o Prat, ni al hombre inspirado o al hombre de acción, sino más bien al tipo del “señorito” clásico, frívolo y desconocedor de los rigores de la vida.
El regeneracionismo contribuyó, junto con el terrorismo anarquista, la demagogia socialista y el auge de los separatismos, a hundir el régimen que les permitía organizarse y hacer propaganda. Tras el fallido intento estabilizador de la dictadura de Primo de Rivera, los regeneracionistas tuvieron su oportunidad histórica con la II República, que fue entre otras cosas una orgía de palabrería desenfrenada. En ella demostraron su incapacidad política, hasta verse arrastrados a la guerra civil por los extremismos totalitarios y guerracivilistas, a cuyo triunfo en unas fraudulentas elecciones habían colaborado. La refundación de España estaba resultando un proceso de descomposición extremadamente peligrosa.
Cuando acusan de “franquistas” a las reivindicaciones del pasado español, entre ellas la de la Reconquista, no dejan de tener alguna razón, porque un aspecto del franquismo fue la reivindicación de la España real e histórica, quizá con excesiva atención al catolicismo, que determinaría la ruina del régimen. Pero por otra parte la reivindicación se hizo en general con gran amplitud, permitiendo versiones diversas. No es aquí el momento de entrar en detalles al respecto, pero debe señalarse que ya antes de la muerte de Franco cundían versiones semejantes a las de los regeneracionistas, complicadas con análisis marxistas y similares. Estas, ante la escasez de la respuesta teórica tienen ahora de nuevo gran importancia, con las consecuencias verborreicas y disgregadoras sabidas. Llegó a imponerse un verdadero tabú sobre cualquier versión que pudiera identificarse con el franquismo, y sobre esa condena en el fondo totalitaria se han desarrollado las campañas distorsionadoras más extremas, parejas a las del regeneracionismo, de las que hemos ofrecido un pequeño muestrario en relación con la Reconquista. Y esta es la situación en que nos encontramos hoy, y de la que es preciso salir..
Creado en presente y pasado
145 Comentarios
Los agresivos y despóticos enemigos de la Reconquista
Según otra versión muy divulgada, España va construyéndose por primera vez en esos ocho siglos, negligiendo u omitiendo los anteriores períodos romano e hispanogodo. Pretensión realmente chocante para un historiador, pero mantenida por muchos profesores. En tal caso tampoco valdría el término Reconquista, sino algún otro como “Construcción nacional”. La idea parte de Américo Castro, quien asegura que los peninsulares anteriores a la invasión árabe, romanizados, cristianizados e hispanogodos, no eran propiamente españoles, a pesar de que hablamos una derivación del latín, la mayoría se sigue considerando católica. Por el contrario, imaginó que España se habría formado en una “España de las tres culturas” (cristiana, judía y musulmana) en tolerancia mutua. La Reconquista habría sido un fenómeno negativo, que habría destruido la convivencia, impuesto por la violencia el poder de los cristianos, el grupo más fuerte pero también el más atrasado e inculto. Y de ese trauma histórico habría nacido el “cainismo” español, su tendencia a la guerra civil, etc. Es obvio que Castro partía de unos conocimientos parciales y mediocres tanto sobre la Reconquista –como le reprochó y demostró Sánchez Albornoz– como sobre otros países europeos próximos, en los que podría encontrar ejemplos de cainismo y guerracivilismo mayores que en España; por no hablar del Magreb o Marruecos, donde las guerras civiles han sido un dato histórico casi permanente. La idea caló en algunos ambientes porque cultivaba mitos de “tolerancia” muy en boga, por fuera de la realidad histórica que estuvieran.
Pero lo significativo es que, a pesar de la evidencia histórica, los enemigos de la Reconquista han ganado muchos puntos en la universidad, la política y los medios de masas, hasta el punto de que el uso de la expresión se ha convertido en tabú en numerosos departamentos de historia e institutos, incluso con prohibición expresa de usarlo a los alumnos. La aversión va desde el ataque y prohibición de la palabra, hasta la admisión del fenómeno histórico, pero conceptuándolo como nefasto. Uno de los periodistas más influyentes en los últimos decenios. J. L. Cebrián, ha calificado a la Reconquista de “insidiosa”, un calificativo extravagante pero en todo caso muy negativo. Los ejemplos podrían multiplicarse. En museos, monumentos, etc., se exalta la impronta musulmana y se denigra o exhibe con indiferencia la cristiana. Los políticos islamófilos –y generalmente tan incultos como corrompidos, esta es una realidad realmente deplorable y temible— acosan en lo que pueden la herencia cristiana, tratando de hacerla “laica”, como en la catedral de Córdoba, no persiguen las numerosas y crecientes agresiones contra iglesias y personas católicas mientras exhiben su preocupación contra lo que llaman islamofobia y favorecen la inmigración de unos musulmanes que no han olvidado a Al Ándalus. Cualquier reivindicación del pasado histórico real de España es desacreditada como “fascista” o “facha”. La fobia a la Reconquista ha ido adoptando tonos cada vez más agresivos, como los incidentes y manifestaciones contra el aniversario de la toma de Granada. Esa fobia viene casi siempre unida a la exaltación de un islam repleto de tolerancia y perfecciones culturales, por lo demás puramente imaginario.
Entre otros muchos comentarios y denuncias a tal fenómeno cabe espigar esta del escritor y periodista César Alonso de los Ríos, en un artículo titulado “Don Julián, hoy”, denunciando el tic antiespañol de buena parte de la izquierda. Para ello utilizaba la figura del conde Don Julián, que según la leyenda facilitó la invasión musulmana, reivindicada por el escritor Juan Goytisolo, discípulo de Américo Castro. Dicho de forma esquemática, la idea básica es que en la invasión árabe ganaron los buenos y en la Reconquista ganaron los malos. Goytisolo fue el más claro formulador de ese talante, en realidad viejo: “la negación del suelo patrio, de las tradiciones, de la moral convencional, incluida la heterosexualidad… Quizá esta última nota fue la menos celebrada: se tomó como un dato puramente personal aun cuando la consigna de Goytisolo era bien clara: la revolución total, la traición total, el entreguismo total pasaba por la reconversión sexual”. No deja de ser significativo que la aversión, a veces odio abierto, a la Reconquista coincida hoy con la ideología LGTBI, con los separatismos que aspiran a disgregar a España, con complacencias hacia ciertos terrorismos, y tendencias similares.
No cabe duda de que se trata de un fenómeno llamativo, por el cual gran número de descendientes de los reconquistadores, influidos por políticos e intelectuales diversos, infaman a sus antepasados, exaltan a sus enemigos, niegan las más obvias evidencias históricas y se muestran hostiles o indiferentes a su propio país, su cultura e historia. Entender este curioso fenómeno exige remontarse, como dije, a la gran quiebra moral del “Desastre del 98″. Una derivación del Desastre fue el llamado regeneracionismo, que propugnaba “echar siete llaves al sepulcro del Cid” o calificaba la historia de España, desde los visigodos, como “anormal”, “enferma” (Ortega), explicaba la época de mayor influencia del país, posterior a la Reconquista, como “un imperio de mendigos y frailes aliñado con miseria y superstición” (Azaña). Etc. Aquella sarta de disparates malintencionados dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional
Creado en presente y pasado
144 Comentarios
El valor de la vida y su criterio
–No eres sincero al decir que Sonaron gritos… no contiene ninguna tesis. De ser así, no valdría siquiera la pena escribirla. Sería como aquel teatro del absurdo, que quería mostrar el sinsentido de las cosas. Si realmente no tienen sentido, no hay nada que mostrar ¿no? ¿Para qué escribir una novela, entonces?
– Eso me parece también. Además, ¿por qué empezar y terminar con esas escenas de muerte y asesinato? Su novela podría versar, vamos a decir, sobre un joven que durante esos diez años de guerra y convulsiones, se las arregla para vivir su vida al margen de todo ello y sin ningún acontecimiento “emocionante”. Eso podría resultar aburrido, aunque hay autores que consiguen hacer entretenido el aburrimiento. Pero entonces, los sucesos de su novela ¿no serían simplemente un truco para provocar emociones, sin ningún objetivo, sin ninguna tesis, solo por motivos comerciales, para impresionar a la gente y que la compre? Hay mucha literatura así. ¿No es una especie de tremendismo innecesario?
–Vamos por partes: la novela gira en torno al destino y al valor de la vida. Todas lo hacen de un modo u otro. La literatura desciende directamente del mito, y el mito eso es lo que hace. Los amigos, en la novela, se preguntan sobre el sentido de lo que hacen, del mundo, filosofan, pero, claro, no llegan a nada preciso. Los filósofos llevan siglos haciendo esos ejercicios sin conclusión definitiva y a pesar de ello esos ejercicios son necesarios. Pero junto a la filosofía está la acción, que impone sus propias exigencias y su propia lógica, que nunca llegamos a entender bien. En un momento dado, en Rusia, un oficial se enfada con Alberto y Paco porque están dando vueltas a las justificaciones de la guerra y los motivos del adversario, y uno de ellos replica que es bueno pensar esas cosas siempre que no interfieran con lo que hacían: habían ido a Rusia, sabían a qué y a lo que se exponían, no había vuelta atrás ni remordimiento. Lo que discutían, ¿era entonces un simple juego intelectual vacío? Creo que no. Era el contrapunto que da a la acción una dimensión distinta de sí misma. La tesis de la novela, si os queréis poner así, es que la acción, la vida sigue su rumbo en gran medida ajeno a los deseos y pensamientos y a las mismas acciones de los hombres, porque estos no pueden prever sus consecuencias o solo un poco. Y a pesar de ello, la acción y el pensamiento deben tener un sentido, no pueden ser absurdas. Los moralistas lo “encontrarían” enseguida, pero, claro, sus soluciones resultan casi siempre convencionales y empobrecen el relato. Lo diré de otro modo: imaginad que existe el más allá y que después de la muerte hay que dar cuentas de la vida terrena. Probablemente nos llevaríamos una gran sorpresa viendo que los criterios con que nos hemos justificado aquí serían diferentes de aquellos otros criterios con que nos juzgasen.
–Me parece algo confuso, pero está la cuestión del tremendismo. Su novela empieza y termina con actos en cierto modo tremendos. ¿Por qué? ¿Para provocar emociones fuertes? Existen novelas muy distintas, introspectivas, etc., y un buen escritor sabe sacarles partido y hacerlas interesantes aunque la acción sea anodina.
–Yo no veo esa confusión que usted dice, en todo caso una confusión que refleja la de la propia vida y que debe quedar a su vez reflejada en la novela. Claro que pueden hacerse grandes novelas sobre vidas más bien anodinas y convencionales, solo hay que recordar las de Proust, o a Madame Bovary, o las de Valera… Y hay muchísima literatura de acción tan trepidante como banal, aunque una novela de acción o aventura no tiene por qué ser banal. Ahora bien, una novela con mucha acción, como es la mía, no fue concebida así en absoluto por motivos comerciales. La acción parte de un suceso real al principio de la guerra civil y se desarrolla en consecuencia durante los años posteriores. Los personajes obran así en parte por las circunstancias, en parte por identificación con el bando nacional u odio a lo que ven en el Frente Popular, aunque eso queda un tanto desdibujado, y en parte porque son hombres de acción. Pero no los clásicos tiratiros sin casi nada en el cerebro. Son personajes complejos, Aquilino Duque los ha comparado con “claroscuros dignos de novela rusa”, no sé muy bien qué quiere decir, pero más o menos se entiende.
Lo del tremendismo se opone a la tragedia y a la épica. En Cela consiste en jugar con aspectos brutales y personajes sin verdadero relieve, porque él tiene la tesis de que los hombres actúan determinados por las circunstancias sociales, con lo cual se difumina su individualidad y vuelve la acción cenicienta, por así decir, grisácea, sin gracia. Pero el Pascual Duarte creo que es la novela española más traducida después del Quijote. Eso revela que no deja de ser una obra importante y que en el extranjero la han visto, bien como un reflejo de la España “real”, incluso de la España “franquista”, o bien como una profundización en la condición humana. Pero no es mi punto de vista, claro.
–Es verdad que el libro tiene algo de mítico al estilo griego, y ya te he oído decir que sin embargo nada que ver con el freudiano “matar al padre”. Pero si tuviera esa explicación, al menos habría una coherencia. Resulta que el protagonista se encuentra finalmente con el hombre, bueno, uno de los hombres a los que va a causar la muerte, y descubre que es su padre real. Lo encuentro un poco traído por los pelos, un poco inverosímil.
– Lo ves así porque conoces poco de la época. Por eso algunos creen inverosímil que alguien estuviera en la guerra civil, en Rusia y luego contra el maquis. O que en el maquis hubiera algunos que habían luchado en Rusia al lado de los partisanos, pero los había. Y resulta que en el padre de Alberto hay un paralelismo. Se trata de un obrero anarquista que evoluciona al comunismo –pasó en bastantes casos—y que ha tenido una carrera muy parecida a la suya, pero en el bando contrario, y también en Rusia. Alberto descubre este parecido en la trayectoria vital, que le impresiona, y le impresiona aún más el encontronazo, casi físico, con el hecho de que él, Alberto, no habría llegado a existir siquiera de no ser por aquella persona a quien tiene muchas razones para odiar. La agudísima impresión del destino, de la imposibilidad de penetrar en su sentido, es lo que le hace abandonar definitivamente aquella vida. No se arrepiente, simplemente la abandona y se abandona. Además, su amigo Paco ha muerto en los Balcanes y ya no tira de él. Por consiguiente elige una vida anodina, al menos si la comparamos con la anterior, al lado de Carmen y como profesor. ¿Está satisfecho con ella cuando, ya viejo, decide recordar y escribir sobre su juventud? Afirma haber sido feliz con Carmen, ser con ella “una sola carne”. Pero queda cierta inseguridad, remarcada por su evidente insatisfacción con respecto a sus hijos. ¿Qué vida fue mejor, según su criterio, cuál tiene más valor, la de su juventud violenta y azarosa, con tanta muerte por medio, o la tranquila, burguesa, productiva y pacífica posterior? No expongo en la novela la duda, pero creo que queda bien implícita.
Creado en presente y pasado
219 Comentarios
Algunos estoicos
De Nueva historia de España:
“En Cicerón, el ideal estoico se fundaba en la virtud y la razón, o en la virtud como expresión de la razón, expresión a su vez de la naturaleza, del logos divino implícito en el mundo. Propugnaba al hombre dueño de sí, imperturbable por los avatares de la vida gracias a su fortaleza de espíritu fundada en la razón virtuosa. La libertad consistiría en evitar las pasiones y vivir de acuerdo con ese “logos” que determina nuestro destino, pues necesariamente todo ocurre según el plan de la naturaleza, excluyente del azar. Ese orden se manifestaría en un derecho natural subyacente a las leyes accidentales, e implicaría una igualdad esencial entre los humanos (cosmopolitismo)… Los males vendrían de ignorar ese orden cósmico, que los estoicos creían conocer
La crítica a los dioses mitológicos, de conducta contradictoria y a menudo inaceptable moralmente, había expandido el escepticismo, incluso el ateísmo. Cicerón veía el escepticismo como un mal, por lo que recurrió a argumentos pragmáticos para justificar la creencia en la divinidad: no puede ser un error cuando la comparten todos los pueblos, y sin esa creencia la sociedad se descompondría. Con lo cual invertía insensiblemente el argumento metafísico: ya no es la “existencia” de la divinidad la que da sentido a la vida y a la razón humana, sino que esta crea a su conveniencia a la divinidad y le da sentido. Cicerón tendía a rechazar la pluralidad de dioses, mientras que la sociedad romana no cesaba de adoptar otros nuevos traídos de los países conquistados(…)
También el epicureísmo cundía entre las capas intelectuales y políticas. En Lucrecio venía a ser un hedonismo refinado y ateo: concreta el sentido de la vida en la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento. Parece una teoría clara, casi evidente, pero ofrece dificultades (…)
Horacio desconfía del logos cósmico: la religión no ofrece consuelo, “la piedad no detiene las arrugas ni la vejez inminente ni la implacable muerte”, y expresa la angustia dolorosa del transcurrir del tiempo y el fin inevitable. “No quieras saber, es peligroso, lo que los dioses te reservan (…) Limita a un breve espacio tus grandes esperanzas. El tiempo envidioso se nos escapa, aun mientras hablamos. Cosecha el día (carpe diem) y fía poco en el mañana”. No hay en ello mucho consuelo ni alegría de vivir y, como observaba melancólico en otra oda, “polvo y sombra somos”, otra de sus frases tomada para siempre por la literatura (…)
Séneca desarrolló con cierta originalidad el estoicismo griego… Admitía la religión oficial por respeto a la ley, no por creencia, y de hecho despreciaba el politeísmo y la superstición con argumentos que habían de emplear los cristianos: el culto a los dioses sustituía el amor por el temor, y sus ritos constituían más bien un ultraje. Tiende a un monoteísmo peculiar, con exclusión de oraciones y súplicas: Dios protege al hombre sin necesidad de ellas, y al hombre sabio le basta obrar conforme a la razón. Dios sería “el alma del universo, accesible al pensamiento y no a la vista”. Podría llamársele Naturaleza, “porque de ella nace todo”; o Mundo, porque él es “el todo con sus partes y se sostiene por su propio poder”; o Destino, porque este es “la serie de causas que se encadenan y la primera de todas las causas, de la que siguen las demás”. Contradiciendo su idea de que el Mundo se sostiene por su propio poder, llega a considerar a Dios separado del universo, al que gobierna.
Una derivación sorprendente de sus argumentos afirma que el hombre sabio, obrando según la razón, está libre de todo temor, como Dios, del cual solo difiere en no ser eterno. Más aún, el hombre, por su valor ante la adversidad, puede incluso superar a Dios, que no sufre esas asechanzas. Séneca desdeña la metafísica como una quimera: la tarea filosófica debe ocuparse del hombre, para hacerlo firme y valeroso ante los males que le cercan, capaz de despreciarlos y triunfar moralmente sobre ellos. Aceptando que su ideal es prácticamente inalcanzable, lo propone como orientación justa (…) Los únicos males y bienes reales son de tipo moral, y no hay que temer ni desear ningunos otros”.
Marco Aurelio ve al hombre como parte de un Todo (Dios, el Uno, la Naturaleza, la Razón, la Ley…) que le sobrepasa absolutamente, como ínfima porción de la materia universal, del tiempo infinito y del destino. Los seres y los hechos están entrelazados, en constante cambio y en una armonía esencial. El hombre que comprende esta realidad, la fugacidad del tiempo y la memoria, la precariedad de la vida, se adapta racionalmente a la ley de la naturaleza, vive en armonía con el Todo, atiende al presente y no se angustia por el pasado o el futuro. El miedo a la muerte brota de la impresión del aniquilamiento, pero el sabio entiende que este no existe, pues la muerte es solo un cambio dentro de la marcha del universo y dentro de la eternidad todas las cosas se reproducirán una y otra vez en formas semejantes. La consideración del Todo, entiende el emperador filósofo, nos induce a moderación, a rehuir las pasiones, a la benevolencia; el hombre guiado por la razón “es al mismo tiempo tranquilo y resuelto, radiante y firme”. Su moral es individual porque solo se puede juzgar el bien y el mal en lo que depende de nosotros y en nuestra propia conducta; no obstante, el criterio individual debe armonizarse con la sociedad y con el Todo (…).
La virtud preconizada y en general practicada por Marco Aurelio tiene, sin embargo, difícil asiento en la naturaleza, pues esta parece ajena a la moral e integra todos los comportamientos humanos, los que solemos considerar mejores y peores. “Quienes han llevado una vida de implacable enemistad, sospecha, odio… ahora están muertos y reducidos a cenizas”. Cierto, igual que quienes habían hecho el esfuerzo de vivir en la virtud, como podría haber recordado Horacio (…).
Su muerte le impidió comprobar esa ambigüedad básica del Todo tras haber cometido el peor error de su vida, el nombramiento de su hijo Cómodo como sucesor. En principio era una buena elección: Marco Aurelio le había aleccionado desde la niñez, y durante los tres años últimos de su vida lo había asociado al poder, a fin de proporcionarle experiencia. Cómodo llegó al imperio apenas salido de la adolescencia e invirtió resueltamente la política de su predecesor. Entre la concepción estoica del gobernante como servidor de la comunidad y el principio de que sus decisiones constituían la legitimidad legal y moral optó por lo segundo. Era la vieja querella presente también en el conflicto entre Confucio y la escuela legista, o en el mito de Antígona. Así, Cómodo se presentó como fuente de la ley, la moral y la religión, se divinizó como reencarnación de Hércules e hijo de Júpiter e hizo cambiar el nombre de Roma por el suyo propio, atacó al Senado y derrochó sin tasa el dinero del Estado para atraerse al pueblo mediante fastuosos juegos de gladiadores y similares (…) Sin embargo, al invertir la política de su padre no podría decirse que contrariase a la naturaleza, pues sus actos formaban parte necesariamente de ella… como también las conspiraciones que culminaron en su asesinato”.
(De Nueva historia de España: la romanización)
Creado en presente y pasado
140 Comentarios
