(Después de la caída de la Operación Cromo (secuestros de Oriol y Villaescusa), los dirigentes que quedamos libres nos refugiamos en Alicante para desde allí reorganizar el partido. Entre tanto, el secretario general sospechaba –es tradicional en partidos stalinistas– que yo quería desbancarle del puesto de máximo dirigente, y preparó una encerrona contra mí. Estas cosas, releídas cuarenta años después, no dejan de asombrarme)
El pleno del comité central se celebró el 1 de mayo de ese año, 1977, en un piso de la calle Valdeacederas, de Madrid. Al abrirse las sesiones, el secretario general anunció su propósito de leer un documento que no estaba en el orden del día. “Como todo un eminente estratega que ha demostrado ser, el secretario llegó allí en plan de ofensiva por sorpresa. La sorpresa consistía en un furibundo ataque contra mí, elaborado a su exclusivo arbitrio, sin acuerdo ni información previa a la comisión política. Meses más tarde él mismo reconocía en un artículo: Los camaradas, al empezar el pleno, se mostraron un tanto desconcertados cuando adelantándome a las críticas de Verdú (uno de mis nombres de guerra) puse en conocimiento de todos las numerosas tentativas que Verdú había realizado para hacerse con una responsabilidad clave en la dirección del partido. Y no era para menos de desconcertarse si tenemos en cuenta que mi presencia en la dirección, y en un puesto clave como propaganda, se debía, no a misteriosas tentativas sino a haber sido elegido en el I Congreso. (…)
Por descontado, el peligroso personaje descrito en los papeles del secretario había estado saboteando permanentemente al partido, como demostraba hasta la saciedad su labor en organización después de la caída de febrero (tras la caída de la Operación Cromo, yo me había ocupado de reorganizar el partido); había paralizado a todos los militantes, impuesto un brutal disciplinarismo y cortado toda iniciativa a los desdichados que caían bajo su férula ¡Ah!, pero también era cierto que el perspicaz secretario había advertido en todo momento mis manejos y ocultas intenciones, si bien, con altruismo en verdad abnegado, había realizado no pocos intentos de “salvarme”… Quizá advirtiendo el efecto que causaban sus palabras, terminó su ofensiva con unas frasecillas conciliadoras.
El buen secretario no creyó oportuno explicar cómo un trepador sin escrúpulos se había encargado en los momentos más difíciles precisamente de la tarea más complicada (la reorganización) y con numerosos cabos sueltos que seguían a merced de la policía, ni por qué se había opuesto a salir al extranjero, donde sin duda estaría más cómodo, ni cómo era que con tanto desbarajuste como se le achacaba nos hallábamos reunidos, solo dos meses y medio después de la caída, con un comité central en gran parte renovado y ampliado, que convocaba además un segundo congreso. Nadie puede extrañarse de que los camaradas mostrasen desconcierto.
Repliqué con dureza al desleal culebrón, y se entabló una interminable disputa sobre todo lo habido y por haber. El acusador, con previsión meritoria, había preparado a algunos elementos para que apoyaran su ofensiva, se nombró a sí mismo moderador, estimuló con cálido aliento a los que me atacaban , ponderando cuán provechoso resultaba sacar a la luz los trapos sucios, y condenó severamente a los que “nos hacen perder tiempo” apoyando de un modo u otro mis posiciones . Pero al calor de las intervenciones fueron saliendo más quejas y descontento de los que placían al buen líder (…)
Del informe del secretario general, si tenía alguna base creíble, solo hubiera podido salir mi destitución y la apertura de una investigación. Y si los cargos no resultaban verosímiles, pero sí al menos abrían margen a la duda, lo que se imponía era cuando menos la investigación. Precisamente fui el único en hacer una propuesta en tal sentido, propuesta que nadie se molestó en secundar, ni siquiera el propio acusador. Buena prueba de lo mucho que él creía su diatriba. Ninguna medida pudo ser adoptada contra el pernicioso oportunista por fin desenmascarado. Lo único claro es que él había creído su puesto amenazado por mí. Aquella escena alucinante era solo el primer desprendimiento del alud que me caería encima.
Vueltos a Alicante, Pérez (el secretario), Balmón y Brotons exigían que retirase mi crítica, puesto que la mayoría aplastante había votado a favor de su informe. No cedí: “Vamos, hombre, el centralismo democrático permite a cada cual retener su opinión, aunque en la acción acate la de la mayoría. En poco tiempo sabremos quién tiene razón”. Notaba que ellos empujaban el conflicto a la ruptura, a fin de impedir cualquier voz discrepante en el congreso. Pero querían salvar la cara. Decidí no darles esa oportunidad. Si iban a ir hasta el final, debían quedar como lo que demostranban ser, unos sinvergüenzas. No intenté la menor maniobra con los hilos del partido todavía en mis manos, en parte por no darles pie a acusaciones de indisciplina, pero más aún porque la experiencia del pleno me había dejado pensativo respecto al grupo.
Del pleno salí con mis atribuciones intactas, pero en Alicante los colegas se apresuraron a suspenderme de ellas, por su cuenta y riesgo. Me dio igual, porque esperaba al congreso, y así tenía más tiempo libre para reconsiderar la situación.
Con todo, seguíamos oficialmente unidos y charlábamos con frecuencia, informalmente. Planeamos la fuga de los detenidos en Carabanchel. Desde la prisión, Delgado nos pasó detalles sobre unos conductos subterráneos, parcialmente explorados, aprovechables para construir desde fuera una galería. Se hicieron pruebas, pero se demostró impracticable. Propuse alquilar un sótano o bajo en un barrio no lejano y cavar desde allí un túnel en dos o tres meses. La idea fue rechazada porque exigiría mucho tiempo y aparato. Al final no se abordaba ningún proyecto. Delgado nos espoleaba criticando las indecisiones y descoordinación, y Pérez le replicó en una carta haciendo valer enérgicamente su autoridad. Se proyectó entonces una fuga espectacular: Hierro tenía una vaga noción de conducir helicópteros y se apoderaría de uno, al mando de la partida del Grapo, en una base de Getafe o por ahí. El helicóptero se dirigiría a la cárcel a una hora en que los presos salieran al patio y soltaría una amplia red para que los nuestros se colgaran de ella. A los centinelas se les tendría a raya disparándoseles desde el exterior, y la aeronave se alejaría velozmente, con el racimo de hombres agarrado a la red.
Lo malo es que bastaba una bala bien apuntada para que la maniobra acabara en catástrofe total. Amén del peligro de que los huidos tropezasen con cables, etc. Tras muchas vueltas se abandonó la idea, porque las habilidades de Hierro en materia helicopteril daban qué pensar y robar el artilugio ofrecía serias dificultades.
Adoptamos por último una modificación de mi plan: se cavaría un túnel, pero desde un punto próximo, el cementerio de Carabanchel. Cuando se alcanzaran los cimientos de muro carcelario se harían estallar potentes cargas de goma-dos para abrir un boquete por donde saldrían los presos. Y, en efecto, unos grapenses abrieron un sepulcro y se dedicaron a excavar en horas nocturnas. Diseminaban la tierra por tumbas cercana. En dos o tres noches llegaron al muro del cementerio, tomándolo por el de la prisión. Al poco no paran ellos mismos entre rejas, pues el sepulturero reparó en la tierra escarbada y avisó a la policía, afortunadamente cuando los vampiros estaban ausentes. La prensa comentó el extrañísimo y algo macabro suceso, que no dejaba de tener bastante gracia.
Para esas fechas, nuestras relaciones en Alicante se acercaban a la ruptura. Fue entrado junio, días después de masivas movilizaciones en Euskadi, donde perdieron la vida seis personas. Estábamos reunidos el secretario y tres o cuatro militantes más esperando al responsable de organización (Balmón), de vuelta de un viaje. El organizador trajo malas noticias. Sobre lo de Euskadi, ningún comité del partido había movido un dedo, con la reconfortante excepción del de Bilbao “¿Qué ha hecho?” “Tirar octavillas” “¿Cuántas?” “Bien, unas ciento cincuenta”.
A ello se añadían otros desbarajustes : la comisión organizativa se había aislado repentinamente de los comités locales, debido a fallos técnicos. Estos descuelgues no eran nada nuevo, aunque no solían revestir las proporciones del actual. Desde la Cromo no se habían repetido.
Me puse a explicar a Balmón la forma en que meses atrás teníamos proyectado robustecer el enlace de los grupos locales con el centro. Pero el secretario, que había quedado caviloso, reaccionó de pronto y se levantó de la silla, gesticulando acalorado. Sabía quién era el culpable de lo sucedido: ¡Luis! (es decir, yo). ¡Claro como el agua! La sorpresa de los demás no fue inferior a la mía. El sagaz descubridor argumentó así: un enfollonamiento con los contactos como el que se había producido superaba a todos los del pasado, por lo que solo podía ser consecuencia de mi labor durante los dos meses y pico de reorganización. Otro tanto cabía decir de la parálisis ante las movilizaciones vascas.
A esas alturas solo me fue posible reaccionar con tono de burla (después lo utilizaron acusándome de falta de seriedad), recordándoles la situación tal y como se presentaba y las críticas hechas por mí a su informe del pleno y sus métodos. Más y más excitado, Pérez clamó casi a gritos que mi cinismo resultaba increíble y que tenían que haberme expulsado hacía tiempo. Al fin exponía su intención secreta bien a la vista de todos. Se volvió con rabia a Balmón: “¿Tiene Luis la culpa, sí o no? ¿Está claro o no?” El interpelado miraba con apuro de acá para allá. “Hombre, no sé, hay que considerar también que él lleva tiempo fuera de la comisión y que, como ha habido que cambiar a varios de los que estaban con él, pues la comisión tiene poca experiencia y algunos se han embarullado en los contactos…” Sus divagaciones quedaron cortadas con un fulminante “¡Eso es no decir nada! ¡Exijo una respuesta concluyente!” Respuesta que el fulminado siguió incapaz de dar. Penosa escena, sin duda. Y sin embargo Balmón era persona honesta, valerosa e inteligente, cualidades frecuentes en los sindicalistas (los de entonces, se entiende) . Pero le faltaba entereza de carácter, por lo que sus virtudes se transformaban en una trampa para él mismo (…)
El descubridor de culpables, rehuyendo las miradas, cambió de frente y se dirigió a la puerta: “¡No vuelvo a poner los pies en esta casa!” gritó (era mi piso. También para mi abnegada compañera de entonces resultó muy reveladora aquella reunión, en principio informal). Los circunstantes salieron detrás . En la grabadora, en la habitación contigua, sonaba una bonita cancioncilla rusa (propiamente georgiana) Suliko, tantas veces escuchada esos meses. La apagué, algo mustio.
A los dos días vinieron a verme como correveidiles Balmón y Brotons. Traían un conciso escrito para informar a los camaradas de que se me separaba del partido. Exclamé: “Bueno, yo creo que hay que terminar con este asunto”. A Brotons se le iluminó el semblante: “¿Quieres decir que te consideras fuera del partido?” ¡El muy jeta!, pensé para mí. Quieren empujarme al bordel del precipicio, pero que yo dé el salto “voluntariamente” para presentarme al congreso como desertor. “De ninguna manera. Quiero decir que hay que clarificarlo a fondo. Yo sigo a disposición del partido”. Su rostro recuperó la adustez. Los tres estábamos sombríos. “Ya te entregaré el documento que preparo”, dije.
Volvieron poco antes del congreso. Me advirtieron que no asistiría a él y que debía quedarme en Alicante mientras durase. (…) Pasado el congreso retornó la pareja de recaderos. Nos sentamos, muy nerviosos. Brotons ponía gesto duro; Balmón y yo fingíamos menos. Balmón seguramente porque no las tenía todas consigo. El espectáculo del congreso debió de mezclar el alegre triunfalismo con lances poco reconfortantes. Yo, porque rompía una trayectoria, un empeño al que había sacrificado ocho años de mi juventud.
–Hemos discutido tu caso en el congreso. Tu documento lo han hojeado los camaradas… bueno, casi todos. Se ha comprendido muy bien tu posición. De todas formas, si quieres escribirnos algo para el Bandera, lo publicaremos –aseguraba Balmón.
–Por tu bien y por el del partido consideramos que lo mejor es que emigres al extranjero. Sabes muchas cosas y si te cogen aquí no tenemos la certeza de que no hables. Nosotros estamos dispuestos a facilitarte la salida –concretaba Brotons.
(De un tiempo y de un país)