En “Una hora con la Historia” trataremos el próximo sábado sobre los ideólogos de género, que vienen marcando la política cultural actual, y sobre la “Desbandá” de Málaga
** En el Blog de Gaceta, el inevitable abocamiento a la justificación de la pederastia en la ideología “progre”.
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Pero ocurre que, así como la idea de Dios es intuible en términos racionales, pero indefinible por la razón, el Hombre debe ser bien definible racionalmente para sí mismo, y aquí entramos en tierras nebulosas. Sin duda es una abstracción, pero ¿a qué responde? ¿Qué es el Hombre? ¿Es la Humanidad, la Sociedad o la Colectividad, que permanece por encima del carácter efímero del individuo y es superior a este en todos los aspectos? ¿O es más bien el Individuo, que entra a menudo en conflicto con la Sociedad, pero sin el cual no se concibe esta?
¿Y cuáles son las potencias o cualidades que caracterizan al Hombre? Su endiosamiento descansa en la sensación de que puede entender (aunque sea progresivamente) al Universo y ponerlo a su servicio: esta capacidad ya lo sitúa en cierto modo por encima del Universo, pues este, la materia, es incapaz de entenderse a sí mismo, y las fuerzas que la mueven carecen de cualquier objetivo o sentido precisable. El Hombre puede sentirse así divinizado, si bien su capacidad, real o ilusoria, de entender el Cosmos y someterlo a sus designios no se la ha dado el Hombre a sí mismo, es un don recibido. Comoquiera que sea, cada ideología ha expuesto su idea sobre la condición humana, idea chocante con las de ideologías rivales.
El argumento de las ideologías contra la religión se expresa a menudo en términos históricos, comparando la llamada Edad Media, “los siglos oscuros”, con la triunfante era de la Razón desde la Ilustración, más el precedente del Renacimiento. El Medievo vendría marcado por una pobreza prácticamente generalizada, por el hambre y las enfermedades y una vida corta, sin apenas distracciones en largos siglos de opresión, ignorancia y violencia. Una situación estancada, sin apenas cambios, que la religión mantenía y justificaba predicando la resignación ante la voluntad divina, manifiesta en tales calamidades por efecto del pecado original.
En cambio, el triunfo de la Razón habría cambiado radicalmente tal estado de cosas: el poder y la ciencia humanas progresan en un movimiento acelerado sin reconocer ningún límite; la riqueza y el consumo de masas se universalizan: cualquier obrero manual dispone de muchos más bienes y de una vida más cómoda, no ya que los siervos medievales, sino que los grandes señores de aquella época; y tiene a su alcance los productos de una gigantesca industria de la diversión y el entretenimiento para distraer sus ocios o para culturizarse. Hoy, la razón y la ciencia aplicadas han permitido que la población mundial se haya multiplicado y viva muchos más años de promedio, mientras que la pobreza retrocede.
No puede extrañar que uno de los efectos de la nueva época haya sido el rechazo a la religión, a veces activo en forma de persecuciones sangrientas, acaso lamentables pero en definitiva merecidas, otras veces rechazo político, confinando las creencias religiosas a una inocua y en cierto modo ridícula conciencia particular; y, en general, una indiferencia popular creciente. Esta visión de las cosas ha sido aceptada en mayor o menor grado incluso por gran número de cristianos, y desde luego se ha extendido mucho, dada su aparente evidencia.
Sin embargo se trata de una caricatura en la que es difícil discernir la verdad de la falsedad. Ciertamente ha habido diversos movimientos culturales con aspectos revolucionarios en la historia europea, pero ¿acaso no existe por debajo de ellos una continuidad esencial? En mi ensayo sobre Europa destaco cómo, al caer Roma, fue la Iglesia con su organización y monasterios la que mantuvo la civilización, con esfuerzos heroicos frente a oleadas de invasiones. La llamada Alta Edad Media, que yo prefiero llamar de Supervivencia, los monasterios y obispados fueron un refugio de la cultura en circunstancias dificilísimas, que solo cierto embrutecimiento intelectual y espiritual puede permitirse despreciar. Sin aquel inmenso y a menudo heroico esfuerzo, no habrían sido posibles los movimientos posteriores, incluidos los ideológicos.
Superada una época tan azarosa, la civilización europea se asentó, la Iglesia continuó siendo el mayor foco de cultura, una cultura muy viva en todos los terrenos en el Románico y el Gótico, con, entre otras cosas, la evolución de las escuelas a las universidades, que en adelante constituirían la columna vertebral de la civilización europea, hasta hoy mismo.
Por otra parte, nació entonces, afianzado en la Ilustración, el pensamiento científico y las técnicas no cesaron de desarrollarse al ritmo entonces posible. La fe nunca excluyó la razón y la ciencia, aunque los límites, conflictos y tensiones entre fe y razón fueron permanentes y en general fructíferos. Son las ideologías las que no admiten la fe religiosa, y no a la inversa, aunque, como hemos visto, se ven forzadas a crear otro tipo de fe. La ciencia y la técnica son acumulativas, y si observamos las cosas en la perspectiva histórica, podemos concluir que la autoatribución de la ciencia, la técnica, la libertad o la riqueza por parte de las ideologías no deja de ser una usurpación. Es seguro que sin dichas ideologías la ciencia y la técnica se habrían desarrollado de modo parecido, aun si en algunos aspectos las ideologías pueden haber contribuido a impulsarlas. Y la oposición a poderes despóticos es una constante en el pensamiento y en la práctica europeos: la democracia liberal, un experimento reciente, es uno de sus productos y probablemente no el último. Por otra parte, la gran mayoría de científicos e inventores a lo largo de siglos han sido al mismo tiempo creyentes, y en gran parte siguen siéndolo. Con los pensadores puede que no pase lo mismo: desde la Ilustración muchos se han declarado ateos o agnósticos, e influido sobre el resto de la intelectualidad, los políticos y la gente común.
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…En cuanto a su novela “Gritos y golpes”, otras cuestiones aparte, me parece la mejor novela de aventuras en la literatura española. O, mejor dicho, menos presuntuosamente, la mejor de las novelas de aventuras que yo conozco en la literatura española y no solo; y conozco bastante (…)
Una interpretación se me ha ocurrido: ¿no se puede interpretar como una lucha contra el padre, una lucha inconsciente, sin saberlo, y que cuando el protagonista llega a saberlo siente que se hunde psicológicamente? ¿Qué le parece?… Wenceslao López