El liberalismo como ideología (I)

“Cita con la historia” Es difícil entender por qué tras las guerras napoleónicas a Inglaterra le fue tan bien con el liberalismo, y tan mal a España https://www.youtube.com/watch?v=jkHsMsJkW8A&t=4s  

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Fukuyama predecía la victoria de la democracia liberal en el mundo, aunque hubiera un período agitado de transición en algunos lugares, e interesa ver cómo retrata la situación resultante: El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfarán sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas.  El fin de la historia será un tiempo muy triste. La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la vida de uno por un fin puramente abstracto, la lucha ideológica mundial que pone de manifiesto bravura, coraje, imaginación e idealismo serán reemplazados por cálculos económicos, la eterna solución de problemas técnicos, las preocupaciones acerca del medio ambiente y la satisfacción de demandas refinadas de los consumidores. En el período post-histórico no habrá arte ni filosofía, simplemente la perpetua vigilancia del museo de la historia humana”.

   Importa entender por qué debería ser así: las luchas por motivos políticos, religiosos o de cualquier otro tipo habrían perdido su razón de ser, sencillamente, porque se habría llegado a la conclusión de que el problema del sentido de la vida, tanto tiempo buscado por filósofos, religiosos e ideólogos, habría quedado definitivamente resuelto. Se trataría de la economía, de lo que todo el mundo ha deseado desde el principio de la humanidad: disponer de medios económicos abundantes. Si ello se consigue, ya parece innecesario arriesgar la vida (ningún liberal murió jamás ante el paredón gritando “¡Viva la libertad de mercado!”, o “¡Viva el pluralismo político hasta cierto punto!”). Por primera vez en la historia los anhelos más profundos del ser humano, los anhelos de disponer de amplios medios económicos, se habrían cumplido, y, mejor aún, cuidando al mismo tiempo el medio ambiente. El mundo habitado se convertirá en un jardín, por así decir, lo más parecido al Edén,  algo que ya se vislumbra hoy “claramente”.

   Se entiende entonces que las filosofías que tanto han atormentado y embrollado a la humanidad durante miles de años, así como las religiones, queden ya como objetos de museo, al modo como los soviéticos organizaban “museos de la religión” o “del ateísmo”, o del capitalismo, para mostrar a los ciudadanos lo mucho que había progresado intelectual y moralmente la humanidad gracias a la ciencia marxista.  Y como todo el mundo será bastante rico, o al menos tendrá cubiertas con holgura las necesidades básicas mediante el consumo de masas, las guerras y conflictos violentos desaparecerán. Se cumplirá lo que expresa la canción de Lennon Imagine:  “No hay cielo ni infierno, ni naciones ni religiones, nada  por lo que matar o morir”. Hasta aquí, todo correcto en un sentido convencionalmente liberal. Claro que la canción también ataca la propiedad, lo cual disuena un tanto. Pero en un progreso futuro, ya anunciado con seguridad por el presente, en que el consumo de masas se generalice y todo o casi todo el mundo tenga lo que pueda desear, la propiedad y la codicia perderían también gran parte de su sentido o necesidad.

   También perdería su sentido la libertad, ya que si el significado de la vida consiste en el desarrollo económico y este nos permite a todos  la abundancia, la libertad quedaría en un capricho algo tonto, o bien en la posibilidad de elegir  entre gran número de marcas comerciales. Habría una igualdad básica que excluiría la libertad, no por imposición sino por volverse innecesaria.

    Otro elemento de sonido poco liberal y un tanto místico es la idea de que “el mundo vivirá como uno solo”, eliminando los pluralismos. Pero al desaparecer los motivos de conflicto, los pluralismos ideológicos o políticos se volverían asimismo superfluos: la abundancia económica lograda por el sistema liberal excluiría los conflictos, excepto, si acaso en una escala ínfima: nada por lo que matar o morir.

   Lo importante de la canción no es ella misma, pues de hecho las ideologías marxista, anarquista, de modo más restringido la nacionalsocialista  (solo para la parte “aria” de la humanidad) han afirmado programas semejantes, basándose en el progreso técnico. Lo importante es que la canción surge en un medio demoliberal, por un personaje que, aun con sus devaneos, se mantuvo afecto al sistema y beneficiario de él; y sobre todo que la canción, con su programa explícito,  no por casualidad se ha convertido en una especie de himno globalista. Puede  oírse también en centros católicos, algo muy revelador de cómo la Iglesia ha dejado de orientar a la sociedad. Y ha alcanzado  una popularidad realmente gigantesca precisamente en las democracias liberales.

   Se podrá argüir que en realidad no se trata de ideas liberales, pero aquí entramos en un terreno purista complicado, pues en el liberalismo coexisten o se repelen corrientes diversas. Existe un liberalismo católico y otro duramente anticatólico; un liberalismo conservador y otro anticonservador; un liberalismo capaz de simpatizar con el comunismo y otro radicalmente opuesto; uno de estilo anglosajón y otro de estilo francés, o alemán; uno proclive a la democracia y otro renuente a ella… Etc. Así que habrá que explicitar mejor la cuestión.

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Por pura casualidad he leído sucesivamente su novela “Sonaron gritos y golpes a la puerta” y la de Céline “Viaje al fin de la noche”. Y me he quedado perplejo. Las dos me han parecido algo similares en lo siguiente: el mensaje es muy pesimista y el fracaso parece  el abocamiento inevitable de la agitación vital de los personajes. Son como novelas épicas cada una a su manera, o antiépicas quizá. Solo que los personajes de Céline son, ¿cómo decirlo?  cochambrosos, sórdidos ya desde el principio, y uno esperaría que no saliese de ellos nada bueno. Mientras que los suyos resultan mucho más nobles. Y eso hace que el fracaso final sea más doloroso. Las dos novelas son desde luego excelentes, grandes logros literarios, si se quiere. Pero ¿Por qué la literatura del siglo pasado y de este deja tan mal sabor de boca?   Soltanto.

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“El infierno es el prójimo”

Estos dos episodios, en “Cita con la Historia”, ilustran suficientemente sobre lo que fue la guerra civil y sus consecuencias hasta la actualidad: https://www.youtube.com/watch?v=XWxGGhR-FXg , y https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20

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La famosa frase de Sartre l´enfer c´est les autres, en  su drama Huis Clos (estrenada, por cierto, en la Francia ocupada por los nazis y autorizada por estos), resume otra causa profunda de incertidumbre y angustia en la condición humana: la relación con los demás. La frase de Sartre  se ha explicado como la dependencia que el juicio ajeno impone a las personas y las “cosifica”: ese juicio desnuda en cierto modo a cada uno, creando un lazo infernal, por otra parte necesario y del que es imposible escapar.  Sartre explicó que en realidad no quería decir que el prójimo fuese el infierno necesariamente, sino que los demás se convierten en un infierno cuando las relaciones se vuelven viciadas o “falsas”. Lamentablemente es imposible decir qué es una relación viciada o inauténtica desde su propio punto de vista, según el cual la libertad consiste en que cada individuo se “construya” según su voluntad: todas serían igualmente auténticas (o inauténticas), y el infierno permanecería. Hay que decir que la influencia de Sartre sigue siendo extraordinaria, bien manifiesta en las ideologías “de género”, abortismos, feminismos, homosexismo, que dominan hoy el panorama ideológico europeo, más que propiamente el marxismo

   En cualquier caso, es cierto que la relación con el prójimo puede convertirse bastante fácilmente en un infierno. El hombre es un ser social, no podría sobrevivir sin la sociedad en la que nace y que le condiciones de mil maneras decisivas. Pero al mismo tiempo está  profundamente individuado, de modo que sus sociedades no se parecen a las de los animales, regidas por el instinto inconsciente. Esa individuación se manifiesta en una gran variedad de intereses, aspiraciones, sentimientos, dones personales, carácter, etc.. Tales diferencias,  a menudo muy profundas, unidas a la peculiar potencia que adquiere el ego humano, conducen a menudo al choque y hacen a las sociedades humanas conflictivas, internamente y con otras sociedades. Una de las manifestaciones más agudas de ese conflicto es el choque de las ideologías, manifiesto desde las discusiones particulares hasta las guerras.

  La vida social, en efecto, puede convertirse en un infierno, también en el marco más íntimo y por naturaleza amoroso de la familia. No digamos en otros ámbitos donde las diferencias de intereses, sensibilidades, etc., pueden llegar a la lucha homicida, de personas o de grupos. El individuo aspira a lo que suele llamarse libertad, en general a obrar sin restricciones según sus deseos, lo cual es imposible porque estos chocan enseguida con los deseos del prójimo y son limitados por estos.  El roce social puede resultar muy placentero, y desde luego es totalmente necesario,  pero mantiene siempre una carga de insatisfacción y malestar. Como decía alguien, “es una suerte no conocer los comentarios que hacen de nosotros nuestros amigos”; en cambio los de los enemigos suelen ser más abiertos y directos. Milan Kundera cuenta cómo la policía  comunista que grababa ocultamente a los intelectuales checos descontentos, publicó lo que estos, oficialmente amigados entre sí, decían unos de otros: el efecto fue devastador. La doctrina general de Sartre conduciría inevitablemente al choque o la disolución de la sociedad, y no es de extrañar que él, en contradicción aparente, admirase tanto los regímenes comunistas, que buscan  una sociedad de “hombres nuevos” que se comporten al modo de la abejas o las hormigas.

   De este aspecto de la condición humana procede el poder como necesidad de mantener un orden aceptable mediante la ley y la violencia, orden que nunca evita del todo el conflicto radical, aunque lo disminuye;  y tampoco logra un equilibro permanente a largo plazo, como demuestra  la historia. Para entenderlo basta considerar el enorme aparato legal en nuestras sociedades, con su policías, cárceles, abogados, jueces, etc., cuya finalidad es precisamente encauzar los conflictos para evitar su degeneración en lucha de todos contra todos.

   Esa tensión entre el individuo y la sociedad está en la base del enorme esfuerzo intelectual y material, a través de generaciones, para lograr equilibrios estables, que unas veces ponen el acento en la sociedad y otras en el individuo, sin alcanzar nunca del todo su objeto. De ahí toscas explicaciones ideológicas  que afirman la bondad del individuo y la maldad de la sociedad y el poder (como si estas no procedieran de los individuos) que haría desdichadas a las personas, o a la inversa, avisan de la maldad del individuo, al cual es preciso mantener muy a raya  para evitar que destruya la vida civilizada. El pensamiento político ha girado siempre sobre estos problemas y seguramente seguirá haciéndolo de forma interminable.

En otras palabras, la conflictividad y sufrimiento connaturales a las sociedades humanas, y al mismo tiempo la necesidad de sostener estas, pueden provocar una existencia infernal a los individuos y en todo caso son una fuente permanente de insatisfacción y angustias mayores o menores.

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La “matanza” de Badajoz como obra cumbre de “la estupidez y la canallería”

 

   He tratado la célebre “matanza de Badajoz” en Los mitos de la guerra civil, publicado en 2003 y que sigue sin ser refutado en ningún aspecto significativo. Aunque nuestra izquierda y separatismos siempre han mostrado auténtico virtuosismo en lo que cabría llamar arte del embuste, quizá con dicha “matanza” han alcanzado el Everest de su particular Himalaya. Algo así como “la joya de la corona” de su historia-propaganda.

    El diario madrileño La Voz, publicó al respecto, en 1936 esta versión, difundida masivamente por la zona roja y también considerablemente fuera de España.  El suceso habría ocurrido el 15 de agosto: “Cuando Yagüe se apoderó de Badajoz… hizo concentrar en la plaza de toros a todos los prisioneros milicianos y a quienes, sin haber empuñado las armas, pasaban por gente  de izquierda. Y organizó una fiesta. Y convidó a esa fiesta a los cavernícolas de la ciudad, cuyas vidas habían sido respetadas por el pueblo y la autoridad legítima. Ocuparon los tendidos caballeros respetables, piadosas damas , lindas señoritas, jovencitos de San Luis y San Estanislao de Kotska, afiliados a Falange y Renovación, venerables eclesiásticos, virtuosos frailes y monjas de albas tocas y mirada humilde. Y entre tan brillante concurrencia, fueron montadas algunas ametralladoras. Dada la señal –suponemos que mediante clarines–, se abrieron los chiqueros y salieron a la arena, que abrasaba el sol de agosto, los humanos rebaños de los liberales, republicanos, socialistas, comunistas y sindicalistas de Badajoz. Confundíanse los viejos y los niños. También figuraban mujeres: jóvenes algunas, ancianas otras; gritaban, gemían maldecían, increpaban, miraban con terror y odio hacia las gradas repletas de espectadores. ¿Qué iban a hacer con ellos? ¿Exhibirlos? ¿Contarlos? ¿Vejarlos? Pero pronto, al ver las máquinas de matar con los servidores al lado, comprendieron. Iban a ametrallarlos. Quisieron retrocede, penetrar de nuevo en los chiqueros. Pero fueron rechazados a golpes de bayoneta y de gumía por los legionarios y cabileños que estaban a su espalda (…) Yagüe estaba en el palco, acompañado de su segundón, Castejón. Le rodeaban, obsequiosos y rendidos, terratenientes,  presidentes de cofradías, religiosos, canónigos, señoras, damiselas vestidas con provinciana elegancia. Levantó un brazo y sacó un pañuelo. Y las ametralladoras comenzaron a disparar”.

    El minucioso relato parece escrito por un testigo de los hechos, pero, desde luego, no era así.  Su objetivo era inducir a los madrileños a una resistencia a ultranza: “Quieren matar a cien mil madrileños (…) Por otra parte han prometido a los moros y a los del Tercio dos días de saqueo, para indemnizarles de sus fatigas y peligros actuales. En el botín, como es natural, entran las mujeres (…) Ya sabe el pueblo de Madrid lo que le aguarda, si no quisiera defenderse (…) La muerte para muchos. La esclavitud para los demás (…) Ya dejaron en Badajoz las pruebas sangrientas de que sus amenazas no son vanas”. Esta última parte se debía a que la masa de los madrileños mostraba poco entusiasmo por “defenderse”, es decir, por defender al Frente Popular; y en la batalla de Madrid, librada en noviembre del 36, participaron pocos voluntarios madrileños. De modo que había que hacerles sentirse ante una amenaza monstruosa.   Las versiones por el estilo se multiplicaron, incluyendo la del toreo de milicianos en la plaza (algo que sí hicieron las izquierdas con algunos curas).

     El observador escéptico puede pensar que, aunque se exagere, algo de verdad tiene que haber en el relato. Y sin embargo no hay prácticamente nada. El periodista portugués de izquierda, Mario Neves, escribía para O Seculo el día 15:  “Nos dirigimos enseguida a la plaza de toros, donde se concentran los camiones de las milicias populares. Muchos de ellos están destruidos (…) Este lugar ha sido bombardeado varias veces. Sobre la arena aún se ven algunos cadáveres (…). Todavía hay, aquí y allá, algunas bombas que no han explotado, lo que hace difícil y peligrosa una visita más pormenorizada”. No obstante, corrió el rumor de que allí se estaba fusilando gente (hubo algunas ejecuciones en días posteriores) por lo que Neves volvió al día siguiente, “pero la plaza no tiene un aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor es infundado. Los mismos automóviles destruidos y los mismos cadáveres, que tanto me impresionaron y que no han sido retirados”.

    Este mero testimonio ya echa por tierra la invención. No hace falta más.Sin embargo la leyenda no salió de la minerva de los propagandistas españoles sino del useño Jay Allen, un periodista de izquierda muy comprometido con el PSOE. En su apartamento de Madrid había escondido en octubre de 1934 a Negrín, Araquistáin y otros miembros del comité revolucionario, y había participado en la campaña de denuncia de la represión de Asturias con motivo de aquellos sucesos. Dicha campaña fue un fraude muy por el estilo del de la matanza de Badajoz, como he  examinado en El derrumbe de la República, pero tuvo gran importancia política para envenenar de odio el ambiente social. Pues bien, Allen publicó un sensacional reportaje en el Chicago Tribune titulado “Carnicería de 4.000 en Badajoz, ciudad de los horrores”, que alcanzó inmensa repercusión internacional. Afirmaba  haber llegado a Badajoz unos días después de los hechos, los cuales conoció por haber tratado a oficiales del ejército franquista, que le habrían contado las mayores atrocidades, como el “fusilamiento ceremonial” de miles de milicianos con banda de música y toda la parafernalia y ante 3.000 espectadores. Los mismos oficiales le habrían comentado que “la sangre empapaba más de un palmo de arena en el lado más alejado del ruedo” “No lo dudo”, remata Allen.

    Así, los jefes nacionales en la ciudad se habrían prestado generosamente a abonar la propaganda más perjudicial para ellos con un periodista extranjero que ya había publicado una entrevista al propio Franco. En la cual le trataba de “enano con aspiraciones de dictador” y le hacía decir que estaba dispuesto a matar a la mitad de los españoles (cosa que Martínez Reverte reproduce como si fuera una afirmación veraz del propio Franco) Comenté en Los mitos de la guerra civil:  “Realmente Allen era un periodista afortunado: Franco y los suyos parecían encantados de hablarle como él y los revolucionarios deseaban”. Lógicamente, supuse que en realidad Allen no se habría atrevido a volver a la España nacional después de aquella entrevista, y que todo lo que cuenta de Badajoz eran invenciones, ya que en la España nacional podía haber sido acogido más calurosamente de lo que hubiera deseado. Y he aquí que tres estudiosos concienzudos, Francisco Pilo, Moisés Domínguez y Fernando de la Iglesia, en su libro La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda, han seguido las andanzas de Allen, corroborando que, en efecto, no cruzó la frontera portuguesa.

    El trabajo de Allen, propaganda bajo disfraz informativo, debe entenderse en la situación del momento. Las noticias sobre el terror izquierdista, a menudo de un sadismo extremado, y especialmente la reciente matanza de  la cárcel Modelo de Madrid, se habían extendido por el mundo y desacreditado profundamente al Frente Popular. Contrarrestar aquellas noticias exigía una invención realmente “fuerte”, que demostrase que los nacionales eran mucho más bestiales en su lucha contra “el pueblo trabajador y su gobierno legítimo”.

    El mito recibió un refrendo posterior, para consumo de historiadores y periodistas incautos, por parte de John Whitaker periodista amigo de Allen, y del mismo estilo. Según Whitaker, Yagüe le habría confesado en una entrevista: Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿Suponía que iba a llevar cuatro mil rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contra reloj? ¿Suponía que iba a dejarlos sueltos a mi espalda y dejar que Badajoz volviera a ser roja? Estas frases, mil veces repetidas, no tienen pies ni cabeza en términos militares, y supuse que serían algo parecido a la “confesión” de Franco de estar dispuesto a exterminar a media España. Pero el libro de Pilo, Domínguez y La Iglesia termina de aclararlo: la confesión de Yagüe, ciertamente sensacional si fuera veraz, no apareció en ninguna entrevista de Whitaker por entonces, sino que el  sagaz periodista la  “recordó” seis años después en la revista Foreign Affairs.  Y no hay constancia de que Whitaker hubiera entrevistado a Yagüe.

     Después, el mito siguió rodando… ¡hasta hoy mismo! Se atribuye a Goebbels el dicho de que una mentira tiene que ser muy grande para ser creída. La de la matanza de Badajoz viene a ser un modelo. Un historiador himalayesco local, Justo Vila, aporta sus particulares adornos: Hubo moros y falangistas que bajaron a la arena para jalear a los prisioneros, como si de reses bravas se tratase. Las bayonetas, a modo de estoque, eran clavadas en los cuerpos indefensos de los campesinos (…) Luego abrían juego las ametralladoras. “Se calcula” que más de 4.000 personas perecieron en las tristemente famosas matanzas de la plaza de toros. Esto, escrito en 1983. Otros, como Reig Tapia, hablan de 1.200 así asesinados. Preston cuenta 2.000, otros “matan”  solo a 500, etc.  Está claro que la izquierda no quiere desprenderse bajo ningún concepto de la supuesta matanza, tan útil para impresionar a incautos y ganar ascendiente de efectos políticos como “representante del pueblo trabajador”, tan horriblemente ultrajado por los “criminales y cavernícolas explotadores”. El odio es una gran arma en política, y estos saben explotarla a fondo,  también con su repugnante campaña de “fosas y cunetas”.

     Después de libros como Los mitos,  el citado de Pilo…,  de los trabajos de A. D. Martín Rubio y otros, ya no es tan fácil hablar con tanta desenvoltura de la plaza de toros, por lo que, sin reconocer abiertamente su falsedad, se trata de desviar la atención sobre los cadáveres tendidos en las calles o quemados en el cementerio  (para evitar epidemias, en aquellos calurosos días), etc. Así, nuestro amigo Martínez Reverte habla con cierta vaguedad de “2.000 personas asesinadas en 24 horas”. El propio Neves, quizá arrepentido de no haber aprovechado la ocasión en 1936, diría medio siglo más tarde  “como alivio a su conciencia”, que él y otros corresponsales extranjeros “quedaron profundamente agraviados por la visión atroz de los cuerpos tendidos en la plaza de toros”  y de los que aguardaban en los chiqueros (donde caben muy pocas personas) para ser fusilados, así como “del elevado número de milicianos fusilados en muchos lugares dispersos de la ciudad”. Todo esto es una verdad a medias: la toma de la ciudad costó numerosas bajas a las tropas de Yagüe, y por supuesto, también a los milicianos, por lo que varias calles quedaron sembradas de cadáveres, lo que tiene muy poco que ver con la masacre que se pretende.

     Y hubo además fusilamientos. Debe señalarse que los milicianos no eran considerados combatientes regulares sino algo parecido a bandidos. Los nacionales recogieron un aluvión de voluntarios y los integraron rápidamente en el ejército, mientras que los voluntarios opuestos funcionaban como milicias irregulares de partidos y sindicatos.  Combatientes de este tipo solían ser ejecutados sobre la marcha en las intentonas comunistas de Alemania, y Azaña había ordenado fusilar a los anarquistas a quienes se pillasen con armas en la insurrección del Alto Llobregat. No quiere decir que en la guerra civil todos fueran fusilados,  ni mucho menos, pero bastantes sí lo fueron. Según avanzaban desde Sevilla, las tropas nacionales iban comprobando atrocidades espeluznantes, como familias enteras quemadas vivas, crucifixiones, castraciones, etc. Y la justicia era drástica, sobre la marcha: se ponía a los prisioneros ante la gente y se preguntaba: “Este, ¿bueno o malo?” Si los testigos le acusaban de haber participado en los asesinatos, era ejecutado, de otro modo salvaba la vida. Los crímenes cometidos por las milicias en Badajoz y aledaños fueron desde luego muy graves.

     Entre los cadáveres de Badajoz es imposible distinguir los que cayeron en la lucha y los fusilados. Un corresponsal presente por aquellos días, el francés J. Berthet,  habló de 1.500 ejecuciones, cifra repetida el corresponsal M. Dany y otros, aunque desde luego ninguno los contó y  en algún punto concreto  uno habla de “unas decenas” y otro de varios centenares. Berthet estaba ligado al servicio de propaganda comunista dirigido por el célebre Willi Münzenberg, que influía en una variedad de medios de información o deformación de tinte “progresista”, por lo que sus crónicas eran vastamente reproducidas, y aun exageradas por muchos periódicos.  Los Angeles Times citaba “2.500 cuerpos apilados en las calles de la ciudad”. Según otra crónica transmitida por la Associated Press de Lisboa,  “Corrieron torrentes de sangre en la ciudad, de la cual no queda piedra sobre piedra”, con relatos truculentos al estilo de los de Allen.  A raíz de unos datos demasiado claramente manipulados, Berthet sería expulsado de Portugal.

    Por no alargarnos, quien quiera informarse con veracidad de lo ocurrido en Badajoz debe leer obligatoriamente el libro de Pilo, Domínguez y La Iglesia, que dudo pueda ser superado. En cuanto a los fusilamientos, las cifras más aproximadas las da A. D. Martín Rubio, recurriendo al registro civil de Badajoz.  El total en diez años, hasta 1945, asciende a 1.080 muertes, de las que algo menos de 500 corresponden al verano y otoño de 1936. Hoy por hoy, son las cifras más fiables y comprobables.  Por lo demás, los del Frente Popular asesinaban prisioneros con gran liberalidad, aparte del terror de retaguardia, cuya culminación cuantitativa lleva el nombre de Paracuellos.

    En suma: la famosísima matanza de la plaza de toros no existió, la toma de la ciudad fue cruenta para ambos bandos y dejó bastantes muertos en las calles, los milicianos y otros izquierdistas habían cometido numerosas atrocidades, y los fusilados en aquel verano-otoño ascienden a medio millar aproximadamente. Y, sobre todo, no se trató de una lucha entre fascistas y demócratas, entre golpistas y defensores de un gobierno legítimo, entre “el pueblo trabajador” y los parásitos que pretendían mantener sus privilegios.  Fue una lucha entre a los partidarios de disgregar España y arrasar su cultura cristiana y tantos otros aspectos de la civilización europea y los que defendían precisamente esas cosas.  Lucha entre los que habían asaltado en 1934 y destruido en 1936 la legalidad republicana y los que no se resignaban a la tiranía revolucionaria.

    Es evidente que falsedades como las de la matanza de Badajoz  no son inocentes ni producto de una indignación moral mal informada. Se difunden calculadamente porque suponen beneficios políticos y a veces también económicos para determinados partidos y personas. Pero el coste social es enorme. La opinión pública es emponzoñada con odios y la propia política se convierte en una farsa siniestra que vuelve a amenazar nuestro porvenir. La estupidez y la canallería, como diagnosticó el liberal Marañón.

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Cómo la ciencia exacerba la angustia

***Blog I: “La estupidez y la canallería”, marcas de fábrica de la historiografía de izquierda: http://gaceta.es/pio-moa/estupidez-canalleria-g-maranon-marcas-fabrica-historia-izquierda-29122016-2008

**Europa después de las guerra napoleónicas. Apogeo de Inglaterra y semihundimiento de España: https://www.youtube.com/watch?v=jkHsMsJkW8A  

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   Hemos visto cómo en la raíz de la condición humana se encuentra la incertidumbre, de manera radical en lo que atañe al significado y destino de nuestras vidas particulares, según la expresión genial de Omar Jayam, planteada por otros (“no vivimos por ni para nosotros”, que decía San Pablo), incertidumbre ampliada a la razón de ser de la especie y del mundo. No obstante, como se trata de una incertidumbre radical, y por ello especialmente angustiosa, una actitud típica consiste en desentenderse de ella con el razonable argumento de que aunque sea así, estamos diseñados por decirlo de algún modo, para desenvolvernos en la vida corriente y en un mundo que ciertamente nos acosa, pero que nos permite vivir.  Actitud pragmática o antimetafísica que adormece la angustia, sin no obstante eliminarla.

   Sin embargo, aunque mediante el cálculo y el conocimiento podemos desenvolvernos en la vida práctica, en esta permanece un elemento indominable de incertidumbre, manifiesto en azares, accidentes, en lo que suele denominarse “suerte”, en el predominio de “lo que nos pasa” sobre “lo que hacemos”. La angustia permanece y se manifiesta de muchas formas, desde la desesperación hasta la búsqueda permanente de conocimientos firmes frente a los continuos errores a que nos conduce el modo  como se presenta el mundo a nuestra consciencia y a nuestras propias formas inadecuadas de pensar. Existe, por tanto, y de manera permanente en el ser humano una distinción entre lo que llamaron los griegos doxa y episteme, opinión y conocimiento cierto, y el producto más depurado de ello ha sido la ciencia. Por conocimientos científicos entendemos sin más conocimientos “verdaderos”, irrefutables, a los que se llega mediante una metodología ascética de observación y experimentación, por encima o al margen de sentimientos o de ideas preconcebidas o dogmáticas.

   La ciencia ha proporcionado al hombre un inmenso poder sobre el mundo acosador –al menos el reducido a la superficie de la Tierra–, y una comprensión del funcionamiento del cosmos cada vez más preciso. También se aplican sus principios a la sociedad y a la psique humana, con resultados más dudosos por el momento, pero que cabe esperar se hagan cada vez más seguros. En este sentido, muchos ven en la ciencia el instrumento que nos permitirá, aunque sea a largo plazo, eliminar la incertidumbre y con ella la angustia adosada. No obstante aquí encontramos para empezar un problema embarazoso: el conocimiento cierto e indudable atribuido a la ciencia restringe la libertad humana y finalmente la eliminaría, ya que no dejaría posibilidad de elección, o la reduciría a una rebeldía caprichosa y pueril ante el dictamen científico. Rebeldía que pondría en peligro el mejor orden social. Eso implican las ideologías cuando se proclaman científicas: nos comunican que son verdaderas e ineluctables, y que las tradiciones e ideas anteriores que se les opongan deben ser eliminadas. Entre esas ideas, precisamente la de libertad, aunque retorciendo algo el concepto se defina esta como “la necesidad hecha consciente”. La ciencia sería esa necesidad que el ser consciente debería cumplir  velis nolis y que no admitiría rechazos.

   Pero, y no solo por esa razón, las promesas de aplacamiento de la angustia mediante la ciencia resultan decepcionantes. Aunque la ciencia ha proporcionado al hombre un poder inmenso, o que nos parece inmenso, no disminuye la incertidumbre, en varios sentidos. Ya Hume sometió a crítica la pretensión de certeza completa de la ciencia, y hoy las leyes que nos permiten conocer y tratar la naturaleza se consideran probabilísticas. Y aunque su probabilidad es tan alta que en la práctica pueden darse por seguras, siempre queda la posibilidad de lo casi inimaginable. El terreno a explorar parece inacabable, y un conocimiento provoca nuevos problemas en una cadena sin fin que podría conducir a sorpresas peligrosas o destructivas. Por otra parte la técnica derivada introduce un orden en nuestra capacidad de acción, creando por así decir una burbuja cada vez más confortable para la vida “práctica” humana, pero probablemente ello se consigue a costa de aumentar el desorden en el entorno de esas burbujas, idea presente de modo más o menos claro en las ideología ecologistas. Esta incertidumbre y la angustia derivada tiene una de sus expresiones en las populares películas de catástrofes naturales gigantescas o intervenciones exteriores que amenazan destruir nuestra civilización o nuestra especie.  

   Y sobre todo la ciencia no explica, ni siquiera se lo plantea, el por qué ni el para qué de la existencia del cosmos o del hombre sino solo el cómo se manifiesta esa existencia, con lo que la incertidumbre radical permanece. Como han observado algunos científicos, “cuanto más conocemos el universo menos sentido parece tener”.  Una observación en cierto modo perogrullesca, ya que a la ciencia no le preocupa el sentido o finalidad de las cosas (su método prescinde conscientemente de ello), y enfoca la  causa de ellas solo en cuanto a concatenación probable. Tradicionalmente, el ser humano se sentía el centro del universo, un ser a imagen y semejanza de Dios, en cuanto que compartiría algo de poder creador y de libertad divinas. En ello radicaba su autoestima, la idea de su libertad y la dignidad de su vida, aunque  sea perecedera.  Pero la ciencia ya le informó en su momento de que no es el sol el que gira en torno a la tierra, sino al revés, y hoy sabemos que nuestro planeta es una brizna absolutamente insignificante de un cosmos cuya inmensidad, solo expresable en cifras, rebasa totalmente la capacidad humana de sentir y entender. Siendo así, ¿qué significado puede tener la frenética actividad de los millones de seres humanos atareados sobre la superficie de ese minúsculo planeta? ¿No da al propio ser humano cierta impresión de locura? ¿Qué valor pueden tener nociones como las de dignidad o libertad frente a unos espacios,  masas y fuerzas tan absolutamente gigantescos que la imaginación no puede concebirlos,  y regidos por leyes nunca del todo conocidas y en todo caso ajenas por completo a la voluntad, el interés y sensibilidad del ínfimo ser humano?

    Así, el conocimiento científico, lejos de disminuir la angustia connatural a la condición humana, la exacerba. Y la necesidad psicológica de encontrar calma en el sentido de la vida ha de buscar otra salida.

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La importancia de España en la historia europea dista muchísimo de ser marginal, como muchos creen: https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

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Franco, la economía y el auge de los años 60

¿Quiere ud entender lo que fue la guerra civil y cómo eran los vencidos, en un solo episodio?: https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20

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Le cuenta Luis Ángel Rojo a Juan T. Delgado, periodista perfecto en su ignorancia: “Franco no tenía ni idea de economía. No creía que fuera importante para el país.” Franco no era economista, claro, como no lo eran ni lo son la mayoría de los políticos, empezando por Zapatero. Y tampoco conviene sacralizar la profesión, pues, como recuerda a veces el economista José García Domínguez, “uno de los rasgos más admirables de Churchill fue que jamás se tomara en serio a los expertos económicos”. Los fracasos de tales expertos siempre han dado mucho tema.

No me atrevo a decir que Rojo mienta sobre Franco, ni tampoco cabe achacar sus palabras a ignorancia como la de su entrevistador, a quien supongo un joven algo echado a perder por la historiografía a la lisenka. Las palabras de Rojo bien pudieran obedecer a una memoria deficiente, que quizá debiera hacerse revisar. Quien lea los discursos de Franco desde 1939, comprobará que la economía, la entendiera mejor o peor, le preocupaba mucho. Y no solo en la retórica. Fruto de esa preocupación fue la fundación, ya en los años 40, de la primera facultad de Ciencias Económicas en la historia de España. Piénsese que la república de Azaña cerró el único centro superior de esos estudios, en Deusto, universidad que solo volvió a funcionar con el franquismo. Pueden consultar también, si quieren, mi libro sore la posguerra Años de hierro, o el más reciente Los mitos del franquismo.

Precisamente en la facultad de Económicas y en otros centros de preparación y peritaje comercial desarrollados desde el temprano franquismo pudieron formarse tantos economistas expertos –aun si poco destacados como teóricos–. El propio Rojo, sin ir más lejos. Muchos de los cuales se convirtieron en funcionarios del régimen franquista, dentro del cual hicieron carreras a menudo brillantes y provechosas, y al que sirvieron con eficacia y fidelidad. Por fidelidad no entiendo identificación personal con los principios del régimen (cada uno sabrá en qué grado los compartía), sino identificación práctica; no excluyo que contaran chistes de Franco y comprasen libros prohibidos (se trataba de libros pornográficos y marxistas, aunque no todos, pues circulaban libremente la mayoría de los de Marx y Engels, más tarde los de Marcuse y la Escuela de Francfort en general, etc.). La evolución de Rojo indica más bien una fidelidad muy fundamental a su propio interés particular: si hay dictadura, pues con la dictadura, y si hay democracia, pues con la democracia. Actitud frecuente, tampoco hay para rasgarse las vestiduras.

La preocupación de Franco por la economía se manifiesta en muchas otras iniciativas, mejor o peor encaminadas: el INI, la repoblación forestal, los regadíos, la energía hidroeléctrica, el desarrollo de la enseñanza media y  superior, con más alumnos (y bastante más alumnas) que en la república, el rápido descenso de la mortalidad infantil, la erradicación definitiva, ya en los años 50, del hambre (que no había cesado de crecer en la república), los índices de salubridad y tantos otros datos directa o indirectamente económicos. Todo ello afrontando al mismo tiempo el maquis en los años 40, y el criminal aislamiento o la hostilidad internacional, pese a haber sido su neutralidad en la guerra mundial y su estabilidad interna después, una de las bases de la victoria aliada y del asentamiento de democracias en Europa occidental. De hecho, sin la reconstrucción del país y las bases echadas  con duro trabajo en los años 40 y 50, el éxito espectacular de los últimos quince años del franquismo  habría resultado sin duda mucho menos espectacular. No es un balance tan malo, aun si a finales de los 50 el país afrontaba una seria crisis: todas las recetas económicas llegan a agotarse, como ahora mismo la que dio lugar al auge burbujeante de la  precrisis.

Franco compartía las ideas económicas llamadas “castizas” por Juan Velarde Fuertes: ultraproteccionismo materializado en el arancel Cambó, que pretendía extender la industrias desde Barcelona y Vizcaya y solo conseguía restringirla a esas provincias; más ideas católicas quizá no muy bien enfocadas, junto con otras de estirpe más o menos socialista defendidas por la Falange. Pero nunca cayó en el totalitarismo: su apego a la idea de un Estado reducido y poco gravoso lo impidió en todo momento; y su autarquía resultó en gran medida de las circunstancias internacionales.

La crisis de 1959 obligaba tomar drásticas medidas de liberalización económica. Los promotores de las mismas insisten en que Franco no las entendía. Quizá. Pero aún así demostró una flexibilidad muy notable al prestar atención a sus expertos, formados después de todo en centros de enseñanza creados por su régimen, y de cuya lealtad no parece haber tenido la menor duda. Porque era Franco, y no Rojo, ni Fuentes Quintana, ni Sardá, ni Mariano Rubio o cualquier otro, ni siquiera Ullastres, quien podía adoptar las decisiones, y el responsable máximo de su acierto o desacierto. La nueva política económica se debe, en definitiva, a Franco, que demostró entonces su espíritu flexible y pragmático, mal que le pese a Rojo: los demás dieron cumplimiento a una decisión que no estaban en condiciones de tomar. Algo así como un general es el máximo responsable de una campaña militar, aun si no podría realizarla sin el concurso de numerosos subordinados y expertos en diversos campos.

Se entiende bien que Rojo y otros realcen su propio protagonismo en aquellas importantes decisiones, es muy humano, pero da la impresión de que  exagera un tanto. Por efecto de una mala memoria, posiblemente.

   (En LD., 23-6-2008, con algunos retoques)

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