La fe y la moral

(aquí, hace casi cuatro años):

Aunque  en los países occidentales existe, desde el siglo XVIII, una poderosa corriente antirreligiosa, hay tres argumentos, al menos, a favor de la religiosidad a) Todos los pueblos han sido religiosos, lo que es difícil considerar una casualidad o un error fundamental.  b) Parece difícil fundamentar una moral no religiosa, siguiendo la frase de Dostoievski de que sin Dios todo estaría permitido. c) Tiene algo de cierto la frase de Chesterton según la cual “quienes dejan de creer en Dios pasan a creer en cualquier cosa”, es decir, en cualquier fetiche ideológico.

A ello cabe objetar que a) la razón y la ciencia han demostrado sobradamente la inconsistencia lógica y real de los mitos, su carácter a menudo absurdo. b) Tenemos ante nuestra vista el hecho de que muchas personas ateas son moralmente rectas y bondadosas, mientras que muchos religiosos son hipócritas e incluso malvados. c) Quizá la fe en la ciencia y la razón ha llevado a veces por malos caminos pero, como decía Freud, nos ha permitido tales avances  en el conocimiento del mundo y de nosotros mismos, que no se puede decir que sea una fe arbitraria. Sus logros son concretos y lo que no da, tampoco pueden darlo las ilusiones religiosas.

Para cada respuesta hay casi  siempre una réplica. a) Desde cierto punto de vista los mitos son ilógicos y absurdos, irracionales en suma. También lo es el arte. No obstante, quizá el problema radique en su comprensión. Los mitos no emplean un lenguaje lógico, posiblemente porque su objeto va más allá de la ciencia y la razón. Aquí los hemos definido como elaboraciones psíquicas espontáneas a partir de la angustia existencial. La ciencia no puede desecharlos, como no puede desechar el arte, solo porque no hablen el lenguaje de la razón o de las matemáticas. Por el contrario, si los mitos tienen presencia universal, persistente incluso en plena era científica, lo lógico y científico, en principio, es  entender que responden a una necesidad psíquica profunda, y a partir de ahí, tratar de desentrañar su significado.

b)  Es cierto que muchas personas ateas o agnósticas tienen una conducta  que consideramos moralmente elevada, y que muchas personas religiosas no. Pero también lo contrario es cierto: muchas personas religiosas son buenas y muchos ateos y agnósticos malvados. De ahí cabría inducir que la religiosidad es indiferente a la hora de la práctica moral. Pero hay que señalar que nuestras ideas sobre el bien y el mal proceden de la religión –cristiana en nuestro caso—y que los ateos y agnósticos las siguen mejor o peor, por tradición que se ha vuelto inconsciente. Y sigue en pie la cuestión, ligada a la angustia por el sentido de la vida: sin una referencia a la divinidad, la moral se convierte en una mera convención social sin asidero firme y sin capacidad real normativa, ya que nadie se cree obligado a respetar normas diseñadas e impuestas por otros, a no ser que se le impongan por la fuerza. Efectivamente, parece que sin Dios todo estaría permitido y nada tendría sentido especial, fuera, si acaso, de lo que cada cual juzgase su conveniencia.

c)   Además, la cuestión requiere una valoración estadística: en conjunto, ¿se comportan mejor los grupos sociales religiosos o los irreligiosos? Teniendo en cuenta los efectos de las ideologías ciencistas  del siglo XX (en particular el marxismo y el nacionalsocialismo), cabe dudar de que los irreligiosos, en conjunto,  hayan tenido una conducta moralmente superior a los religiosos. Cuando Freud dice que  el consuelo ofrecido por la religión es meramente ilusorio y que no puede dar  lo que en cambio da la ciencia, quizá está mezclando los planos.

Y lo dejo aquí, de momento.

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(un viejo comentario de blog)

Por otra parte, la ciencia y la razón, tales como suelen ser concebidas, tienen una desagradable tendencia a socavar las normas morales, a privarlas de sentido. Un buen exponente de la actitud cientista optimista es Freud, por ejemplo, en El porvenir de una ilusión. Para él, la religión es un montaje ilusorio construido por la psique humana para calmar sus angustias más esenciales. Una vez la ciencia ha puesto de relieve su naturaleza ilusoria, la religión irá desapareciendo y siendo sustituida por la ciencia. El problema es: Podrá la ciencia cumplir ese papel que la religión ha tenido en las sociedades tradicionales? Freud creía que sí, que la ciencia podría proporcionar “un cierto sentido y equilibrio a la vida humana”. Con todo, Freud, que nunca fue un optimista loco, consideraba que la ciencia podría no ser tan eficaz como la religión en cuanto a proporcionar esa calma y serenidad. Pero lo sería en grado suficiente, y además no se apoyaría en una simple ilusión, por lo que valdría la pena. En definitiva, la religión sería un placebo y la ciencia una medicina real, aun si quizá no perfecta.

Pero la esperanza de la ciencia como portadora de equilibrio psíquico se ha venido abajo en estos años. Monod, en su libro “El azar y la necesidad”, plantea, desde un cientismo algo desesperado, la urgencia de fundamentar la moral sobre bases científicas. Lo malo del intento es, como subraya Monod, que al haber conseguido la biología explicar plenamente –según parece—la evolución a través del “azar y la necesidad”, prescindiendo de toda idea de finalismo, la misma idea de sentido de la vida se viene abajo. La vida humana sería el resultado de una cantidad gigantesca de mutaciones al azar a lo largo de millones de años, mutaciones que han ocurrido como pudieran no haberlo hecho, sin ninguna predeterminación ni ningún sentido. “Pero entonces ¿quién define el crimen? ¿Quién el bien y el mal? Todos los sistemas tradicionales colocan la ética y los valores fuera del alcance del hombre. Los valores no le pertenecen: ellos se imponen y es él quien les pertenece. Él sabe ahora que ellos son solo suyos y, al ser en fin el dueño, le parece que se disuelven en el vacío indiferente del universo”. Y la consecuencia es que la ciencia, lejos de calmar la angustia innata, la exacerba. En efecto, desde ese punto de vista que se presenta como científico y racional, la misma idea del valor o la dignidad de la vida humana, por ejemplo, pierden todo significado, y fenómenos como los campos de concentración nazis o el GULAG soviético se entienden bastante bien.

Por eso quizá el enfoque científico de los supuestos placebos metafísicos tendría que cambiar.

Considerar los valores como simples convenciones que se impondrían por la propaganda tiene muchos riesgos, como se sabe de antiguo. Cuando los sofistas mostraban en Atenas la relatividad y la convencionalidad de las normas, amenazando con ello la estabilidad de la polis, Aristófanes replicó en su comedia “Las nubes” exponiendo el caso de un hijo que propone que la ley autorice en adelante que los hijos peguen a los padres. Para lo cual expone varios argumentos impecablemente racionales, pero sobre todo uno: si la ley autoriza a los padres a pegar a los hijos y no a la inversa, es porque alguien lo propuso y convención a los ciudadanos de que así fuera. ¿Acaso no es lícito que alguien venga ahora a proponer y demostrar la conveniencia de lo contrario?, venía a decir.
Y así es, si los valores son simples convenciones o tienen un carácter meramente “cultural”, como se decía en estos años, resultan en definitiva arbitrarios y pueden ser sustituidos y cambiados sin más problema. Los valores pueden ser invertidos, como quería Nietszche. Y no puede haber límite a la arbitrariedad del cambio, porque ese límite significaría reconocer alguna objetividad en los valores. Tampoco pueden apoyarse en la “conveniencia social”, por ejemplo, porque esta se puede ver desde muchos puntos de vista.

La historia reciente nos muestra que el cambio arbitrario de los valores puede tener consecuencias desastrosas. Da la impresión de que hay cierta objetividad en ellos, a pesar de sus posibilidades de cambio, y que hay, como hace decir Sófocles a Antígona, “leyes antiguas, inmutables, de los dioses, que existen desde siempre y nadie sabe a qué tiempos se remontan”.

Además, creo que todos sentimos una mezcla de vergüenza y de repulsa frente a las “inversiones de los valores”, aunque no podamos razonar con toda claridad contra ellas. Sentimos que hay valores totalmente equivocados o falsos, y que estos solo pueden imponerse mediante un envilecimiento de la gente (que la experiencia demuestra que puede lograrse a través de la propaganda). Se puede lograr un notable consenso en normas falsas, gracias a la complicidad o la cobardía de muchos, apoyada en la dificultad de rebatir racionalmente tales propuestas. En “La Celestina” hay un buen ejemplo de esto cuando la vieja arpía elogia ante Pármeno las inelogiables cualidades de la finada madre del muchacho, que había sido una bruja y alcahueta profesional. Con tales elogios se crea una complicidad entre los dos, que se rompe cuando Pármeno hace una observación indiscreta que pone en evidencia la falsedad del discurso de Celestina. Y esta dice para sí: “Herísteme, don Loquillo. ¿A las verdades nos andamos? Pues ahora te daré donde te duela”. Y se dedica a ensalzar todavía más desmesuradamente las fechorías de la madre de Pármeno.

Así que el problema es muy enredado. La propuesta concreta que Racionero hace para salir del atasco resulta curiosa. Él propone diez normas “en la tradición humanista occidental”, y las supone satisfactorias para los “laicos”. Son normas como “conócete a ti mismo”, “el hombre es la medida de todas las cosas”, “unidad en la diversidad”, “unión por Amor”, “el aumento de la Complejidad es deseable”, etc., una mezcla algo incoherente, en parte de origen religioso, que suena algo pintoresca.

En el proceso de conocerse a sí mismo, la razón humana puede llegar a la conclusión sartriana de que “el infierno son los demás”, idea muy racional, que resume muchas filosofías. ¿Qué conclusiones prácticas sacar ¿Cómo conciliarlas con “unión por Amor”, suponiendo que eso signifique algo?

Racionero cree que las normas que él propone –y que en realidad no son normas casi ninguna de ellas—podrían “equipararse a cumplir los diez mandamientos de la sociedad laica”, y que podrían unirse a casi todos los diez mandamientos tradicionales (no todos, claro, porque el primero, por ejemplo, resulta inadmisible, y algunos otros, como los referidos a la moral sexual, irrelevantes para cualquier “laico” actual) Y entre unos y otros mandamientos, el señor Racionero cree que tendríamos “un cuerpo normativo suficiente para dotar de un código ético a la nueva sociedad mundial que emerge a través de las fronteras de naciones y culturas”. Esto suena a un optimismo realmente inmoderado”

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Dos revoluciones cruciales en la historia de Europa

 

Churchill previó agudamente el peligro islámico ya a principios del siglo XX. ¡Y se dice que casi se convirtió al islam! https://www.youtube.com/watch?v=BGnXEh2sTLE …

 

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  He enfocado mi introducción a la historia de Europa desde dos supuestos: a) que el núcleo generador de las culturas es la religión. En realidad todas ellas lo han visto así, y es sorprendente que la gran mayoría de los historiadores desdeñen este hecho y hoy tiendan a interpretar la historia desde el punto de vista de la economía y la técnica. b) que la religión nucleadora de la civilización  europea es la cristiana, transmisora a su vez  de la filosofía griega, el derecho romano y otros elementos culturales clave.

    En el cristianismo eurooccidental, asentado tras la caída del Imperio romano de occidente, encontramos, por tanto, una doble tensión generadora entre el poder  religioso y el poder político, por un lado, y entre la razón y la fe por otro.  Esa doble tensión ha sido mucho más fuerte que en otras culturas.  La primera ha generado numerosos conflictos, a veces violentos, pero también una área de libertad intelectual y política más amplia que en otras civilizaciones. La segunda tensión ha incidido en el mismo sentido, más filosóficamente, por así decir, dando lugar a un enorme esfuerzo de pensamiento por conciliar y armonizar razón y fe. Esfuerzo visible, por ejemplo en las obras de Alberto Magno o  Tomás de Aquino  y las divergentes de Bacon u Occam.  La doble tensión político-religiosa y racional-fideísta se manifestó con fuerza mucho menor en el cristianismo ortodoxo, y de ahí su menor productividad de pensamiento y en otros órdenes. Una tensión supone al mismo tiempo oposición y complementaridad, relación nunca resuelta,  que puede decantarse en un sentido u otro, incluso en choque abierto, como sería el caso.

   El primer gran conflicto entre razón y fe estalló como revuelta protestante de la fe contra la razón, la “ramera de Satanás”, según Lutero. El protestantismo,  muy consciente de la labor demoledora que podía ejercer la razón contra la fe, rechazó la tradición católica de la (ardua) conciliación entre ambas. Solo la fe, alimentada por las Escrituras, palabra de Dios que cada cual era libre de interpretar, salvaba y daba sentido a la vida. El protestantismo se ha definido como Reforma, pero fue realmente una gran revolución, que no solo dividió al cristianismo como habían hecho antes algunas interpretaciones dogmáticas con la Iglesia griega, sino que originó de inmediato  un período de guerras encarnizadas y agresiones al catolicismo, guerras que  Lutero estimó muy necesarias y salvíficas. Ciertamente la fe proporciona al hombre consuelo y calma ante la angustia esencial propia de su condición, si bien en el caso del protestantismo esa angustia puede exacerbarse ante la idea de que los actos humanos carecen de verdadero valor, ya que es Dios, en sus misteriosos designios, quien ha decidido desde la eternidad quiénes han de salvarse y quiénes han de condenarse, al margen de sus acciones en la vida.

    Dos siglos más tarde, Europa presenció una nueva revolución en sentido contrario, de la razón contra la fe, particularmente en algunas manifestaciones extremas de la Ilustración, que atacaron directamente al cristianismo y de modo especial a su rama católica. El supuesto consistía en que la razón y la ciencia permitían llegar a conclusiones unívocas y universales comprobables, las cuales hacían innecesaria la fe y reducían a Dios a “una hipótesis innecesaria” o, peor aún, a una carga oscurantista y absurda que mantenía al hombre aherrojado en las tinieblas y la impotencia. Como sabemos, lejos de alcanzarse tales verdades universales, lo que surgió fueron una serie de ideologías (liberalismo, marxismo, anarquismo, luego fascismo, etc.), todas ellas basadas teóricamente en la razón, y no obstante enfrentadas entre sí. Finalmente el choque llegó a la II Guerra Mundial, inicio de la Edad de Decadencia europea.

    El lenguaje de la razón es la lógica, mientras que la fe atañe a sentimientos profundos del mundo y de la vida, y a la necesidad psicológica de encontrarles sentido. Por ello, la fe no se expresa en lenguaje lógico sino más bien de manera simbólica. Esto se entiende más fácilmente con el arte o la literatura: todos sentimos, por ejemplo, que el Quijote nos interpela profundamente, pero si lo enfocamos literalmente, lógicamente, se reduce a una burla de  las chifladuras de un pobre loco. Por tanto, basta aplicar  la lógica a las creaciones (mitos en sentido propio) de la fe, ignorando su simbolismo profundo, para que la religión tradicional se venga abajo. El precio de la operación consiste sin embargo en desplazar la fe a entes como la Razón, la Humanidad, el Progreso, el Proletariado, etc., cuya capacidad para calmar la angustia vital humana es realmente escasa. De hecho, esa especie de  divinidades sucedáneas  exaltan la angustia, dando lugar por una parte a fanatismos reconcentrados para conjurarla, y por otra a  la idea o sentimiento de que la vida carece de sentido. Cosas ambas bien visibles en la historia europea del siglo XX.

   A pesar de la inmensa e inmisericorde crítica al cristianismo, las ideologías no han logrado eliminarlo, aunque sí reducir mucho su influencia y capacidad sugestiva. Con motivo de los desastres de la Revolución francesa y de las guerras napoleónicas, algunos católicos pensaron que la gente se volvería de modo natural hacia el cristianismo, tomando los sucesos anterior como experiencia y escarmiento. Sin embargo solo ocurrió en medida menor. Hasta hoy, el catolicismo no ha logrado desarrollar un discurso capaz de derrotar o superar a las ideologías, aunque sí ha conseguido mantenerse como la religión muy mayoritaria en casi toda Europa;  con efectos prácticos no muy decisivos, no obstante.

   Un caso especial ha sido el del franquismo en España, que intentó elaborar un discurso potente  contra todas las corrientes ideológicas europeas  intentó.  Ya hemos visto por qué fracasó, aunque está por estudiar con seriedad su labor intelectual anterior al Concilio Vaticano II.

   También tiene interés examinar la relación entre la revuelta protestante contra  la razón y la revuelta ideológica contra la fe, dos siglos posterior. Baste aquí con indicarlo, al igual que en el caso del franquismo.     

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Los políticos, periodistas e historiadores españoles padecen un fuerte provincianismo, debido a la ignorancia: https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

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Qué fue y qué es el antifranquismo, en pocas palabras.

 

“Quien solo conoce la historia de Inglaterra, no conoce la historia de Inglaterra” (Chesterton) Idem la de España:https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

 

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En el antifranquismo hay que distinguir tres etapas: la guerra, la época de Franco y la democracia.

Durante la guerra, los contrarios al bando nacional se componían, como suele olvidarse, de revolucionarios marxistas, anarquistas, racistas separatistas y republicanos de izquierda golpistas.  Esto basta para entender la guerra y su sentido. De todos ellos, los únicos que contaron con una estrategia política y militar clara, elaborada por la Komintern, fueron los comunistas. Si no hubiera sido por ellos y por la ayuda soviética, el Frente Popular habría sido vencido en cinco o seis meses, a pesar de haber comenzado con abrumadora superioridad material, ya que los  partidos no comunistas correspondían a la descripción hecha por Azaña: botarates y “loquinarios” “de poca chaveta”. Los comunistas fueron, desde luego, mucho más organizados y disciplinados, y con una estrategia real, como dije. Por ello se convirtieron pronto en la fuerza decisiva del Frente Popular, y pese a comenzar la contienda como un partido menor  fueron capaces de hacerse hegemónicos e ir desplazando sucesivamente a los aliados que le hacían sombra  (Largo Caballero, CNT-FAI, Prieto…).

   Así como el franquismo fue poco hábil en la propaganda, los comunistas descollaron en ella. Buscando atraer a las democracia al choque con Alemania, insistieron en presentar al Frente Popular como régimen republicano democrático asaltado por las fuerzas del fascismo y los más feroces reaccionarios. Para impresionar a la opinión pública, afirmaban que los “fascistas” exterminaban a los obreros y violaban a sus mujeres,  bombardeaban sistemáticamente a la población civil y cometían todos los crímenes imaginables por puro odio a la libertad y al pueblo trabajador. Para su propaganda contaban no solo con el enorme aparato internacional de la Komintern, sino también con el de la II Internacional socialista y con la masonería, que ya habían colaborado en los inventos y exageraciones de la campaña sobre la represión de Asturias en 1934. Campaña que había envenenado el ambiente social de España y preparado la crueldad con que se reanudó el conflicto en 1936. En suma, el Frente Popular defendía los intereses “del pueblo” o de “la clase obrera” y la democracia, y los nacionales los privilegios de una ínfima oligarquía explotadora, opresora y oscurantista.

    Al terminar la guerra mundial con el aplastamiento de la Alemania nazi por la alianza de las democracias anglosajonas y el totalitarismo soviético, aquella propaganda se intensificó: la guerra civil se explicaba como una lucha contra las fuerzas de la “democracia” y del “pueblo” por parte del fascismo español auspiciado por Hitler. Obviamente se olvidaba que entonces Hitler no había cometido ningún genocidio, mientras que sí lo había hecho Stalin, y a gran escala. O que Hitler había influido sobre los nacionales muchísimo menos que Stalin sobre el Frente Popular, etc.

   En el interior, volvieron a ser los comunistas los que mantuvieron en todo momento, la lucha contra el franquismo. Su maquis fue derrotado, y su éxito posterior escaso, pero no cejaron en su acción. Su propaganda era eficaz fuera de España pero mucho menos dentro, porque la memoria de lo ocurrido en la guerra continuaba viva. Los demás antifranquistas carecieron de valor o de convicción para imitar a los indomables comunistas, exceptuando algunos atentados anarquistas sin continuidad. Las cosas comenzaron a cambiar después del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia se desvinculó del régimen y sectores clericales influyentes comenzaron a arropar a comunistas y favorecer a los pocos separatistas y al terrorismo etarra,  llegando a pedir perdón por su actitud en la guerra:  es decir, pedían perdón a sus verdugos y renegaban de sus salvadores, algo sencillamente asombroso moral y políticamente.

   La retórica contra Franco, por ser de origen marxista, remitía directa o indirectamente a la lucha de clases, pero los crímenes del Frente Popular no podían (todavía) ocultarse, de modo que al lado de la versión comunista  surgió otra, que he llamado moralista-sentimental en La guerra civil y los problemas de la democracia en España: “Sí, los “republicanos” habían perpetrado muchos crímenes, pero ¿y los nacionales? También habían cometido atrocidades, así que eran tan culpables como los otros. En realidad más culpables, por haberse rebelado contra un régimen supuestamente   legal y democrático y por haber aplicado una represión de posguerra terrorífica, con 200.000, o 100.000 fusilados (las cifras podían bailar bastante, ninguna de ellas con base real). 

Si la versión “lucha de clases” falseaba las causas de la guerra y los intereses en juego en ella, la versión moralista-sentimental simplemente prescindía de las causas y los intereses. Para sus sostenedores, un buen día unos grupos de “sádicos sayones” de un lado y otro se enzarzaron en una pelea salvaje a la que arrastraron a millones de personas que simplemente “pasaban por allí” como ha “analizado” Pedro J. Esta interpretación, aunque realmente estúpida (la de la lucha de clases es intelectualmente muy superior), tenía la doble ventaja de parecer más “imparcial” y de hacer creerse a sus sostenedores una especie de jueces morales de la historia por encima de cualquier circunstancia. Este punto de vista ha cundido mucho en una derecha que realmente nunca fue democrática pero que le gusta pasar por tal: ni el Frente Popular ni los nacionales eran demócratas, por tanto, todos malos, aparte de los crímenes. El análisis de la realidad histórica queda sustituido por una vanidosa autovaloración supuestamente moral y unas pretensiones de reconciliación basadas en simplezas, y en la denigración de quienes lucharon por unas u otras ideas. Reconciliación por lo demás innecesaria, pues estaba ampliamente conseguida en el franquismo. En la transición solo se reconciliaron los políticos, y sobre bases falsas o ambiguas.

     Como es sabido, el franquismo creó una sociedad próspera y libre de los odios que caotizaron y arrasaron la república, apta para una democracia estable. La transición se hizo “de la ley a la ley”, porque los irreconciliables antifranquistas que exigían una “ruptura” eran entonces  pocos y débiles. Después, la derecha tipo Suárez cedió el campo de las ideas, la propaganda y la interpretación del pasado a los antifranquistas, hasta el punto de entregarles  la enseñanza, dinero y poderosos medios de propaganda. El comunismo soviético terminó hundiéndose en 1991, pero sus interpretaciones históricas siguen muy boyantes  y han terminado imponiéndose totalitariamente (no podía ser de otra forma) por la ley llamada de memoria histórica, que reivindica a los asesinos y chekistas como “víctimas”, despreciando a las víctimas reales y a los inocentes, seguramente no mucho, fusilados en la posguerra.   Los moralistas-sentimentales o emotivos,  faltos de toda sustancia intelectual o racional, por supuesto, se han sumado a esa ley, así como la derecha más directamente descendiente del franquismo, en una inversión histórica asombrosa.

 Otra corriente antifranquista insiste en que no puede justificar ni aprobar aquel régimen porque “no era una democracia, sino una dictadura”. Su sensibles fibras democráticas se horrorizan ante tanto horror. Otros admiten que el franquismo pudo ser necesario, pero no debió durar cuarenta años sin dar paso a una democracia. Estas ideas parten de un desconocimiento radical de la historia y de la democracia y sus problemas.  Semejantes “demócratas” vacuos y vanidosos, que fueron totalmente incapaces de oponerse a la revolución y a la disgregación del país,  allanarían fácilmente el terreno al totalitarismo, de hecho está volviendo a ocurrir, y no solo en España. Como reconoció el liberal Marañón, no tenían el menor derecho a quejarse del franquismo quienes, como él, Ortega y tantos otros,  allanaron el camino con su frívola retórica al caos republicano y luego al Frente Popular. Una democracia no puede mantenerse en un país tan empobrecido  y cargado de odios como fue la república, ni con un sistema basado en la mentira y la corrupción a todos los niveles como ocurre ahora. Cuarenta años fueron necesarios para crear una sociedad nueva que pudiera sustentar una convivencia en libertad y no traumática. Y ahora el antifranquismo la está poniendo de nuevo en serio peligro.   

 El antifranquismo ha fundamentado hechos tan aberrantes como la mencionada ley de “memoria”,  el rescate de la ETA, que se hallaba al borde del abismo, y la recompensa a sus crímenes convirtiéndola en una potencia política, la financiación y apoyo a los separatismos y la vulneración sistemática de la ley por ellos, y por tanto también de unos gobiernos cuyo deber es hacerla cumplir, etc. Así, en nombre de la democracia se ha destruido el estado de derecho y se han atacado las bases mismas de la convivencia y de la propia subsistencia de la nación. El antifranquismo es, por tanto, el mayor cáncer que está corroyendo la democracia española, convirtiéndola en una farsa  cada vez más siniestra y de orientación totalitaria. Como lo fue  el Frente Popular, un régimen criminal que sirve de modelo abierto o implícito a todos los antifranquistas.

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Qué fue el franquismo, en pocas palabras

El conocimiento de Europa es una asignatura pendiente no solo para políticos y periodistas, sino para la mayoría de los españoles: https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

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   El franquismo nació de una profunda crisis histórica de los años 30, en la que fue posible una revolución totalitaria, la destrucción de la herencia cristiana y la disgregación del país en varios estaditos. La crisis española se inscribía, con rasgos propios, dentro de una crisis general europea.

     La consecuencia de aquella situación fue una guerra civil, planeada literalmente como tal por gran parte de la izquierda y el separatismo catalán (ver Los orígenes de la guerra civil). La derecha derrotó la primera fase de la guerra en 1934, pero en 1936 el bando nacional se encontró en completa inferioridad inicial ante el mal llamado bando republicano (más propiamente rojo o frentepopulista). El Frente Popular se componía, de facto, de revolucionarios totalitarios, republicanos golpistas y separatistas racistas. Pese a dicha inferioridad inicial, los nacionales lograron la victoria después  de casi tres años de lucha. El Frente Popular tenía su mayor fuente de debilidad en la división entre sus partidos y grupos, que  prácticamente solo estaban de acuerdo en el exterminio de la cultura católica y sus representantes, por lo que, al margen del genocidio religioso se pelearon por el poder y se asesinaron también entre ellos.  La victoria de Franco supuso la permanencia de la unidad nacional, de la cultura cristiana, de la propiedad privada y la familia tradicional, la libertad personal (aunque se restringiera la política) entre otras cosas.

     Apenas terminada la guerra de España  en abril de 1939 estalló la europea, en septiembre, incomparablemente  más sangrienta, y la década de los años 40 se volvería extremadamente peligrosa para el país. El peligro de verse arrastrado a contienda mundial era ciertamente gravísimo, pero Franco, preocupado ante todo por la reconstrucción, consiguió mantener una neutralidad o no beligerancia que salvó a la nación de devastaciones seguramente mucho peores que las de la guerra civil. Esta fue una victoria de otra clase que la de la obtenida sobre el Frente Popular, pero no menos transcendental.

    Pese a no haber entrado en la guerra europea, los vencedores parecían dispuestos a borrar al franquismo del mapa, pero hubieron de recular ante la gran probabilidad de generar en España una guerra civil que se extendería al resto de una Europa en ruinas, con partidos comunistas potentes y armados en Francia e Italia. La posición firme de Franco ante cualquier injerencia volvió a librar a España de una probable invasión y contienda interna. Los vencedores pensaron que el pueblo español deseaba eliminar al régimen de Franco, pero, como ello no ocurría, decidieron el aislamiento del país, una medida criminal destinada a provocar hambre masiva. No obstante, el régimen ya se había adelantado negociando con Argentina la compra a crédito de trigo y carne, por lo que los peores efectos se evitaron.

    Simultáneamente, el régimen hubo de afrontar el “maquis”, una guerrilla comunista que pretendía reanudar la contienda civil. Este tipo de acción subversiva era muy difícil de derrotar, como se demostró en Grecia, donde tuvieron que intervenir Inglaterra y Usa. Pero en España el maquis fue vencido y no ya sin ayuda exterior, sino en medio de un aislamiento e intento de hambrear al país por parte de la ONU.

     Dada el hambre que sufrió la mayor parte de Europa en aquella década y el estancamiento de posguerra, Usa ayudó a los países europeos con el Plan Marshall, también ofrecido a los países comunistas pero negado a España. Así, España tuvo que reconstruirse con sus propias fuerzas en condiciones especialmente difíciles. Pero lo consiguió, y daré un solo índice revelador: en la república, la esperanza media de vida al nacer era de 50 años, una de las menores en Europa occidental. Al terminar los difíciles años 40 llegaba a los 62, ya cerca de la media europea (al morir Franco, en 1975, superaba a todos los países de Europa exceptuando a Suecia y quizá algún otro). Ese simple índice resume otros muchos. Al mismo tiempo, ya en aquella dura época las tasas de escolarización en enseñanza media aumentaron muy por encima de las de la república, sobre todo en alumnado femenino, y lo mismo ocurrió con la enseñanza superior. La ciencia y la técnica permitieron entre otras cosas la construcción de pantanos y una producción sin precedentes de energía eléctrica y de diversas industrias.

     En los años 50 el aislamiento fue definitivamente derrotado y España ingresó en la ONU, incluso con el voto de la URSS. El crecimiento económico fue muy fuerte con un régimen de autarquía, en parte querido, en parte impuesto por el aislamiento. Pero su posibilidad de expansión se agotó a finales de la década, por lo que fue preciso, cambiar de sistema, liberalizándolo a la par que el aislamiento caía por tierra. Y en los años 60 los ritmos de crecimiento españoles fueron espectaculares, de los más altos del mundo junto con Japón o Corea del Sur.

    Al acabar el franquismo, España estaba en el reducido club de los países con alta renta per cápita y, más importante aún, los odios que habían destrozado a la república estaban olvidados para la inmensa mayoría de la población, exceptuando los grupos comunistas y el terrorista etarra.

    Por otra parte, el régimen que había alcanzado tales éxitos sobre la revolución, los separatismos, las guerrillas, el aislamiento, sobre la miseria y el atraso de  república, estaba a su vez agotado, e importa saber por qué. Aunque se insiste en pintar al franquismo como “fascista”, en realidad se componía de varios partidos o familias, como los monárquicos, los carlistas, los falangistas y sobre todo los católicos políticos, que oscilaban entre la democracia cristiana y el integrismo. Mantener la armonía entre ellos exigía un talento político excepcional, desde luego, y el franquismo se definió como católico, siendo reconocido así por el Vaticano. Pues el catolicismo era el elemento común a todas las familias mencionadas. Esta decisión sellaría el destino del régimen después del Vaticano II,  cuando Roma dio un giro radical a su política, abriéndose, por ejemplo, al marxismo y cerrándose al franquismo (el cual, por cierto, había salvado a la Iglesia, muy literalmente, del exterminio físico). Y el régimen quedó así sin discurso ideológico. Ya antes de la muerte de Franco se planteaba una evolución que solo podía ir en sentido democratizador  al modo de Europa occidental, y ello se hizo finalmente “de la ley a la ley”, desde la legitimidad franquista, basada en sus trascendentales logros, a una legitimidad democrática, que varios decenios después ha sido invertida mediante la totalitaria y evidentemente falsaria  “ley de memoria histórica”.

     El franquismo intentó crear, sin éxito final, un sistema que superase tanto al comunismo como al liberalismo. Este  último se hallaba en profunda crisis en la Europa de los años 30, y precisó remozarse profundamente con elementos contrarios al dogma, dando lugar a una masiva expansión del estado, después de la II Guerra Mundial. Pero exceptuando los años 40, marcados por un extremo acoso exterior y el maquis, el franquismo distó mucho de ser el régimen tiránico, totalitario  y sanguinario que suelen pintar los defensores de regímenes  efectivamente tiránicos, totalitarios y sanguinarios como los comunistas. Casi toda la literatura antifranquista procede de la propaganda comunista, pues fueron los comunistas los que nutrieron el 90% de la oposición al régimen. Esa propaganda ha tenido gran éxito, baste decir que ha sido aceptada acríticamente también por sectores liberales o que se dicen demócratas, y por muchos personajes procedentes del franquismo, como Cebrián o Ansón.

    En realidad el franquismo fue poco sanguinario si lo comparamos con las represalias de la guerra y la posguerra europeas. Y no fue en absoluto totalitario. Si medimos el totalitarismo por la potencia del estado y su capacidad para entrometerse incluso en la intimidad de las personas, el estado actual, en España y en el resto de Europa, es mucho más totalitario. Es cierto que había pocas libertades políticas para comunistas, etarras, etc., pero las había para  sus contrarios, e incluso circulaba legalmente mucha literatura y bibliografía marxista, anarquista o liberal. Las lenguas regionales no eran oficiales o cooficiales (tampoco lo eran en Francia o Reino Unido), pero eran protegidas de diversos modos. Y, aparte de los éxitos económicos, sin precedentes antes o después, España era probablemente  el país europeo con mayor salud social, medida por índices de delincuencia, alcoholismo juvenil, droga, suicidios y homicidios, población penal,  violencia doméstica, fracaso matrimonial, violaciones, embarazo de adolescentes, etc.

   Importa señalar que toda esta serie impresionante de éxitos habría sido de todo punto imposible sin el consentimiento y apoyo de la gran mayoría de la población, pese a la insistencia en presentarnos a un pueblo español en permanente rebeldía sorda o abierta frente a una opresión horripilante. Otro tópico habla de un “páramo cultural”. Ciertamente no hubo nada de ello, y sí puede decirse con justicia que es hoy cuando sufrimos tal páramo, una de cuyas características es el falseamiento sistemático del pasado.

    Estas y otras cuestiones las he tratado con mucho más detalle en  Los mitos del franquismo, e indican algo: ciertamente el franquismo no puede volver, pero es mucho lo que podemos aprender de él, y debemos planteárnoslo en lugar de insistir machaconamente en la torpe,  tópica y falsaria  retórica antifranquista al uso, que envenena el presente  e intenta resucitar odios que habían desaparecido. Los odios que desgarraron a la república, precisamente.

  En un próximo artículo explicaré, también en pocas palabras, qué fue y es el antifranquismo.

 

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Cómo la izquierda ha fagocitado intelectualmente a la derecha

Los políticos, periodistas e historiadores españoles acusan un fuerte provincianismo, debido a la ignorancia: https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

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En la presentación de “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”, en el Casino de Madrid, alguien me preguntó por qué parece que siempre gana la izquierda en España. Es una pregunta interesante, porque la izquierda ha ganado hasta el punto de que ha fagocitado ideológicamente a lo que solía entenderse por derecha, es decir, el PP, que hoy no se distingue del PSOE. Creo que podemos entendernos, aunque sea de forma un tanto ambigua, con estas nociones de izquierda y derecha, aunque las mismas son muy relativas y ambiguas, como ha recordado el escritor francés Arnaud Imatz en un interesante libro reciente, Para delà Droite et Gauche,  que debiera traducirse al español.

   Me faltaron reflejos para contestar a la pregunta. Contesté de manera formal, pero debiera haberles dicho: “En este acto tienen uds la respuesta. La presentación ha sido anunciada en programas de radio, en mis blogs y por otros medios, por lo que no menos de unas cien mil personas deben haberla conocido. ¿Cuántos están ustedes aquí?  Ciento veinte personas. Alguno dirá que, para los tiempos que corren, no está mal. Pero sí está mal, muy mal. Es un número irrisorio, aunque nos queramos consolar con que a las presentaciones habituales de libros concurren muchas menos personas. Pero hay más: no había entre los presentes un solo joven universitario. La edad media podía estar entre en torno a los 50 años.  Por supuesto, muy contento de esa asistencia, pero si no se llega a la juventud, en especial a la juventud universitaria, todo será en vano, pues es ella la que va a suministrar los creadores de opinión pública y orientadores de la opinión, entre otras cosas”. Eso debiera haber dicho.

    La cosa empeoró a la hora de firmar: se vendieron… ¡trece ejemplares del libro anunciado! Es decir uno por cada diez asistentes, más o menos. Es una realidad que la derecha no lee. Según Fernández de la Mora, que conocía el percal,  no lee desde Jovellanos.  El libro presentado explicaba, entre otras cosas, cómo sin entender la guerra civil será inútil tratar de entender el laberinto en que se encuentra hoy España. Insistí en que lo más importante del libro eran las consideraciones sobre la democracia, lo que es y lo que no es ese sistema de poder, en general y en un país en que todo el mundo se llena la boca con la palabra, sin tener apenas idea de lo que quiere decir, sin un mínimo de cultura política. En un país en que algunas formalidades democráticas se utilizan contra la democracia y contra la propia subsistencia de España. Lo hemos comentado en otras ocasiones: el rescate de la ETA, premiando sus crímenes con legalidad, dinero público, etc., para convertirla en una potencia política en Vascongadas y Navarra es un ataque directo a la convivencia en libertad y a la propia España. La política seguida de modo persistente con los separatistas catalanes, vascos, etc., que jamás fueron demócratas, es otro modo de socavar al sistema y a la propia nación.  Existe en España un grave problema de cultura democrática, que permite estos hechos, o que se impongan leyes antijurídicas llamadas de género o la llamada ley de memoria histórica totalitaria en su concepción, identificada con los asesinos de las chekas y de la ETA y deslegitimadora de la transición y de la monarquía. Cosas como estas definen un régimen destructivo bajo el manto de algunas formalidades democráticas, una democracia antidemocrática como ya lo fue la república, que va carcomiendo las posibilidades de una convivencia en paz y en libertad.

    La izquierda y los separatistas, que no en vano fueron juntos en la guerra civil que ellos mismos provocaron, tienen una idea clara de lo que debe ser la democracia: que manden ellos. La derecha, ni eso: se limita a la economía que “lo es todo”, sin ningún principio ideológico medianamente firme. Hoy el PP es abortista, igual que Podemos o el PSOE. Es pro ley de memoria histórica, que cumple incluso con más fervor que el PSOE Mantiene las leyes de género, continúa la política de colaboración con la ETA, etc., etc. Su única diferencia con los separatistas es que más que en disgregar a España piensa en disolverla en la Unión Europea, cediendo ilegalmente a la burocracia de Bruselas la soberanía española por grandes toneladas, como dijo un ministro del PP sin que nadie le contradijera. Podíamos continuar largo tiempo denunciando estas políticas que llevan al país a la desgracia. Para todos ellos, democracia es una palabra mágica que cada uno utiliza con el sentido que mejor le conviene.  Pasa un poco como con “Europa”, otra palabra mágica cuyo fundamento real es la hispanofobia, suponiendo que la historia de España es básicamente deleznable, o “enferma” o “anormal” como la caracterizaba Ortega y Gasset, que en estas cuestiones apenas dijo más que dislates, por cierto que muy influyentes hasta hoy mismo, en la izquierda y en la derecha.  Aquí, los políticos y periodistas son los más europeístas del continente, y los que menos idea tienen de la historia y cultura europeas. Sin mucha ilusión, acabo de publicar Europa, una introducción a su historia, dedicada especialmente a políticos y periodistas.

    En varias ocasiones he apoyado a VOX como el partido cuyo programa me parece más acorde con la solución a ciertos problemas que sufre España, pero es verdad que a ese partido le falta sustancia intelectual, deja la impresión de que obra con consignas de ocasión dispersándose en diversos temas sin una base doctrinal clara, sin figuras intelectuales o incluso profesionales de cierta enjundia que lo arropen. Puede decirse que esa falta la comparte con todos los partidos, pero cuando se parte de la nada, como quien dice, es esencial no aparecer como uno más, aun si algunas consignas y actuaciones puedan ser más correctas que las de los otros partidos. Pensé que ante la presentación de un libro como este, que trata cuestiones esenciales históricas y políticas, VOX y quizá otros grupos más o menos afines, movilizarían a su gente, sobre todo a los jóvenes, para asistir al acto y adquirir y discutir el libro. No ha habido nada de eso, lo que revela una actitud de fondo. En estas condiciones, en que diversos grupos que se consideran de derechas en el sentido de  que sienten a su patria y a la libertad y a la democracia, mantienen un discurso un tanto desarticulado, a menudo simplón, provinciano, hecho de tópicos, y no sienten necesidad ni interés por librar una combate intelectual serio y consecuente, en estas condiciones seguirá llevando las de ganar una izquierda, que en España nunca ha dejado de ser demagógica, antipatriótica y muy a menudo terrorista o proterrorista. Con las consecuencias que estamos comprobando día a día. Lo mismo puede decirse de este programa, Cita con la Historia, que se mantiene en un gueto no tanto por el silenciamiento que evidentemente sufre, como por el escaso apoyo y la escasa actividad de la gran mayoría de sus por ahora escasos oyentes.

     Otra razón por la que suelen ganar las izquierdas es que disponen de muchísimas pequeñas organizaciones, oenegés, etc., mientras que lo que llamamos derecha suele estar atomizado y desperdigado, lo que dificulta cualquier resistencia. Pero como quejarse no sirve de nada si no se ofrece alguna solución, proponemos esta a nuestros lectores: que aparte de usar las redes sociales, allí donde sea posible formen círculos de oyentes del programa “Cita con la Historia”. Estos círculos pueden funcionar como tertulias semanales en que se hable de todo y se propongan ideas, charlas u otros actos y  no solo en relación con este programa sino más ampliamente.  Una tertulia es un modo de organización informal que puede dar muchísimo juego. El Renacimiento empezó con unas Academias que prácticamente eran tertulias. ¿Seremos capaces de hacerlo? Recordamos también que la campaña 300 por veinte sigue en pie, y muy lejos todavía de alcanzar su objetivo. De momento no llegan a cincuenta los “espartanos”. Pero difundir y apoyar “Cita con la Historia” es luchar activamente contra esa falsificación sistemática del pasado, que envenena nuestro presente.

    Una observación final: en una entrevista reciente sobre el PCE(r)-GRAPO, se me preguntaba ¿La temeridad se les suponía? “Lo que se nos suponía y se nos exigía era la entrega y la disciplina. Las causas erróneas -y la nuestra, lo era- no pocas veces cuentan con gente más abnegada que las causas nobles. Lo veo en la derecha, donde muchos defienden la patria o la libertad, pero sin mover un dedo ni aportar un duro, como meros espectadores. Nosotros, al menos, nos la jugábamos”.

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