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¿No se ha escrito ya de sobra acerca de la guerra civil? ¿No debemos olvidarla, ochenta años después?
Se ha escrito mucho de muy baja calidad, y poco con verdadera sustancia. Por lo que a mí respecta, yo empecé dejando claro cómo y por qué empezó la guerra en 1934, en Los orígenes de la guerra civil. La documentación simplemente no deja lugar a dudas. En otros libros he tratado el desarrollo del conflicto, sus orígenes lejanos en el fracaso de la Restauración y he analizado los mitos que se han impuesto desde la Transición, que desfiguran los hechos y chocan con ellos de un modo tan increíblemente desvergonzado que dejan el nivel de la universidad española por los suelos,. Con excepciones, claro, no muchas. El nivel de la universidad y de las políticas derivadas, como la ley de memoria histórica, una ley totalitaria de exaltación de los chekistas y asesinos de izquierda, presentándolos como “víctimas”.
En cuanto a La guerra y los problemas de la democracia en España , no dice nada nuevo sobre la guerra misma, sino que resume su evolución y expone críticamente los diversos enfoques historiográficos, pero el grueso del libro es un estudio sobre por qué la democracia tiene tantas dificultades para cuajar en España, en los años 30 y ahora mismo. Y por qué se trata de un sistema político que dista de ser la panacea que nuestros políticos y periodistas creen, utilizándola como una palabra mágica a la que dan el contenido que les parece. La democracia no es lo que indica su significación literal, “poder del pueblo”. Es un sistema que ha funcionado bien o muy bien en algunos países, y mal o muy mal en otros, y que entraña una serie de peligros. Uno de esos peligros queda de manifiesto precisamente en cosas como la ley de memoria histórica. Si no somos conscientes de ellos, es fácil que la democracia se desvirtúe y se convierta en una pesadilla. En la UE están ocurriendo fenómenos peligrosos muy parecidos.
¿Se deduce de ahí que ud es escéptico hacia la democracia?
Prefiero la democracia, que es un producto históricamente muy reciente a partir de mil experiencias y desarrollos contradictorios durante dos mil años en Europa, algo que también voy a tratar en un próximo libro: Introducción a la historia de Europa. Pero, como historiador, soy muy consciente de sus peligros, de la facilidad con que degenera en concursos de demagogias o de la tendencia a unas formas de despotismo “blando” y deshumanizador que ya describió genialmente Tocqueville, adelantándose a su realidad.
En cuanto a lo que decía de si debemos olvidar la guerra civil, por mi parte no pienso escribir más sobre ella, al menos en forma de libro, porque considero que sus aspectos fundamentales están suficientemente clarificados, aunque siempre queden detalles y aspectos secundarios. Pero es importante insistir en esa clarificación por dos razones: porque es nuestro pasado y no se lo puede birlar a los españoles, como intenta el PP. Y porque ese pasado está influyendo de manera evidente y desdichada en nuestro presente y condicionando nuestro futuro, debido a la persistencia de seudomitos grotescos. De hecho, los problemas que dieron lugar a la guerra y que fueron superados en el franquismo, han resurgido, piense ud en el separatismo o en la carrera de demagogias, por ejemplo, han resurgido y nos condicionan hoy. Me parece esencial luchar contra todo eso. En el plano de la investigación, lo principal está hecho. Pero falla en cambio la divulgación, que está en manos de historiadores, políticos y periodistas irresponsables, aunque con unos intereses fáciles de percibir. Mantengo la lucha, por así decir, mediante el programa “Cita con la Historia”, que también está en dificultades.
¿Cómo va la difusión de “La guerra civil y la democracia”?
Es un libro en parte de historia y en parte de pensamiento sobre la historia, y ya se sabe que el pensamiento produce rechazo en la mayoría de la gente, me refiero también a muchos profesores y universitarios. Por otra parte, habrá ud observado que solo ha sido comentado en medios más bien marginales, los grandes medios le han hecho el vacío, como a todos mis libros desde hace años. Y los peores son los de derecha, si exceptuamos alguno menor, como Intereconomía o el programa de Luis del Pino. Para ellos simplemente no existo. Hace tiempo me llamaban todavía de vez en cuando a la televisión de los obispos, la 13, gracias a Carlos Cuesta. Pero un buen día Cuesta me informó de que le habían prohibido llevarme más (esto no es novedad, me ha ocurrido ya muchas veces). Estaba a punto de salir Los mitos del franquismo y le sugerí que al menos me hiciera una entrevista: ni eso. “Pero al menos comenta la salida del libro”, le dije. “Imposible, prohibición absoluta”. Creo que los curas de la televisión esperaban alguna concesión del gobierno y, claro, el gobierno debió de hacerles ver que mantenerme allí, aunque fuera de cuando en cuando, perjudicaría la concesión.
A pesar de todo, el libro va por la segunda edición, y espero que siga vendiéndose.
Habla ud como si hubiera una conspiración contra su obra. ¿No será un poco de paranoia?
Vamos a ver, me han echado de una larga serie de publicaciones, estoy vetado en casi todas las televisiones, mis libros reciben un silencio sistemático, sobre todo en los grandes medios de derecha, como le dije. Esto no es ninguna paranoia. Podrían argumentar que mis libros son de mala calidad, pero la idea resulta grotesca, máxime teniendo en cuenta la ínfima calidad intelectual y moral que predomina en los medios de difusión. No son cosas que yo imagine, como los paranoicos, son hechos perfectamente constatables. Ud me pregunta por libre, para ver si consigue publicar la entrevista en algún medio importante. Ya le adelanto que no lo conseguirá, aunque me gustaría que no fuera así, claro. Es la experiencia. Si no le sale, la expondré en mi Blog. Por Julián Pérez Saúco


Para la España católica en general, y para Felipe II en particular, era absolutamente prioritaria la lucha contra el Imperio Otomano y tener a raya a Francia, por lo que desde nuestro país la expansión protestante solo podía entenderse como una especie de puñalada por la espalda, máxime cuando los calvinistas buscaban aliarse con los otomanos, con la anglicana Inglaterra o con Francia contra los intereses españoles.