Hoy casi todas las explicaciones e interpretaciones históricas y culturales giran en torno a la técnica y más en general a la economía: estas serían el elemento determinante y valorador de una cultura, idea compartida tanto por el liberalismo (o por amplios sectores liberales) como por el marxismo. En ambas ideologías se da por supuesto que las culturas, en concreto la cultura europea anterior a la aparición de ellas, eran sociedades de miseria, abuso, tiranía y explotación, así como de un profundo oscurantismo de origen religioso. La religión, en concreto la cristiana y en especial la católica, serían e origen del mal, del atraso, de la pobreza, s diga con mayor o menor énfasis. Mi punto de vista es que la religión es precisamente el núcleo generador de cualquier cultura. Y aunque el sentimiento religioso es (o ha sido) universal, tiene, como cualquier otra actividad humana, muchas diferencias de nivel y de calidad.
Decía que de las numerosas culturas existentes en Europa y el Mediterráneo en el siglo V antes de Cristo solo han sobrevivido la griega y la judía (la romana estaba en formación) y en ellas el factor religioso es bien visible. No hace falta insistir en el caso de la judía, pero la influencia de la mitología griega, tan pribllante y sugestiva, en todas las artes y el pensamiento clásicos salta bien a la vista. Y se prolongaría en Europa a través del cristianismo. Cuando decimos que la cultura cristiana es característica de Europa nos referimos a su capacidad para imponerse a las religiones germánicas y otras, y conquistar a los conquistadores. En la gran época de España, el catolicismo desempeñó un papel crucial. Asimismo, ese núcleo generador puede “secarse” o anquilosarse, como ocurrió con el islam a partir del siglo XII o con el catolicismo español y no solo español a partir del XVII.
La Ilustración cambió las cosas, atacando directa o indirectamente al cristianismo, socavándolo en nombre de la razón. Pero he querido señalar que ello solo ha podido hacerlo al precio de convertir la razón y la filantropía (la técnica y la economía, en definitiva) en una religión sustitutoria, con su fe, sus ritos y sus mitos correspondientes. Sin embargo la fe en el Hombre y sus capacidades técnicas es una fe contradictoria, porque ese Hombre es una abstracción muy diferente de los hombres de carne y hueso, frágiles, inseguros, capaces de crímenes y de miserias; y es una fe trivial, porque reduce la vida a una interminable carrera por diversificar y satisfacer una miríada de deseos materiales, de consumo, como viene a decir Fukuyama. Por decirlo de otro modo, creo que el marxismo ha fracasado y que el liberalismo economicista anglosajón, impuesto sobre toda Europa por la victoria militar, va camino de lo mismo. En esas circunstancias me pregunto si el viejo tronco cultural español puede reverdecer en algo nuevo y propio, o está condenado a ser un apéndice de la cultura anglosajona, con una economía o una técnica mejor o peor, pero gobernada por la religión de Prometeo.
Hay una diferencia importante entre Lennon y Fukuyama, pues este no piensa en una desaparición de la propiedad, sino, al contrario, en su garantía. Pero los dos puntos básicos del “fin de la historia” son la comprensión del hombre como animal económico y la suposición de que gracias a la economía los conflictos, al menos los violentos, desaparecerían (el comercio beneficia a todos los partícipes) y las guerras no tendrían razón de ser. Evidentemente una gran parte, si no la mayoría, de las guerras de la historia, han tenido motivos comerciales y económicos, pero cabe suponer que en una situación de gran desarrollo técnico que propiciase una abundancia general ya no serían necesarias. La codicia carecería de sentido. El ser humano llegaría por fin a una especie de tierra prometida, algo triste pero con mucha leche y miel, alcanzada tras miles de años de peregrinar entre guerras, abusos y crímenes. No hay otro mundo ni por tanto esperanza en él, ni religión, porque tampoco hace falta, y dado que las necesidades materiales humanas se multiplican en infinitos y crecientes deseos, siempre habrá nuevas innovaciones que diversifiquen y “sofistiquen” las satisfacciones. ¿Acaso no va ocurriendo algo parecido ya en los países ricos, que muestran a los demás el camino a seguir? Para Fukuyama, el modelo es más aún la UE que Usa, porque en Usa todavía es fuerte la creencia en Dios, en la soberanía nacional y en la fuerza militar, mientras que la UE va eliminando la soberanía y los poderes políticos anteriores por medio de un “imperio de la ley” transnacional, más “poshistórico”.
Con diferencias menores, la clave de Fukuyama para alcanzar esa situación, triste pero inevitable y en realidad satisfactoria, de básica abundancia generalizada e igualdad social, consiste en los tres aspectos clave del liberalismo democrático: libre mercado, gobierno representativo y garantías jurídicas. Al respecto pueden hacerse algunas observaciones:
a) El libre mercado, en rigor, nunca ha existido ni puede existir sin una serie de regulaciones y un poder autoritario que las haga cumplir. Ello es así porque cualquier cosa, incluso el propio ser humano, puede convertirse en objeto de comercio, y porque las posibilidades de estafa se multiplicarían en un mercado tomado literalmente como “libre”.
b) Además, las condiciones de intercambio no suelen ser iguales. Si por alguna necesidad ud se ve obligado a vender una casa por un precio muy inferior a aquel por el que la compró, tendrá cierta satisfacción, de todos modos, pero también una insatisfacción de fondo, y una posible ruina. La necesidad puede llevarle a aceptar trabajos perjudiciales para su salud o que le ocupen tanto tiempo que le dejen demasiado cansado e imposibilitado para actividades más autónomas o que le interesen más, o a prostituirse. Puede que estos casos no sean la norma, pero tampoco son excepcionales, y en un mercado libre en sentido amplio, fundado en contratos de individuo a individuo, son normales.
c) El mercado libre, por otra parte, carece de moral más allá del cumplimiento de los contratos y la fuerza externa para hacerlos cumplir. He leído que los negocios relacionados con la prostitución y la explotación del sexo –incluido el aborto– son hoy los que más dinero mueven en el mundo; también están los comercios de armas, drogas, juego, etc. Hace unos años varios políticos querían montar en Madrid una meca del juego tipo Las Vegas. Los libremercadistas argüían que estaba muy bien porque movía dinero y daba puestos de trabajo, y que el gobierno no debía meterse a dictar la moral de los individuos: ¡qué gran ocasión finalmente perdida! Los libremercadistas tampoco pueden objetar al masivo negocio de la prostitución, siempre que los individuos actúen “con libertad”, como “adultos”. Ni al negocio de la droga, por la misma razón. Ni, por supuesto, al masivo comercio de armas. Ni a la pederastia, porque se trata de tendencias de individuos adultos libres, que siempre han existido y, en definitiva, el sexo no puede hacer mal a nadie, incluidos los niños. Etc.
d) Otra posible objeción a las bondades del libre mercado puede ser el carácter infantilizante y embrutecedor, sobre todo sexualmente, que adquiere cada vez más la publicidad; y en España, el carácter desnacionalizador y aculturador. Por embrutecimiento me refiero, entre otras cosas, a la presentación sistemática de la mujer como objeto sexual, explotando y desarrollando el infantilismo del varón al respecto. Sobre todo esto podría hablarse mucho más detenidamente. Tenemos también el caso de la televisión: la televisión única del franquismo tenía, pese a todo, una calidad bien superior a las múltiples actuales, que según las teorías del libre mercado y la competencia, debían haber elevado su nivel. La competencia se ha establecido, no obstante, en torno a la telebasura, y ninguna de ellas es mejor que la del franquismo.
e) El caso de la televisión tiene especial relevancia, porque ha sido y sigue siendo el medio principal de formar opinión pública. Y son los grandes potentados capaces de sostenerla quienes realizan esa labor de acuerdo con intereses particulares, manipulano muy a menudo la información, etc. Nadie los ha elegido, pero ejercen una función política, comercial y moral de primer orden simplemente a partir de la capacidad económica. Podrá decirse que la propia pluralidad de medios de masas permite neutralizar a unas con otras, y al individuo elegir la que mejor le parezca, pero eso solo ocurre muy relativamente, y la manipulación consiste no solo en la forma como se presenta u oculta información, sino en los aspectos morales (o “inmorales”) con que juegan los dueños de los grandes medios.
f) La alternativa, por tanto, no puede ser entre libre mercado e intervencionismo político, sino en el grado de uno y otro. En la URSS el intervencionismo era absoluto –aunque tenía que admitir el mercado negro y cierto grado de propiedad campesina–, y ha demostrado ser muy perjudicial. En la UE, el grado de libertad de mercado está causando destrozos en la moral social, cuyas consecuencias pueden llegar a ser dramáticas. También esto merecería más atención y estudio, porque fenómenos semejantes se han dado en otras culturas en decadencia. Por poner un ejemplo contrario, he oído a algunos ultraliberales criticar al franquismo de los años 60 por excesivamente intervencionista. Y es verdad que todos los factores mencionados arriba estaban muy limitados. Y sin embargo, la economía crecía a un ritmo nunca visto, y los “expertos” calculaban que en menos de diez años, desde 1974, España superaría la renta per cápita de Italia e Inglaterra. El juego estaba muy limitado, la prostitución en sentido amplio era un negocio más bien marginal, etc. Así que el intervencionismo y cierto “dictado moral” no parecía dar mal resultado tampoco en el terreno económico.
Basten estas breves observaciones, de momento. El segundo punto demoliberal consiste en un gobierno representativo. Pero ¿representativo de quién? Según la ficción convencional, un gobierno representa al pueblo, aunque solo es votado por una parte de él. Pero ni el gobierno ni el parlamento son representativos, porque no ejercen un mandato imperativo de sus votantes, que los paralizaría, aparte de que los conocimientos políticos, económicos y generales de los votantes son, se supone, inferiores a los de sus “representantes”. Y porque los intereses e ideas de los votantes son variados, a menudo contrapuestos, y variables en el tiempo. La democracia no es el poder del pueblo, sino un método para elegir a la oligarquía que ejercerá realmente el poder. Un método que en algunos países ha demostrado una neta superioridad sobre otros, pero que en otros países ha dado lugar a una competición de demagogias y engaños y creado situaciones caóticas. Pues la necesidad de halagar a unos votantes más o menos ignaros puede crear tales situaciones.
En cuanto a la igualdad ante la ley, la propia economía la relativiza. Un potentado siempre dispondrá de medios muy superiores para contratar buenos abogados, incluso a veces para sobornar jueces, que un ciudadano corriente y moliente. En La guerra civil y los problemas de la democracia trato algunas de estas cuestiones, que son muy reales.
Todas estas objeciones no demuelen el ideal y la práctica de la democracia, que, al menos en bastantes países, se han demostrado superiores a otros sistemas; pero creo que bastan para relativizar su valor y dudar seriamente de que vayan a ser el sistema imbatible al que el resto del mundo confluirá.
La objeción principal parte de la concepción del hombre como animal económico y no como animal moral, suponiendo la moral un derivado más o menos oscuro de la propia economía. No solo el libre mercado, también la dependencia del gobierno de las conveniencias de las masas o de la habilidad de las oligarquías para dirigirlas a su gusto destruyen la idea de alguna verdad moral objetiva