¿Entró Europa en decadencia a partir de 1945? https://www.youtube.com/watch?v=yHtEpD4zxOw
**¿Por qué han premiado ZP y Rajoy a los asesinos de Miguel Ángelcon legalidad, dinero público, excarcelaciones, etc.?
*En los análisis políticos corrientes no existen ni la historia reciente ni la política exterior de España. Cotilleo político, no análisis
*A todos los corruptos, ignorantes y necios les cae muy mal Franco. Por qué será.
*Dice Cebrián que Franco era “mediocre y cutre”. Por eso venció a sus geniales enemigos durante 40 años. “Los mitos del franquismo”
*Castilla del Pino,comunista, decía haber odiado a Franco durante 40 años. “El odio hace progresar a la humanidad” “Los mitos del franquismo”
*Según Indalecio Prieto, Franco alcanzaba el grado máximo del valor: “Es sereno en la lucha”, “Los mitos del franquiismo”, ya en bolsillo.
*Dice Ansón que Franco persiguió ferozmente el catalán.Coincide con el honradísimo Pujol. No es obligatorio creerles. “Los mitos del franquismo”.
*Cebrián, que vivió privilegiadamente en el franquismo, dice que el pueblo no tenía idea de la “horrorosa represión”. “Los mitos del franquismo”.
*Pujol decía que Franco era un corrupto y corruptor. Que por eso le odiaba. “Los mitos del franquismo” En Cadena Ibérica. “Los mitos del franquismo”.
*La idea de que la CIA mató a Carrero revela la profunda estupidez e incapacidad de análisis de nuestra extrema derecha.
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La gigantesca contienda había empezado con un pacto entre los regímenes totalitarios nazi y comunista, y terminado con una alianza entre las potencias democráticas anglosajonas y el totalitarismo staliniano. La rendición alemana había exigido el esfuerzo conjunto del Imperio inglés, Usa y la URSS, una alianza que, dentro de las mutuas desconfianzas, funcionó bien. En cambio el Eje Berlín-Roma-Tokio apenas tuvo eficacia o coordinación, y la contribución italiana fue mucho más una rémora que una ventaja para Alemania. El escenario ruso fue con diferencia el decisivo, y los soviéticos se impusieron, a un coste enorme en sangre: el primer año sin ayuda anglosajona, y los siguientes con ayuda creciente, aunque los elementos principales, tanques, artillería y aviación, fueron siempre soviéticos. El ejército alemán se mostró cualitativamente superior a sus contrarios, pero llegó a estar en tan abrumadora inferioridad material que ninguna destreza podía compensarla. Al final, Alemania perdió su independencia, repartiéndose su territorio entre la URSS, Usa, Inglaterra y Francia.
Desarrollada con todos los medios técnicos y científicos de la época, estimulados por la lucha a vida o muerte (la lucha por la vida, cabría decir), las víctimas mortales del conflicto se han estimado entre 50 y 60 millones, civiles la mitad de ellas, aunque tal vez estudios más detallados las reduzcan hasta en alguna decena de millones. Cifras enormes, en cualquier caso. La proporción de muertos por relación a la población varía en extremo, entre un 13,5-14,2% en la URSS o un 8-10 en Alemania, y un 0,32 en Usa y en torno al 1% en Francia, Italia e Inglaterra. Gran parte de Europa quedó en ruinas, pero Usa superó definitivamente la Gran Depresión y, dueña de la bomba atómica, quedó por unos años imbatible, hasta que la URSS consiguió también dicha arma.
Cabe comparar las dos guerras mundiales. Políticamente, ambas podrían describirse como resultado de la emergencia de nuevas grandes potencias en un mundo ya repartido, pero eso es solo una faceta y no la principal. La primera se libró entre regímenes básicamente liberales y aproximadamente democráticos, y tuvo un marcado carácter comercial. En la segunda, las democracias liberales fueron solo una de las partes, siendo las otras dos regímenes más o menos totalitarios, aunque de opuesta naturaleza, y lo comercial desempeñó un papel secundario. Se trató de una lucha esencialmente ideológica, entre concepciones no solo de la política sino de la vida, opuestas a pesar de su tronco común. Las tres podrían describirse como ramas de la religión prometeica, arraigada en la Razón, con sus fes correspondientes en la Humanidad, la Raza, el Proletariado, el poder salvífico de la Economía…
Los vencedores juzgaron en Núremberg a los jefes nazis, acusándoles de guerras de agresión, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Los juicios no eran legales en términos jurídicos, pues se acusaba en nombre de leyes antes inexistentes y con efectos retroactivos. Claro que exigían castigo las atrocidades nazis: asesinatos en masa, deportaciones, el Holocausto judío, trabajo esclavo, hambrunas intencionadas, saqueos, violaciones, torturas, etc. El problema era que aquellas atrocidades, salvo el Holocausto, habían sido perpetradas a su vez por los vencedores, tanto los anglosajones (que hicieron muy poco por rescatar a los judíos o estorbar su exterminio) como, más aún, los soviéticos; de modo que cabía cuestionar su autoridad moral como jueces. Y las guerras de agresión, condenadas al menos desde el padre Vitoria, habían sido una constante en la historia: Usa e Inglaterra las habían practicado, como tantos otros países, en el siglo XX; aquella concreta había empezado con la agresión a Polonia por Berlín y Moscú, pese a lo cual esta última no solo era exonerada, sino que ejercía de fiscal. Y Persia también había sufrido la agresión anglo-sociética. La guerra entre las tres ideologías había dejado al continente en ruinas físicas, pero también en ruina moral.
El castigo de Núremberg no fue muy duro: diez líderes ahorcados. Cerca de un millar más de dirigentes menores o ejecutores lo fueron en otros juicios, pero decenas de miles de nazis reales o supuestos, o colaboradores, fueron asesinados sin trámite legal en Alemania, Italia, Francia y los países del este. O fueron despojados de sus bienes y derechos, y expulsados. Las poblaciones alemanas dispersas por el centro de Europa, así como las de la parte germana cedida a Polonia, unos 16 millones de personas, fueron forzadas a abandonar sus hogares y desplazarse en marchas penosas al territorio reducido de Alemania, ya inexistente como nación: más de dos millones perecieron. Tal vez dos millones de mujeres alemanas fueron violadas por soldados del Ejército rojo, y las violaciones tampoco fueron nada extraño en las zonas occidentales, donde solían disfrazarse como prostitución obligada por el hambre. En los campos de prisioneros soviéticos y en Yugoslavia, pero también en los useños y franceses, morirían más de un millón. Otros millones fueron reducidos a trabajadores esclavos por toda Europa (una propuesta de origen inglés).
Roosevelt había dicho: “Hay que enseñar al pueblo alemán su responsabilidad por la guerra, y durante mucho tiempo deberían tener solo sopa para desayunar, sopa para comer y sopa para cenar”. Muchos no tendrían siquiera sopa. Nuevos millones de víctimas por hambre habrían causado los planes iniciales de reducir al país a una economía agraria y pastoril, por miedo a su capacidad para reponerse de cataclismos; sin embargo muy pronto la alianza entre la URSS y los anglosajones hizo agua, mostrando la conveniencia de robustecer la parte ocupada por los occidentales como barrera frente a los soviéticos, y en 1949 se le permitió reunificarse con una independencia relativa. La parte oriental siguió bajo dominio estricto de Moscú.
El despiadado castigo a los alemanes venía dictado en gran medida por la idea de que aquella guerra debía ser á última en la historia humana, lo cual exigía un escarmiento ejemplar a los tachados de máximos culpables de ella, de modo que a nadie volviera a ocurrírsele imitarlos. Y así, el 25 de abril de 1945, a un paso ya de la victoria, se inauguraba la Conferencia de San Francisco para poner en pie la Organización de las Naciones Unidas, la ONU, con participación de cincuenta estados que habían declarado la guerra a las potencias vencidas. Se trataba de mejorar la fallida experiencia de la Sociedad de Naciones, nacida a raíz de la I Guerra Mundial. La ONU no era ni es propiamente una organización democrática, pues los Tres Grandes, Usa, la URSS e Inglaterra, se reservaban el derecho especial de veto sobre cualquier acuerdo tomado por la Asamblea General y el Consejo de Seguridad. Ese privilegio se fundaba en la atribución a los Tres Grandes (se les añadirían Francia y China) del papel de garantes mayores de la paz mundial.
La Carta Programática, votada el 26 de junio, afirmaba la resolución de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, ponderaba “la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”, y prometía garantizar la justicia y “promover el progreso social y elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”. La Carta fue aprobada por unanimidad, seguida de una ovación de los delegados, los periodistas y los 3.000 espectadores puestos en pie. El representante inglés, lord Halifax, expresó la emoción del momento definiéndola como “la cuestión más importante de nuestras vidas”. El documento podía interpretarse como un ejercicio de palabrería grandilocuente, con poca sustancia, o como una exposición de anhelos humanos ancestrales, que por primera vez se juzgaban realizables partiendo de la mejora económica y las libertades ligadas a ella. Una filosofía no compartida, desde luego, por la URSS, y que tampoco tenía fondo cristiano, sino más bien prometeico.
Bien pronto la profunda diferencia de ideología e intereses entre la URSS y sus aliados antifascistas iba a dar lugar a la llamada Guerra Fría entre ellos. Por temor a la mutua destrucción, la rivalida por le hegemonía global se manifestaría en una larga serie de guerras menores, revoluciones, golpes de estado, terrorismo sistemático por todo el mundo, aparte de contiendas regionales no ligadas directamente a la Guerra Fría. Tal vez los fundamentos de la paz perpetua no estaban bien asentados o no había forma de asentarlos.
Breves comentarios: Blas Infante. El tesoro del “Vita”: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-07-09/involucion-blas-infante-y-tesoro-del-vita-102788.html
“Cita con la historia, próximo domingo: La entrada de Europa en una Edad de Decadencia a partir de 1945. En Cadena Ibérica, fm 99.3 de 4 a 5 de la tarde, También los miércoles a las 10 de la noche. www.citaconlahistoria.es
Último programa: Franco como militar y como político: https://www.youtube.com/watch?v=ILM4t9TfLtM
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En Alemania, el canciller Bismarck había inaugurado una de las instituciones que se haría más característica del siglo XX: la seguridad social, asegurando pensiones de vejez y de enfermedad a los trabajadores. Sistemas de ayudas a los pobres habían existido desde al menos el emperador Trajano, y tradicionalmente la Iglesia, así como las iglesias protestantes, cumplían la labor de atender a los enfermos y ancianos sin recursos. Lo nuevo era que el estado se ocuparía de la mayor parte de estas tareas, por vía de impuestos. Pese a que Bismarck era un político conservador, fue acusado por los liberales de poner en práctica una medida socialista.
Según la ortodoxia liberal, en un sistema bien organizado, sin intervencionismo estatal, cada uno se ocupaba de sus propios intereses, lo que garantizaba que al final ganase lo que le correspondía. Los viejos debían mantenerse con sus ahorros, y los incapacitados ser atendidos por la caridad o instituciones ad hoc, sostenidas con donativos voluntarios; en cambio la intervención del estado arrebataba despóticamente parte de las ganancias de unos para dárselas a otros, lo cual, aparte de injusto, fomentaba la vagancia y el parasitismo y desanimaba a los más emprendedores e inteligentes, de quienes dependía en general el progreso. Los acuerdos salariales debían hacerse por acuerdo individual entre obrero y empresario, sin coacciones colectivas de sindicatos. El punto de vista democrático o socialista difería: un trabajador tenía pocas posibilidades de ahorrar y no podía tratar de tú a tú con el propietario, que tenía toda la fuerza en tales circunstancias, por lo que debía negociar colectivamente. Además, los obreros no eran vagos, sino que realizaban las tareas más duras. Y no eran meros instrumentos de producción, sino personas con necesidades muy varias, que en los períodos de crisis, similares a las sequías de otros tiempos, caían en la miseria y la desesperación. Tampoco podían fiar en los buenos sentimientos, simpatía o caridad de los ricos, pues, aparte de resultar humillante, no había la menor seguridad de que estos mostrasen interés en desprenderse de parte de su dinero para ayudar a los trabajadores en los tiempos malos. Por tanto, era justo que el estado, que debía representar a todos y no solo a los empresarios, supliese la dudosa buena voluntad de estos.
No es difícil ver la racionalidad de las dos argumentaciones. Una vez más, la razón no llegaba a conclusiones únicas y creaba en cambio una tensión que en la práctica se traducía en unas relaciones a un tiempo conflictivas y productivas en equilibrio cambiante. No obstante, cada línea de razón tendía a ir hasta el final, de modo que en una sociedad liberal las desigualdades aumentaban, y así lo indicaba la concentración del gran capital en grupos reducidos de grandes empresas. El punto de vista socialista, llevado a sus últimas consecuencias, conducía a hacer del estado el empresario total que velase por la igualdad y seguridad de todo el “pueblo”. Esto último llegaría a ocurrir en Rusia mediante una revolución, pero a partir del marxismo se iba abriendo paso la corriente llamada socialdemócrata, que aspiraba a reformas no revolucionarias, pero en dirección parecida, hacia un estado tutor.
El programa socialdemócrata ya fue entrevisto por Alexis de Tocqueville, uno de los pensadores políticos más importantes del siglo XIX, en su estudio La democracia en América: un poder “inmenso y tutelar que se encarga de que los ciudadanos sean felices (…), similar a la autoridad paterna si, como ella, buscara preparar a los hombres para la edad viril; pero que solo persigue fijarlos irrevocablemente a la infancia; que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Una servidumbre reglamentada, benigna y apacible”. Como las gentes desean ser protegidas y guiadas, y al mismo tiempo ser libres, “tratan de satisfacer los dos instintos contrarios: quieren un poder único, tutelar, todopoderoso, pero elegido por los ciudadanos. Se consuelan de su tutelaje pensando que ellos mismos eligen a sus tutores”. Aunque la socialdemocracia es quizá quien mejor ha expuesto este programa, puede decirse que nace, como opción no única, de las ideologías que cifran en la economía el fundamento y sentido de la sociedad.
Por su parte, el sucesor de Pío IX, León XIII, expuso en 1891, con la encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas) una doctrina católica frente al liberalismo y al socialismo. Condenaba al socialismo por estar basado en el odio y querer abolir el derecho natural a la propiedad privada; apoyaba a los sindicatos, pero no las regulaciones estatales, que aumentarían las injusticias. También denunciaba la visión atribuida al liberalismo económico, de tasar al trabajador como simple instrumento de producción. El trabajo tenía una dimensión moral como mandato divino, al margen de su retribución, de modo que la labor de una madre de familia tendría el valor máximo pese a no estar remunerada. En el mundo laboral externo, el obrero debía percibir una paga “justa”, que le permitiera sostener con dignidad una familia, pues dado que el producto de la empresa se obtenía por cooperación entre trabajadores y empresarios, debía distribuirse con equidad. Estas concepciones marcaban una orientación filosófica, pero en la práctica resultaba muy difícil definir lo que sería un salario justo; no obstante suponía cierta barrera contra los abusos patronales.
La Iglesia no debía asociarse a ningún régimen o partido (incluida la democracia cristiana, nacida en 1919), si bien rechazaba a aquellos que persiguieran o coartaran la libertad de la Iglesia. La confesionalidad del estado, siguiendo siglos de historia, parecía un bien, y el laicismo un mal, como también una libertad de pensamiento o de conciencia que pusiera en el mismo plano cualquier tipo de ideas, desvalorizándolas todas y corroyendo las bases moral del catolicismo. Dentro de esa línea básica, León XIII siguió una línea diplomática flexible buscando mejorar las relaciones con los regímenes existentes, incluso el agresivamente laicista francés y trató de tender puentes con protestantes y ortodoxos con vistas a una reunificación del cristianismo.
Obviamente, la democracia no tiene por qué ir en la dirección anunciada por Tocqueville, pero esta es una de sus orientaciones posibles. A lo largo del siglo XX, la palabra “democracia” se convertiría en santo y seña y criterio de legitimidad de cualquier régimen, de modo que la empleaban las ideologías más diversas. Tanto el liberalismo como el marxismo revolucionario o el socialdemócrata o, algo después el fascismo, se proclamaban democracias, aunque por ello entendiera cada una algo diferente; también el cristianismo se declaró compatible con ella. La diversidad de interpretaciones era posible porque la significación del término, “poder del pueblo”, usado en ese sentido desde Aristóteles, no responde ni puede responder a una realidad. El poder siempre se ejerce sobre el pueblo y por parte de una oligarquía o grupo de políticos profesionales. El pueblo o conjunto de la sociedad no tendría objeto sobre el que ejercer su poder. La división aristotélica entre monarquía, aristocracia y democracia es demasiado esquemática. Un monarca no puede ejercer el poder sin el concurso de una oligarquía que lo instrumente y organice. Y un régimen difícilmente será estable si no cuenta con la aceptación, explícita o tácita, de una gran parte del pueblo. Ello permite afirmar que, como decía Polibio del estado romano, todo régimen estable tiene rasgos monárquicos, oligárquicos y democráticos. Dicho de otro modo, las oligarquías requieren un “monarca”, alguien a su cabeza que imponga orden entre las diversas facciones. Y un pueblo en rebeldía haría ese poder insostenible a la larga.
Desde que las sociedades europeas tomaron forma durante las edades de Supervivencia y Asentamiento, las monarquías nobiliarias habían demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir, por encima de desórdenes, luchas y catástrofes. A los ojos de casi todo el mundo, también del pueblo llano, campesino mayoritariamente, la división social y el poder respondían a un orden natural de origen divino. El cristianismo predicaba una igualdad de los humanos potencialmente subversiva, pero la limitaba al plano espiritual y casi nadie pensaba extender a esa igualdad a los planos político o económico; aunque la idea estaba latente y surgía en movimientos ocasionales de rebeldía. Lutero había sido bien explícito ante las revueltas campesinas, y la misma doctrina era aceptada por los católicos. Con el paso del tiempo, la mayor complejidad social y el crecimiento de las ciudades, el pensamiento iba extendiendo las ideas igualitarias, incluso de la democracia, hasta cuajar en las revoluciones francesa y useña, con todas sus diferencias.
Pero si todo régimen estable debe ser a la vez monárquico, oligárquico y democrático, ¿cómo definir el sistema de ese nombre, extendido por Europa ya en parte en el siglo XIX y sobre todo en el XX? Se trata de un modo especial de consentimiento popular activo, expresado en elecciones regulares por sufragio universal. Estas votaciones implican la herencia liberal de las libertades políticas y la separación de poderes, pues sin ellas no puede haber elecciones reales. Nada de ello ocurre en las democracias “populares” ni en los plebiscitos fascistas, por lo que sus pretensiones de democracia según la hemos definido son falsas. Otra cosa es que esos regímenes pueden conseguir gran popularidad por un tiempo. Por tanto, hasta ahora no se ha inventado otro tipo de democracia que la llamada liberal, pese a que liberalismo y democracia sean conceptos diferentes y en algunos puntos opuestos.
Teóricamente, los oligarcas elegidos a los parlamentos representan “al pueblo” o al menos a sus electores, lo cual tampoco es demasiado cierto, por dos razones: porque los votantes han votado a una misma persona o partido por razones diversas y a menudo equivocadas; y porque los votados tienen sus propias ideas sobre los problemas políticos, que no corresponden con las de todos sus electores. En la interinfluencia entre votantes y votados suele ser más importante la de los segundos sobre los primeros que a la inversa. Por otra parte, como sugería Churchill, el votante medio tiene ideas primarias y a menudo pintorescas sobre los problemas políticos, económicos, etc., por lo que es fácilmente manipulable por los profesionales del poder, en especial por los demagogos, de modo que el peligro de que la política se convierta en un torneo de demagogias es real y no infrecuente. Un tercer problema que desmiente no ya el poder del pueblo, sino su representación real, es que, como hemos observado reiteradamente, el pueblo no es nada homogéneo en intereses e ideas, y lo más normal es que el partido gobernante pueda serlo con una minoría del censo electoral. Si la mayoría de los votantes entienden poco de los problemas generales, las oligarquías o partidos pueden, en gran parte por eso mismo, operar como auténticas mafias o disgregar el país, como no rara vez ha ocurrido. Permanece, por fin, el grave peligro anunciado por Tocqueville.
Una falsa crítica a la democracia la condena por dar el mismo valor al voto de una persona instruida, digamos un ingeniero, que a un peón de albañil de escasa cultura, a quien se supone más proclive a la demagocia. La realidad constatable muestra que la calidad de las personas instruidas pueden tener ideas tan disparatadas como las no instruidas, y que en general los demagogos no son precisamente analfabetos.
Frente a estas dificultades, y posibilidades degenerativas, la democracia ofrece ventajas considerables. En toda forma de poder existen partidos, que en los sistemas no democrático operan como camarillas o grupos de presión opacos en torno al poder; en las democracias los partidos son abiertos y su actuación expuesta a la luz del público, lo quedisminuye sus posibilidades golpistas; al aceptar la regla de las mayorías, las luchas por el poder pueden resolverse con escasa o nula violencia; al limitar el ejercicio del poder a unos pocos años, una elección desdichada puede ser corregida, lo que permite al sistema una capacidad evolutiva superior a otros.
La democracia ha funcionado bastante bien en algunos países, y mal en otros. La causa de ello no es evidente. Por su propio funcionamiento, la democracia puede fácilmente socavar los principios morales convirtiendo en “verdad” aquello que en tales o cuales circunstancias ha votado la mayoría. En tales circunstancias el peligro de desgarramiento de la sociedad es fuerte. Probablemente lo que permite que una sociedad funciones por elecciones periódicas sin caer en excesivas demagogias es la aceptación, implícita o explícita, de valores por encima de modas ocasionales. Uno de esos valores es el patriotismo, que sitúa el interés nacional por encima del de partido. Otro es una convicción mayoritaria de que los valores invocados de libertad, igualdad o fraternidad no pueden absolutizarse sin empujar a la guerra civil, pues la desigualdad es connatural a la sociedad humana, que sin ella se convertiría en una epsecie de rebaño, que la libertad es relativa e impone responsabilidades, o que la fraternidad cae fácilmente en el exclusivismo contra quienes sostienen otros intereses.
Todos estos problemas y opciones se harían bien visibles en Europa durante casi la mitad del siglo XX, marcado por una crisis galopante de la democracia liberal a partir de la I Guerra Mundial. Su estabilización en el tercio occidental del continente se lograría al coste de una guerra devastadora, y su extensión al conjunto daría lugar a nuevos problemas.
Entre tanto, en 1859 aparecía en Inglaterra la obra de Charles Darwin El origen de las especies, y en 1871 El origen del hombre y la selección ligada al sexo. Ya desde los griegos existía la idea de que las variadísimas formas de la vida en la tierra debían tener un origen común, pero Darwin estableció una doctrina mucho más precisa, basada en tres ideas: cada especie produce muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, lo cual origina una lucha por la vida. Dentro de las especies se da una variabilidad de caracteres heredables, por lo que la naturaleza seleccionará aquellos más eficaces para la supervivencia, que se reproducirán mejor. Con ayuda del tiempo, esas variaciones darán lugar a nuevas especies. En cuanto al hombre, aun teniendo en cuenta sus particularidades, es en definitiva un animal más, que debe haber evolucionado a partir de los simios o de una especie común a ambos. El conocimiento de estos mecanismos descartaba la intervención sobrenatural de la divinidad.
La teoría se apoyaba en numerosas observaciones, era ingeniosa y lógica, aunque incompleta hasta que se descubrieron los mecanismos de la genética. No podía demostrar a conciencia sus asertos, pero era científica en cuanto prescindía de la idea de la divinidad y de la noción de finalidad: ni Dios intervenía ni la evolución respondía a algún designio finalista, simplemente se manifestaba como mutaciones al azar entre las que seleccionaba la naturaleza. Las consecuencias ideológicas del darwinismo fueron rápidas y enormes. Los enemigos del cristianismo lo saludaron como un golpe decisivo contra este: asi como la teoría de Newton permitía explicar el funcionamiento del universo sin necesidad de recurrir a la divinidad, lo mismo ocurría ahora con la vida y con el hombre mismo. Un sector protestante rechazó de plano el darwinismo, apoyándose en el libro del Génesis, según el cual Dios creó las especies y directamente al hombre. La Iglesia católica aceptó la nueva teoría con más facilidad, manteniendo la intervención directa de Dios en el origen tanto del universo como del hombre.
El darwinismo resultaba demoledor en un plano más profundo: el ser humano dejaba de ser algo así como la culminación de la creación, una imagen de la divinidad, para reducirse a un suceso más dentro del universo; las cualidades que le distinguían del animal no procedían de una chispa divina, sino de la misma animalidad; y su vida dejaba de tener finalidad o sentido, no más en todo caso que el de tantas especies aparecidas y extinguidas a lo largo de eones. La lucha por la existencia no tenía otra finalidad que sobrevivir, y la supervivencia dependía de infinitos azares biológicos. Perdían todo significado ideas como la expuesta por Pico de la Mirándola, del hombre capacitado por su libertad para elevarse a un plano semidivino o degradarse a la condición animal, base del concepto moral cristiano.
La acogida al darwinismo fue muy amplia, como nuevo y grandioso triunfo de la razón y la ciencia, aunque rebajase de tal modo el elevado concepto que el ser humano solía tener de sí mismo. Ya había ocurrido en pequeña medida con la teoría heliocéntrica, pero ahora con mucho más radical efecto demoledor. Por otra parte no fundamentaba una conclusión única, sino a varias distintas e incluso opuestas, como había ocurrido con el estudio racional de la economía, del que habían surgido interpretaciones antagónicas como el liberalismo, el comunismo o el anarquismo, y aun cada uno con sus variantes. Por ejemplo, el darwinismo podía entenderse como explicación de las guerras, tan detestadas como recurrentes, e interpretables ahora como un mecanismo inconsciente de selección biológico-social; o bien el concepto de evolución, asimilable al progreso, sugería –más difícilmente—una actitud pacifista y cooperativa, más próxima al cristianismo, aunque sin base real.
Una de sus derivaciones más importantes consistió en otorgar al racismo una supuesta base científica. Conductas racistas se dan probablemente en todas las culturas, pero en Europa se habían acentuado por su ventaja técnica y material sobre el resto del mundo, y también en el arte y el pensamiento. Hume lo había explicado y en Francia Joseph de Gobineau lo teorizó en los años 50: la raza blanca demostraba su superioridad por sus creaciones culturales, y dentro de ella la parte rubia o aria alcanzaba el máximo nivel. La mezcla de razas causaría degeneración, y los únicos que se conservaban puros eran los germanos (ya lo había creído observar Tácito). A su vez, las aristocracias eran superiores a la gente común, por tener un mayor componente ario. Alababa los antiquísimos textos védicos de India, que pregonaban la superioridad de los “de cabello y barba amarillos” y el odio a los de piel oscura.
El racismo era también muy intenso en Inglaterra y Usa. Cecil Rhodes, uno de los imperialistas ingleses más conspicuos y autor del gran designio de dominar la franja africana “de El Cairo a El Cabo”, estaba convencido de la superioridad de la raza anglosajona sobre todas las demás, por lo que “cuanta mayor parte del mundo colonicemos, mejor para la humanidad”. La derrota de España en la guerra del 98 con Usa fue ampliamente interpretada como efecto de la superioridad anglosajona sobre los decadentes latinos. Etc. El darwinismo daría lugar en muchos países a programas de esterilización y eugenésicos. Cabe ver también en el racismo cierta analogía con la doctrina protestante de los predestinados a la salvación.
A su vez, Marx y la izquierda saludaron las tesis de Darwin con fervor. Marx ponderó la teoría de la evolución como “la base para nuestras tesis a partir de la historia natural”: la lucha de clases manifestaría en el plano social la lucha biológica por la vida. Engels explicó en el elogio fúnebre al coautor del Manifiesto Comunista: “Igual que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana”. Parece que la admiración de Marx por Darwin no fue recíproca, pues el inglés no dejó de ser un investigador burgués, de querencia liberal. La religión siempre le preocupó, y finalmente se declaró agnóstico, admitiendo la incapacidad de la mente humana para penetrar el misterio último del universo. Algo que Marx habría calificado de cobardía e inconsecuencia.
También el liberalismo sacaba partido del darwinismo: la economía era la ciencia de los recursos escasos, reflejo social de la constante biológica que hacía perecer a los menos aptos. Y en la sociedad humana triunfaban económicamente los más aptos y se arruinaban los menos hábiles o afortunados, como la observación más elemental indicaba, en una pugna sin fin por la riqueza y el poder.
La marca darwiniana resalta asimismo en Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos más significativos del siglo. Nietzsche entendió que las tesis de Darwin demolían los principios de la moralidad y la especulación metafísica, dejando solo como motor de la vida el instinto de supervivencia, manifiesto en el hombre como voluntad de poder. Esa voluntad constituía la moral misma, que dictaba la necesidad biológica del imperio de los fuertes sobre los débiles e incapaces, pudiendo incluso “ayudar a perecer” a los últimos, en caso necesario. La historia real solo podía entenderse racionalmente como ejercicio de la voluntad de poder, bajo la farfolla inane de la moralina cristiana. Nietzsche recogía una tradición muy antigua, ya expuesta por algún sofista griego e impresa en la religión germánica con su gusto por la lucha y su pesimismo de fondo; pero ahora con base científica. La evolución debía desembocar en el superhombre, capaz de crear sus propios valores a partir de su voluntad de poder. Una visión de la vida radicalmente opuesta a la cristiana “religión de la compasión”, sobre todo en su versión católica; y Nietzsche la condenó sin ambages el cristianismo como insano, contrario a las leyes de la vida, debilitador de la fuerza y el poder, propi de esclavos e ineptos, como ya se decía en la Roma antigua.
En realidad, la consecuencia ideológica principal de la teoría de Darwin venía a ser el nihilismo: la vida, en general y humana, carece de sentido, por tanto de valor. Esto podría causar una desesperación total, pero una salida posible era la liberación de toda constricción moral o religiosa: cada uno podría construir su propia vida con los valores que le parecieran mejor: recogía la aspiración renacentista a construir la propia fortuna, pero sin el apoyo religioso que entonces se daba por hecho. Ahora cada uno podía dar a su propia vida el sentido que prefiriera: lucha de clases, lucha de razas, pacifismo, búsqueda del placer o del poder… El Hombre como dios, libre de constricciones morales y religiosas, adquiría una libertad absoluta sobre su vida, según una voluntad no obstante parecida al capricho, que giraría en el vacío. Macbeth estaría en lo justo.
No obstante, el dawinismo podía enfocarse de otro modo: la finalidad, excluida por el método científico, queda implicada en el hecho mismo de la selección e implica asimismo un designio, aunque no sea equiparable al del arquitecto, pues en otro caso produciría monstruos. La selección supone también un agente seleccionador, en este caso es “la naturaleza”, dotada de ciertas cualidades divinas desde Spinoza. Decir “Naturaleza” suena más científico que decir “Dios”, pero es un concepto tan poco claro como el de divinidad. O el de “Pueblo”. O el de “Razón”. O el de “Hombre”. De la naturaleza conocemos algunos aspectos, e ignoramos otros, y de hecho, la idea que se hacían de ella en los siglos XVIII y XIX iba a cambiar sustancialmente en el XX. Además, en el fondo del evolucionismo late el poderoso instinto de supervivencia, común a toda la vida, pero ¿de dónde salía ese instinto? En fin, era difícil salir de la tautología al explicar la supervivencia del más apto o del más fuerte: si salía adelante o triunfaba era por ser el más apto, y si era el más apto se debía a que triunfaba.
Y la casi feroz exigencia de sentido en la psique humana, que daba lugar a tantas especulaciones y mitos desde el origen de la sociedad, ¿podía ser un simple error gratuito de nuestra mente, ajeno al resto de la naturaleza que marchaba sin finalidad alguna? ¿No exigía la razón que sentido y finalidad fueran también “naturales” y no absurdos de origen no natural? ¿O habría en el hombre algo no natural, entonces?
Era preciso también estudiar de manera racional el propio cristianismo y la razón de su influencia a lo largo de casi dos milenios. De siempre se había aceptado la ineptitud de la razón ante ideas como la vida después de la muerte, la virginidad de María, la acción del Espíritu Santo, la divinidad de un hombre, sus milagros, su muerte como Dios por otros hombres, la resurrección, el carácter trinitario de la divinidad, etc. Todas ellas exigían fe, con la razón reducida a auxiliar parcial. Pero la razón podía desacralizarlas, y una vez hecho, convertirlas en objeto de chanzas, como habían hecho varios enciclopedistas. Naturalmente, Jesús era un hombre, no un dios, y en Alemania se emprendieron estudios científicos sobre su vida, circunstancias históricas y versiones contradictorias de los evangelios. Dentro de la moda racista, se le presentó como un ario de Galilea, zona de mezclas raciales, y no como judío de verdad. Su doctrina debía interpretarse, bajo apariencias contrarias, como una ruptura radical con el judaísmo, lo que explicaría su expansión por la Europa indoeuropea. El pensador francés Ernest Renan, en su Vida de Jesús trató de entender al ario Jesús, hombre y no dios, encontrándolo admirable: “hacerse amar al punto de que no haya dejado de ser amado desde su muerte, he aquí su obra maestra”. Jesús no habría fundado una religión con sus dogmas, que corresponderían más bien a San Pablo, sino un espíritu nuevo para la humanidad. Se puso de moda hablar del cristianismo céltico y germánico, negándole origen semítico, pese a que la insistencia cristiana en la igualdad ante Dios, la mansedumbre, la compasión, la paz, etc., casaban mal con las religiones arias.