Blog I: Ángel Maestro: http://www.gaceta.es/pio-moa/angel-maestro-05102014-1837
** “Cita con la historia, este domingo 5 de octubre, sobre la insurrección de 1934: wetransfer.com/downloads/18a60c769735768e410d134aae77975e20140929202440/b2fd737c5feaf2f547bdbd400f099d7320140929202440
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El 4 de mayo de 1946, mientras se recrudecían las amenazas sobre el franquismo, José Ortega y Gasset, el filósofo español más prestigiado dentro y fuera de España, reabría el histórico centro cultural Ateneo de Madrid con la conferencia “Idea del teatro”. Estaban presentes Azorín, Pemán, Marañón, D´Ors, Serrano Súñer, Sánchez Mazas , el embajador de Italia, el encargado de negocios de Usa y otras personalidades, además de una multitud que llenaba la sala, la planta baja y las aceras de la calle. Ortega invitó los jóvenes con inquietudes intelectuales a hablar “larga y enérgicamente”, y describió la situación de España y Europa en sus frases más recordadas: “Por primera vez, tras enormes angustias y tártagos, España tiene suerte. Pese a ciertas menudas apariencias, a breves nubarrones que no pasan de ser meteorológicamente anécdotas, el horizonte de España está despejado (…) Mientras los demás pueblos se hallan enfermos, casi todos, el pueblo español, lleno sin duda de defectos y de pésimos hábitos, da la casualidad de que ha salido de esta turbia y turbulenta época con una sorprendente, casi indecente salud”. El discurso, radiado a todo el país, fue desde luego un éxito de primer orden para el régimen, por lo que tenía de implícito refrendo intelectual del mismo.
Ortega ya había vuelto a España el año anterior, aún no definitivamente, después de un largo exilio en Argentina y Portugal –el Portugal de Salazar, también tachado de “fascista”–, y había constatado un ambiente muy distinto del que había conocido. Su caso merece atención por su repercusión política. Lo significativo es que nadie podía decir que Ortega se identificase con el franquismo, y este tampoco le exigió tal identificación. De hecho, seguiría cobrando su sueldo de catedrático –cargo del que le había desposeído el Frente Popular– sin obligación de dar clases[1], lo que fue un acierto –deliberado o no–, ya que permitió al filósofo dedicarse con mayor libertad a sus tareas, publicando entre otras La idea de principio enLeibniz, una de sus obras mayores, aunque incompleta, o fundando el Instituto de Humanidades, en 1948.
Como fuere, Ortega, agnóstico y liberal, no encajaba bien en un régimen que se identificaba como católico. El desajuste originó un interesante debate centrado en él y en menor medida en Unamuno, que ha estudiado A. Martín Puerta y en el que entraron en liza los rectores universitarios falangistas Laín Entralgo y Antonio Tovar, también Dionisio Ridruejo y Julián Marías, este marginado de la universidad; opusdeístas ligados al CSIC y su revista Arbor, como Calvo Serer, Pérez Embid o Antonio Fontán; católicos de la ACNdP como Pemán o García Escudero, jesuitas como J. Iriarte o Roig Gironella, el dominico S. Ramírez, y otros. La discusión empezó ya en 1942 con críticas de algunos estudiosos católicos a las ideas de Ortega y a las de Unamuno, y persistió casi dos decenios, llegando a intervenir el episcopado[2].
La cuestión era primariamente si las filosofías de Ortega y de Unamuno podían admitirse como orientadoras o magisteriales en una España confesionalmente católica. Los escritores próximos a la jerarquía eclesiástica –no todos– denunciaban, con buenos argumentos, el tono agnóstico de Ortega y sus puntos de vista generales, a duras penas o nada compatibles con la doctrina cristiana. También criticaban la afición de Ortega a hacer frases vacías o arbitrarias, y lo incompleto o asistemático de su pensamiento, que reducían finalmente a puro subjetivismo. Esto último lo destacaban también en Unamuno, que nunca apreció la razón o el sistema (dos de sus libros, Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo, fueron inscritos en 1957 en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia, aunque siguieron vendiéndose).
Los falangistas ya desde 1940 se esforzaron en reunir en la revista Escorial a escritores no falangistas como Azorín, Menéndez Pidal, Baroja, Zubiri… –y tendieron la mano a los del exilio, que, con cierto rencor, la desdeñaron–, por lo que mostraron en torno a Ortega un espíritu mucho más abierto que los eclesiásticos. A decir verdad, Ortega era valorado en la Falange como un maestro, apreciando en él una fertilidad de ideas y estilo a imitar, y una afinidad de pensamiento; incluso podía encontrársele alguna compatibilidad con el fascismo, por su insistencia en las élites[3] o “minorías selectas” y autoexigentes, en contraposición al “hombre masa”, al “señorito satisfecho” que cree tener todos los derechos y ninguna obligación, como expresa en La rebelión de las masas. Su España invertebrada, un análisis histórico cuestionable y hasta disparatado, muy apreciada en círculos de Falange[4], venía a sostener que España fallaba precisamente por falta de tales minorías selectas que la vertebrasen, habiéndolo hecho todo “el pueblo”. Y debe entenderse que si bien los falangistas se declaraban católicos, su identificación con la jerarquía eclesiástica y la confesionalidad del estado resultaba a menudo un tanto forzada. Aparte de ellos, Julián Marías, católico nada falangista y discípulo de Ortega, debatiría ardorosamente contra sus críticos eclesiales, tildándolos de ignorantes y tergiversadores.
Paradójicamente, aquellos falangistas pro Ortega eran o habían sido los más próximos al nazismo y partidarios de la entrada de España en la guerra mundial, lo que explica bastante su evolución posterior en sentido contrario (liberal, socialdemócrata), nunca bien aclarada por ellos.
La polémica cobró en 1949 un contenido más amplio que la discusión entre posiciones más o menos integristas y aperturistas. Ese año, Laín Entralgo publicó su España como problema, donde plantea la causa de que haya predominado el enfrentamiento y no la integración intelectual entre liberalismo y tradicionalismo, con efectos esterilizantes, entre ellos la escasez de ciencia. Para Laín, Ortega representaría el pensamiento liberal, la europeización, y Ángel Herrera, fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNdP) un nuevo catolicismo también europeo, bien formado e informado, moderno[5]. Los dos permitirían el acercamiento de posturas antes irreconciliables –tradicionalistas y progresistas– que habían hecho árido el siglo XIX español. Laín propugnaba “vivir instalados en la historia universal” (una de las ocurrencias extravagantes de la España invertebrada era la de la “tibetanización” o aislamiento de España). Quizá instalarse en la “historia universal” habría consistido en participar en las feroces guerras mundiales.
España como problema derivaba en realidad de la famosa frase de Ortega “España es el problema y Europa la solución”, con sentido en la tesis orteguiana de que la historia hispana había sido “anormal”, “enferma”, y debía curarse en una “Europa” idealizada y mal conocida, que poco después se despeñaba en la Gran Guerra. En septiembre de 1949, Ortega pronunció en Berlín una conferencia, DeEuropa meditatio quaedam, a la que acudieron miles de oyentes en tropel, ocasionándose incluso heridos. En ella criticó la democracia como sistema inclinado al despotismo, distinto e incluso opuesto al liberalismo. Expresó su teoría sobre las naciones y su aparición histórica, y señaló que Europa había vivido en forma dual, la propiamente europea y la nacional, siendo esta una densificación de la primera en algunas zonas. El origen de Europa estaría en el Imperio Romano, pero, llamativamente, dejó de lado el carácter cristiano de su cultura. Con optimismo afirmó que el continente vivía una hora crepuscular, pero no vespertina, sino matutina, pues había llegado el momento de avanzar hacia unos Estados Unidos de Europa, una nueva nación o supernación. Implícitamente, la nación española se diluiría en esa nación nueva, que generaría su correspondiente nacionalismo.
Laín habla con entusiasmo del “proyecto de Ortega”, “la futura España, magnífica de virtudes, la alegría española”, pues “Patria es lo que no hemos sido y tenemos que ser”. Ahí hay poco más que retórica bienintencionada y vacua, apta para ayudar, entre otras cosas, a los separatismos, a su vez deseosos de sus “patrias” particulares. Pues estos también condenaban implícitamente el pasado de sus respectivas regiones por haber aceptado la opresión de una España “enferma” y “anormal”, separarse de la cual no dejaba de ser una postura lógica. La parte positiva de Laín consistía en su oposición al sectarismo y al autoencierro en las viejas y cerradas hostilidades entre el pensamiento liberal y el tradicionalista.
Le replicó Calvo Serer, del Opus Dei, en otro libro, España sin problema señalando razonablemente que “la primera actitud al enfrentarnos con los problemas españoles es que dejemos de considerar problemático el destino nacional”. El mal habría partido del siglo XVIII, desnaturalizador de la cultura española, intrínsecamente católica. Achaca a los católicos liberales y democristianos ineptitud para afrontar las revoluciones que han marcado el siglo XX europeo. Y en cualquier caso, el problema de España se habría resuelto definitivamente con la victoria de los nacionales en 1939 y la confesionalidad católica, que auguraba un nuevo esplendor cultural: “El catolicismo cultural es condición sine quanon para la vida española. Por ello hay que apartar inflexiblemente cuanto intente atacarlo”. La Guerra Mundial habría reducido las alternativas a dos: sovietización o americanización, ambas contrarias a la civilización cristiana europea; pero España debía seguir su propio camino, señalado por Menéndez Pelayo, Donoso Cortés y Maeztu. Para Calvo y afines, el recurso a los filósofos de la Iglesia como Santo Tomás y a los intelectuales aludidos clarificaba todos los problemas. Esa actitud militante y cerrada excluía desde luego a Ortega y gran parte del pensamiento español y europeo. Podría explicarse por el brutal trauma del genocidio anticristiano del Frente Popular, pero solo podía justificarse si prologaba un nuevo Siglo de Oro… lo que no era el caso: la cultura de la época tenía un buen nivel, pero lejano de tal áureo ideal[6].
Además, la cultura española, en general, distaba de seguir las directrices eclesiásticas, y vista la pretensión de algunos obispos de dictar lo que se podía y no podía leer, la impresión en las gentes culta solo podía resultar asfixiante, por mucho que utilizara argumentos enjundiosos. Esa sensación de asfixia abonaba un anticlericalismo creciente entre los universitarios: llegó a haber incidentes y quema pública de un libro antiorteguiano en la universidad de Madrid.
La larga polémica produjo libros, ensayos y artículos. Como puede verse, afectaba a la propia concepción del régimen, por lo que podría haber ocasionado medidas administrativas (en grado menor, Calvo Serer y algunos de los suyos perdieron sus puestos en la revista Arbor, del CSIC, más por excesos políticos que por las mismas ideas en pugna). La discusión se mantuvo en un plano intelectual de considerable altura y en términos básicamente liberales; es decir, los autores se expresaron con libertad, y las críticas no afectaron al propio Ortega y su trabajo, aunque probablemente le enojaran. El debate es casi siempre un signo de vitalidad intelectual, y aquel tiempo la tuvo. Compárese con la mediocridad y escasez de los debates actuales, pese a los graves problemas de nuestra época.
[1] Según versión de G. Morán. Otras versiones afirman que su último sueldo data de 1936.
[2] A. Martín Puerta, Ortega y Unamuno en la España de Franco. El debate intelectual durante los años cuarenta y cincuenta. Madrid 2009. Puede verse también mi reseña: “Gran debate intelectual de los años 40-50”: https://www.piomoa.es/?p=1899
[3] Me gusta más élite, como se transcribía la palabra francesa, que elite.
[4] He hecho una crítica de las ideas de Ortega sobre España, en Los personajes de la República vistos por ellos mismos y en Una historia chocante
[5] J. M. Cuenca Toribio ha estudiado las dificultades de la Iglesia en relación con la cultura moderna, en Estudios sobre el catolicismo español contemporáneo (varios volúmenes), y otros.
[6] En los años 50 tuvo lugar otra célebre controversia sobre el “ser” de España, entre los exiliados Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. El primero explicó las dichas de España por la confluencia de las “tres culturas”, musulmana, judía y cristiana, en la Edad Media. Y las desdichas por la expulsión de las dos primeras y prevalencia de la tercera, la más “bruta” y desdeñable, origen de un imaginario guerracivilismo español. La idea, realmente pintoresca, fue rebatida por Sánchez Albornoz, el mejor medievalista español del siglo XX, si bien este hacía de una supuesta “herencia temperamental” hispana anterior a Roma una –harto discutible–clave explicativa de la historia


Hace falta mucho radicalismo hueco para desdeñar tales logros, en lugar de construir sobre ellos. Pero éste es un rasgo también muy extendido entre la intelectualidad española. Decía Josep Pla, de Cataluña:
Una y otra vez serían los “gruesos batallones populares” quienes desbordasen y arrastrasen a los presuntos inteligentes, pese a lo cual nunca supieron éstos cambiar su estrategia, tan obsesionados estaban con la “demolición” del enemigo derechista. Sólo serían capaces de oponerse con violencia a los anarquistas, pero sólo porque desde el principio éstos hicieron la vida imposible a los republicanos, llevándoles al derrumbe político en 1933, con ocasión de la matanza de Casas Viejas.