Por qué el franquismo no pudo continuar

Blog I: José Antonio en perspectiva:http://www.gaceta.es/pio-moa/jose-antonio-perspectiva-19082014-2102 

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En tuíter, sobre Sonaros gritos y golpes a la puerta:

“Novela, sobre todo, de acción – llevada magistralmente por el narrador – y de reflexión – puesta en boca de los personajes” Zgzna.#SonaronG

“Los tintes heroicos o abyectos se funden resultando caracteres de carne y hueso…” Luis del Pino #SonaronGritosyGolpesaLaPuerta

“Impresionante cuadro de la guerra civil en Barcelona,la campaña de Rusia y la postguerra, en un estilo muy personal” MAF #Son…aronGritosyGo

“Las tertulias en Madrid son una espléndida fotografía de la época histórica y de las opiniones del momento”. Luis Segura #SonaronGritosyG.

“Creación de caracteres masculinos extraordinaria. Paco es el mejor de todos, se parece a los héroes de Grecia” I. Hernández #SonaronGritos

#SonaronGritosyGolpesaLaPuerta. “Increíblemente buena novela de guerra (Isabel Hernández)

“Enfoca la tragedia española y mundial con una visión dantesca en tres grandes cantos” A. Duque #SonaronGritosyGolpesaLaPuerta

“Esta novela contiene tantos matices, tantas notas, que me obligan a compararla con una sinfonía”Paco Linares #SonaronGritosyGolpesaLaPuerta

“Lo recomiendo, deseo que más gente disfrute de este trabajo, da placer, te hace pensar, enseña y entretiene”. Paco Linares #SonaronGritos

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   En el comentario de hace unos días sobre el fracaso cultural del franquismo, describí por encima cómo en aquel régimen se desarrolló una cultura muy considerable, probablemente bastante superior a la actual, pero que no era en su mayor parte franquista, aunque sí tolerada liberalmente por aquel régimen. Y en otro artículo en la Gaceta criticaba  a ciertos liberales (siempre los ha habido de distintas tendencias) por sus críticas  frívolas (o algo peor) al franquismo, recogidas en gran parte de la propaganda comunista: Haciendo balance de logros y fracasos,  el franquismo ha sido el régimen más fructífero para España, con mucho, en al menos dos siglos, y pensar que podría igualarlos cualquiera de los corruptos partidos actuales insulta a la inteligencia. Nuestro comentarista manuelp encuentra una contradicción entre  este punto de vista y la defensa de la democracia liberal, pues si esta ha sido mucho menos fructífera que el franquismo, ¿por qué preferirla?

   La razón básica, a mi juicio, es que el franquismo no fue un régimen teorizado, con una doctrina propia, sino una dictadura –en el sentido romano del término–, que hizo frente a una crisis histórica gravísima y la superó con brillantez, dejando un país apto para una democracia no convulsa.

   En los años 40, el franquismo fundó el Instituto de Estudios Políticos con el fin de fundamentar un pensamiento político propio, que superase tanto a la democracia liberal como al marxismo. Es sabido que el Instituto auspició trabajos muy notables, pero dispersos, sin cumplir el cometido previsto, quizá porque era imposible. Por lo demás, el franquismo no fue un régimen de partido único, sino un conglomerado de “familias”, partidos políticos con limitaciones. Monárquicos, carlistas, falangistas, Iglesia, tenían idearios muy distintos, incluso opuestos;  y el ejército, sin ideología precisa, pesaba decisivamente en favor de la dictadura. Esas tendencias solo podían ser mantenidas en equilibrio por la autoridad de una personalidad muy destacada, y eso fue Franco, una vez más dictador en sentido romano, que supo sacar el mejor partido de todos ellos. Por eso, desaparecido el Caudillo, se hacía inevitable una evolución distinta, y cada cual tiraría por su lado, como efectivamente ocurrió. A la falta de un pensamiento político franquista coherente le sucedió una falta de pensamiento democrático, sustituido por  trivial y superficial charlatanería seudodemocrática (¿qué otra cosa podían inspirar Juan Carlos o Suárez?), que solo ha podido funcionar, aunque bastante mal, por el inmenso legado de prosperidad y reconciliación dejado por el régimen anterior, y por la presión de la CEE, luego UE, y la más razonable de Usa.

    Mirando atrás a los protagonistas de la transición después de Fernández Miranda (lo he hecho en La Transición de cristal) , solo cabe lamentar que una ocasión histórica tan favorable se convirtiese en un galimatías que ha echado a perder gran parte de los logros franquistas: el patriotismo español, el sentido de la independencia y la dignidad del estado, una envidiable salud social,  incluso una prosperidad económica sana, sustituido todo ello por presiones separatistas, hispanofobia casi generalizada, auge de todos los registros de enfermedad social y una economía de crecimiento más lento, con grandes altibajos y mucho desempleo.

   Creo que una labor fundamental por hacer es  analizar y rescatar el legado franquista en lo que tiene de  aprovechable en una situación democrática normal e históricamente distinta. Porque todo lo bueno ocurrido desde la muerte de Franco puede considerarse herencia de su régimen, y todos los ataques y peligros  tienen como común denominador el antifranquismo: terrorismo y colaboración con él, corrupción en oleadas, politización de la justicia, impulsos balcanizantes, pisoteo de la Constitución, aun siendo esta tan defectuosa… Estas evidencias no acaban de  entrar en la cabeza de la mayoría, desnortada por un nuevo Himalaya de falsedades como el que señalaba Besteiro del Frente Popular.

   La tarea exige cierto esfuerzo teorizador y no puede hacerse con tópicos “franquistas” como los de la conspiración judeomasónica (que Franco invocaba, pero que no le influyó en la política práctica), que son, en realidad, una renuncia a todo pensamiento; o la presunción de que el catolicismo es también una doctrina política; o la esperanza en algún nuevo dictador militar; o la presunción de que cuando no había liberalismo la sociedad era maravillosa. La pobreza del “franquismo” en este terreno es deplorable. Conviene también renunciar a expectativas grandiosas. Al final de la guerra civil, en la euforia del momento, se creyó que España podía volver al Siglo de Oro, incluso en el terreno militar. La consigna del “Imperio” se entendía en un sentido literal, ya anacrónico, referido a territorios de África, y sobre todo en un sentido espiritual, como ejemplo e influencia cultural para el resto de los países hispanos, incluso para otras regiones del mundo.  Pero la cultura española del siglo XX, aun si muy lejos de ser desdeñable, no podía aguantar el contraste con el empuje cultural, científico, literario o artístico, de Francia, Alemania, Inglaterra o Usa. Era comparativamente una cultura pobre, incapaz de ejercer ningún “imperio”, aunque en algún campo pudiese destacar.  Después de la IIGM, la cultura europea ha descendido muchos puntos, lo cual no es un consuelo, y hoy por hoy la creatividad cultural española es muy baja. En fin, hay una gran tarea por delante para quienes  quieran reflexionar sobre estos asuntos sin dejarse llevar por ilusiones vanas.

 

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Los cleros separatistas ante la persecución religiosa

Blog I: Necesaria autocrítica liberal:http://www.gaceta.es/pio-moa/necesaria-autocritica-liberal-17082014-2013

***Grecia: https://www.youtube.com/watch?v=8AXY045Yu9k

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Apenas desatada la guerra civil, en octubre de 1934, comenzó la matanza de clérigos, 34 de ellos en Asturias, y tres más en Palencia y Cataluña. En julio de 1936, apenas armadas las masas por el gobierno de Giral, la matanza tomó proporciones gigantescas hasta convertirse, probablemente, en la mayor persecución religiosa de la historia, más mortífera que la de la Revolución francesa o a las de la época romana.

 Acosados como alimañas, unos 7.000 religiosos, más 3.000 laicos, fueron sacrificados a menudo con extrema crueldad, por el mero hecho de sus creencias. Hubo sacerdotes toreados, y a algunos les sacaron los ojos, o les cortaron la lengua o los testículos. Otros fueron arrastrados por tranvías u otros vehículos hasta morir. Once detenidos en una checa de Valencia fueron golpeados y descuartizados con mazas y cuchillos. Un cadáver tenía una cruz incrustada en los maxilares. Algunos fueron arrojados a fieras del zoo madrileño…, y así un largo catálogo de horrores. Los cadáveres solían ser ultrajados, quemados, objeto de burlas, desenterrándose incluso ataúdes de monjas fallecidas años antes, para irrisión pública.

También fueron incendiadas o destrozadas innumerables obras de arte, edificios, pinturas, esculturas, etc., así como bibliotecas antiguas y valiosísimas de monasterios e instituciones educativas (recuérdese que, al instaurarse la República, varias bibliotecas fueron pasto de las llamas a manos de los anticlericales, entre ellas la principal de los jesuitas en Madrid, considerada por muchos como la segunda de España después de la Biblioteca Nacional). Diversos dirigentes izquierdistas hicieron declaraciones felicitándose de la erradicación de la Iglesia en España, y en periódicos republicanos, como el azañista Política
, podían leerse verdaderas incitaciones a la destrucción del patrimonio histórico de carácter religioso.

Esta persecución estaba inscrita en el ideario jacobino y revolucionario como algo necesario para alcanzar los fines de emancipación humana a que las izquierdas decían aspirar. A tal punto les parecía urgente aquella “limpieza” que la llevaron a cabo sin atender a su tremendo coste político, pues aquella indisimulable oleada de crímenes y destrucciones impidió al Frente Popular “vender” adecuadamente en el exterior la imagen de democracia y cultura con la que pensaban ganar el respaldo de las democracias. Sólo los regímenes soviético y del PRI mejicano apoyaron, como es sabido, a las izquierdas españolas: ambos habían llevado a cabo sus propias y sangrientas persecuciones religiosas.

Lógicamente –y éste fue otro efecto político de gran alcance–, la Iglesia, en su inmensa mayoría, tomó partido por quienes la salvaban y contra quienes la exterminaban. Con eso contaban los perseguidores, pero no les importó, sobre todo en los primeros y especialmente mortíferos meses de la guerra, cuando estaban seguros de vencer y de poder ajustar cuentas en todo el país con sus enemigos. Sin embargo, hubo excepciones entre los eclesiásticos, como el famoso padre Lobo, colaborador de la propaganda revolucionaria, o sectores importantes del clero vasco y catalán.

En Cataluña se dio el caso curioso de que la Esquerra, pese a su intenso jacobinismo, hiciera lo posible por salvar a los curas… nacionalistas. Un informe al cardenal Gomá, guardado en su archivo y recientemente publicado por José Andrés-Gallego y A. M. Pazos, dice: “Ha llamado poderosamente la atención el hecho de que los sacerdotes militantes del catalanismo hayan salido todos indemnes, mientras sucumbían a centenares sus hermanos”. Cabe dudar de que todos salieran indemnes, pero hubo una operación política para favorecerlos, excluyendo a los curas catalanes no nacionalistas. El propio Vidal i Barraquer pudo librarse, dejando abandonado, al parecer por un malentendido, a su obispo auxiliar, Manuel Borrás, asesinado poco después.

La solidaridad de los clérigos nacionalistas con los demás fue muy escasa. Madariaga cita a una de sus “lumbreras”, acaso el mismo Vidal: “Los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido primero a la Iglesia”. Para aquella lumbrera, las víctimas eran las culpables. Pero si tal hizo el clero, ¿por qué habían de masacrarlo –no sólo quemaban iglesias– los revolucionarios, primeros interesados en erradicar la religión? ¿No debieran haberlo felicitado, más bien? Posturas similares continúan hoy, por ejemplo en el fraile ideólogo e historiador Hilari Raguer.

Insolidaridad pareja vemos en el clero nacionalista vasco. Buena parte de él se sentía estrechamente ligado al PNV, en el cual veía un defensor de la religiosidad de los vascos, considerados una especie de nuevo “pueblo elegido”. Quien quizá expresó mejor esa insolidaridad de raíz fue el muy católico Irujo, ministro de Justicia en el Frente Popular, en una propuesta de decreto encaminada a mejorar la imagen exterior de las izquierdas: “La pasión popular, confundiendo la significación de la Iglesia con la conducta de muchos de sus prosélitos, [hizo] imposible en estos últimos tiempos el ejercicio normal del derecho de libertad de conciencia y práctica del culto”. La matanza y destrucción sistemáticas quedaban reducidas, para consumo exterior, a la simple eliminación del derecho al culto, atribuido, además, a una “confusión popular”. Las víctimas, por su “conducta”, habían merecido de algún modo el castigo.

Al revés que los nacionalistas de Álava y Navarra, los de Guipúzcoa y Vizcaya, creyendo a los revolucionarios destinados a vencer, optaron por éstos a cambio de un estatuto de autonomía, que se proponían rebasar aprovechando las circunstancias. Cuando los navarros ocuparon Guipúzcoa, la autoridad militar fusiló a 12 ó 14 sacerdotes nacionalistas por sus actividades políticas. El PNV y el clero adicto hicieron grandes protestas en la prensa extranjera y en el Vaticano, apoyándose en sectores “progresistas”, especialmente franceses, pese al carácter tradicionalmente muy reaccionario y antiliberal del nacionalismo vasco. Franco cortó los fusilamientos, pero el clero peneuvista persistió en su campaña para negarle el carácter de defensor de la Iglesia. En realidad, dicho clero se desentendió por completo de la suerte del clero perseguido, justificando de diversas maneras la persecución.

El proyecto de decreto de Irujo señalaba además: “una parte de la Iglesia católica, concretamente la de Euzkadi, ha sabido en todo momento cumplir su misión religiosa con el máximo respeto al Poder civil (…) Por eso no ha sufrido el más leve roce con sus intereses”. Sin embargo esta parte era tan falsa como la anterior. En la zona bajo autoridad del PNV habían sido asesinados nada menos que 55 sacerdotes que, por no ser nacionalistas, no merecieron la menor atención reivindicativa ni protesta del clero ni de los políticos sabinianos, contra lo ocurrido con los fusilados en Guipúzcoa por los franquistas. Otros cientos de religiosos vascos fueron masacrados en el resto del país ante la misma fundamental indiferencia de los clérigos nacionalistas.

Por supuesto, Irujo hizo aquí y allá algunas gestiones en favor de los perseguidos, y algunas denuncias ocasionales. Por ello ha recibido un reconocimiento algo excesivo, si lo comparamos con su política básica de ocultación de la realidad al exterior, de connivencia de hecho y desde el gobierno con los perseguidores, y de apoyo a la propaganda revolucionaria, todo ello sin asomo de protesta de los religiosos peneuvistas. En realidad, ésta era la moneda de cambio por las vulneraciones del estatuto, como exponía el lehendakari Aguirre ante las protestas de las autoridades izquierdistas: “Euzkadi sirvió con su ejemplo de único argumento en el exterior, invocado tantas veces en la Sociedad de Naciones y por numerosos políticos, incluso comunistas, como la señora Ibárruri en sus mítines de propaganda exterior”. Los servicios prestados por el PNV y su clero al Frente Popular fueron muy estimables, pero las izquierdas creían excesivo el pago que por ellos se tomaban los sabinianos.

Creo que estos precedentes ayudan a entender sucesos actuales.

(En LD, 20-12-2002)

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Franco, Hitler y Mussolini (y II)

Blog I: España en Europa.http://www.gaceta.es/pio-moa/espana-europa-15082014-1926

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Lo expongo a su aguda crítica:

  Si las diferencias entre los dictadores alemán e italiano por un lado, y el español por otro, son definitorias, también las hay de peso entre los dos primeros. Hitler admiraba a Mussolini, teniéndolo por su maestro, pero este, hasta entrados los años 30, negó la afinidad del fascismo con el hitlerismo, aunque luego procuraría cierta identificación entre ambos.  Llegado al poder en 1922, Mussolini respetó las formas parlamentarias, debilitadas en 1924 tras el asesinato del socialista Matteotti por sicarios fascistas, pero no destruidas del todo hasta 1931. Hitler, gobernando desde 1933, fue mucho más rápido y drástico en eliminar la democracia liberal, combinando una despiadada voluntad con un oportunismo sin miramientos.

   Aún más significativa  es la diferencia ante el derramamiento de sangre. Mussolini fue, en general, poco sanguinario, y el caso Matteotti fue más la excepción que la regla,  mientras  que Hitler, similar en eso a los comunistas, demostró siempre disposición a pasar por encima de cuantos muertos fuera preciso para hacer triunfar sus ideas, aunque ello no fuera claramente visible hasta la propia guerra mundial: como ya vimos, cuando ayudó a Franco, sus principales víctimas las había hecho en la depuración de sus propias milicia (Stalin, en cambio, ya acumulaba una montaña de cadáveres).

   Tampoco compartía el Duce el racismo y el antisemitismo nazi, como quedó indicado: había en las filas fascistas un número de judíos proporcionalmente mayor que en la población, y hasta 1938 no se promulgaron en Italia leyes antijudías, por influjo de su aliado y escasamente cumplidas. Para entonces,  Mussolini, cada vez más inseguro, sentía una especie de fascinación por su socio, y ello, junto con el deseo contradictorio de crearse un área de influencia en el Mediterráneo que le evitara  la total supeditación al III Reich, le  empujaron probablemente  a la fatal decisión de entrar en la guerra[1].  

    Por otra parte, la guerra demostraría la escasa sustancia del revolucionarismo y el estilo heroico en Italia, poco más que una fachada, agrietada por los primeros reveses. En realidad, para Alemania la colaboración mussoliniana fue una rémora, a la que debió parte considerable de su derrota final, por el retraso impuesto a la invasión de la URSS y otras cosas. Tampoco funcionó el Eje Berlín-Roma-Tokio con su tercer socio, pues Alemania y Japón llevaron cada una la guerra por su lado, sin coordinación, en contraste con la alianza entre  las potencias anglosajonas y la URSS cuya ayuda mutua funcionó con gran eficiencia, pese a los densos recelos entre ellas.

 

   De Hitler y Mussolini, como de Lenin, puede decirse que fueron hijos de la I Guerra Mundial.  El primero participó en ella con entusiasmo, como soldado y cabo; fue herido dos veces y ganó las cruces de hierro de segunda y primera clase. El italiano, de ideas socialistas, rechazó el abstencionismo de su partido y luchó también como soldado y cabo en el bando antialemán, siendo herido y condecorado. Por su belicismo, el servicio secreto británico subvencionó su periódico Il popolo d´Italia, a través, precisamente, de Hoare, contribuyendo así al nacimiento del fascismo. Las ideas de ambos líderes recibieron mayor concreción en el espíritu de camaradería, jerarquía y sacrificio de las trincheras, así como en la posguerra, un tanto desastrosa para ambos países.. Esas experiencias cruciales  fueron ajenas a Franco, dado que España permaneció neutral.

    Mussolini y Hitler salieron de la mediocridad económica y social, incluso de la pobreza, para alcanzar la dirección del estado, lo que nunca habrían logrado sin poseer una personalidad muy destacada. Pero, por fuertes que fueran sus personalidades, probablemente no habrían pasado de agitadores locales sin las transformaciones traídas por la gran contienda europea, que  desintegró cuatro imperios –otomano, ruso, alemán y austrohúngaro, e hizo surgir naciones y rivalidades nuevas; y, ante todo, el primer estado socialista de la historia. El liberalismo europeo entró en una grave crisis intelectual,  moral y política, pues los dos bandos beligerantes habían sido más o menos liberales y parlamentarios (menos el otomano, favorable a Alemania y Austria-Hungría, y el ruso, aliado de Francia e Inglaterra). Corrientes ideológicas como el psicoanálisis, los fascismos, un marxismo expansivo, o cierto nihilismo, afectaban a las sociedades y se reflejaban en actitudes ante la vida, la moral, la ciencia y el arte.

    La cuestión comunista se planteó como el mayor reto de civilización. Lenin había condenado como traidoras a las socialdemocracias que habían apoyado a sus respectivos gobiernos en la guerra, y había llamado a convertir la “guerra imperialista” en guerra civil para derrocar a las regímenes capitalistas. Lo había logrado en Rusia, con fundamental ayuda del Estado Mayor alemán, que así había querido descomponer al ejército ruso. Millones de personas en todo el mundo, incluidos intelectuales, liberales y algunos grandes capitalistas,  entendieron la revolución de Lenin como un magno y esperanzador experimento social, valorando la terrible guerra civil subsiguiente como el coste inevitable para alcanzar una sociedad nueva, atea, científica, sin explotación,  más progresista, libre y productiva que cualquiera anterior en la historia. Lenin justificó su revolución en un país mayormente agrario como espoleta de la revolución en la industrial Alemania; y esta, terminada la guerra mundial, sufrió varias intentonas comunistas, aplastadas sin contemplaciones por el gobierno socialdemócrata.  Por otra parte, en toda Europa mucha gente percibió el comunismo  como una amenaza letal para la civilización de Occidente; y el fascismo fue una de sus respuestas.  

   La historia de Europa entre las dos guerras mundiales puede definirse, hasta cierto punto, como  una pugna entre comunismo, fascismo y demoliberalismo. Los tres hunden sus raíces en la Ilustración y, de un modo u otro, en la Revolución francesa. Todos se proclamaban modernos, acristianos o anticristianos y hacían del hombre –es decir, de diversas concepciones del hombre–  la medida de todas las cosas, idea radicalizada por el nazismo, verdadera vanguardia en “la preocupación por la ecología, la reforma ambiental y la contaminación”; además de extremar la eugenesia, la eutanasia y el racismo, ya presentes en regímenes socialdemócratas o liberales[2]. Se ha tildado a los fascismos de “irracionalismo”, de romper con la Ilustración y las tradiciones europeas,  por la importancia dada a la voluntad y los sentimientos por encima de la razón. Pero una razón que desvalorizase la voluntad y los sentimientos sería una razón harto irrazonable  y con poco fundamento en la experiencia histórica. Por lo demás, el ser humano necesita en todos los casos justificarse racionalmente, y los fascismos, como cualquier otra ideología, lo hicieron, con mejor o peor fortuna. Parece acertada la conclusión de S. Payne al respecto.

   Revelan bastante las críticas intercambiadas entre los tres grandes movimientos. Fascistas y comunistas coincidían parcialmente en sus ataques al liberalismo, tachado por ambos de explotador y creador  de injustas e injuriosas desigualdades sociales. Para el marxismo, la democracia liberal (“burguesa”) constituía un simple disfraz de la explotación capitalista, cuya lógica interna conducía a la concentración del poder económico y político en una oligarquía industrial- financiera (el “imperialismo”), a la opresión creciente del proletariado y de las colonias, y a guerras imperialistas por el reparto de mercados. Según los fascismos, la democracia liberal se regía por el engaño y la demagogia, dando a unas masas inevitablemente ignaras la posibilidad de decidir sobre las élites gobernantes, allanando así el camino a las revoluciones bolcheviques: el demoliberalismo sería un régimen decadente, útil acaso para  el imperialismo anglosajón, mientras que a Alemania e Italia (y a  España) les habría traído la convulsión política y el peligro comunista.

  Este doble ataque ha recibido a su vez el contraataque liberal. Hayek y otros han igualado a fascistas y comunistas sobre la base de un común socialismo (el partido de Hitler se llamó Nacional Socialista Obrero Alemán, que recuerda al Partido Socialista Obrero Español), y Mussolini derivó su ideario de su anterior militancia socialista. El socialismo compartido en diversos grados por comunistas y fascistas, significaría, en definitiva, el intento de regular y planificar desde el estado la economía, y a partir de ella, de toda la sociedad, aboliendo las libertades individuales  y la herencia cultural europea.  El intento estaría abocado al fracaso por su propia lógica, ya que es imposible predecir o planificar las necesidades y deseos de los individuos,  las invenciones y las empresas, que solo pueden surgir espontáneamente de la iniciativa individual en una sociedad libre. Y, en efecto, cabe encontrar  similitudes entre el comunismo y los fascismos, con la salvedad de que ni en la Alemania nazi ni mucho menos en la Italia fascista fue abolida la propiedad privada, sino solo regulada (de ahí la crítica comunista al fascismo como una seudorevolución para salvar el poder del gran capital); y de que el estado policial fue más completo en los estados de tipo soviético (el fascismo italiano apenas tuvo ese carácter). El totalitarismo también caracterizó mucho más a los regímenes comunistas, donde el partido ocupó el estado, y el estado la sociedad entera, que en el hitlerismo, cuyo partido ocupó en gran medida el estado, pero este no llegó a absorber a la sociedad; en Italia, el partido fue más bien el estado el que controló al partido. Por otra parte, la prosperidad lograda en el nazismo y la menor, pero considerable, en el fascismo, indican que la inviabilidad económica achacada al socialismo no siempre se cumplía; y también la socialdemócrata Suecia prosperó notablemente mientras las economías liberales se estancaban en la crisis.

   Los liberales catalogaban a los fascismos como una nueva barbarie con rasgos nihilistas. Estos, por contra, se tenían por  salvadores de la cultura occidental, o de lo que merecía salvarse de ella, realizando las transformaciones sociales oportunas  frente al expansionismo comunista y la decadencia liberal. Contra el internacionalismo marxista cultivaban un intenso patriotismo, pero algunos de ellos estaban dispuestos a acatar la hegemonía de otra nación, la Alemania nazi; aparte de que el fascismo italiano tenía pretensiones universalistas y el alemán europeístas. Y paradójicamente, el internacionalismo soviético fomentaba el absorbente nacionalismo ruso de “la revolución en un solo país”, a la que todos los comunistas del mundo debían supeditar los intereses de sus respectivas patrias. Los fascistas  insistían  en las élites, la jerarquía y la disciplina, frente a la constante apelación comunista a las masas, a las que atribuían la decisiva fuerza creativa y decisoria en la historia. Por nueva paradoja,  el diseño de los partidos comunistas de “revolucionarios profesionales”,  extremaba aún más que los fascistas el elitismo, la jerarquía y la disciplina; y el culto a los líderes Lenin y Stalin superaría de lejos al del Duce y el Führer. Por supuesto, también los partidos liberales tenían sus propias jerarquías, disciplina y patriotismos. Parecen ser exigencias connaturales, con unas u otras formas, a las sociedades humanas.

      Para los fascistas,  el comunismo representaba miseria,  barbarie y destrucción de unas culturas seculares. También lo tildaban de subproducto de los intereses del gran capital (la plutocracia) y de la banca judía, aduciendo intervención del capital useño y otros en la industrialización de la URSS, y la nutrida presencia judía en la dirección del Partido Bolchevique y de la Cheká. A su vez, los comunistas presentaban a los fascistas como perros de presa del gran capital en crisis, el cual, renunciando al artificio democrático, los usaba para salvarse in extremis de la revolución “proletaria”.  La oposición más radical en aquellos años parecía la que separaba a fascistas de comunistas, lo que a veces permitía a los liberales una posición intermedia más favorable a unos o a otros, según las ocasiones.

   El juego entre las tres corrientes dio lugar a muy diversas combinaciones, pactos y alianzas, extremados durante la guerra de España y más aún en la mundial. En España  intervinieron alemanes a italianos por una parte, y soviéticos por otra, mientras Francia e Inglaterra permanecían relativamente al margen, procurando que la hoguera no se expandiera al resto del continente, donde  había sobrada leña seca. La contienda mundial tuvo dos fases: comenzó por una alianza que sorprendió a todo el mundo, entre nazis y soviéticos, dirigida directamente contra las democracias en por parte de Berlín e indirectamente por parte de Moscú. Al cabo de dos años largos, las alianzas se trastocaron,  uniéndose las democracias anglosajonas y la Unión Soviética para aplastar a  Hitler, tarea que requirió tres años y medio.

     Entre los que por comodidad llamamos fascismos, identificando algo arbitrariamente al alemán y al italiano, el primero despierta un interés especial: destruirlo requirió los esfuerzos combinados del Imperio Británico, la URSS y Usa, y aun así, contra todo y contra todos, llegó desde el Canal de la Mancha al Volga y desde el cabo Norte a las puertas de Alejandría. Hechos tanto más sorprendentes cuanto que entre sus desventajas estaba el desciframiento de sus códigos más secretos por sus enemigos, lo que permitía a estos prever muchos de sus ataques y ofensivas y actuar en consecuencia; y hubo de luchar en un frente interior, el de los movimientos de resistencia que desde 1943 minaban su retaguardia. Al mismo tiempo, sus crímenes masivos en el este y contra los judíos y otras minorías apenas encuentran parangón histórico, demostrando que sus conceptos racistas-biologistas distaban de ser mera agitación verbal: otra diferencia esencial con el fascismo italiano y, desde luego, con el franquismo, que pese a mantener una retórica antisemita, salvó a miles de judíos de la persecución nazi. Debe señalarse que el comportamiento general de Alemania en el oeste europeo, y salvo para los judíos,  fue bastante civilizado, por lo que apenas encontró allí resistencia hasta 1943-44, cuando su declive bélico se hacía evidente.

   Es obvio que todas estas ideologías y experiencias históricas eran profundamente ajenas a Franco, cuyo catolicismo le hacía en gran medida inmune a ellas, pese a sus agradecimiento a Hitler y a Mussolini, y su probable impresión, por aquellos años, de que le sería muy difícil sobrevivir a la derrota del Eje. El embajador useño Hayes relata en sus memorias de España:Pregunté al Caudillo si podía contemplar con serenidad la preponderancia que había adquirido la Alemania nazi sobre el continente con su fanático racismo y su paganismo anticristiano. Admitió que era una perspectiva que no tenía nada de agradable para España ni para él, pero confiaba en que no se materializaría. Juzgaba que Alemania haría concesiones, en el caso de hacerlas también los Aliados, restableciéndose así una especie de equilibrio en Europa. Insistió en que el peligro para España y para Europa era menor por parte de Alemania que de la Rusia comunista. No deseaba una victoria del Eje, aunque ansiaba una derrota de Rusia[3]. Creo que expresa perfectamente la actitud real del dictador español.

 

   Como sabemos, la aparente unidad de destino entre Mussolini, Hitler y Franco no se cumplió. El 26 de abril de 1945, Mussolini escribió a su esposa “He llegado  a la última página de mi libro”. Aún intentaría salvarse huyendo en un camión alemán con su amante Clara Petacci, pero unos guerrilleros comunistas y socialistas lo identificaron  y al día siguiente asesinaron al hombre y a la mujer. Poco después, los partisanos llevaron los cadáveres, más los de otros cinco jefes fascistas y los colgaron por los pies del techo de una gasolinera, dejándolos luego en tierra, donde la gente los pateó, escupió y orinó durante tres días. Muchos de los que ultrajaban los cuerpos habían aplaudido seguramente al Duce en sus días de gloria y popularidad. El final de Hitler no fue menos desastroso. Casi al mismo tiempo que moría su amigo Mussolini, redactaba su testamento político,  en el que reiteraba su odio sin fisuras  al “judaísmo y sus secuaces y encargaba a sus sucesores  “la observación escrupulosa de las leyes de la raza”, mostrándose orgulloso de no haber flaqueado en su determinación de exterminar al “judaísmo internacional”.  En otro testamento personal resolvía casarse con Eva Braun, que había rehusado  huir de Berlín. La boda se celebró en el búnker  desde donde el jefe alemán dirigía la guerra,  se brindó con champán y vino húngaro, y se hizo una fiesta ruidosa, mientras a pocos pasos la resistencia  de Berlín se hundía en un apoclipsis de llamas y explosiones. Al día siguiente, 30 de abril, Hitler y Eva se despidieron de los seguidores, negándose a intentar la huida. “Sé que mañana millones de personas me maldecirán. Así lo quiso el destino”.  Los dos entraron en su habitación donde Hitler se suicidó de un disparo en la boca, y Eva con veneno.

      Franco fallecería treinta años más tarde, de muerte natural tras una larga agonía. Pero en aquellos días no había la menor seguridad de que continuasen muchas semanas él y su régimen. Más bien estaba seguro casi todo el mundo de que las muertes del Führer y el Duce le arrastrarían también a él.

 



[1] Las diferencias entre el fascismo propiamente dicho y el nacionalsocialismo, están explicadas con detalle en S. Payne, El fascismo, Madrid 1992

[2] S. Payne, El fascismo, p. 108-9

[3] C. Hayes, Misión…, p. 296. Franco se equivocaba: Hitler no pensaba hacer concesiones reales, ni siquiera cuando la derrota total se le venía encima.

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El coste de la arrogancia

Blog I: Una gran confusión habitual: la democracia liberal y el franquismo:http://www.gaceta.es/pio-moa/gran-confusion-habitual-democracia-liberal-franquismo-13082014-2336 

#LosMitosDeLaGuerraCivil es probablemente el libro de historia más vendido en los últimos 10 años.Nunca rebatido en ningún punto importante. Reeditado con motivo del 75 aniversario de la guerra civil.

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   Cuando Usa decidió atacar a Irak por segunda vez,  se dio el caso de que la izquierda y demás se opusieron, mientras que Aznar decidió apoyar a Bush, aunque sin entrar directamente en la contienda… y sin explicar su posición. Ante la marea de demagogia izquierdista, unos pocos intentamos argumentar a favor de la decisión del PP y de la invasión de Irak, sin que el PP hiciera el menor uso del argumentario ofrecido (ese partido carece de ideas, salvo la de que la economía lo es todo, y por ello termina sumándose siempre a las iniciativas y leyes izquierdistas). La propia televisión oficial bajo el gobierno pepero funcionaba como aparato de propaganda de la izquierda.  Con típica arrogancia, pensó que, como en el caso del chapapote, la cosa pasaría, se olvidaría y no tendría consecuencias electorales. Y así habría ocurrido, probablemente, de no haber mediado el 11-m, que la izquierda explotó para presentar al PP como culpable de una venganza, decían, por  la célebre foto de las Azores. Ante esa acusación, el partido que no había sabido defender su postura cuando la guerra de Irak, quedó políticamente inerme.

   Básicamente, mi argumentación era que había tantas razones para intervenir como para no hacerlo, pero ya que nos habíamos metido en la OTAN, debíamos actuar como un aliado fiel. Hoy, a la vista de los resultados, creo que todo fue un inmenso error, sin que por ello los demagogos de izquierda tuvieran la más mínima razón: ellos eran simplemente antiuseños, siempre encantados con las tiranías “progresistas”, como hoy la de Maduro o la de Castro, antaño las de Stalin, Ho Chimin, Mao  y similares, incluso la de Jomeini. Estaban al lado de Sadam.

    El tremendo error useño nacía a su vez de una extraordinaria arrogancia: creían que su aplastante superioridad técnica iba a garantizar la victoria e incluso una democratización de Irak  que atraería a la democracia a los países del entorno a la vez que aseguraría la posición de Israel. Desde luego, la victoria militar fue fácil y rápida. Es un tipo de guerra en que la superioridad material resulta tan apabullante que excluye  las virtudes militares tradicionales de valor, heroísmo o patriotismo: todo se limita a una cuestión de profesionalidad, de mayor o menor pericia en el uso de los medios técnicos. Sin embargo, el cálculo ha resultado fallido en Irak, como en Afganistán, como antes en Somalia o en Beirut. Parece que los pueblos tienen su propia dinámica social e histórica, que muchos encuentran el modo de vida occidental menos envidiable de lo que aquí se cree, y que no se los puede democratizar desde el exterior a golpe de misil. La intervención exterior resulta humillante y suscita resentimiento, y una vez la lucha entra en el terreno resbaladizo del enfrentamiento civil, “de calle”, aquella superioridad técnica se diluye.

   En suma: los éxitos militares useños se han pagado a un coste altísimo para las poblaciones aparentemente libradas de tal o cual dictador,  las cuales han entrado en un remolino de guerra civil y disolución social, siendo los cristianos los grandes perdedores.Y también han  supuesto un coste finalmente inasumible para los “vencedores”, que van retirándose vergonzantemente  del sangriento embrollo que han montado.  El coste de la arrogancia. Así, Usa y la UE o parte de esta, han sido corresponsables de una terrible catástrofe. No contentos con ello, han ayudado a desestabilizar a países del norte de África donde gobernaban dictadores relativamente moderados, laicos y prooccidentales, haciéndose cómplices de asesinatos tan siniestros como el del Gadafi. Con ello, los musulmanes prooccidentales, siempre una minoría, han aprendido algo: que no pueden confiar en semejantes politicastros  de Occidente.

   Todavía hace muy poco estuvieron a punto de entrometerse en Siria, donde han fomentado una guerra civil terrible so pretexto de expulsar a “un dictador”.  Menos mal que Putin les paró los pies a última hora. Pero las consecuencias siguen ahí, expandidas a Irak, donde sus protegidos están cometiendo atrocidades inauditas, mientras el peligro del terrorismo islámico se hace cada vez más presente en los países europeos y en la propia Usa. De nuevo tendrán que intervenir con misiles y bombas, sin arreglar finalmente nada.

    Está asimismo la cuestión de la postura española. La gran y casi única hazaña de la política exterior hispana ha sido la neutralidad en las dos guerras mundiales, algo muy conveniente a partir de la posición geopolítica, la historia y los intereses españoles. Esa neutralidad fue rota por completo con la entrada en la OTAN, en condiciones realmente aberrantes: la organización no protege a Ceuta y Melilla, pero sí a la colonia inglesa de Gibraltar. Estos hechos retratan perfectamente la ínfima talla, la hispanofobia profunda, de una casta de politicastros corruptos que venimos sufriendo demasiados años. Uno de los puntos que propuse en el programa de hace unos días se refería precisamente a la OTAN, y no ocultaré que mi posición es favorable a una continuidad de la política de Franco a este respecto:  salida de una organización que no tiene verdadera utilidad para nosotros (el único enemigo potencial, Marruecos, tardará muchos años en representar un peligro real, a menos que se le invite, y para ello no necesitamos a la OTAN);  y amistad con Usa, pero sin subordinación como la de Aznar con Bush o la de Zapo con Obama.

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Franco, Hitler y Mussolini (I)

Blog I: Algunos males de la Universidad: http://www.gaceta.es/pio-moa/males-universidad-12082014-2314 

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(Como la entrada sobre la mujer, es el borrador de un capítulo del libro  Los mitos del franquismo y el antifranquismo)

   Tal como le advertían Hitler y Mussolini, el destino de Franco estaba inevitablemente unido al de ellos, y los Aliados  “nunca le perdonarían su victoria” en la guerra civil. La literatura antifranquista, por lo demás, suele juntar los tres nombres como los más significativos del fascismo europeo. Los lazos entre los tres se habían forjado durante la guerra de España, e incluían políticas anticomunistas y antiliberales, por lo que parecía natural la alianza entre ellos durante la contienda mundial. No sabemos qué pensaba Franco al respecto, pero desde luego no podía albergar por entonces muchas esperanzas de sobrevivir  si la victoria caía del lado de las democracias inglesa y useña, mucho menos cuando estas entraron en alianza con el totalitarismo staliniano. En caso de derrota del Eje Berlín-Roma, la supervivencia del franquismo resultaba inverosímil.

   No obstante, bajo la común superficie “fascista”, Franco difería mucho de Hitler y Mussolini,  empezando por la personalidad, el carácter y la biografía. El alemán y el italiano  eran real y precisamente revolucionarios, líderes de masas surgidos de las capas populares, y rebeldes no solo contra la amenaza comunista, sino contra los gobiernos,  formas y convenciones sociales de su época. Franco, militar de carrera, de tendencias conservadoras y tradicionalistas, había servido con la misma profesionalidad al régimen liberal de la Restauración, a la dictadura de Primo de Rivera y a la república. Aunque muchos autores le hayan tildado de desleal a la república,  lo cierto es que no se rebeló contra ella, como sí se rebelaron casi todos los políticos, incluido Azaña, y algunos militares como Sanjurjo. Franco aceptó con disciplina las órdenes de los gobiernos, defendió la legalidad en octubre de 1934 y solo se  sublevó cuando ya la legalidad republicana estaba arrasada. Si ese arrasamiento no hubiera ocurrido, quizá hoy solo supieran de Franco los especialistas en la campaña de Marruecos. Fueron circunstancias ajenas a él las que le empujaron a sublevarse y convertirse en Caudillo, mientras que el Duce y el Führer, subversivos desde el principio, trabajaron sin tregua por crear las circunstancias que les llevaran al poder.

   Mussolini tenía un estilo teatral, grandilocuente, incluso en el trato directo.  El estilo hitleriano era mucho más violento y agresivo. Nada más lejos, en ambos casos, del de Franco. El carácter de este podría quedar descrito, en parte, por dos embajadores, el británico Samuel Hoare y el useño Carlton Hayes. El primero le cobró inmediata antipatía (probablemente recíproca): “Su voz era muy distinta de los incontrolados y desapacibles gritos de Hitler o de los modulados y teatrales bajos de Mussolini. Era la voz de un médico de cabecera, con buenos modales (…) Me llevó a pensar cómo pudo llegar a ser el joven y brillante oficial en Marruecos y luego el comandante en jefe de una salvaje guerra civil”. Hoare, a quien exasperaban la voz y la calma de Franco,  tasó a este de “personalidad nada impresionante” y “de origen judío” (no se han encontrado antecedentes judíos en su árbol genealógico);  aunque admitía en él alguna posible cualidad difícil de percibir, que explicase su extraordinaria carrera. En agosto de 1943, cuando el curso de la guerra giraba contra Alemania, Hoare creyó oportuno conminar al Caudillo, sin mucho éxito: “Este hombre que tenía ante mí era, sin embargo, el dictador de España, a seiscientos kilómetros de su capital en plena crisis europea; sentado en la calma de su confortable salón, tan dispuesto a hablar de la próxima cosecha, del tiempo que hacía o de las perspectivas de la estación para los cazadores, como de los tremendos acontecimientos que tenían lugar en el mundo cada día (…). Y las duras verdades que yo a propósito le dirigí, lejos de provocarle reacción alguna, morían entre algodones”.  Hayes lo describe con mayor simpatía:”Físicamente no era tan gordo ni tan bajo como querían presentarlo y tampoco hacía nada por pavonearse.  Desde el punto de vista espiritual me  pareció no tener nada  de torpe ni ser un poseído de su persona, ante se me reveló como dotado de una inteligencia clara y despierta y de un notable poder de decisión y cautela,  así como de  un vivo y espontáneo sentido del humor. Rió fácil y naturalmente, como no puedo imaginarme que lo hiciesen Hitler o Mussolini más que en la intimidad”.

    Los tres  se consideraban a sí mismos “hombres de destino”.  Casi todas las actitudes de Hitler  demostraban una voluntad inflexible, una energía casi feroz  y una fe sin fisuras en la imagen del pueblo alemán que él mismo se había forjado. Al servicio de esa  imagen dedicó su vida, al extremo de prescindir casi de relaciones femeninas;  no tuvo descendencia  y solo se casó con su amante Eva Braun al final de la vida de ambos. En cuanto a Mussolini, no parece arbitrario percibir una inseguridad de fondo bajo sus  gestos  aparatosos, aunque compartiese con el alemán su convicción de estar predestinado a la gloria propia y de su país. Al revés que Hitler, a veces opinaba con ironía sobre el pueblo italiano, y con acritud sobre la ideología nazi. Su devoción ideológica  no le llevó a prescindir de compañía femenina, o a limitarla: se casó, tuvo numerosas aventuras extraconyugales  y dejó hijos de distintas mujeres. En Franco hallamos de nuevo diferencias de fondo. No tan obsesionado como Hitler ni  promiscuo como Mussolini, se casó, tuvo una hija y no se le conocen infidelidades.  Su actuación política parece dominada por un férreo sentido del deber, que le hacía referirse a los tiempos anteriores a la guerra con la significativa expresión “Cuando yo era persona”, es decir, cuando podía obrar con libertad.      

    Aunque los dictadores alemán e italiano no eran propiamente militares, amaban el estilo militar y podían llamarse adecuadamente militaristas (Mussolini en un plano más bien retórico); pero el adjetivo no cuadra bien al militar Franco. Él nunca pretendió militarizar la sociedad, y  salvo en momentos especiales no dedicó al ejército grandes presupuestos. Ni sueldos.   

   Los tres llegaron al poder bajo la presión de amenazas marxistas, pero hay gran distancia en el modo de alcanzarlo. Mussolini y Hitler sostuvieron unos años de lucha política subrayada por cierta violencia y finalmente accedieron al gobierno de forma pacífica y conforme a las normas demoliberales, aunque después las trastocasen por completo. Franco nunca participó en agitaciones políticas y alcanzó el poder  tras una dura y azarosa guerra civil. El italiano y el alemán crearon sus propios partidos e ideologías, con los que procuraron monopolizar el estado, mientras que el español unificó partidos preexistentes en el Movimiento Nacional, al cual solo otorgó parcelas del poder. Aquellos necesitaban y estimulaban la agitación de masas y los grandes espectáculos políticos,  métodos que el Caudillo utilizó poco.

  Disfrutaron los tres dictadores de una popularidad dirigida, pero indudable. El fascismo proporcionó a Italia  estabilidad y cierta prosperidad, después de los tumultos anteriores, y sus mayores enemigos fueron los comunistas; por ello Mussolini pudo recibir elogios encendidos de personas tan diferentes como Churchill o Gandhi. Los éxitos económicos hitlerianos, apoyados en una política autárquica, fueron aún más espectaculares en solo seis años, mientras la depresión hacía estragos en casi todo el resto del mundo. Aparte de la economía, la popularidad de ambos dictadores descansó en dos pilares: haber acabado con la inestabilidad social y las luchas de partidos, y haber devuelto el orgullo –hasta una extrema arrogancia en el caso alemán—a unos pueblos antes desmoralizados. El propio Churchill deseó alguna vez para Inglaterra, en caso de derrota, un líder tan indomable como Hitler, que la sacara del abatimiento. El Caudillo, en los años 40, no podía exhibir otra baza que haber vencido a la revolución, pero esperaba aplicar –en parte haciendo de necesidad virtud— la economía autárquica que tan bien parecía funcionar en Alemania.   

   Elemento diferenciador muy relevante fue el religioso. Hitler y Mussolini aceptaban las iglesias, católica o protestantes, como algo con lo era inevitable contar, pero no se identificaban con ellas. Los fascismos, con su fondo panteísta o  paganoide, incluso ateo, armonizaban mal con el cristianismo. Franco, en cambio, era católico devoto, hasta el punto de que en sus escasas notas sobre la guerra civil atribuye el mérito más a la providencia que a sus medidas. Y, como hemos visto, calificó a su régimen de católico. Aunque se sintiera unido políticamente a quienes le habían ayudado contra los rojos, los tonos acristianos o anticristianos del fascismo le alejaban de este.

   Los dictadores  italiano y alemán se consideraban pensadores originales. Sus doctrinas han sido tildadas de incoherentes, pero todos los pensamientos políticos lo son en mayor o menor grado. Los dos se regían por principios  generales  que permitían cierta flexibilidad y contradicción: concedían máximo valor a la personalidad del líder y a las élites, teorizadas por Pareto en el caso italiano: la desigualdad en las sociedades es natural, por lo que debe establecerse una jerarquía que impida a las masas menos cultas y preparadas imponer sus criterios.  Franco nunca se tuvo por intelectual y, como queda dicho, su orientación podía definirse como patriótica-católica deseosa de  devolver a España las virtudes que habían engendrado su siglo de oro.

   El hitlerismo se fundaba en el racismo, interpretando la teoría de Darwin y la filosofía de Nietzsche. El racismo influía mucho en Occidente como explicación  “científica” de la superioridad cultural, económica y militar adquirida por la raza blanca en los últimos siglos. La evolución humana derivaba de la lucha racial, un imperativo biológico al cual debían servir los valores intelectuales y morales, para asegurar el triunfo de los pueblos superiores, arios o germánicos. En esa pugna esencial no cabían valores “falsos” como una compasión que favoreciese a los inferiores, destinados por ley natural a sucumbir o a la servidumbre. Hitler soñaba con conquistar para Alemania un magno “espacio vital” (lebensraum) a costa de Rusia y otros países eslavos poblados por “infrahombres”. Los hebreos  constituían el enemigo más artero y peligroso, corruptor de las virtudes arias y minador de su fuerza. Los nazis los hostigaron para obligarles a emigrar  (a Palestina, a veces de acuerdo con los sionistas, o a otros lugares como Madagascar). A partir de 1942-43, Hitler  decidió su exterminio, achacando a sus intrigas la actitud beligerante de Inglaterra y posterior de Usa. Desde luego, ni Mussolini ni Franco, dirigentes de países culturalmente latinos y poco arios racialmente, compartían tales ideas

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