Felipe II y los problemas de España

Blog I: autorretrato de una progre modélica: Esther Tusquets.  http://www.gaceta.es/pio-moa/progre-libro-esther-tusquets-09042014-1533 

** Viernes, 11, presentación de Los mitos de la Guerra Civil en el Centro Riojano, Serrano 25, a las 19,30

**Mañana saldrá entrevista sobre la misma cuestión en Periodista Digital

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Los problemas de Felipe II

 

Salvador de Madariaga escribe en su España: “Cuando todo estaba dispuesto para publicar una edición [del libro] en París, cambió la escena súbitamente, terminando esta aventura con la publicación de una Historia de España y Portugal fuertemente antiespañola por una editorial protestante. Formidable vitalidad de la sombra de Felipe II”.

 La figura de aquel rey español ha sido terriblemente denostada y caricaturizada por sus enemigos protestantes –no sin razones, ya que les infligió considerables derrotas–, y aunque viene siendo objeto, desde hace años, de aproximaciones más objetivas entre historiadores ingleses y otros, la caricatura siniestra persiste con fuerza, incluso en la propia España, como parte no menor de la Leyenda Negra.

Entender la proyección histórica de aquel monarca exige, en primer lugar, valorar los enemigos a los que hubo de enfrentarse, todos ellos de un poder materialmente comparable o superior al suyo. He tratado este crucial aspecto en el capítulo “España y sus adversarios” de Nueva historia de España.

El primero de estos enemigos era el Imperio Otomano, coloso y verdadera superpotencia de la época, varias veces más extenso, poblado y con mucha mayor capacidad de recaudación que España. Un imperio que ocupaba los Balcanes y llegaba a Hungría, amenazaba permanentemente el centro de Europa y poseía casi todo el norte de África; estaba a solo 80 kilómetros de Italia por el Adriático y a distancia escasa del litoral hispano desde Argelia. Disponía de un ejército profesionalizado de entre cien y doscientos mil hombres, algo muy fuera del alcance de cualquier potencia cristiana, y su flota dominaba la mayor parte del Mediterráneo.

En segundo lugar, incluso con mayor inmediatez, venía Francia, una potencia con más del doble de habitantes y mucha mayor capacidad de reclutamiento que nuestro país, y más rica por su suelo y humedad, en una época en que la producción agraria era la base de la economía. Pese a ser católica, Francia había emprendido constantes guerras con España, sobre todo por el dominio de Italia (Milán y Nápoles), ya desde el tiempo de los Reyes Católicos. Y no había vacilado en concertarse con los turcos, cediéndoles puertos, pasándoles información y fomentando su piratería e incursiones contra España.

Un tercer enemigo era Inglaterra, territorial y demográficamente más débil, pero beneficiario de un aislamiento por mar y una situación geoestratégica excelentes para hostigar a Felipe II, sobre todo por medio de la piratería y de la colaboración con otros enemigos de España, particularmente en los Países Bajos. Londres también buscó la alianza con los turcos. Curiosamente Felipe, siendo rey consorte de Inglaterra, aconsejó a los ingleses dotarse de una buena marina, a la vista del estado deplorable en que esta se hallaba por entonces.

A estos tres adversarios, poderosos y encarnizados, había que añadir los protestantes alemanes y holandeses, por una parte, y los piratas berberiscos, por otra. Estos últimos no deben ser subestimados, pues, aunque incapaces de una invasión en regla, hostigaban sin tregua el litoral español, organizaban un tráfico de esclavos o cautivos en gran escala, utilizaban la quinta columna compuesta por los moriscos de la península y obraban a menudo de acuerdo con el poder otomano, que no renunciaba al designio de sustituir nuevamente España por Al Ándalus. Aunque la historiografía tiende a destacar la piratería inglesa, francesa y holandesa, la de los berberiscos causó seguramente muchos más daños y constituyó un peligro mucho mayor, pues en combinación con los turcos apuntaba al corazón del poder hispánico.

Por lo que hace a los protestantes, se hallaban en plena y belicosa expansión desde Alemania y Suiza, propiciando guerras civiles y afectando a los intereses españoles directamente en los Países Bajos e indirectamente, por su posibilidad de fomentar guerras civiles, en la propia España. Cabe señalar, asimismo, que los protestantes, especialmente los calvinistas, procuraron coordinar sus ataques con los otomanos.

Así pues, España hubo de defenderse en todos los frentes posibles: Mediterráneo, Atlántico y América, su propio litoral, Francia, Italia y Países Bajos. Antes de entrar en valoraciones ideológicas debe destacarse la enormidad del esfuerzo exigido y la dificultad extrema de hacer frente a tantos y tan poderosos contrarios. Para ello, Felipe contaba con la alianza del Sacro Imperio, una estructura ineficiente y roída por problemas internos con los protestantes, y con las importaciones de plata de América. Pero la base principal de sus recursos estaba en la parte de la península llamada, por extensión, Castilla, y en Nápoles, que aportaban la mayor parte de los impuestos, ya que el resto de las posesiones apenas daba más que para cubrir sus propias necesidades.

Es normal que un esfuerzo tan ímprobo causara tentaciones de abandonismo, pero a pesar de ciertas opiniones actuales, un tanto gratuitas, Felipe II no habría podido eludir la lucha con todas estas potencias, pues eran ellas las que tomaban, por lo común, la ofensiva contra España. No puede extrañar que a la larga el país quedara exhausto. Lo asombroso es lo contrario, que el país pudiera infligir durante tan largo tiempo fuertes derrotas a adversarios tan peligrosos.

Valorados éxitos y fracasos, Felipe II fue, en balance, un rey victorioso, y victoriosa seguiría siendo España tras su muerte aún por bastante tiempo.

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La División Azul en la perspectiva histórica

**Blog I: De nuevo a vueltas con las “víctimas del franquismo”: http://www.gaceta.es/pio-moa/nuevo-vueltas-lasvictimas-franquismo-08042014-1211

**Viernes, 11, a las 7,30 en el Centro Riojano: presentación de la reedición de Los mitos de la Guerra Civil,con Fernando Paz.  Un libro nunca rebatido. El antídoto contra la falsaria ley de memoria histórica. “Si ignoras lo que ocurrió antes de que nacieras, siempre serás un niño” (Cicerón). “Un pueblo que olvida su historia se condena a repetirla” (Santayana).

** Este domingo, en “Cita con la historia”, radio Inter, de 4 a 5, hablaremos sobre las causas que motivaron la guerra civil, y el próximo sobre la División Azul

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(texto leído en la Jornadas de historia sobre la División Azul, del 24 de junio de 2011)

Por los años 60 se desarrolló en España un sentimiento de abierta simpatía hacia el comunismo en ciertos medios universitarios, clericales e intelectuales, que chocaba con un anticomunismo anterior muy extendido. Aunque fue un sentimiento muy minoritario en la sociedad española, no dejó de crecer en influencia, precisamente por haberse asentado en círculos intelectualmente activos y directivos. Llegó a expandirse a medios muy ajenos al marxismo, como demostró nítidamente la repulsa, incluso en medios derechistas, a Solzhenitsin cuando vino a España a cantar algunas verdades sobre la Unión Soviética.

El fenómeno era chocante, por cuanto los años 60 coincidieron con hechos tan reveladores como la difusión de parte de los crímenes de Stalin desde la misma Unión Soviética, el muro de Berlín construido no como defensa frente al exterior sino, a modo de cárcel, para impedir la fuga desde el interior, o la gran crisis del movimiento comunista internacional, con el enfrentamiento entre China y la Unión Soviética, inimaginable poco tiempo antes, choque realmente feroz en lo ideológico y que llegó a la guerra en los límites chino-siberianos. Es decir, las simpatías pro comunistas se desarrollaron en plena crisis y revelación de las taras del comunismo, un fenómeno extraño y que también se produjo en Europa Occidental y en Usa. Añadamos que se dio en una época de excepcional prosperidad económica en todo Occidente, incluida España, cuando los antiguos antagonismos llamados de clase se habían desvanecido, si alguna vez fueron reales, lo que vuelve más paradójica aquella tendencia.

Creo que el fenómeno tuvo que ver con una especie de vacío espiritual o de ideas, que en España se manifestó como una deliberada despolitización en aras del desarrollismo y de un europeísmo de muy bajo nivel intelectual, sin olvidar que las ideas falangistas, como las socialdemócratas y algunas clericales, tenían bastantes puntos de contacto con ideologías de ultraizquierda. Desde el punto de vista ideológico, por lo demás, el franquismo fue siempre bastante etéreo, sin la coherencia doctrinal del marxismo, este sí una ideología de extraordinaria potencia intelectual y movilizadora una vez se aceptan o se toman como dogmas sus presupuestos teóricos. Pero mi objetivo aquí no es analizar este fenómeno, sino contrastarlo con el ambiente predominante en los años 40.

Es decir, desde los que podemos llamar sentimientos ideológicos desarrollados en y desde los años 60, se hace difícil la comprensión del espíritu que llevó a la División Azul. Ante todo debe resaltarse que el ambiente popular español en los años 40 era extensa e intensamente anticomunista. Y no era menos fuerte en la zona que el Frente Popular retuvo hasta el final, sino probablemente mayor. Las represalias y odios a los “rojos” por parte de los vencedores no impedían a muchos de los vencidos detestar cualquier posibilidad de vuelta de los que antes habían considerado “los suyos”: habían sufrido la mayor hambre del siglo XX, debida a los experimentos revolucionarios, acompañada de la arbitrariedad y el terror entre las mismas izquierdas, y habían visto cómo los jefes se ponían a salvo llevándose consigo tesoros expoliados al estado y a los particulares, dejando en la estacada a sus propios sicarios y chekistas. Sin duda muchos de ellos estaban deprimidos, por las circunstancias de posguerra, pero nada añorantes de un régimen como el Frente Popular. Solo algunos comunistas, muy pocos, fueron capaces de persistir en la lucha contra Franco, a quien la mayoría de los ex rojos veía como un mal menor, sin hacerle resistencia significativa. La mayoría prefería olvidar la guerra civil y dedicarse a actividades más constructivas en medio de las penurias propias de una posguerra. Así pues, en todo el país era firme y ampliamente detestado el comunismo, palabra que en la mentalidad corriente abarcaba a la revolución en general, aunque fuera anarquista o socialista, a los republicanos que habían colaborado con ella, y a la Unión Soviética. Y de ahí el eco que encontró inmediatamente el llamamiento de Serrano Súñer, acusando a Rusia de ser culpable por haber prolongado la guerra de España con las muertes y devastaciones consiguientes.

Creo que lo anterior resulta evidente para cuantos hayan estudiado la época con desapasionamiento. Y por eso, numerosos autores posteriores, imbuidos de la mentalidad crecida desde los años 60, han intentado explicar la popularidad y el alud de voluntarios a la División Azul por otros factores, como el hambre, la delincuencia, el deseo de pasarse a los soviéticos, el intento de disimular un pasado rojo, de escapar a la represión en España, coacción o falso voluntariado, etc. Hubo, desde luego, algunos casos de todo ello, cosa inevitable en cualquier situación similar. Pero no hay casos importantes documentados de personas forzadas a servir en la División, y uno de los rasgos de esta fue, precisamente, el número, mucho más escaso de lo previsible, de desertores, delincuentes o hambrientos. En situación de penuria como la que entonces vivía el país podía haber un número de infelices lo bastante tontos o desesperados para intentar escapar del hambre arriesgándose a perder la vida y a sufrir las penalidades extremas que suele traer consigo la guerra. Pero ni podían ser muchos ni verse rodeados de una popularidad como la que gozó la División Azul en aquellos momentos.

Además, habrían sido carne de deserción tan pronto empezaran a sufrir las terribles condiciones de la lucha en la Unión Soviética. Precisamente la continua propaganda soviética en forma de hojas soltadas por aviones o partisanos, y de altavoces del frente, los invitaba a desertar tratándolos desde ese punto de vista, hablándoles de las penalidades que padecían, del gran número de bajas, prometiéndoles el exterminio si resistían y una vida casi regalada en los envidiables campos de prisioneros soviéticos, promesa que los divisionarios  podían creer, ya que no tenían elementos de juicio contrarios. Pues bien, repito, fue escasísimo, proporcionalmente, el número de desertores, tanto los seducidos por tales promesas como los de ideologías izquierdistas que ya se habían alistado en España con intención de pasarse al paraíso de Stalin: en torno a 70, algunos de ellos falsos desertores, pues se declararon así para salvar la vida. La propaganda alemana y divisionaria decía que los prisioneros eran asesinados por los soviéticos, lo cual fue cierto muchas veces, pero no siempre (en la División se produjeron también casos de asesinato de prisioneros, aunque seguramente menores. El caso más importante fue en torno a la Posición intermedia cerca de Udárnik, justificada en la ira por la previa mutilación de los soldados españoles exterminados en dicha posición). Hubo también desertores que no llegaron cumplir su designio, por ser descubiertos y fusilados o devueltos a España, según datos que me ha suministrado Caballero Jurado. Otra cosa es que incluso los izquierdistas que se pasaron a los soviets tuvieran que soportar el trato terrorífico del GULAG en lugar de los laureles y delicias que esperaban.

No menos sorprendente es el escasísimo número de prisioneros que lograron hacer los soviéticos, solo 372 en una unidad por la que pasaron cerca de 50.000 soldados y que estuvo casi constantemente en acción durante dos años. Aunque no conozco una cuantificación precisa (y sería interesante que algún especialista la hiciera), los prisioneros soviéticos hechos por la División, así como los desertores pasados a los españoles, superaron enormemente la corriente contraria, quizá por diez y más veces, según se desprende de los relatos y testimonios. Otro dato crucial fue que los divisionarios procedieron de toda la geografía española y de todas las clases sociales, con un número desusadamente alto de universitarios; seguramente una de las unidades militares de la historia con mayor proporción de ellos, es decir, con más contenido intelectual que cualquier otra, incluidas las Brigadas Internacionales, en las que siempre se ha destacado (y exagerado) el número de intelectuales alistados. Este es otro indicio de que son erróneas las interpretaciones corrientes hechas desde las perspectivas más o menos procomunistas y “progres”.

En suma, está claro que las motivaciones esenciales de los voluntarios, por encima o por debajo de las muchas particulares que entrarían en juego en cada caso individual, eran las anticomunistas, patrióticas y religiosas, como en la guerra de España. Se consideraba que España había padecido la agresión directa o indirecta de la URSS y que debía darse la réplica en el propio nido del comunismo, participando en la ofensiva alemana. Importa subrayar que en un principio casi todo el mundo en España y fuera de ella, incluida Inglaterra, daba por supuesto que la Unión Soviética caería como lo había hecho el ejército francoinglés en Francia, es decir, en cuestión de semanas. Pero ya desde la entrada en fuego, los divisionarios comprobarían que el ejército soviético era un enemigo potentísimo, y que el paseo militar con un poco de acción final que esperaban muchos, se convertía en una lucha increíblemente dura. A pesar de ello, repito, apenas hubo deserciones y muy pocos prisioneros, lo que solo puede explicarse por el espíritu, motivación general y voluntariedad de la inmensa mayoría.

 Otro aspecto en torno al ambiente de la época es el de quienes, en la propia España y en el bando nacional, se oponían a la División Azul y trataban de boicotearla o de darle un significado distinto. Son conocidas las pugnas entre Serrano Súñer y Varela. Este último, hombre valeroso pero de inteligencia no especialmente aguda y muy antifalangista, pensó en una división prácticamente regular, lo cual habría significado una declaración de guerra que habría metido a España de hoz y coz en la contienda. Aun así se estableció que los voluntarios fueran encuadrados por mandos militares asimismo voluntarios, para dar mayor eficacia y profesionalidad al conjunto. Todavía más tarde, Varela se empeñó en mandar a Rusia a una nueva división completa de relevo, de carácter exclusivamente militar y quizá poco voluntaria, para borrar en lo posible el tono falangista de la primera división. El plan habría resultado probablemente desastroso, ya que los recién llegados, en su mayor parte bisoños, desconocían las condiciones reales y las formas de lucha en la URSS. La norma, más razonable, consistió en encuadrar a los relevos entre los veteranos, lo que sin duda contribuyó a que la división mantuviera su cohesión y eficacia.

Creo que está poco estudiada la oposición de ciertos medios militares, monárquicos anglófilos sobre todo, que llegaron al maltrato o desatención a los heridos que retornaban de Rusia. No debe olvidarse que la embajada británica desplegó un enorme esfuerzo en defensa de la Unión Soviética, y por tanto contra la División Azul. Hubo, como es sabido, un vasto y costoso plan de soborno a generales españoles, aún no muy bien estudiado; agentes de la embajada se presentaban en lugares públicos mendigando y explicando que procedían de Rusia y divulgando los tópicos de la propaganda soviética, mientras la BBC, muy escuchada en ciertos medios, suministraba gran cantidad de información falsa, afirmando reiteradamente la pérdida de Nóvgorod por la División Azul,  pretendiendo que la División había sido aniquilada en Krasni Bor o exagerando las victorias soviéticas, que ciertamente existieron aunque a costa de un verdadero torrente de sangre: las bajas soviéticas fueron al menos cinco veces más que las españolas, y eso que la División casi nunca contó con apoyo aéreo o de carros, que los contrarios sí tenían, aparte de una artillería muy superior.

Así como la política de Franco tenía una profunda racionalidad, que he examinado en Años de hierro, también la tenía la política inglesa, pues, como he señalado en un artículo reciente y en contra de algunas versiones, fue la resistencia rusa la que salvó a Inglaterra, y no la ayuda anglouseña la que salvó a Stalin. Se trataba de una alianza contra natura, como había sido el Pacto germano-soviético, pero la política y más aún la guerra, “hace extraños compañeros de cama”, según el dicho inglés.

Conforme la Wehrmacht fue perdiendo la guerra en Rusia, el entusiasmo por alistarse en la División Azul fue debilitándose, y en la sociedad, en general, creció el escepticismo hacia la victoria alemana y la oposición al mismo Franco dentro del régimen. Eran muchos los que daban por liquidado al franquismo y crecían las conspiraciones, en el ejército y fuera de él. Por otra parte, muchos divisionarios falangistas radicales sufrieron una fuerte desilusión a su vuelta, al constatar en la sociedad y el régimen un espíritu muy distinto del que deseaban. El ejemplo clásico fue Dionisio Ridruejo. Pero esta es ya otra historia, porque a finales de 1943 la División fue retirada, aunque quedara en Rusia una minoría de voluntarios, quizá bajo la impresión de que la derrota del ejército alemán permitiría a los soviéticos llegar a España.

Dado que la División Azul compartió, hasta cierto punto, la derrota con Alemania, podría decirse que su acción resultó inútil desde el punto de vista histórico, incluso que fue contraproducente, al haber ayudado a los nazis. Creo que no es así, al menos en dos puntos. La División fue a luchar contra los soviets, no a identificarse con los planes generales nazis y, contra las acusaciones de la propaganda soviética, no cometió crímenes de guerra (que sí cometieron masivamente tanto los alemanes como los soviéticos o los anglosajones). Tampoco supo de hechos como el Holocausto, aunque presenciara escenas de duro maltrato y ejecución de polacos, rusos y judíos, justificadas como represalias contra los partisanos, lo cual era cierto en unos casos y en otros no.

En segundo lugar, la acción divisionaria tuvo un considerable efecto posterior, por la lógica de los hechos. La D.A. luchó siempre en inferioridad de condiciones, numéricas y materiales, frente a los soviéticos, sin, como dije,  acompañamiento de carros de combate ni de aviación, y con una artillería respetable pero mucho menos masiva que la contraria; y aun así, su rendimiento militar fue muy elevado, continuando también la tradición del ejército nacional en la guerra civil en episodios como el cuartel de Simancas, el Alcázar de Toledo, Santa María de la Cabeza, Belchite, Teruel y otros. Ello significaba que cualquiera que probase a invadir España podía encontrar una resistencia muy difícil de vencer y con grandes sacrificios para el invasor, pese al  estado precario del ejército español. En enero de 1944, cuando arreciaban los rumores de invasión de España por los Aliados y las conspiraciones en el propio ejército para echar a Franco y traer a Don Juan, Franco reunió a los principales generales y les señaló que “un pueblo es invencible cuando tiene corazón y decidida voluntad de lucha”, y recordó los casos de los guerrilleros en la Guerra de Independencia y de los guerrilleros comunistas yugoslavos, “que después de tres años de difícil lucha son respetados e incluso reconocidos”. También comparó las masivas rendiciones registradas en los dos bandos de la contienda mundial con las casi nulas de las tropas nacionales durante la guerra civil. No evocó, curiosamente, a la División Azul, aunque muy bien pudo haberlo hecho, porque continuaba, como he dicho, una tradición, y su experiencia tenía que contar por fuerza en los cálculos de cualquier posible invasor.

Como fuere, y a pesar del orgullo de haber vencido al Eje, los vencedores no se decidieron a atacar a España. Sabemos por qué: por una parte no les saldría gratis, y el pueblo inglés, especialmente, estaba tan harto de sangre, sudor y lágrimas que pronto despediría a Churchill del poder, un tanto desconsideradamente; por otra parte, ante la decisión de resistir de Franco, muy apoyado popularmente por entonces, el resultado más probable sería una nueva guerra civil en España. Y un suceso tal en una Europa arruinada y hambrienta tendría las mayores probabilidades de propagarse más allá de los Pirineos, como advirtió De Gaulle, favorecer a los poderosos partidos comunistas de Francia e Italia sobre todo, y echar por tierra los esfuerzos para consolidar regímenes democráticos en el oeste del continente, una vez el centro-este del mismo había quedado en manos soviéticas. Por tanto las seguridades sobre la eliminación del régimen español dadas en Yalta fueron revisadas en Potsdam, quedando en una combinación de maquis, presiones y aislamiento a fin de llevar a España al hambre y la miseria como medio de empujar al pueblo a derrocar a Franco. Lo cual tampoco se produjo, como pudo comprobar el maquis comunista. Creo que en todo ello tuvo una influencia indudable, aun si difusa y poco concretada, la experiencia de la División Azul.

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Pero Grullo y un enigma histórico

Blog I: La izquierda y la cultura: http://www.gaceta.es/pio-moa/izquierda-cultura-06042014-1155   

**Viernes, 11, presentación de la reedición de Los mitos de la Guerra Civil, en centro Riojano de Madrid, Serrano 25,

**Todos los domingos en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde: Cita con la historia. Hoy, sobre las causas defendidas por cada bando en la guerra civil.

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El libro Imperio, del historiador británico Henry Kamen, deja bastante que desear en cuanto al método investigador utilizado por su autor. No obstante, merece la pena si buscamos, al menos, una visión diferente, aunque hay que leerlo con espíritu crítico, desde luego.

 

Henry Kamen termina su libro Imperio con la siguiente reflexión: “Fue, más allá de toda duda, una inmensa y gloriosa epopeya para muchos, pero para muchos otros estuvo teñida de una irreparable desolación”. Pero Grullo podría haberse sentido orgulloso de tal corolario. Incluso podría haberlo ampliado al conjunto de los empeños humanos, pues, por ejemplo, ¿no fue el final de la guerra mundial una irreparable desolación para millones de nazis? Y la ciencia, ¿no ha facilitado los peores crímenes? La misma medicina, que ha permitido rebajar la mortalidad infantil en muchos países pobres, ¿no ha multiplicado una población condenada, al parecer, a la miseria extrema? Y así sucesivamente. Uno se pregunta si para llegar ahí habrán hecho falta casi 600 páginas.
Tampoco es muy alentador el comienzo del libro, con una cita de las Preguntas de un obrero que lee, de Bertholt Brecht: “El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo? César venció a los galos. ¿No tenía siquiera un cocinero con él?” Tales reflexiones, nuevamente, son perogrulladas, y en lo que dejan de serlo, sandeces. Cien mil cocineros no habrían vencido a los galos o conquistado la India, y un Ejército mal mandado habría probablemente perecido en la empresa, como tantas veces ha pasado. Y no son preguntas de ningún obrero, claro, sino del propio Brecht, que, como buen marxista, toma a los obreros por tontos y les instruye en tales “profundidades”. Pero Kamen parece impresionado por Bertoldo, uno de los falsarios intelectuales más distinguidos del siglo XX. Supongo que quiere indicar que al Imperio español contribuyeron muchas más personas que los hispanos normalmente citados en primer plano.
Esto es bien sabido. Aquel imperio atrajo a todo tipo de extranjeros, buenos y malos, como ahora mismo ocurre con Usa, si bien no conviene llevar la analogía demasiado lejos. Lo nuevo es el énfasis puesto en ese hecho, al cual considera Kamen definitorio: “El imperio español era una empresa internacional en la que participaban muchos pueblos”, y no fue “la creación de un pueblo, sino la relación entre muchos pueblos, el producto final de muchas contingencias históricas entre las cuales la contribución española no siempre fue la más significativa”.
¿No siempre? Aquí es Kamen inconsecuente consigo mismo, pues tendría que haber dicho “nunca“. Para empezar, “la expansión europea (…) estaba en función de las mejoras tecnológicas (…) Y por lo general la tecnología era, como sabemos, más europea que española”. Aun así, España podría haber sido un país rico, pero tampoco. Critica Kamen, no sin un fondo de razón, las jeremiadas tópicas de cierta historiografía hispana sobre el “despilfarro de la riqueza y el potencial humano” español durante los siglos XVI y XVII: “España tenía muy poco de ambas cosas, y habría sido difícil despilfarrar ese poco que tenía”. Pero su salida no es menos sorprendente: “En realidad, España era un país pobre que dio el salto a la condición imperial porque a cada paso recibió la ayuda del capital, la experiencia, los conocimientos y la mano de obra de otros pueblos asociados”. ¿La ayuda? Fue algo más, según aclara en otras páginas, pues siempre hubo en los hispanos dura resistencia a salir de su tierra, y el imperio “no fue consecuencia de la voluntad de poder deliberada por parte de los españoles, que fueron –con gran sorpresa por su parte– presionados a desempeñar el papel de hacedores del imperio”. Peor aún, “Los castellanos se mostraron más que satisfechos de dejar que otros construyeran el imperio por ellos”.
Al parecer hubo una especie de acuerdo internacional para obligar a los españoles a moverse, o para sustituirlos incluso, en la construcción imperial ¿Quiénes presionaron así a los españoles? “Las grandes familias de banqueros –los Fugger, los Welser, los Spinola– se ocuparon de asegurarse de que su inversión se administraba con eficacia”. “Las riquezas y el poder humano pertenecían en gran medida a aquellos que no eran españoles”. Los mismos ingleses y holandeses habrían estado interesados, salvo en algunos momentos de histeria, en mantener el imperio español. Fue una empresa general europea, y todos “invertían ambas cosas [capital y hombres] en el negocio en curso del imperio y recogían la recompensa correspondiente. Los españoles (…) aportaron su propia y singular contribución y gozaron del honor de ser los gestores de la empresa. Pero la empresa pertenecía a todos”. ¿A todos? Aquí Kamen vuelve a mostrarse inconsecuente, pues debiera haber dicho “a otros”.
Así pues, España apenas aportó capitales, ni tecnología, ni hombres –y mucho menos hombres preparados o cultos–, y ni siquiera voluntad, para colmo. Pero entonces, ¿cómo habría podido ser ella la “gestora” de aquella descomunal empresa? ¿Y por qué, con generosidad difícil de entender, todos se han mostrado de acuerdo en llamar “imperio español” a la magna obra común? Resulta arduo de explicar, y Kamen no lo consigue ni, en rigor, lo intenta. Además, ¿cómo fue posible durante tanto tiempo mantener tan diversos y contrapuestos intereses operando armónicamente, como dirigidos por una batuta, en torno a España? ¿Quizá aquellos españoles, tan pocos, tan pobres, tan atrasados y desganados, poseían en cambio un auténtico genio político y diplomático, capaz de hacer que los demás sirvieran así a sus intereses? Por desgracia, tampoco encuentra el historiador británico rastro de tal cosa: el talento político hispano rondaba la nulidad.
Una muestra: los españoles creían universal su lengua, pero, nos informa Kamen, se trataba de una vanidosa ilusión. Así, “para los españoles, el problema era cómo comunicarse con fluidez con las naciones políglotas que deseaban dominar. Durante la gran época del imperio, a la elite castellana le resultó difícil afrontar el problema del lenguaje. Esto afectó profundamente a su relación con todos los pueblos que iba encontrando. Durante el siglo largo en que la política castellana dictó la vida política y militar de los Países Bajos, era raro encontrar un noble castellano con nociones de holandés”. Lo mismo ocurría con el árabe o con las lenguas americanas. En conclusión, “dominadores y dominados se movían en universos separados que no se comprendían entre sí; los gobernantes se apartaban del pueblo al que gobernaban”. Nuevo enigma, porque si España no podía despilfarrar riquezas y hombres que no tenía, ¿cómo pudo resultar “dominadora” o “dictar la vida” de otros? Menos aún podría haber durado aquel extraño imperio nada menos que tres siglos, por lo demás comparativamente muy pacíficos fuera de Europa. ¿Y cómo explicar que tantos países de América hablen español, queden restos de él en Filipinas y otras islas del Pacífico, y topónimos españoles se encuentren todavía por medio mundo, desde Australia a algunos lugares de África? Kamen no cree importantes estas dificultades y contradicciones, pero al dejarlas de lado sólo encontramos otro éxito de Pero Grullo. El problema del lenguaje lo han tenido todos los imperios, y por lo común lo han resuelto utilizando el idioma de la metrópoli. Así llegó a hablarse latín en España o el inglés se ha hecho el idioma de comunicación en la India, por poner dos casos típicos.
Y de este modo progresa Kamen, entre perogrulladas y enigmas históricos que dejan pequeños al de Sánchez Albornoz. En realidad, su línea recoge una interpretación de la historia como desarrollo tecnológico, para la cual lo que no entra en sus esquemas simplemente no existe. En rigor, no pudo existir imperio español porque la misma España no habría existido, propiamente hablando, aunque nos valgamos del término por costumbre o comodidad. Por eso incluye a los catalanes entre las naciones sometidas al imperio, o nos explica cómo, en su libro, “los ciudadanos de los reinos peninsulares son identificados a menudo por su lugar de origen, a fin de no sembrar confusión mediante el uso impreciso del adjetivo español“. Esto ayuda a entender por qué todo el mundo ha llamado siempre español a aquel imperio. Se trata, simplemente, de una “imprecisión”, a corregir en lo sucesivo. Una fuente de esta visión es el nacionalismo catalán, cuya influencia en el buen Kamen salta a la vista. “Bien mirados los hechos –decía Prat de la Riba–, no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada”. El autor británico determina que, “bien mirados los hechos”, lógicamente, tampoco pudo haber imperio “español”.
El método de Imperio es simple. En la historia, se ha dicho, encontramos de todo, por lo que siempre se pueden buscar citas o datos en apoyo de cualquier tesis, por disparatada que sea. Para pasarla por buena basta omitir los datos contradictorios y el análisis crítico de ellos. Como he venido mostrando, es el método privilegiado de muchos historiadores-propagandista hoy día en relación con nuestra guerra civil. Parece haber una decadencia en la historiografía británica, al menos en la referida a España, porque encontramos en varios autores muy publicitados, como Preston o Carr, las mismas incoherencias, contradicciones y desdén por abordar los problemas que sus mismas interpretaciones crean.
Pero el libro de Kamen no deja de tener interés como un reto a la historiografía española, algo pesada y a ras de suelo –no siempre, pero sí a menudo–, con escasa visión de conjunto y tendencia a la lamentación. Lo cierto es que la España de entonces, un país relativamente pobre y no muy poblado, extendió su poder por mundos hasta entonces desconocidos en Europa, contuvo la expansión del Islam y del protestantismo, y creó al mismo tiempo una gran cultura. No es nada fácil explicar un hecho tan inusitado, sobre todo a la vista de su decadencia posterior, a veces abyecta. La dificultad de explicarlo hace que algunos prefieran negarlo, pero la realidad sigue ahí, desafiando a los historiadores.
Henry Kamen Imperio: la forja de España como potencia mundial Aguilar, S.A. de Ediciones-Grupo Santillana. Madrid 2003.
 (En La Ilustración Liberal, nº 16)
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La hispanofobia como clave histórico-política

Blog I: La telebasura y los embustes de Tario /Desertar de la verdad: http://www.gaceta.es/pio-moa/telebasura-los-embustes-tario-desertar-03042014-1909

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   La hispanofobia, la aversión a España, a su pasado, el desprecio a su cultura, es una vieja tradición con dos asientos: la Leyenda Negra desde países extranjeros históricamente rivales de España,  y la asunción de la misma por muchos españoles,  vanidosos de imaginarse así por encima de sus compatriotas y ancestros. Esto último está muy arraigado en una intelectualidad mediocre, sobre todo en el siglo XX y lo que va de este. Acaba de publicar Iván Vélez un interesante estudio sobre la Leyenda Negra en Ediciones Encuentro, y por mi parte la he tratado largamente en Nueva historia de España y en España contra España.

   Aunque siempre existió una hispanofobia en cierto sentido saludable, por cuanto moderaba la tendencia contraria a la patriotería retórica, también muy extendida, es a partir del “desastre” del 98 cuando se hace hegemónica. Motivó entonces la justa diatriba de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” dedicados a denigrar todo lo que España hizo de importante en el pasado. Podría suponerse que las altivas descalificaciones hacia España  se debían a una superioridad intelectual o moral de los descalificadores, pero nunca fue así. Los gárrulos sofistas incluían a personajes de talla en otros campos, como Ortega y Gasset, los cuales no vacilaron en aliarse o hacer el juego a las corrientes más devastadoras  para España y la libertad. En esa hispanofobia yace una clave profunda de las perturbaciones españolas del siglo XX. La república fue concebida por Azaña, su principal ideólogo –o el único que emitió cierto grado de teorización sobre ella–, como un programa de demolición de las tradiciones españolas en general y católicas en particular.

   Había en esa hispanofobia una indignación hasta cierto punto justificada  por el atraso que sufría España en comparación con las grandes potencias de de Europa occidental, Inglaterra, Alemania y sobre todo Francia, a las que identificaban como “Europa”, sin más. Pero el análisis de las causas de ese atraso era tan simple, inadecuado y falto de estudio real como su beata admiración hacia una “Europa”, de la que entendían muy poco y sobre la que no produjeron ni siquiera un libro de viajes interesante. Eran, en fin,  gárrulos y osados sofistas. Y me viene a la cabeza una observación de Vernon Walters sobre Franco:  no era “ excitable y charlatán”  como tantos españoles.

   Precisamente fue en el franquismo  cuando volvió a cultivarse la autoestima y el patriotismo  español, se rescataron sus símbolos y se encomió su historia –es lo de menos si a veces  predominaba la retórica, cosa inevitable–, y  el país defendió su soberanía y mantuvo una política independiente. No asombrará que la reacción hispanófoba del posfranquismo se vistiera de un antifranquismo chillón. Este ha sido y es el principal disfraz de la hispanofobia en la actualidad.  Moralmente, solo podrían declararse antifranquistas los que habían combatido a Franco, esto es, los comunistas y terroristas. El  antifranquismo de los demás, que habían prosperado y a menudo medrado o trepado en la misma administración del régimen, solo puede catalogarse como farsa y fraude. Pero se ha extendido de modo inverosímil, revelando una verdadera enfermedad social. Y a todos esos antifranquistas de pacotilla no les importa retratarse, como tales, al lado de totalitarios, asesinos y genocidas. El espectáculo es sencillamente alucinante.

  Hay varios rasgos definitorios del la hispanofobia  de hoy, junto con el antifranquismo: un europeísmo beato e ignorante (nuestros políticos, y mucha gente, son los más europeístas del continente y los más ignorantes sobre Europa, como pasaba después del 98). Están perfectamente dispuestos  a disolver a España en “Europa”, como llaman a la UE, a regalar “grandes toneladas de soberanía” a la burocracia de Bruselas, como si la soberanía fuese una finca particular de ellos. Otro rasgo, asociado a ese, es el profundo e ignorante desprecio por la cultura hispana, hasta hacerse inconsciente, manifiesto en la indiferencia hacia el desplazamiento del español como lengua de cultura y en una anglomanía que en algunas regiones ha llevado a estudiar el inglés no como idioma extranjero, sino en plan bilingüe, como si fuera cooficial; y como idioma superior, ya que se presenta como el de la ciencia, los negocios, la música… prácticamente como la lengua de la cultura. Esta anglomanía es una de las peores muestras del páramo cultural en que ha sumido a España la “cultura” de la mentira histórica. Un tercer rasgo –hay muchos más—consiste en cierta complicidad con el terrorismo etarra (después de todo, este sí que fue realmente antifranquista, además de radicalmente hispanófobo)  y con el separatismo: cuando tantos políticos y periodistas especulan sobre la posibilidad de la secesión de Cataluña, van creando el clima para hacer potible tal secesión. En la misma tendencia encontramos otros fenómenos como la islamofilia y las facilidades de todo tipo para el asentamiento de musulmanes que, conviene no olvidarlo, siguen creyendo que Al Ándalus podría volver si Alá lo quiere, y por qué no había de quererlo. Al Islam le conviene la debilidad de España, y las tensiones separatistas le benefician  grandemente. Hay otros rasgos y tendencias más difusas y extendidas entre la población,  llevada a la inconsciencia de una “segunda infancia, parecida a la imbecilidad senil”, también denunciada por Menéndez Pelayo.

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Cómo Fontana y Fusi tergiversan la historia

Blog I: Las bases de la  política exterior española son falsas:http://www.gaceta.es/pio-moa/bases-politica-internacional-espanola-son-falsas-02042014-1942

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Vimos en el artículo anterior que, contra lo dicho por el señor Fontana, ni Gil-Robles ni Franco estuvieron a punto de provocar la contienda civil con sus propuestas de aplicar el estado de guerra ante las coacciones y violencias callejeras de las izquierdas desde la noche de las elecciones del 36. Ni queda claro que aspirasen a modificar los resultados electorales, todavía desconocidos entonces. Azaña, por contra, sí había intentado anular en 1933 el indudable, pacífico y nada intimidatorio triunfo de la derecha en las urnas.

Vamos ahora con la segunda afirmación, según la cual “es franquista” sostener que la guerra empezó en el 34. La misma gracia ha hecho Juan Pablo Fusi, a quien tenía por más serio: “La tesis oficial del franquismo, que siempre sostuvo que la revolución de octubre de 1934 había deslegitimado a la República”. Estas coincidencias, ya lo he explicado en otra ocasión, no son casuales, y responden al instinto de las izquierdas para eludir el debate racional y convertirlo en campaña de propaganda. A base, siempre, de un muy escaso respeto por la verdad.

Los franquistas, que yo sepa, nunca han sostenido esa tesis “oficial”. Han señalado, desde luego, el caos aportado por las izquierdas a la república y culminado en 1934, pero han justificado su alzamiento del 36, ante todo, como respuesta al proceso revolucionario abierto por el Frente Popular desde febrero de ese mismo año. La idea del comienzo de la guerra en 1934 la expresó, por ejemplo, Gerald Brenan (“La primera batalla de la guerra civil”), y Salvador de Madariaga señaló que, con la insurrección de octubre, la izquierda perdía cualquier autoridad moral para condenar el posterior levantamiento derechista. Tal vez Brenan y Madariaga representen la versión “oficial”, del franquismo en la peculiar historiografía de estos señores. Después de leer sus extravagancias de estos años últimos, ya no se asombra uno de nada. La idea de que en el 34 empezó la guerra civil no es mía, y pocos franquistas la han sostenido. Lo que yo he aportado es, entre otras cosas, la documentación probatoria de la tesis. Documentos de la izquierda casi todos, contra lo que ciertos historiadores profesionales pregonan (dicen que copio a Arrarás, los muy… profesionales).

Y esa documentación demuestra que la Esquerra se declaró “en pie de guerra” cuando la derecha ganó en las urnas del 33, y que el PSOE, tras marginar al prudente Besteiro, organizó a conciencia la guerra civil, en sus propias palabras. Estos dos partidos, más la izquierda azañista, los comunistas y el PNV, crearon sistemáticamente, a lo largo de 1934, un clima de desestabilización y golpismo, culminado en la insurrección de octubre, auténtica guerra civil con un balance de 1.400 muertos en 26 provincias (no sólo en Asturias), y devastaciones de todo tipo, desde artísticas a industriales. Éstos son los hechos, olvidados tan a gusto por los supuestos recuperadores de la memoria histórica. Aquella insurrección, ya lo he dicho, pudo haber quedado en un suceso brutal, pero aislado, si sus promotores hubieran rectificado; pero no rectificaron en nada esencial, y en cuanto tuvieron ocasión, desde la propia noche de las elecciones de febrero del 36, volvieron a impulsar un proceso revolucionario.

Ante los datos ineludibles, el señor Fontana sale del paso con estas palabras: “Bueno, si no empezó en julio de 1936, tampoco lo hizo en octubre del 34, sino en 1932, con el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. ¿Por qué quedarse en el 34?”. Pues se lo voy a explicar, una vez más: porque el golpe de Sanjurjo no provino de toda la derecha, sino de un sector marginal de ella, y por eso fue liquidado con la mayor facilidad (recordemos de paso que Sanjurjo había colaborado más que Azaña y muchos otros a la llegada de la república). Si el señor Fontana quiere buscar un paralelo a la sanjurjada puede encontrarlo en las insurrecciones anarquistas, emprendidas antes que la de Sanjurjo y mucho más sangrientas, pero que tampoco reflejaban entonces la actitud del grueso de la izquierda, sino sólo de un sector de ella. La insurrección del 34, en cambio, abarcó de un modo u otro a toda la izquierda, con excepciones contadísimas. La diferencia es crucial: cuando el grueso de la oposición se alza contra las elecciones y normas democráticas, y no rectifica luego, la convivencia democrática se vuelve imposible. Si el señor Fontana no consigue ver estas diferencias, hay para preguntarse qué clases habrá dado en la universidad.

Comete este historiador muchos otros errores, como olvidar el golpismo de Azaña o trazar una versión rosácea del también golpista Companys, hablar de “los catalanes” y “los vascos” cuando en realidad se refiere a los nacionalistas, que representaban a los vascos y os catalanes tanto como los comunistas o los socialistas a los obreros, es decir, representaban una calamidad para todos ellos.

Se haría muy largo extenderse sobre tales enredos, que tanto han degradado la universidad. Abreviaremos yendo a la raíz de ellos: las concepciones marxistas del señor Fontana, prevalecientes en la historiografía española durante treinta años. Esa ideología, lo he explicado en varias ocasiones, no sólo es antidemocrática, sino falsa de raíz, y por tanto sólo puede producir una descomunal acumulación de enredos y malentendidos, verdaderas bibliotecas para nada.

Y el marxismo español ha resultado especialmente estéril. Observemos aquí su “metodología”: no le preocupa lo más mínimo qué pueda haber de cierto o falso en la tesis del comienzo de la guerra en el 34. Lo que preocupa a esas “autoridades” es colocar a la tesis la etiqueta más eficaz para desacreditarla, con un criterio exclusivamente propagandístico. Vieja táctica, como ha recordado hace unos días Pablo Molina: ya en los años 40 la dirección del Partido Comunista soviético instruía así a los suyos: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». Fácilmente se reconocerá en esta receta la actitud de tantos presuntos intelectuales y periodistas hacia mi modesta persona.

A decir verdad, esas instrucciones apenas eran necesarias, pues derivan con férrea lógica de las doctrinas marxistas, para las cuales la verdad carece de valor. La historia, aseguran, consiste en el desarrollo de la lucha de clases, y lo importante, lo verdadero, es identificarse con lo que llaman intereses del proletariado o del pueblo. No hay otra verdad. La historiografía se convierte en lucha ideológica, en propaganda, vamos, contra los “intereses burgueses”. Su verdad se mide por su eficacia en esa lucha. Así, da igual si la tesis sobre el año 1934 es veraz o no: a estos cerriles señores les suena a “reaccionaria”, y por tanto debe ser rápidamente etiquetada y desacreditada. Y da igual también que en nombre de esos quiméricos “intereses populares” los propios marxistas se hayan asesinado entre sí a mansalva, y se hayan tratado de “socialfascistas” y de agentes del nazismo. En cuanto al marxismo español, su especial tosquedad le blinda contra la experiencia histórica.

No quiero decir que Fusi, o muchos otros que así obran, sean marxistas. Pero en la base de sus actitudes están las simplificaciones y la deshonestidad intelectual de esta ideología, tan extendida en versiones más o menos diluidas. Hasta gran parte de la derecha universitaria, baste pensar en Tusell, reverenció cómicamente a los agresivos y dominantes seguidores de Tuñón, Pierre Vilar y compañía. Pero su hegemonía, devastadora hegemonía, toca a su fin. Sólo hay que ver su forma simplona de huir, de defenderse contra un debate racional.

 (En LD, 30-8-2005)

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