Blog II: Miseria (II) El Europeísmo en España / Divorcio Iglesia-Cultura/ El caso Zarrías según Arcadi Espada. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
**Hoy sábado, por la tarde, firmaré en la caseta 237 de la Feria del Libro (Ediciones encuentro) ejemplares de El derrumbe de la II República, De un tiempo y de un país, y otros.
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Notas sobre Castilla del Pino.
A raíz de la intervención de manuelp sobre las similitudes que encuentra entre el protagonista de Sonaron gritos y golpes a la puerta, y Castilla del Pino en el segundo tomo de su autobiografía, Casa del olivo, sobre la actitud hacia los hijos (ficticios y reales respectivamente), me pongo a leer el libro del famoso psiquiatra. Lo tenía de hace años y solo lo había hojeado. Es un libro muy interesante, escrito por una persona muy culta y de indudable talento, ciertamente muy digno de tenerse en cuenta. Había leído con más atención el primer tomo, Pasado imperfecto, que me produjo un efecto algo deprimente, no tanto por lo que narraba sino más por la actitud del autor. Y utilicé algunos pasajes de él para Gritos y golpes, concretamente para la descripción del Madrid de la inmediata posguerra, de las pensiones y alguna escena de un burdel. Como se trata de una obra en verdad interesante, le dedicaré algunas notas en este blog. Castilla es muy observador y sin duda goza de una excelente memoria, pues describe con precisión muy pasados y, si bien no debe creerse que los detalles sean siempre exactos, crea una fuerte sensación de que en lo esencial fueron así.
La primera nota la centraré en el antifranquismo, hasta furibundo, del autor. A Franco le llamaba “el sapillo” y escribe, por ejemplo: ”La conciencia del sufrimiento concreto de tanta gente me convirtió en un antifranquista rabioso. Todo lo que observaba me remitía en última instancia a ese régimen, capaz de mantener a muchos en la miseria extrema cvomo forma de asentar y defender el privilegio de unos pocos” (p. 165). Más adelante comentaría en una entrevista: “A Franco lo he odiado durante cuarenta años (…) Gracias al odio, la humanidad ha progresado”.”Francisco Franco Bahamonde ha sido el personaje más nefasto de la historia de España desde el neolítico”. No me parece exagerado calificar esta autobiografía como un monumento de odio al franquismo. Y esto requeriría sin duda una explicación. Porque, pese a describir a aquel régimen con los tintes más negros, como una dictadura absolutamente opresiva, sanguinaria y cerril, lo cierto es que en ella el autor pudo no solo vivir, sino prosperar hasta hacerse un nombre y renombre muy notables, cuyo brillo, en cambio, decayó notablemente al llegar la democracia.
Castilla del Pino realizó su carrera con muy pocas trabas, desenvolviéndose en una sociedad tan cerrada y provinciana como la que describe de Córdoba, adquirió prestigio social, tanto entre la “buena sociedad” como en las capas bajas. Cuando yo estaba en el PCE, se le citaba como unos de los tres grandes intelectuales del partido, siendo los otros dos Ramón Tamames y Manuel Sacristán. Se suponía que no solo eran grandes, sino infinitamente superiores a los intelectuales “franquistas” o simplemente “burgueses”, ya que además de sus talentos compartían la doctrina científica de Marx y Lenin (por entonces Stalin había sido apartado del Olimpo proletario). Leí varias otras del autor, cuyo contenido solo recuerdo vagamente, sobre la alienación de la mujer, la depresión, la culpa y alguno más que, desde luego, se publicaban y diufundían legalmente, pese a su metodología entre marxista y freudiana. Él asistía, aun si con limitaciones ocasionales, como hace constar, a congresos internacionales, viajaba al extranjero, se codeaba con colegas prestigiosos de diversos países. Pudo haber ido a trabajar a Canadá, pero no lo hizo por decisión personal, sin ninguna presión del régimen. Ya en los años 40 no se recataba en confesar su ateísmo o agnosticismo a personas próximas al franquismo, disimulaba poco su inquina a Franco y se rodeaba de personas contestatarias, varias de ellas homosexuales, que vivían con algún disimulo, tampoco mucho, en aquella sociedad tan aparentemente carcelaria… Y así sucesivamente. Pero no trata en ningún momento de explicar por qué un régimen tan tiránico, policíaco y arbitrario le permitía prosperar –esta es la palabra—y no en una ciudad más o menos cosmopolita como Madrid o Barcelona, sino en la pequeña, provinciana, retrógrada, oscurantista e inculta Córdoba, como él la retrata con talento literario. Es lástima que no lo explique porque tal paradoja lo merecería. Salvando algunas distancias, recuerda a los marxistas y ultraderechistas que despotrican de los horrores del capitalismo y la democracia “burguesa”, en la cual, sin embargo, se acomodan sin problemas, sacando partido de sus ventajas con la mayor tranquilidad de conciencia.
Con todo, cabe pensar que el abono de su odio al régimen no fue su peripecia personal –en definitiva exitosa y sin mayores contratiempos–, sino, como sugiere, el conocimiento, directo o indirecto de las atrocidades y fechorías contra otras personas, contra el “pueblo” en general y la intelectualidad en particular. Y eso merece atención aparte.
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Dicho antaño:
El problema policial y el problema político (LD, 8-2-2001):
Si un grupo político, en una democracia, intenta imponer su programa a tiros, se transforma en una empresa de asesinos profesionales, y así debe ser considerado. Su represión es asunto policial; en la medida en que se le permita transformarse en cuestión política, en esa medida queda legitimado el crimen y entra en crisis el Estado de Derecho. La escasa tradición democrática española hace que muchos políticos no entiendan algo tan sencillo y, de hecho, colaboren peligrosamente con los asesinos. El caso de Margarita Robles –¡que dirigió la lucha antiterrorista!– resulta paradigmático. Si se permite que los atentados pongan en cuestión los principios del Estado de Derecho, habremos iniciado el camino a otra dictadura o la balcanización de España.
Dentro de esta distinción elemental, entra la mayor o menor eficacia de la policía en su cometido. A juzgar por la forma en que se van frustrando atentados espectaculares, en los últimos tiempos están dando mejor resultado las oraciones de Rouco que la técnica policial, casi nunca brillante. Pero, en todo caso, la técnica no debe condicionar la defensa de la democracia, como algunos pretenden al insistir en que, dada la persistencia de los asesinos, habrá que negociar –es decir, claudicar– con los asesinos. Nunca se ha oído decir que el Estado italiano o el norteamericano deban negociar con la mafia para cederle parcelas de poder –pues de eso se trata–, a pesar de que la mafia constituye en esos países un fenómeno mucho más persistente y mortífero que la ETA en el nuestro.
Ello no implica que el tratamiento del terrorismo sea exclusivamente policial. En realidad, un atentado no es un acto de guerra, sino de propaganda, que intenta multiplicar su impacto por medio de la sangre: es un diez por ciento de sangre y un noventa por ciento de propaganda. En este sentido, la represión policial constituye sólo un diez por ciento de la solución. El resto corresponde a la sociedad, que puede y debe neutralizar esa propaganda y volverla contra sus autores. Si tenemos en cuenta cómo hasta hace poco la ETA era vista con complacencia en amplios sectores políticos y populares, cómo sigue siéndolo entre los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos, y en Izquierda Unida, nos percatamos de lo mucho que se ha avanzado en ese terreno, y también de lo mucho que queda por hacer.
Los complacientes con el terrorismo –del que esperan obtener ganancias políticas muy claras– repiten machaconamente que el fondo de la cuestión es político, y que requiere un tratamiento político. Y tienen razón: al lado de los pistoleros están esos grupos y personas que, sin ser violentos, invocan la política para justificar la violencia y socavar los derechos ciudadanos. He ahí el auténtico y serio problema político.
