José Antonio, Durruti, Franco

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Blog I: Miseria del antifranquismo / El himno de Riego / ¿Detective chapuzas? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/miseria-antifranquismo-himno-riego-detective-chapuzas-20121119

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José Antonio, Durruti,  Franco.

Los tres personajes murieron el mismo día del año, y dos de ellos también  el mismo año, 1936.  Se trata de una simple casualidad, pero puede dar pie a alguna comparación entre los tres. José Antonio y Durruti estaban en bandos opuestos (un hermano de Durruti militó a su vez en la Falange), y tuvieron una muerte violenta, siendo relativamente jóvenes: el líder falangista con 33 años y el anarquista con 40.  Franco falleció por enfermedad  con casi 83 años, en 1975. José Antonio fundó un partido con una ideología de emergencia, por así decir, de combate ante la amenaza revolucionaria cada vez más densa que se cernía sobre España Su doctrina mezclaba ideas fascistas con cierto tradicionalismo católico, lo que le alejaba considerablemente del fascismo a la italiana y mucho más del nacionalsocialismo (http://libros.libertaddigital.com/jose-antonio-en-perspectiva-1276232724.html).  Aunque defendía el uso de la violencia “cuando se ofende a la justicia o a la patria”, era poco proclive a ella. Cuando los socialistas y comunistas empezaron a asesinar indiscriminadamente a militantes de Falange, desde 1933, se opuso a aplicar la misma medicina: “Una represalia puede ser lo que desencadene en un momento dado (…) una serie inacabable de represalias y contragolpes. Antes de lanzar así sobre un pueblo el estado de guerra civil deben los que tienen la responsabilidad del mando medir hasta dónde se puede sufrir y desde cuándo empieza a tener la cólera todas las excusas”). Los monárquicos se burlaban y le incitaban llamándole “Juan Simón”,  por la copla. Sin embargo, la cadena de asesinatos, con un estado que no protegía con un mínimo de eficacia a los ciudadanos, le obligó a ceder a las exigencias de sus seguidores. Los atentados falangistas fueron muchos menos que los contrarios, y además de réplica a estos, pero la hábil propaganda izquierdista, secundada por numerosos historiadores ignorantes  o tergiversadores, ha logrado crear la imagen contraria. Cuando llegó el  Frente Popular recomenzaron los asesinatos de falangistas, con alguna represalia. El gobierno, salido de unas elecciones no democráticas, proscribió ilegalmente a la Falange, comienzo de una larga serie de ilegalidades.  José Antonio fue fusilado por el Frente Popular. Parece que hubo posibilidad de canjearlo por un hijo de Largo Caballero apresado por los nacionales, pero el propio padre se opuso (el hijo saldría de prisión en 1944, y en 1948 se le permitió emigrar a Méjico). Las especulaciones sobre el interés de Franco en que fuera fusilado son solo eso: especulaciones, en general de mala fe, como las de Preston. También se dice que, estando libre, habría rivalizado con Franco. Otra especulación muy poco seria.

En cuanto a Durruti, nunca quedó claro si murió al disparársele su arma o liquidado por comunistas o incluso por  compañeros suyos. Transcribo de mi novela  Sonaron gritos… 

Bien…El destino juega con nuestros impulsos –la frase me sonó pomposa–. Sí, son hipócritas muchos, pero no la mayoría. Ahí tienes: nunca en Barcelona había asistido tanta gente a un entierro. Adoran a un pistolero de ideas simples, estoy seguro de que tú o yo sabemos más de anarquismo que él. O mira a García Oliver, un antiguo pistolero, y… ¡ministro de Justicia! ¡Anarquistas en el gobierno! ¡Vaya si es una revolución!

– Ya, los de a pie no son hipócritas, pero ¿qué quieren expresar levantando el puño?  ¿Qué intereses? Desean cultura, saber, mejorar su vida. Yo visité una vez un ateneo libertario, la gente quería progresar, no eran simples sanguinarios. Quizá todo se calme después, y la sociedad mejore. Quizá haga falta esta convulsión para avanzar.

   Mi salida, algo estrafalaria, le indignó.  

– ¡Qué locura! Eso creí yo al principio, lo de Marx: la violencia es la partera de la historia. Y  la guerra la madre de todas las cosas, dice La Celestina, ¿no citaba a Heráclito?  –éramos capaces de expresarnos así, un tanto pedantescamente–. Pero aquí es la madre de la miseria y el delito. ¿Hacía falta el asesinato de tu familia?  No te engañes –hablaba  nervioso, contra nuestra costumbre de especular sin enfadarnos–, ellos tienen intereses, claro: mandar y derrochar dinero. Creen que lo han ganado con su sudor y que se lo han robado. Para ellos no cuentan la iniciativa y el riesgo de gente como tu padre. Sus crímenes no son el coste de un mundo mejor, son la  medida de esos deseos de cultura, como los llamas. Sí, todo el mundo quiere saber, mejorar, valer más y todo eso… Y también lo contrario, no pensar, dejarse gobernar por los bajos instintos y sentirse dioses. ¡Recuerda a nuestros compañeros de estudios! Nos miraban como a bichos raros porque discutíamos y leíamos cosas que ni entendían ni les preocupaban. Y eran de  “buena familia”. Les jodía que no fuéramos como ellos, y si no hubiéramos sacudido a más de uno, nos habrían amargado. Pues con la revolución,  peor. Las cuentas no les han salido y tienen hambre. Y echan la culpa a los fascistas.

–No olvido lo de mi familia. Pero me gustaría tener una visión más amplia. Tú lo has dicho de nuestros compañeros de clase: ¿son mejores esos ricos vacíos, viciosos y estúpidos? Y los de abajo lo perciben. Se dicen que esa gente no es mejor que ellos y no comprenden cómo puede estar por encima y gozando de tanto lujo…

– En todas partes hay buenos y malos, pero después de sufrir su revolución creo que lo que quieren, lo que envidian, son los lujos y los vicios de los ricos. Después de ocupar y dejar como pocilgas los antros y clubes de los ricachos, les han llegado las vacas flacas, mientras a sus jefes no les falta de nada.

– Durruti era un jefe y no un aprovechado. Se batió como el primero.

–Aprovechado no, ¡demente!

– Bien, no es momento de discutir… Pero todo me parece como si no me ocurriera a mí. ¡Acabar con el presidente de la Generalidad…! Me da mareos.

– ¡Pues claro que no es momento! Meterse a esas averiguaciones solo nos debilita. Debemos hacer lo nuestro y olvidar lo demás. Lo que ha de ser, ha de ser, no vayas a echarte atrás ahora, por favor (…)

  –¡Hasta tengo la impresión de parecerme a Durruti! –insistí.

–¡Burradas! Durruti habría acabado con la sociedad civilizada. Nosotros, al contrario.

–Él no lo consideraría así.

–¿Y qué importa? No cuenta cómo lo considere cada cual, sino cómo es de verdad. A tu familia quizá la han exterminado. ¿Y por qué? ¿Hacía algún mal tu padre con su taller? Al contrario, daba trabajo a unos cuantos, pero los durrutis lo consideran un crimen.

–Ya sé, hombre, ya sé. Pero te lo repito: vivo como en sueños. Si no estuvieras tú tan firme y tan seguro, lo dejaba. No temas, iré cueste lo que cueste. Lo que no quiero es descender a una rufianería como la de Mario.

    En cuanto a Franco, no hará falta repetir sus méritos, que quieren ignorar sus enemigos. Salvó a España de muchas catástrofes  y dejó un país en las mejores condiciones. No tuvo oposición democrática y murió en cama, tras una penosa agonía  con la que tanto se han regocijado sus ruines enemigos. Después, sus herederos han  resultado no menos ruines casi todos.  Unos, incapaces de defender su memoria, otros confundiendo la reconciliación popular, lograda de mucho tiempo atrás, con una reconciliación falsa con quienes habían llevado a España al borde del abismo.

Tres  personajes definitorios de una época histórica.

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“Sepalanes”, “sepascos”.

Me sugiere un amigo que es muy fastidioso tener que decir a cada paso “nacionalistas catalanes” o vascos, o lo que sea, y que por eso la gente prefiere decir simplemente  “catalanes”, “vascos” etc., lo que es mucho peor, porque introduce una falsedad esencial. Como se trata de separatistas, propone que en adelante se habla de “sepalanes”, sepascos”, “sepallegos”, “sepaluces”,  etc.  Con lo que quedarían englobados en una sola palabra que daría más ligereza al discurso. Me parece una propuesta muy plausible. En adelante la emplearé aquí. Como todos los neologismos, suenan un poco raros al principio (así “useño”, por ejemplo), pero el uso los vuelve normales.

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Violar a las mujeres y las leyes / Importancia naval de España

****Lunes, 19: presentación de Menéndez Pelayo. Genio y figura. Intervendrán Aquilino Duque, César Alonso de los Ríos y José Miguel Oriol. A las 13,00 horas, en la Academia de la Historia, c/ León 21, Madrid

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Blog I:  ¿No es Rajoy masón? / Lili Marleen en Vitebsk / ¿Gallego o catalán  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Parece que ha dimitido o han dimitido al jefe de uno de esos organismos extraños y probablemente parasitarios de nuestra administración:  dijo que a las mujeres y a las leyes hay que violarlas. Por pura casualidad he encontrado esto en las memorias de Pío Baroja:

Otro de los tópicos de Silverio Lanza era una misoginia agresiva. “Amigo Baroja –me decía–, en sus novelas es usted muy galante y respetuoso con las damas. A las mujeres y a las leyes hay que violarlas para hacerlas fecundas”. Yo me reía.

   Un día (…)  volvió Silverio  con la historia (…) Gil se reía, y como hombre irónico y enfermo hacía observaciones burlonas y un tanto lánguidas. Yo, ya cansado, le dije a Lanza: “Mire usted, (…) , todo eso es literatura y literatura manida. Ni usted ni yo podemos violar las leyes y las mujeres a nuestro capricho. Eso se queda para los César, para los Napoleón y para los Borgia. Usted es un buen burgués que vive en su casita de Getafe con su mujer, y yo soy otro pobre hombre  que se las arregla como puede para vivir. Usted, como yo, tiembla si tiene que transgredir, no una ley, sino las ordenanzas municipales; y, respecto a las mujeres, tomaremos algo de ellas si ellas nos quieren dar algo, que me temo que no nos darán gran cosa a usted ni a mí, y eso –añadí en broma—que somos dos de los cerebros más privilegiados de Europa”

   Mi primo Goñi dijo a esto, con la gracia rara que le caracterizaba, que dentro de la mezquindad de la vida, de la realidad palpable, yo tenía razón;  pero que Lanza se colocaba en un plano más alto,  más romántico, más ideal. Después dijo que Lanza y él eran bereberes, violentos y apasionados, y yo un ario vulgar, de ideas corrientes, como las de todo el mundo.  A Lanza no le hicieron gracia las explicaciones de mi pariente, y se separó de nosotros con marcada frialdad

No sé si la extravagante  idea era original de Silverio. De él dice Baroja: “Silverio Lanza era un hombre de cierta originalidad y que tenía un fondo  enorme de ambición fracasada y de vanidad, cosa muy lógica, porque siendo un escritor notable, no había tenido, no ya el éxito, ni siquiera la consideración que otros hemos disfrutado”.

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España y el mar

Fui el otro día al Museo Naval. Es muy interesante, aunque podría tener explicaciones más detalladas y visibles. Había una exposición sobre mujeres en la conquista y colonización de América, que no vi: me bastó leer la hoja explicativa para desanimarme. Según ella,  la mujer en el siglo XVI “tenía un destino marcado”, aunque algunas, muchas por lo visto, “se sobrepusieron”.  “Supeditada a la tutela del varón y desprovista de toda relevancia intelectual, ser mujer en la España del siglo XVI  era esencialmente un estigma”. Uno se pregunta cómo una institución como el Museo Naval puede tolerar estas cretinadas que insultan la inteligencia. Busco quién es el comisario de la exposición. Se trata de dos  señoras,  Mariela Beltrán García-Echaniz y Carolina Aguado Serrano. De ellas sí puede decirse que demuestran carecer  de cualquier relevancia intelectual. Me recuerdan a otra señora que defendía el papel de la Celestina como puta:

Modelos de mujer: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/modelos-de-mujer-un-gran-fallo-en-los-estudios-sobre-la-transicion-8652/

Feminismo y prostitución: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/gran-hambruna-y-holodomor-feminismo-y-prostitucion-8694/

Cambiando de tercio, me preguntaba  por qué se desdeña o ignora tanto la historia naval de España. A cualquiera que se le pregunte recordará seguramente  dos desastres, el de la “Invencible” y el de Trafalgar, e ignorará el resto, y considerará que  la primacía histórica naval del mundo corresponderá a Inglaterra, suponiendo que esta siempre venció a España en el mar. Creo, sin embargo que podría argumentarse la primacía española. Fueron las flotas españolas los que por primera vez cruzaron el Atlántico y el Pacífico, los océanos más grandes del mundo,  los que dieron la primera vuelta al mundo, descubrieron teritorios inmensos,y pusieron en comunicación todos los continentes habitados y crearon rutas comerciales, mientras en el Mediterráneo las flotas españolas rivalizaron y terminaron venciendo a la marina más poderosa de la época, la otomana.  Son proezas  de una envergadura  histórica que ninguna otra marina ha  igualado, y en una época en que las demás potencias europeas, excepto Portugal,  apenas pasaban de practicar  la piratería o el tráfico negrero en los grandes océanos. Contra una impresión extendida,  la flota española, durante la Guerra de los Cien años, derrotó a la inglesa, que a su vez había vencido a la francesa, castigó duramente la costa sur de Inglaterra y llegó muy cerca de Londres. La Armada “Invencible” fue seguida por parte inglesa de una Contraarmada al mando de Drake, que terminó en un desastre no menor que la española, y en la que participaron “los elementos” en menor medida que en la “invencible” (este nombre le fue puesto por los ingleses, no por los españoles). Todavía en el siglo XVIII los ingleses lanzaron contra el nudo del Imperio español, Cartagena de Indias, la escuadra más grande que había visto la historia, que fracasó  por completo frente a una defensa numérica y materialmente muy inferior. Cabe recordar que Nelson fracasó a su vez en las Canarias, donde estuvo a punto de perder la vida (perdió un brazo). En fin, A. R. Rodríguez González, entre otros, han escrito libros muy interesantes sobre la historia naval hispana. Pero son desconocidos del gran público y no influyen para nada en la enseñanza de la historia en nuestro país. La historia de España, tal como se impone actualmente a los niños, provoca en ellos desagrado o sensación de pesadez.

Bien, un poco en contra de las pésimas versiones de la historia hoy en boga, a partir del martes próximo creo que estará en las librerías mi  penúltimo libro, España contra España.

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Pío Baroja, sobre Oscar Wilde / Otro mito republicano se viene abajo.

Blog I: Un error, creo, de Julián Marías / El entierro de Durruti / Un pasado algo oscuro. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/un-error-creo-julian-marias-entierro-durruti-un-pasado-oscuro-20121114

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España cañí: http://www.youtube.com/watch?v=EMHywFSe4Sc

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Pío Baroja, sobre Oscar Wilde

“Oscar Wilde era alto, demasiado alto, con un cuerpo grande y un tanto destartalado. Iba vestido de gris; llevaba un sombrero blanco y una indumentaria vulgar. Tenía la cara larga, pálida, un poco caballuna; las manos, enormes, así como fláccidas, muertas, y los pies por el estilo. Sabiendo quién era, daba la impresión de un fantasma. No sabiéndolo, parecía un hombrón vulgar. No tenía nada de ese aire trágico y dramático que tienen a veces las ruinas humanas. En el tiempo que le vi no contaba más de cuarenta y tres años, pero parecía un hombre de cincuenta.

El hombre aquel, triste y decaído, podía ser en su decadencia el autor de El retrato de Dorian Grey y de otros libros un poco aparatosos y petulantes escritos para snobs; pero no parecía que pudiera ser el que había escrito comedias tan chispeanes y alegres como El abanico de lady Windermere y, sobre todo, como La importancia de llamarse Ernesto (“The importance of being earnest”).

Los escritores franceses se mostraron muy severos con Oscar Wilde. Esto podía explicarse en una sociedad puritana; pero en un ambiente de estetismo y de corrupción no se comprendía.

La severidad inglesa en la cuestión de Oscar Wilde fue estúpida y torpe. Un hombre puede empeñarse en desafiar la opinión pública de un país; pero un país grande y fuerte, por lo mismo de ser fuerte, no debe aceptar el desafío de un cínico, sino resueltamente alejarlo y no ocuparse de él.

Era difícil explicar una actitud tan mezquina, tan ruin como la que tomaron los escritores con tipos como  Oscar Wilde o como Verlaine. Que el uno era un invertido y el otro un borracho y quizá también invertido. Cierto; pero había un gran número de escritores  que eran también invertidos y borrachos y no se les insultaba ni se les aislaba al ponerles este inri. (…)

Esta cuestión de Oscar Wilde a mí no me interesó nunca. Me pareció un tema de pensión de solteronas, una verdadera cursilería. La justicia inglesa estuvo también muy torpe. El juez debía haberle dicho al escritor:

–Mire usted, señor Wilde. Ese problema de usted nos importa poco a nosotros. Tome usted el barco, vaya usted al continente e instálese usted donde le parezca y viva donde quiera y como quiera.

El proceso de Oscar Wilde fue tan ridículo como el Corydon de Gide. Este libro parece, por lo poco que he leído de él,  la apología del homosexualismo. ¿Para qué esa apología y esa pedagogía? No se ve para qué. Lo mismo creo que podría hacer la apología del herpetismo o de las hemorroides.

Oscar Wilde era, evidentemente, un escritor  de talento; pero en aquel tiempo estaba rechazado por  todos sus colegas franceses, a pesar de que a muchos de estos, como a Jean Lorrain y a otros varios, se les atribuían las mismas costumbres que al autor de Salomé. El homosexualismo era un mérito. Un escritor francés me decía:

–A mí nunca me han tachado de homosexual, y, naturalmente, no tengo éxito.

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El mito de las 27.000 escuelas construidas por la república:

Sobre la república, como sobre todo lo que hace la izquierda, se ha construido una increíble cantidad de embustes. Según este estudio, la cantidad real de edificios escolares terminados antes de la Guerra Civil asciende a unos 700,  con unas 3.000 aulas. De ellos, una buena parte se inauguraron con la república, pero habían sido comenzados en la dictadura de Primo de Rivera. También es falsa la especie de que durante el segundo bienio, llamado “negro” por  los golpistas  izquierdas y separatismos, se ralentizase la construcción de escuelas. En realidad, los presupuestos de enseñanza aumentaron durante el segundo bienio, como he explicado en varias ocasiones.  Para entender la república y la compulsión de los “republicanos” a la mentira, solo hay que leer los juicios de Azaña, de Marañón o de Pérez de Ayala:

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=25756

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Oligarquía goda y formación de España / Tipismo y División Azul /Prensa prostituta.

Blog I: Calumnias en la ONU / Tercera canción / Bofarull responde: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/verdad-prensa-prostituta-20121113

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Como observa Christopher Dawson en La religión y el origen de la cultura occidental, “los reyes merovingios no habían dejado de ser bárbaros al convertirse al cristianismo. En realidad, a medida que se alejaron del trasfondo tribal de la antigua realeza germánica parecieron volverse más feroces, traidores y corrompidos (…) El mundo que Gregorio de Tours describe es un mundo de violencia y corrupción, donde los jefes dan ejemplo de injusticia y desprecio de la ley, y donde se perdieron las virtudes bárbaras del lealtad y honor militar”.

Esto parece bastante más próximo a la realidad que las arbitrarias ocurrencias de Ortega (cuando Ortega habla de política o de historia –en esto tenía razón Azaña– no solía expresar pensamientos, sino ocurrencias) sobre los visigodos y los francos, y la presunta decadencia de los primeros frente a la vitalidad de los segundos. Ambos pueblos (sus capas dirigentes) se encontraron con el mismo problema: con unas instituciones y tradiciones tribales, muy primarias, no estaban en condiciones de administrar o gobernar los extensos países, de cultura superior, creados sobre las ruinas del imperio romano, lo que produjo tres efectos: la profunda degeneración señalada por Dawson; la considerable barbarización de Europa occidental; y la pervivencia tolerada de una especie de poder paralelo de tipo no solo espiritual sino también cívico, constituido por la estructura eclesiástica, que en aquel trance salvó la civilización.

La dominación franca –y los francos tenían detrás un contacto con Roma, “corruptor” a juicio de Ortega, no menos intenso y prolongado que los visigodos– fue con los merovingios una auténtica y caótica pesadilla, dividió las Galias en diversos reinos enfrentados entre sí, y apenas llegó a crear una estructura parecida a un Estado. Por contraste, los visigodos no solo mantuvieron su reino en una política de tenaz unificación de Hispania, sino que construyeron un Estado de cierta entidad. Considerar estos logros –entre otros– manifestaciones de “decadencia y corrupción” entra ya en el campo de las tonterías.

Pero Dawson no parece tan acertado, por decirlo suavemente, cuando afirma: “Los reinos bárbaros del sur (España y el Magreb) tuvieron corta existencia y poco influjo en el futuro de la cultura occidental, salvo negativamente, en la medida en que prepararon el camino para la conquista musulmana de África y España en el siglo VIII”. Sorprende una comparación tan inverosímil entre el reino vándalo y el visigodo, incomparablemente más sólido el segundo, política y culturalmente, y mucho más duradero: casi tres siglos contra muy poco más de uno: el islam no derrotó allí a los vándalos, sino a los bizantinos y los beréberes. Además, el reino godo ejerció gran influencia en la cultura occidental, a través de Isidoro, Tajón y otros, incluso en la época carolingia. De hecho España fue (a partir de Leovigildo) el reino germánico más civilizado, con diferencia, de Europa occidental, en una época en que los demás apenas eran capaces de levantar arquitectura de piedra, no digamos fundar ciudades. Y decir que los visigodos prepararon el camino a la conquista musulmana no pasa de frivolidad… excepto en un sentido.

Cuando hablamos de los godos solemos referirnos a su oligarquía nobiliaria y a sus monarcas, y, desde luego, sería muy exagerado atribuir a la primera la formación política de España. Si observamos el proceso de nacionalización iniciado con Leovigildo y Recaredo notamos que sus impulsores son, en general, los monarcas, en contra de las tradiciones germánicas y del poder nobiliario; y que de este último provienen en cambio todas las dificultades, trifulcas y contiendas civiles que terminarían en la “pérdida de España”. Pero aún mayor peso que el interés unitario y nacionalizador de los monarcas o la mayoría de ellos, y de algunas facciones nobiliarias, tuvo el episcopado, propiamente la organización civil hispanorromana.

La historia del reino hispanogodo desde Leovigildo es la de una tensión permanente entre las tendencias de la realeza y el episcopado (representante, en aquellas condiciones, de la mayoría de la población) y una aristocracia que nunca se debilitó lo suficiente ni perdió del todo sus tradiciones germánicas, si bien cada vez más degradadas. El carácter electivo de la monarquía y la “costumbre” del regicidio parecieron cambiar cuando Leovigildo fue sucedido por su hijo Recaredo y este por el suyo Liuva II, un sistema hereditario mucho más estable y racional, dadas las circunstancias. Pero con el temprano asesinato de Liuva volvieron, en parte, las tradiciones bárbaras, y el episcopado hubo de aceptar también el sistema electivo y participar en él. Si el sistema hubiera dependido exclusivamente del carácter levantisco, banderizo e intrigante de aquella aristocracia, el país pronto se habría disgregado inapelablemente, como ocurrió con los francos en las Galias, y nunca habría alcanzado el notable grado de unidad nacional que efectivamente logró, ni se hubiera mantenido esta unidad cerca de un siglo y medio.

Ninguna de estas tendencias –la de la oligarquía, la del episcopado y la de los monarcas, al menos los más ilustrados– predominó del todo, por ello hablamos de tensión entre ellas. El desgraciado fin de la España goda puede hacer creer que finalmente la oligarquía fue haciéndose el poder decisivo, empujando el reino a la decadencia y preparando el camino a la conquista musulmana, como dice Dawson; pero sospecho que esa impresión es también un espejismo a lo Perogrullo, causado precisamente por la derrota ante los musulmanes. A pesar de los datos contradictorios, me parece muy sostenible la tesis de que el reino godo no fue abatido en un momento de decadencia, sino de progresivo fortalecimiento, pues estas cosas ocurren a veces en la historia.

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   Me critican algunos que los dos protagonistas de la novela que van a Rusia no reflejan el espíritu del divisionario corriente. Y es verdad. Ya he dicho que he huido del costumbrismo y el tipismo. Por la División Azul pasaron casi 50.000 hombres, y entre ellos había de todo como personas, con motivaciones muy mezcladas. Aunque la media podía definirse como el joven idealista, católico y patriota, con cierta ingenuidad intelectual. Paco y Berto son patriotas, sin duda, aunque no exaltados; Paco es muy poco creyente y Berto no mucho más, pero no son indiferentes sino que siempre se están haciendo preguntas, no son ingenuos (algún divisionario cuenta en sus memorias cómo un ex fraile allí presente afirmaba que Dios no existía, sorprendiendo a todos). En los dos entra un afán de aventuras y de independencia, pese a aceptar una dura disciplina. Paco se parece a su hermana Luisa en su tendencia a la promiscuidad, mientras que Berto se debate entre la atracción por Carmen y su temor a encadenarse a una vida “normal”. Pese a todo, un motivo que comparten con los demás divisionarios es la idea de acabar de una vez con el foco del comunismo, después de la experiencia de la guerra española. Como catalanes, tampoco responden a estereotipos. Tampoco el cura con quien discuten es típico. Pero atípico no significa imposible ni inverosímil. 

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Prensa prostituta.

En algunos libros he señalado el hecho, bastante asombroso pero que se ha vuelto normal, de que la gran prensa con pretensiones serias se lucrase de la prostitución mediante secciones de anuncios. Quiero decir, se lucrase directamente, porque de forma indirecta, otro rasgo de la mayoría de los medios de masas ha sido la promoción masiva de personajes y hechos asimilables a la prostitución. Esa “normalidad” no deja de ser un dato definitorio. Se ha impuesto desde hace muchos años una triple corrupción, intelectual, económica y sexual. La peor de ellas es la primera: el imperio de la mentira. Del que derivan en gran medida las otras dos.

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Un oscuro episodio de los “años de hierro” / La España de la Guerra Mundial.

Blog I: España es diferente / 2ª canción en “Sonaron gritos…” / Carteles en catalán. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Uno de los sucesos más interesantes y reveladores de los años 40 fueron los movimientos monárquicos y de los Aliados para derrocar a Franco. En 1945, cuando los acuerdos de Yalta parecían determinar la liquidación del Caudillo, según expone Luis María Ansón, se urdió un plan de los monárquicos antifranquistas y de los servicios secretos useños para explotar el maquis comunista: con ese pretexto se denunciaría la “inestabilidad de España”, “peligro para Europa”, los tanques aliados invadirían el país y –pensaban algo ingenuamente– eliminarían con suma facilidad al vencedor de la guerra civil e impondrían la monarquía.

El plan fue diseñado por Allen Dulles, el jefe de la OSS, precursora de la CIA, y acogido de buena gana por Sainz Rodríguez y otros. Don Juan, por su parte, explicará a Ansón: “Quiero que te quede completamente claro que yo no acepté el plan, y, claro, mucho menos lo estimulé (…). Debo decir que no me opuse. Escuché lo que me decían y sanseacabó“. Es decir, que sí lo aceptó, aunque poniendo cara de póker. De hecho Dulles no proponía, daba instrucciones a los juanistas como si fueran empleados suyos, y no parece haber habido mucha repugnancia en los monárquicos antifranquistas –que eran solo una fracción de los monárquicos, aunque muy influyente— ante la perspectiva de ocupar el poder con tales métodos. La maniobra está en la base del célebre Manifiesto de Lausana, con el cual creyó Don Juan abrir su camino al trono y que, en realidad, se lo cerró para siempre. Intriga, pues, típicamente maquiavélica, pero también mal calculada; en otro artículo explicaré por qué. Transcribo de Años de hierro:

Mientras tanto, los comunistas ignoraban el papel de peones inconscientes diseñado para ellos, y no pensaban por el momento repetir una aventura como la del valle de Arán. Coincidían todos en la idea de utilizar las guerrillas para provocar la intervención aliada, pero el PCE quería crear su propia fuerza armada a fin de tener el papel decisivo en el posfranquismo. Por ello continuaba introduciendo en el país cuadros probados en el maquis francés y hasta en la lucha partisana soviética, coordinando políticamente a los grupos de huidos dispersos, y fundando otros nuevos. Hallaban pocas simpatías entre la población, como ya habían comprobado el otoño pasado, y ello dificultaba su tarea. En Rusia, los partisanos se habían implantado sembrando el terror entre la población civil desafecta, ante la indiferencia de los alemanes, para en una segunda fase concentrarse sobre la Wehrmacht. Pero en España la policía no iba a permanecer indiferente. Los guerrilleros esperaban superar estos obstáculos con algo de tiempo y la intensificación progresiva de las acciones.

Entre tanto, debían correr serios riesgos para conseguir armas, apoyos seguros –siempre escasos–, montar “estafetas” para el correo y los suministros, etc. Las estafetas solían instalarse en huecos de árboles o bajo piedras de cierto tamaño, cerca del chozo de algún pastor o la casa de algún campesino que servían de enlaces. De este modo no necesitaban verse ni concertar citas entre unos y otros. Los guerrilleros debían vigilar el lugar antes de acercarse, pues, como ocurriría a veces, la Guardia Civil podía haberlo descubierto y preparado una emboscada. Otros problemas surgían de las querellas dentro de las partidas, la desigual formación política o la tendencia al bandidaje.

No menor era la dificultad de encontrar atención médica para las heridas o las enfermedades, fáciles de contraer en tan ardua existencia. A veces obligaban a atenderles a médicos normales, a punta de pistola, un método peligroso. La agrupación guerrillera de la zona centro insistía a la dirección, a finales de 1944: “La urgencia del médico para nosotros es de carácter inmediato, esperamos que esto no se demore”. El médico debía estar entrenado para “largas marchas y con peso encima, como es el equipo y la comida, pues de no ser así, como comprenderéis, nosotros no tenemos retaguardia y corre peligro de caer en manos del enemigo”. Y debía ser un guerrillero más, pues “una de las mayores dificultades que tenemos es que aquí existe demasiado personal inútil: mujeres, viejos y niños; en fin, muy pocos para dar la cara y lo peor es que todos comen”. El informante exageraba, pues los viejos y las mujeres contribuían a la lucha en alguna medida, y niños apenas habría alguno.

Por fin consiguieron un médico, “camarada joven y decidido”, Manuel Tabernero Antona, con los apodos Lyon y Robert, que se incorporó al grupo a finales de 1944 o principios del 45. Una carta suya a la chica que le servía de enlace con Madrid revela otras facetas de aquella vida: “Simpática camarada Flor: el día 3 por la noche bajé en compañía de unos guerrilleros a recibir las cosas que nos mandabas, y cuando regresé al campamento eran las tres de la madrugada. Como podrás imaginarte, todos estaban profundamente dormidos, porque el mismo día, precisamente, Carlos y Ángel habían regresado de un largo viaje; pero los llamé y les dije: “Camaradas, traigo carta de Flor”. Inmediatamente se incorporaron, rebosando de alegría. Tuve que encender el candil y, mientras se recreaban con la lectura de tu misiva, entre carcajadas y alborozos, a mí me correspondió ser la víctima, tuve que prepararles el café en la forma tan poética que tú sabes, machacado con una piedra y colado con un calcetín. ¡Y qué paladar más exquisito tiene! Estoy seguro de que te gustaría. A mí los primeros días estas cosas me causaron cierto efecto raro, pero ha desaparecido toda clase de escrúpulos. Referente a tu preocupación por sus vidas, ¡tranquilízate!, velaré por ellas”.

La carrera de Lyon sería breve. Llegó a dirigir la agrupación guerrillera de Gredos, pero el 13 de septiembre de 1946 caería junto con otros jefes del maquis en una emboscada de la policía, en la huerta del “tío Matapulgas”, cerca de Talavera de la Reina. Se habían reunido allí para resolver asuntos internos. La “catástrofe de Talavera” traería desarticulaciones en Madrid y Toledo, y el descubrimiento del cuartel general del “Ejército Guerrillero” en un chalé del barrio madrileño de Ciudad Lineal, provisto de una emisora manejada por un militante llegado de la URSS.

El doble e imbricado episodio de los monárquicos, el OSS y los maquis podría dar lugar a una buena película o novela y se presta, desde luego, a muchas reflexiones. Por ejemplo cómo, a veces, gente con talante de héroes defiende las peores causas, mientras causas superiores son representadas por personas de gran bajeza. El mito de Adán y Eva, mucho más profundo que las simplezas morales de Dawkins o Pinker, lo indica: comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal esperando ser como dioses, y accedieron a la esfera del mal y del bien, en efecto, perdiendo la inocencia de los animales. Pero nunca lograron dominar aquella ciencia. (LD, noviembre de 2007).

   Puede observarse la implicación de algunos monárquicos (no todos ni mucho menos) en un suceso de alta traición. Ansón lo cuenta con la mayor naturalidad. Otro episodio semejante fue el proyecto de colaboración en la invasión de Canarias por Ingleterra. Pueden ustedes recordar el penúltimo capítulo del trabajo sobre la masonería: esta parecía intentar preparar a los masones españoles para que utilizaron su influencia en asegurar el control inglés cobre las Canarias e incluso las Baleares.  

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No estoy muy de acuerdo con algunos juicios del autor de la reseña.  Por ejemplo, Franco no era cortoplacista, aunque en las cambiantes situaciones de la guerra mundial hubo de adaptarse continuamente para no ser arrastrado por el remolino. Y la reconstrucción de posguerra se hizo y con bastante rapidez, a pesar del injusto y abusivo aislamiento que sufrió el régimen. Pero, en conjunto, es una crítica  interesante:

Francisco Franco, ese político (Antonio Golmar)

 Hábil y ambicioso; cortoplacista; prudente y maquiavélico; cínico y un tanto ladino; y sobre todo un político extremadamente diestro que supo conservar y acrecentar su poder, institucionalizar su régimen, poner en marcha un ambicioso programa de reconstrucción nacional y, además, presenciar unos años de sorprendente florecimiento artístico y cultural. Y todo en medio de las circunstancias más adversas, con la Segunda Guerra Mundial y el posterior aislamiento a que los vencedores de la contienda sometieron a España.

Así se podría resumir el retrato de Franco pintado por Pío Moa en su última y más brillante obra, al menos desde el punto de vista literario: Años de hierro. España en la posguerra, 1939-1945. El objetivo explícito de este estudio, una magna revisión crítica de la historiografía más importante sobre ese periodo (Luis Suárez, Ricardo de la Cierva y Stanley Payne, pero también Paul Preston y Javier Tussell, sin olvidar las memorias de personalidades como Julián Marías, Manuel Azaña y Dionisio Ridruejo), es dar respuesta a una de las preguntas de investigación más apasionantes de la historia reciente de nuestro país. “La abstención de España durante la guerra mundial, y la pervivencia del régimen franquista después, fueron hechos muy poco probables, casi inverosímiles. Pero ocurrieron, y el historiador debe investigar las fuerzas, decisiones y azares que lo permitieron“. A partir de esta premisa, Moa analiza los primeros seis años del franquismo centrándose en las múltiples interacciones entre los avatares de la guerra, primero europea y luego mundial, y el sinuoso sendero político seguido por Franco a fin de consolidar su poder personal en medio de una familia extensa y a menudo mal avenida: sindicalistas e intelectuales falangistas más o menos germanófilos y totalitarios, generales monárquicos y aliadófilos según las circunstancias –y las del pretendiente Don Juan, cuya evolución desde el franquismo de que dan fe sus misivas al dictador hasta el liberalismo del Manifiesto de Lausana, pasando por los coqueteos con el Eje, Moa aborda con amenidad–, una jerarquía católica asertiva y a veces insumisa; un auténtico nido de serpientes agitado y excitado por las victorias –luego derrotas– nazis, los sobornos y chantajes británicos, así como por los fallidos intentos del PCE y de la izquierda en general de organizar un aparato de resistencia y sabotaje interior mínimamente eficaz.

Y por debajo, un pueblo agotado, empobrecido y hambriento, aunque cada vez menos, que tejió sus propias redes de resistencia, escape y adaptación –estraperlo, cultura popular escapista dominada por el humor y la tonadilla, fervor religioso– a un régimen caracterizado por el intervencionismo económico miope, el autarquismo obligado, o al menos acentuado, por el bloqueo británico y las presiones norteamericanas (useñas, según el autor), el dirigismo educativo y cultural y el férreo, empero amable, control político y social, llevado a cabo por la Falange y la Iglesia. Pío Moa consigue componer un fresco de proporciones épicas sobre la España de la época a base de combinar leves pinceladas de historia social, trazos precisos de historia cultural (el inventario de la producción cultural del época sorprende por su cantidad y epata por su calidad) y el dibujo minucioso de las trifulcas políticas en el seno del régimen. Estamos ante un conjunto coherente y armonioso, a pesar de las dificultades metodológicas que presentan este tipo de historias en paralelo, que muchos suelen solventar recurriendo a redundancias cansinas y yuxtaposiciones chocantes. Casi nada de eso se encuentra en Años de hierro, con la excepción del relato de la contienda mundial, en ocasiones demasiado prolijo, que corre de forma independiente del resto de la narración.

Sin embargo, este yerro no socava el propósito del autor gracias a la reintroducción de la guerra en los capítulos dedicados a la política española. De esta forma, y a pesar de que a veces el lector tenga la impresión de estar leyendo dos libros a la vez, Pío Moa logra con creces sus objetivos: hacer una descripción densa y minuciosa de los procesos de toma de decisiones del dictador y explicar convincentemente las razones que llevaron al general a oscilar entre la amistad nunca incondicional con Hitler y el acercamiento siempre interesado a los aliados (excepción hecha de la Unión Soviética, ingrediente principal de esa amalgama de capitalistas, socialistas y liberales que, según él, llevó el país a la Guerra Civil).

Entre las páginas más ilustrativas del libro están las dedicadas a las conspiraciones monárquicas, vigiladas de cerca por Franco, y a los berrinches y decepciones de los revolucionarios falangistas, desencantados con el sesgo burgués y clerical que el aquél imprimió al régimen. A este respecto, Moa explica que el dictador se mostró renuente a imitar los experimentos totalitarios alemán y ruso por una combinación de religiosidad, respeto a la propiedad privada y creencia en la bondad de los impuestos bajos y los presupuestos equilibrados. Sin embargo, el intervencionismo sindical y el control tanto de la producción como de los precios fueron un pesado baldón para la población, que creó sus propios circuitos clandestinos de producción y distribución de bienes: el célebre estraperlo, por el que dieron con sus huesos en prisión, y casi en la tumba, miles de españoles.

Otro aspecto especialmente llamativo de los primeros años del franquismo fue el interés del régimen por reducir rápidamente tanto el número de presos, sobre todo políticos, como la cantidad de población exiliada en Francia. Así, los primeros Gobiernos de Franco llevaron a cabo una política de drástica reducción y redención de condenas, de tal modo que pocas cadenas perpetuas duraron más de diez años. En el relato de las desventuras de la Legión Azul, extraído en gran parte de los recuerdos de Dionisio Ridruejo y otros voluntarios, encontramos otro de los aciertos de Moa, que ha rescatado del olvido unos textos de alto valor literario y, al mismo tiempo, se ha centrado en los aspectos más crueles y humanos de las guerras, algo que se echa en falta en buena parte del subgénero de la historia bélica. Pero lo más descollante de Años de hierro es el relato del largo, peligroso y trepidante baile de máscaras de Franco con Hitler y sus enviados, Mussolini y los embajadores británicos y norteamericanos.

Por lo que respecta a la cuestión de las supuestas intenciones belicosas de Franco, Moa refuta la visión angélica que presenta al dictador como un hombre amante de la paz y enemigo de involucrar a España en el conflicto… y la versión según la cual fue el mismo Hitler quien tuvo que poner freno a los afanes del Caudillo por incorporar España al Eje. Lo cierto es que Franco se propuso aprovechar las ventajas de la amistad con Alemania sólo en caso de victoria nazi, aliarse con Roma y París para contrarrestar la hegemonía de Berlín y entablar provechosas relaciones comerciales con Gran Bretaña y los Estados Unidos, potencias a las que, llegado el caso, podría acercarse, como así fue, para evitar que una victoria de los Aliados llevara aparejada su propia caída. La jugada le salió bien a corto plazo, pues le permitió afianzarse en el poder y neutralizar las conjuras de sus enemigos; pero posteriormente hubo de pagar un alto precio: el aislamiento a que fue sometido su régimen tras el final de la contienda, lo cual tuvo por consecuencia la demora de la necesaria reconstrucción económica del país. Así pues, su tacticismo, que le sirvió para impedir que España se sumiera en una nueva guerra, aún más letal que la civil, le convirtió en el exterior en un socio poco fiable y muy vulnerable a las campañas de propaganda que lanzaron algunos grupos de exiliados establecidos en EEUU y América Latina. Tal vez no hubiera alternativa ni para el dictador ni para España, que al menos se libró de una invasión extranjera, aunque uno no puede dejar de preguntarse qué habría sido de nuestro país si Eisenhower hubiera desfilado por la Castellana no en 1959, sino en 1946, y no precisamente saludando desde una limusina descapotable, sino a bordo de un tanque. Pero eso no es historia.

 

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