Mitos de fango: Che Guevara y la Pasionaria. Paz, democracia y razón.

Blog Gaceta: La ruptura de la Constitución / I Margarita i Margaró: http://www.intereconomia.com/blog/ruptura-constitucion-i-margarita-i-margaro-20120824

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Han salido recientemente dos libros, uno sobre la Pasionaria, por Ángel Maestro, y otro sobre Che Guevara, por Fernando Díaz Villanueva –colaborador de Libertad Digital, ambos bien reveladores de hasta qué punto ha calado la mitología comunista y hasta qué punto es ella una fabricación ideológica trivial y perversa.

La efigie del Che Guevara, tras dos o tres décadas de semiolvido, ha reaparecido en los últimos años en camisetas, carteles y pancartas. No con la fuerza ni la relativa inocencia de antaño, sino con un regusto nostálgico y abiertamente gulagiano, pues hoy nadie puede llamarse a engaño sobre lo que significó el personaje. Pese a lo cual la manipulación continúa.

La mayoría de los revolucionarios de izquierda tiene una fuerte vocación de burócrata y chequista, a veces algo escondida (nunca mucho) para ellos mismos. Es decir, de burócrata capaz de decidir con poder absoluto sobre la vida de la gente, y de represor despiadado de cualquier disidencia. El Che tuvo mucho de carnicero chequista, fue un asesino en serie cuando tuvo la oportunidad, pero lo que ha hecho simpática su figura ha sido que escapa a la imagen de burócrata frío y brutal típica de los regímenes comunistas y entra más bien en la del aventurero, del hombre de acción que intenta realizar sus utopías hasta morir en el empeño. Se ha hablado de él como un Don Quijote de la revolución.

Sin embargo, demuestra Díaz Villanueva, la imagen no puede ser más falsa. Aventurero, desde luego, lo era, y pocas cosas más criticadas que el “aventurerismo” en los grises medios leninistas. De ahí las sospechas siempre existentes de que el aparato castrista procuró librarse de él para explotar póstumamente su muerte “heroica”. Pero aunque aventurero, el personaje no tenía nada de Don Quijote, con quien a veces él mismo se comparó. Su ideal práctico lo resumen sus propias palabras: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Nada menos caballeresco o quijotesco que esta prédica del odio hasta convertir a los hombres en máquinas criminales. La muerte de un sujeto semejante en ningún caso puede llamarse heroica.

Esta prédica del odio como una virtud es vieja conocida nuestra. La hemos visto en la propaganda socialista de la segunda etapa de la república, con los trágicos resultados conocidos, y la vemos ahora reverdecer con pretextos como las fosas de los fusilados o la represión franquista. Pero, ¿a qué viene tanto odio? Podría uno explicárselo si naciera de experiencias personales nefastas, de individuos explotados salvajemente, por ejemplo, o con su juventud destruida por injusticias. Pero no hay nada de eso. Los sembradores del rencor nunca o casi nunca pasaron penurias o fueron explotados o, simplemente, trabajaron manualmente. Por lo común llevaron siempre vidas bastante acomodadas, y más bien les corresponde la calificación de señoritos. Guevara, desde luego, no es una excepción, aunque como ministro comunista le gustara pasar alguna que otra jornada de “trabajo voluntario” mientras arruinaba a Cuba con sus pueriles medidas económicas.

Porque, nos explica convincentemente Díaz Villanueva, la propia experiencia del fabricante de máquinas humanas de matar debía de haberle mostrado la falsedad de sus ideas. Su ignorancia, por no decir chifladura, le llevó a jactarse: “La tasa de crecimiento que se da como una cosa bellísima para toda América es 2,5 por 100 de crecimiento neto (…) Nosotros hablamos de 10 por 100 de desarrollo sin miedo ninguno (…) Es la tasa que prevé Cuba para los años venideros”. Y a esa tasa se acercó España en los años 60-75, pero no la Cuba de Castro, dirigida por semiorates como Guevara, que expandieron prodigiosamente la pobreza, perpetuaron un racionamiento miserable e impulsaron a exiliarse a un quinto de la población, verdadero record en cualquier dictadura.

Ante un fracaso tal, cualquier persona con dos dedos de frente y una elemental honradez se habría replanteado sus odios y sus filias, pero el replanteamiento castrista consistió en reforzar su poder mediante un sistema policiaco que convierte a la gente en denunciadora de sus vecinos. Guevara, a su vez, reaccionó huyendo hacia delante, tratando de hacer a otros pueblos víctimas de su fanática ignorancia. Esa reacción alucinada es la que le ha valido la admiración de una multitud de idiotas o indocumentados manipulados por los burócratas-chequistas de La Habana y similares. Díaz Villanueva deja todo ello bien en claro en este libro, que debieran leer los admiradores del Che para clarificar sus ideas sobre un mito fangoso, como tantos otros.

Tan siniestro como el caso de Che Guevara resulta otro mito típico del siglo XX, la Pasionaria. El libro de Ángel Maestro está en la colección Cara y cruz de Ediciones B, y la cara va escrita por Santiago Carrillo. Vale la pena echar un vistazo a ésta para comprobar cómo la mentira propagandística sigue contaminando la mente de un señor que parece haber olvidado lo poco que aprendió en la transición democrática. De modo similar al Che Guevara, Lenin definió a los partidos comunistas como instrumentos para la guerra civil, lo cual, por lo demás, se desprende de modo natural y forzoso de sus planteamientos: partido de “revolucionarios profesionales” destinado a “encabezar a las masas” para derrocar violentamente las democracias “burguesas” e imponer regímenes tan productivos y libres como el de Castro y Guevara.

En contraste con la burda retórica de Carrillo, Ángel Maestro acude a los hechos para trazar un retrato de la Pasionaria mucho más realista. Sobre la personalidad de esta señora es difícil decir algo, porque se identificó a tal punto con su papel que sus mismas memorias no pasan de manchurrón propagandístico, escrito en la lengua de madera oficial, sin el menor interés humano ni otro valor historiográfico que como muestra del efecto destructivo de su ideología sobre el carácter. Algo más nos dice su conducta con su marido, abandonado a las duras condiciones de la vida obrera en la URSS mientras los dirigentes disfrutaban de los privilegios de su rango y ella misma mantenía relaciones íntimas con Antón, “revelación de la guerra”, al menos para ella, y típico señorito comunista. O su insaciable venganza contra el mismo Antón cuando éste prefirió a una amante más joven. O su nefasta influencia sobre los niños españoles llevados a la URSS durante la guerra en una típica operación de propaganda comunista, niños cuya repatriación impidió y cuyas condiciones de vida, a menudo durísimas, no le preocuparon lo más mínimo.

Estos rasgos personales tienen, de todas formas, interés menor, y la Pasionaria no pasará a la historia por ellos, sino por su papel en la dirección de aquel partido que tanto pesó en el pasado reciente de España, y muy destacadamente durante la guerra civil. Como tal dirigente, sus dotes más destacadas consistieron –aparte de su excelente voz y facilidad para la oratoria demagógica– en su capacidad de adaptación servil a las más contradictorias piruetas de la política soviética, incluido, por supuesto, el pacto con Hitler. No obstante, debe reconocerse que esa adaptabilidad fue la garantía de su supervivencia, y no sólo política, pues cualquier sospecha de insuficiente entusiasmo por los amos del Kremlin supuso durante muchos años la pérdida de la vida. Con lealtad perruna sacrificó la Pasionaria cualquier otro interés o sentimiento, y lo hizo sin exteriorizar el menor remordimiento ni la menor duda.

Agente pagada de quien mandara en Moscú, y orgullosa de serlo –como todo el PCE y sus dirigentes–, e instrumento ciego de su propaganda, Maestro explica también cómo el partido estaba subvencionado y controlado financieramente por la URSS. Se han demostrado ciertas las acusaciones de la derecha sobre el “oro de Moscú” detrás del PCE, que despertaban sonrisas sarcásticas en todo progre “bien informado”.

Al revés que Guevara, la Pasionaria pertenecía de lleno al género burocrático, y su mito fue forjado íntegramente por la propaganda. Sería muy instructivo recoger los ditirambos en verso y en prosa que le fueron dedicados en España y otros países. Para percibir el grado estrambótico de su mitificación, una anécdota: cuando el maquis iba de capa caída, una consigna comunista fue: “Resistid. Pronto llegará Pasionaria”. Al parecer esa promesa reanimaba a los combatientes. Por supuesto, la dirigente comunista no tenía la más remota intención de abandonar su cómoda y privilegiada tranquilidad en “la patria del proletariado”.

(publ. en diciembre de 2004)

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‘MITOS DEL PENSAMIENTO DOMINANTE’

Paz, democracia y razón

Es lástima que lo poco original y bueno que produce actualmente España en el ámbito de la cultura apenas reciba atención y pase casi inadvertido para los medios y para el público en general, sin dar lugar a debates de algún interés.

Nos hemos acostumbrado tanto a creer que solo fuera de España se publican materiales interesantes, por lo común en inglés, incluso sobre nuestra propia historia y literatura, que automáticamente se tiende a desdeñar ese poco bueno en español, a sumergirlo en la masa de trabajos irrelevantes o pintorescos, o meras vulgarizaciones de aportaciones foráneas, que constituyen el grueso de la cultura española actual.

Entre ese poco original y bueno se encuentra el libro de José Manuel Otero Novas Mitos del pensamiento dominante. Paz, Democracia y Razón. La primera parte del título quizá no es muy acertada, pues el pensamiento se ha reducido mayormente a tópicos, de modo particular en España. Afortunadamente no ha caído en la falacia encerrada en el término pensamiento único, que solo puede existir en regímenes totalitarios. En los democráticos siempre han surgido y combatido diversas escuelas de pensamiento, predominando unas u otras en tales o cuales épocas, pero sin imponerse nunca una por completo. Y esta es una de las causas de la superioridad cultural de Occidente durante varios siglos, y también de sus peligros. Por cierto, que Otero supone la existencia de ciclos o ritmos en el desarrollo social, que caracteriza como alternancia entre etapas dionisíacas y apolíneas, según la terminología usada por Nietzsche en relación con la tragedia griega. Idea discutible y por ello probablemente fructífera.

Pero desde hace bastantes décadas viene imponiéndose un pensamiento de tipo socialdemócrata, condensado en tópicos o mitos, hasta el punto de que ha sido adoptado en gran medida también por la Iglesia. Ya Tocqueville advertía contra lo que llamó “despotismo democrático”, que coincide casi punto por punto con los ideales y aspiraciones de una socialdemocracia desprovista solo a medias del dogmatismo marxista. Un despotismo que, advertía, puede volver aparentemente inútil o innecesaria la libertad e imponerse manteniendo los aspectos externos de la democracia: un estado providente ejercería sobre los individuos una tutela que se parecería a la paterna si no fuera porque esta tiene por objeto “preparar a los hombres para la edad viril”, mientras que la del estado persigue “fijarlos irrevocablemente en la infancia”. El análisis de Tocqueville creo que sería útil para explicar muchos fenómenos de las sociedades actuales.

Pues bien, esa infantilización se produce en gran medida a través de la manipulación de conceptos discutibles (en España tiende a considerarse negativamente el término discutible, cuando debe ser todo lo contrario para una sociedad viva) y muy difíciles de definir, como paz, democracia y razón. El juego consiste en apropiarse de esos conceptos como banderas e imponer como únicas posibles, mediante la educación, los medios de masas, etc., determinadas interpretaciones de ellos, generalmente simplificadas y utópicas. Ese juego, si se impone, entraña la muerte del pensamiento.

Otero Novas no solo se opone a esa infantilización utopista (él no emplea este término, pero creo que viene al caso), sino que lo hace mediante la aportación crítica de una masa de datos, testimonios, información histórica, citas y razonamientos que sorprenderán a la mayoría de las personas habituadas a pensar en una sola dirección. De ahí que su libro constituya una riquísima fuente de reflexiones –no necesariamente favorables a sus tesis, desde luego–; como otro anterior que reseñé en su momento con mucha menos extensión de la que merece.

En gran medida, las utopías infantilizantes parten de un concepto del ser humano que ahora suele llamarse buenista y que niega, por decirlo con expresión mítica, el pecado original constituyente de la condición humana. Así, el hombre tendería por naturaleza a la paz, la democracia y la razón, conceptos presentados a su vez como coherentes y no conflictivos entre sí. Una consecuencia del pensamiento utópico o buenista sería la negación de la historia. La humanidad histórica –la real– ha vivido entre paces y guerras, entre la libertad y la servidumbre, entre la razón e impulsos irracionales (a su vez, como recuerda Otero, pocas cosas más difíciles de definir que la razón, la libertad o incluso la paz). Esa historia no se correspondería con la verdadera naturaleza humana figurada por el arbitrario ensueño del utópico-buenista y por tanto no tendría razón de existir. El ser humano aparecería propiamente solo en tiempos muy recientes, cuando surgen tales conceptos –convertidos en palabras mágicas–, que deben conducir al triunfo de la soñada naturaleza humana buenista; un triunfo, apenas hace falta decirlo, aplazado una y otra vez, pero siempre cercano a base de añadirse más de lo mismo después de cada fracaso.

Valgan estas mínimas consideraciones como aproximación, pues no me sería posible explicar un libro tan sugestivo en una reseña tan necesariamente breve. De todas formas, tengo intención de tratarlo con más detalle en mi blog.

 

JOSÉ MANUEL OTERO NOVAS: MITOS DEL PENSAMIENTO DOMINANTE. Libros Libres (Madrid), 2011.

  (publicado en 2011)

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La hispanofobia como clave histórica

Blog  Gaceta: Cómo dejé a Marx (y II) : http://www.intereconomia.com/blog/deje-marx-y-ii-20120821

Si   observamos la evolución de España desde finales de los años 60 encontraremos   una progresiva erosión del concepto de lo español, primero en el plano   intelectual-emocional y después en el directamente político; tendencia   disgregadora pertinaz, con el terrorismo separatista de la ETA como uno de   sus principales motores.

Viene a ser el tercer asalto en ese sentido. El primero, como he explicado en Una historia chocante, ocurrió en torno al “desastre” del 98, con el impulso de los internacionalismos proletarios, los separatismos y los anarquismos. Se interiorizó de varios modos la Leyenda Negra y, en frase de Menéndez Pelayo, una multitud de “gárrulos sofistas” denigró por sistema el pasado español –sobre todo lo más importante de él–, pintándolo con tintes negros o pesimistas y proponiendo recetas pintorescas, bien fuera para superar los males reales o supuestos de aquel pasado, bien para liquidar de una vez la idea y la realidad de la nación española. Uno de sus efectos fue la emergencia de un nacionalismo español del mismo tipo que el vasco o el catalán: un regeneracionismo arbitrario frente a una historia de España calificada de “anormal”, “enferma” y más o menos catastrófica. Para lo cual proponían remedios igualmente arbitrarios y una europeización vacua.

Consecuencia de aquellos movimientos fue la destrucción del régimen liberal de la Restauración, que, aun con su mediocridad, favorecía una auténtica regeneración económica, cultural y social del país. Con la II República, los “gárrulos sofistas” tuvieron su oportunidad histórica y la aprovecharon para realizar su segundo asalto.

Fue Azaña un líder muy principal de una confusa retórica que pretendía arrasar la tradición española a la cabeza de los “gruesos batallones populares en la bárbara robustez de su instinto”, es decir, dirigiendo a los mesiánicos sindicatos y partidos obreristas. La república pudo en principio haberse asentado como régimen democrático… de no haberse impuesto aquella mezcla de antidemocracia, antiliberalismo y antiespañolismo izquierdista. Pues quienes organizaron la caída de la monarquía fueron sectores moderados que cayeron en la ilusión de apoyarse en izquierdistas tipo Azaña, tal como este cayó en la de dirigir a los “batallones populares”.

Vista en perspectiva, aquella explosión de garrulería y violencia llevaba inevitablemente a la desintegración de la nación y la cultura españolas, sin ofrecer a cambio nada parecido a la democracia, sino una revolución totalitaria, que terminó como sabemos. La guerra civil no se hizo en nombre de la democracia, pues ningún bando la defendía, pero al menos se salvó lo esencial, la unidad de la nación y la raíz cristiana de su cultura. Y sobre esa base, en un período que puede llamarse apropiadamente “de convalecencia”, surgió una sociedad libre de los viejos odios, mesianismos y rencores, y mucho más próspera, que pudo evolucionar a la democracia sobre una base infinitamente más sana que la de la república.

El resultado ha sido la prolongación de la paz del franquismo, la más larga que ha vivido España en siglos. Sin embargo, como he expuesto en La transición de cristal, volvió a crearse otro equívoco peligroso: nuevamente la oposición antifranquista, compuesta de marxistas, terroristas y grupúsculos y personajes demasiado proclives a aliarse con ellos, alzó con desenvoltura la bandera de la democracia, tildando de lo contrario, como Azaña, tanto los valores propiamente españoles como la reconstitución nacional bajo el franquismo. Ha sido el tercer asalto hispanófobo, hoy en pleno auge.

Otro equívoco, no menos dañino, fue el supuesto de que la transición reconcilió a los españoles, cuando ocurrió exactamente al revés: la reconciliación previa permitió la transición. Los únicos que se reconciliaron entonces, al menos en apariencia, fueron los políticos autoconsiderados herederos de las izquierdas y los separatismos republicanos. Parecían haber aprendido de la experiencia, pero, como ha demostrado la práctica, la única lección aprendida consistió en que debían proceder con más lentitud y menos violencia que en la república. Identificaban nación española y franquismo, tildado este de dictadura abominable, y, lo más curioso, no solo seguían igual de antifranquistas cuando ese régimen había desaparecido, sino que incrementaron progresivamente la virulencia de un antifranquismo convertido en disfraz de una hispanofobia pareja a su aversión a la democracia liberal.

En cuanto a la violencia, no es un dato baladí su apoyo al terrorismo de la ETA. Este grupo, como casi siempre olvidan los analistas políticos, concentra el mesianismo socialista y el antiespañolismo tradicional en la izquierda, y gracias a dicho apoyo ha llegado a condicionar en grado sorprendente la Constitución y la evolución posterior. Los artículos constitucionales que admiten un progresivo vaciamiento del estado nacional parten de la ilusión de hacer concesiones –a costa de la nación y del estado de derecho– al separatismo presuntamente moderado, a fin de oponerlo al más radical de la ETA, y quitar a esta un respaldo social nacido, precisamente, del respaldo que los terroristas han recibido del movimiento antifranquista antes y después de Franco. Ese respaldo se llamó luego “salida política”, que convertía el asesinato en modo de hacer política y socavaba, nuevamente, tanto la unidad nacional como el estado de derecho.

Quienes tildaban de enferma la historia de España, en el 98 y hasta ahora, han enfermado efectivamente a la sociedad, llevándola una y otra vez a la convulsión y a la frustración de las mejores oportunidades de libertad y progreso para el país. Va siendo hora de cerrar definitivamente la herida abierta entonces. Contribuir a ello es lo que me propuse al escribir Nueva historia de España.

** Una reseñ: http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/07/nueva-historia-de-espana-de-pio-moa.html

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En pro de Mario Conde. Rajoy no es el hombre

Blog Gaceta: Salir del Euro / Siria como ejemplo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/salir-euro-siria-ejemplo-20120818

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(Lo siento, sale con estas letras y no logro evitarlo)

   Vaya por delante que no tengo ninguna relación con Mario Conde ni intención de entrar en su partido. De sus críticas al “sistema”, unas me parecen mejor y otras peor, pero lo esencial es que ante la avanzada putrefacción de la estructura de poder salida de la Transición –que nunca estuvo muy sana–, urgen nuevos líderes y nuevos programas. Lo asombroso es que  no hayan aparecido o tengan tan poco fuste. Por supuesto,  el panorama  dará también ocasión a  todo tipo de pícaros, pero eso es inevitable, y por lo demás ya tenemos demasiados en el poder.

   Contra Mario Conde se han desatado inmediatamente las reacciones que eran de esperar. La principal me  la han resumido personas incluso de solvencia intelectual: “Es un ladrón”. Lo haya sido o no, ha pagado con la cárcel, mientras que por ladrones y/o cosas peores tendrían que estar en la cárcel gran número de líderes de los dos grandes partidos actuales y de los separatistas. Por, en primer lugar, colaboración con el terrorismo y el separatismo, y de ahí para abajo la enorme masa de corrupciones que han generado, hasta dejar al país en la ruina. Y no me refiero solo al dinero que se hayan embolsado particularmente o para sus partidos: el derroche demagógico de fondos públicos, la inflación del estado con golfos y aprovechados políticamente afines, son también corrupción, y más grave por sus consecuencias generales, que estamos sufriendo.

    Así pues, ante el nuevo partido de Mario Conde no nos apresuremos a sacar la artillería y menos aún a hacer el caldo gordo a los putrefactos. Un partido se define por su programa y por su actuación. Habrá que verlo. Lo otro está ya visto.

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Cuando el corruptor  Zapatero sacaba a la ETA del borde del abismo para darle toda clase de facilidades y prebendas a costa del estado de derecho y la unidad de España,  acusé a Rajoy de colaborar en el proceso. Muchos se escandalizaron. Pero era una colaboración disimulada, consistente en convertir en paripé inofensivo su deber democrático de  oponerse con toda claridad y energía a semejante delito o sarta de delitos, y en dar por hechos consumados y sin vuelta atrás  las fechorías socialistas. Su oposición era de “perfil bajo”, siguiendo los consejos de un cantamañanas con asombrosa influencia… entre otros cantamañanas como él.

Ahora, Rajoy ha proporcionado a la ETA una nueva victoria claudicando abyectamente en relación con el carcelero de Ortega Lara. Dice el desvergonzado ministro del ramo que el PP “solo ha cumplido la ley”. Lo que es falso, ninguna ley le obligaba. Pero si fuera así,  ¿por qué no lo hizo antes de las  huelgas de hambre y de las manifestaciones  etarras? Estas últimas permitidas, es decir, patrocinadas de hecho, por quienes tienen la obligación de defender a las víctimas y no a los asesinos y sus cómplices.  Está claro que la “ley” aquí la ha dictado, una vez más, la ETA y la ha acatado el gobierno. Los etarras siempre han creído, no pocas veces con razón, que los gobiernos de Madrid, (excepto el de Aznar-Mayor Oreja) eran algo así como pandas de cacos a quienes había que tratar con mano dura. Han vuelto a confirmarlo. Rajoy decía antaño, infantilmente, que lo que quería era ser presidente de España. Ya lo es. Para nada, porque en materia económica no gobierna él, sino que le gobiernan en Bruselas o en Berlín, o donde sea, y en lo demás es don Nadie, excepto para sangrar a los ciudadanos. Y ya sabemos lo que vale: lo mismo que en la oposición. Hombre de perfil muy bajo para una crisis de perfil tan alto.

 

****Annie Bottle dice que debe reducirse el número de políticos. Pues ya sabe, a dar ejemplo.

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Entender el franquismo desde el liberalismo

Blog Gaceta: La División azul según un mal informado: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/division-azul-segun-un-mal-informado-20120816

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Hace algo más de un año mantuve un debate en LD con Jorge Vilches, quien creyó oportuno iniciarlo al socaire de otro  con César Vidal. Ahora he vuelto a leerlo y creo que tiene bastante enjundia. Como se verá, no solo afecta al tema concreto, sino también al estilo pedante y no muy solvente que hoy por hoy predomina en la universidad, con las excepciones de rigor.

Defender el franquismo

Al contrario de lo que suele creerse por influencia de la izquierda antidemocrática, el franquismo puede ser defendido desde los valores de la democracia liberal. No solo puede: debe. Expondré brevemente algunas razones.

  1. Nuestra democracia viene  directamente del franquismo, de la ley a la ley. La alternativa era pasar   sobre 40 años de historia para buscar la legitimidad en el nefasto Frente    Popular, de tendencia totalitaria y destructor de la legalidad   republicana, como proponían la izquierda y los separatistas.
  2. El paso “de la ley a      la ley” supuso, además, prolongar la paz más prolongada de nuestra   historia contemporánea, comenzado por el franquismo. Fueron la izquierda y      los nacionalistas catalanes los organizadores de la guerra y de un proceso      revolucionario al cual, justamente, derrotó Franco. La paz no es el máximo   valor social, pero es un valor muy importante.
  3. El franquismo nunca tuvo      oposición democrática viable. Es una brutal falsedad la equiparación de      antifranquismo y democracia, sostenida desde la transición, que ha      permitido a una izquierda nunca democrática repartir títulos de demócrata.      En las cárceles franquistas –con seis veces menos presos que hoy– no había      demócratas: sus pocos presos políticos eran totalitarios diversos y      terroristas.
  4. El franquismo fue      autoritario, no totalitario. La diferencia clave reside en que el estado      totalitario tiende a ocupar todo el espacio social. Pero el estado      franquista fue muy reducido, seis veces menor que el actual. El espacio      dejado a la actividad social espontánea era mayor que ahora.
  5. No es cierto que en el      franquismo no hubiese libertades. Vale la pena recordar el episodio      Solzhenitsin para entender la realidad. Existía incluso una prensa muy      considerable de carácter pro comunista y pro etarra. Las libertades de      reunión, expresión o asociación, etc., estaban limitadas, pero existían      con mucha más amplitud de lo que ahora creen o dicen creer muchos.
  6. El franquismo no solo derrotó      a la revolución, también nos salvó de la guerra mundial, desbarató el      maquis y el aislamiento impuesto injustamente a España, reconcilió a la      población (bien puedo decirlo, habiendo sido de los pocos que luchó contra      aquel régimen) y dejó el país más próspero de lo que había sido en siglos.      Ello permitió la democracia.
  7. Todas las amenazas a la      democracia (corrupción, leyes totalitarias, ataque a la justicia      independiente, separatismo, terrorismo, etc.) provienen, y no es casual,      del magma antifranquista creado después de Franco por la izquierda y el      separatismo, gracias a la renuncia de la derecha a la lucha de ideas y a      la creación de opinión pública
  8. No puede defenderse el      franquismo como un sistema actual. Pero fue, sin duda, una dictadura      históricamente necesaria, muy llevadera y con un balance positivo no ya      bueno sino espectacular, teniendo en cuenta lo que ha sido la historia de      España en estos últimos siglos.

 

Vilches, no muy bien informado tuvo a bien replicar: http://www.libertaddigital.com/opinion/jorge-vilches/criticar-el-franquismo-60057/

Contesté:

Democracia liberal y franquismo

Dice el señor Vilches que “hacer oposición o criticar a los socialistas no obliga a asumir como bueno lo que la izquierda desprecia”. Desde luego, él no lo hace: asume precisamente los tópicos de esa izquierda sobre el franquismo, incluso empeorándolos al estilo de Tusell, “progre” de derechas con necesidad psicológica de demostrar que es aún más antifranquista que la izquierda. Por lo demás, lo esencial de mi trabajo no es la oposición a los socialistas, sino la clarificación documental y analítica del pasado. Creo que el señor Vilches, tratando de rebatir mi artículo sobre el franquismo, hace un ejercicio de estéril pedantería académica, más bien que de aproximación seria a la historia. Le responderé con la mayor brevedad posible, punto por punto:

1. Contra lo que él piensa, la democracia liberal está obligada a elogiar y agradecer al franquismo. No existió un movimiento demoliberal contra Franco, en cuyas cárceles no hubo demócratas, sino totalitarios o asimilados. Por ello, la democracia liberal solo pudo construirse sobre las condiciones creadas por el franquismo. Los liberales nos beneficiamos de ello y debemos agradecérselo, como es de bien nacidos. Tanto más cuanto que ha sido y es el antifranquismo la mayor amenaza para la democracia conseguida.

2. Dice que la transición no la hizo posible la reforma “de la ley a la ley” sino “la articulación pacífica de la sociedad civil. Fueron las dos cosas: la articulación pacífica de la sociedad civil, conseguida bajo el franquismo (¿o cayó del cielo?), se manifestó en el voto masivo a la reforma “de la ley a la ley” y contra la ruptura. Y no es cierto que las leyes franquistas carecieran de consentimiento y legitimidad: la inmensa mayoría de la población no era antifranquista, y no existió alternativa democrática viable a él. ¿O la conoce el señor Vilches?

3. El franquismo nunca fue totalitario ni la Falange su única ideología. Sus “familias” (Falange, Iglesia, Opus Dei, monárquicos, carlistas) tenían mucho de partidos, con sus organizaciones y prensa propias y sus peleas por el poder, ya en los años 40. Lo he tratado en Años de hierro, examinando precisamente esos tópicos ideológicos. Tampoco “el Terror fue la forma y fondo” del régimen. El terror sí funcionó en muchos países europeos, incluidas democracias, después de la II Guerra Mundial; aquí la represión se hizo judicialmente. La retórica de Vilches al respecto es pura invención de origen comunistoide. Tan poco terror había que, salvados los efectos inmediatos de la guerra, la población penal en España era quizá la más baja de Europa, y los presos políticos (totalitarios casi todos) muy pocos. Quizá haya ahora más, pues los de la ETA lo son desde el momento en que los gobiernos hablan al respecto de “salida política”.

4. Contra lo que cree Vilches, ni siquiera entre 1936 y 1945 fue el régimen totalitario ni de predominio falangista. La Falange perdió ya entonces sus pugnas con el sector católico (vea el estudio de J. Andrés-Gallego, por ejemplo). Y ya entonces el estado franquista era muy pequeño (y relativamente eficiente), lo que excluye de entrada el totalitarismo. Sorprende que a estas alturas un historiador pueda ignorarlo. Le recomiendo, de nuevo, mi Años de hierro, y si quiere le daré los datos correspondientes.

Pasa luego el señor Vilches a examinar lo que llama “tópicos franquistas”, a los que opone unos tópicos de izquierda hoy ya desacreditados. Pero…

1. El franquismo derrotó una revolución en marcha desde 1933. En 1934 se intentó la revolución desde fuera del poder y Franco contribuyó a vencerla. Desde febrero de 1936 se desató un proceso revolucionario desde el poder y desde la calle. No sé si Vilches cree compatible con la democracia liberal la marea de incendios de iglesias, registros de la propiedad, periódicos y sedes de la derecha, asesinatos culminados en el del líder de la oposición, ilegalidades del gobierno y amparo de éste a la oleada de crímenes, etc. Por mi parte no creo en esa compatibilidad.

2. ¿Franco no libró a España de la Guerra Mundial? ¿Entonces nos metió en ella? Primera noticia. ¿O fue Hitler quien no la quería y se lo impidió a Franco, como vienen a decir Preston, Marquina y tantos? Ahí entramos en el campo del disparate puro y duro. Franco tuvo una deuda de gratitud con Alemania y la pagó mediante la División Azul, que luchó contra el stalinismo. Los vencedores anglosajones debieron muchísimo a la neutralidad de Franco, más que los alemanes a cooperaciones menores. Y los vencedores “que trataron a España como un país derrotado y sin redención posible”, dice Vilches, incluían a Stalin, el mayor ganador de la guerra y a quien los anglosajones hicieron mil concesiones. Por supuesto, España no fue tratada como derrotada y sin redención: más bien fue España la que derrotó al maquis y al injusto aislamiento impuesto. El señor Vilches fantasea con que “los soldados norteamericanos, como hicieron en Italia, se hubieran paseado de Sur a Norte por España“. Nuevo error garrafal: los anglosajones distaron mucho, pero mucho, de pasearse por Italia y, por alguna razón (a ver si Vilches la acierta), prefirieron no meterse en la aventura de otro “paseo” por España.

3. El apoyo mayoritario a Franco no es un tópico, sino una realidad. Quienes luchamos contra el franquismo lo sabemos por experiencia, y lo he explicado en Franco para antifranquistas. Una razón de peso es que la gente había sufrido en sus carnes las “maravillas”, de la república y el Frente Popular, con las que la gente identificaba, erróneamente, la democracia liberal; confusión en la que siguen cayendo muchos hoy, a izquierda y derecha, incluyendo al señor Vilches, según parece. Otra razón es que el franquismo derrotó el aislamiento, reconcilió al país y lo elevó a la mayor prosperidad en siglos, cosas que el señor Vilches desdeña pero que los españoles de entonces apreciaban mucho. Otra razón es que aunque las libertades políticas estaban restringidas –no anuladas– existía una gran libertad personal y el estado se entrometía menos que ahora en la vida particular de las personas.

Un tercer apartado me parece que no mejora su exposición historiográfica:

1. La comparación con el caso alemán solo revela la total falta de perspectiva histórica. Alemania perdió la guerra, España no; Alemania fue aniquilada como nación, quedó dividida largo tiempo y su democracia fue construida y tutelada por la ocupación militar. Quizá el belicoso señor Vilches deseara algo parecido para España después de lo que imagina “un paseo” de los soldados useños. Bien, yo no lo prefiero. Aquí es cuestión de preferencias, como en el caso del Frente Popular. En cuanto al PSOE, principal causante y organizador de la guerra civil y una catástrofe para la democracia actual, no lo hicieron las elecciones, como él supone, sino una campaña artificial tremenda por parte de casi todo el mundo. Le voy a recomendar otro libro: La Transición de cristal, que quizá le dé algo que pensar.

2. El franquismo no “pasó del apoyo a nazis y fascistas durante la II Guerra Mundial a definirse como régimen ‘típicamente español’”. Se definió siempre como esencialmente español, y por eso, entre otras cosas, no entró en la guerra mundial. También se definió como católico, con la aquiescencia de Roma. El complejo de inferioridad no lo tenían los franquistas ni los españoles de entonces, sino que lo ha cultivado intensamente el antifranquismo. En España existía el imperio de la ley –quizá más que en nuestra partitocracia–; lo que no existían eran partidos oficiales (salvo las “familias” del régimen). Y finalmente, la obra del franquismo ha permitido una evolución democrática que nos debemos a nosotros mismos y no a los “paseos de los soldados estadounidenses“. Esto a mí me parece bien, a Vilches mal. Cuestión de gustos, nuevamente.

3. El franquismo no se apropió de la españolidad y sus símbolos: los recogió del suelo donde eran pisoteados por quienes oponían los “viva Rusia”, “Viva la república” o “Viva Euzkadi” a los “viva España”. Fue el franquismo quien salvó la bandera tradicional contra la estrafalaria bandera “republicana”.

4. La idea del franquismo sobre España, con todos sus defectos, es mucho más adecuada a la realidad histórica que las invenciones de los antifranquistas, separatistas, Tuñón de Lara, Tusell y similares.

5. La Iglesia apoyó al franquismo porque éste la salvó, literal y físicamente, del genocidio. Después, gran parte de ella se volvió pro marxista, bastante proetarra y proseparatista. Si Vilches prefiere a esa Iglesia, es cosa suya, pero eso no le autoriza a invertir la realidad de los hechos: cuando la Iglesia vio menguar rápidamente sus filas fue cuando adoptó esa orientación y no antes.

Creo que Vilches es especialista en el siglo XIX. Pero por lo que se refiere al XX, y a la república y al franquismo en particular, me parece que adopta acríticamente una retórica cuyo origen se halla históricamente en la Comintern, mezclada con un peculiar liberalismo dogmático (es decir, poco liberal), que pasa por alto o inventa los datos históricos constatables.

Volvía  a la carga Vilches: http://www.libertaddigital.com/opinion/jorge-vilches/la-guerra-de-moa-60088/

En fin, otra contrarréplica: “¡Ay, Vilches…!”:    http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ay-vilches-descerebrados-contra-delincuentes-delincuentes-contra-el-valle-de-los-caidos-9818/

Mi contradictor prefirió dejarlo. Seguí luego  con otro: Vilches y la represión franquista: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/error-mio-hacia-malefakis-vilches-y-la-represion-franquista-espana-al-morir-franco-9835/

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Un autorretrato del antifranquismo. Recuerdos, La felicidad

Blog Gaceta: Por qué duró tanto el franquismo  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/por-que-duro-tanto-franquismo-20120815

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(Publicado en 2002)

Que la democracia actual no proviene del antifranquismo es obvio para cualquiera que conozca su debilidad material, moral y política, y conserve la memoria. Esa debilidad, por así llamarla, se reveló en plenitud cuando la visita de Soljenitsin a España, en marzo de 1976.
Hace unas semanas, con motivo de una reimpresión de Archipiélago gulag el diario El Mundo publicó un reportaje donde hablaba José María Iñigo, entrevistador del escritor ruso en TVE en aquel ya lejano año. Los comentarios, tanto del reportero como de Iñigo, eran perfectamente banales. El segundo aseguró que la entrevista había gustado tanto a Franco que había llamado a TVE y la había hecho repetir… cuando el dictador llevaba cuatro meses muerto.
Soljenitsin dijo: “Sus progresistas llaman dictadura al régimen vigente en España. Hace diez días que yo viajo por España y me he quedado asombrado. ¿Saben ustedes lo que es una dictadura? He aquí algunos ejemplos de lo que he visto. Los españoles son absolutamente libres de residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier parte de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme de tal o cual población. También he podido comprobar que los españoles pueden salir libremente de su país para ir al extranjero. Sin duda saben ustedes que, debido a las fuertes presiones ejercidas por la opinión mundial y por los Estados Unidos, se ha dejado salir de la Unión Soviética, con no pocas dificultades, a cierto número de judíos. Pero los judíos restantes y las personas de otras nacionalidades no pueden marchar al extranjero. En nuestro país estamos como encarcelados.
“Paseando por Madrid y otras ciudades, he podido ver que se venden en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros, se verían inmediatamente decenas y decenas de manos tendidas y luchando por procurárselos. También he observado que en España uno puede utilizar libremente las máquinas fotocopiadoras. Cualquier individuo puede hacer fotocopiar cualquier documento, depositando cinco pesetas por copia en el aparato. Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así. Cualquiera que emplee máquinas fotocopiadoras, salvo por necesidades de servicio y por orden superior, es acusado de actividades contrarrevolucionarias.
“En su país –dentro de ciertos límites, es cierto– se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años de poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladoras, pese a que sólo reclamaban mejores condiciones de trabajo. Si nosotros gozásemos de la libertad de que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos. Hace poco han tenido ustedes una amnistía. La califican de “limitada”. Se ha rebajado la mitad de la pena a los combatientes políticos que habían luchado con armas en la mano (alude a los terroristas). ¡Ojalá a nosotros nos hubiesen concedido, una sola vez en veinte años, una amnistía limitada como la suya! Entramos en la cárcel para morir en ella. Muy pocos hemos salido de ella para contarlo”.
Estas palabras despertaron en los antifranquistas una furia increíble. Juan Benet, en Cuadernos para el diálogo (excelente título) escribió: “Todo esto, ¿por qué? ¿Porque ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne –y buen partido ha sacado de ello– los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos. Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas –cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo– busquen la manera de librarse de semejante peste”.
Benet, escritor medianillo, esnob y superficial, pero muy promocionado, ejercía una “resistencia” cómoda y remuneradora a la limitada dictadura de entonces, y venía a actuar como altavoz de la oposición antifranquista, que pocas veces quedó tan al desnudo. El subdirector de Cuadernos para el diálogo, Eduardo Barrenechea, también arremetía contra el “hombrecillo Soljenitsin”, que según él, había hecho “enrojecer … de vergüenza” a muchos telespectadores. La procomunista Triunfo, una de las revistas de mayor tirada entonces, denunciaba el “escándalo” de la “operación Soljenitsin”, organizada para “acometernos por medio de una disertación fanática y apasionada. El señor Soljenitsin llega con retraso de una guerra fría, y la Televisión Española, de una guerra civil renovada”. Denunciar la situación en la URSS y compararla con la de España significaba, pues, renovar la guerra civil y atacar “la democracia española” en ciernes. En la revista Por Favor, Soledad Balaguer cantaba las excelencias del sistema soviético, y denostaba al “premio Nobel barbudo” que daba “gato por liebre diciéndonos que los rusos eran muy malos porque eran comunistas, sin conseguir que nadie le creyese”. El semanario izquierdista Personas informaba: “Soljenitsin es un paranoico clínicamente puro. La voz del viejo patriarca zarista penetró en los campos y ciudades españolas como un viento glacial. Fue una vergüenza”.
En la revista Posible, Arturo Rubial clamaba: “Ese Soljenitsin es un Nobel por nada. Miente a cada instante. Habrían debido hacer de manera que Soljenitsin contase todo esto al estilo de music-hall, rodeado de lindas muchachas del ballet Set 96; este caballero tiene pasta de showman”. Montserrat Roig, en Mundo, no le cedía en agudeza: “La barba de Soljenitsin parece la de un cómico de pueblo, la de un cómico ambulante pagado por una alianza de señores feudales. El escritor hace reír al gallinero. Un día le arrancarán las barbas postizas”. Hasta en una publicación de Soria podía leerse: “Soljenitsin, turista privilegiado, multimillonario a costa de los sufrimientos de sus compatriotas, vive bien, muy bien, de sus discursos”. Y es que la simpatía hacia el totalitarismo soviético, incluidos sus campos de concentración, era una de las señas de identidad más íntimas de la oposición izquierdista.
Y no menos reveladora fue la reacción del antifranquismo de derechas. Cela, en vena progre, escribió: “Soljenitsin no está solamente contra España, nuestro pequeño y amado país, lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de la tristeza. No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero”. Para Jiménez de Parga, “uno pierde la calma delante de quien, sirviéndose de las pantallas de TV, pretende tomarnos por imbéciles, permitiéndose explicar precisamente en España lo que es una dictadura”.
Los diversos comentaristas trataban a uno de los grandes escritores del siglo XX, a uno de los grandes testigos de la barbarie totalitaria, de “chorizo”, “enclenque”, “mendigo desvergonzado”, “espantajo”, “bandido”, “hipócrita”, “mercenario”, etc. Ciertamente, tales dicterios rebotaban como flechas de goma sobre el así agredido, pero ¿sería exagerado considerarlos perfectamente aplicables a aquella oposición antifranquista trivial, mediocre e hinchada de ruindad, fuente de los mayores peligros que ha sufrido y sigue sufriendo nuestra democracia? Pues el antifranquismo no fue malo, obviamente, por oponerse a Franco, sino por su enorme carga de mentira. Hoy estamos reaccionando contra el fraude del nacionalismo vasco, en sus versiones terrorista y cómplice, pero no es ése el único fraude, y va siendo hora, por higiene intelectual y moral, de someter a todos ellos a los rigores de la crítica.

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Recuerdos sueltos

La felicidad

Tengo delante el enjundioso ensayo de Gonzalo Fernández de la Mora Sobre la felicidad, su último libro. Habría despertado un debate interesante en un clima intelectual menos anodino que el español. Según Fernández de la Mora, la felicidad es “el problema humano por excelencia”, y alcanzarla, y evitar la infelicidad, la intención fundamental de la gente, si bien no puede ser la finalidad de su existencia, ya que la pena, la desdicha o el tedio prevalecen, por lo común. Se trataría entonces de una finalidad imposible.
No estoy seguro del carácter general de la búsqueda de la felicidad, salvo si la definimos de un modo tan amplio que resulte una perogrullada. Por otra parte, interviene en el concepto una subjetividad irreductible: “No me gustaban las labores campestres ni el cuidado de la casa que cría hijos ilustres, sino las naves y sus remos, los combates, las pulidas picas y las flechas, horrendas para los demás y gratas para mí, pues un dios ha puesto en mí esa inclinación”, dice Odiseo. Tampoco la felicidad se halla en el cumplimiento de deseos profundos, pues a menudo ese cumplimiento nos deja una sensación de vacío, y en cambio los esfuerzos y penalidades para alcanzarlos nos llenan más, al menos el recuerdo de ellas. Y en gran medida la felicidad resulta de la capacidad de adaptarse a circunstancias no previstas o no deseadas.
Además, la felicidad se presenta en algunas personas (mi mujer, por ejemplo) como una sensación de plenitud y alegría de la que son muy conscientes cuando ocurre; otros (yo mismo) casi nunca perciben la felicidad, salvo en la memoria, cuando ya ha pasado.
Lo que sí notamos de modo inequívoco es la infelicidad, por ejemplo en un fracaso amoroso, o en esas épocas de días iguales, pesados y vacíos, cuando uno siente que no hace lo que quiere o, peor aún, no sabe siquiera lo que quiere, y para escapar de sí mismo busca cualquier entretenimiento o vicio, que termina oprimiéndole aún más.
Hace tiempo me preguntaron en un chat por el período mejor de mi vida, y dije que el de la primera infancia de mi hija. Por entonces mi mujer salía a trabajar por la mañana, y yo quedaba al cargo de la niña. Le cambiaba el pañal, le daba el biberón que su madre había dejado dispuesto y ella tomaba sola, y la pasaba de la cuna a la cama, donde nos peleábamos un poco.
Luego empezaba la sesión de cuentos. Le impresionaba el de la ratita presumida: uno de los pretendientes aparecía con cara de circunstancias al ser despedido por la ratita. Ella miraba la escena con aire preocupado y me preguntaba con balbuceos, señalándola –aún no hablaba, pero entendía bien–. “Se va”, le explicaba. “¡Va…!”, repetía ella, y se echaba a llorar.
Pronto tuve que contarle cuentos. Los inventaba sobre la marcha, le habré contado centenares, ya puede imaginarse su calidad, pero a ella le hacían muchísima gracia, sobre todo si incluían catástrofes como revuelos en restaurante, con los platos y las bebidas volcándose sobre la gente. No se cansaba de ellos. Una serie versaba sobre un detective llamado Garbancero. A veces le improvisaba otros, moralizantes, con idea de corregir algunas reacciones suyas. Por ejemplo, ella tendía a enfadarse con facilidad, y le inventé un cuento de “la ratita enfadona”. Al principio no captó la indirecta, y comentaba, muy razonable: “Clao, poque es una tonteía enfadase po esas cosas” (empezó a hablar muy pronto, aunque tardó en pronunciar la ere y más aún la erre fuerte, que decía a la francesa). Pero cuando se percató del mensaje, protestó airadamente: “¡No quieo que me contes contos con lección!¡No quieo lecciones en los contos!”.
También le hacían gracia otros temas: “Cóntame las gambegadas que hacías cuando eas pequeño”. “Pues siempre andábamos haciendo hogueras, y una vez quemamos un camión…”. Las gamberradas y disparates le divertían mucho.
Después la llevaba al parque en el cochecito. Parábamos en un bar donde yo desayunaba leyendo el periódico, y ella, en cuanto pudo, correteaba por el local mirándolo todo y pulsando los botones de las máquinas tragaperras. En el parque se entretenía con la tierra, o jugábamos con un balón, o a esconderse. Solía llevar alguna muñeca, y un día iba con una ovejilla de peluche, a la cual llamaba Lucerita, y que debió de caérsenos del carrito. Volvimos sobre nuestros pasos, buscando y rebuscando en balde. “¡Pobe Luceíta, estaá solita sin mí”, lloraba desconsoladamente.
Su afición a los animales le daba muchas alegrías, también alguna gran pena. Teniendo siete años se le murió un periquito, al que daba de comer en la mano y que le lamía los dedos con su áspera lengua, y se pasó dos días llorando en cuanto se acordaba de él. Lo enterramos en una maceta, y sobre ella colocó un papel, pinchado en un palo: “Felipillo, el periquito amarillo y verde, falleció el 12 de diciembre de 1999 por aerosaculitis. Nunca te olvidaremos. Espero que estés en el cielo de los periquitos”. Perfecta expresión de un sentimiento universal de pérdida y consuelo.
A menudo me acompañaba, buena camarada, a gestiones como hacer fotocopias de anuncios de clases, que luego yo pegaba por la universidad. Venía a mi lado parloteando de sus aventuras “cuando yo ea mayó y me llamaba Cecilia”. Su concepto del tiempo era extraño. Si me ponía a escribir a máquina, se sentaba en mis rodillas e iba dándole a las teclas. Así aprendió a leer, a los tres años, y un día sorprendió a su madre deletreando anuncios: “Mía, mamá: bo-das. O-fe(r)-tas”. Muy reservada y pudorosa con sus sentimientos, podía tener salidas inesperadas: “Papaín, yo a ti te quieo mucho. Y tú a mí, ¿me quiees o no?”.
Cuando le llegó el tiempo de ir al colegio estaba entusiasmada. Desde meses antes hacía amagos de irse de casa, con una carterilla cualquiera: “Adiós, papá, me voy an cole… amigos…”. Pero ya desde la infancia el trato humano va teñido de cierta agresividad, y ella no sabía defenderse. En particular soportaba muy mal a un trío “BSA” (brutos salvajes atacantes). A pesar de su fantasía, tenía un fuerte sentido de la veracidad, se lo creía todo y le desconcertaban las desfiguraciones o exageraciones, o las jactancias y amenazas infantiles. En suma, la experiencia no fue muy halagüeña.
Por las mañanas, al despertarse, preguntaba: “Papá, ¿hoy hay cole?”. “Sí”. “No quieo í”. Le explicaba que si no iba se convertiría en una burrita, como aquellos niños del cuento de Pinocho, y ella, pesarosa y disciplinada, aceptaba la prueba. Luego, mientras bromeábamos camino del colegio, se le iba pasando. A partir del mediodía su madre se ocupaba de ella.
Para qué seguir: cosas parecidas las cuentan todos los padres encantados con sus vástagos. Pero ¿por qué me parece la época más feliz de mi vida? No es fácil decirlo. Por entonces vivíamos del nada exagerado sueldo de mi mujer (unas 130.000 pesetas al mes), más unas clases particulares mías,  poco productivas. Cada poco tiempo yo recorría la Complutense, a veces también la Autónoma, colocando anuncios de las clases; en general lo llevaba con buen ánimo, pero verme en esa labor, entre los 44 y los 51 años, en medio de aquella multitud de jóvenes con la alegre despreocupación de la edad, podía causarme, a veces me causaba, una sensación de naufragio vital definitivo. Porque, de paso, habían dejado de admitirme los dos o tres artículos mensuales que antes publicaba en algunos periódicos, y debía limitarme a pinchar mis escritos en los tablones universitarios, al lado de los anuncios.
Para colmar el vaso, debía distraer muchas energías en las últimas peleas venenosas del Ateneo, antes de tomar la cuerda decisión de dejarlas y dedicarme a escribir sobre un tema semiolvidado y poco prometedor: la revolución del 34.
Una frustración demasiado prolongada –y aquella duraría siete años, aparte de los doce anteriores en que había ido tirando a trancas y barrancas– termina desalentando, y no pocas veces me desmoralizaba o caía en una furia sorda y difícil de controlar, me volvía intratable en casa, lamentaba las mañanas que no podía dedicar al trabajo y llegaba a castigar injustamente a la niña.
Si esto es la felicidad… Pues sí, tomado en conjunto lo considero una auténtica felicidad. La cosa resulta demasiado subjetiva, ya lo aclaraba Ulises: los dioses no ponen en todos nosotros las mismas aficiones ni las mismas formas de apreciar la vida.
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