¿Qué debe España a la UE? / Calzadas romanas

Blog Gaceta: Más historia, señor Juliá, y menos cuentos / ¿Una novela fascista?http://www.intereconomia.com/blog/mas-historia-senor-julia-y-menos-cuentos-una-novela-fascista-20120813

Sin demasiada sorpresa oigo a Pedro J. en VEO7 decir que “Europa”, como él llama a la UE o se llamaba antes a la CEE, significa para los españoles libertad y prosperidad y que España pertenece a un club, la UE, con sus normas, que nos hemos beneficiado inmensamente de esa pertenencia pero hemos incumplido algunas normas y, claro, los otros miembros nos están llamando la atención.

Estas historietas calan, llevan muchos años calando en la conciencia pública, pero no por ello son más ciertas. Antes de entrar en la CEE, sin necesidad de “entrar en Europa”, como decían los demagogos, España estaba creciendo económicamente a un ritmo mucho mayor que el de los países de la CEE, acercándose con rapidez a la media de ellos, mantenía su soberanía en mucho mayor grado que después, y unos índices de salud social bastante superiores también. Desde que entramos en la CEE, luego llamada UE, no hemos vuelto a alcanzar tales tasas de desarrollo, hemos perdido soberanía hasta el extremo de convertirnos en una especie de protectorado de Alemania y Francia, y hemos descendido brutalmente en salud social (índices de fracaso matrimonial, familiar y escolar, de drogadicción –primer país en consumo de cocaína, según he oído– de alcoholismo, de personas en prisión y delincuencia juvenil, de violencia doméstica, de abortos, etc.).

Y aun antes del espectacular desarrollo de los años 60 y mitad de los 70, España consiguió índices de crecimiento muy aceptables, a pesar de no haber dispuesto del Plan Marshall, como el resto de Europa occidental, y haber sufrido en cambio un prolongado aislamiento internacional completamente injusto, con olvido de los enormes beneficios que Usa y Gran Bretaña habían extraído de la neutralidad española en la guerra mundial. Índices de crecimiento manifiestos en el extraordinario descenso de la mortalidad infantil, la prolongación de la esperanza de vida al nacer, el aumento del consumo de energía, de la alfabetización, del estudiantado medio y superior, de la presencia femenina en la universidad, etc., algo sin parangón con la república u otros períodos anteriores. Esto, en los llamados (por los necios y los demagogos) “años perdidos” 40 y 50.

Tales son los datos reales y cuantificables, pero sistemáticamente olvidados o falseados con el fin de meter en la psicología social la idea de que los españoles somos completamente ineptos y si se nos deja por nuestra cuenta, sin la tutela de “Europa” no podríamos hacer nada que valiera la pena. Una Europa en la que nunca hemos dejado de estar –con nuestras particularidades, como los demás países–, desde Roma y desde que la Reconquista derrotó a Al Ándalus. Si España ha sido admitida en la UE será porque conviene a la UE, pero es posible que a nosotros no nos convenga tanto, porque el balance para España no es precisamente brillante.

En cuanto a la libertad, cabe recordar a Pedro J. y quienes piensan como él un par de hechos elementales: el franquismo no fue un régimen totalitario como los que existían en más de la mitad del continente –con aplauso de muchos progresistas hispanos–, sino autoritario y de economía bastante liberal, que permitió su transformación en una democracia sin los traumas de otros países. Y por eso la democracia no se la debemos a “Europa”, es decir, la CEE-UE, sino a nosotros mismos, al revés que casi todos los demás países eurooccidentales, los cuales se la deben muy directa e inmediatamente a Usa. Y nuestra entrada en la CEE-UE no ha impedido en absoluto los fenómenos de involución y ahora descomposición política que ahora padecemos.

Nunca he conseguido entender de dónde sale ese servilismo absolutamente necio, cuando hemos logrado tantas cosas de las que podemos sentirnos contentos. Pero salga de donde salga, tiene unos efectos fácilmente constatables en la degradación de las instituciones, en la pérdida de soberanía y en la repugnante chabacanización del ambiente social.

(publicado en 2010)

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Recuerdos sueltos

Calzadas romanas

 

Alguna   vez me he referido a un viaje que hice a pie, por la Vía de la Plata en su   mayor parte, desde Huelva a Cangas de Onís. Lo hice a trozos, cuando tenía   tiempo y algún dinero, a lo largo de dos años, empleando unas veces dos o   tres días, otras una semana, y tengo escrito un libro sobre él, que espero   publicar pronto.

Por el mismo tiempo, 1986-87, traté de organizar en el Ateneo un grupo que explorase las calzadas romanas en la provincia de Madrid e hiciera algún estudio. Con vistas, incluso, a recuperar algo de ellas, tarea difícil, por cuanto las urbanizaciones y carreteras se las habrán comido casi todas, irreversiblemente. En los años 20 ó 30 ya se hicieron estudios interesantes, creo que Sánchez Albornoz estuvo también en la empresa. Un poco hicimos a nuestro turno en el Ateneo, si bien con muy poca participación y un nivel general un tanto descorazonador. El español actual, debe reconocerse, tiene muy poco empuje y está infantilizado por una televisión apestosa y una enseñanza no mejor, la trivialidad convertida en modelo.

Pese a vivir en Madrid prácticamente desde 1967, sólo había ido al Ateneo un par de veces. Me inscribí en él por consejo de Daniel Haener, un amigo suizo a quien mencioné en otra ocasión. Iba allí por la mañana y desayunaba en el bar de la casa, donde me pasaba unas horas leyendo o escribiendo, y al mismo tiempo prestaba atención a las charlas de las mesas vecinas, donde hablaban bien alto los jóvenes mientras descansaban de la preparación de sus exámenes. No recuerdo una sola conversación de interés intelectual o político. Toda su atención se concentraba en los problemas más vulgares de sus estudios, o en ligues, fútbol, ropas y muy poco más.

Ninguno manifestaba por la materia de sus esfuerzos otro interés que el más estrechamente pragmático de buscarse un buen empleo. Mezquindad en sus aspiraciones y actitudes, matizada por una buena voluntad general, aunque un tanto frágil si les imponía un sacrificio.

Acercándome a los cuarenta años, estas actitudes me parecían deprimentes, haciéndome caer en la traición de la memoria con respecto a los propios años mozos, cuando, supuestamente, teníamos intereses más elevados. Un recuerdo preciso me mostraba a los más comprometidos políticamente quejándonos del consumismo, opio sucedáneo de la religión, con el cual la maldita burguesía atontaba a la gente y desviaba a la juventud de la lucha contra el franquismo y otras nobles empresas.

Probablemente esa mediocridad no sea tan mala, como vio Julián Marías: la excesiva politización, la ilusión de que la política –tal o cual receta política– trae el remedio a los males del mundo, contribuye casi siempre a aumentarlos. Pero aun admitiendo esto, debe haber siempre una minoría con otros horizontes, políticos e intelectuales, y me sorprendía su casi completa ausencia en una institución como el Ateneo, concebida precisamente para ese tipo de minorías.

La biblioteca del centro dispone de fondos bibliográficos muy valiosos para investigaciones de diversa índole, pero son poco utilizados. Las salas de lectura distan de estar desiertas, a algunas horas y épocas se encuentra sitio con dificultad, pero casi todos los asientos son calentados por opositores o estudiantes, y el BOE y los apuntes son las materias más trabajadas. Fuera de eso, las reuniones y tertulias de jóvenes, maduros, viejos o mixtas, se dedicaban mayormente al chismorreo. Y entre los pocos con inquietudes, más bien por el “poder” que por la cultura, abundaban los auténticos macarras. Las excepciones solían ser individuos aislados y renuentes a actuar organizadamente.

En su pintoresco libro de viajes por España, G. Borrow hace bastantes observaciones inexactas, pero una de ellas, referida a los señoritos andaluces, sospecho que debió de acercarse mucho a la realidad, pues describe muy bien un ambiente extendido hoy por todo el país:

Los andaluces de clase alta son probablemente los seres más necios y vanos de la especie humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza y su prodigalidad en su avaricia. Las clases bajas son por lo general más corteses y, con seguridad, no más ignorantes“.

Parece una pintura perfectamente actual, un retrato de la España del botellón y la telebasura, esa España de la bajeza a la cual ya no la reconoce “ni la madre que la parió”, como programó no sé qué enterrador de Montesquieu. Siempre con las excepciones obligadas, reitero, aquella Docta Casa, como aún se la llamaba con cursilería, respiraba pesadez y maledicencia, un clima asfixiante para cualquier iniciativa un poco elevada.

En el Ateneo y en la prensa venía yo abogando, desde hacía años, por la creación de una red de sendas para aficionados a viajar a pie –la forma más ilustrada y deportiva de hacerlo– como existían en otros países, y que también han terminado por construirse, mejor o peor, en España. Pero el viaje mencionado al principio me dio la idea de que esa red, o una buena parte de ella, podría consistir en la recuperación, dentro de lo posible, de las calzadas romanas, y la promoción de los viajes a pie por ellas, quizá también en bicicleta o a caballo, tal como ocurre de veinte años acá con el Camino de Santiago. Creo que ello tendría un valor intelectual de primer orden, por cuanto a través de las calzadas se romanizó España; a través de ellas se forjó la base de nuestra cultura.

Al terminar mis andanzas por la Vía de la Plata hicimos un proyecto entre una amiga y yo en relación con dicho camino romano, pero extensible a la red de calzadas del Itinerario de Antonino y otras también conocidas. Presentamos el proyecto a la Junta de Extremadura, a la de Castilla León y al Ministerio de Cultura, que no le prestaron atención alguna. Pero, lo que son las cosas, años después los políticos extremeños empezaron a hablar de la rehabilitación y señalización de la Vía, y hasta de edificar algunos albergues. Una versión degradada de nuestra propuesta, la cual, obviamente, ni siquiera fue mencionada. Lo propio ocurrió en Castilla-León. Algunos políticos debieron de ver ahí la ocasión de retratarse como interesados en la cultura. Bueno, algo es algo.

Hace poco la televisión pública sacó una serie de reportajes muy costosos y con buena fotografía sobre la Vía de la Plata. Reportajes de una simpleza y domesticidad espeluznantes, muy al nivel de esa España “necia y vana” que de vez en cuando siente el prurito de darle un poquillo a esas cosas de la cultura, ya saben ustedes, Mahler o Machado y tal y tal.

 

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¿Por qué tenemos políticos basura?

Blog Gaceta: Victimismo y feminismo / También soy un poco víctima: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/victimismo-resorte-odio-combate-por-historia-mas-20120805

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Ha dicho Roberto Centeno que Zapatero debía estar en la cárcel y que Rajoy es “un mierda”. Sin  palabras tan crudas, lo llevo señalando desde hace bastantes años. No solo Zapatero tendría que estar ante los jueces, sino también Freddy Faisán, la doctora Burrianes y toda la pandilla de ministros que han desgobernado en esos años. Yo lo decía sobre todo en relación con su colaboración con banda armada, inequívoca, flagrante, desvergonzada, y por otros desmanes solo en parte económicos: o la democracia acaba con esa gente o esa gente acaba con la democracia. ¿Por qué siguen tan campantes esos individuos, incluso dando lecciones de ética?  Porque nuestra democracia, que nunca brilló muy alto, está en plena involución desde hace ocho años.

En cuanto al PP, con Aznar era un partido mediocre pero que iba resolviendo algunos problemas importantes, en especial el de la ETA. Con Rajoy ha degenerado a extremos increíbles. Rajoy es un hombre sin ideas políticas, por lo que básicamente sigue las de Zapatero. Es patético verle faltar a su palabra desde su debatillo electoral con Freddy Faisán,  desmentirse casi cada día de lo que afirmó el anterior . O hablarnos de “lo que interesa a los españoles” que por lo visto consiste en machacar a las clases medias y bajas para mantener los privilegios de una casta política corrupta e inepta  que debiera estar en el banquillo. Rajoy no tiene política en ningún terreno, ni siquiera en el económico, donde se limita a obedecer órdenes de Alemania y pese a su profundo pensamiento de que “la economía lo es todo”.  En lo demás practica un zapaterismo atenuado (y menos mal). La mayoría de los ciudadanos ve a los políticos (háganse las excepciones de rigor) como un grave problema para el país; pero ellos, demócratas que son, no se dan por enterados.

El problema viene de lejos, de cuando la Transición recayó en un personaje tan frívolo, ignorante y maniobrero en corto como Suárez; y los errores cometidos entonces no se han corregido sino que han aumentado al límite después del 11-m. Bien, ¿por qué es así? Muchos dicen que porque el pueblo no difiere enel fondo de los políticos,  siendo estos un reflejo de él.  Y sin duda  la sociedad está muy envilecida, muestra de ello han sido esos años en que tantísima gente vivía  eufóricamente de prestado, figurándose haber llegado al reino de Jauja. Gente que aceptó con naturalidad la triple corrupción intelectual, económica y sexual o, si se prefiere en términos más populares, la cultura de la trola, el choriceo y el puterío. Lo aceptó como  algo  normal, propio de la “modernidad”, un palabro que sirve para cualquier cosa, o si no, de la posmodernidad.  Habiendo pasta, euros, y parecía haberlos, daba igual todo lo demás. La cultura popular del jijí -jojó.

Pero aunque hay una relación entre unos políticos viles y una sociedad envilecida, el elemento activo, envilecedor, han sido los primeros. Y la clave de sus desmanes está en su profunda incultura y en particular en su ignorancia o conjunto de ideas falsas sobre la historia y características del país que gobiernan o desgobiernan. Desde la Transición,  como he expuesto en unlibro al respecto, esa ha sido una  característica definitoria de la izquierda y los separatistas, que compartían, como observó agudamente Julián Marías,  “una idea negativa de la historia de España”. Tan negativa, cabría añadir,  como exageradísimamente positiva de sus propias capacidades y virtudes, recuérdese  lo de “cien años de honradez y firmeza”, el lema más  inteligente y deliberadamente falsario que se haya inventado hasta ahora. Con una idea tal de la historia de su país, el respeto por el mismo desaparecía y cualquier botaratada podía valer para una nación cuyo pasado solo podía merecer desprecio. Había que dejarlo “que no lo reconociera ni la madre que lo parió”, como determinó un célebre pensador.

En una democracia siempre hay tendencias así, es inevitable. Pero vienen contrarrestadas o frenadas por concepciones contrarias, manifestadas en una oposición activa y eficaz. Pues bien, esto último no ha ocurrido. La derecha prescindió desde un principio de cualquier idea, de cualquier defensa de España, es decir, de su historia y carácter, huyendo hacia un europeísmo  huero y  dejando el campo libre a los contrarios, hasta llegar, a fuerza de vaciarse de ideas, a participar de las de la izquierda y el separatismo, siempre juntos. Lo importante era “la economía”,que lo es todo, y la nena angloparlante (ahora todo va de nenas, los chicos no cuentan, al menos en la propaganda). Ese es su bagaje político y cultural. Junto con la convicción de que, por encima de todo, debe mantenerse el juego, cada vez más podrido y mafioso, entre el PP, el PSOE y los separatistas. Juego al que llaman desvergonzadamente “democracia”.

Una democracia no puede funcionar si no existe una sólida base de identificación general, como el patriotismo. Si pretende basarse en el antipatriotismo, se condena sola.

Y así los políticos (excepciones aparte, que confirman la regla), junto con los medios adictos, muy mayoritarios, han logrado envilecer a la población, especialmente a la joven, traspasándole todo el fardo de ignorancia, tergiversación histórica  y miseria moral. Decía Santayana que pueblo que olvida su historia se condena a repetirla (es decir, a repetir lo peor de ella). Los políticos han hecho olvidar a los españoles, a la masa de ellos, su historia o, peor aún, le han mentido deliberadamente sobre ella. Y esa basura engendra más basura y va pudriendo al país.

 

**Dice Montoro que va a aplicar recortes que serán aún más “dolorosos” ¿Dolorosos para quién? Esto es importante. Por otra parte no nos interesa tanto saber si son dolorosos como si van a solucionar esta horrible crisis. ¿Van a solucionarla? ¿Puede afirmarlo Montoro?

**Dos ideas sobre la salida de la crisis:

http://www.intereconomia.com/blog/punto-critico/espana-puede-salir-ya-crisis-20120806

* http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html (el autor de este último fue uno de los pocos, sino el único economista, que criticó detenidamente la entrada en el euro en su momento)

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Goligorsky nos quiere gobernar

Blog Gaceta: Feminismo y aborto / Una vieja foto: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/feminismo-y-aborto-una-vieja-foto-20120802

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Eduardo Goligorsky ha escrito en LD un artículo, “Con las lenguas a la greña”, en que, siguiendo a J. R. Lodares afirma que los idiomas no son patrimonio natural o esencial, ni definían a ningún pueblo o cultura –conceptos ya de por sí imposibles de definir—ni eran, ni son una riqueza en sí mismas. Pensar otra cosa, insiste, es caer en “el tópico de las esencias o identidades”. Las lenguas estaban más bien sujetas a los avatares de la sociedad y a los intereses de la gente. Por supuesto, lo mismo cabe decir de cualquier patrimonio humano, las posesiones de las personas, su familia,  su dinero, etc., aunque quizá Lodares y Goligorsky pusieran el grito en el cielo si  alguien quisiera despojarles de esas nimiedades no naturales ni esenciales. Es más, el mismo ser humano es imposible de definir, ni queda claro cual pueda ser su patrimonio natural o esencial, ni se le puede considerar una riqueza en sí mismo. Por consiguiente, su destrucción o desaparición tampoco tiene la menor importancia (algo así decía B. Russell), aunque, de nuevo,  sospecho que si a Lodares o Goligorsky quisieran eliminarlos en función de esa teoría ofrecerían alguna resistencia.

En cuanto a los intereses de la gente, nos informan ambos, lo que cuenta en las lenguas son  los intereses materiales — en definitiva el dinero–, y no aquellos lazos gaseosos trazados en el vacío por el espíritu, la naturaleza o la ley divina.  ¿Queda claro?

Pero ocurre que  en la vida real muchas personas  se empeñan en pensar de otro modo, y casualmente tienen un fuerte sentimiento afectivo por la lengua en la que han aprendido a hablar y a relacionarse con la familia, con los amigos, con la sociedad, en que han recibido la cultura y que sienten como parte de sí mismos.  Lo mismo ocurre con el sentimiento de patria y con muchos otros. Pero Goligorsky y Lodares opinan que se trata de sentimientos equivocados y que de algún modo debieran extirparse, pues no valen ni deben valer nada al lado de otro sentimiento mucho más material   y para ellos inspirador: el que les provoca  el dinero. Sentimiento que debería, a su juicio, ser el de “la gente”.  Goligorsky quiere dictarnos incluso cuáles deben ser nuestros sentimientos, en un estilo que él cree liberal pero que suena a totalitario, como cuando en la URSS no solo había que  soportar el sistema sino manifestar  cálidos sentimientos de entusiasmo por el mismo.

Y pone Goligorsky el ejemplo de Usa, donde el aumento de hispanos no supone, afortunadamente según él, una amenaza para el inglés (en lo que estoy de acuerdo). El inglés es  el idioma que reúne todas las condiciones necesarias para aglutinar a los ciudadanos  en torno a intereses comunes,  intereses que no son “factores identitarios” sino, de nuevo “eminentemente materiales”.  Y cita a una reverenda episcopaliana dedicada a aculturar  a los hispanos: “Los padres no quieren que cuando sus hijos sean mayores trabajen en talleres donde  los exploten ni que sean empleados de la limpieza en los edificios de oficinas del centro de la ciudad. Quieren que vayan a Harvard y a Stanford, y eso no pasará a menos que dominen realmente bien el inglés”. O sea, que dominando el inglés uno podrá ir a Stanford o a Harvard, y que nadie que hable bien el inglés será explotado en ningún oficio duro. ¿Cabe mayor estupidez?

Pero hay una realidad: en Usa el idioma nacional y prioritario es el inglés, el español queda como lengua  subcultural, y no por imposición metafísica, sino por incapacidad cultural de sus hablantes, como también va pasando en España,  inmersa en un verdadero páramo intelectual. Goligorsky es contrario a la educación bilingüe en español e inglés en Usa… pero no en España, claro.  Y señala, en contra de la superficial euforia patriotera tan frecuente por aquí  ante el número de hispanohablantes en Usa, que la segunda generación de hispanohablantes  deja el español para hablarlo en casa, y  el 70% de los mejicanos de tercera generación habla solo inglés. Por no mencionar el bastardeamiento del español en spanglish.

En apariencia, Goligorsky  va contra el catalán o el vascuence, por los abusos totalitarios con que están siendo impuestos. Pero en realidad va contra el español. Porque el fondo de todo el asunto consiste en la globalización. En un mundo globalizado, ¿qué idioma despertaría más sentimientos materialistas no gaseosos que el inglés?  Pues, como nos quieren imponer en la misma España,  es el idioma de la ciencia, de la música, de la moda, de tantísimas cosas más, el idioma de la cultura, ante el cual no cesa de retroceder el español aunque haya tantos millones que lo tienen por lengua materna.  Y es cierto que, gracias en buena medida a los goligorskis,  el mundo hispano apenas produce hoy, culturalmente, más que esperpentos o malas imitaciones de los productos anglosajones. Pero también es cierto que todos los países, todas las culturas y todas las personas pasan por altibajos, por épocas mejores y peores, y una mala temporada, aunque dure,  no debe servir de  pretexto para su eliminación, esa sí muy material.

 

 

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Declaración de principios (II) Sobre la democracia

 

Blog gaceta: Criminalidad del feminismo / Novela dantesca: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/criminalidad-feminismo-novela-dantesca-20120730

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Como siempre, agradezco a mis sufridos lectores den la mayor difusión posible a estos escritos, para compensar el vacío de los grandes medios.

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Tomada en su sentido literal “poder del pueblo”, la democracia no existe ni existirá, ya que el poder se ejerce necesariamente sobre el pueblo y lo ejerce forzosamente alguna oligarquía con un “monarca”, un jefe al frente. Tampoco debe concebirse como la posibilidad para la mayoría de librarse de un gobierno que no le guste, porque puede no gustarle un buen gobierno, y viceversa, incluso puede gustarle un gobierno totalitario. Ni es exacto decir que el pueblo elige a los gobernantes, dado que los elige  una fracción de él, que puede ser inferior a la mitad  si compiten más de dos grupos políticos o la abstención  es amplia. Y la parte que queda frustrada puede ser solo muy ligeramente inferior a la vencedora. Conviene hacer estas precisiones porque predominan nociones muy difusas y a veces pintorescas al respecto, las cuales permiten envolverse en la capa de la democracia a partidos o políticos precisamente contrarios a ella. De hecho es concebible una democracia totalitaria como opuesta a una liberal, y no solo por imposición de partidos totalitarios, sino por evolución insensible hacia un poder omniabarcante, ya señalado por Tocqueville y que hoy es bien visible. Una democracia totalitaria se anula pronto a sí misma como tal democracia.

No es aquí cuestión profundizar en estas cuestiones, pero una posible definición de democracia sería esta: un sistema que permite a diversas opciones políticas competir por atraer a una mayoría de la opinión pública y gobernar con ciertas condiciones:  limitación del poder temporal (por un período entre elecciones) y estructural (con división de poderes) y  dentro de unas libertades públicas básicas (expresión, asociación…). En principio, esa competición debiera facilitar el gobierno de los más aptos (aristocracia, por así llamarla), pero puede degenerar en lo contrario si la competición se transforma en un concurso de promesas irresponsables y demagógicas, dando lugar a una especie de kakistocracia,  poder de los peores. Esto sucede a veces, pero no necesariamente,  de hecho no ocurre en muchos casos;  y, en principio, la democracia liberal permite corregir sus fallos, aunque no siempre lo logre. Los grandes problemas de la democracia han sido esgrimidos contra ella, pero los mismos problemas tiene cualquier otro sistema, agravados por la falta de publicidad y de limitación del poder. Hasta hoy no se ha descubierto un sistema político superior a la democracia liberal para asegurar una estabilidad social no estancada, un alto grado de libertad política y, en general, una considerable prosperidad material

Lo que a menudo  se olvida es que la democracia solo puede funcionar dentro de unos parámetros culturales comúnmente aceptados que impidan una competición destructiva. De tal competición nos ilustra la España del Frente Popular, cuando unas fuertes corrientes revolucionarias hicieron que “nada nos sea común a los españoles”, según diagnosticó  acertadamente el diario El Sol, y provocaron la guerra civil. Una de esas premisas culturales es la unidad nacional, que entonces corrió el peligro de venirse abajo, como en otra ocasión en Usa, donde dio lugar a la devastadora Guerra de Secesión. Otra premisa es el respeto a las reglas del juego, a las normas de restricción del poder, a las mayorías, a los  derechos de las minorías  y, en general, a la ley. Y es preciso igualmente un consenso básico, aun si difuso, sobre el carácter histórico de la democracia, una adquisición históricamente muy reciente pero con profundas raíces en la cultura cristiana europea: una democracia anticristiana supone un grado mayor o menor de barbarie en las sociedades occidentales cimentadas en el cristianismo. Estos presupuestos y consensos de fondo no suelen ser visibles ni muy explícitos, pero están muy presentes en las democracias que mejor funcionan, como las anglosajonas. Sin esta base cultural común, la convivencia civil se vuelve excesivamente áspera, y la  democracia degenera rápidamente en corrupción, demagogia y violencia  difíciles de contener.

Ello nos permite entender algo al menos del proceso histórico de España desde la Transición. Esta fue  realizada, paradójicamente, por unos políticos que en su gran mayoría procedían de un régimen autoritario (franquismo) y carecían de un pensamiento democrático, mezclados con otros cuya tradición histórica ha sido netamente totalitaria o secesionista. Sorprende que tal amalgama, empeorada por la mediocridad de los líderes del momento, produjera una democracia sin demasiados traumas. La sorpresa es mucho menor cuando atendemos al ingente capital político acumulado por la sociedad bajo el franquismo, ante todo la moderación y reconciliación nacional, con total alejamiento de los odios que arrasaron la república, así como la gran prosperidad económica y la extensión de las clases medias. Ello permitió a los dirigentes maniobrar sin causar demasiados daños por el momento, si bien crearon un sistema plagado de deficiencias, ya desde  la misma y contradictoria Constitución. Y  esas deficiencias, en lugar de corregirse han ido agravándose, con algunos períodos de mejora, creando un estado  desmesurado,  derrochador, ineficiente y con abundante corrupción, sin verdadera división del poder y con tendencia a pasar todos los límites inmiscuyéndose en la libertad personal de los individuos, decretando lo que la gente debe creer, en una orientación totalitaria; al mismo tiempo ha fomentado las tensiones disgregadoras de la nación, premiado al terrorismo, ejercido una persecución silenciosa contra la Iglesia y el cristianismo, socavando el principio de la igualdad ante la ley, fomentado el aborto y otras aberraciones contra la existencia y la dignidad humana, etc. Hasta desembocar en la crisis actual, que tiene todos los rasgos del final del ciclo abierto por la Transición, dejándonos un porvenir incierto, debido a la confusión ideológica, la demagogia de la casta política y la competición kakistocrática.

Esta deriva contra la democracia y contra la unidad de España se explica por el impulso de unos partidos de izquierda totalitarios y  otros secesionistas igualmente antidemocráticos.  Los mismos eran pequeños, casi insignificantes a la muerte de Franco, pero no han cesado de reforzarse desde la Transición, debido a una derecha no antidemocrática pero sí a-democrática, que renunció enseguida a la lucha por las ideas, dejando la política en una mera competición por el poder, explotando, que no representando,  la “bolsa de votos” de una masa de opinión pública amante de España y de la libertad. Existe también una derecha antidemocrática, incapaz de competir en condiciones de libertades y que a menudo invoca el cristianismo como si fuera directamente una doctrina política.

Comoquiera que sea, la salida de esta crisis, que es mucho más que económica, solo podría sustentarse sobre dos pilares: la unidad nacional y la democracia. Otras opciones crearían derivas sumamente peligrosas.

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Una opinión benévola:

Sonaron gritos y golpes a la puerta

Luis del Pino

Admiro a Pío Moa como historiador. Y precisamente por eso, cogí con prevención su primera novela, Sonaron gritos y golpes a la puerta: a veces, personas brillantes que deciden hacer incursiones en un género literario que no es el suyo, se descuelgan con unos bodrios realmente indigeribles. ¡Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos!

Que el estilo de escritura de Moa es elegante es algo que sabe cualquiera que haya leído alguna de sus obras. Pero escribir una novela requiere algo más que buen estilo: hay que saber transmitir y hay que saber contar una historia. Y, sobre todo, hay que ser capaz de enganchar al lector, de provocar en él esa “suspensión de la incredulidad” que presta verosimilitud a los personajes y a sus peripecias. Y, en ese sentido, la de Sonaron gritos y golpes a la puerta es una historia que engancha.

La novela narra – con un enfoque que recuerda, en cierto sentido, los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós – esos diez años terribles de la Historia española comprendidos entre 1936 y 1945. La historia de una generación marcada por la tragedia: la de esa Guerra Civil en que desemboca una República fracasada, y la de sus secuelas. Las tres partes en que está dividida la acción transcurren, respectivamente, en la Cataluña inmersa en la Guerra Civil, en la Rusia donde combatió la División Azul y en la Galicia donde tuvieron lugar algunas de las primeras operaciones contra el maquis.

He de decir también que la novela me sorprendió por un segundo motivo, quizá más importante que el primero. Conozco al autor, me precio de ser amigo suyo, y tengo que confesar que en la novela descubrí a un Pío Moa totalmente desconocido para mí. La novela deja traslucir una sensibilidad que sorprenderá mucho a quien solo tenga de Moa la imagen de perpetuo provocador y enfant terrible con que adorna sus opiniones políticas y sus comentarios sobre la actualidad. Sonaron gritos y golpes a la puerta es, sobre todo, una novela hermosa: resulta imposible no pensar, una vez acabada la novela, en algunos de los personajes que la jalonan, y en el significado y el propósito de sus vidas. Y de las nuestras.

Que nadie espere una visión maniquea sobre la guerra. A través de las páginas de la novela van desfilando personajes que dejan claro que la maldad y la bondad son cosa de las personas individuales, más que de los bandos. Y que el idealismo, la capacidad de sacrificio o la compasión son pulsiones que nacen del corazón de cada persona, y no un producto de las ideologías. Moa trata a sus personajes, hasta los más despreciables, con un enfoque en el que los tintes heroicos o abyectos se funden con los contornos humanos, dando como resultado caracteres creíbles, de carne y hueso, en los que el mal y el bien conviven, a veces de forma indiscernible.

Y resulta imposible no darse cuenta de cómo el propio Moa se proyecta en algunos de los personajes del libro. Y digo algunos, porque en la lectura de ciertos pasajes casi puede oírse a Moa interrogarse a sí mismo y desafiar sus propias creencias, a través de los ojos con los que el protagonista, Alberto, contempla las acciones de algunos de los caracteres secundarios de la trama. Es imposible no ver en esos episodios al propio Moa cuestionándose el sentido de la vida y el papel que el bien y el mal juegan en ella. Y contemplando con desengañada compasión la manera en que los seres humanos somos capaces de las mayores vilezas y de los más hermosos sacrificios en nombre de una causa.

Es esa desengañada compasión la que transforma en elegía la historia. Elegía por unos ideales muertos, por unos amigos muertos, por un pasado que se antoja casi irreal. Y a pesar de todo, por debajo o por encima de ese llanto, late en la historia la pulsión de la vida, en la que el humor y el amor conviven codo a codo con la tragedia, justificándola y trascendiéndola. No es por tanto tristeza, sino caridad, el sentimiento que predomina en la historia. Caridad para con los seres humanos que, acertados o errados, tratamos de sobrevivir mientras defendemos aquello que creemos que es justo. Pero caridad también, llena de distante ironía, para con aquellos otros que se las arreglan siempre para prosperar en cualquier circunstancia, precisamente porque nunca defenderán nada: son los idealistas los que promueven los cambios, pero son los descreídos los que acaban siempre aprovechándolos.

En definitiva: una novela hermosa y delicada. Y que les hará reflexionar. Se la recomiendo para estas fechas veraniegas. Descubrirán a un Pío Moa que les sorprenderá.

 

 

 

 

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Declaración de principios (I) Sobre España

Blog Gaceta: Suecia, Suiza, España / Dos crisis y dos generaciones http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/suecia-suiza-espana-crisis-y-generaciones-jovenes-20120726

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Espero que mis amables lectores hagan lo que esté en su mano por difundirlo. Lo brindo a los embriones de partidos o movimientos como el de la reconversión,  que aspiren a sustituir la agotada y corrupta casta política actual:

1.- Proclamamos que España es una nación, es decir, una comunidad cultural básicamente homogénea con un estado propio, conformada como país europeo desde el siglo VI, con tal impronta que le fue posible invertir su conversión en país africano- oriental tras la invasión musulmana. Y que siempre ha sido y debe seguir siendo independiente. Por lo cual no aceptamos las políticas tendentes a disgregarla en varios estados minúsculos, atrapados por la discordia,  el resentimiento y la falsificación de la historia,  insignificantes en el contexto internacional y objeto de  las maniobras e intrigas de otras potencias;  pues no en otra cosa consiste el programa de los separatismos. Tampoco aceptamos la disolución de España, privándola de su soberanía o de partes importantes de ella, en aras de un “europeísmo” sin asiento en la experiencia ni en la realidad histórica y cultural de España ni de Europa.

2.- Desde hace varias décadas asistimos a un ataque simultáneo a la nación desde los secesionismos, respondidos a menudo con la huida hacia delante de unos “europeísmos” compuestos de tópicos infundados. Ambas tendencias, lejos de oponerse, se conjuntan en un empeño suicida, pues desde el plan de  acabar con la historia de España dejándola en una muy improbable provincia de “Europa”, es imposible criticar a las fuerzas disgregadoras. Europeísmos y separatismos desprecian a la España real,  cuya densidad histórica ha bastado hasta hoy para sostener a la nación frente a una ofensiva continuada sin que durante decenios se le haya opuesto ninguna fuerza política organizada.

3.-  Los separatismos han sido la cruz más pesada en estos años, sobre todo porque los ha impulsado un brutal terrorismo con cientos de víctimas mortales. Terrorismo ayudado por la incapacidad de los gobiernos, salvo una breve temporada, para defender la  ley y proteger a los ciudadanos. Gracias al terrorismo creció el PNV como falso antídoto “democrático”,  protegido y financiado en la Transición desde Madrid, mientras los separatistas catalanes seguían detrás con exigencias siempre renovadas. El balance histórico reciente de los separatismos incluye cerca de un millar de asesinatos, el  fomento del odio a España y una cultura de la mentira, el fanatismo y la corrupción institucionalizada –esta última poco diferente, por cierto, de la del resto del país –. Un balance tan a la vista apenas precisa mayor comentario. Por tanto es hora de decir que ese camino ha llegado a su fin, que la  convivencia de los españoles en paz y libertad no puede continuar pudriéndose indefinidamente, y que los políticos y partidos que nos han llevado a esta situación deben ser relevados.

4.- A su vez, los partidarios de disolver la nación parten de una mística o beatería “europeísta” cuyo rasgo más definitorio es la ignorancia sobre Europa y el desprecio o la falta de confianza en España. Al respecto cabe recordar que:

a)      La Unión Europea es un designio no democrático que viene desarrollándose sobre hechos consumados por unas burocracias ajenas o con muy escaso control popular, que imponen, por ejemplo, nuevos referéndums cuando alguno les ha salido contrario; y  los gobiernos más partidarios, como el español, han vulnerado la Constitución, que señala taxativamente que la soberanía reside en el pueblo y no en ellos.

b)      La pretensión de que la Unión Europea ha mantenido la paz en el continente es falsa. Esta fue mantenida desde 1945, en Europa occidental, por el paraguas militar de Usa. Las tres últimas grandes guerras europeas nacieron de la rivalidad entre Alemania por un lado y  Francia e Inglaterra por otro, y por lo que hace a España, permaneció felizmente neutral en todas ellas, para beneficio no solo de nuestro país, sino del resto de Europa. Esa neutralidad indica el mejor camino para nuestro país, desgraciadamente interrumpido, y hoy  España se encuentra en la UE, igual que en la OTAN, en calidad de aliado-lacayo, debido a la presencia en su territorio de Gibraltar, colonia militar de un supuesto aliado.

c)      Por lo demás, diversas potencias europeas libraron después de 1945 costosísimas y crueles guerras coloniales, casi todas perdidas. La aún reciente de Yugoslavia se produjo en parte por injerencias de países de la UE, que luego no supieron atajarla. Lo mismo ha ocurrido con genocidios como el de  Ruanda, y ahora vemos a la UE  impulsando el integrismo islámico en el norte de África y Siria. La UE no se compone de países inmaculados, y podría llevarnos a conflictos muy contrarios a nuestros intereses.

d)      Tampoco es real la idea de que debamos nuestra democracia a la CEE-UE. Por el contrario, esos países sí deben su democracia a la intervención bélica de Usa, mientras que la nuestra ha venido del desarrollo interno y autónomo del país, después de que este, en 1934-39, estuviera muy cerca de hundirse en una revolución totalitaria.

e)      La suposición de una Europa igual para todos es de una inocencia pueril, y solo expresa el deseo de acabar con nuestra soberanía por parte de muchos políticos, ajenos al interés más profundo de la nación. Los líderes franceses, alemanes, ingleses  y otros tienen una idea muy distinta sobre los intereses de sus países, y es obvio que, por su potencia económica, demográfica y política, son los que realmente marcan los derroteros de la UE. Que tantos  políticos españoles estén dispuestos a pisotear nuestra soberanía, a la que deben servir y no vender, revela la abyección y la farsa  en que ha caído la política española y la urgencia de un nuevo partido o movimiento político que permita salir de ella.

f)       La  justificación máxima de esos políticos consiste en que, como Esaú en el relato bíblico, a cambio de la cesión de la independencia obtendremos buenos platos de lentejas. Pero Esaú no es ningún buen ejemplo: quien sacrifica sus derechos y libertad  por una ventaja material suele perder ambas. El mismo argumento ha sido empleado con relación al euro. Según sus partidarios, no se sabe si más ignorantes u sinvergüenzas, la nueva moneda nos aseguraba una prosperidad sostenida y sin fin, un crecimiento firme, pensiones garantizadas, etc.  El inmenso y manifiesto engaño no ha incitado a tan malos dirigentes a admitir sus errores y retirarse de la  circulación: por el contrario, ahí siguen tan ufanos hablando de superar una crisis que ellos han causado con su demagogia, mediante nuevas cesiones de independencia. Es claro que la libertad y la dignidad nacionales  cuentan poco para ellos al lado de sus privilegios y afán de poder.

g)      También suele presentarse la entrada en la CEE-UE como el inicio del desarrollo español, cuando durante casi quince años antes de entrar en ella, España crecía a un ritmo superior al de cualquier otro país europeo, de manera más sana que nunca después, y con pleno empleo. Precisamente la entrada en la CEE-UE, que nuestros ignaros políticos llaman “entrada en Europa” (España siempre ha estado en Europa), ha marcado una economía a trompicones, con índices de paro inauditos,  habiéndose destruido gran parte de nuestro tejido industrial para desembocar finalmente en una extendida corrupción y medidas desastrosas que hoy sufrimos duramente.  Y aún dicen los partidos que fuera de la  UE no hay salvación, pese a que países tan próspero como Noruega o Suiza se mantienen fuera, varios de los más ricos han rechazado el euro, e Inglaterra, siempre más consciente de sus intereses, mantiene un pie dentro y otro fuera.

h)      La UE acarrea además otro coste no mencionado, pero cada día más inquietante: el desplazamiento de la cultura y la lengua españolas por la cultura e idioma anglosajones. Cada día el inglés invade más el espacio público, los “europeístas” tratan sin disimulo de cooficializarlo enseñándolo en el mismo plano que el español y no como idioma extranjero, ponderándolo como la lengua de la ciencia, la música, la milicia, la moda, el pensamiento… en fin de todas las actividades culturales superiores, para las que, en la práctica, se niega valor a nuestro idioma.

Basten estos puntos, desdeñados por nuestros políticos, para demostrar que el balance de nuestra integración en la UE  no es bueno: hemos perdido independencia y libertad, económicamente nos hallamos en una crisis profunda de salida muy incierta,  reducidos a la posición de  aliado-lacayo, y con una verdadera invasión del inglés. Por tanto, es hora de hacer cuentas y dejarse de beaterías inspiradas por la ignorancia sobre Europa y el desprecio hacia España, y adoptar otra política, que podría consistir en defender la vuelta al nivel de  la CEE o incluso nuestra salida del euro o de la UE. Estas, desde luego,  resultarían muy costosas en una primera etapa-– sin olvidar que nuestra salida del euro podría venir forzada desde el exterior–; pero de ningún modo sería el apocalipsis con que nos amenazan quienes nos han llevado al desastre actual. Otros países han pasado por experiencias semejantes y han conseguido remontar el bache, recuperando al mismo tiempo su soberanía. La beatería europeísta puede resultar todavía más destructiva que el fanatismo disgregador y en todo caso lo complementa.

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