La cuestión de los godos y Ortega / Negación universitaria de España

Blog de gaceta.es: César Vidal y los judíos / La otra Pepa

Id. : El 11-m(I): El plano político

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Como recordaba en Nueva historia de España, para entender lo que ha sido nuestra historia y cultura basta echar una ojeada a la actualidad. En España se habla como idioma común una lengua latina; la religión vastamente mayoritaria y –por siglos prácticamente unánime—es la católica, aunque hoy se encuentre en crisis (otras más graves ha superado);  el derecho y las costumbres se basan en gran medida en Roma y en el catolicismo, y todo eso y el territorio que habitamos es lo que nos distingue, aún hoy, de otros pueblos. Es obvio que España, como cultura, se forjó en la época romana. Si echamos la vista atrás, observamos fácilmente cómo, algún tiempo después de la caída del Imperio romano, se instaló un poder político unitarista, primer estado español propiamente dicho, que se identificaba con el conjunto del país y su cultura: es decir, aparece una nación. La nación española pudo desaparecer debido a la invasión musulmana, de hecho estuvo muy cerca de ello, pero renació en Asturias con la idea, precisamente, de recobrar la perdida España  hispanogoda. Muchos estudiosos, entre ellos J. Pérez,  insisten en el carácter menos romanizado de los astures y en el tradicional rechazo de los montañeses a poderes extraños, pero se trata de una mera especulación, aparte de que esa tradición había desaparecido mucho tiempo antes.  Es muy importante señalar que, sin el objetivo de fundar un reino que mantuviese y recobrase la herencia hispanogoda, la rebelión asturiana no habría podido dar lugar a otra cosa que a incursiones de saqueo como las de la época romana o las que hacían a veces los vascones de las montañas en tiempos de los godos. Pero dio lugar a algo completamente diferente, como sabemos.

Por consiguiente, existe un lazo que nunca se rompió entre Roma y la nación hispanogoda y la España actual. Es algo que salta a la vista como una total evidencia, y sin embargo la vemos negada una y otra vez. Creo que la razón del embrollo se encuentra en la mezcla de concepciones marxistas, republicanas, regeneracionistas, separatistas e islamófilas, empeñadas en pintar unas historias acordes con sus ideologías y aspiraciones, coincidentes todas en negar entidad histórico-cultural a España o difuminarla. Si han de llegar a transformar España o destruirla simplemente, como desean, es cosa que solo el tiempo dirá, y que dependería menos de sus propias fuerzas que del desconcierto y debilidad de la resistencia que pudiera oponérseles.

En fin, centrado en Joseph Pérez había olvidado la promesa de comentar un artículo en LD, de J. A. Cabrera Montero titulado ambiciosamente “El reino visigodo: el debate historiográfico”. El señor Cabrera  empieza por ilustrarnos amablemente de que el trabajo de los historiadores constituye una de las disciplinas humanísticas más polémicas que existen. La Historia como tal es objetiva, los hechos son los hechos; por el contrario, la narración o la presentación de la Historia, lo que en definitiva hacen los historiadores, no es en modo alguno algo neutral. Hay quienes reducen la Historia a cronología, para mostrarse objetivos, para no emitir juicios de valor ni elaborar hipótesis que hagan peligrar quién sabe qué intereses e ideas, pero el resultado es un inmenso empobrecimiento de tan noble disciplina y un engaño no menos grande al lector. En el otro extremo, hay quienes idealizan tanto la Historia que la convierten prácticamente en mitología; idealismo con frecuencia nada inocente, sino mero disfraz para disimular deshonestos intereses o justificar determinadas posiciones ideológicas sin argumentos convincentes. Entre los dos extremos viciosos, siguiendo la máxima aristotélica, se haya (sic, será una errata) el medio virtuoso: el esfuerzo honesto, más o menos logrado pero decente  (…) La Historia es lineal, no circular. La Historia nunca se repite; en todo caso lo que se mantiene, la constante  es el ser humano, con sus virtudes y sus defectos. Etc. Muchas gracias al señor Cabrera por tan indispensables enseñanzas, quizá un tanto triviales.

Habla nuestro autor de unos intensos debates en torno al reino visigodo, que realmente no han tenido lugar, al menos como intensos.  Él los atribuye a “interés” político, sea de liberales y tradicionalistas por fundamentar sus teorías, sea del franquismo, al que la reivindicación visigótica vino “como anillo al dedo”, asegura. Menos mal que se ha abstenido de explicar cuáles eran al respecto los “intereses” de la burguesía y el proletariado. Entre tantos intereses, el interés por la verdad histórica se esfuma un tanto; y,  por lo que uno recuerda, nunca ha habido los duros debates que él menciona: hace muchos años que  el asunto apenas suscita interés, y no porque haya sido aclarado sino por lo contrario, porque se han impuesto ampliamente tesis tipo Américo Castro, que pretenden que España y los españoles nacieron, no se sabe bien cómo, en relación con musulmanes y judíos. Además, el señor Cabrera critica la visión de una época visigoda “idílica”, que nadie, al menos nadie medianamente serio,  ha considerado así, como nadie considera “idílico” ningún sistema del pasado o del presente. Seguramente el señor Cabrera habrá quedado muy satisfecho de haber desbaratado tales idilios, tan inapropiados como defendidos por nadie.

A continuación, nos cita a Ortega y a su disparatadísima España invertebrada (no inferior a las ocurrencias de Sabino Arana o de Prat de la Riba) en la que, con la misma osadía con que preconizaba la república para superar los males de la “monarquía de Sagunto”, por no decir de la “enferma” o “anormal” historia de España,  afirmaba: Casi todas las ideas sobre el pasado nacional que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y, a menudo, grotescas. Ese repertorio de concepciones, no sólo falsas, sino intelectualmente monstruosas, es precisamente una de las grandes rémoras que impiden el mejoramiento de nuestra vida. Parecía estar hablando de sus propias ideas, que tan bien fructificaron en la república. En Nueva historia de España he dedicado algunos párrafos a señalar la absurda comparación que hace Ortega entre los francos y los visigodos.

Como el señor Cabrera cultiva, según él mismo ha confesado,  el aristotélico término medio (que afectaría a la virtud, no a la verdad, que no entiende de términos medios), al final no sabemos si defiende las ocurrencias de Ortega, critica al franquismo u otra cosa. Termina con un párrafo digno de un político, en el que literalmente no dice nada, y previamente nos señala que en la época visigótica “quizá no siempre hubo unidad política”, lo cual puede predicar de cualquier régimen; que “no es tan fácil hablar de unidad social” (sea eso lo que fuere), ni se sabe a ciencia cierta “hasta qué punto se homogeneizaron las dos etnias” o “sus grados de romanización”.   A cambio de resaltar lo que no sabemos, olvida lo que sí conocemos: que desde Leovigildo se impuso el diseño de un estado nacional español sobre la base cultural latina y poco después católica, se hubieran romanizado más o menos las distintas partes del país (ningún país del mundo es plenamente homogéneo en ningún sentido).  Y esto es lo que constituye precisamente una nación. Y lo que permitió después la reconstitución de España, en un empeño en que todas las probabilidades materiales estaban en contra.

VER: http://blogs.libertaddigital.com/conectados/la-anormalidad-espanola-y-el-regeneracionismo-4081/

http://revista.libertaddigital.com/el-regeneracionismo-1276229134.html

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Me escribe un distinguido investigador:

Evidentemente la explicación a este ninguneo del periodo visigodo se debe a las implicaciones políticas: en cierto congreso nacional al que asistí se ha llegado a felicitar a los asistentes por no hablar de “la España visigoda” y sí de Hispania visigoda (lo cual, desde mi punto de vista, es claramente erróneo) mientras se hablaba de Cataluña visigoda o Euskalherría. A mí en particular se me reprochó el haber utilizado tres veces el término Reconquista (y eso lo utilizaba simplemente como referencia temporal). Evidentemente  va a llevar tiempo restablecer la verdad, a pesar de García Moreno y algún otro historiador honrado. La Universidad está prácticamente en manos de la progresía y fuera de ahí es difícil combatir.

En cualquier caso, hoy día es rara la publicación que hable de España como tal y, con la excusa de que es un término incorrecto para denominar al reino de los godos (falso de toda falsedad), se sustituye por Península Ibérica o por Hispania (lo cual es más incorrecto si nos atenemos a las fuentes literarias). Un poco al estilo de los políticos nacionalistas que han sustituido España por Estado (español). Es una neolengua orwelliana impuesta desde la Universidad que ha hecho que los estudios históricos sean un verdadero calvario para el lector (e incluso para el investigador) porque apenas entiende de qué se habla. En realidad, no creo que sepan ni de qué escriben. En la actualidad es realmente complicado encontrar un libro de historia que sea inteligible. Algún autor se salva, claro. Entre los visigotistas, J. Orlandis, L. A. García Moreno o Javier Arce, pero pocos más.

Dicho esto me gustaría proponerle un tema de análisis: la relación (para mí evidente) entre la neolengua ininteligible de los estudios universitarios y el auge de ventas de la novela histórica a pesar de la mediocre calidad de ésta.

Lo de A. Castro, estoy de acuerdo con ud. El que el gentilicio de una nación sea extraño a ésta no prueba nada de lo que este autor dice y, además, es un fenómeno más que extendido. P. e. “germanos” es un nombre celta para las poblaciones del este y luego utilizado para nombrar a las poblaciones germanas y a los alemanes. Galés (welsh) es un término despectivo dado por los normandos para los habitantes autóctonos de Britannia (luego para los galeses).También sucede con los canadienses y otros. Incluso hay naciones que no tienen gentilicio propio y no por eso se les niega ese carácter de nación: los useños son “americanos” (americans) sin más, como los guatemaltecos, y normalmente llaman a su país “los Estados” (the States). Sin embargo, en lo del origen provenzal y su penetración a través del catalán estoy más que de acuerdo. Una cosa curiosa que señala Castro es que da cuenta de la ausencia de “español” en el Diccionario etimológico de Corominas, lo que explicó porque siendo ese vocablo “provenzal en su origen, suene demasiado a catalán; con lo cual el término para designar el conjunto de los pueblos peninsulares no habría sido impuesto por los castellanos, políticamente dominadores, sino que habría penetrado por el nordeste de la Península.” (A. Castro, 1985: 32).

 

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¿Ganará el separatismo?/ Jueces proetarras / Joseph Pérez (VI) y la Reconquista

Agradezco a mis amables lectores sus palabras de aliento y su esfuerzo por contrarrestar la proliferación de la “cultura del embuste” difundiendo estos u otros artículos.

Blog de gaceta.es: Prostitutos, prostitutas y arte / Feminismo y aborto /  Kakistocracia y Zapatero

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En todas las sociedades hay factores disgregadores e integradores. De predominar en exceso los primeros, la sociedad se destruye (véase la república en vísperas de las elecciones del 36: “A los españoles ya nada nos es común”, venía a diagnosticar  El Sol (cito de memoria); si no existen los contrarios, la sociedad puede convertirse en una tiranía. Hoy vemos cómo los separatistas, siempre desleales con la Constitución y enemigos abiertos de España, parecen cada vez más próximos a lograr sus objetivos, y algunos dicen que puede ser democrático que esas fuerzas profundamente antidemocráticas consigan la secesión de Cataluña y Vascongadas. El problema se plantea, en principio, de otra forma: la Constitución prevé que en caso de incumplir la ley,  una autonomía puede ser suspendida, y para ello bastaría simplemente con un piquete de la Guardia Civil.

Pero hay algo más,  y más profundo: en 1976, el separatismo tenía muy poca audiencia en esas regiones. Desde entonces no ha cesado de crecer. ¿Por qué? Porque no solo se le entregó la enseñanza, sino que durante más de veinte años no se le ha opuesto un discurso coherente en defensa de la nación. Y porque los partidos de izquierda apoyaban a los secesionistas, a veces directamente pero sobre todo indirectamente, mediante una sistemática denigración de la cultura y la historia españolas. Ya lo decía Julián Marías: “un grave problema del PSOE es que tiene una visión negativa de la historia de España” (cito de memoria). Y porque  una derecha sin principios que no dirige sino que explota a la opinión española, ha renunciado a cualquier defensa de la unidad nacional (“la economía lo es todo”). La lucha contra los separatismos ha provenido exclusivamente de la espontaneidad social. Y algo significa el dato de que, con tanto tiempo y tantas ventajas, no hayan logrado aún sus propósitos, o que los ilegales referéndums secesionistas en Cataluña ni siquiera hayan interesado a casi nadie: significa que la nación española tiene mayor consistencia de lo que suponen muchos. Pero el peligro es cierto y creciente, por lo que la reacción debe serlo también.

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**** Gabriela Bravo, portavoz del CGPJ: “Las víctimas no deben condicionar la evolución sociopolítica de España”. ¡Ajá! Piensa lo mismo que la ETA.  La putrefacción de la política. Y de la justicia. Ella, sin duda, no se considera una víctima, muy al contrario, a pesar de que toda la sociedad española lo ha sido y sigue siendo. Y ahí la tienen, tan sonriente, convencida de haber ganado la partida, ella y los suyos, los proetarras. Naturalmente, acompaña su frase, la verdaderamente significativa, con otras que no lo son, pura hipocresía, al estilo, nuevamente del brazo político de la ETA, que también se siente triunfante.

Otro caso, el de Garzón, en contra o a favor de la ETA, según sus conveniencias.

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Joseph Pérez, ¿Cómo empezó la Reconquista?

Al-Andalus nunca coincidió con toda la Península Ibérica, bien porque los invasores decidieron retirarse de algunas zonas aisladas e inhóspitas, bien porque encontraron en la población una resistencia más fuerte que en otras partes.  Esto es lo que ocurrió en las montañas de Asturias y los altos valles de los Pirineos, regiones marginales que los romanos habían ocupado de forma tardía y superficial y en las que fue débil la cristianización. En aquella comarcas, la resistencia a los moros se entiende dentro de aquella tradición de rechazo al extranjero, quienquiera que sea, por parte de hombres reacios a todo poder procedente del exterior. Es posible que se unieran a la población local algunos nobles visigodos, cuyo jefe pudiera haber sido Don Pelayo. A este se le atribuye la victoria de Covadonga de la que se sabe poca cosa, ni siquiera la fecha exacta. Del mismo modo,  los altos valles del Pirineo ofrecieron una oposición tenaz. En toda aquella zona, de oeste a este, empezó la que, andando el tiempo, acabó llamándose Reconquista.

  (…) Los hombres que, a partir del siglo VIII, iniciaron una lucha que iba a ser multisecular contra Al-Andalus se vieron a sí mismos como cristianos; no querían ser moros. Así se los consideraba desde fuera, desde más allá de los Pirineos. Dos centurias después  –en el siglo X—se les va a llamar y se van a llamar a sí mismos españoles, usando un vocablo que, por cierto, no es castellano, sino que  vendría del latín hispaniolu(m). A los que antes eran hispanos, los extranjeros empiezan a llamarles españoles. En el año 1100, en los territorios que quedaban fuera de Al-Andalus, vivían gallegos, leoneses, castellanos, aragoneses, catalanes, etc.; estos, poco a poco, fueron adquiriendo el hábito de llamarse españoles, palabra que no tarda en generalizarse.

La idea que se transmite, de forma algo confusa, es la de que no existe un esencial lazo de  cultura desde Roma y político desde el reino de Toledo, sino que la invasión árabe rompe decisivamente esa continuidad, la idea de Reconquista fue un concepto tardío, como el mismo nombre de españoles, la resistencia de Asturias y los montes pirenaicos entra en el mismo nivel que la opuesta a Roma y a los godos, y que los nuevos reinos son solo “cristianos”, y aparte de eso, los cristianos son solo gallegos,  no “habituándose” a llamarse “españoles” hasta el siglo X, en que se extiende la denominación, quizá desde Cataluña (la cual no existía entonces como tal). Y sugiere que la temprana retirada de los musulmanes de algunas zonas se debería simplemente al carácter inhóspito de ellas. De esta manera, siguiendo a Américo Castro, España va haciéndose a trompicones en esa época sin relación fundamental con Roma y con Toledo. Es difícil entender esta manía, cuando lo más evidente con respecto a la nación española es la continuidad cultural y una esencial continuidad política, aunque quebrada durante unos pocos años. Verdaderamente, las ideas de Castro combinadas con las marxistas pedestres al estilo del embrollo de Barbero y Vigil, no son una buena orientación.

La especulación sobre la palabra “españoles” y sus orígenes, tan cara a Américo Castro, simplemente carece de relevancia. Fuera cual fuere su origen, es una derivación del latín hispanus, que es como se llamaban antes los españoles. Suponer alguna clase de ruptura, es como pretender que hay una ruptura entre el español actual y el castellano de tiempos del Cid  porque este nos resulta difícil de entender hoy. En cuanto a la autoconsideración como cristianos por oposición al Islam, está clara su gran importancia, pero no lo está menos que también contaba la consideración de hispanos. Reinos cristianos había muchos por toda Europa, y la denominación de “cristianos” haría imposible distinguir a unos de otros. Y no bastaría para diferenciar a los que iban formándose en España con la idea explícita de recobrar el país. Tampoco tiene excesiva importancia cuándo apareció –por escrito— el término Reconquista. El hecho es que, por todo lo que sabemos, fue un proceso intencional desde muy pronto, y probablemente  desde el primer momento.  Cierto que hay cierta oscuridad sobre el origen mismo de la Reconquista, pero lo que se sabe basta, creo, para volver muy  improbables especulaciones como las que recoge Pérez. Hubo una resistencia que empezó en una parte de Asturias y que se extendió  casi inmediatamente hacia el oeste, hacia el este y hacia el sur, y que los árabes no pudieron impedir, pese a sus mucha mayor fuerza material y a sus constantes ofensivas. Por imperativo de las circunstancias,  la Reconquista empezó en una de las zonas menos romanizada y menos cristianizadas, pero, por lo que revela la evolución de los acontecimientos, lo bastante romanizada y cristianizada como para servir de base a la lucha por recobrar la perdida España.

De Nueva historia de España:

Parece que en las montañas del norte se habían refugiado algunos nobles godos y romanos, entre ellos Pelayo (…) La región, aún débilmente dominada por los mahometanos, había sido rebelde a los godos, pero debió de haber acuerdo entre los refugiados y grupos astures opuestos al Islam (…) El fondo real de los viejos relatos admite poca duda: en Covadonga saltó la chispa de una rebelión muy distinta de las viejas y oscuras revueltas tribales de montañeses, y de ella salió un reino independiente en la cercana Cangas de Onís, que pronto se amplió a Galicia, Cantabria y Vasconia. Este reino tomaría, inmediatamente o muy pronto, carácter cristiano y político como recobro de la España perdida contra los “moros”. La victoria de Pelayo, en una región débilmente romanizada y cristianizada, hubo de contar con una masa local que llegó a compartir el proyecto político y religioso de la Reconquista, pese a su antigua oposición a los godos.

  (…)  Las crónicas árabes conocidas, muy posteriores a las cristianas, desdeñan la acción y la explican como una derrota rebelde incompleta: “La situación de los musulmanes se hizo penosa, y al cabo despreciaron [a los de Pelayo] diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?” Pero, admite melancólicamente el Ajbar Machmua, aquel desprecio les saldría caro, pues los insurgentes “se convertirían en un grave problema”. Pelayo expulsó el poder árabe de gran parte de Asturias con su ciudad más importante, la portuaria Gijón; y se atrajo la colaboración de grupos cántabros, vascones y gallegos. El nuevo reino también atrajo a numerosos cristianos que vivían bajo poder árabe (…) Pronto el foco de Asturias se había convertido en un peligro lo bastante grave para que los mahometanos abandonasen sus empresas ultrapirenaicas y concentraran sus energías dentro de la península, lo cual salvó a Francia y al resto de Europa de nuevas embestidas (después de la derrota de Poitiers)

     Es realmente muy forzada la hipótesis de que habría habido un corte entre el reino de Toledo y los comienzos de la Reconquista, pero, especulando sobre la escasez de la documentación que ha quedado de la época, a diversos historiadores les gusta jugar con tal improbable idea,  de tal modo que España y los españoles empezarían en el siglo X o algo por el estilo. Todos los datos y la lógica, excepto el deseo, según parece ardiente, de negar la continuidad de España, militan contra semejante hipótesis.     

 

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Poder y desigualdad / A vueltas con el ahorro.

blog de gaceta.es: Genocidios y negacionismo / Feminismo y chorizos / César Vidal desbarra de nuevo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/genocidios-y-negacionismo-feminismo-y-chorizos-cesar-vidal-desbarra-nuevo-201

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Como he explicado, espero que no del todo erróneamente, en Nueva historia de España, el poder es connatural a la sociedad humana, de modo que resulta absurdo pensar en una sociedad sin poder: todos los intentos de abolirlo han conducido a reforzarlo  hasta los extremos más brutales. Y la raíz de esa necesidad del poder creo que se encuentra en la desigualdad de los seres humanos, nacida de la individuación. Por supuesto, todas las especies animales constan de individuos,  y en ellas, o en muchas de ellas, existen jerarquías, determinadas generalmente por la fuerza y la agresividad, expresión de cualidades genéticas superiores. En las sociedades animales amplias, como las hormigas o las abejas, no existe realmente un poder,  y es el instinto el que regula el comportamiento del grupo, como también, de otro modo, lo hace en los animales superiores.

Pero en el nivel humano las diferencias entre individuos son mucho más intensas, llegan fácilmente a la oposición y a la incompatibilidad, lo que impone, para hacer la vida social posible, un orden y unos individuos especializados en mantenerlo. Esa especialización es el poder, que se da, con diversas formas y con mayor o menor rigidez, en cualquier asociación, desde un club de montañeros a un partido o a la comunidad en general:  siempre hay, implícitas o explícitas, unas normas  o reglas de juego y alguien o álguienes encargados de hacerlas cumplir, lo que implica por otra parte un grado menor o mayor de violencia, explícita o implícita.

El poder, a su vez, tiende a hacerse despótico, y si algo caracteriza a la civilización eurooccidental, creo que en mayor medida que a otras, es el esfuerzo permanente por contrarrestar esa tendencia. Una de las bases de ese esfuerzo ha sido la separación entre el poder religioso, radicado en Roma, y el político, radicado en las naciones e imperios. Por lo que respecta a España, ello se manifiesta muy claramente en la evolución del poder en el reino hispanogodo, que merecería un buen estudio, por no hablar de la Escuela de Salamanca y similares: el poder debe obrar con “justicia”, una noción intuitivamente clara, pero muy complicada en la práctica y la teoría.

En el siglo XVIII y sobre todo el XIX, y hasta ahora, han surgido concepciones del poder basadas en la igualdad, con su consecuencia lógica de que, reinando la igualdad entre los seres humanos, el poder sobra porque no solo tiende al despotismo, sino que sería despótico por naturaleza y podría ser abolido si imperase la razón. No solo el anarquismo y el comunismo, con distintas variantes, han ido en ese sentido, sino algunas tendencias del liberalismo y del catolicismo (la “teología de la liberación”, por ejemplo). Pero fácilmente se entiende que esa razón imperante en pro de una igualdad sin poder no es otra cosa que una vuelta, por otra parte imposible,  al mundo instintivo. En realidad, el modelo sería la sociedad de las hormigas o de las abejas. Pero al ser imposible tal retroceso, la pretensión de abolir el poder conduce irremediablemente a su máxima expansión: es este quien define los comportamientos humanos  hasta los últimos detalles, a fin de liberar al hombre de la desigualdad: y la desigualdad se polariza al extremo: unos pocos gobiernan de manera absoluta a la masa general humana, reducida a una condición subhumana similar a la de los insectos sociales. Llegar ahí es naturalmente imposible mientras exista el ser humano tal como lo conocemos, y cabría pensar que solo mediante una extrema violencia podría implantarse un régimen parecido. Pero ya Tocqueville intuyó genialmente que el método igualador podría ser diferente, incluso guardando las formas exteriores de la democracia.

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Dice un lector que debería especificar quién es cada pastor de Porriño. La verdad es que también yo me he embrollado a veces con sus nombres e ideas, así que veré de ir al comienzo de la serie para ir situándolos. Ruego un poco de paciencia.

FABRICIO.- ¡Rediez, la misma historia lo del ahorro! ¡Y con qué desprecio habla el gachó, como si él me hubiera desmentido en lo más mínimo! Si tú ahorras, cretino Mauricio,  dejas de consumir algo que existe, y por tanto estás perjudicando al que lo ha producido. En otras palabras, el dinero que tú retienes en lugar de gastarlo, lo pierde el productor de la mercancía ahorrada.

MAURICIO.- ¡Ah, desdichado Fabricio! ¡No te enteras de la fiesta! ¡Olvidas el factor tiempo, tan fundamental en la vida humana y hasta en la inhumana! El ahorro es más bien un aplazamiento del gasto, el gasto se efectúa poco a poco mientras se producen otros bienes, unos que se gastan enseguida y otros paulatinamente, como bienes de capital que producen nuevos bienes de consumo, y así sucesivamente.

FABRICIO.- No olvido nada, agudo Mauricio. El tiempo hay que medirlo, y si tomamos un año por referencia, afirmo que lo que se produce en ese año debe ser consumido, o al menos comprado, a fin de que la economía funcione como es debido. Claro está, nunca la producción es exactamente igual al consumo, pero si una u otro divergen demasiado, entramos en crisis. Por tanto, ¿qué significa el ahorro? Que durante ese año yo dejo de consumir una parte de lo producido y ocasionando con ello pérdidas al productor. Si esa conducta se generalizase, da por seguro que la producción se restringiría enormemente, con pésimas consecuencias: muchas personas se encontrarían con dinero, pero sin posibilidad de comprar gran cosa por él,  y seguramente los precios de esa escasa producción subirían mucho, porque de otro modo los productores se arruinarían. Eso puede ocurrir un año, y al año siguiente enmendarse el error o empeorar, cualquiera sabe. Como ves, tengo el tiempo muy en cuenta. El ahorro es un contrasentido.

MAURICIO.- ¡Pero Fabricio, hombre de Dios o del demonio! ¡Ahorrar es simplemente abstenerse de una mala inversión, de un mal gasto, con el fin de hacerlo un tiempo después en mejores condiciones y con mejores expectativas.

SALICIO.- ¡Ah, Mauricio, qué cosas dices! Todos queremos hacer las mejores inversiones, gastar en cosas que nos aprovechen o incluso aumenten nuestra riqueza. Y sin embargo, ¿qué garantía tenemos de acertar? ¿Debo yo comprar una nueva zambomba?…

PATRICIO.- ¡No debes en lo más mínimo, Salicio, sería tu perdición! Recuerda que cuando tu amada Amarilis te hizo el favor de romperte el instrumento… me refiero al instrumento musical… tu ganado volvió a pacer y a engordar como es debido, y tus ingresos, a pesar de la crisis, han mejorado, por más que no todo lo que  mereces.

FABRICIO.- Tiene ahí toda la razón Patricio: lo de la zambomba sería una pésima inversión o gasto, como prefieras llamarlo, que ya he demostrado que es lo mismo. Volver a acompañar con la zambomba tus tiernos y sentidos lamentos, que tanto distraían a tu rebaño de su obligación de pacer para estar gordos y rendirte pingües ganancias, te arruinaría.

FELICIO.- Míralo así, Salicio: has perdido tu inversión en amor  pero has ganado en capital. Después de todo, ¿qué es el amor? Una pura ilusión mientras no se transforma en  dinero contante y sonante. De ahí que nuestros distinguidos políticos estén tan ejemplarmente empeñados en utilizar económica y racionalmente ese recurso, hoy por hoy tristemente  desperdiciado, y convertir nuestra privilegiada comarca en Sexópolis.

SIMPLICIO.- Sexycity, Patricio, o Sexcity, o Citisex, no recuerdo muy bien cómo lo dijo el alcalde. Hay que adaptarse a un mundo en que el inglés lo decidirá todo. ¡Sexo, juego, delincuencia e inglés!, he aquí el futuro, y al que le pique, que se rasque. Yo ya estoy estudiando inglés todos los días durante un par de horas con un profesor de Londres: “De rain in Espain estais mainli in de plain” ¿Qué os parece?

MAURICIO.- Muy bien, Simplicio, vas progresando, aunque a mí me suena esa pronunciación como a propia de las clases bajas.

FABRICIO.-  Yo comparo el amor a unos grandes bosques que están ahí simplemente para embellecer el paisaje, sin que nadie les saque provecho, hasta que alguien, como diría Ayn Rand, tiene la luminosa e individual idea de explotarlos para hacer fuego, para calentarse, para hacer casas y salir de las cavernas… Claro que el pobre que tuvo esa idea la pagó con la vida, porque los cavernícolas, en su miseria comunitarista, rechazaron el progreso. Pero  a la larga fue un beneficio para la humanidad.

PICIO.- Para la humanidad sería, mas no para él. Y como individuo ¿qué diablos podía importarle la humanidad? Después de todo, él, asesinado,  iba a pudrirse en un hoyo, los gusanos le comerían, y ni siquiera podría ver cómo los demás se beneficiaban de su iniciativa y descubrimiento. Es más, si lo viese, se revolvería en su tumba: los muy cabrones, encima de machacarle a pedradas y palos,  se aprovechaban de su descubrimiento. Eso sí que debió de ser triste. Como si alguien te brea a hostias, te mea encima  y cuando estás hecho polvo en el suelo, se cepilla a tu mujer en tu presencia. Ya me contarás la gracia. Como decía el sabio, “¡para eso, que inventen ellos!”.

MAURICIO.- Dejémonos de digresiones, mis buenos camaradas y volvamos al asunto. Os digo: el gasto y el ahorro son dos caras de la misma moneda. Gastas un dinero y ahorras otro, y con lo que ahorras facilitas que otros produzcan más y consuman más. Es una rueda eterna. Además, ¿qué pasa si uno gasta todo lo que gana en un año? Que se queda sin recursos para el año siguiente.

FABRICIO.- Veo, buen Mauricio, que por una parte me das la razón mientras  finges lo contrario. Así no hay ahorro, porque lo que supuestamente ahorras lo gastas en definitiva. Además, aunque gastes todo lo de un año, sigues produciendo y pudiendo gastar, ¿o dejas de trabajar de un año para otro? Mas admito que mi esquema de producción y consumo pudiera resultar algo insuficiente. Está por medio, como sabemos, el dinero. Generalmente se toma al dinero por un medio de cambio y depósito de valor. Parece muy evidente, pero yo sostengo que es además un instrumento de producción como puede serlo una máquina o los brazos humanos.

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****Basagoiti pide a Rajoy que se vete en la UE a las regiones que se independicen. Este Basagoiti, antifranquista de pega, nunca fue más que un majadero. Si está presto a resignarse a la enormidad que supondría la  secesión de las Vascongadas, ¿cómo no iba a resignarse a algo muchísimo menos importante como es su ingreso en la UE? Pero hay más, como hemos visto en relación con la reclamación de Gibraltar por Margallo, quien al mismo tiempo habla de disolver a España como nación independiente, lo mismo que la plana mayor del PP. Con necios como el Basa, los separatistas lo tendrán siempre fácil. Lo han tenido casi siempre fácil, porque él es un modelo de politicastro español desde hace bastantes años. El gran problema no ha sido la ETA ni los separatistas, sino esa gente . 

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Falacias de Vidal-Quadras / J. Pérez y los prodigios de Al Ándalus.

Blog en gaceta.es: Primer punto para una regeneración democrática. Amando de Miguel no atina aquí: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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 Uno de los mayores errores de Aznar fue la exclusión de Vidal-Quadras de Cataluña, doblegándose a la presión de los separatistas “moderados” (por moderados hay que entender arteros y más a largo plazo que los “radicales”). Tengo, a don Alejo,  junto con Mayor Oreja y algunos más, por lo poco salvable del PP rajoyano, y generalmente estoy de acuerdo con sus planteamientos. Pero de pronto se nos descuelga con una extraña milonga sobre las ventajas de la UE. Arguye que la renta española se ha duplicado desde la entrada en la CEE y que los europeos o los españoles hemos dejado de matarnos unos a otros gracias a ella. Por tanto, es un “buen negocio”.  Veamos:

a)      A la amenaza de los separatismos, Vidal-Quadras opone la disolución de España en la UE. La independencia y soberanía, viene a decir “no es un buen negocio”. Esto no solo significa acabar con España como nación independiente, sino también favorecer los separatismos, que se vuelven más “europeístas” que nadie ya que, como todos estaríamos subsumidos en “Europa”, podríamos estarlo perfectamente como subnaciones separadas. He aquí una manera indirecta de fomentar el separatismo.

b)      La falacia del éxito económico suena demasiado a la propuesta de vender la primogenitura por un plato de lentejas, y ya sabemos desde la Biblia cómo terminan esos cambalaches. Además es eso, una falacia. Sin estar en la CEE, España prosperó durante trece años a un ritmo más rápido que la CEE en su conjunto o que cualquier país perteneciente a ella. Lo cual demuestra que no necesitábamos entrar para prosperar por nuestra cuenta ni que ello supusiera ningún tipo de aislamiento. Suiza o Noruega no se han dejado llevar por esos señuelos y tienen mayor riqueza per cápita que la UE; e Inglaterra, mucho más sabia políticamente que nosotros, tiene buen cuidado de mantener sus distancias con el invento. Pero hay más: el crecimiento español fue entonces mucho más sano, equilibrado, con muchas menos crisis y casi sin paro. Casualmente, la entrada en la UE se ha saldado con un paro masivo que incluso en tiempos de Aznar rondaba los dos millones, con altibajos y crisis mucho más frecuentes y  con una dependencia económica (además de política) mucho más acentuada. Tengo aquí la desagradable impresión de que Vidal-Quadras está tratando de embaucarnos con un cuento para niños. No sabemos cuánto habría prosperado España fuera de la UE, cierto, pero es por lo menos  muy posible que lo hiciera más rápidamente que dentro y, repito, con mucha menos dependencia.

c)      Que los europeos dejaran de matarse no se debe en absoluto a la UE, y además no tiene nada que ver con nosotros, que nos mantuvimos neutrales en sus contiendas (como Suiza o Suecia). Ese dejar de matarse se debe a Usa, es decir, al paraguas atómico useño frente a la URSS. Y cuando terminó la guerra fría, las potencias de la UE se las arreglaron para fomentar el conflicto de Yugoslavia que luego fueron incapaces de arreglar… hasta que intervino Usa nuevamente. Eso sin contar las muy crueles guerras coloniales mantenidas durante muchos años por Holanda, Francia o Inglaterra, la influencia en matanzas como las de Ruanda o, ahora, en la absurda “primavera árabe”, ayudando a derrocar a los regímenes prooccidentales. Dictaduras, cierto, pero no peores sino mejores que la alternativa.

   En conclusión, el señor Vidal-Quadras debería encontrar argumentos mejores para defender a la UE. Por mi parte, y mirando desde España, no reduzco la soberanía al negocio ni veo que debamos nada especial a la UE, y sí, en gran medida, la crisis que ahora sufrimos. Lo demás son palabras biensonantes pero vacías.

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Creo que tiene razón Joseph Pérez cuando critica a numerosos historiadores y arabistas, algunos tan importantes como Menéndez Pidal o Sánchez Albornoz, “que minimizan la aportación árabe, haciendo hincapié en la debilidad numérica de los invasores, la tibieza de su fe, el mestizaje con mujeres indígenas … y acaban concluyendo que los vencidos asimilaron culturalmente a los vencedores: las estructuras administrativas, lingüísticas, culturales e incluso económicas de la monarquía visigoda se mantuvieron casi intactas después de la conquista. La civilización de Al-Ándalus debió muy poco a los árabes y casi todo a los elementos hispanorromanos anteriores”.

Como Pérez señala esas tesis resultan “muy exageradas y carecen de verosimilitud”. Los vencidos no asimilaron a los vencedores, aunque les transmitieran algunas influencias secundarias. Quienes se asimilaron fueron justamente los visigodos, mientras que en Al Ándalus, recuerda Pérez, ocurrió al revés: “el elemento árabe impuso una religión, una organización política y una lengua”. Eso entre  otras cosas fundamentales: añadamos unas formas de derecho, nuevas costumbres que se extendían desde la culinaria a la familia y el matrimonio, etc.  “Es decir, una civilización completamente distinta de la anterior”. Distinta y radicalmente opuesta, pues luchaba por imponerse completamente, como en el norte de África. Esto es tan evidente que el llamativo error de Menéndez Pidal y sobre todo de Sánchez Albornoz responde claramente a cierto prurito de hacer españoles a todos los que han habitado en la Península Ibérica, dotándolos de  rasgos “temperamentales” un tanto especulativos  y difusos, considerados definitorios por encima de los rasgos culturales claramente discernibles.

Hace después J. Pérez un cántico a las maravillas culturales del mundo islámico antes del siglo XI: “En contraste con el resto de Europa, Al Ándalus se distinguía por la importancia y riqueza de sus ciudades: Toledo, Almería, Granada, Zaragoza, Málaga, Valencia, y sobre todo Córdoba, ciudad espléndida con cientos de mezquitas, baños y hoteles, tiendas…” Y por otra parte,   El árabe era la lengua de los vencedores y de la administración (…) No lo olvidemos, era también la lengua del progreso, de la ciencia, de la cultura (o sea, lo que dicen hoy del inglés) y es lógico que fuera adoptado en todo el territorio de Al Ándalus”. Hay  bastante de cierto en todo ello, pero tal como lo presenta el autor,  podría pensarse que si toda la península y Europa se hubieran islamizado, habría sido para ellas un “un buen negocio”, en palabras de Alejo Vidal-Quadras. Pero un historiador debe preguntarse por qué, pese a ocupar Al Ándalus la gran mayoría de la península, y justamente las partes más pobladas y ricas ya desde antes de la invasión musulmana, fue retrocediendo, a veces con gran rapidez, y sufriendo derrotas muy sensibles a manos de los más pobres y mucho menos numerosos españoles del norte.  Así, un historiador debe señalar también otros rasgos menos brillantes del emirato y del califato: con respecto a los estados del norte, sufría un grado mucho más alto de despotismo y de arbitrariedad del poder, una extensión mucho mayor de la esclavitud (el propio ejército llegó a componerse en gran medida de esclavos), una situación de la mujer muy inferior y una guerra civil prácticamente permanente, entre otras taras que minaban a aquel régimen.

Si exponemos las diferencias solo en un sentido, como hace el señor Pérez, no solo escribimos una historia mutilada, sino que nos impedimos la comprensión de la evolución histórica.

Dicho de otro modo: aunque el régimen cordobés se conformó como un estado independiente, nunca llegó a ser una nación como sí lo fue la España visigoda. En primer lugar, la minoría árabe nunca se asimiló a la población y cultura preexistentes, como hicieron los godos, sino que permaneció siempre como una oligarquía privilegiada, autoconsiderada racialmente superior y ajena no solo a la masa de población que permaneció cristiana, sino a la que se convirtió al Islam y a los beréberes, siendo esta una de las causas de las continuas crisis y revueltas internas, hasta la implosión final en las taifas. Es más, la minoría dominante desconfiaba hasta tal punto de sus súbditos que siempre trató de mantenerlos atemorizados y alejados, incluso físicamente, por fuerzas traídas del exterior o esclavas. A pesar de sus éxitos asimiladores en religión, lengua, derecho, costumbres, etc., el estado omeya permaneció siempre como un cuerpo extraño, despótico y desconfiado de sus propios súbditos. Todo ello lo he tratado con mucha más extensión en Nueva historia de España, a la que remito al lector interesado. Dejo para un próximo artículo la interpretación, realmente pintoresca, que hace el señor Pérez de los inicios de la Reconquista.  

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….Y LA ETA TENÍA RAZÓN

La ETA nació con un doble objetivo: derribar al franquismo y derribar a España, imponiendo la secesión de las Vascongadas y Navarra a fin de crear en estas una “nación” socialista. Objetivos muy ambiciosos. Pero al efecto diseñó una estrategia de atentados y asesinatos que debían debilitar al estado español y acercarla antes o después a su objetivo. Y contó –justo después y no antes de  que empezara a asesinar por sistema– con una colaboración increíblemente extensa: prácticamente toda la oposición antifranquista, el PNV, gran parte del clero vasco y bastante del no vasco (el de la “teología de la liberación” y el que  quería pedir perdón por su apoyo al franquismo en la guerra civil), parte de la prensa en el mismo franquismo, que de forma retorcida y solapada “informaba” de modo favorable a los asesinos y, quizá el más invalorable, el apoyo del gobierno francés, que hizo de la proximidad de la frontera un santuario seguro en el que los terroristas podían refugiarse para volver a atentar en España. De no ser por esa política de París, probablemente la ETA habría sido desarticulada y en varias ocasiones estuvo muy cerca de serlo. Además, tiranías como la castrista y la argelina, parece que también el terrorismo palestino, le prestaron auxilios variados. Más aún, los etarras consiguieron un aura de luchadores “por la libertad” en gran parte de Europa, gracias a las manipulaciones informativas de la socialdemocracia y de los partidos comunistas: solo hay que recordar las violentas manifestaciones de masas con ocasión del Juicio de Burgos y de las últimas ejecuciones de terroristas bajo el franquismo, con total desprecio a sus víctimas. Contra el franquismo todo valía. Estos hechos esenciales los he explicado, creo que por primera vez, en Una historia chocante.

   El colmo: la ausencia de análisis político serio en España ha llevado a crear la idea bastante común, aunque difusa, de que la ETA ha traído la democracia, al asesinar a Carrero Blanco, presentado como el gran valladar del franquismo puro y duro, una estupidez aceptada también por la extrema derecha.

Llegó el posfranquismo, que, como he explicado en La Transición de cristal, dio lugar a una democracia con bastantes taras, pero democracia al fin, “de la ley a la ley”, a partir de la legitimidad del régimen anterior. La oposición intentó oponerse con un programa de ruptura que no lo era solo con el franquismo sino también de ruptura de España (en el programa del PCE y del PSOE estaba la llamada “autodeterminación”, es decir, la secesión; y todos trataban de ir juntos con los separatistas abiertos). Pero fracasó. La inmensa mayoría de la población rechazó el invento que pretendía enlazar con el nefasto Frente Popular. Por consiguiente,  aquella oposición hubo de resignarse, que no aceptar real y lealmente, al diseño de los franquistas, aunque introduciendo en él verdaderas bombas de relojería ya en la misma Constitución, merced a la insustancialidad de Suárez.  La ETA, en cambio, no se resignó. En las nuevas circunstancias de cierto descontrol y creciente influencia de sus aliados de primera hora y ya tradicionales,  los asesinos tuvieron gran respaldo y ayuda moral y propagandística (recuérdese cómo se enterraban a sus víctimas directas y el desprecio hacia ellas por parte de gran parte de los medios y del mismo gobierno), y surgió la teoría de la “salida política”, que pisoteaba el estado de derecho y presentaba implícitamente como políticos a los del tiro por la espalda y a sus presos. Esta  verdadera colaboración moral, política y propagandística, partió sobre todo del grupo PRISA, el verdadero sindicato del crimen, como se permitía llamar a quienes denunciaban la corrupción del PSOE. Este y gran parte de la derecha iban por esa vía “política”, que daba las mayores esperanzas y ventajas a los etarras. Con ello esperaban también que la ETA se volviera “razonable”, ofreciéndole considerables concesiones  –ocultadas a la opinión pública–: premios por la sangre derramada. Pero la ETA no cayó en la trampa: estaba segura de que golpeando una y otra vez, sus grotescos enemigos terminarían cediendo mucho más. El gobierno socialista, algo enloquecido,  organizó entonces el terrorismo gubernamental, no para acabar con la ETA, sino para forzarla a negociar condiciones que, siempre contra la democracia y el estado derecho, debían complacerla sin por ello hundir la posición del PSOE. Pero los etarras conocían bien la endeblez moral y política de sus adversarios a medias y supieron explotar “las contradicciones del sistema”, con lo que  al PSOE le estalló el asunto en las manos, por obra de un juez prevaricador (prevaricó entonces, pues solo atacó el terrorismo gubernamental cuando Felipe González, que creyó utilizar al individuo, cometió el error de truncar su carrera política).

No obstante, el resultado no fue bueno para la ETA, porque finalmente llevó al poder al PP de Aznar. Debe señalarse que la mayor parte del PP, en particular los arriolistas, eran partidarios de seguir con la “solución política”, en lugar de aplicar a fondo los recursos del estado de derecho, y que fue Mayor Oreja quien, finalmente impuso una política acorde con la democracia. Y fue esa política la que colocó contra las cuerdas a la ETA en sus brazos armado y político. Como recordaba  hace poco un dirigente batasuno, es decir, etarra, la banda se vio “al borde del precipicio”.

Pero la tenacidad etarra volvió a tener su recompensa. Fue llegar al poder el delincuente Zapatero y sacar de su crítica situación a los criminales, con quienes comparte –no debe olvidarse– un 80% de ideología: nueva legalización de sus brazos  políticos, lo que les permitía recobrar el terreno político y propagandístico perdido, aparte de recibir grandes cantidades de dinero público; política de prestigio de los asesinos en España y en el Parlamento europeo; internacionalización del  problema para dificultar una solución desde la democracia española; estatutos de “segunda generación” que dejaban –dejan–  en marginal la unidad nacional; política de desprestigio, como “contrarios a la paz” hacia las víctimas directas y hacia cuantos se oponían a tales designios delictivos, antidemocráticos  y de alta traición; intensificada corrupción de la Justicia, en especial del Tribunal Constitucional, hasta grados infames, etc. etc. Hasta beneficiar, según la totalitaria ley de memoria histórica, con 135.000 euros a los familiares de los etarras muertos entre 1968 y 1977 “en defensa de la libertad”.  Es difícil imaginar mayor conchabamiento con una organización asesina, máxima enemiga de  España y de la democracia.

El mayor colaborador que ha tenido la banda armada en su historia, Zapatero, se preocupó de crear hechos consumados que hiciesen difícil la vuelta atrás. Y así, una vez la crisis económica llevó al poder a Rajoy, este continúa la política zapateril, con una vileza característica. Basta oír al ministro de Interior, hombre de muy pocas luces y de ningún criterio político serio (como Rajoy) para ver que el proceso no se ha interrumpido: “Ilegalizar a Amaiur –es decir, a la ETA– sería hacer un mal favor a la democracia”,  ha dicho el personaje, justificándose con “informes” que él tiene. ¿Qué entenderá por democracia y qué informes serán? Lo que hace es “pedirle” que se desarme.

La ETA no solo ha demostrado ser una organización de principios –los suyos liberticidas y antiespañoles, claro–, sino también mucho más inteligente y a su modo honrada que la mayoría de los politicastros que vienen estragando al país. Desde el primer momento, los etarras calaron a esos personajillos como despreciables y corruptos, “los gorrinos”, como llamaban a los zapateristas que les daban cancha, y lo vieron confirmado a lo largo de años cuando los gobiernos mantenían negociaciones clandestinas con ellos, con los héroes del tiro en la nuca, a espaldas de los ciudadanos y mintiendo descaradamente a estos al negar los hechos.

Me gustaría decir: estoy seguro de que los criminales y sus colaboradores pagarán sus fechorías contra España y la libertad. Por desgracia, no estoy nada seguro, y veo posible que esa chusma triunfe, finalmente.

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