Del liberalismo a la democracia
La guerra civil no se libró en torno a la democracia, sino sobre factores sociales más básicos, como la unidad nacional, la cultura (católica en este caso), y la libertad personal. Esta evidencia nos orienta también contra una idea corriente de que sin democracia, tal como hoy se la concibe, no hay verdadero orden social ni legitimidad política. Pues las sociedades humanas han subsistido durante milenios con formas muy variadas, sin democracia, que es una forma de organización política históricamente muy reciente. Si dejamos aparte la democracia ateniense, que se parecía muy poco a las actuales.
Es cierto que la democracia tiene de todas formas raíces profundas, como un modo de hacer explícito el consentimiento de al menos una parte influyente del pueblo. Esa raíz se encuentra en el parlamentarismo cuyas raíces remotas, en Europa, pueden encontrarse en las Cortes de León y antes en el Fuero de la misma ciudad, que establecía unos derechos básicos. Hasta puede verse un precedente en los concilios de Toledo, donde el poder legislativo ejercido por una oligarquía visigoda se compartía con representantes de la población hispanorromana (sus obispos). Existe en España, por tanto, una larga tradición predemocrática. Tradición contraria a la idea de que al venir el poder de Dios, el propio Dios inspiraba al gobernante, con lo que sus decisiones tendrían carácter sagrado y debían ejercerse sin ninguna traba por parte de los gobernados, que no estaban inspirados o eran ignorantes. Idea esta última que se extendería por gran parte de Europa y de modo especialmente fuerte en Rusia desde Iván el Terrible. No es casual que en España surgiese un Francisco Suárez señalando que el poder no llegaba al monarca (y su oligarquía) directamente de Dios, sino a través de los gobernados. Y que Mariana teorizase sobre la tiranía y el tiranicidio. La monarquía absoluta procedente de Francia en el siglo XVIII, era ajena a viejas tradiciones españolas.
Sin embargo en los siglos XIX y XX, cuando el liberalismo va haciéndose democrático, apenas hallamos pensamiento democrático de alguna originalidad en España. El pensamiento ha sido más bien contrario o renuente desde Donoso Cortés a Ortega. Por ello las actitudes democráticas deben examinarse más en las conductas prácticas que en las teorías.
Al igual que en casi todo el resto de Europa, el liberalismo nació en España de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, con una mezcla de impulso y temor a la democracia (al sufragio universal, en suma). Sus propuestas entrañaban un avance sobre las divisiones forales o feudales anteriores: igualdad ante la ley (al menos en principio), libertades políticas y soberanía teórica del pueblo y no de un rey o grupo. Pero el nuevo movimiento surgió en España de una brutal invasión extranjera, anticatólica y sangrienta, y gran parte del pueblo identificó ambas cosas, invasión y liberalismo, por lo que prefirió una legitimidad ya anacrónica.
La división social y política legada por la invasión provocó una nueva y asoladora guerra civil y otras dos menores a lo largo del siglo XIX. Al ganarlas los liberales, cabría esperar un florecimiento de la iniciativa individual, mayor riqueza e ilustración pública, como ocurría en algunos países, pero no fue así: el triunfo liberal abrió una época de reyertas y pronunciamientos entre facciones liberales. La iniciativa económica fue escasa y aunque algunos tramos sociales prosperaron, el conjunto del país permaneció semiestancado. Un excesivo proteccionismo redujo la industria a los núcleos de Barcelona y Bilbao, con un mercado cautivo que pagaba muy caros unos productos industriales de calidad no muy buena (Usa o Alemania montaron sus industrias con proteccionismo, pero con más eficacia que España, mientras que a Portugal su libre cambio con Inglaterra no le sacaba de la pobreza).
Culturalmente, a los saqueos y destrucciones del patrimonio histórico-artístico traídos por la invasión francesa, se sumó el desastre para monumentos, edificios emblemáticos, bibliotecas y archivos causados por las desamortizaciones. La ciencia no despegó, las universidades no salieron de la mediocridad, el analfabetismo apenas fue combatido, y la alta cultura quedó en pálido reflejo de la francesa e inglesa. La oligarquía liberal no descolló por lo hábil o ilustrado, y sus desaciertos debieron ser mejor o peor corregidos por la frecuente intervención de militares asimismo liberales (“espadones”), aunque menos propensos a la insensatez y la retórica. Del democratismo exaltado salió el sufragio universal en 1869, pero su secuela fue una I república cuya extravagancia generó en menos de un año un abismal desorden y una triple guerra civil.
Para remediar el estrago, Cánovas y el general Martínez Campos volvieron a traer la dinastía borbónica derrocada en 1868. El nuevo régimen, la Restauración, trataba de imitar el modelo inglés eliminando el golpismo anterior entre grupos liberales, y evolucionando hacia el turno pacífico de partidos El arreglo trajo paz y un liberalismo evolutivo, que volvió al sufragio universal en 1890 (había pocos países con ese sufragio en Europa, y no existía en Inglaterra). Se ha acusado a la Restauración de desvirtuar el voto mediante el caciquismo, un defecto inevitable en una sociedad agraria y mayoritariamente analfabeta, como ocurría en otros países, también en Usa. Por lo demás caciquismos, demagogias y fraudes electorales siguen existiendo, incluso en países avanzados. Pese a todo, la Restauración, mil veces denostada por izquierdas y derechas, superó la inestabilidad del siglo XIX, permitió amplias libertades e impulsó una prosperidad modesta, pero acumulativa durante casi cincuenta años. Su fracaso final se debió en gran medida a la baja calidad política e intelectual de sus oligarquías.
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Viejas trifulcas en el Ateneo
Veo que para usted ha supuesto mucho el Ateneo de Madrid, pues lo ha tratado en sus pequeñas memorias de Adiós a un tiempo, y le ha dedicado una novela entera, El erótico crimen. No debió de ser una experiencia muy positiva.
Estuve en el Ateneo cosa de ocho años desde 1984, creo, algo después de haber salido de la clandestinidad. Allí pasaba el día entero leyendo o charlando. La institución se hallaba en horas muy bajas, e intenté organizar una actividad intelectual de alguna enjundia. Por ejemplo, series de conferencias que concluyeran en algún congreso o simposio internacional, como uno sobre la España visigoda, u otro sobre las relaciones entre España e Irlanda. También intenté series de conferencias divulgativas anuales cuando se concedían los premios Nobel de ciencias, que no cuajaron. Aparte organicé una asociación de excursiones y tertulias de temas diversos, y saqué algunos números de una revista de pensamiento, Tanteos, y otra de historia, Ayeres. Fui bibliotecario también de la Junta de Gobierno…, en fin, cosas de esas. Todo lo cual finalmente quedó en nada, aunque se mantuvo por unos años.
Si fracasó sería porque estaba mal planteada esa actividad.
Verá, llegué a la conclusión de que estaba mal planteada porque de donde no hay no se puede sacar. Con excepciones, el ambiente era de un ínfimo nivel intelectual acompañado de las tradicionales envidias y mala leche. Eran gente “de carrera”, algunos profesores universitarios o catedráticos, y sin embargo… Cuando oigo que el voto de un doctor no puede valer lo mismo que el de un camarero, me río. Las tonterías que pueda decir un camarero le llegan de las que sueltan muchos doctores a través de la prensa o de la televisión, Ya Azaña había lamentado en su tiempo la abundancia de chiflados e intelectuales fracasados en el Ateneo. Y, ojo, entonces y en mis tiempos, el Ateneo reflejaba bastante bien el clima intelectual del país. Fernández de la Mora señalaba también el carácter agrio de la vida intelectual en España. Áspero, agrio y árido, diría yo. Los tipos que allí daban la tónica eran intelectualillos muy de tres al cuarto y gente que se hacía la idea de que allí se podía trepar, promocionarse fuera (explotando “el prestigio del Ateneo”) e incluso sacar algún beneficio económico. Gente carente de ideas, capaz de poco más que chismorreo, cuya apatía se transformaba en actividad frenética para hundir cualquier iniciativa. Con todo, me divertí bastante durante un tiempo.
Una diversión algo extraña, ¿no?
No del todo: hice algunos buenos amigos, lo menciono también en Adiós a un tiempo. Las intrigas, los ataques, las conspiraciones por aquí y por allá eran tan grotescas, tan malintencionadas y pueriles, que daban risa, y de ahí salió, aunque desfigurándolo mucho, lo de El erótico crimen del Ateneo, cuya trama debo en parte a mi amigo Campillo, fallecido hace meses (https://www.piomoa.es/?p=10344). En torno a la novela hay también otra historia, de Moh Ul-sih, que algunos ponen en duda (http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ha-muerto-moh-ulsih-1893/3.html). Durante un tiempo lo pasaba bien poniéndolos en evidencia, lo que me valió odios auténticamente feroces. Yo los atacaba para proteger mis iniciativas, pero finalmente me harté. En Adiós a un tiempo menciono algunos aspectos realmente cómicos. Pero finalmente concluí que estaba perdiendo el tiempo y tomé la mejor decisión: dejar aquello y dedicarme a investigar cómo se gestó la guerra civil.
¿No intentó apoyarse en los jóvenes?
Lo intenté un poco, pero me di cuenta de cuánto habían cambiado con respecto a mi generación. Había muchos jóvenes, estudiantes o que reparaban una oposición. Fuera de eso, a casi ninguno le preocupaba otra cosa. Eso siempre había sido lo normal, pero en mi tiempo había una pequeña minoría que leíamos de todo, discutíamos y nos interesábamos por temas políticos, filosóficos, económicos… Lo trato en mi próxima novela Cuatro perros verdes. Uno esperaba que esa pequeña minoría seguiría existiendo, y que precisamente debía encontrarse en el Ateneo, donde no había la especialización por facultades. Pero las excepciones eran escasísimas. Y otra cosa que se notaba era el ambiente trepa, a menudo muy desvergonzado, que predominaba entre ellos, ya tan jóvenes. Así que, como digo, pensé que allí no tenía nada que hacer. No sé cómo será ahora, porque llevo más de veinte años fuera. Ojalá haya mejorado algo. Fue también una buena experiencia para entender los problemas de la democracia, pues era casi una democracia asamblearia.
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Historia criminal del PSOE: Una vez derrotada la insurrección del PSOE y los separatistas catalanes en 1934, se abrió la posibilidad de una rectificación en la línea socialista a favor de la posición de Besteiro, pero esta no se produjo. Por el contrario, el PSOE desató una gigantesca campaña de calumnias al gobierno por supuestas atrocidades en la represión de Asturias. La campaña, apoyada por la II y III Internacionales y por la masonería, alcanzó gran repercusión internacional, y dentro de España envenenó de odio los ánimo en un grado que se manifestaría al reanudarse la guerra civil en 1936. Esa campaña la he analizado a fondo por primera vez en El derrumbe de la República, y en esta sesión de Una hora con la historia reproduzco parte de ella. Fue una campaña esencial para entender lo que después ocurrió en España. El PSOE había fracasado en su asalto armado a la república, pero consiguió saltar del banquillo de los acusados al estrado del fiscal, intensificando los odios sociales que impedirían el asentamiento del régimen después de la tremenda sacudida de octubre del 34, y conducirían al Frente Popular y a la reanudación de la guerra con un encono feroz: https://www.youtube.com/watch?v=jOlZ7YuOqDQ





