Historia criminal del PSOE. Oviedo en llamas: https://youtu.be/_L5awz95gyc
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Virus y economía
Leo: 150.000 casos de coronavirus en el mundo (en 140 países). Sobre 7.000 millones de habitantes. Varios meses después de su comienzo. ¿Cómo es posible que esté paralizando media economía mundial? O bien se piensa que la cifra se multiplicará por cien o mil en los próximos meses, o que la plaga durará mucho. Leo también que en China la están doblegando ya. En Italia, los muertos se acercaban a 1.500 sobre unos 21.000 infectados y unos 60 millones de habitantes, con una letalidad del 5,8% y 80 años de media . La letalidad es mucho menor en China, entre el 2 y el 4%. En España (46 millones de habitantes) vamos por los 200 muertos sobre 6.400 casos (3%). Si la difusión del virus es estacional, como la gripe, el número de muertos e infectados no puede subir ya mucho.
La comparación con la gripe no sobra, porque en España su tasa de mortalidad (1,2%) es bastante inferior a la del Covid 19, pero causa cada año unos 6.300 muertos. Al ritmo actual, antes de que llegue el buen tiempo y presuntamente se acabe la plaga del coronavirus, esta tendría que multiplicar sus víctimas mortales por 30, y aun así no merecería más atención que la gripe. De acuerdo con estos datos, las medidas que se vienen tomando en muchos países, particularmente en España e Italia, resultan verdaderamente sorprendentes. ¿Se teme, entonces, que el número de muertos en un par de meses sea muy superado, que llegue a decenas, incluso cientos de miles? No leo que nadie lo diga. Y si se piensa que la peste no sea estacional y dure todo el año, ¿será posible mantener unas medidas antieconómicas como las presentes? Con un solo mes, esas medidas arruinarán una multitud de negocios. Mantenerlas un año entero destrozaría por completo la economía. Una explicación, aunque no muy convincente, es que unas medidas de choque iniciales evitarían que la peste se difundiera de forma explosiva. Parece la razón, pero ¿cómo mantener las medidas actuales por más de unas pocas semanas?
Todo esto resulta chocante, desde luego.
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**Qué repugnancia, oír al Doctor y similares emplear frases de tono sublime para ocultar o envolver sus bellaquerías y delitos. En eso se ha convertido la política. Porque los estafadores saben que el truco funciona.
**Con motivo del virus, pretende el Doctor que olvidemos la política y todos nos pongamos a remolque de él. Como si, con motivo de una gran inundación, todos debiéramos seguir sin crítica a un gobierno imprevisor.
**De momento, el Torra y el Urcullu ya están haciendo su política. La que podía esperarse de tantos años de complicidad de los gobiernos con los separatistas.
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Los tres canteros y la moral.
El cuento de los tres canteros indica la diferencia entre el hombre común, que dedica su vida y sus esfuerzos a satisfacer sus necesidades primarias, y apenas ve ni quiere ver más allá, y el que percibe un objetivo general que da sentido a sus sudores más allá de las exigencias básicas, animales, de la vida. Ahí, por lo menos, Omar Jayam falla.
–No lo veo del todo así. Jayam parte de la imposibilidad de encontrar sentido, por lo que postula una especie de diversión desesperada. Ya que todos los esfuerzos por conocer fracasan, divirtámonos cuanto podamos y mientras podamos. Finalmente, ese sería el sentido de la vida y lo demás una sabiduría ilusoria que haría la vida aún más pesada.
Sin embargo, el que era consciente de que sus trabajos tenían un fin más elevado, que traspasaba sus necesidades particulares, siempre lo juzgaríamos más humano, más consciente y con una visión más amplia. Podríamos decir que aunque no respondiera a la pregunta de Jayam en un sentido general, al menos se acercaba a él en un aspecto parcial.
–Pero supón que el cuento continuase con una disputa entre los tres. El tercero podría acusar a los otros dos de pensar como cerdos, ya sabéis lo del cerdo satisfecho y el Sócrates angustiado… Pero imagino fácilmente lo que le replicarían los otros: “En primer lugar, nosotros trabajamos para alimentar a nuestras familias, aunque la paga nos permita pocos lujos, igual que a ti. ¿Qué nos importa si construimos una catedral o unas caballerizas o una cárcel? Eso es cosa de quien nos contrata. Y tú, que imaginas algo tan grandioso, ¿acaso has decidido tú construir la catedral? ¿La has diseñado? Solo la veremos terminada cuando lleguemos a viejos, si no morimos antes. No sabemos si la quemarán o la dejarán a medio hacer por falta de dinero… Si tú fueras el arquitecto, esas cosas te importarían, claro… Pero todo eso está muy lejos de nuestro alcance, para el plan de la catedral somos poco más que estas piedras. Así que, en definitiva, ¿qué nos importa?
Vaya, has expresado lo que expresaría un cerdo. Está demostrado que la gente trabaja mejor y con más ánimo, y se siente más satisfecha cuando tiene una idea clara del fin que se persigue, más allá de su interés más inmediato en comer, joder y cagar.
–La cuestión es esta, y es doble: el arquitecto, llámalo Dios o Necesidad, está muy lejos de nosotros, nos distribuye como quiere en función de una obra que nunca conoceremos. Nos pone al servicio de algo que nunca entenderemos. Y esto se refleja miserablemente en la vida real. Omar se pregunta en otro verso: “¿Por qué un hombre ha de servir a otro?” Pues ahí está la otra cara del destino: la inmensa mayoría de los hombres tienen que trabajar para comer con un esfuerzo que les ocupa la mayor parte de sus vidas, siguiendo normas que les son impuestas, y en beneficio de otros pocos que obran como amos y señores. Pero incluso estos, que tienen el dinero y el poder, están sometidos a mil azares de la vida, es decir, que tampoco son una imagen de la divinidad o de la necesidad.
Todo eso está muy bien cuando nos dedicamos a teorizar de manera abstracta. Pero cuando vamos a lo concreto, a las exigencias prácticas, ¿de qué sirve? Uno tiene que preguntarse: ¿por qué la sociedad humana está hecha de esa forma? ¿Podría cambiarse de modo que esa servidumbre quedara abolida, por ejemplo?
–Percibimos la vida en varios planos. El de las exigencias inmediatas y perentorias es uno. Salvo que nos suicidásemos, nos vemos obligados a entrar en esa dinámica, tratando de sacar la mayor satisfacción posible de ella, lo que muchas veces resulta ilusorio. Pero el plano más amplio, el por qué y para qué de esos esfuerzos y servidumbres, que parecen inevitables, se nos escapa sin remedio.
Parece, según lo expresas, como si la vida fuera necesariamente una frustración constante. Tiene muchas alegrías, y la prueba es que casi nadie quiere irse de ella, al menos mientras queda algo de fuerza y de salud.
–Eso es verdad, como diría nuestro cerdo parlante. El cual nunca se plantearía problemas morales o de cualquier tipo distinto de los inmediatos. Tampoco lo haría el hombre, si no supiese que ha de morir.
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