Por qué es clave la cuestión de la legitimidad del poder
En la tercera parte de Por qué el Frente Popular perdió la guerra, da usted importancia crucial a la cuestión de la legitimidad de cada bando. No obstante tiene más importancia el tema, que también trata usted, de la intervención extranjera, que sin duda fue esencial. Cualquiera que haya sido la legitimidad de cada uno, lo que importa en definitiva es que la guerra la ganaron unos y la perdieron otros.

–Esa es básicamente la tesis de los historiadores digamos franquistas. Y por eso ha resurgido con tanta fuerza el frente popular. Porque el argumento de este es que la legitimidad correspondía a los que perdieron, y por tanto, para sanear, por así decir, la historia de España, es preciso que la democracia enlace con los demócratas del frente popular, eliminando el supuesto fraude de la transición. En el libro examino esta cuestión, que es la clave de todo. Porque la historiografía de izquierda y separatista da por hecho esa legitimidad, mientras que a los franquistas, en sentido amplio, ese problema nunca les preocupó gran cosa, lo diluyen sentimentalmente en lo de “guerra fratricida” y similares, aunque el fondo es que lo que cuenta para ellos es quiénes ganaron y por qué, reduciendo ese porqué a un asunto técnico, de conducción militar y económica. Esta posición suena a muchos un tanto matonesca y desagradable a pesar del sentimentalismo conciliatorio. No, la cuestión de la legitimidad es la clave absolutamente, y la intervención extranjera es secundaria.
No puede ser secundaria, porque sin ella ninguno de los dos bandos habría dispuesto de armamento moderno. Por lo tanto cabe distinguir cuál de ellos recibió más y mejor armamento como explicación fundamental del resultado de la guerra. Moradiellos y muchos más atribuyen la victoria de Franco a su recepción de más y mejores armas.
–Lo de las armas es, insisto, secundario. La argumentación de Moradiellos y todos esos busca empeorar la cuestión de la legitimidad al identificar a los nacionales con Hitler. Sostuve con Moradiellos una polémica en El Catoblepas, de Gustavo Bueno, y no salió bien parado, porque desafiaba los datos conocidos con demasiado evidencia. Pero, una vez aclarada la cuestión de la legitimidad, como creo haber hecho en el libro, al menos en síntesis, la intervención exterior adquiere otra dimensión, esta sí puramente técnica. ¿Hubo realmente una intervención italoalemana superior a la soviética? ¿Puede hablarse de intervención o de simple ayuda? ¿Cómo fue en cada caso y en cada etapa de la guerra? ¿Qué carácter político general tuvo la intervención de cada potencia exterior, es decir, qué perseguían, sea interviniendo o ayudando? Todo esto es un capítulo aparte, y también ahí ofrezco algunos enfoques nuevos. Como en los temas de la represión y la cultura, que también intento aclarar en el libro frente a la imponente masa de farfolla de estos años.
La versión predominante en la universidad es directamente contraria a la que usted sostiene. Y usted ha señalado que la universidad es la columna vertebral de la gran cultura o la alta cultura. ¿Puede tener usted razón frente a tantos?

Y así está la universidad, una universidad de “memoria histórica”. Intelectualmente todos esos están derrotados, pero política y económicamente siguen dominando el cotarro. Han hecho un gran esfuerzo, que ya los define, por silenciarme. Una amigo me ha comentado: “Es como lo que el Duque de Alba decía en relación con Antonio Pérez: no quería nombrarlo, ni para bien ni para mal”. La diferencia es que Alba mostraba así su desprecio, mientras que estos catedráticos demuestran solo su miedo. De otro modo no habrían aceptado la ley de memoria histórica. Tengo que decir que no se trata solo de profesores de izquierda o separatistas. Son incluso peores los de derechas, que van en plan “científico”. Un sacerdote que escribía una tesis y me citaba, recibió de sus superiores el consejo de no hacerlo, porque yo no era “científico”. Aquí no hay cretino que no se declare científico, y cuanto más mediocre más científico. Es una universidad basura, y lo digo con sentimiento porque, en efecto, la universidad debía ser lo que usted ha dicho. La universidad española viene recibiendo desde hace bastantes años duras observaciones desde distintos ángulos, pero se mantiene como un bloque o más bien como un mazacote insensible a cualquier crítica. No obstante, eso debe cambiar y creo que cambiará, espero que a no tardar demasiado. VOX tiene ahí un campo donde jugar.
Pero la legitimidad de un poder, de cualquiera, no deja de ser un asunto muy poco objetivo, pues cada cual, cada forma de poder, la reclama para sí.
Esa es una visión demasiado esquemática. Podríamos decir que todo poder nace de la violencia y se apoya en la violencia, pero curiosamente necesita para mantenerse de otro elemento, el de la legitimidad. Una excepción aparente fue la II República, que nació sin violencia, pero no porque no la buscase, sino porque la monarquía prefirió suicidarse. No obstante, antes los republicanos habían intentado el golpe militar, y a continuación se dedicaron a ejercer la violencia contra el rey que les había regalado el poder… Pero, en fin, ningún poder de mantiene solo por la violencia. Necesita convencer a una parte suficiente del pueblo de que es beneficioso para el conjunto. Los poderes que no lo consiguen caen pronto. El régimen de Maduro se apoya en la violencia, en la corrupción y la demagogia que opone a una parte menor del pueblo contra la mayoría. ¿Cuánto puede durar? Dudo que mucho. En la guerra civil, el Frente Popular intentó construir su propia legitimidad, y lo habría conseguido, por más o menos tiempo, si los comunistas se hubieran impuesto de forma determinante. Lo intentaron y avanzaron bastante hacia ese fin, pero no lo consiguieron del todo.
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Mi amigo Paco Linares ha hecho este vídeo de denuncia del terror madurista: https://www.youtube.com/watch?v=bXuThL4Is84
Historia criminal del PSOE. 1934: Franco defiende la República: https://www.youtube.com/watch?v=aBVMI4dw7i4&feature=youtu.be
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Actitudes ante la muerte.
Ante el angustioso misterio de la vida personal, Jayam y Tolstoi dan soluciones opuestas. Para Jayam no queda otra salida que aprovechar la parte agradable de la vida olvidándose de dicho misterio (este es el consejo que da continuamente y que él es el primero en no seguir). Tolstói, en cambio sostiene que ese misterio puede ser penetrado, y que tras la barrera de los convencionalismos y adornos con que generalmente se disfraza la existencia cotidiana, hay una verdad horrible y repugnante: la muerte define la realidad profunda de la vida. ¿Qué hacer ante ello? “Mientras hay ganas de comer, uno come; de cagar, uno caga; mientras existe el deseo inconsciente y absurdo de saber y decir la verdad, uno intenta saberla y decirla”. En otras palabras, el hombre que no se quiera engañar sobre la realidad, debe buscar y decir la verdad de ella porque en él se encuentra ese impulso en el fondo sin sentido. Comparado con el argumento de Tolstoi, el de Jayam casi parece optimista y alegre.
Otra aproximación en Leopardi, cantor del deseo infinito y el tedio resultante, ante la muerte de su amada Silvia, personificación de la belleza y el amor: ¿Es este el mundo aquel? ¿Estas las obras, / el amor, los sucesos, los placeres / de los que tanto entre los dos hablábamos? / ¿Esta es la suerte de la raza humana? / Al llegar la verdad / tú, mísera, caíste: y con la mano / la fría muerte y la desnuda tumba / de lejos señalabas. Siendo materialista, Leopardi impreca a la naturaleza: Oh, natura, natura, ¿por qué no cumples luego lo que ayer prometías? ¿Por qué tanto a tus hijos engañas? (Jayam se dirigía a Alá, pero sin creer en él, realmente). Leo en Dante, poeta del deseo, de F. Nembrini: “La pregunta que siempre me hacen los chicos en clase es: “¿Por qué Leopardi no se pegó un tiro?”. “Porque siempre mantuvo que la máxima dignidad del hombre reside en mantener abierta esta pregunta, “y padecer necesidades y vacío y, aún así, aburrimiento, me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana”.
Puede compararse también con las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique…



