La guerra civil como guerra ideológica / Falsedad del átomo

Sobre la plaga del feminismo: https://www.youtube.com/watch?v=kCLVsOVtTUE

*El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE 

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

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Dada la conflictiva  variedad de intereses presentes en la sociedades humanas, las guerras pueden surgir por objetivos muy variados: territoriales, económicos, políticos,  religiosos, ideológicos, etc., incluso personales. En la práctica suelen intervenir varios, aunque alguno siempre predomina y da carácter al conflicto . Si hubiéramos de definir el de España creo que su carácter ideológico sería el dominante. Grosso modo, una ideología viene a ser una concepción general del mundo, y el choque entre esas concepciones produce un tipo de guerras radicales, parecidas a las de religión. Cada bando piensa que el enemigo no solo le perjudica económicamente, por ejemplo, sino de manera total, siente que su mera presencia destruye todo lo que da sentido  a la vida social y personal, a los sentimientos que le permiten identificarse con su sociedad o sus esperanzas vitales. A estas situaciones se llega generalmente mediante procesos más o menos largos y en gran medida inconscientes para los mismos políticos.

  El problema lo vio con claridad premonitoria el editorialista del diario El Sol que en el último día del año 1935 diagnosticó: “Los españoles vamos camino de que nada nos sea común, ni la idea de patria, ni el régimen, ni las inquietudes de fuera ni de dentro, y mucho menos los postulados de la convivencia nacional”, abiertos esperanzadamente por la república. Recojo con frecuencia esta cita porque define la situación y explica, por ejemplo, la negativa de  Margarita Nelken o de Federica Montseny (entre tantas) a entender como “fratricida” la contienda: no había fraternidad alguna derivada de compartir un país y una cultura, porque las ideas y sentimientos al respecto se presentaban como radicalmente incompatibles.

Dado que el término “ideología” se presta a muchas interpretaciones, expondré en qué sentido lo empleo aquí con más precisión del resumido más arriba. El concepto procede de Marx, para quien la ideología consistía en un conjunto de ideas sobre el mundo y la vida humana con pretensiones de valor general pero  creado en realidad para justificar la dominación de un grupo social sobre la mayoría explotada. Siendo esa su función, sus pretensiones explicativas son en realidad parciales y falsas, opuestas a la ciencia. La  religión sería la ideología por excelencia.

 En mi ensayo sobre Europa en su historia, he expuesto la cuestión de otro modo: el hombre es en gran medida un misterio para él mismo, y la necesidad de encontrar sentido a su vida y actividad le obliga a depositar fe en algo fuera de su alcance, que les dé ese sentido. La base y sustancia de la cultura europea es el cristianismo, el cual entraña una fuerte tensión interna entre fe y razón o, como a veces se expresa, entre el legado de Jerusalén y el de Atenas. Esa tensión ya dio lugar en la llamada Edad Media  a intensos debates entre los escolásticos, con conclusiones divergentes. Con el protestantismo, la tensión se resolvió a favor de la fe y en contra de la razón, “la ramera de Satanás” en frase de Lutero, socavadora permanente de la fe.  El catolicismo, en Trento, buscó una vuelta a la difícil armonía entre ambos componentes, pero la Ilustración lanzó un nuevo embate contra el cristianismo al privilegiar la razón y someter la fe a un demoledor examen racionalista. La Ilustración afirmaba la creencia en que la razón conseguiría llegar a conclusiones universalmente válidas, necesarias y por tanto de aceptación forzosa para todo el mundo. Esto, sin embargo, no dejaba a su vez de ser una fe, y el resultado no fueron en modo alguno aquellas “verdades universales” sino ideologías diversas y a menudo radicalmente enfrentadas.

Considero aquí, por tanto, que las ideologías son concepciones del mundo y del hombre, basadas en la razón, con los correspondientes programas prácticos. O más apropiadamente, basadas en una Razón divinizada y reforzada por la ciencia o un concepto de la ciencia. Las ideologías principales en los dos últimos siglos y medio han sido el liberalismo, el marxismo y, ya en la primera mitad del XX, el fascismo y el nacionalsocialismo. El encontronazo entre las tres daría lugar a la II Guerra Mundial y a una profunda decadencia de Europa. En cada una de esas ideología se aprecian, además, interpretaciones discrepantes y hasta opuestas, de modo que ni siquiera puede decirse de cada una que aporte unas conclusiones unívocas y necesarias. Todas ellas estuvieron presentes en la guerra de España, y  también otras menores, en particular el anarquismo, muy influyente en la contienda civil y en los movimientos que condujeron a ella. Para entender la conducta del Frente Popular y más ampliamente la guerra, será imprescindible, por tanto, examinar el contenido de las ideologías en pugna así sea a grandes rasgos: estudio casi siempre ausente en las historias de aquellos episodios.

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La teoría atomista de Demócrito suele presentarse como  un gran avance en el pensamiento científico, pero en realidad es una composición racionalista contradictoria. Racionalista porque extremaba el hecho de que toda la materia puede ir dividiéndose en “pedazos” más pequeños, por lo que había que llegar a un elemento  indivisible, pues de otro modo no existiría nada.  Sin embargo, el mundo resultante sería una acumulación gigantesca  de átomos iguales,  con un aspecto uniforme y solo diferenciado en tamaños. Como  evidentemente no era así, había que suponer “algo” ajeno a los átomos, que les haría comportarse de maneras muy distintas para originar un mundo tan multicolor y variado, lo cual eliminaba la propia teoría como explicación última. O bien atribuir a los átomos formas, colores y agarres diversos, lo cual implicaba composiciones distintas, es decir, negaba asimismo la propia teoría.  

   La teoría atomista se ha aplicado también, con pretensiones científicas, a la sociedad. Esta se compondría a su vez de átomos (individuo significa lo mismo que átomo), lo cual daría origen a sociedades perfectamente uniformes, más aún que las de las hormigas.  Hay en las ideologías una especie de nostalgia por  esa igualdad que garantizarían los átomos personales y que visiblemente nunca existió. También las ideologías quieren ser “científicas”.

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18 de julio. / Colaboración con la ETA /Antifranquismo contra democracia

Todos los 18 de julio deberían celebrarse  con reuniones, comidas y acciones exteriores como difusión de documentos breves sobre el significado histórico de Franco y gran número de pintadas de “Viva Franco”.  El medio son las asociaciones informales, tertulias o “grupos de afinidad”. Así funcionan en general los movimientos actuales feministas, animalistas y similares. Pero los “franquistas” parecen incapaces hasta de eso, prefieren  combinar la queja con la inacción, o con baladronadas o simplezas ridículas y antidemocráticas que hacen el juego a los otros.  A ver si vamos diferenciando y saliendo de ahí.

   Otro ejemplo: dentro de la lucha contra la ley de memoria histórica, los oyentes del programa “Una hora con la historia” deberían tomar a pecho su difusión o la difusión de libros como Los mitos del franquismo. No se percibe casi nada de esto, salvo por un número muy reducido de francotiradores. Quizá piensen que eso de la memoria histórica no tiene importancia.

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   El juez Pedraz ha rechazado la querella de VOX contra Zapatero por colaboración con banda armada. Con ello realiza un acto más de colaboración con la ETA. Creo que ese juez tiene un historial político harto peculiar, que no recuerdo ahora.

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El antifranquismo habla en nombre de una presunta democracia, pero nada puede ser más revelador el hecho de que necesita vulnerar los principios más  elementales de la democracia para llevar adelante sus siniestros proyectos.

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Ayer pasé por la calle Malasaña y por curiosidad busqué dos restaurantes que frecuenté en tiempo de clandestinidad y donde solía quedar con Delgado de Codes, que murió de un disparo de la policía. Uno de ellos el Bolívar, se llama hoy Bolívar-Barbadillo y ya no es barato. El otro La Glorieta, ya no existe, parece un restaurante indonesio. ¿Adónde irá el pasado? Lo cito en “recuerdos sueltos” (https://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/flan-con-nata-1276231117.html ), que he incluido en Adiós a un tiempo. ¿Adónde irá el pasado?

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío] https://www.amazon.es/Adi%C3%B3s-tiempo-Recuerdos-sueltos-relatos-ebook/dp/B075L82G5B

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La Reconquista y la España actual / Madrid, colonia inglesa

Usted afirma que su libro sobre la Reconquista es el mejor que se ha escrito hasta ahora.

–Creo que es el mejor como obra de síntesis.  Por supuesto, hay otros estudios mucho más detallados o mejores en unas u otras partes. De todos modos, usted puede mirar en internet los libros del mismo estilo publicados en los últimos años, y comparar.

Sin embargo, la universidad no le reconoce a usted siquiera como historiador.

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–Ese no es un argumento. En todo caso me hace un honor. La universidad actual se define por  su aceptación de la ley de memoria histórica. Y se define como moralmente miserable, políticamente totalitaria y académicamente infumable. Y no solo porque está dominada por los fulanos de la memoria histórica, sino que sus contrarios carecen del mínimo valor moral para sublevarse contra esa porquería. Esa universidad produce grandes cantidades de material muy mediocre, cuando no de auténtica basura, en letras y humanidades. Y eso es una tragedia porque la universidad viene siendo desde el siglo XII o XIII el espinazo de la cultura occidental.

–Bien, ¿y qué hace su trabajo superior a los demás?

–En primer lugar, el planteamiento. La Reconquista, que debería estar perfectamente asumida como hecho crucial de la nación, está siendo negada porque se está negando a España en un doble proceso que he señalado mil veces, de disgregación interna y de disolución en la burocracia de Bruselas. No es que se niegue a España porque la historia de la Reconquista sea una falsedad, sino que se niega la evidencia de la Reconquista porque se quiere negar a España. Si no se empieza por entender esto, entender la actualidad política de la Reconquista, lo que se estudie empezará por estar desenfocado y embrollará la cuestión en lugar de clarificarla.

¿En concreto?

–En concreto: España es una nación de lengua latina transformada, de historia cultural muy mayoritariamente romana y católica, de derecho derivado del romano, etc. etc.; cosas que nada tienen que ver con Al Ándalus.  ¿Cómo podría haberse llegado a esto sin la Reconquista? Pues esta reflexión tan elemental no la ha hecho casi nadie, con lo que la polémica –apenas existente– entre partidarios y opuestos a la Reconquista tiende a caer en discusiones inconcluyentes, de detalles o bizantinas. Por otra parte la Reconquista fue enormemente rica en avatares políticos, militares económicos y culturales, enlazados a menudo con lo que ocurría más allá de los Pirineos o del estrecho de Gibraltar. Por esa misma riqueza es fácil perder el hilo al estudiarla. Piense en los separatismos, que nacen de una mezcla de integrismo religioso, racismo y anhelo de volver a la disgregación supuestamente maravillosa de la llamada Edad Media. Con lo que estamos en un intento de volver atrás el reloj de la historia para balcanizar España en estaditos enfrentados y manejados por potencias exteriores. ¿Ve usted hasta qué punto es importante la Reconquista? ¿Ve usted hasta qué punto es necesario un enfoque claro? Pues es lo que he intentado en mi libro. Hace años surgió la polémica entre Sánchez Albornoz y Américo Castro, de muchísimo interés pero inconcluyente en muchos aspectos. La idea de Sánchez sobre el “temperamento” no es mucho mejor, a mi juicio, que la de Castro sobre las “vividuras” y similares.

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El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE 

*******************europa: introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

He propuesto la iniciativa de un documental con el título: “Madrid, capital de España o colonia inglesa”? Podría empezar por situar la cámara en algún punto de mucho movimiento e ir enfocando los miles de personas con ropas adornadas por frases, generalmente idiotas, en inglés o por la bandera británica. Es importante señalar las ropas y mochilas de los escolares, donde más se aplica esa política y no por casualidad. Un documental con pocos comentarios y mucha materia visual. Seguramente habrá quienes puedan hacerlo, otra cosa es que quieran.

   Sería parte de la campaña sobre Gibraltar. Quiero recordar la necesidad de exponer el manifiesto una y otra vez en internet en wasap o por otros medios. Que permanezca presente durante meses.

Este manifiesto se dirige a millones de españoles, por lo que invitamos a nuestros lectores y oyentes a difundirlo por todos los medios, con enlace a este blog (https://www.piomoa.es/?p=10249 ). En una segunda etapa pasaremos a recoger firmas. Se trata de crear una plataforma que ponga en primer plano un problema que es de primer plano, pues afecta íntimamente a la política exterior e interior de España. Un problema ocultado o desvirtuado sistemáticamente  por todos los partidos, con la excepción parcial de VOX. Se trata de si ha de continuar el actual proceso de satelización política y cultural a intereses ajenos, acompañado del desguace del propio país, o de reaccionar contra esas políticas nefastas de una vez y con máxima energía

España soporta la única colonia en Europa, una invasión  en el mismo centro neurálgico de su eje defensivo Baleares-Gibraltar-Canarias. El hecho exige una reflexión en profundidad porque los gobiernos españoles, sean del PP o del PSOE, se declaran amigos y aliados de la potencia invasora, caso único en el mundo,  lo que automáticamente convierte a España en un país satélite y sin intereses internacionales propios.

Esta posición, que hoy no toleran países del llamado Tercer Mundo, se manifiesta igualmente en intervenciones militares sucesivas bajo mando ajeno, en idioma ajeno y por intereses ajenos. Recordemos las acciones en Yugoslavia o Kosovo contra un país en proceso de disgregación por fuerzas internas y externas, cuando la propia España sufre hoy, precisamente, fuertes tensiones disgregadoras. O las costosas intervenciones sin salida  en Afganistán, un país absolutamente lejano a nuestros intereses. O en  Libia que dejó al país sumido en una guerra civil y un caos que continúa, con cientos de miles de víctimas y de huidos que han agravado las crisis inmigratorias en Europa y en la misma España.  Etc. O la presencia de aviones y tanques españoles amenazando y provocando por cuenta ajena a Rusia, un país con el que no tenemos ningún conflicto como sí lo tenemos, en cambio con el que invade nuestro territorio y que es la  segunda potencia de la OTAN, en estrecha vinculación con la primera.

Debe recordarse  que en los años 60, España obtuvo en la ONU una gran victoria política sobre Inglaterra, al reconocerse la obligatoriedad de devolver Gibraltar a España. Dada la arrogante negativa de los invasores  a cumplir la resolución,  el gobierno español cerró la frontera con la colonia, aislándola y convirtiéndola en una ruina económica, con coste político y moral añadido y creciente para los ocupantes. Esta política, que habría dado fruto con el tiempo, fue radicalmente invertida por la casta política actual, que anuló aquella victoria, abrió la verja, multiplicó las facilidades a los invasores y convirtió la colonia en un gigantesco emporio de empresas opacas y contrabando masivo, con cuyas ganancias ejerce una auténtica colonización sobre el entorno –al que ha hundido económicamente– y una  corrupción sistemática sobre políticos, periodistas, abogados y jueces no solo en su entorno andaluz sino en toda España. Gibraltar ha albergado reuniones de grupos separatistas españoles y no hay duda sobre la intención de Londres y la colonia de jugar con los problemas internos de España para mantener a toda costa su ilegal, humillante y parasitaria presencia en el peñón y su entorno.

El caso de unas clases políticas que no solo admiten la invasión de su territorio sino que multiplican los gestos de sumisión y zalamerías hacia el ocupante, es quizá único en el mundo. Y no se entiende sin otros rasgos, también únicos,  de esos partidos y gobiernos. Pues ninguna otra nación tolera gobiernos que en lugar de hacer frente a los separatismos disgregadores, los ha alimentado, financiado y promovido durante décadas hasta volverlos extremadamente peligrosos vaciando de estado a dos regiones y creando una situación de golpe de estado permanente desde una de ellas, cuyas autoridades se declaran en abierta rebeldía contra el resto del país. Esos gobiernos, sean de derecha o de izquierda, han incumplido mil veces  los puntos más elementales de la Constitución que garantiza la unidad nacional, y de la democracia, amparando toda clase de ilegalidades, acosos y propagandas contra quienes les resisten. Gobiernos que, declarándose demócratas, han propiciado leyes totalitarias de estilo comunista como la de memoria histórica u ofensivas contra la igualdad de derechos de las personas como las leyes de género. Gobiernos que vienen entregando ilegalmente la soberanía española a una burocracia no representativa con sede en Bruselas.

No estamos, pues, ante un asunto menor, pues se conecta estrechamente con todos los demás problemas de fondo creados por la actual casta política y que no cesan de agravarse. El problema de Gibraltar no tiene solución militar, pero tampoco la necesita. Es indudable que  España tiene todas las bazas, sean económicas, políticas, morales o internacionales. Esas  bazas las han utilizado los gobiernos de PP y PSOE contra los intereses españoles y a favor de los ocupantes; procurando al mismo tiempo que la intolerable y escandalosa situación quede en la ignorancia para la mayoría de la gente o sea considerado por ella como un asunto de poca enjundia.  Gibraltar ilustra la abyección y miseria moral, intelectual y política de una casta política de la que el país debe deshacerse necesariamente y cuanto antes. Y denunciar la cuestión en sus verdaderos alcances y proyecciones, combatir el oscurantismo deliberado hacia la misma, su ocultación a los españoles,  es el primer paso al respecto.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))Los Mitos Del Franquismo (Historia)

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Biografía e historia

 

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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Es obvio que en el curso de los hechos históricos pesan de manera especial las decisiones de quienes tienen las mayores responsabilidades, los dirigentes, grosso modo, y ello de manera especial en las guerras, por lo que conviene prestar alguna atención a la personalidad de los mismos. Contra esa evidencia se ha levantado la doctrina que minusvalora su papel y señala el aparente absurdo  de que se preste más atención a unos pocos individuos que a los millones de personas que en definitiva “hacen la historia”, o a la economía o las instituciones y leyes  que dan continuidad a la sociedad. La atención a estas últimas no se opone a la atención a los personajes, que a menudo se encuentran en el origen de ellas, pero precisamente por dar continuidad son menos históricas, por así decir, ya que permanecen con escasa variación durante largos períodos. Otra tendencia historiográfica supone la existencia de leyes científicas ineluctables, cuyo conocimiento permitiría entender la marcha de la historia considerando a los dirigentes como meros reflejos personales y secundarios de unas tramas objetivas: la cuestión del individuo y la historia, que se arrastra desde Aristóteles y entendiendo por “individuo” a algunos muy particulares.

    En cuanto a la cuestión de esos “individuos” y “las masas”, derivada a menudo de la tendencia anterior, la exponía así Bertolt Brecht en su muy citado poema “Preguntas de un obrero que lee: “¿Quién construyó Tebas, las de las siete puertas?/ Los libros citan los nombres de los reyes / ¿Arrastraron los reyes los bloque de piedra?/ (…) El joven Alejandro conquistó la India / ¿Él solo?/ César venció a los galos / ¿No tenía siquiera un cocinero con él? Etc. Desde luego, ningún obrero se hizo nunca preguntas tan pueriles, que Brecht pone en su boca con alegre desenvoltura. Los obreros no habrían construido Tebas sin la idea y la orden de los reyes, cien mil cocineros no habrían vencido a los galos, y los soldados de Alejandro no habrían conquistado la India sin la dirección e iniciativa de  Alejandro, pues un ejército mal mandado habría perecido en la empresa.  

 Brecht, a su modo doctrinario, quiere oponer los líderes a sus seguidores, pero estos,  de un modo u otro, aceptaban la dirección de aquellos, cuyos nombres marcan la historia y que en ese sentido representaban a “los de abajo”. Aun si se hubiesen conservado los nombres de cada uno de los obreros, cocineros o soldados, no ayudarían nada a entender los sucesos. Sin la masa anónima, los dirigentes no habrían hecho nada, como tampoco dicha masa sin dirigentes.  Cuando se quiere focalizar la  historia en la vida de las masas, tan estimadas en la literatura marxista, se hace inevitable tratarlas como un todo borroso y sin relieve personal,  centrado por lo común en las preocupaciones económicas. En ese retrato los rostros y personalidades desaparecen o son dibujadas según la estimación subjetiva del historiador. Y resulta harto ilustrativo que en la política e historiografía marxista, el líder máximo sea prácticamente divinizado, como concentración de las inmensas potencias creadoras atribuidas a las masas, las cuales permanecen como tales.

   Por tanto, las biografías de los personajes destacados son imprescindibles. En España no ha cundido mucho esta  modalidad historiográfica, y en la mayoría de los casos se presenta con caracteres próximos a la hagiografía o a la demonización, según la orientación política o ideológica del historiador, como ha señalado Stanley Payne. Aun sin ello, la biografía tiene serios problemas. Hay un aspecto misterioso sin remedio en la vida de las personas, pues nadie sabe por qué ni para qué ha venido al mundo, y ha de despedirse forzosamente de él, lo hay disfrutado más o menos; ni por qué ha nacido varón o mujer,  en una época, país  y  medio social determinado, ni con unos dones o dotes que puede desarrollar o no, pero que le vienen dados y  debe aplicar en unas circunstancias que no ha creado y que solo de modo muy limitado puede modificar.  

     Por otra parte, una personalidad tiene demasiadas facetas, algunas íntimas inasequibles al observador externo, algunas inconscientes para el mismo personaje, el cual nunca queda plenamente retratado en sus actos.  Desde fuera podemos percibir sus actos y atribuirles un significado, pero solo captamos indirectamente los cálculos, vacilaciones, angustias,  temores o esperanzas asociados a sus decisiones. Porque incluso las decisiones en apariencia mejor fundadas resultan a veces fallidas, pues tampoco es posible al ser humano prever sus consecuencias más allá de un limitado espacio. Por otra parte, “una cosa es lo que uno piensa, otra lo que dice y otra  más lo que hace”. Nunca existe coherencia precisa entre las tres funciones.

    Las memorias de los personajes son indispensables, aun asumiendo que muy a menudo encierran desvirtuaciones o mentiras justificativas, ya que, sobre todo en política, la necesidad autojustificativa es muy fuerte. Pero quien habla de sí mismo dice casi siempre más de lo que pretende, y por otra parte es posible al historiador contrastar una memorias con otras y con los hechos conocidos. He seguido este método en  Los personajes de la República vistos por ellos mismos con resultado creo que muy fructíferos.  Con todas limitaciones, la vida de algunos personajes da impresión del desarrollo –siempre con un alto grado de azar– de un proyecto vital concebido en la juventud (Azaña, por ejemplo);  en otros parece resultado de mil avatares sin proyecto claro bajo ellos, o con proyectos cambiantes. Indalecio Prieto diría que de escribir unas memorias las titularía Una vida a la deriva.

   Claro está que en una obra que trata hechos generales,  las biografías solo pueden aparecer como semblanzas,  ceñidas al tema y con solo alusiones a la personalidad a partir de sus actos, pero sin pretensiones de dar plenamente en el blanco. Se trata no tanto del proyecto íntimo o falta de él, como del proyecto político al que se han adherido y cómo lo han servido, aunque ello exija algunas observaciones de tipo más personal; pues con frecuencia esa adhesión obedece mucho más a razones sentimentales particulares algo oscuras, que a razonamientos y  convicciones intelectuales. Creo  que, aun con estas seria limitaciones, ayudan de modo importante a la comprensión de los sucesos.

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¿Es España una nación? ¿Puede hundirse?

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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Así, con todas sus variedades internas, no mayores que las de otros muchos países,  España ha sido, insistamos en ello, una entidad política y cultural más estable y sostenida que casi cualquier otra europea. Pero, ¿constituye por ello una nación? Las discusiones en torno al concepto de nación han hecho correr ríos de tinta, nacidos a menudo en Bizancio.  Para evitar discusiones vanas, expondré mi concepto de nación con el que creo estará de acuerdo la mayoría: una nación es una comunidad cultural aceptablemente homogénea (lengua, tradiciones, costumbres, formas de derecho, religión, etc., que generan sentimientos de unidad e identificación entre sus individuos), discernible de las vecinas, y dotada de un estado. Si no hay estado, no hay nación, y si un estado se impone sobre diversas comunidades culturales, no es nacional, sino, por lo común, imperial. A veces se habla de “naciones culturales” (yo mismo lo he hecho) lo que solo embrolla la cuestión, ya que el estado es elemento imprescindible de la nación. Según este concepto, España es sin duda una nación, y una de las de más prolongada historia en Europa.

La cuestión tiene enjundia más allá de las connotaciones emocionales o de orgullo, porque desde el siglo XIX las doctrinas nacionalistas atribuyen a la nación una dignidad especial, por residir en ella (en el “pueblo”) la soberanía; de ahí, por ejemplo, la llamada autodeterminación, según la cual toda comunidad cultural tendría derecho a dotarse de un estado propio. Pero conviene distinguir entre nación y nacionalismo, cosa que a menudo no se hace. La nación es muy anterior al nacionalismo. Este nace con la Revolución francesa y extiende como un concepto político y un derecho lo que en la historia se ha desarrollado espontáneamente como particularidad mucho más antigua en algunas comunidades. De la confusión entre nación y nacionalismo surge,  por ejemplo, el equívoco de que la nación española es fundada en 1812 por la Constitución de Cádiz (España sería así una especie de creación francesa): lo que se funda entonces en España es el nacionalismo (doctrina de la soberanía nacional) sobre la base de una nación preexistente de muy atrás.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

Ahora bien, establecida la doctrina, el nacionalismo ha funcionado después como un instrumento para crear nuevas naciones, es decir, para dotar de estado a comunidades antes inmersas en un estado imperial o divididas entre varios de ellos. De este modo, el nacionalismo ha disgregado en los siglos XIX y XX a los antiguos imperios europeos, creando numerosas naciones nuevas. A su vez, los nuevos estados han reaccionado sobre su base democultural, “nacionalizándola” al máximo es decir, reforzando aquellos rasgos que considera distintivos e inventando o  añadiendo nuevas tradiciones a las más antiguas. Por otra parte, las comunidades culturales nunca se diferencian radicalmente de las vecinas, así las europeas tienen en común un vínculo tan poderoso como el cristianismo, que corrientes contrarias, en especial el marxismo, no han logrado erradicar; o basta considerar las considerables interinfluencias de todo tipo entre España y Francia o entre Francia y Alemania, etc.

El doble fenómeno de las interinfluencias y de la capacidad “nacionalizadora” de los estados, ha llevado a menudo a concluir que las naciones son realmente creaciones del estado. Ciertamente esto puede aceptarse para las nuevas naciones procedentes de  la descolonización sobre territorios sin estado previo ni comunidades culturales muy definidas; pero es obvio que el proceso histórico ha sido el inverso. Los estados no nacen de la nada para crear naciones, idea poco razonable.  La historia indica que los estados surgen y se apoyan en comunidades culturales y a menudo genéticas. Si se limitan a dichas comunidades hablaremos de estados nacionales. Si desde esa base se imponen sobre otras comunidades o naciones previas, hablamos de estados imperiales (más raramente hay confederaciones, pero en ellas alguna de las comunidades lleva la voz cantante). Así, a lo largo de la llamada Edad Media (Edades de Supervivencia y Asentamiento) se formaron dos Europas, la de las naciones en el extremo oeste y la de los imperios en el centro y este del continente, hasta la descomposición total o parcial de estos últimos en los siglos XIX y XX.

No creo que estas concepciones merezcan mucha discusión pues, como digo, saltan demasiado a la vista, aunque puedan ser oscurecidas y de hecho lo sean a menudo con consideraciones a menudo arbitrarias y ahistóricas.

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Cuando hablamos de España, por tanto, no nos referimos solo a un ámbito geográfico sino, ante todo, a una entidad cultural y política conjunta, con diferencias regionales secundarias. Su carácter de nación no ha surgido de un nacionalismo previo ni de un “derecho de autodeterminación”, sino que se ha ido configurando de forma espontánea en un proceso de siglos y venciendo a veces obstáculos enormes que pudieron causar su desaparición. Por tanto, tiene un origen claramente delimitado en el tiempo (no la “España eterna” a veces mentada): como comunidad cultural se formó a partir de la invasión romana en la II Guerra Púnica, hacia el siglo III antes de Cristo y en un largo proceso de seis siglos, que extendió el latín, el derecho, numerosas actitudes, costumbres y técnicas, así como a partir de una época, la religión cristiana. Antes, Hispania, existía  solo como una denominación geográfica en la que vivían poblaciones muy diversas, agrupadas convencionalmente como íberos y celtas.  No había un país como entidad cultural y menos aún política, ya que sus numerosos pueblos, con frecuencia enfrentados entre sí, tenían lenguas, costumbres y religiones muy diversas y de orígenes distintos, y se habrían sentido tan sorprendidos de ser llamados españoles como los germanos o los celtas de llamarse “europeos”.  Cuando se habla, como Sánchez Albornoz, de la gran dificultad que tuvieron los romanos para dominar España, debe entenderse el aserto desde el punto de vista geográfico. Desde el punto de vista cultural-político no existía tal España.

La colonización latina tuvo efectos decisivos en todos los aspectos: cuando cayó el Imperio romano, no solo la cultura sino la genética de la población  había cambiado profundamente por las mezclas derivadas de las  migraciones internas, la milicia o el comercio. Los distintos pueblos agrupados en íberos y celtas eran cosa del pasado, y seguramente solo en las agrestes montañas del norte pervivían núcleos de población más o menos aislados y poco latinizados. Esta transformación ha sido la más crucial para la historia posterior del país, pues sus efectos perviven plenamente  en la actualidad. La impronta latina en España demostró su profundidad al ser capaz de revertir las consecuencias de la invasión árabe-bereber en el siglo VIII, al contrario de lo ocurrido en el norte de África, donde una floreciente cultura latino-cristiana quedó definitivamente arruinada hasta nuestros días. Creo que este punto no admite discusión en sus líneas generales, aunque sí matizaciones, como es natural.

España no era entonces una nación, por carecer de estado, pero  sí ya  una comunidad cultural conjunta, bastante homogénea, integrada en el Imperio romano aunque con rasgos particulares. Por ello debemos diferenciar la historia de España propiamente dicha, que empezaría con la II Guerra Púnica (y lo mismo la historia de Europa, como he sostenido en Nueva historia de España)  de la de los pueblos asentados en Iberia, sean los anteriores a Roma o los posteriores ajenos a dicha base cultural, como los árabes y magrebíes. Historias interesantes pero, en rigor, no historia de España.

No solo ha pervivido la transformación cultural, sino también la genética (o racial, en un sentido no ideológico) legada por Roma sobre la base de las poblaciones anteriores: ninguna de las inmigraciones posteriores (germanos, árabes y  bereberes, sobre todo, también de otros orígenes, en especial franceses) debió de superar el 5%, como mucho el 10% de la población configurada bajo el Imperio romano. Dejo de lado lo que Sánchez Albornoz llama herencia temperamental que se habría mantenido desde la época prerromana, porque, si bien debe de tener algo de cierto, resulta un tanto evanescente y especulativa frente  a los datos culturales y políticos, más precisables, implicados normalmente cuando hablamos de historia.

Y fue sobre esta base cultural sobre la que se configuró, en el último tercio del siglo VI después de Cristo, el primer estado propiamente español, es decir, la nación española. Fue una creación de los visigodos en combinación con las autoridades hispanorromanas, pero no un estado germánico, sino esencialmente latino y con ambición definida de incluir en él a toda Hispania. De época algo anterior suele datarse la creación de la nación francesa, pero tiene interés señalar la dinámica contraria de esta y de la nación española: en Francia las tendencias dispersivas fueron muy intensas, con constantes divisiones y guerras entre reinos, mientras que la dinámica española fue la contraria, de una tenaz y en general exitosa unificación.

La cuestión de si puede ser llamado “español” el reino visigodo ha originado controversias no muy fundadas. Podría considerársele una superestructura foránea si no fuera porque solo tuvo tal carácter en su primera etapa, cuando los godos eran uno de tantos pueblos errantes que se imponían sobre un territorio durante un tiempo para abandonarlo, por presiones exteriores u otras causas, y establecerse en otro lugar, sin ligarse con las poblaciones autóctonas. A partir de Leovigildo ello no fue así: su estado se concibió como hispanogodo, y el afincamiento y progresiva disolución de los godos en España fueron definitivos. España era ya una nación –no una mera comunidad cultural–, con sentimientos nacionales explícitos y voluntad de asentamiento definitivo en la península.  Es más, sin esa nación habría sido imposible la posterior dinámica de reconstrucción de España después de la conquista árabe.

Es interesante comprobar cómo la invasión islámica pudo causar una definitiva división o balcanización de España en varias naciones, debido a que, por imperativo de las circunstancias, los núcleos de resistencia al Islam nacieron y se desarrollaron en considerable aislamiento unos de otros, creando toda suerte de particularidades e intereses que podrían haber concluido en un mosaico parecido al de los Balcanes. Esa tendencia tenía todas las de ganar en principio, porque materialmente eran las más fuertes. Sin embargo, al lado de las tendencias particularistas se mantuvo todo el tiempo una tensión unitaria en pro de la “recuperación de España”, que poco a poco fue imponiéndose y hasta lograr rehacer la unidad de la nación, salvo Portugal. De entonces acá, las fuerzas unificadoras han prevalecido siempre sobre las disgregadoras, de modo que España ha continuado básicamente igual a la de los Reyes Católicos.

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Naturalmente, la antigüedad de una institución histórica, aunque prueba de solidez, no garantiza su pervivencia, y hoy vemos a la nación española sometida a muy fuertes tiranteces que por un lado intentan disgregarla y por otro disolverla  como nación en una entidad “europea”: secesionismo y europeísmo. Por una parte tenemos ejemplos de comunidades culturales divididas en varias naciones, como ocurre con Austria y Alemania o con Francia y la Bélgica valona; Rusia y Ucrania o Bielorrusia serían un caso semejante, incluso –solo hasta cierto punto– España y Portugal. En un pasado muy reciente hemos visto la descomposición de Yugoslavia pese a que las semejanzas culturales entre sus actuales estados son en principio mayores que sus diferencias, y observamos en Italia algunas tendencias semejantes, aunque de menor impulso. Por otra parte, la llamada Unión Europea está socavando lenta pero sistemáticamente, la soberanía de numerosas naciones de Europa. ¿Podrá resistir España la doble tensión?

Creo que la disgregación, combinada con la disolución de España no son posibilidades descartables, porque un tercer e imprescindible factor de nacionalidad, además de la comunidad cultural y el estado, es la voluntad de una parte suficiente de una población de permanecer como nación unida. Como hemos visto, la voluntad reunificadora fue imponiéndose en la Reconquista –con la excepción de Portugal—a poderosas tendencias contrarias y desde entonces ha mantenido a España como nación. Pero desde hace tres decenios se percibe un aumento de la voluntad disgregadora y una especie de desfallecimiento de la voluntad integradora, que a menudo opta, en una especie de huida hacia delante, por la disolución en una amalgama sin la menor base histórica como es la Unión Europea, que quizá nunca debió pasar de Mercado común. Sin duda  España sufre hoy una prolongada crisis nacional –unida a otras crisis—, a la que me he referido en el capítulo anterior, y la puesta en cuestión del carácter nacional de España, incluso por las más altas jerarquías del estado, es una manifestación más, y muy aguda, de tal crisis. Su origen inmediato está en la forma como se hizo la necesaria transición democrática a partir de Suárez, y que he procurado explicar en La Transición de cristal. El país emergió del franquismo con una considerable salud social, la mayor y más sostenida prosperidad de su historia y sobre todo libre de los odios que habían hundido la república y conducido a la Guerra Civil. Sin embargo, a partir de la reforma de Suárez, las tendencias disgregadoras por una parte y disolutorias por otra, no han cesado de reforzarse, a menudo en alianza de hecho o de derecho con el terrorismo. En algunas regiones, especialmente en Vascongadas y Cataluña, han ido cobrando fuerza tendencias separatistas que exaltan las diferencias regionales por encima de los rasgos comunes y de la unidad histórica de siglos, y proclaman su deseo de disgregar España convirtiendo a las regiones en nuevas naciones, mientras el país ha ido perdiendo soberanía en un proceso sistemático. Es decir, nuestra época presenta a España desafíos muy graves, que afectan a su propia supervivencia.

Pero el problema tiene un origen muy anterior a la Transición y perfectamente datable: el llamado “Desastre del98”a finales del siglo XIX, por lo que debemos examinarlo en capítulo aparte.  De la convulsión moral e ideológica de aquella fecha parten los movimientos secesionistas y totalitarios marxistas y anarquistas, muy violentos, que a su vez convulsionaron a España dando lugar a la ruina del régimen liberal de la Restauración, resuelta provisionalmente con la dictadura de Primo de Rivera, para hundirse después en una república epiléptica y cargada de odios, hundida a su vez por el proceso revolucionario del  Frente Popular  y por la Guerra Civil. La era de Franco permitió olvidar los viejos odios y trajo el mayor progreso material vivido por España en siglos, lo que facilitó una transición democrática en la que los viejos problemas parecían superados. Sin embargo han ido resurgiendo poco a poco, unidos a la desvaloración del pasado y la cultura hispanas, o más bien basados en esa desvaloración, y  sin encontrar la oposición debida hasta la difícil crisis actual. Porque si no se conforma una fuerte voluntad integradora y nacional,  las perspectivas son de disgregación o de disolución de una nación que durante siglos ha resistido las más difíciles pruebas.

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