En enero creo que aparecerá la edición de bolsillo de La Reconquista y España
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Gibraltar y la neutralidad
Me pregunta un conocido si en mi opinión debería España mantenerse en la OTAN en caso de que Inglaterra devolviese Gibraltar. Mi respuesta es que en ningún caso. Una política de neutralidad para España tendría que responder a factores más profundos, de gran calado histórico. Los problemas de fondo que han derivado para España en inestabilidad, guerras civiles, atraso cultural y económico, datan de la invasión napoleónica y la intervención inglesa como supuesta aliada. A lo largo de la historia, Francia e Inglaterra han sido los mayores enemigos de España, más tenaces y peligrosos que los otomanos o los moros próximos. Naturalmente, no se trata de mirar al pasado para hurgar en viejas heridas o cultivar resentimientos, pero es indudable que los problemas continúan de un modo u otro, y Gibraltar es una clara concreción de ellos. Actualmente es una colonia, la única en Europa, y lo es con apoyo del resto de la UE. Cuando la batalla diplomática en la ONU, en la que Madrid derrotó a Londres al respecto, los demás países europeos estuvieron al lado de los ingleses. Y cuando unos políticos indecentes quisieron “meternos en Europa” (donde siempre habíamos estado), una condición impuesta fue renunciar a aquella victoria política y convertir a Gibraltar en un emporio reabriendo la verja. Por lo demás, Inglaterra no tiene la menor intención de devolver Gibraltar, porque mantiene una concepción política imperial y porque, aun en el caso de tener una debilidad en esa cuestión, ni ella ni Usa se fiarían de un socio tan despreciable como la casta política española.
Ni Inglaterra ni Usa ni el conjunto de la UE con dos posibles excepciones, son amigos nuestros, y en esa inamistad de fondo pesan experiencias históricas ya antiguas, reforzadas en el siglo XX. Esos países se enzarzaron en guerras devastadoras y al mismo tiempo fundadoras de políticas generales, en las que España no participó. España fue capaz de desarrollarse política y económicamente con independencia y en contra, precisamente, de políticas que cabe calificar de criminales, impuestas por esos países junto con la URSS. Y pudo pasar a una democracia –aunque hoy prácticamente fallida–, no por la intervención de los ejércitos useño y soviético, sino por su propia evolución política, una vez superados los intentos de sovietizarla y disgregarla. Para Usa, Inglaterra, Francia y similares, una España “amiga” es una España sometida a sus intereses, una España satélite y colonizada, que es justamente la política que hoy siguen nuestros infames gobernantes, desde el PP o del PSOE.
Por lo tanto, una verdadera política internacional española debe mantener la neutralidad en los conflictos de esos países y otros, salir de la OTAN, incluso de la UE si esta persiste en imponer sus ideologías antidemocráticas multiculturalistas, sexistas, abortistas, etc. Algunos aducen que esos países nos aislarían si España adquiriese un rumbo neutral, con lo que solo revelan el carácter de chantaje de tal “amistad y alianza”. No, una política neutralista no nos aislaría, al contrario, nos haría respetables y no impediría el desarrollo económico. Tenemos un buen ejemplo en Suiza, cuyas razones para la neutralidad son mucho menores que las de España.
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Personajes y avatares
Para mí, en la valoración de una novela entran en primer lugar los personajes. Con personajes costumbristas o triviales aunque con sutilezas psicológicas, de entrada me cuesta mucho meterme en el relato, si bien comprendo que a mucha gente, quizá la mayoría, le interesen más. Y por otra parte no es imposible hacer un buen cesto con tales mimbres, en lo que Cela revela talento: los personajes de La Colmena resultan toscos, de escasa inteligencia y ánimo. No entran en la distinción de George Steiner entre tradición épica y trágica: no son ni épicos, por falta de ánimo, ni trágicos, pues resultan solo víctimas anodinas de las circunstancias. Claro que al mismo tiempo son personajes reales, es decir, abundan, y la mera descripción de ellos, bien hecha, despierta interés, aunque sospecho que la novela se ha valorado más bien como una pintura del franquismo en los años 40, lo que no es, o lo es muy parcial. Podría escribir hoy alguien un relato similar con personajes parecidos, basta pensar en el juego que daría la difusión de las drogas, por ejemplo.
Repito que a mí me interesa poco ese tipo de personajes ni lo que les ocurra. En las dos novelas de la trilogía –espero poder escribir la tercera–, los personajes no son víctimas pasivas y algo atontadas de las circunstancias. Tratan de obrar en ellas con cierta rebeldía y deseos de entender el mundo en que se encuentran y a sí mismos; cosas que desde luego no consiguen porque no se puede conseguir. ¿Qué piensa Alberto, en la primera novela, de su vida? Su narración podría resultar la quejumbre por un gran fracaso, y él lo piensa así…, en parte porque subterráneamente, subconscientemente, siente que, fueran cuales fueren los resultados finales, sus propios esfuerzos y sus propias insuficiencias e injusticias tienen valor. ¿Qué valor? Este es el problema: imposible concretarlo, pero el sentimiento permanece.
En Cuatro perros verdes no se puede plantear la cuestión del valor, porque ninguno puede hacer todavía un balance de su vida, que solo empieza. Lo que cada uno intenta a su manera, es penetrar en las tinieblas del tiempo que les espera, no “qué ha sido de mi vida”, sino “cómo será mi vida”. Sin habérmelo propuesto como plan del relato, me percato de que ni la primera pregunta ni la segunda pueden tener una respuesta clara, y sin embargo la existencia humana se debate entre tales incertidumbres.





