El mundo contra España al terminar la guerra mundial. Una situación histórica que debe recordarse: https://www.youtube.com/watch?v=crRSkT5xsHg
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El museo del GULAG en Moscú es muy digno de visitarse. Empieza en un tercer piso, del que se va descendiendo a las plantas inferiores, con videos, audios, mapas y explicaciones, todas en ruso y las más generales en inglés. La primera impresión es la de las puertas, muestras auténticas traídas de algunos campos de presos, o de casas particulares o de centros de detención: puertas que cerraban la vida anterior de las víctimas y la abrían al horror. Puertas cargadas de historia y de historias, que daban paso a la detención de madrugada, al lugar de los interrogatorios o de las ejecuciones, a dependencias de los campos… Millones de personas traspasaron aquellas puertas que marcaban su destinos. Unas veinte millones fueron enviadas al GULAG, donde, según cifras oficiales, perecieron dos millones. Para hacernos cargo, en nuestra guerra civil murieron unas 260.000 personas, y habría sufrido el GULAG más del 80% de la población española de entonces.
Todas las acciones humanas tienen un aspecto lógico, susceptible de razonarse, y otro surgido de profundidades oscuras que no acabamos de entender bien. El GULAG, como tantos otros hechos que provocan un sentimiento de horror, encierra sin embargo su propia lógica. No empezó con Stalin, aclara el museo, sino con Lenin, y sus apelaciones al uso masivo del “terror rojo”. Órdenes concretas inspiradas en el precedente de la Revolución francesa. Esto es importante, porque la francesa ha quedado para la historia como el modelo de las revoluciones “burguesas”, y hasta el segundo centenario de la misma se venía considerando el Terror como un elemento quizá doloroso pero necesario y en definitiva positivo para la evolución de la sociedad. Solo en ese centenario han empezado a reconsiderarse las cosas. Para Lenin, como para Stalin, el terror era una necesidad, que llegaba hasta calcular más o menos científicamente el número de asesinatos precisos, de modo que había que rellenar la cuota como fuera, arrestando a cualquier persona.
¿Por qué era necesario el asesinato en masa? Por una consecuencia lógica de la doctrina marxista. El impulso profundo de la historia consistiría en la diferenciación de la sociedad en clases, con la consiguiente explotación y opresión de unas por otras, y la lucha entre ellas, y por entonces se abría la posibilidad de construir una sociedad nueva, sin explotación ni opresión. Esta era una idea poderosa y difícil de desbancar. Y pasar al nuevo estadio histórico exigía eliminar a las clases hasta entonces dominantes, de las cuales no podía esperarse que abandonasen sus privilegios por convicción razonada (en algunos caso, sí, pero no en general). Si se quería acceder a esa gran sociedad fantástica, la resistencia de los “parásitos y explotadores” debía ser aplastada por medios drásticos, que incluían directamente el exterminio o bien la “reeducación” en condiciones inhumanas de trabajo forzado.
En una entrevista reciente sobre la película El círculo del poder, que describe el entorno íntimo de Stalin visto por su proyectista de cine privado, me preguntaba un joven cineasta si, en mi opinión, aquella gente creía en sus ideales o eran simples cínicos que defendían su poder a costa de lo que fuere. En mi opinión sí creían en sus ideales –que incluían, desde luego, su poder personal–. Me parece difícil defender un poder sin reparar en millones de víctimas a no ser que se crea también en el ideal declarado. Otra cosa sería la locura pura y simple, que encontraría pocos seguidores.
Y sin embargo seguía habiendo una locura implícita. La doctrina explicaba suficientemente cómo tenían que ser forzosamente las cosas, y sin embargo las cosas nunca resultaban como estaba previsto, lo que solo podía atribuirse al sabotaje y la resistencia disimulada o abierta de los reaccionarios. El propio Lenin llegó a declarar (eso no viene en el museo): ”parece como si condujésemos un automóvil, y el automóvil no fuera por donde queremos, como si otra fuerza extraña lo condujera”. Cito de memoria, venía a ser algo así.
Porque, como se explica en el museo, el contraste entre la doctrina y la realidad convertía a aquella sociedad en la de la sospecha y la denuncia. Nadie estaba a salvo de ser denunciado por supuestas actividades o actitudes contrarrevolucionarias, y ello creaba un clima social de sumisión y miedo permanentes, e incluso más entre los propios comunistas. Porque la igualdad nunca se alcanzaba. Es más, la desigualdad, no solo social sino también doctrinal, crecía al infinito. Resultaba que la gran mayoría de los que se declaraban marxistas no entendían bien la teoría y la interpretaban de maneras erróneas, desviacionistas. En rigor, solo una persona, Lenin o Stalin, sabían interpretarla correctamente y todos –salvo los saboteadores– debían estar muy atentos a sus versiones procurando a su vez aplicarlas con temor y cuidado obsesivos.
Así, algo tan fácil de entender y constatar en la vida real como las desigualdades socioeconómicas, y la obligación moral de suprimirlas –obligación que se habría vuelto realizable entonces, de acuerdo con la teoría científica–, daba lugar a un sinfín de complicaciones de pesadilla.
Desviando un poco la cuestión, en Moscú se encuentra un gran parque conocido por sus iniciales “Vedenjá”, dedicado a los logros económicos del socialismo en agricultura y ganadería. Es un espacio monumental ajardinado, con amplias fuentes y un tono por así decir helenístico, con abundancia de columnas, culminado al final en un museo del espacio y rodeado por grandes edificios de los estilos tradicionales de las repúblicas soviéticas. Se entra por una gran puerta triunfal, a la que sigue otra sobre la que unas figuras de un tractorista y una koljosiana sostienen en alto un gran haz de espigas. Una estatua de Lenin, un asesino de masas en definitiva, da carácter al conjunto.
Lo importante es esto: los logros económicos y en particular agrícolas, de la Unión Soviética fueron realmente insignificantes, por no decir negativos: pasaron de exportar trigo a importarlo, y las hazañas “científicas” de Lisenko se saldaron con catástrofes productivas, lo mismo que la colectivización. Pero cuanto mayores eran los fracasos o más mediocres los logros, más se necesitaba compensarlos con exhibiciones grandiosas de propaganda. Las cosas no podían ser como eran, tenían que ser como la teoría científica había decidido. Otro dato: una gran fuente rodeada de quince figuras doradas, femeninas, representando “la amistad entre los pueblos”. El despotismo siempre vino unido a la ñoñería. Lo vemos hoy en España: a la ñoñería y el victimismo.
Me recordó un poco a la Feria del Campo erigida en Madrid en el franquismo. Esta no tenía nada de la ostentación monumental del “Vedenjá”, se compone de bellas casas rurales dispersas y edificadas en el estilo de cada región. En cambio los logros agrícolas del franquismo fueron muy reales. Pero el franquismo no tenía una doctrina científica. Por eso tampoco su represión, que fue haciéndose insignificante a lo largo del tiempo, tuvo tampoco nada que ver con el GULAG. Ahora salen algunos pretendiendo comparar los campos iniciales de prisioneros españoles con los nazis o los soviéticos. No hubo nada de eso. En cambio sí hubo ya un esbozo de GULAG en campos de concentración del Frente Popular, un hecho poco investigado y del que la opinión pública apenas sabe nada.
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Si buscásemos la raíz de la actual degradación de la democracia y la universidad, creo que la encontraríamos en la falsificación sistemática del pasado reciente, de la guerra civil y el franquismo. Pues una democracia que no se asiente sobre los indudables logros de ese pasado y pretenda enlazar con una república caótica y un frente popular abiertamente criminal, marcha inevitablemente a la ruina. Constato que un asunto de tal calado apenas ha recibido atención historiográfica seria, sustituida en unos casos por mera propaganda de tipo comunistoide y en otros por tópicos y simplezas. La comprensión del franquismo es una necesidad actual y urgente, algo que no parece comprender la mayoría.



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