Franco, cristiano ejemplar

Para una reedición del libro Franco, cristiano ejemplar,  del benedictino  Manuel Garrido, me pidieron un prólogo. El objeto de la reedición era sobre todo entregar ejemplares a los obispos, aprovechando una reunión de ellos. Según me cuentan, la entrega dio lugar a algunos pequeños espectáculos reveladores de la escasa calidad humana de varios de ellos, que ni siquiera se atrevieron a coger el ejemplar. Genuflexos ante el trasero del Doctor y sus tiorras, bastantes obispos se encuentran en el duro dilema de poner en evidencia a los profanadores como auténticos criminales que se saltan todas las leyes y derechos, o poner en evidencia su propia bajeza moral si se desentienden del ultraje a los restos de quien salvó a la Iglesia del exterminio. Hay que decir que la responsabilidad de los jefes de la Iglesia no es solo ante la Iglesia misma, sino ante la sociedad entera, porque se trata de un ataque a la verdad histórica y a las libertades, que nos afecta a todos. A continuación el prólogo:

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   Que un no creyente prologue un libro destinado a resaltar el carácter de Franco como buen católico, suena a paradoja. Sin embargo puede explicarse bastante bien con unas frases de la carta abierta al papa que publiqué hace unos meses: “Sin ser creyente, siento gran respeto por la cultura católica, raíz fundamental de la cultura española. Solo tengo que viajar un poco por el país para percatarme de la acumulación inmensa de arte, belleza y cultura en general que ha producido; y repasar la historia para constatar el altísimo número de escritores, artistas y pensadores generados por la Iglesia española, y por la Iglesia en general, a lo largo de siglos”.

   Sin embargo la actitud más común entre los no creyentes ha sido en España el desprecio a esa inmensa cultura, caricaturizándola como  un cúmulo de oscurantismo e inquisición;  y el intento de sustituirla por ideologías diversas cuyos logros no han sido lo que se dice felices. Lo cual plantea problemas interesantes y no resueltos, como he expuesto en mi libro sobre Europa. Así se ha forjado una auténtica inquisición anticristiana que no persigue a pequeñas minorías desafectas, como la de siglos pasados, sino que busca cercenar lo que sigue siendo raíz y tronco de nuestra cultura.

   El desprecio y la caricatura propagandística han engendrado una persecución que dejó de ser intelectual para volverse masiva y sanguinaria, ignorando cualquier derecho, juicio o garantía judicial. Al contrario que la Inquisición histórica, ya que esta sale constantemente a relucir. En sus tres siglos de existencia, la Inquisición causó en torno a 2.000 muertes. En solo tres años de persecución, los autonombrados progresistas y emancipadores del género humano causaron unas 7.000 víctimas mortales solo entre el clero, de obispos a monjas y seminaristas, aparte de un número imposible de precisar, pero sin duda muy alto, entre laicos por el simple hecho de practicar su religión. Asesinatos realizados a menudo con un sadismo escalofriante.

   Además de los asesinatos, la persecución se cebó  en templos, muchos de extraordinario valor artístico, en monasterios, bibliotecas antiguas y valiosísimas, en prueba palpable de lo que entendían por cultura los perseguidores. La profanación de tumbas y las ceremonias de ultraje a los cadáveres fue otra de las actividades agregadas por aquel Frente Popular, una alianza de totalitarios y separatistas a la que una propaganda chocantemente irreal describe como demócrata y progresista. Miles de templos, esculturas, pinturas, cientos de miles de libros quedaron devastados en un verdadero holocausto cultural, tercero de los sufridos por España, el primero con la Invasión napoleónica y el segundo con la Desamortización de Mendizábal. Esta Gran Persecución ha sido una de las más sangrientas y brutales sufridas por la Iglesia en su historia.

   Toda guerra causa víctimas de un lado y otro, pero para entender aquella debemos atender a los objetivos de cada bando. Los del bando perseguidor de la Iglesia quedan claros por su propia composición política: totalitarios y separatistas, más algunos golpistas, todos ellos bajo la tutela de Stalin. Pues no en vano disponía Stalin del oro español entregado por  el gobierno del Frente Popular, y obraba a través de un partido comunista agente directo suyo y que pronto se convirtió en el más decisivo de la izquierda. En cuanto a sus contrarios, la salvaguarda de la integridad nacional y de la cultura cristiana fueron sus dos motivaciones principales, expuestas en el lema “por Dios y por España”. Se dice que España tiene un problema al no haber superado la guerra ochenta años después. Y es verdad, porque si se oculta o se falsea lo que defendían unos y otros no será posible entender nada, y las heridas, que realmente se cerraron poco después de la contienda, se reabrirán como algunos pretenden.

    Debemos recordar algo más sobre esta obsesión arrasadora de entonces: la ofensiva empezó ya en 1931, al mes de proclamada la república, en la llamada “quema de conventos”. Que fue mucho más que de conventos, pues ardieron también importantes bibliotecas y centros de enseñanza, y un considerable acervo artístico. En los años siguientes continuaron los ataques, más parciales pero constantes. Y en octubre de 1934 se recrudecieron cuando socialistas, comunistas y separatistas catalanes se alzaron contra la república en una guerra civil –así proclamada y que allí comenzó realmente–  para implantar un régimen de estilo soviético y desguazar la nación. Entonces menudearon los asesinatos de sacerdotes y seminaristas, especialmente en Asturias, pero también en Cataluña, y, nuevamente, la destrucción de bibliotecas obras de arte e iglesias, entre ellas algunas joyas del románico.

   El fracaso de aquella revolución detuvo los atentados durante cerca de un año y medio hasta que, después las elecciones de febrero de 1936, demostradamente fraudulentas, el Frente Popular demolió los restos de legalidad republicana y se lanzó a una nueva oleada de destrucción de iglesias y edificios religiosos, registros de la propiedad e históricos, y de hostigamiento a clérigos y católicos. Luego, la reanudación de la guerra cinco meses después, desencadenó sin trabas la Gran Persecución. Señalemos que la misma afectó solo a la mitad del país, porque la otra mitad quedó enseguida bajo el dominio de los contrarios. De otro modo las cifras mencionadas habrían sido mucho mayores.

   La persecución causó gran impacto en Europa y América, y no solo entre los católicos, pues la barbarie desplegada remitía a las peores épocas de la historia europea. Cabe señalar también que algunos católicos, incluso algún sacerdote, colaboraron en la persecución, justificándola de diversos modos. De modo especial el PNV, autoproclamado católico y aliados a los perseguidores, lo hizo en el plano internacional, ocultando la magnitud de los crímenes y ofreciendo justificaciones. Unos catorce curas pertenecientes a ese partido radicalmente racista y separatista fueron fusilados por los nacionales, no por ser curas sino por sus actividades políticas. La propaganda separatista utilizó tal hecho para enturbiar la realidad de la persecución.

   Debe señalarse que lo referido entra de lleno en la definición aceptada de genocidio: “intento de destruir total o parcialmente a un grupo nacional,  étnico, racial o religioso como tal”. Y fue el único genocidio perpetrado en la guerra civil.

    Estos hechos plantean numerosos problemas morales y políticos. Desde luego, sus autores no mataban y destruían porque sí, lo consideraban una necesidad para implantar un sistema de máxima libertad que en la práctica construía la máxima esclavitud, como ha demostrado una y otra vez la experiencia histórica. Se trata de un desvarío moral e intelectual que permanece, o mejor dicho, resurge desde hace algún tiempo y puede generar nuevos episodios de barbarie. Los políticos e intelectuales autores o promotores del masivo crimen, o sus herederos políticos, jamás han expresado el menor pesar o remordimiento, y hoy vuelven a promover atentados, todavía menores pero cada vez más abundantes.

    Y así nos encontramos ante el plan de un atentado simbólico del mayor alcance político: el ultraje y profanación de los restos de Franco, y la destrucción o transformación ideológica del Valle de los Caídos. Este monumento, probablemente el más majestuoso y armónico construido en el mundo en el siglo XX, conmemoró en primer lugar la victoria sobre el totalitarismo y los separatismos, y luego adoptó un carácter de reconciliación admitiendo restos de caídos del bando vencido. Una reconciliación que no están dispuestos a admitir de ningún modo los nuevos políticos seguidores del Frente Popular, que han formado uno nuevo, el tercero, con las mismas premisas ideológicas que el vencido en la guerra. Y por eso es indispensable recordar la historia, para entender a qué atenernos al respecto

   De todas estas cosas he hablado en abundancia y quien quiera puede consultar mis libros y artículos, por lo que no me extenderé aquí. Resumiré sencillamente que si a alguien se debe que el exterminio de la Iglesia no se completase es a Franco. Así, a él debe la Iglesia uns gratitud infinita. Y no menor los no creyentes con sensibilidad para la cultura y la historia de España. Añado, aunque tampoco me extenderé, que no menos gratitud deben a Franco los demócratas, ya que su régimen no tuvo oposición democrática, sino comunista, y que él creó las condiciones –prosperidad y reconciliación– para una democracia no convulsa como la republicana. Democracia hoy empujada nuevamente a una grave crisis por un nuevo frente popular, constituido por izquierdas y separatistas, que, como el anterior nada tienen que ver con la libertad y la democracia

   Por todo ello, a un no creyente le resulta asombroso que la Iglesia, o al menos la jerarquía eclesiástica, no esté haciendo la menor oposición a la profanación de la tumba de quien la salvó, literalmente, del genocidio. Esa actitud, moral y políticamente estupefaciente, tiene sin embargo una raíz que también conviene exponer, por si puede rectificarse: el régimen de Franco se declaró confesional, benefició extraordinariamente a la Iglesia y  gozó del agradecimiento de esta durante más de veinte años. Sin embargo todo cambió con el concilio Vaticano II. Este no se limitó a rechazar la confesionalidad, cosa muy razonable, sino que proclamó el diálogo con los marxistas y obró con hostilidad creciente al régimen español. Así, influyentes sectores eclesiales apoyaron al terrorismo de la ETA, a los separatismos en general, y a los comunistas. Es decir, a los herederos precisamente de sus exterminadores en la guerra civil. Que por lo demás se proclamaban ateos o indiferentes religiosos en su casi totalidad.

   En los comienzos de la transición democrática, aquellos grupos intentaron un segundo frente popular de ruptura con el franquismo, pero fracasaron: en el referéndum de diciembre de 1976 el pueblo votó por inmensa mayoría la democracia “de la ley a la ley”, desde y no contra el franquismo, y sí contra la ruptura. Si aquel segundo frente popular fracasó fue por su debilidad, la cual habría sido mucho mayor sin los apoyos recibidos de la Iglesia. No me extiendo tampoco sobre las derivas posteriores de la transición, pero es preciso recordar aquel referéndum, interesadamente olvidado por unos y otros.

    Así pues, los separatistas y totalitarios, más o menos disfrazados, de los actuales partidos de izquierda tienen motivos, aunque espurios, de agradecimiento a los beneficios de la Iglesia del Vaticano II. Beneficios que pagan con un agresivo desprecio, cabría sospechar que no del todo inmerecido.

    Supongo que muchos creyentes católicos sentirán desconcierto por esta actitud de la jerarquía eclesiástica, complaciente ante un intolerable ultraje a los restos y la memoria de aquel a quien tanto debe la Iglesia. Y, por cierto, no nos sorprende menos a los no creyentes con sensibilidad moral, cultural e histórica.

     

 

 

 

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C. H. (X) Necesidad y libertad / El personaje Paco.

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  La interpretación del árbol del conocimiento del bien y el mal como conocimiento o ciencia a secas, conduce a la idea, desarrollada entre otros por L. Shestof, de que el conocimiento, la ciencia, esclaviza al hombre, lo priva de su libertad. Siendo la libertad concebida como un bien esencial de la condición humana (Azaña tenía algunas buenas frases: “La libertad no hace feliz al hombre, lo hace simplemente hombre”, no sé si es suya o una cita), la ciencia sería precisamente el mal. Y en los evangelios y en San Pablo vemos a menudo esa idea, implícita en toda la Biblia, de que lo que salva al ser humano es la fe y no el conocimiento, y de que los más ignorantes y  pobres están más cerca de Dios que los sabios  o los ricos.

    ¿Por qué esclaviza el conocimiento, que es la aspiración más distintiva de la cultura griega? Porque trata de llegar por medio de la razón, y cree conseguirlo, a la verdad profunda de la vida y del mundo. Una verdad resumida como necesidad por encima de las contingencias aparentemente caóticas de la  experiencia humana. No exige fe, al menos en apariencia, sino conocimiento. El ideal del sabio es conocer y aceptar la necesidad, someterse a ella, intentar hacerlo con alegría y concibiendo esa esclavitud  como una paradójica “verdadera libertad”, una libertad sin derecho alguno. La necesidad impone, con el rigor de la lógica y las matemáticas, la realidad de la vida. El hombre la intuye y puede conocerla, pero rebelarse contra ella es inútil, quien lo hace es arrastrado por su marcha ineluctable. Pues se trata de una fuerza radicalmente impersonal y apabullante, a la que el hombre no puede rogar ni persuadir. Solo sometiéndose a ella puede encontrar ventajas en el dominio de la naturaleza,  que sin embargo no privan a la vida humana de angustias y muchos horrores, coronados por el último, la muerte.

    Hay aquí, pues, una diferencia radical entre la necesidad (que suele presentarse como la Naturaleza) y Dios. El Dios de la Biblia resulta notablemente personal, se encoleriza, se presta a ser persuadido, se compadece, es continuo objeto de ruegos, protege  a su pueblo, que sin embargo le desobedece a menudo y recibe por eso castigos a menudo brutales. Sus designios rebasan la razón humana, a la cual se presentan como arbitrarios y desconcertantes, y por ello mismo exigen una fe rocosa, cuyo premio nunca queda del todo claro.

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Como solo dos de los tertulianos habían leído la novela, fue necesario explicar quiénes eran los personajes, aunque cada uno de los lectores los veía de modo diferente. Esto es bueno, porque resulta más real: una misma persona es entendida y juzgada de modos muy distintos por sus conocidos, incluso por sus conocidos más íntimos.  Paco es descrito en el libro como bien formado físicamente, hombre de acción amante del peligro, bienhumorado, no guapo pero con rasgos viriles que atraían a las mujeres, él mismo mujeriego, vivía con una prostituta o ex prostituta. Una descripción que corresponde a tipos frecuentes en ambientes poco aconsejables. Sin embargo una cualidad le apartabade ellos, y era su afición a razonar y filosofar, compartida con su gran amigo el narrador, Alberto. Según uno de los lectores, podría ser un tipo bastante brutal, mientras el otro lo consideraba un héroe y precisamente un héroe trágico: mientras miraba a las mujeres ante todo como un objeto de placer, todo iba bien. Aunque una de ellas estuvo a punto de ocasionar deliberadamente su muerte y la de otros compañeros. Pero había sido su enamoramiento de otra rusa lo que había destrozado su amistad con Alberto e indirectamente el asesinato de la chica. A partir de ahí, una terrible sensación de culpa unida a un nihilismo personal le había forzado a quedarse en Rusia hasta encontrar la muerte en Eslovenia. Una muerte en realidad buscada.

  El otro lector entendía que el enamoramiento aquel chocaba con su carácter,, era incoherente, así que veía el episodio un tanto forzado. Si no fuera por él, no habría habido la menor tragedia y Paco habría seguido siendo lo de siempre, un bravucón bastante macarra, físicamente valiente pero amoral, capaz de luchar por una causa o por la contraria.  Le recordé que Aquilino Duque en su reseña (http://vinamarina.blogspot.com/2012/07/una-novela-dantesca.html)  lo juzgaba algo así, como un personaje sin normas precisas, que lo mismo podría haber optado por un bando que por otro en aquellas guerras. 

   Le objeté que los personajes demasiado coherentes no son reales. Más bien Paco combinaba una vitalidad que sí podría llamarse nihilista, porque ni él ni su amigo Alberto tienen creencias religiosas, con una preocupación por entender las razones de lo que le pasaba a él y en su entorno.  Y era capaz de afecto genuino, por ejemplo, a la ex prostituta, asesinada por los chekistas debido a su asociación con él. Lo cual motiva una agria discusión con su católica hermana Carmen, que habla con cierto desprecio de la chica ya muerta y le critica por su relación con ella. Cierto que aquel afecto no era pasión, pero ¿por qué alguien aparentemente frío no habría de sentir una pasión repentina? Estas cosas suceden en la realidad. De todas maneras, la novela no es propiamente de amor, aunque este intervenga como un sonido de fondo,  sino de guerra, y habría que juzgar a los personajes desde ese punto de vista, de sus motivaciones, del valor o menos valor ante la muerte, etc. Paco elige la Quinta Columna por aversión a los anarquistas tras una breve experiencia a su lado. Y luego sigue,por inercia, a la División Azul, una vez elegido bando. Pero la lógica y consistencia teórica de los comunistas podrían muy bien haberle atraído en otras circunstancias. 

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El crimen está en marcha

Una banda de tiranos compuesta de tiorras desequilibradas y presidida por un falso doctor vinculado familiarmente con los negocios de la prostitución, miembros todos del partido más corrupto de la historia de España, sin pasar por las urnas y con apoyo de golpistas resueltos a desmantelar la nación y de agentes de la tiranía venezolana, han declarado en el senado  la condena institucional del franquismo.  Esto es lógico y no debe extrañar a nadie, pues el franquismo representó precisamente lo contrario de ellos. Pero van más allá: tratan de proscribir lo que llaman “toda exaltación del franquismo”, lo que debe entenderse como un ataque brutal a la Constitución y a las libertades de expresión, investigación, asociación y cátedra. En otras palabras, como un crimen en toda regla contra los fundamentos de la democracia.

 Que atacar al franquismo signifique atacar a la democracia no puede extrañar a nadie que conozca la historia más allá de la propaganda. La democracia nació del franquismo tanto porque este creó las condiciones necesarias para ella como porque así lo refrendó la inmensa mayoría del pueblo en el referéndum de 1976 , y porque sus organizadores eran directamente franquistas: Torcuato Fernández Miranda, el rey nombrado por Franco, Suárez, jefe del Movimiento, y sus equipos, en los que entraban personas no directamente adictas a Franco pero sí privilegiadas por su régimen. El franquismo no tuvo oposición democrática, sino totalitaria, y por tanto no podía venir de ella democracia alguna.

La democracia “de la ley a la ley” tenía además la enorme virtud de asegurar una continuidad  histórica en lugar de las rupturas estériles tan frecuentes en nuestro pasado desde el siglo XIX, y representadas al morir Franco por los herederos del frente popular salido de unas elecciones fraudulentas en 1936  y que inmediatamente impuso un régimen de ilegalidad y terror.  Sin embargo, esa continuidad histórica fue rota enseguida por Suárez y los suyos, que pretendieron cortar sus evidentes raíces, como si la democracia hubiera caído del cielo y la hubieran recogido ellos genialmente. La farsa empezó ya entonces. La derecha se convirtió progresivamente en auxiliar y cómplice, no en oposición, de las nuevas tendencias frentepopulistas, a las que dejó vía libre. Y pese a la inmensa herencia positiva dejada por Franco, la situación ha ido agravándose hasta la imposición de una nueva tiranía de frente popular en golpe de estado permanente.

Atendiendo a esta evolución siniestra, no puede extrañar que la  supuesta oposición a los nuevos tiranos, PP y Ciudadanos, hayan colaborado en el crimen como cómplices y auxiliares. Afirma cierto dicho que hay alguien más despreciable que el asesino:  el ayudante del asesino.  Y este es el papel de esos dos partidos en este asesinato de la democracia. Si la democracia y España como nación han de sobrevivir es indispensable que esos partidos convertidos en auténticas mafias, desaparezcan.  El régimen montado en el 78 con graves carencias de origen, resumidas en la mencionada ruptura con la historia, y que no se han corregido, se halla en estado de descomposición. Y esto  no puede continuar, porque todos nos jugamos nuestro futuro. Es imprescindible organizar ya la resistencia. Derrotar a este tercer frente popular es la gran tarea histórica del momento. 

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Personajes de novela

La derecha trata de rehuir la cuestión del franquismo. Izquierda y separatistas han entendido bien su transcendencia. Y mientras la sociedad y la clase política no acepten la realidad histórica, España será un país enfermo.

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Cuando salió Sonaron gritos…, solía asistir a una tertulia semanal y pasé un ejemplar a los componentes de ella, todos gente instruida y leída. Los comentarios fueron escasos y pobres, y no hubo modo de salir de ahí. Quizá pensaban que me ofenderían si me hacían críticas, o simplemente la novela no entraba en sus esquemas mentales y sentimentales. Solo uno recalcó que no conocía ninguna novela española parecida, aunque le recordaran vagamente los relatos de aventuras de Pío Baroja.  Como he dicho,  en la novela hay cierto espíritu de El enamorado de la Osa Mayor, de S. Piasecki, una obra que me resultó fascinante: la dejé a algunos de ellos y para mi gran sorpresa a ninguno le interesó gran cosa, y uno la despreció de entrada: no había logrado pasar de la tercera página.   Pero hace unos días, en una tertulia ocasional, había dos personas a quienes yo no conocía y que habían leído mi novela y, por fin, tuvo lugar un coloquio interesante, que se prolongó varias horas. 

    Fue una buena discusión, aunque bastante desordenada y a ratos divagatoria,   que intentaré recordar con orden aceptable. Uno de los temas fue muy general:  la naturaleza de la novela y la causa de que a la gente le atraiga, pese a tratarse de hechos ficticios. Como si a la gente le gustase que la engañaran. Desde mi punto de vista, la literatura hereda muy directamente al mito, y su atracción resulta de la manera como el lector puede sentirse identificado con los personajes o con los sucesos. Una novela se compone de personajes y sucesos, como la vida en general, a la que refleja de una manera peculiar. Pero si no hay identificación, al lector le aburrirá el relato o lo juzgará mal. Uno de los lectores dijo: “¿Y cómo puede uno identificarse con personajes y hechos con los que no tiene nada que ver y que son ajenos a su experiencia habitual? Por ejemplo, un señor que lleva una vida rutinaria y tranquila, prudente y hasta temerosa de cualquier incidencia, y que además está gusto así, y sin embargo es adicto a los relatos de  aventuras o de crímenes, hasta los más disparatados”. Se mencionó a Baroja, con una vida tan anodina según él mismo la cuenta en sus memorias. “¿Anodina?” “Sí. Procuró evitar los riesgos, lo más peligroso fue  cuando algunos carlistas quisieron fusilarlo o él lo supuso. Y él lo vio como un asunto penoso, fastidioso sin más. Tiene muchas anécdotas pero no es lo mismo la anécdota que la aventura”. Otro señaló que los escritores españoles en general tienen unas biografías parecidas, amor a la anécdota y odio a la aventura.

   Yo a Baroja solo lo leí en la adolescencia, y más recientemente parte de sus memorias. Sus relatos de aventuras me gustaban en general, sin llegar a apasionarme, y sus obras más psicológicas me aburrían,  A alguno, en cambio,  le pareció que estas últimas eran la mejores de Baroja y las que quedarían. “Pero ¿qué queda de Baroja? Hoy nadie  lo lee. En su tiempo se tradujeron varias de sus obras al francés o al alemán, pero creo que hace muchos años que ya no. Se traduce aún a García Lorca, más que nada por motivos políticos”. Más discusión. “¿Por qué la gente se identifica con los personajes? Con algunos se identifica inmediatamente, porque cree que se le parecen o porque conoce a otros, u otras situaciones como las que él vive, o porque los pintan como ellos quisieran ser, como modelos”. ”Pero en otros casos se trata de personas y sucesos completamente ajenos. Pensemos en los personajes de La Ilíada. Esos nunca pasarán porque hacen vibrar en nosotros fibras íntimas de las que no somos conscientes o apenas”.

   “¿Encuentras alguna similitud entre tu novela  y las de acción de Baroja? ¿No pueden haberte influido precisamente por haberlas leído en la adolescencia?” “No lo creo.  Una lectora insistió en esas semejanzas, pero yo no las percibo. ¿En qué sentido dices que no entra en la tradición literaria española?” “Pues es difícil decirlo. Es una novela de guerra, pero las novelas de guerra que conozco tienen a ser discursivas o de mera acción, con personajes poco complicados, y los de Sonaron gritos   son cualquier cosa menos sencillos. Hay dos, Paco y Carmen, más de una pieza, será porque son hermanos”. “Pero la otra hermana, Luisa, es complicadísima. Y la madre también, detesta al padre y termina en una relación lesbiana”. No hubo acuerdo sobre Paco y Carmen. Para uno, Paco, el coprotagonista y motor de la trama, era simplemente un hombre de acción, mujeriego y amante del peligro, que podía haber sido también un chuloputas o un narcotraficante. Y Carmen era muy religiosa católica, tenaz y sacrificada  deseosa de fundar una familia,  y que al final se salía con la suya, el único personaje que se salía con la suya, y por eso o a pesar de eso poco interesante”. “Pero acepta trabajar para la quinta columna, que suponía un riesgo mortal”. “Pero no lo hace por afición, sino por un sentido del deber. Y quizá por atraerse a Alberto”.  “Paco, el coprotagonista y el motor de la acción, es más complicado de lo que parece, vive en dos mundos: su afición a la acción y su afición a divagar y racionalizarlo todo, dos mundos que no se obstaculizan. Eso es casi imposible.  Parece incapaz de enamorarse realmente y de pronto una pasión casi le enloquece y provoca el desastre”.

En fin, seguiremos. 

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De vez en cuando algunas personas me paran por la calle para decirme que les ha gustado mucho alguna cosa que he escrito o expuesto en la radio. La carta abierta al papa por ejemplo. Les digo: “¿Y la han difundido ustedes a sus conocidos o por las redes sociales?” La respuesta es casi siempre un no. Les digo: “¿A cuánta gente llegan esos escritos que le gustan? A cuatro gatos. Y si esos cuatro gatos no se mueven para difundirlos todo será un esfuerzo o un gusto inútil. Porque la democracia es una lucha por la opinión pública y si no lo entendemos no saldremos de la cultura de la queja. La carta abierta al papa por la cuestión de Franco, por ejemplo,  debería ser difundida por miles de personas una y otra vez, durante semanas y meses. Hacer que llegue a cientos de miles o hasta millones de personas. Así podrá ser efectiva, de otro modo se disolverá entre tantas otras informaciones y cosas que circulan por ahí”.

   Algo semejante puede decirse de este blog: si aquellos que lo encuentran interesante no lo divulgan, será como gritar en el desierto.

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En Trafalgar España perdió pocos barcos. Pero los demás fueron abandonados en los puertos y no volvió a construirse ninguno hasta cincuenta años después.

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En esta sesión de “Una hora con la Historia”, abordamos el tema de la Inquisición. Algunos la han comparado con las policías totalitarias del siglo XX, o han afirmado que paralizó la vida cultural española, incluso que despobló al país. La realidad histórica es que fue el tribunal europeo más garantista y menos sanguinario de su tiempo, que usó la tortura mucho menos que los tribunales corrientes,  que evitó episodios como la quema de brujas y ayudó a España a librarse de las guerras civiles de países próximos. Respondió a una mentalidad de la época, y su período de máximo apogeo no incidió contra el pensamiento o la cultura en general, pues fue la época de mayor auge de España en la cultura superior o de élite. Estos hechos obligan a una revisión en profundidad. https://www.youtube.com/watch?v=OVnMnEMQWM4

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Democracia, dictadura y tiranía.

Hoy es 20 de noviembre, un día históricamente importante no solo por el fallecimiento de Franco sino por el comienzo del fin de su régimen, que realmente se acabó en 1978, con la Constitución.  Un régimen que nació de la imposibilidad de una convivencia en paz y en libertad causada por una alianza de totalitarios, golpistas y separatistas. ¡Hay que recordarlo una y mil veces, pues de su “olvido” derivan tan grandes males! Si hoy, cuarenta y tres años después, sufrimos unos peligros parecidos aun si todavía no tan violentos como entonces, se debe a ese olvido o tergiversación.  Franco convirtió aquella imposibilidad en posibilidad, y de su régimen derivó una democracia que  ha ido corrompiéndose y tiranizándose como expongo en el artículo siguiente, amenazando nuevamente la paz y la libertad de los españoles

Por eso es una tarea crucial del momento impedir la profanación de sus restos por una infame chusma política que vive en y de la mentira y en golpe de estado permanente.

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Dada la práctica inexistencia de pensamiento democrático en España, los partidos más contrarios a la libertad, que siempre han sido los de izquierda y separatistas, pueden ampararse en la bandera de la democracia para imponer auténticas tiranías. Su argumento para atacar al franquismo y proscribir su memoria – y con ello las libertades más elementales, como hemos visto–, consiste en denunciar al franquismo como una dictadura, es decir, como la antítesis de la democracia, que esos partidos representarían en exclusiva. Incluso la derecha descerebrada que les hace el juego es rechazada por ellos porque, evidentemente, viene del franquismo aunque haga mil piruetas, como un bufón ante sus amos,  para procurar que ello se olvide. 

  Sin embargo la antítesis de la democracia –en principio– no es la dictadura, sino la tiranía, entendida no en el sentido griego, sino como poder arbitrario, despótico y opresivo.  La  democracia es un régimen históricamente nuevo, prácticamente del siglo XX en Europa, incluso de mediados de ese siglo si tenemos en cuenta que fue rescatado o impuesto por el ejército useño. Lo cual no significa que cualquier régimen anterior en la historia haya sido tiránico o ilegítimo, ni mucho menos. Ni que una democracia no pueda degenerar en tiranía a su vez. Estos problemas los he tratado en La guerra civil y los problemas de la democracia en España, y es imprescindible desarrollarlos más. Pero nuestra clase, casta o chusma política no lee estas cosas ni las entiende. Pasa como con “Europa”, que para ella es una palabra mágica que resuelve todos los problemas

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   El pensamiento europeo, desde Isidoro de Sevilla al menos, es un intento de combatir el poder tiránico. Una y otra vez a lo largo de la historia se plantea esta cuestión. En España dio lugar a planteamientos como el tiranicidio, y las elaboraciones teóricas que dieron lugar al liberalismo y a  la democracia en Usa tienen en esa tradición española una de sus fuentes. Se trata de un problema permanente con dos caras: frenar la tendencia del poder a hacerse omnímodo; y frenar la tendencia social a la disgregación y la llamada anarquía. La anarquía, como la democracia, no responde a su etimología (ausencia de poder), y  nunca fue ni puede ser otra cosa que la proliferación de poderes despóticos. Tal como la democracia no es ni puede ser “poder del pueblo”, pues el poder se ejerce siempre sobre el pueblo, con unas u otras formas.  La democracia viene a ser el sistema ideado más recientemente, y que ha dado buenos resultados en unos países y momentos, y no tan buenos en otros.

   Una democracia puede degenerar de diversos modos. Y en esa situación puede ser necesaria una dictadura, es decir, el poder cuasiabsoluto de algún dirigente que vuelva a imponer el orden. La experiencia histórica en España es un claro ejemplo: la  II República, democrática en principio, degeneró rápidamente en anarquía (en el sentido arriba señalado) y aumento de la miseria,  hasta dar lugar a la formación de un frente popular de  totalitarios, disgregadores separatistas amparados en un racismo irrisorio, y golpistas. A sus víctimas se les presentó así el dilema  de someterse a tales poderes o rebelarse. Afortunadamente  gran parte de la sociedad optó por la rebelión y la dictadura, ya que una democracia no puede funcionar en aquellas condiciones.  Pero una dictadura no tiene por qué ser tiránica (también puede serlo), y el franquismo no lo fue nunca. Para entenderlo basta contrastar sus impresionantes logros históricos con la propaganda que le hacen sus enemigos, los mayores enemigos de la libertad en España.

¿Cómo puede degenerar una democracia en una tiranía? Insisto una y otra vez: Tocqueville lo previó y describió genialmente, y ese texto debería ser conocido y meditado de todos los políticos, intelectuales y periodistas. Porque estamos entrando de lleno en esa situación, no solo en España, sino en casi toda la Unión europea.

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La derecha trata de rehuir la cuestión del franquismo. Izquierda y separatistas han entendido bien su transcendencia. Y mientras la sociedad y la clase política no acepten la realidad histórica, España será un país enfermo.

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En esta sesión de “Una hora con la Historia”, abordamos el tema de la Inquisición. Algunos la han comparado con las policías totalitarias del siglo XX, o han afirmado que paralizó la vida cultural española, incluso que despobló al país. La realidad histórica es que fue el tribunal europeo más garantista y menos sanguinario de su tiempo, que usó la tortura mucho menos que los tribunales corrientes,  que evitó episodios como la quema de brujas y ayudó a España a librarse de las guerras civiles de países próximos. Respondió a una mentalidad de la época, y su período de máximo apogeo no incidió contra el pensamiento o la cultura en general, pues fue la época de mayor auge de España en la cultura superior o de élite. Estos hechos obligan a una revisión en profundidad. https://www.youtube.com/watch?v=OVnMnEMQWM4

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