Un fenómeno social extraño, pero revelador de la profunda decadencia intelectual y cultural de la sociedad española, es un ultraeuropeísmo combinado con una gran ignorancia sobre Europa y, lo que es peor, un desinterés por conocerla. La bibliografía española sobre Europa es escasísima y casi toda de escaso valor. Este libro aspira a romper esa inercia.
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El mal, o mejor dicho la consciencia del mal, genera en la psique la moral y la culpa, y la culpa es precisamente uno de los rasgos más esenciales de la condición humana. En el ser humano, el mal multiplica sus manifestaciones, especialmente en la relación entre unas y otras personas, conflictiva por naturaleza. Para impedir la expansión irrestricta de los males, la moral dicta normas de conducta, sentidas como obligaciones opresivas sobre los deseos: “conozco el bien, pero obro el mal”, es una queja repetida a lo largo del tiempo. No obstante, como veremos, conocer el bien no es nada fácil, debido a su carácter proteico con el mal.
Este malestar, la culpa, puede considerarse el castigo por el pecado original: el hombre ha accedido a la condición moral, pero no a la condición divina prometida por la serpiente (por su propia vanidad), su consciencia del bien y el mal es insuficiente y le atormenta. Por eso se rebela y trata de librarse de la culpa por diversos medios. Uno de los más frecuentes es la proyección sobre los demás. Una enorme parte de la argumentación humana a todos los niveles, cotidiano, político e ideológico, consiste en esa proyección: el malo es el otro, el contrario. Naturalmente, esa argumentación acusatoria engendra respuestas parecidas con lo que la vida social llega a convertirse en un infierno. No obstante la tendencia a caer en un remolino de acusaciones y contraacusaciones no impide soluciones más lúcidas, que generen cierta estabilidad, al menos temporal.
Tales cosas ocurren tanto en el plano individual como en el social. La lucha de acusaciones suele tener vencedores y vencidos, y a menudo estos reaccionan con un sentimentalismo victimista: son las víctimas inocentes de enormes injusticias, lo que puede ocurrir pero por lo común es solo una manera de proyectar la culpa sobre el vencedor y acumular fuerzas para volver a la lucha interminablemente. En el plano político es fácil constatar ese fenómeno en España, en el resurgir de los rencores de separatismos y “emancipadores de la humanidad” después de su derrota. Han pasado muchos años haciéndose las “víctimas del franquismo” hasta lograr fuerza suficiente para intentar volver a las andadas.
Otro aspecto de la culpa es la relación ante qué o ante quién se sienten las personas culpables. Puede ser ante otras personas, pero en general reconocemos a los demás como tan culpables como nosotros mismos, por lo que tendemos a no reconocerles autoridad moral capaz de introducir la culpa en nosotros. Ello incide en “las leyes eternas de los dioses”, conforme a las cuales deben elaborarse las leyes concretas, cuya cuyo único poder sobre los hombres sería de otro modo el de la fuerza, incapaz de generar culpa, aunque no rebeldía.
En la presión de la culpa sobre la psique puede encontrarse la razón de ser de las ideologías utópicas, es decir, de las utopías en general. Estas intentan eliminar el mal, usando la razón e ignorando sus límites, para crear situaciones sociales donde el mal quedaría suprimido, y por consiguiente también la culpa. Como ese proyecto encuentra fuertes rechazos, la eliminación de la culpa permite y estimula la acción contra ellos sin escatimar cualquier crimen en pro del ideal. Y cuando este logra imponerse de algún modo, el resultado inevitable no sería la superación del pecado original, sino un intento de volver a la condición del animal, un embrutecimiento con la pérdida de la libertad, que teóricamente se habría vuelto innecesaria al estar el mal eliminado. El intento, por mucho que se racionalice y se aplique, es imposible, y las utopías generan inevitablemente la multiplicación del mal y de la culpa consiguiente, a su vez negada mediante su proyección constante hacia “el enemigo“.
Naturalmente, esta exposición da lugar a un problema: ¿entonces toda crítica y toda rebelión contra una situación personal o política dada sería culpable? o imposible o contraproducente?
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El reinado de Enrique IV de Castilla fue un tiempo de descomposición política y social que auguraba el naufragio de la Reconquista en una “balcanización” peninsular con cuatro reinos cristianos y uno musulmán, todos hostiles entre sí e impotentes, expuestos a servir de satélites a potencias exteriores. Contra todo pronóstico, la situación fue superada por los Reyes Católicos, y España se convirtió en pocos años en una potencia mundial: https://www.youtube.com/watch?v=sSUGg1Hn9eQ
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