“Apología desvergonzada del franquismo”

**En la última sesión de Una hora con la Historia hemos abordado dos temas importantes: el de “La Desbandá” de Málaga al llegar a la ciudad los nacionales, que parece el nuevo mito  ideado por quienes no se cansan de elos. Y el de los ideólogos de “género”. La llamada ideología de género ha sido elaborada, a menudo de forma contradictoria, por una serie de autores desde los años 20 (Margaret Mead, Wilhelm Reich, Simone de Beauvoir, Alfred Kinsey, Michel Foucault, Kate Millet, etc.) Hay algo extrañamente común a prácticamente todos ellos: una profunda perturbación psíquica, que condujo a unos al manicomio, al alcoholismo compulsivo o al suicidio. Hay algo “entre cómico y aterrador” en sus biografías, explicadas por el historiador Fernando Paz: https://www.youtube.com/watch?v=Ar1x4EUezgw 

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Estábamos tratando de los tres últimos libros suyos. ¿Podemos dar por concluido el segundo, o cree conveniente añadir algo más?

R. Desde luego, podríamos hablar mucho más sobre los problemas de la democracia y la guerra civil, y cómo se ha creado el mito o seudomito de que la guerra opuso a demócratas y fascistas.  O por qué se ha identificado democracia con antifranquismo, cuando el franquismo no tuvo oposición democrática. O por qué ni la izquierda ni la derecha han tenido pensamiento democrático, salvo unos cuantos tópicos facilones que sirven para declararse demócratas a todos ellos… Y declararse demócrata se supone que otorga un aval de virtud y legitimidad política, que todos se atribuyen, desde los comunistoides de Podemos a los charlatanes oportunistas del PP, con un fondo común de corrupción. Unos acusan a otros tranquilamente de antidemócratas o de poco demócratas, a fin de deslegitimarlos, pero en el fondo de todos ellos hay un vacío intelectual casi perfecto. La guerra civil y la democracia trata precisamente de esta cuestión. Se ha dicho que la república se hundió por falta de republicanos, y la muy endeble y deforme democracia actual va camino de hundirse o de pudrirse por falta de demócratas.

 

 ¿Seudomito, dice usted, con respecto a la guerra?

R. Cierto. Un mito es una cosa muy seria y profunda, la base de las religiones. El mito trata de expresar en lenguaje simbólico, no racional, cuestiones profundas de la existencia humana que la razón no puede abordar bien. Pasa algo parecido con la literatura, que por lo demás desciende del mito, y  puede expresar más que cualquier estudio sociológico o psicológico sobre la condición humana que siempre tiene algo de misterioso… Llamo seudomitos a construcciones también irracionales pero inadecuadas a su objeto, porque este podría expresarse tranquilamente de modo puramente razonado, no simbólico. Un seudomito es una simple mentira que intenta recubrirse con pretensiones por así decir sublimes No voy a extenderme sobre ello, porque en el lenguaje corriente una de las acepciones de la palabra mito es simplemente la de embuste. En ese sentido podemos llamar mito a la idea de una guerra civil entre demócratas y fascistas, un embuste que a su vez ha generado muchísimos más.

 

Pasemos, entonces al tercer libro, Los mitos del franquismo. Se trata, dicen sus críticos, de una apología desvergonzada del franquismo.

R. En primer lugar, no hable usted de críticos.  Críticos, en el sentido propio del término, no he tenido ninguno, a no ser que los insultos, descalificaciones personales o tergiversaciones de mis tesis o acusaciones tan falsas y ridículas como que no he visitado archivos… Ya le dije que eso de consultar archivos es una tarea muy poco habitual entre nuestros historiadores, como he comprobado yendo a ellos. Tendría verdaderos críticos si el ambiente intelectual español fuera más lucido, y no me importaría entablar debate con cualquiera de ellos. Pero el medio, hoy por hoy, no da más de sí.

En cuanto a desvergüenza, en fin, la de ellos, como venimos viendo. La desvergüenza de quienes ven sus tesis refutadas y en lugar de reconocer que son falsas, o tratar de defenderlas con argumentos serios, se hacen los locos, se escudan en sus departamentos, en los grandes medios de masas y en las subvenciones para repetir machaconamente sus monsergas. Es una falta de honestidad intelectual realmente repulsiva, pero qué le vamos a hacer. Se corresponde con el páramo cultural, ese páramo del que ellos acusaban falsamente al franquismo, mientras que ahora es muy real.

Si ud presenta un panorama tan negro, y admite que nunca le harán caso en los medios culturales, y que sus críticos… bueno sus enemigos, llevan las de ganar ya de entrada, ¿para qué se empeña tanto? ¿Qué sentido tiene?

 R. Mire,  en primer lugar me interpreta ud mal. Por supuesto que esos llamémosles críticos tienen una fuerza, hoy por hoy, abrumadoramente superior a la que yo podría representar. Pero la historia muestra cómo las mayores fortalezas se derrumban en muchas ocasiones. La falsedad sin límites en que se basan las interpretaciones históricas de esta gente no pueden mantenerse indefinidamente. Terminan por tropezar en sus propias falsedades. En el fondo son débiles, no desde el punto de vista digamos económico o de poder, pero sí desde el punto de vista intelectual. Son débiles, y por eso son incapaces de ofrecer un debate honrado. Tienen miedo, así que se parapetan en sus posiciones y no se atreven a salir a campo abierto…

Pero, en fin, vamos a lo de la apología del franquismo. Es como me preguntaba alguien: “¿Por qué defiende ud el franquismo?” Yo no defiendo el franquismo, sino la verdad sobre el franquismo. Y la verdad viene dada por los hechos constatables. Una vez despojados los hechos de la hojarasca de la propaganda y de la ideología, lo que queda es que el franquismo fue un régimen históricamente necesario si se quería evitar la disgregación del país, la revolución totalitaria y el arrasamiento de la cultura cristiana. Pero aparte de ser necesario  puede decirse que sanó al país de muchos males que se arrastraban desde el 98, incluso desde la Guerra de Independencia. Y esa labor ingente, históricamente ingente, es la que están tratando de echar por tierra los sectarios y paniaguados de la memoria histórica y muchos otros de derecha. La herencia del franquismo, su inercia histórica, es lo único que está conteniendo el desmoronamiento de la unidad de España y de la propia democracia…

Resulta chocante oírle decir que la democracia se la debemos en cierto modo al franquismo. Solo esa tesis hará reír a casi todo el mundo

R. ¿En cierto modo? No. En todos los modos. Y lo que debiera hacer reír es más bien la presunción de que la democracia viene de la oposición al franquismo. La gente olvida los hechos más evidentes, y voy a explicarle la cuestión, empezando por la causa de que el franquismo no tuviera oposición democrática…

 

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Liberalismo (XI) El Hombre divinizado y aplastado por la Razón y la Ciencia

Hoy en Una hora con la Historia, 9,30 de la noche en Radio Inter 918 de onda media y 93,5 de FM (Madrid). “La mayor matanza de la guerra civil” (según El Español de Pedro J), se produjo con ocasión de “la Desbandá” de Málaga al llegar los nacionales. Qué hay de ello. Y “los ideólogos de género”: W. Reich, M. Mead, K. Millet, M. Foucault, S. de Beauvoir…

https://www.youtube.com/watch?v=Ar1x4EUezgw

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   Otro modo de enfocar la cuestión de las ideologías y la religión podría ser este: las ideologías son materialistas  y las religiones espiritualistas. De hecho, las religiones primitivas son animistas, es decir, ven espíritus en el comportamiento de la naturaleza y del mismo hombre. Los espíritus son proyecciones psíquicas de lo que el ser humano encuentra en sí mismo: voluntades que dan sentido al mundo. Incluyendo que a menudo el hombre parece obrar por alguna voluntad o espíritu ajeno a él, que “le posee”. Las religiones han evolucionado volviéndose más abstractas hasta llegar al monoteísmo. difícilmente podrían pasar de ahí: de una voluntad única detrás de todas las manifestaciones del mundo y la vida. Una voluntad que daría sentido al todo y comprensible solo parcialmente para la razón humana, lo que hace necesaria la fe.

   Las ideologías prescinden de tales espíritus, bien negándolos (ateísmo), bien declarándolos irrelevantes a efectos prácticos, aunque admitiendo nebulosamente la posibilidad de un “algo” más allá de lo razonable y raciocinable (agnosticismo). De hecho, las dos variantes estudian el mundo como una oportunidad de beneficios para el hombre: el mundo como un ente dominable y aprovechable a medida que la ciencia y la razón nos van permitiendo conocer las leyes de su funcionamiento. Precisamente en esa concepción se basa la divinización del Hombre: nada está fuera de su alcance.

  La Ciencia, producto particular y avanzado de la Razón,  estudia el cosmos sobre la base filosófica-racional  de la materia, de lo medible y contable. La naturaleza es por esencia “material” y debe estudiarse desde ese punto de vista. Su método lleva a conclusiones seguras, por encima de cualquier opinión (las conclusiones científicas son experimentables y superables, pero en un sentido acumulativo y dentro de la misma línea: así la relatividad general de Einstein supera o amplía, pero no anula, la gravedad de Newton, etc.). Y puesto que el propio ser humano es material, un producto más del universo y sus leyes, debe poder entenderse del mismo modo. Cierto que las ciencias llamada humanas no han alcanzado aún la seguridad y el nivel predictivo de las ciencias naturales, pero se supone que avanzan sin tregua en esa dirección y que antes o después alcanzarán su meta, a lo que contribuirán los intensos estudios actuales sobre el funcionamiento del cerebro.

   Una tendencia del materialismo ideológico es el economicismo, y con buenas razones. Dado que la ciencia no solo no descubre espíritus en la naturaleza, sino que los rechaza por principio, debe buscar en la conducta humana elementos susceptibles de ser medidos y contados. Así el hombre, sean cuales fueren sus ideas o ilusiones, necesita alimentarse, vestirse, alojarse, etc., y los productos de esa necesidad pueden medirse y contarse de forma bastante segura, aun si la economía tiene aún bastante camino por andar para asentarse como verdadera ciencia. En cambio, fuera de la economía todo resulta demasiado opinable y nebuloso, sea la política, la religión, el arte, las motivaciones no económicas, etc. Al final, todo puede reducirse a la férrea razón económica, y en esa dirección parece adecuado proseguir.

    Aplicada la ciencia al propio ser humano daría como uno de sus resultados la abolición de la libertad, ya que sus descubrimientos resultarían indiscutibles en cuanto a establecer la conducta y pensamiento real humanos, al modo como ocurre con el resto de la materia del cosmos.  Algunas ideologías, como el marxismo, creían ya cumplido su objetivo científico, y ahora mismo vemos cómo el homosexismo o la ideología de género se visten con ropas científicas. Esa concepción es radicalmente totalitaria, porque una vez fundada científicamente, la conducta humana ha de quedar regulada sin apelación. La libertad se reduciría a caprichos absurdos que debieran ser reprimidos por la fuerza o la persuasión, como aquel general inglés que pensaba castrar a todos los rebeldes useños usando alternativamente los dos métodos. El marxismo habría sido un experimento fracasado, pero en la dirección correcta. El Hombre se conocería científicamente a sí mismo, se adueñaría de sí mismo, se adoraría a sí mismo, y ello exigiría anular un factor que tradicionalmente se ha considerado esencial en la condición humana como es la libertad, concepto difícil de definir, quizá ilusorio como el espíritu. Curiosamente la ciencia, producto aparentemente humano, se situaría por así decir fuera y por encima del hombre, de su voluntad, imponiéndosele.  

    Otro efecto del pensamiento ideológico es la pérdida de su optimismo original por haberse liberado de las angustias religiosas. Pues la razón científica también le informa de su posición en el cosmos como una miríada de seres insignificantes afanados en un planeta insignificante, un punto ínfimo en un universo inconcebible para su mente por su extensión y dotado de fuerzas tan inconmensurables como ciegas. ¿Qué representa el hombre, su voluntad, sus anhelos y saberes, por comparación? ¿En qué medida podría el hombre controlarlas y aprovechar tales fuerzas? Solo en medida a su vez insignificante, siendo la realidad más bien la opuesta: esas fuerzas cósmicas sin sentido discernible científicamente determinan no solo el destino de los individuos sino, finalmente, de la especie humana misma. Por tanto, la exigencia psíquica de sentido para la vida humana debe descartarse asimismo, igual que la libertad. Cabe recordar la célebre oración materialista de Bertrand Russell, que, ante tal perspectiva, llamaba al hombre a “adorar en el santuario que sus propias manos han construido”. ¿Adorar a quién? A sí mismo, idea chocante, máxime después de haber ponderado el propio Russell, la radical impotencia e irrelevancia humanas.

   Con todo ello arribamos, además, a una contradicción, que coloca al Hombre al margen o por encima de la Naturaleza.  Su divinización se basa en su capacidad para conocer y dominar la naturaleza, el universo, lo que le sitúa en un lugar aparte de él. No solo aparte del resto, sino como algo radicalmente distinto: el cosmos, la materia, no puede conocerse a sí misma, mientras que el ser humano se atribuye la capacidad de conocerla. ¿De dónde sale esa capacidad, si en el resto del universo no hay atisbo de tal cosa? O dicho de otro modo: ¿por qué el universo tendría  el capricho de conocerse a sí mismo, hacerlo a través del hombre y ofrecerse a este para que lo explotase y aprovechase en beneficio humano? Esa es una idea completamente ajena a la Razón y a la Ciencia, y parece que solo podemos entender al ser humano como algo espiritual, no solo material.

    Claro está que las ideologías no llevan hasta el fin su propia lógica, sus propias consecuencias y procuran dejar su razonamiento en un estadio intermedio y optimista. Siempre invocan el “más acá”, la tierra y ensalzan al Hombre de mil maneras finalmente contradictorias.  Su crítica a los espiritualismos descubre o cree descubrir contradicciones insolubles, pero lo mismo ocurre con el materialismo. Quizá deba admitirse que materia y espíritu son simplemente los conceptos más abstractos a que puede llegar la razón al tratar de explicar el mundo y el hombre, que los dos son necesarios y complementarios, aunque alguno acaso predomine.

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A la OTAN le conviene España. A España no le conviene la OTAN

**La próxima sesión de “Una hora con la Historia”, sobre los ideólogos de género, va a levantar ampollas. La anterior: https://www.youtube.com/watch?v=xWeyfHiI8zk&t=45s

**Blog II. 1945-6: el mundo contra Franco. Por qué el franquismo venció todas las amenazas y chantajes hacia el fin de la guerra mundial: http://gaceta.es/pio-moa/1945-46-mundo-franco-08022017-2112

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Pero ud decía que no era solo España

R. Pues sí, lo que ud indicaba de Trump y la UE… La parte dedicada al análisis de la democracia en La guerra civil y los problemas de la democracia en España, es, repito, la más importante, el resto es solo una síntesis  de mis investigaciones anteriores. Y esa parte no se refiere solo a España. Adam Smith decía que la competencia era necesaria para impedir que los empresarios se confabulasen para repartirse el mercado y aumentar sus ganancias a costa del público. La experiencia muestra, como ya le indiqué, que la competencia suele ser útil, pero dista de ser una panacea. Puede operar incluso  hacia una una degradación progresiva del propio mercado, como está ocurriendo con las clases medias en los países occidentales, debido –parece ser—a la llamada globalización. O con la competencia por la basura en las televisiones.

   Y en política puede ocurrir lo mismo, de hecho está ocurriendo: las oligarquías elegidas por los ciudadanos pueden reducir a una ficción la competencia entre ellas y  confabularse para repartirse el poder y los dineros. De hecho, eso ha ocurrido en España ya desde la transición. Entonces, una vez desbancado Fernández Miranda, se creó un duopolio político con un reparto del poder a varios niveles, y una democracia fuertemente deficitaria, sin verdadera división de poderes, sin apoyo en la experiencia histórica. Tanto Suárez como Juan Carlos fueron dos personajes frívolos y sumamente ignorantes, que incluso se jactaban de no haber leído un libro. Ello permitió  que llegasen los socialistas faroleando de una ética y una honradez que nunca tuvieron, y de una cultura… Alfonso Guerra era el ejemplo, una especie de cosmopaletismo cultural, Mahler y todo aquello. Pero lograban embaucar, porque en la otra parte había lo que había…

 

Bien, pero nos apartamos del tema

R. No, en absoluto. Lo que ha pasado en España es un reparto oligárquico entre dos partidos, un reparto muy condicionado por partidos separatistas en Cataluña y Vascongadas. Pues bien, algo así ha venido ocurriendo en los principales países de la UE y en Usa. Los sucesos últimos, como la victoria de Trump, el avance de Le Pen en Francia, la salida de Inglaterra, el crecimiento partidos alternativos en Italia o Alemania u Holanda, todo eso  refleja el hartazgo de gran parte de la población con los manejos de esos duopolios  políticos y su manejo de los degradados medios de masas, hartazgo de la corrección política o corpol, cada vez más demencial y contraria no ya a los viejos principios cristianos, sino al sentido común,  cansancio de las tendencia totalitarias, cada vez más claras, contra la libertad de expresión y de conciencia, contra el sentido de pertenencia nacional y cultural…

   En cada país esa reacción toma un sesgo distinto, incluso opuesto en unos países y otros. Pero se intenta desacreditarla con el nombre de “populismo”, que va camino de significar lo mismo que “fascismo”, es decir, nada concreto, pero útil para denigrar.   Pero, en fin, en todas partes refleja el mismo fenómeno: los duopolios oligárquicos tradicionales, formados después de la II Guerra Mundial, están cada vez más desacreditados y en crisis, la propia democracia está en crisis: lo esencial de la victoria de Trump, hoy por hoy, son dos cosas: ha triunfado contra los dos partidos, contra los medios de formación o deformación de masas, contra Hollywood…   Y en segundo lugar, su victoria no ha sido aceptada por las oligarquías tradicionales, que movilizan todos sus poderosísimos recursos para hacer imposible el gobierno del ganador de las elecciones, sin reparar en presiones, mentiras y manipulaciones. Algo así ocurrió en España durante la II República, como indico en el libro que tratamos, y en otros, desde Los orígenes de la guerra civil.  Y eso quiere decir algo: no solo que el duopolio oligárquico tradicional está en crisis, sino que la propia democracia en Usa y en la UE está en crisis. Es preciso plantearse el problema así. Con el tiempo se han formado oligarquías poderosísimas, de orientación totalitaria, que intentan moldear a su gusto las conciencias y mentalidades de los pueblos. Menos mal que la resistencia crece.

   España, en ese sentido, es el país más atrasado. La gente, una gran masa de gente, está realmente embrutecida por la mentira constante sobre España y su historia, la ausencia de pensamiento y cultura democrática… Y la situación se vuelve peligrosa. El país ha podido aguantar estos años porque la inercia histórica y cultural de España, la dinámica construida a lo largo de muchos siglos, pues España es probablemente la nación más antigua de Europa, esa inercia es muy difícil de vencer. Sin embargo el aguante de cualquier sociedad no es ilimitado ante el embate de lo que llamaba Marañón “mentira, estupidez y canallería”. Es preciso que surja una alternativa basada en nuestra propia herencia, que no intente mimetizarse con tendencias de otros países o buscar alianzas innecesarias como con la Rusia de Putin

 

Se deduce que ud está en contra de Putin

 R. No, en absoluto. En muchos aspectos Putin me es simpático: no comparte la corrección política de la UE, ha puesto en orden un país que con Yeltsin estaba en la ruina, y sus acciones son más bien defensivas frente al acoso de la OTAN que ofensivas. Comprendo muy bien los temores de los países del entorno europeo, que han sufrido largamente el imperialismo ruso y luego soviético, pero hoy por hoy Rusia no está en condiciones de tomar actitudes agresivas. Es un país de economía vulnerable, población envejecida y en descenso, y sus presupuestos militares son casi ridículos al lado de los de Usa y de la propia UE. Contra los acuerdos a la caída de la URSS, la OTAN ha ido expandiéndose por los antiguos estados satélites, rodeando de bases a Rusia, causando una alarma creciente en Rusia, y la última jugada, el derrocamiento del gobierno proruso de Ucrania salido de una elecciones,… y lo han hecho con la  técnica ensayada en países árabes para llevarlos a la guerra civil, a las llamadas primaveras árabes…  Bien esa es la gota que colmó el vaso. Putin lo explicó muy bien: “Deseamos que la OTAN venga a visitarnos a Sebastopol, no que nosotros tengamos que ir a Sebastopol a visitar a la OTAN”. La anexión de Crimea fue aceptada con entusiasmo por la población, y las acusaciones de que Moscú está rompiendo el orden internacional al ocupar Crimea y apoyar a los ucranianos prorusos es ridícula viniendo de países que llevan años rompiendo el orden internacional, inmiscuyéndose en los asuntos internos de otros países y fomentando guerras civiles so pretexto de implantar la democracia. El mismo Putin lo ha dicho: “No queremos una democracia como la que han llevado a Irak”

   Por cierto, me parece especialmente simpática, como español, una reciente intervención rusa en la ONU, dirigida a Inglaterra. Inglaterra ha destacado en el acoso a Rusia y la desestabilización de países árabes. La intervención del delegado ruso, silenciada aquí por casi todos los medios, decía: “Devuelvan las Malvinas, devuelvan Gibraltar, devuelvan la parte ocupada de Chipre… Solo entonces, quizá, su conciencia estará algo más limpia  y podrán juzgar a otros”. Gibraltar es una humillante colonia en nuestro territorio, basta para definir a Inglaterra, no como amiga y aliada de España, sino como país hostil. No somos aliados de Inglaterra, somos sus lacayos, por obra de unos gobiernos infames desde que Felipe González abrió la verja, convirtiendo lo que era una ruina para Londres en un emporio de negocios turbios.

   En fin, no se trata de emprender una guerra con los ingleses. España tiene armas decisivas económicas, diplomáticas e internacionales, pero los gobiernos que nos gobiernan no están dispuestos a emplearlas. Probablemente muchos políticos tienen en Gibraltar negocios opacos. No hay que olvidar que Inglaterra sigue teniendo una vocación y visión imperial. Su imperio actual es la red de refugios o paraísos fiscales, que le permiten enormes ganancias e influencia financiera.  Y tampoco es necesaria una alianza con Rusia, que tiene sus propios intereses lejanos de los nuestros. Pero creo que España debería salir de la OTAN. La OTAN, para nosotros, es Gibraltar. Observe, además, el  sucio papel de lacayo jugado por España en la destrucción de Libia en provecho de intereses muy ajenos. A la OTAN le conviene una España sumisa, por su posición geoestratégica, pero España no necesita a la OTAN, porque su único enemigo potencial, Marruecos, es y seguirá siendo durante mucho tiempo mucho más débil económicamente y en posibilidades militares. España no tiene por qué ser hostil a Usa o a la OTAN, le basta con la neutralidad. Ello evitaría también veleidades de hostigamiento por parte de la OTAN o Usa, ya que siempre les convendrá mucho más un país neutral que crear un país hostil en una zona estratégicamente tan sensible.

 

Al margen de su libro, ¿cómo valora usted la impronta del islam?

R. En la UE ha tenido una importancia transcendental, desde luego. La UE es una construcción errónea histórica y culturalmente y nunca debió haber pasado de la Comunidad Económica. Sus señas de identidad son anticristianismo, abortismo, multiculturalismo,  homosexismo, una corpol muy acentuada…  Observe que se fomenta al mismo tiempo la inmigración y el aborto, un detalle nada inocente. La idea es que los musulmanes en Europa se asimilarán a ese mejunje de corpol cada vez más totalitario, pero los musulmanes no admiran la democracia occidental, la desprecian, la consideran decadente, no se asimilan en su gran mayoría, ven con simpatía el terrorismo, muchos entienden la inmigración como una vía para conquistar una Europa sin valores relevantes e islamizarla. Para España es especialmente peligroso, porque el recuerdo de Al Ándalus pervive fuertemente en ellos.

   ¿Por qué las oligarquías de la UE amparan esa inmigración y tratan de impedir cualquier resistencia a ella aplicando conceptos-policía como la de islamofobia, que intentan convertir incluso en un “delito de odio”? En parte porque el cristianismo, base de la cultura europea, es visto como el gran obstáculo a superar, y la presencia del islam ayuda a ello; en parte porque, como decía, tienen la idea ilusa de que los islamistas se integrarán. Por otra parte, aunque la UE se presenta como salvaguardia de la paz, es más bien lo contrario. Su otra cara, la OTAN, lleva años sembrando el caos en diversos países islámicos. Y un resultado de ello es la afluencia masiva de inmigrantes islámicos a Europa. La necedad de Angela Merkel es asombrosa. Diríamos que en el pecado llevan la penitencia, solo que la penitencia recae sobre todos nosotros. 

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Liberalismo (X) Ideología y religión (b) El Hombre como divinidad

En “Una hora con la Historia” trataremos el próximo sábado sobre los ideólogos de género, que vienen marcando la política cultural actual, y sobre la “Desbandá” de Málaga

**   En el Blog de Gaceta, el inevitable abocamiento a la justificación de la pederastia en la ideología “progre”.

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Pero ocurre  que,  así como la idea de Dios es intuible en términos racionales, pero indefinible por la razón, el Hombre debe ser bien definible racionalmente para sí mismo, y aquí entramos en tierras nebulosas. Sin duda es una abstracción, pero ¿a qué responde? ¿Qué es el Hombre? ¿Es la Humanidad, la Sociedad o la Colectividad, que permanece por encima del carácter efímero del individuo y es superior a este en todos los aspectos? ¿O es más bien el Individuo, que entra a menudo en conflicto con la Sociedad, pero sin el cual no se concibe esta?

   ¿Y cuáles son las potencias o cualidades que caracterizan al Hombre? Su endiosamiento descansa en la sensación de que puede entender (aunque sea progresivamente) al Universo y ponerlo a su servicio: esta capacidad ya lo sitúa en cierto modo por encima del Universo, pues este, la materia, es incapaz de entenderse a sí mismo, y las fuerzas que la mueven carecen de cualquier objetivo o sentido precisable. El Hombre puede sentirse así divinizado, si bien su capacidad, real o ilusoria, de entender el Cosmos y someterlo a sus designios no se la ha dado el Hombre a sí mismo, es un don recibido. Comoquiera que sea, cada ideología ha expuesto su idea sobre la condición humana, idea chocante con las de ideologías  rivales.

El argumento de las ideologías contra la religión se expresa a menudo en términos históricos, comparando la llamada Edad Media, “los siglos oscuros”, con la triunfante era de la Razón desde la Ilustración, más el precedente del Renacimiento. El Medievo vendría marcado por una pobreza prácticamente generalizada, por el hambre y  las enfermedades y una vida corta,  sin apenas distracciones en largos siglos de opresión, ignorancia y violencia. Una situación estancada, sin apenas cambios,  que la religión mantenía y justificaba predicando la resignación ante la voluntad divina, manifiesta en tales calamidades por efecto del pecado original.

   En cambio, el triunfo de la Razón habría cambiado radicalmente tal estado de cosas: el poder y la ciencia humanas progresan en un movimiento acelerado sin reconocer ningún límite; la riqueza y el consumo de masas se universalizan: cualquier obrero manual dispone de muchos más bienes y de una vida más cómoda, no ya que los siervos medievales, sino que los grandes señores de aquella época; y tiene a su alcance los productos de una gigantesca industria de la diversión y el entretenimiento para distraer sus ocios o para culturizarse. Hoy, la razón y la ciencia aplicadas han permitido que la población mundial se haya multiplicado y viva muchos más años de promedio, mientras que la pobreza retrocede.

   No puede extrañar que uno de los efectos de la nueva época haya sido el rechazo a la religión, a veces activo en forma de persecuciones sangrientas, acaso lamentables pero en definitiva merecidas,  otras veces rechazo político, confinando las creencias religiosas a  una inocua y en cierto modo ridícula conciencia particular; y, en general, una indiferencia popular creciente.  Esta visión de las cosas ha sido aceptada en mayor o menor grado incluso por gran número de cristianos, y desde luego se ha extendido mucho, dada su aparente evidencia.

   Sin embargo se trata de una caricatura en la que es difícil discernir la verdad de la falsedad. Ciertamente ha habido  diversos movimientos culturales con aspectos revolucionarios en la historia europea, pero ¿acaso no existe por debajo de ellos una continuidad esencial? En mi ensayo sobre Europa destaco cómo, al caer Roma, fue la Iglesia con su organización y monasterios la que mantuvo la civilización, con esfuerzos heroicos frente a oleadas de invasiones. La llamada Alta Edad Media, que yo prefiero llamar de Supervivencia,  los monasterios y obispados fueron un refugio de la cultura en circunstancias dificilísimas, que solo cierto embrutecimiento intelectual y espiritual puede permitirse despreciar. Sin aquel inmenso y a menudo heroico esfuerzo, no habrían sido posibles los movimientos posteriores, incluidos los ideológicos.  

    Superada una época tan azarosa, la civilización europea se asentó, la Iglesia continuó siendo el  mayor foco de cultura, una cultura muy viva en todos los terrenos en el Románico y el Gótico, con, entre otras cosas, la evolución de las escuelas a las universidades, que en adelante constituirían la columna vertebral de la civilización europea, hasta hoy mismo.

   Por otra parte, nació entonces, afianzado en la Ilustración, el pensamiento científico y las técnicas no cesaron de desarrollarse al ritmo entonces posible. La fe nunca excluyó la razón y la ciencia, aunque los límites, conflictos y tensiones entre fe y razón fueron permanentes y en general fructíferos. Son las ideologías las que no admiten la fe religiosa, y no a la inversa, aunque, como hemos visto, se ven forzadas a crear otro tipo de fe. La ciencia y la técnica son acumulativas, y si observamos las cosas en la perspectiva histórica, podemos concluir que la autoatribución de la ciencia, la técnica, la libertad o la riqueza por parte de las ideologías no deja de ser una usurpación. Es seguro que sin dichas ideologías la ciencia y la técnica se habrían desarrollado de modo parecido, aun si en algunos aspectos las ideologías pueden  haber contribuido a impulsarlas. Y la oposición a poderes despóticos es una constante en el pensamiento y en la práctica europeos: la democracia liberal, un experimento reciente, es uno de sus productos y probablemente no el último. Por otra parte, la gran mayoría de científicos e inventores a lo largo de siglos han sido al mismo tiempo creyentes, y en gran parte siguen siéndolo. Con los pensadores puede que no pase lo mismo: desde la Ilustración muchos se han declarado ateos o agnósticos, e influido sobre el resto de la intelectualidad, los políticos y la gente común.

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…En cuanto a su novela “Gritos y golpes”, otras cuestiones aparte, me parece la mejor novela de aventuras en la literatura española. O, mejor dicho, menos presuntuosamente, la mejor de las novelas de aventuras que yo conozco en la literatura española y no solo; y conozco bastante (…)

Una interpretación se me ha ocurrido: ¿no se puede interpretar como una lucha contra el padre, una lucha inconsciente, sin saberlo, y que cuando el protagonista llega a saberlo siente que se hunde psicológicamente? ¿Qué le parece?… Wenceslao López

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Liberalismo (IX) Ideología y religión (a)

“Una hora con la Historia”. Cómo se fabricó un mito del que la izquierda ha sacado infinitas rentas y legitimación política: https://www.youtube.com/watch?v=xWeyfHiI8zk&t=1551s  

Blog I.  Apología izquierdista de la pederastia: http://gaceta.es/pio-moa/apologia-izquierdista-pederastia-06022017-1102

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  En apariencia, la diferencia entre religiones e ideologías  no es excesiva, ya que ambas cumplen una tarea semejante, la de proporcionar “mapas” al ser humano para orientarse en la vida; y a lo largo de la historia esos mapas han sido útiles a individuos y pueblos, como demuestra el hecho de que la especie humana permanezca, habiendo sobrevivido a todo tipo de avatares. Podríamos pensar, por ello que, o bien  esos mapas tienen un fondo de verdad común a todos, pese a sus diferencias, o bien, precisamente por sus diferencias, que todos son pura ilusión y que la vida en general y el ser humano en particular, se desarrollan por alguna fuerza oscura al margen de cualquier mapa que se quiera imaginar; o bien que hay mapas mejores y peores, lo que podría demostrarse de algún modo, por ejemplo atendiendo al grado de poder y bienestar material, esto es, mensurable, proporcionado a las sociedades humanas. Baste aquí plantear estas disquisiciones, porque nos importa más explorar la diferencia entre los mapas religiosos e ideológicos.

   Decimos que en la historia europea se ha dado un fenómeno creo que único, a cuyas raíces he intentado aproximarme en mi ensayo sobre Europa. En ninguna otra civilización ha habido una revuelta de la razón contra la fe, de la ideología contra la religión. El fenómeno de abandono de la fe religiosa se ha presentado sin duda desde siempre, pero generalmente en el plano individual y sin mayores consecuencias sociales. Ya dice la Biblia. “Piensa el necio en su corazón: no hay Dios”. En el helenismo se produjo entre las clases altas un abandono de la fe en los mitos, debido a la especulación racional, pero no una revuelta contra la religión, la cual, también muy racionalísticamente, se consideraba útil para mantener al pueblo calmado y obediente. Así lo expresa Polibio cuando contrasta la intensa religiosidad romana con el escepticismo helenista. Por otra parte, en Roma se produjo una evolución parecida a la helenista, de abandono de la fe religiosa por parte de las clases altas y cultivadas. Por cierto que ideas parecidas encontramos en ilustrados como Voltaire: la religión es buena para el pueblo, porque de otro modo el crimen y la revuelta se extenderían por la sociedad. 

    Ya hemos visto que ideologías y religiones cumplen un papel social muy semejante, y que ambas implican una fe, incluso una mística, por lo que podríamos  pensar que en la práctica ambas cumplen el mismo papel y tienen un mismo fondo de veracidad, o de no veracidad: las religiones serían ideologías, y las ideologías religiones, con tales o cuales matices. Sin embargo las diferencias son más básicas y no precisamente de matiz. Simplificando, diremos que la religión pone la situación y el destino del hombre en manos de una divinidad o espíritu (o de varios), mientras que la ideología pone al ser humano en manos del propio ser humano. El Hombre, condensado en la Razón, sustituye a Dios.  

    El reconocimiento de la divinidad provoca la reacción psíquica de la adoración a una fuerza exterior e inmensamente superior, solo parcialmente comprensible para la razón humana y que ha creado al propio ser humano. ¿Ocurre algo semejante en las ideologías? De hecho sí: se produce algo muy parecido a la adoración al Hombre, a la Humanidad, o a partes de ella como el Proletariado, la Raza, la Sociedad, el Individuo; incluso a expresiones prácticas de su razón como el Comercio, visto en ciertas corrientes ideológicas como la panacea salvífica y evolutiva de la Humanidad. Las ideologías compiten entre sí de manera apasionada, apelando todas ellas a la Razón, y su competencia estalla no pocas veces en guerras y violencias. Aun así, puede decirse que la diferencia con las religiones es escasa, ya que hay abundante experiencia histórica de conflictos intelectuales y armados entre religiones, e incluso en el seno de una misma religión.

    La autoadoración del hombre se expresa de mil modos, sobre todo negativos hacia la religión, al menos la cristiana: por ejemplo, frente a la promesa de un más allá celestial propone un más acá terrenal como un paraíso o lo más semejante que sea posible a él. Aunque ninguna ideología promete explícitamente el paraíso, una concepción religiosa, la idea está implícita en todas ellas: el hombre puede desarrollarse en plenitud,  superar las alienaciones y ser “plenamente humano”. 

    Esta idea del paraíso tiene un contenido psicológico profundo: consiste en la sustitución de la moral para retornar a la inocencia originaria del instinto, a un nivel en que la vida humana alcanzaría una especie de plenitud. El humano desarrollaría todas sus potencialidades –supuestas inmensas e ilimitadas–, de acuerdo con su bondad intrínseca, natural, perjudicada por la historia con sus opresiones, explotaciones y violencias. Así, el mal consistiría simplemente en los obstáculos –el poder, la sociedad, la religión, el sistema económico…–  opuestos a la vuelta del hombre a su bondad natural, instintiva.

   En la lucha contra esos obstáculos y las personas atrasadas, irracionales o reaccionarias que los encarnasen, el mal quedaría superado y la moral misma desaparecería, ya que esta se define por el contraste entre el bien y el mal, y tal contraste dejaría de existir.  Las ideologías sitúan el mal fuera del hombre:  en la sociedad, en el poder, en el estado y el sistema económico, en la religión misma como emanación de una opresión ancestral. Idea contradictoria, porque la sociedad, el poder, la religión y demás son creaciones humanas, a menos que los supongamos producto de fuerzas ajenas al hombre y que se le imponen. La idea de la alienación, en último extremo, supone esto último. Con lo que volveríamos al principio: se reconoce una divinidad o algo parecido, una divinidad malvada, como demostraría la historia, y el hombre debería emanciparse, alcanzar la plenitud, extirpando su influjo:  otra idea en sí misma contradictoria, dado el poder atribuido a la divinidad, absolutamente incontrastable para el Hombre.  

     Pero ocurre  que,  así como la idea de Dios es intuible en términos racionales, pero indefinible por la razón, el Hombre debe ser bien definible racionalmente, y aquí entramos en tierras nebulosas. Cada ideología ha expuesto su idea sobre la condición humana, idea chocante con las de ideologías  rivales. Por tanto, ya que se trata del bien del Hombre, de la Humanidad, ¿cómo medir ese bien? Una manera sencilla es recurrir a lo que parece más evidente: no solo los hombres, sino también los animales, tienden a vivir cómoda y abundantemente. El bien y la felicidad para los humanos consiste en alcanzar, a su nivel,  el “bienestar” que haría innecesarias las guerras, los conflictos violentos o las rivalidades, situación posible gracias a una abundancia de bienes materiales que todas las ideologías prometen, como veíamos al señalar la concepción sobre el fin de la historia (o de la prehistoria, en términos marxistas).

 

  

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