Por qué la moral no puede basarse en la razón: el hombre como animal moral

**Este martes, 14 de abril, sale al público Los mitos del franquismo, en editorial  La esfera de los libros

Blog I. 14 de abril, República y Franquismo:http://www.gaceta.es/pio-moa/14-abril-republica-franquismo-13042015-1007

**Actualmente disponemos de medios para mantener Cita con la Historia durante abril y la mitad de mayo. Necesitamos un apoyo mayor, no solo en forma de aportación económica, sino también de difusión del programa, que pueden hacer nuestros oyentes. Queremos insistir en ello, porque Radio Inter, desgraciadamente, tiene una cobertura escasa que le impide llegar a toda la gente que de otro modo sería posible. Las redes sociales pueden desempeñar un buen papel en ello.

Sesión del último domingo: Franco y Hitler en torno a la guerra mundial: https://www.youtube.com/watch?v=A174UBjvUIY

 

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Simplificando, podemos decir que el sentimiento produce el arte y en cierto modo la religión; y la razón las ideologías y la ciencia. Como decíamos, la esfera del sentimiento queda fuera del terreno de la razón, aunque ello no impide que la razón se ocupe del sentimiento, por ejemplo en la crítica literaria. Pero la crítica, por razonable que resulte, es algo muy distinto de la creación literaria, y muy a menudo no consiste en otra cosa que en la exposición de sentimientos mejor o peor disfrazados de razonamiento. La inversa también se da: el impulso razonador se basa en sentimientos, pero sus resultados deben emanciparse hasta cierto punto de estos, para tener validez.

   Hay otro extenso ámbito fuera del terreno de la razón:  la moral. Para entenderlo conviene recordar que no existe “La Razón”, sino muchas y variadas razones, y por tanto, cuando se intenta basar en ellas la moral, el resultado son morales diversas. Tradicionalmente, la moral partía de la religión como parte de ella, pero las ideologías han  tratado de elaborar morales acordes con sus propios principios, y así existen una moral comunista, una moral liberal, una moral nazi, fascista, etc., que llegan a oponerse radicalmente. La moral comunista, como la nazi, afirman partir de la ciencia, y sus resultados no parecen muy alentadores. Curiosamente, ambas decían encontrar en  elk darwinismo uno de sus pilares. 

   Examinando la historia, vemos que la moral surge espontánea y necesariamente de la sociedad humana, lo mismo que ocurre con  la religión, el arte, el poder o  la técnica. Todos esos “territorios” están muy interrelacionados,  pero son autónomos y no pocas veces  chirrían y chocan entre sí.  Como el ser humano vive desde el pecado original en la esfera de la moralidad, del bien y el mal, sabemos que los productos humanos, como el poder, el arte o la técnica, pueden tener y a menudo tienen derivaciones malvadas, y son las concepciones y principios morales los que deciden al respecto. Pero ¿sobre qué principios pueden hacerlo?  No sobre la razón, por la causa dicha. Tampoco sobre la convención mayoritaria, pues siempre quedará una minoría (susceptible de convertirse en mayoría según las ocasiones) que rechazará las normas y leyes  decididas por la mayoría ocasional.

   ¿A qué puede atenerse entonces la moral? Tradicionalmente se hacía referencia a una ley natural, no escrita ni escribible, pero que de un modo u otro debe inspirar las normas sociales y  la valoración de las conductas y productos humanos. Sin embargo, la invisibilidad de la ley natural, no emanada de la razón aunque más o menos perceptible para esta, hace dudar de esa ley, también por su implícito carácter religioso (ley insertada por Dios en la naturaleza humana),  y a esa cuestión alude el libro coordinado por Francisco J. Contreras y escrito en gran parte por él, El sentido de la libertad. Contreras encuentra una continuidad entre la ley natural y los derechos humanos aunque, como hemos observado, se les llama “humanos” y no “naturales”, precisamente para imponerles un principio  racionalista y teóricamente no religioso. Esos derechos parten de una convención entre la gente, no de una imposición religiosa no racional. Lo cual vuelve a llevarnos , en círculo vicioso,  al problema de quién decide  esos derechos (y su garantía, aunque  este es otro problema, parece que Usa y la UE han decidido erigirse en árbitros de los derechos humanos, con lo que de momento han creado caos y guerras civiles en el mundo islámico).  Porque la idea parte de, o lleva implícito, el aserto de que todos somos iguales. Por tanto, nadie tiene la obligación de acatar leyes y derechos decididos por otros, aunque sean la mayoría.

   Así pues, el carácter moral del hombre –como su carácter racional–  debe remitir a otro rasgo humano, debe encontrar una fundamentación fuera de sí mismo. En ese sentido nos aproximamos a la tesis de principio, del hombre como animal religioso, que fundamentaría las demás características. Pero ello presenta asimismo serios problemas.

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Fukuyama:

“El fin de la historia será un tiempo muy sombrío. La lucha por la fama, la capacidad de arriesgar la vida por un fin abstracto, la lucha ideológica mundial en que se manifiesta bravura, coraje, imaginación e idealismo serán sustituidos por cálculos económicos, por una perenne solución de problemas técnicos, por las preocupaciones sobre el medio ambiente y la satisfacción de demandas refinadas de los consumidores. En el período post-histórico no habrá arte ni filosofía, solo la permanente vigilancia del museo de la historia humana.Puedo sentir en mí y observar en otros una profunda nostalgia por el tiempo en  que existía la historia.  Esa nostalgia continuará alimentando  por algún tiempo la competición y el conflicto incluso en el mundo post-histórico. Aunque reconozco su inevitabilidad, tengo sentimientos muy ambivalentes hacia la civilización creada en Europa desde 1945 con ramales en el Atlántico Norte y en Asia. Quizá esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento en el fin de la historia permita hacer que la historia comience una vez más.”

En cierto modo, la tesis de Fukuyama venía adelantada por Fernández de la Mora en su obra El crepúsculo de las ideologías.

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El hombre como animal racional

Blog I: Males de la mediocre historiografía española:http://www.gaceta.es/pio-moa/males-mediocre-historiografia-espanola-11042015-1331

**Este domingo, en “Cita con la Historia” trataremos la relación entre Franco y Hitler en torno a la guerra mundial. 

**A partir del próximo día 14 estará en librerías  Los mitos del franquismo: http://www.esferalibros.com/libro/los-mitos-del-franquismo/

**Seguimos en campaña para obtener financiación para “Cita con la Historia”, que puede escucharse los domingos, de 4 a 5 de la tarde en Radio Inter. Por desgracia, esta emisora no puede escucharse en la mayor parte de España, pero los programas están accesibles en podcast y en you tube.

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También apelamos a nuestros oyentes  para que difundan y den a conocer el programa, en sus círculos de conocidos y en las redes sociales

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 Una evidencia es que  los seres humanos razonan, es decir, crean conceptos y los  relacionan o combinan según ciertas exigencias que llamamos lógica, y obran más o menos en consecuencia.  De esa capacidad dependen muchas otras, como la de comunicar saberes, fabricar herramientas, etc. Viene a ser la capacidad de conocer y poner orden en el conocimiento tanto del enigmático  mundo exterior,  desvelable al menos parcial y progresivamente,  como del propio ser humano, que viene resultando más difícil. La razón creado la ciencia,  sistemas filosóficos,  ideologías, formas políticas, y podría ser la facultad humana más elevada y constitutiva, que resume o condiciona a las demás, y así ha solido juzgarse desde Aristóteles. Los animales obran por instinto, el hombre, con más o menos acierto,  por la razón, por el cálculo y la lógica, según la definición dicha. Se ha llegado a suponer, sobre todo  desde la Ilustración, que la razón, deductiva e inductiva, permite establecer principios universales con arreglo a los cuales podría y debería obrar el ser humano. Con lo que, alcanzados esos principios, el hombre podría conducirse con una seguridad semejante a la del instinto en los animales y prescindir de la religión.

   No obstante, algunas observaciones nos indican que esas aspiraciones  o pretensiones son, a su vez, poco razonables:

  1. La razón deja fuera de sí un vasto campo de la experiencia y conducta humana: la de las emociones, sentimientos y pasiones, productoras a su vez de las artes. El arte, desde la literatura a la música, no responde a la razón ni a exigencias racionales y se le ha considerado, en todas partes, como una de las manifestaciones más propias y elevadas de la naturaleza humana. Siempre ha habido un conflicto más o menos agudo entre el sentimiento y la razón, y esta, en algunos pensadores, ha tratado de imponerse. En España el pensador aristotélico Fernández de la Mora, autor del sistema que llama razonalismo –para distinguirlo del racionalismo, que no admite límites a la razón–  defiende al logos frente al perturbador pathos  juzgando que a la larga el predominio del primero se alcanzará de modo casi absoluto. El sentimiento y sus productos, a menudo tan poco razonables o racionalizables, irán perdiendo peso hasta incluso desaparecer. El hombre  llegaría a ser así plenamente racional. Aunque admite  límites de principio, de índole religiosa, su concepción  en la práctica lleva a rechazarlos. Pero se trata de un supuesto  difícil de aceptar, que mutilaría partes esenciales de la condición humana. Curiosamente, y por una vía opuesta, Fukuyama lleva a conclusiones parejas.
  2. La razón carece de dinámica propia. Aunque se oponga a menudo a los sentimientos, ella misma solo funciona a partir de sentimientos y hasta de auténticas pasiones: la pasión por conocer y explicarse el mundo y la vida propia, combinada con otros sentimientos como el deseo de reconocimiento, de fama, de honores, de dinero, la rivalidad con otros “razonantes”, incluso el odio, etc. Estos sentimientos pueden dar lugar,  sucede con frecuencia, a fraudes y desviaciones en el uso de la razón, pero sin ellos esta no funcionaría
  3. El concepto de “animal racional” ha producido históricamente, sobre todo desde la Ilustración,  el culto a una Razón supuestamente segura e indiscutible, capaz de superar los errores y de enderezar  las muy diversas “desviaciones” de ella observadas en la práctica. Esa Razón permitiría eliminar los conflictos y divergencias entre humanos, conduciéndolos por una vía  universalmente conveniente  y comprensible para todos. Pero en la vida  corriente comprobamos que el abanico de conductas, muchísimo más variadas que las que permite el instinto,  provocan un constante rozamiento y choque entre ellas, y las correspondientes razones, hasta en los mínimos detalles de la conflictividad más cotidiana y trivial.  Las conductas humanas pueden ser muy contrarias de unos individuos a otros, lo pueden ser incluso en un mismo individuo,  de hecho eso es lo que normalmente ocurre; y al mismo tiempo todas se apoyan siempre, a priori o a posteriori, en algún razonamiento.  Incluso en las conductas que parecen más disparatadas es posible discernir una lógica profunda por la cual se producen, por la cual existen, se las acepte o no, aun si esa lógica contradice sus  argumentos justificativos. Por ejemplo, en conductas fraudulentas o delictivas — pero no solo– encontramos de un lado las justificaciones razonadas del delincuente, y del otro el razonamiento general que trata de explicar tales conductas  con otros argumentos, achacándolas a una perturbación mental, por ejemplo, o a traumas infantiles, a maltratos previos, a “la sociedad”, etc. Los abogados en los tribunales llegan a elaborar razonamientos  extraordinariamente rebuscados, y las sentencias no remiten a la razón, sino a la ley, la cual tampoco remite a la razón, sino a unas convenciones más o menos compartidas y a un poder para imponerlas.
  4. Subiendo un escalón, algo parecido ocurre con las diversas y enfrentadas ideologías que aspiran a  encauzar las conductas humanas: todas ellas vienen provistas de un arsenal de razonamientos y pretensiones de universalidad que convencen a unas o a otras personas. Y subiendo un escalón más, la historia de la filosofía, máximo ejercicio de la razón, ha dado lugar a muy diversos y opuestos sistemas, análisis y valoraciones; y, más aún, a la inversa, cada sistema aparentemente completo y logrado, ha originado divergentes interpretaciones y escuelas a partir de él. La más evidente experiencia histórica  nos muestra que la razón nunca ha operado en una dirección, excepto, hasta cierto punto, en las ciencias físicas. Encontramos, por tanto, razones y razonamientos muy variados, y hasta ahora la idea de una Razón superior  capaz de convencer y a la que podrían atenerse todos los humanos no pasa de entelequia.
  5. Desde el punto de vista del hombre como animal, podemos considerar la razón como su arma o instrumento especial y privativo de supervivencia, con un fin común a los demás animales, bajo las exigencias perentorias de alimentarse, reproducirse, luchar o huir del peligro y de la muerte (lo último en vano finalmente).  La razón sería el “órgano”  distintivo gracias al cual el ser humano se “realiza” como animal; el equivalente a las garras de los felinos  o a las pezuñas o el olfato de los herbívoros, un instrumento que le permite conocer  el entorno de modo más preciso y más diferenciado que los demás animales, y crear otros instrumentos no corporales, indirectos. La razón podría entenderse como un instrumento creador de instrumentos, siempre con el fin preciso de asegurar la supervivencia. Su manifestación más evidente y precisa es la técnica. La razón, o mejor dicho, el razonamiento, rige también las relaciones entre los humanos, con el fin, más indirecto pero evidente, de mantener la subsistencia de la especie. Este concepto de la razón como un medio especial para lograr los objetivos comunes a los animales,  puede completarse con la idea de que la razón desvaría cuando atiende  a otras cuestiones inmateriales o “metafísicas”, y es la base misma de ideologías tan variadas como el marxismo, la masonería, ciertas corrientes liberales: la historia y la naturaleza humana se explicarían por el desarrollo de la razón –de la técnica, en definitiva—para satisfacer las necesidades y deseos humanos, en  nada esencial diferentes de los animales.
  6.      De acuerdo con ese pensamiento digamos tecnocrático, cabría entender la vida humana como un esfuerzo por  satisfacer las necesidades animales mediante un consumo cada vez más complejo y refinado . Satisfacción que la renta per capita mediría grosso modo. Esa satisfacción constituiría esencialmente el sentido o significado de la vida, y en ello consistiría el progreso, al que suele asociarse la paz, la “calidad de vida” e incluso la felicidad. Con una “calidad de vida” generalizada, los humanos volverían a algo parecido al paraíso, a condición de que todos descartasen preocupaciones de otra índole, ilusoriamente “idealista” o espiritualista, y se ciñesen a la razón, o a esta clase de ella. En su  ensayo sobre “El fin de la historia” gracias al triunfo universal, que entonces pareció seguro, de la democracia liberal al caer el comunismo, Fukuyama trazaba un sombrío panorama de una humanidad centrado en la administración de la economía, donde los sentimientos y las pasiones habrían dejado de tener lugar y sentido. Nuevamente encontramos una visión extremadamente mutiladora de la naturaleza humana, y un objetivo en el fondo totalitario.
  7.  Así, la experiencia nos dice que la racionalidad no conduce necesariamente a una conclusión y conducta única y no contradictoria. Y la propia razón nos indica que ello se debe a la propia naturaleza humana, ya que de otro modo esa Razón se habría impuesto desde el principio. De modo que la definición del hombre como animal racional, sin ser errónea, es insuficiente. El hombre es algo más que eso, no puede explicarse solo por la racionalidad.
  8. Además, la idea de una Razón  universal y necesaria contradice, por otra parte, otro rasgo decisivo del autoconcepto humano: la libertad, una idea sumamente difícil de definir, pero siempre intuida de un modo u otro. Algunas ideologías han intentado armonizar las dos cosas  definiendo la libertad como “la necesidad hecha consciente”, o similares. La “necesidad” sería precisamente la conclusión universal de la razón.  Es una armonización obviamente ilusoria: la libertad no se opone a la razón, pero sí a la Razón. El culto a la Razón significa generalmente que algunas personas consideran su forma de razonar  sobre el mundo y el hombre como  la expresión perfecta de la razón, lo que deriva fácilmente al intento de imponerla por todos los medios.  Pues suena muy razonable someter, de buen o mal grado, al hombre remiso a guiarse por la Razón. El cual,  al no ser suficientemente racional para aceptar lo que le conviene, tampoco sería suficientemente humano, y por tanto sería susceptible de ser tratado en consecuencia.
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“Los mitos del franquismo”

El próximo 14 de abril (fecha simbólica) sale a las librerías “Los mitos del franquismo”, que completa “Los mitos de la Guerra Civil”. Dedicado “a cuantos respeten la verdad y sientan la necesidad de defenderla”.

ÍNDICE

Prólogo 

Introducción: “uno de los hombres más odiados del siglo XX”. 

  1. El día en que se hundió la II República 
  2. La Guerra de España entre las guerras del siglo XX 
  3. ¿A quiénes derrotó Franco? 
  4. Falangistas, potentados, generales y obispos 
  5. Pan negro, tristeza y fusilamientos 
  6. “Esposa abnegada, madre amantísima y católica ejemplar” 
  7. ¿Por qué no entró España en la guerra europea? 
  8. Franco, Hitler, Mussolini 
  9. ¿La unidad militar más humanitaria de la II Guerra Mundial? 
  10. Los Aliados frente a España. 
  11. Franco, Churchill y Roosevelt 
  12. El mundo contra Franco 
  13. Por qué fueron vencidos  el maquis y el juanismo. 
  14. La polémica  en torno a Ortega y Unamuno, y el “páramo cultural”. 
  15. La derrota del aislamiento 
  16. Del maquis a la reconciliación nacional comunista. 
  17.  Los años 50, ¿una década perdida?
  18. El papel de España en la guerra fría
  19. Los años dorados del franquismo.
  20.  El Opus Dei se impone a la Falange
  21. “Obreros y estudiantes contra la dictadura”
  22. La ETA, el genocidio  vasco y el asesinato de Carrero Blanco.
  23. La Iglesia sacude los cimientos del franquismo
  24. Muerte de Franco y carácter de su régimen
  25. Franco entre los militares y políticos de su tiempo
  26. La Transición: ruptura contra reforma.
  27. Atifranquismo y democracia
  28. El legado del franquismo

    Apéndices

    I: Testamento político de Franco

    II. La personalidad de Franco en opiniones varias

    III. Frases del Caudillo

    IV. ¿Qué es un historiador?

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El caso Lubitz / Asesinato del padre.

**Blog I: El negocio/timo de la violencia de género: http://www.gaceta.es/pio-moa/negociotimo-violencia-genero-04042015-1243

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Un análisis sobre  el mal resultado de VOX: http://archipielagoduda.blogspot.com.es/2015/03/el-futuro-de-vox.html

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 Si Lubitz se hubiera suicidado él solo, no habría aparecido en la prensa ni interesado a nadie más que a su círculo íntimo, y eso es lo que habría ocurrido, como en miles de otros casos, si la causa hubiera sido una simple depresión. Pero, según su ex novia, aspiraba a que todo el mundo conociera su nombre, y lo consiguió asesinando con él a otras 149 personas. Ello  indica que no debía de estar en fase depresiva, sino de  euforia o manía de grandeza.

   El ansia de fama, de  destacar y alcanzar una gran importancia,  ha sido y es una motivación poderosa detrás de muchas conductas y acciones,  no solo las consideradas habitualmente meritorias, sino también otras malvadas: “Sive bonum, sive malum, fama est”. La fama proporciona algo parecido a la inmortalidad, aunque solo sea del nombre –al que tan unido va el propio yo–, el cual no desaparece de la memoria social.   Ante la duda sobre la inmortalidad general de las almas,  la de los nombres en el medio social ofrece al menos cierta garantía. En algunas épocas, como el Renacimiento, fue exaltada la relativa inmortalidad de la fama, y hoy percibimos el mismo impulso en formas degradadas como la plaga del  famoseo, logrado a costa, generalmente, de la propia vergüenza: una forma de inmortalidad, pues queda reseñada en los periódicos y demás medios, mientras que las vidas y acciones de la inmensa mayoría quedarán subsumidas en la corriente inmensa del anonimato.

   Pero matarse asesinando para sobrevivir en la memoria de los demás, sin ningún otro motivo adicional (ideológico, por ejemplo), revela en su perturbación  extrema  el sinsentido aparente de la vida: Lubitz  no podrá gozar de su fama como suelen los “famosos”, aunque  tampoco podrá ser castigado por su acción. La cual revela así dos datos, deliberados o no: dependencia total de la opinión de la sociedad, a la que impone el reconocimiento de su nombre; y absoluto desprecio por la sociedad misma, que ya no podrá hacer justicia con él. Como si dijera, insolentemente: “Mal que os pese  hablaréis y especularéis sobre mí sin tasa en el mundo entero, y no podréis vengaros por un acto que  calificaréis de crimen horroroso”. Probablemente, Lubitz no  creía en un más allá,  quizá se habría educado, como hoy tantos, en la doctrina del Imagine de Lennon: “No hay cielo ni infierno”. Por tanto, si la vida aquí nos va mal o simplemente  no nos satisface, si la sociedad no nos proporciona lo que deseamos, cualquier  reacción es posible y lógica. Nadie, desde esos parámetros, podría juzgar el caso Lubitz de otro modo que como una eventualidad perfectamente inteligible.

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Leída su novela. Clave: la muerte (¿asesinato?) del padre por el protagonista. Como si las peripecias de Berto y su amigo fueran una larga odisea inconsciente para vengar el crimen inicial,  cuando el padre mata a la madre y está a punto de hacer lo mismo con el propio Berto, o sea, con su hijo, a quien no conoce.  Llegado el desenlace, Berto averigua que va a matar a su padre y se escaquea  (¿cobardía?). Pero no hace el menor intento de salvarlo. Para comparar la cosa: en cambio se ha esforzado por salvar al jefe comunista de Vigo, y eso que solo libraría  al comunista de alguna paliza y de la cárcel. Él no tiene el menor remordimiento por la muerte del padre,  él ha organizado la operación, sin saber quién era, y cuando lo sabe está plenamente de acuerdo hasta el final: solo quiere evitar tener  su sangre  sobre sí, y en realidad la tiene, le guste o no.  Desde luego, el padre ha matado a  su amante, la madre de Berto, y solo ese crimen podía justificar  la venganza del hijo, aparte la oposición ideológica.  

Cuando Berto se entera  de quién va a ser su víctima, “se cae de culo”, como quien dice, una reacción muy vulgar.  Solo más tarde la tragedia se le hace presente y le provoca una crisis nerviosa: en su padre se reconoce, ha matado a quien le ha engendrado, a quien le ha empujado a la vida, ha matado a la mitad de sus genes, la mitad de sí mismo.  Choque es tan fuerte que ahí acaban sus aventuras. Su único asidero es Carmen, pero aceptar la vida tranquila, doméstica, burguesamente productiva que ella trata de imponerle significa renunciar también a sí mismo.  Tiene algo de suicidio. Uno juraría que si sus hijos le salen tan poco como él quisiera se debe a que él ha renunciado a ejercer su misión de orientador paterno.

   La esencia del relato la veo así: el padre mata a la madre y el hijo mata a su vez al padre.  Como una Orestiada con los personajes algo cambiados. Solo que la justicia o venganza no es aquí voluntaria, sino que se produce después de una larga  e indirecta peripecia y de forma inconsciente, llega a ocurrir por azar. Un azar bajo el que nos parece alentar una  lógica  extraña, vamos a decir, misteriosa. La novela me ha asombrado. En la literatura española del siglo XX creo que no hay un argumento parecido. Antonio Pérez (sin broma) 

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Los mitos de la Inquisición española

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  El viernes pasado se cumplió el aniversario del encarcelamiento  de fray Luis de León (dos años y medio) por la Inquisición, debido a falsas denuncias de  otros clérigos (las rivalidades entre órdenes religiosas  llegaban a ser feroces). Como escribió la víctima, Dios nos libre de un necio tocado de religioso y con celo imprudente, que no hay enemio peor, o  Es fuerte cosa un necio que presume de santo, que todo le escandaliza y en todo halla su parecer qué reñir. Pero fue también una época de extraordinaria vitalidad religiosa en España, que se anquilosaría ya entrado el siglo XVII.

   Desde luego, esas injusticias han pasado, pasan y pasarán en todos los países y épocas, no son privativas  de la Inquisición o de España, como cree tanto majadero palurdo (Hace algún tiempo salieron de prisión, en Inglaterra, unos irlandeses que habían pasado muchos años en la cárcel acusados falsamente de un crimen del IRA en el que no tenían que ver. Un caso entre muchos en cualquier país). Y no es menos importante el hecho de que  el fraile e intelectual fuera absuelto y reintegrado a su cátedra.   

   Un inflagaitas va soltando por ahí que la “la marca España es la Inquisición”, la cual también atribuye al franquismo. Pero, ojo al dato, el fulano en cuestión es cuñado de Esperanza Aguirre y diplomático con treinta años de carrera, en la que habrá estado insultando y desprestigiando a España allí donde haya ido. Creo recordar que Fernández de la Mora ya se refería en sus memorias a la  degradación de nuestra carrera diplomática, antaño tan prestigiosa.

    Bien, el viernes, en el programa de Javier Esparza tratamos la cuestión de la Inquisición, cuyos puntos resumiré:  

  1. La Inquisición debe entenderse en el clima de la época en toda Europa, cuando la cuestión religiosa iba muy estrechamente ligada a la política, lo que daba lugar a todo tipo de persecuciones. Los protestantes, por ejemplo, realizaron verdaderas matanzas de católicos en Inglaterra, Alemania, Francia y otros lugares, junto con destrozo de templos y robo de bienes eclesiásticos y de católicos recalcitrantes. No tuvieron una institución como la Inquisición, pero ello significaba simplemente que las garantías jurídicas eran mucho menores que en España, y las víctimas muchas más.
  2. Contra una leyenda persistente, la Inquisición empleó la tortura mucho menos que los tribunales habituales en toda Europa. O que la frecuente en el siglo XX en países totalitarios y también democráticos (Francia o Usa, la han empleado ampliamente en sus guerras coloniales o en la de Vietnam o actualmente).
  3. Contra otra leyenda persistente, el número de muertes causadas por la Inquisición fue relativamente muy bajo: un millar bien documentado y probablemente no más de otro millar  que no consta en los archivos. Las policías políticas de muchos países en el avanzado siglo XX y ahora pueden hacer muchas más víctimas en un año o en menos, que la Inquisición en tres siglos largos.
  4. Contra otra leyenda, la Inquisición no perseguía a los no católicos, sino a los que se fingían tales mientras en la práctica “judaizaban” o mantenían la religión musulmana. También a los  católicos que se hacían protestantes (pocos en España).
  5. En un plano más positivo, la Inquisición libró a España de la espantosa caza de brujas  (y brujos, en menor proporción) que  persistió en gran parte de Europa  durantes tres siglos, con especial crudeza en el XVI. Se han calculado en torno a 100.000 brujos y brujas quemados o asesinados de otras formas en Europa (hay que los eleva a varios millones, pero no es creíble). En España, tras algunos episodios iniciales, la Inquisición dictaminó que se trataba de simple histeria, librando al país de tales atrocidades.
  6. En el siglo XVI y XVII, sobre todo, las guerras de religión causadas por el expansionismo protestante causaron enormes daños y víctimas en Francia y Europa central (en otros países, como Inglaterra, no hubo guerras civiles porque los anglicanos se impusieron desde el primer momento aplastando toda oposición). La Inquisición contribuyó a librar a España de tales plagas.
  7. Contra otra leyenda urbana, la Inquisición no paralizó el pensamiento ni la vida  intelectual o, más ampliamente, cultural en España. La máxima actividad inquisitorial se produjo en el siglo XVI, que fue también el de máximo esplendor artístico, intelectual y de pensamiento que haya vivido jamás el país. En cambio, en el siglo XVII y sobre todo el XVIII, en que la actividad inquisitorial decae drásticamente, fue también una época de decadencia cultural, no digamos el XIX, en que la Inquisición desapareció. Obviamente, no se puede decir que el esplendor del Siglo de Oro  se deba a la Inquisición, pero tampoco que esta haya obstaculizado la cultura.

Podríamos seguir, pero basten estos hechos para situar en su justo punto lo que fue la Inquisición,  que no fue algo extraño en las condiciones político-religiosas de Europa, y si lo fue se debió a su mayor garantismo. Sus leyendas, creadas por una desaforada propaganda sobre todo protestante, a la que, como es tradicional, han contribuido bastante española,  están siendo drásticamente revisadas por varios especialistas extranjeros (los de aquí, con excepciones, siguen en sus estúpidas leyendas, como el botarate diplomático aludido. Es el nivel que predomina en nuestra universidad y medios de masas. La misma BBC, tan hispanófoba en general, admitía en un documental que las ideas corrientes sobre la Inquisición eran mitos en un 99%).

He tratado el tema con cierta amplitud en Nueva historia de España. Hace unos años el padre del actual primer ministro israelí, Netaniahu, afirmaba la tesis racista de que la Inquisición no perseguía a falsos conversos, pues se trataba de judíos que efectivamente se habían convertido al catolicismo, y que de lo que se trataba era de asesinarlos y expoliarlos por envidia y odio a sus superioridad cultural o algo así. García Olmo le contestaba en el  libro Las razones de la Inquisición española, muy recomendable.  Lo hemos tratado aquí también: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/de-judios-e-ideologias-6473/

 

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