Blog I: Cómo y por qué cayó la II República. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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La pasión suscitada en gran parte del mundo por la guerra civil española, siempre ha llamado la atención, porque no han despertado el mismo interés otras muchas contiendas civiles –y no civiles– del siglo XX, incluida la mucho más dura que permitió asentar el comunismo en Rusia. Se ha atribuido ese interés a la situación política europea del momento y al choque en España de las ideologías que trataban de imponerse en una Europa muy inestable. Y sin duda ello es cierto, pero por otra parte nuestra guerra tuvo y proyección ideológica incomparablemente menor que la rusa, y escasa trascendencia internacional, pues Francia, y sobre todo Inglaterra, se empeñaron en evitar que rebasase nuestras fonteras, lo cual coincidía de lleno con el designio de Franco. Así, las aspiraciones contrarias de Negrín y de Stalin se frustraron. Tampoco tuvo relevancia estratégica general, por la decisión de Franco de permanecer neutral en caso de guerra entre el eje Roma-Berlín y el eje París-Londres. Es decir, se trató de una guerra circunscrita, política y militarmente, al territorio español, y por tanto, ella o su resultado, influirían muy poco en los sucesos posteriores del continente (su presentación como el prólogo a la Guerra Mundial es una invención de la propaganda soviética). Cuando el poeta inglés Auden caracteriza a España como “un trozo de África pegado a la inventiva Europa” expresa una notable ignorancia histórica y cultural, pero también un prejuicio fuertemente arraigado al norte de los Pirineos, pero no del todo falso. Sin ser África, la posición excéntrica de nuestro país con respecto a los sangrientos conflictos europeos del siglo XX, le permitió entre otras cosas librarse de ellos.
Pero creo detectar otro factor explicativo del apasionamiento por nuestra guerra civil: la peculiaridad histórica de España, un tanto enigmática para las mentalidades ultrapirenaicas. Un conflicto similar al nuestro, aunque fuera mucho más sangriento, que se hubiera producido en Bulgaria, Polonia, Finlandia o la misma Italia, habría despertado probablemente menos interés. De hecho, la Guerra Civil griega llamó poco la atención de escritores, partidos y masas europeos, pese a jugarse allí una importantísima baza estratégica de la Guerra Fría. Ahora bien, España tenía la peculiaridad de haber sido la vanguardia de la expansión europea, con la historia naval seguramente más destacada del mundo; había contendido con notable éxito y simultáneamente contra los poderes protestantes, Francia y la superpotencia otomana y había desplegado una cultura potente y de notable originalidad. Su decadencia posterior, arrastrada hasta el siglo XX, su incapacidad para mantenerse a la altura de las potencias europeas punteras, no dejaba de despertar curiosidad, como un dato extraño, difícil de entender. Además, el bando nacional reivindicaba aquella gran época del país y aspiraba a recuperarla, cosa bastante improbable pero que no dejaba de suscitar alguna inquietud. De manera quizá poco consciente, las pasiones suscitadas en Europa y América por la guerra de España tenían probablemente relación con el peculiar pasado y significación del país.
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Recuerdos sueltos: Sobre la culpa y una tragedia
En invierno-primavera de 1969 me fui recuperando lentamente en Vigo de una situación personal desastrosa que me había hecho vivir un verdadero tormento los meses anteriores, con una insoportable sensación de culpa. Esta se presenta, generalmente, como un dolor psíquico asimilable, según algunos, al dolor físico que nos advierte de acciones que no debemos realizar, como acercarnos demasiado al fuego. La culpa tendría así una función digamos salutífera, al frenar a la psique ante conductas por así decir inapropiadas o peligrosas. Claro que la “advertencia” llega a menudo después, y no antes de la acción, y muchas personas parecen soportar muy bien, como sin enterarse y hasta jactándose, unas conductas que a otros les horrorizan o torturan por dentro. Y posiblemente la culpa exista en todas las culturas, pero reviste muchas formas, de modo que unos mismos actos son considerados intolerables en unas y admisibles en otras. Así el infanticidio o, actualmente, el aborto, cuya masiva difusión se justifica en nombre de “los derechos de la mujer”: haber abortado provoca a muchas mujeres una aguda y persistente sensación de culpa, pero no a las que se consideran “liberadas” y “progresistas”. A su vez, los políticos proabortistas no demuestran excesivo pesar al respecto, como tampoco hacia sus corrupciones, preocupados más bien por la denuncia y salida a la luz de ellas, como el rey Midas. Además, la culpa, por su carácter penoso, tiende a ser rechazada y proyectada sobre otros, acusados de ser los “verdaderos” responsables de las situaciones o las acciones culposas.
Esta digresión viene al caso porque, en definitiva, ¿qué es la culpa? Diversas corrientes psicológicas actuales tienen a considerarla algo enfermizo, producto de convenciones sociales sin base real alguna: a menudo la curación psíquica se presenta como la liquidación de la culpabilidad, sobre todo en corrientes próximas a la socialdemocracia. Nadie debería sentir culpabilidad por sus conductas, cualesquiera fuesen, con el único límite de las normas legales. La ley castigaría a los transgresores, los cuales podrían considerarse perturbados psíquicos y en cualquier caso el mero hecho del castigo burocrático evitaría aquella indeseable sensación: el castigo equivaldría a un pago especial por una acción especial, sin más trascendencia, cara negativa de cualquier acto de comercio. Normalmente la culpa tiene relación con la moral, pero una vez esta se concibe como una mera convención social, tiende a ser sustituida por la ley, más precisa. Todo se reduce finalmente a convenciones sin nada detrás o por encima, lo cual tiende a trivializar al máximo la vida y sumir en el ridículo la figura de Antígona. Pero la culpa existe, por proteica y convencional que llegue a expresarse; y eliminarla, si ello fuera posible, podría reducir al hombre a la más completa servidumbre. Además, ¿qué ocurre cuando no hay posibilidad de proyectarla? ¿O cuando la ley no llega a cubrir determinados actos? Pues, pese a la tendencia de la ley a reglamentarlo todo, no resulta creíble que pueda hacerlo con todos los aspectos de la vida humana.
Pero, en fin, a lo que iba. La culpa suele presentarse como una sensación desagradable, más o menos llevadera, pero también volverse absolutamente insufrible. La que había experimentado antes de aquel invierno-primavera había llegado a hacerse física: me era imposible descansar. Si me sentaba, a los pocos minutos debía levantarme; si me levantaba, buscaba echarme en una cama o banco, donde solo resistía otros pocos minutos. El remordimiento, sin forma clara, me oprimía como una tenaza calentada al rojo. No podía llorar ni permanecer quieto. Hablar con alguien me aliviaba pero solo unos momentos, porque era incapaz de seguir ninguna conversación, por simple que fuese. Al despertarme por la mañana anhelaba la llegada de la noche para poder dormir, con pastillas. Intentaba leer para escapar al tormento, pero apenas entendía nada y me cansaba antes de terminar una página. Me empeñé, no sé por qué, en terminar, sin éxito, una historia de la China contemporánea. No tuve éxito y casi ningún provecho fuera del vago recuerdo de algunos nombres. La televisión me cansaba más aún, no podía soportarla y eso que era bastante mejor que lo que hoy ofrece. Recuerdo también la letra de una canción no muy animadora que oía entonces por la radio: Por qué /crecer/ Por qué/ envejecer / Por qué los niños tienen que dejar / de jugar… U otra de un optimismo sencillo: “Con la primavera en la ciudad / todo ha cambiado de color… Fue seguramente la experiencia más aniquiladora psíquicamente que he pasado en mi vida. Algo de ello he aprovechado para Sonaron gritos y golpes a la puerta, aunque sin explayarme al respecto: cuando Alberto cae en una profunda depresión por la muerte de Carmen, o cuando Paco se siente incapaz de soportar la culpa por el desastre que ha provocado con la traición a su amante Irina.
Bien, pues tuve la suerte en aquellos meses de 1969 de que también permaneciera en Vigo, no recuerdo por qué causa, mi amigo Santiago Montenegro, en lugar de ir a Madrid, donde estudiaba ingeniería de Caminos, como yo Periodismo. Habíamos sido compañeros de clase en los Maristas hasta que en quinto de bachillerato me fui al Instituto, y manteníamos una buena relación. Con él charlaba a menudo de mil temas: del futuro profesional, de las aspiraciones en la vida, de sucesos corrientes. O, cuando yo estaba en mejor forma, de política (el año anterior había sido el del mayo francés, la “primavera de Praga”, la ofensiva del Tet en Vietnam… y en los círculos politizados de la universidad –mucho más reducidos de lo que luego se ha dicho—había bastante efervescencia. Hacíamos excursiones, como una al aeropuerto de Peinador y otra al otro lado de la ría, desde Cangas o tal vez Moaña, hasta el final de la península, por Hío o Aldán, no recuerdo bien. Ahora la costa está llena de casas, pero antes las aldeas y pueblos de la península estaban claramente separados entre sí por bosques y cultivos, y todavía podían verse carros de vacas. Con todo ello disfrutaba mucho y volvía “a mi ser”, como suele decirse.
En algunas de estas excursiones venía otro compañero de los Maristas, lo llamaré Ricardo, que había dejado los estudios sin pasar a la universidad y había hecho formación profesional. Era un chico ingenuo, aficionado a las excursiones, bienintencionado; daba impresión de persona estable y equilibrada, cosa que convenía mucho a mi restablecimiento. Apenas tenía preocupaciones políticas o en general intelectuales. Charlando mientras andábamos, nos contó una vez que tenía una novia de la que estaba enamoradísimo. Estos temas no se tratan entre amigos más que en forma superficial o incluso burlesca, y el hecho de que lo mencionase de forma natural indicaba la profundidad de su sentimiento. La chica iría a la universidad de Santiago al año siguiente, creo.
Cuando llegó el otoño me encontré lo bastante bien para continuar en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid. Por entonces había ingresado en el Partido Comunista y me presenté y fui elegido a delegado del centro, sin otro objetivo real que el de hacer propaganda y agitación contra el régimen. Veía a Santi ocasionalmente y perdí todo contacto con Ricardo, que había quedado en Galicia. De modo que fue varios años después cuando me enteré, creo que por el mismo Santi, de que Ricardo se había quitado la vida tirándose por la ventana de un piso alto, tras pedir perdón en una carta de despedida. Al parecer, su novia había entrado en la universidad en ámbitos progres, le habían surgido “inquietudes” que el novio, hombre poco complicado, no compartía ni siquiera le interesaban; o, en otra versión no incompatible, se había vuelto un tanto casquivana, y había roto con él. También he oído un rumo de algún asunto de drogas por medio, en el que no creo mucho, porque la droga solo por entonces estaba entrando, y en círculos reducidos. Es posible que la pérdida de la persona de la que estaba tan enamorado quitara a Ricardo todo aliciente para seguir viviendo. Es sabido que se dan esos casos. Pueden obedecer a alguna perturbación psíquica o simplemente a que algunas personas son especialmente sensibles a ciertas situaciones vitales, como las hay especialmente sensibles a la música, por ejemplo. En mi memoria, Ricardo se presenta, ya lo he dicho, como un joven equilibrado y tranquilo, sin complicaciones.
