La extraña pasión por la Guerra Civil española / Sobre la culpa y una tragedia

Blog I: Cómo y por qué cayó la II República. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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La pasión suscitada en gran parte del mundo por la guerra civil española, siempre ha llamado la atención, porque no han despertado el mismo interés  otras muchas contiendas civiles –y no civiles–  del siglo XX, incluida la mucho más dura que permitió asentar el comunismo en Rusia. Se ha atribuido ese interés a la situación política europea del momento y al choque en España de las ideologías que trataban de imponerse en una Europa muy inestable.  Y sin duda ello es cierto,  pero por otra parte nuestra guerra tuvo y proyección ideológica incomparablemente menor  que la rusa, y escasa  trascendencia internacional, pues Francia, y sobre todo Inglaterra, se empeñaron en evitar que rebasase nuestras fonteras, lo cual coincidía de lleno con el designio de Franco. Así, las aspiraciones contrarias de Negrín y de Stalin se frustraron. Tampoco tuvo relevancia estratégica general, por la decisión de Franco de permanecer neutral en caso de guerra entre el eje Roma-Berlín y el eje París-Londres. Es decir, se trató de una guerra circunscrita, política y militarmente, al territorio español, y por tanto, ella o su resultado, influirían muy poco en los sucesos posteriores del continente (su presentación como el prólogo a la Guerra Mundial es una invención de la propaganda soviética). Cuando el poeta inglés Auden  caracteriza a España como “un trozo de África pegado a la inventiva Europa” expresa una notable ignorancia histórica y cultural, pero también un prejuicio fuertemente arraigado al norte de los Pirineos, pero no del todo falso. Sin ser África, la posición excéntrica de nuestro país con respecto a los sangrientos conflictos europeos del siglo XX, le permitió entre otras cosas librarse de ellos.

Pero creo detectar otro factor  explicativo del  apasionamiento por nuestra guerra civil: la peculiaridad histórica de España, un tanto enigmática para las mentalidades  ultrapirenaicas. Un conflicto similar al nuestro, aunque fuera mucho más sangriento, que se hubiera producido en Bulgaria, Polonia, Finlandia  o la misma Italia, habría despertado probablemente menos  interés. De hecho, la Guerra Civil griega llamó poco la atención de escritores, partidos y  masas europeos, pese a jugarse allí una importantísima baza estratégica de la Guerra Fría. Ahora bien, España tenía la peculiaridad de haber sido la vanguardia de la expansión europea,  con la historia naval seguramente más destacada del mundo; había contendido con notable éxito y simultáneamente contra los poderes  protestantes, Francia y la superpotencia otomana y había desplegado una cultura potente y de notable originalidad. Su decadencia posterior, arrastrada hasta el siglo XX,  su incapacidad para mantenerse a la altura de las potencias europeas punteras, no dejaba de despertar curiosidad, como un dato extraño, difícil de entender. Además, el bando nacional reivindicaba aquella gran época del país y aspiraba a recuperarla, cosa bastante improbable pero que no dejaba de suscitar alguna inquietud.  De manera quizá poco consciente, las pasiones suscitadas en Europa y América por la guerra de España tenían probablemente relación con el peculiar pasado y significación del país.

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Recuerdos sueltos: Sobre la culpa y una tragedia

En invierno-primavera de 1969 me fui recuperando lentamente en Vigo de una situación personal desastrosa que me había hecho vivir un verdadero tormento los meses anteriores, con una insoportable sensación de culpa. Esta se presenta, generalmente, como un dolor psíquico asimilable, según algunos, al dolor físico que nos advierte  de acciones que no debemos realizar, como acercarnos demasiado al fuego.  La culpa  tendría así una función digamos salutífera, al frenar a la psique  ante conductas por así decir inapropiadas o peligrosas. Claro que la “advertencia” llega a menudo después, y no antes de la acción, y muchas personas parecen soportar muy bien, como sin enterarse y hasta jactándose,  unas conductas  que a otros les horrorizan o torturan por dentro. Y posiblemente la culpa exista en todas las culturas, pero reviste muchas formas, de modo que unos mismos actos son considerados  intolerables en unas y admisibles en otras.  Así el infanticidio o, actualmente, el aborto, cuya masiva difusión se justifica en nombre de “los derechos de la mujer”: haber abortado provoca a muchas mujeres una aguda y persistente sensación de culpa, pero no a las que se consideran “liberadas” y “progresistas”. A su vez, los políticos proabortistas no demuestran  excesivo pesar al respecto, como tampoco hacia sus corrupciones,  preocupados más bien por la denuncia y salida a la luz de ellas, como el rey Midas. Además, la culpa, por su carácter penoso, tiende a ser rechazada y proyectada sobre otros, acusados de ser los “verdaderos” responsables de las situaciones o las acciones culposas.

Esta digresión viene al caso porque, en definitiva, ¿qué es la culpa? Diversas corrientes psicológicas actuales tienen a considerarla algo enfermizo, producto de convenciones sociales sin base real alguna: a menudo la curación psíquica se presenta como la liquidación de la culpabilidad, sobre todo en corrientes próximas a la socialdemocracia. Nadie debería sentir culpabilidad por sus conductas, cualesquiera fuesen, con el único límite de  las normas legales. La ley castigaría a los transgresores, los cuales podrían considerarse perturbados psíquicos y en cualquier caso el mero hecho del castigo burocrático evitaría aquella indeseable sensación: el castigo equivaldría a un pago especial por una acción especial, sin más trascendencia, cara negativa de cualquier acto de comercio. Normalmente la culpa tiene relación con la moral, pero una vez esta se concibe como una mera convención social, tiende a ser sustituida por la ley, más precisa. Todo se reduce finalmente a convenciones sin nada detrás o por encima, lo cual tiende a trivializar al máximo la vida y sumir en el ridículo la figura de Antígona.  Pero la culpa existe, por proteica y convencional que llegue a expresarse; y eliminarla, si ello fuera posible, podría reducir al hombre a la más completa servidumbre. Además, ¿qué ocurre cuando no hay posibilidad de proyectarla? ¿O cuando  la ley no llega a cubrir determinados actos?  Pues, pese a la tendencia de la ley a reglamentarlo todo, no resulta creíble que pueda hacerlo con todos los aspectos de la vida humana.

Pero, en fin, a lo que iba. La culpa suele presentarse como  una sensación desagradable, más o menos llevadera, pero también volverse absolutamente insufrible. La  que había experimentado antes de aquel invierno-primavera había llegado a hacerse física: me era imposible descansar. Si me sentaba, a los pocos minutos debía levantarme; si me levantaba, buscaba echarme en una cama o banco, donde solo resistía otros pocos minutos. El remordimiento, sin forma clara, me oprimía como una tenaza calentada al rojo. No podía llorar ni permanecer quieto. Hablar con alguien me aliviaba pero solo unos momentos, porque era incapaz de seguir ninguna conversación, por simple que fuese. Al despertarme por la mañana anhelaba la llegada de la noche para poder dormir, con pastillas. Intentaba leer para escapar al tormento, pero apenas entendía nada y me cansaba antes de terminar una página. Me empeñé, no sé por qué, en terminar, sin éxito, una historia de la China contemporánea. No tuve éxito y casi ningún provecho fuera del vago recuerdo de algunos nombres. La televisión me cansaba más aún, no podía soportarla y eso que era bastante mejor que lo que hoy ofrece. Recuerdo también la letra de una canción no muy animadora que  oía entonces por la radio: Por qué /crecer/ Por qué/ envejecer / Por qué los niños tienen que dejar / de jugar… U otra de un optimismo sencillo: “Con la primavera en la ciudad / todo ha cambiado de color… Fue seguramente la experiencia más aniquiladora psíquicamente que he pasado en mi vida. Algo de ello he aprovechado para Sonaron gritos y golpes a la puerta, aunque sin explayarme al respecto: cuando Alberto cae en una profunda depresión por la muerte de Carmen, o cuando Paco se siente incapaz de soportar la culpa por el desastre que ha provocado con la traición a su amante Irina.

Bien, pues tuve la suerte en aquellos meses de  1969 de que también permaneciera en Vigo, no recuerdo por qué causa,  mi amigo Santiago Montenegro, en lugar de ir a Madrid, donde estudiaba ingeniería de Caminos, como yo Periodismo. Habíamos sido compañeros de clase en los Maristas hasta que en quinto de bachillerato me fui al Instituto, y  manteníamos una buena relación. Con él charlaba a menudo de mil temas: del futuro profesional, de las aspiraciones en la vida,  de sucesos corrientes. O, cuando yo estaba en mejor forma,  de política (el año anterior había sido el del mayo francés, la “primavera de Praga”, la ofensiva del Tet en Vietnam… y en los círculos politizados de la universidad –mucho  más reducidos de lo que luego se ha dicho—había bastante efervescencia. Hacíamos excursiones, como una al aeropuerto de  Peinador y otra al otro lado de la ría, desde Cangas o tal vez Moaña, hasta el final de la península, por Hío o Aldán, no recuerdo bien. Ahora la costa está llena de casas, pero antes las aldeas  y pueblos de la península estaban claramente separados entre sí por bosques y cultivos, y todavía podían verse carros de vacas. Con todo ello disfrutaba mucho y volvía “a mi ser”, como suele decirse.

En algunas de estas excursiones venía otro compañero de los Maristas, lo llamaré Ricardo, que  había dejado los estudios sin pasar a la universidad y había hecho formación profesional. Era un chico ingenuo, aficionado a las excursiones, bienintencionado; daba impresión de persona estable y equilibrada, cosa que convenía mucho a mi restablecimiento. Apenas tenía preocupaciones políticas o en general intelectuales. Charlando mientras andábamos,  nos contó una vez que tenía una novia  de la que estaba enamoradísimo. Estos temas no se tratan entre amigos más que en forma superficial o incluso burlesca, y el hecho de que lo mencionase de forma natural indicaba la profundidad de su sentimiento. La chica iría a la universidad de Santiago  al año siguiente, creo.

Cuando llegó el otoño  me encontré lo bastante  bien para continuar en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid. Por entonces había ingresado en el Partido Comunista  y me presenté y fui elegido a delegado del centro, sin otro objetivo real que el de  hacer propaganda y agitación contra el régimen. Veía a Santi ocasionalmente y perdí todo contacto con Ricardo, que había quedado en Galicia. De modo que fue varios años después cuando me enteré, creo que por el mismo Santi, de que Ricardo se había quitado la vida tirándose por la ventana de un piso alto, tras pedir perdón en una carta de despedida.  Al parecer, su novia había entrado en la universidad en ámbitos progres, le habían surgido “inquietudes”  que el novio, hombre poco complicado, no compartía ni siquiera le interesaban; o, en otra versión no  incompatible, se había vuelto un tanto casquivana, y había roto con él. También he oído un rumo de algún asunto de drogas por medio, en el que no creo mucho, porque la droga solo por entonces estaba entrando, y en círculos reducidos.  Es posible que la pérdida de la persona de la que estaba tan enamorado quitara a Ricardo todo aliciente para seguir viviendo. Es sabido que se dan esos casos. Pueden obedecer a alguna perturbación psíquica o simplemente a que algunas personas son especialmente sensibles a ciertas situaciones  vitales, como las hay especialmente sensibles a la música, por ejemplo. En mi memoria, Ricardo se presenta, ya lo he dicho, como un joven equilibrado y tranquilo, sin complicaciones.

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Por qué la Iglesia llevó las de perder con el marxismo

Blog I:  Gibraltar, retrato de una casta política http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gibraltar-retrato-una-casta-politica-20130708

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Cuando en los años 60 se planteó en la Iglesia el “diálogo con el marxismo” –con oposición o renuencia de un sector eclesiástico que pasó entonces a segundo término – el marxismo, en sus diversas facetas, se extendía con fuerza por el mundo, en forma de regímenes de ese carácter o de corrientes de opinión muy influyentes en medios intelectuales, universitarios y juveniles. La orientación “dialogante” nacía, probablemente,  de la impresión de un avance del marxismo y retroceso del capitalismo y de la consiguiente necesidad de congraciarse con quienes parecían triunfadores a medio o largo plazo. En España, la Iglesia (la parte de ella que llevaba la voz cantante) procedió a auxiliar a separatistas, comunistas y terroristas contra el régimen de Franco. De lo cual recibió un premio  posiblemente merecido: el desprecio radical por parte de  sus beneficiados, que veían en esa política lo que realmente era: una demostración de debilidad  política, y sobre todo doctrinal. Los inspiradores del poco inspirado diálogo no percibieron que el comunismo estaba llegando al límite de su impresionante fuerza expansiva, cuando  el ápice de sus triunfos lo empujaba a un fracaso radical.

Parecía imposible el diálogo  entre una doctrina espiritualista y la otra materialista; una construida sobre la idea de Dios y  otra sobre un ateísmo militante; una sobre la idea del pecado original  que sigue contaminando al hombre, y la otra sobre la de una inocencia humana traicionada por razones sociales y económicas las cuales, una vez identificadas y superadas, abrirían paso a una especie de  paraíso en la tierra, según letra de la Internacional. Etc. Pero había un punto prometedor de un posible acuerdo: en la doctrina evangélica, la preocupación por los pobres constituye un punto esencial, y el marxismo había encontrado en ellos (“los proletarios”) la palanca para una emancipación que muchos católicos, sin llegar a creer en tanta emancipación,  podrían interpretar como un estado de mayor justicia social. De hecho se oía a menudo que el fondo de la prédica cristiana era el comunismo, o que Jesús había sido un revolucionario social avant la lettre.  Con ese enfoque, el mal radicaba en el “capitalismo” –sea eso lo que fuere: el concepto exige bastante clarificación—, tanto para el marxismo como para bastantes corrientes católicas.

Sospecho que ahí yace la razón del fracaso eclesiástico y de la ventaja marxista. Lo que la Iglesia sostenía como una justicia solo cumplible en el más allá, el marxismo lo concebía como un programa liberador en el acá. El concepto de “los pobres”  sonaba muy primario y vago comparado con el más preciso y operativo de “clase obrera” o de “proletariado”. La “Teología de la Liberación” –una de las corrientes, no la única, propiciada por aquel diálogo— otorgaba el concepto de “pobre” un contenido muy próximo al marxista. Las semejanzas aparentes  no podían dejar de seducir a numerosos eclesiásticos y católicos de filas, máxime en un tiempo en que prestigiosos economistas afirmaban –despreciando los hechos—que los regímenes socialistas procuraban más rápido crecimiento económico que los capitalistas (Joan Robinson, por ejemplo, según creo recordar,  ponderaba la sociedad de Corea del Norte como un modelo de éxito). En cambio la doctrina tradicional de la Iglesia se asemejaba demasiado a lo que el marxismo tachaba de ideología: un sistema de creencias destinadas a justificar los intereses de las clases explotadoras y a mantener sumisas a sus víctimas con vanas esperanzas ultramundanas. Una vez situado el “diálogo” en ese plano, los católicos dialogantes se veían abocados a dejar sus creencias religiosas en el limbo de la intimidad  o al menos de la privacidad, y cada vez más amenazado. Quedaba cuestionado el papel de la religión en las sociedades actuales. Los efectos  –deserción de clérigos, caída en las vocaciones, etc.—son bien conocidos y no hace falta extenderse aquí sobre ellos.

La caída de los regímenes marxistas en Europa pudo haber redundado en beneficio de la Iglesia, y algo de eso ha habido. Pero, por una parte, no me parece que la crisis doctrinal haya sido superada, y por otra el fracaso del marxismo no ha abierto los corazones de las masas al cristianismo, sino a una creciente indiferencia y a nuevos acosos por parte de movimientos nacidos en buena parte de la descomposición marxista, como el feminismo, el homosexualismo, el ecologismo, el ultralaicismo, etc. Parece claro que la Iglesia no ha encontrado el camino para superar tal situación, a pesar de significativas correcciones de Juan Pablo II y sus sucesores con respecto a la época anterior.

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La vida está llena de extrañas complicaciones: la inestabilidad en  el norte de África y Oriente Próximo resulta beneficiosa para el turismo en España. Claro que, políticamente,  puede traer serias complicaciones. España hará muy bien en volver a la política de neutralidad que tantas ventajas le dio en el siglo XX. Política  rota solo por imperativo de la Guerra Fría, ante la amenaza soviética.

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Caminos cortados del siglo XX / Negrín y sus palmeros

Blog I: El gran problema histórico de España: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Caminos cortados en el siglo XX

Las ideologías más influyentes en el siglo XX han sido el marxismo, el freudismo y el liberalismo. El liberalismo pasó por dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial (librada entre regímenes básicamente liberales, con la excepción del Imperio turco y, parcialmente, del ruso); y la larga depresión del 29, también terminada en guerra general, que generó la solución keynesiana; la cual no abolía el liberalismo, pero lo limitaba y expandía el estado, a veces en grado fantástico.

El marxismo “duro”, o  comunista, se impuso en pocos decenios sobre un tercio de la humanidad,  impulso nunca visto en la historia. E influyó poderosamente en casi todo el resto, tanto directamente en el plano político (partidos comunistas y durante largo tiempo socialistas) como en el plano intelectual, cambiando o matizando ideas de otras corrientes, también de la Iglesia católica. Su peso en autores y universidades de todo el mundo, permanece, a veces con fuerza insospechada (en España tenemos amplia muestra de historiadores “lisenkianos”, como en Inglaterra, Francia, etc.)

La influencia de las teorías de Freud ha sido enorme a lo largo del siglo, en los planos intelectual y artístico sobre todo. Después de la II Guerra Mundial se ha combinado, mejor  o peor con el marxismo en los movimientos juveniles, universitarios, también con ambientes liberales que a su vez orientaban ideológicamente la enseñanza y políticas sociales en diversos países “capitalistas”. Los regímenes comunistas, en cambio, rechazaron el psicoanálisis, entendido como ideología “burguesa” que aspiraba a hacer la competencia a la explicación de la historia por la lucha de clases.

Pese a todo, muy pocos se declaran hoy marxistas o freudistas consecuentes, aunque  retazos y retales de ambas ideologías sigan condicionando  la vida intelectual y política. Conviene explicar, así, tanto el prolongado éxito de ambas formas de pensamiento como su evidente fracaso final (o casi final). Dicho en pocas palabras, el éxito provino de su coherencia a partir de bases en principio científicas. Científicas en el sentido de que planteaban hipótesis racionales y no religiosas sobre la naturaleza humana y su evolución. Por decirlo un poco a lo bruto, Marx explicaba la sociedad humana a partir del estómago (la economía) y Freud a partir del sexo. La práctica de muchos decenios ha demostrado que ni el marxismo solucionaba los problemas del estómago ni el freudismo los del sexo y neurosis derivadas. Es más, empeoraban ambos. El marxismo creaba una sociedad carcelaria, y el freudismo agravaba la insatisfacción y descomposición social. Ha sido más bien la práctica –a costa de muchos sufrimientos—, y no tanto la aclaración teórica,  lo que ha arrumbado a ambas ideologías “al basurero de la historia”, como gustaban decir los comunistas. Así ocurre con muchas hipótesis en la ciencia. Cabe preguntarse, entonces, por el valor  de la voluminosísima y trabajosa producción intelectual y artística basada en tales hipótesis tomadas por certezas. Si vale algo esa ingente suma de obras literarias, pictóricas, de pensamiento y análisis social… Lo he sugerido en un artículo (http://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/bibliotecas-para-nada-1276205212.html). Como en el caso referido de Castilla del Pino,  se trataría de una extraña tragedia.

El éxito de ambas ideologías traduce, sin embargo, el imperativo fundamental humano de encontrar orden y sentido en la existencia. La crisis del cristianismo desde el siglo XVIII y el prestigio de la razón y de la ciencia dieron lugar a ímprobos esfuerzos por sustituir las antiguas explicaciones religiosas. Y las nuevas explicaciones fueron acogidas, paradójicamente, con cierto fervor no muy diferente del religioso. Ello indica otro hecho: que la ciencia y la razón parecen fracasar como soluciones a la inquietud fundamental humana; lo mismo que la religión parece fracasar en tantas explicaciones que chocan con la razón. Un problema no resuelto.

En cuanto al liberalismo, ha recibido críticas radicales tanto desde el marxismo como desde diversas posturas religiosas. Puede decirse que, con todo, el liberalismo ha vencido a las otras dos ideologías, pero no sin quedar un tanto maltrecha. Quizá la tarea intelectual del momento consista en el examen crítico de la experiencia de una época tan agitada y en algunos sentidos prodigiosa como el siglo XX… incluyendo el papel, casi siempre olvidado, del cristianismo.

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El papel de Negrín (LD, 1-3-2001)

Una vieja y siempre actual polémica:

Hojeando un libro sobre la guerra civil escrito por un grupo de estudiosos, casi todos anglosajones y afines a P. Preston, me topo con la vieja polémica sobre la significación histórica de Negrín, en la que Southworth intenta rebatir a Bolloten. Como se sabe, Bolloten consideró a Negrín un agente de la URSS a efectos prácticos, cuya política llevaba a imponer en España un régimen al estilo de las “democracias populares” del este europeo. Hay en la tesis dos partes: una, la plena concordancia de la política de Negrín con la soviética, y otra, el carácter y dirección de esa política. En cuanto a lo primero, no hay ni puede haber discrepancia entre personas medianamente enteradas. Negrín, por propia convicción o por otras razones –eso es aquí lo de menos—, obró como el mejor agente posible de Stalin, entregándole el tesoro español, que puso en manos del soviético el destino del Frente Popular, y facilitando la infiltración del PCE en el ejército y la policía, dos instituciones claves y las únicas que funcionan bien bajo aquel régimen.

El fondo de la polémica, lógicamente, es la segunda parte de la tesis, aunque ello quede disimulado por la hojarasca que tan bien maneja Southworth. Para este, decir que el triunfo del Frente Popular habría llevado a una dictadura como las del este europeo, supone hacer historia-ficción. Tal vez, pero en realidad no es ese el asunto. El polemista pretende convencernos de que la política de Negrín y de Stalin no perseguían otra cosa que defender la democracia. Resultaría de ello que el Partido Comunista –siempre uno de los peores enemigos de la democracia por su ideología, fines, organización y conducta— y Stalin –uno de los tiranos más sangrientos de la historia, sino el más—, habrían defendido la libertad de España. Mejor aun, ¡ habrían sido los más consecuentes y abnegados defensores de nuestra libertad!. Tal rueda de molino requiere unas tragaderas en verdad privilegiadas, y tiene algo de admirable que a Southworth –o a Preston, que le apoya— no le produzca, aparentemente, indigestión alguna.

La tesis de Bolloten es en lo fundamental muy sólida, y el enorme cúmulo de datos, testimonios y fuentes primarias en que la apoya, probatorios de sobra. Pero su misma acumulación ofrece, de modo inevitable, puntos flacos. El método de Southworth consiste precisamente en buscar algunos detalles erróneos o testimonios dudosos, y remachar incansablemente en ellos con la pretensión de destruir la tesis entera. ¡En fin!. En un robledal puede haber algunos pinos, y los Southworth, llamando con insistencia la atención sobre estos últimos, pueden hacer creer a algunos que se encuentran en un pinar. Pero basta extender la mirada sobre el conjunto para apreciar la falacia.

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Por qué la casta política se compone de delincuentes

Blog I: ¿A quiénes convienen los separatismos? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Por qué la casta política se compone de delincuentes.

En la Transición, y  con objeto de asegurar la gobernabilidad del país, se hizo un reparto del poder entre dos partidos presuntamente nacionales, (UCD, luego PP,  y PSOE) más los separatistas de derechas en Cataluña y Vascongadas. Separatistas, más que propiamente nacionalistas, pues nunca existieron las naciones vasca y catalana, y por eso se empeñan ahora en “construir” las respectivas “naciones”). Como hemos ido viendo, ese reparto degeneró pronto empeñada en liquidar la independencia judicial y controlar y compartir todos los poderes.  Todo ello acompañado de una abrumadora corrupción. He dicho que las tres características de esa casta son, de modo cada vez más acentuado,  la corrupción, la incompetencia y la hispanofobia.

Una tara frecuente del análisis político en España ha sido la tendencia a centrarse en la retórica y olvidar los hechos.  Así que vamos a ellos.  Está en primer lugar extendida corrupción económica. En “La marimorena”, con Carlos Cuesta,  rebatí la la demagogia de un lado y otro empeñada en atribuir la corrupción  “personas concretas”,  y las bellas y fáciles exhortaciones a castigar a los culpables. Resalté lo evidente: los corruptos “concretos”  con personas influyentes , muy relevantes y representativas de esos partidos, y no podrían haber realizado sus fechorías sin el conocimiento y la complicidad, al menos pasiva, de las cúpulas partidistas. Además, sin duda  una gran parte de los políticos conocían la corrupción y callaron porque ella beneficiaba a  partidos e indirectamente a ellos mismos. Lo cual es otra forma de complicidad.

La incompetencia no es delito y no me extenderé en ella, más allá de recordar cómo estos genios han sumido al país en una profunda crisis económica. Pero la crisis es triple: de involución antidemocrática y de cohesión nacional.  Y aquí entran muy claros delitos, empezando por la conculcación (pisoteo) de la Constitución, que exige a los partidos un funcionamiento democrático… incumplido por todos. Y mucho más grave ha sido la imposición de medidas antidemocráticas, sobre todo con Zapatero. En particular dos: la colaboración con banda armada, concretamente con la ETA, que permanece con Rajoy; y la ley de memoria histórica, más propiamente de memoria chekista, que pretende ilegitimar la democracia de la Transición, también continuada por Rajoy.  Las dos cosas son delitos gravísimos contra la democracia, la unidad nacional y la Constitución. Y han sido propuestas y  aceptadas por unas Cortes envilecidas, que no representan realmente a nadie, como no sea a los cabecillas de sus partidos, que los nombran y promueven a cambio de su servilismo. De ello he hablado durante años y no voy a extenderme ahora. Quien quiera, puede verlo fácilmente en Internet.  La casta política española se compone, con la excepciones de rigor, de delincuentes. Y,  o la democracia se libra de ella o ella acabará de destruir la democracia y la propia nación, tarea ya muy avanzada.

Estos delitos descansan en la hispanofobia, en unos casos furiosa, como la de los separatistas; en otros  nacida de una visión negativa de la historia del España, como en el PSOE; y en el PP causada por simple  desinterés y frivolidad “pijoprogre”, que les lleva a colaborar con los anteriores. Cuando un ministro de Asuntos Exteriore habla de ceder “grandes toneladas de soberanía”, como si  no estuviera él al servicio de la soberanía española, sino al contrario o  cuando Rajoy incide en el proceso de disolver a España en la UE, está claro que para esa chusma política la nación española no significa nada, y por tanto se creen autorizados a tratarla como a una finca particular suya. Un denominador común de casi todos esos políticos consiste en la ignorancia de la historia de su propio país o, peor aún,  en una sarta de interpretaciones falsas.

¿Cuál es el remedio? Hay  tres: A) que el PSOE se hunda definitivamente. No me parece razonable creer en  la posibilidad de regenerar ese partido, corrompido hasta la médula,  colaborador activo de los separatismos y del terrorismo, y con su propio historial terrorista. El hundimiento del PSOE podría favorecer momentánea y parcialmente a los más extremistas y estrafalarios a su izquierda, pero liberaría a una  considerable masa de sus electores moderados, –ignorantes de la verdadera historia de ese partido–.  B) Favorecida por el hundimiento del  PSOE o incluso sin él, podría tomar cuerpo en el PP una “reconversión” que,  denunciando sin medias tintas a los pijoprogres , regenerase realmente el PP o bien lo dividiese, sacando a la luz a los dos partidos que de hecho coexisten bajo las mismas siglas. C) Que los  partidos emergentes, junto con las corrientes  reformistas en los (todavía) grandes partidos, lleguen a acuerdos para reformar en profundidad el sistema actual, cuya prodredumbre  apesta a todo el país.

Hay también la posibilidad de un partido nuevo, con capacidad de plantear esas reformas y convicción y capacidad de convencer de ellas. Pero no se vislumbra claramente.

 

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El desastroso diálogo Iglesia-marxismo / Un fracaso intelectual

El desastroso diálogo Iglesia-marxismo

En su autobiografía, Castilla del Pino se expone a sí mismo casi como un modelo de caridad (o, si se prefiere, solidaridad) en continuo contraste con la mayoría de los religiosos, a quienes pinta como hipócritas e ineptos.  Algo mejor trata a los religiosos  que colgaron los hábitos en plena  época del “diálogo con los marxistas”. Cosa lógica, por otra parte, siendo él marxista.

Pero aquí encontramos un serio problema. Como es sabido, el diálogo famoso causó estragos en la Iglesia, mientras que engordó notablemente a los marxistas. En algún otro sitio he creído encontrar la raíz de aquel diálogo en la impresión de que los regímenes comunistas  se habían impuesto, en muy poco tiempo, sobre un tercio de la humanidad y se hallaban en plena expansión, con movimientos poderosos en muchas democracias “burguesas”, mientras  la juventud parecía rebelarse y simpatizar con  marxismos (y freudismos) diversos. Los regímenes comunistas no daban señales de debilidad, mientras que los “capitalistas”  sufrían una fuerte corrosión.  Por tanto, muchas autoridades eclesiásticas debieron de pensar que la historia marchaba por ese camino, de modo que, previendo el futuro, convenía adaptarse a él sustituyendo la confrontación directa por un diálogo que suavizara  a los comunistas y atrajera a la religión católica a sus jefes o intelectuales. Supuestamente, la Iglesia debería llevar las de ganar en ese diálogo,  dada su experiencia de pensamiento y dialéctica de casi veinte siglos. Pero ocurrió lo contrario. ¿Por qué?  Dejo el problema  a la consideración de los lectores.

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(En LD, 16-2-2001)

 Un fracaso intelectual

Una aspiración nativa del diario El País, excelente aspiración, por cierto, fue la de promover un movimiento cultural con ciertas características ideológicas (defensa de la democracia, europeísmo, etcétera) pero que, por encima de ellas, tomara vuelo y altura intelectual. A tal efecto, el diario patrocinó una serie de talentos mayores o menores y un cierto debate, al principio, sobre cuestiones sociales, políticas e históricas que se suponían fundamentales.

Hoy, el proyecto puede darse por fallido; el periódico, más que un centro de promoción cultural, ha quedado en instrumento publicitario de determinadas firmas personales y marcas culturales, al servicio, a menudo, de la política en su nivel más ramplón. Lejos de adquirir vuelo, se ha quedado en el plano “políticamente correcto”, con el estilo trivial y romo que esas importaciones suelen adquirir en España. Lo ideológico ha ahogado a lo intelectual, lo mercantil a lo cultural, y el triunfo de los primeros se ha pagado con la derrota de los segundos.

Durante años, el ABC de Ansón intentó ser una contrapartida al proyecto de El País. Aunque el intento distó de cuajar en un éxito rotundo, al menos mantuvo el tipo y fue, desde luego, necesario para mantener una cierta vitalidad intelectual en España. Ahora, el suplemento cultural de ABC podría serlo también de El País, si acaso algo más ingenuamente progre.

¿De dónde vienen esos fracasos, que no deben alegrar a nadie, porque en definitiva son de todos? Seguramente hay causas profundas, que deberían sacarse a la luz. En la más básica de ellas viene insistiendo Julián Marías: el sacrificio de la verdad a conveniencias ideológicas u otras. Sacrificio especialmente sangriento en todo lo que se refiere a nuestro pasado reciente. Este es cada día más irreconocible, y no sería mala cosa empezar a debatir en serio sobre él. Una clave: El País saltó al ruedo proclamando aquello del “páramo cultural del franquismo”. Se trataba de la típica falsedad autocomplaciente que tiende a imponerse por su carácter intelectualmente terrorista, pues quien se atreviese a negarla entraba sin más trámite en el rango de los “fachas”.

Por suerte, el mismo Julián Marías tuvo el valor de salirle al paso, aunque al parecer en vano, ya que los otros han insistido en su monserga como si no hubieran oído o leído nada en contra. Naturalmente, la implicación del “páramo” era el vergel cultural representado por El País; la realidad ha resultado casi la inversa. Como decía alguien, la verdad es una amante terrible: no acaba de entregarse a nadie y sin embargo castiga implacablemente a quien no la corteja.

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