Blog I: Proyección de la culpa http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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No es cosa de alargarse demasiado, aunque las memorias de Castilla del Pino dan para mucha reflexión: transmiten la impresión de un hombre culto y sensible (como cuando denunció la destrucción de edificios antiguos de Córdoba por los que él llama “patriotas”, quizá indebidamente: la gente inculta y ávida de dinero fácil se da en todas la ideologías). También sugieren a una persona más trabajadora que realmente talentosa, con una inteligencia lastrada por prejuicios y sentido crítico ejercido en una sola dirección. En general, el pensamiento antifranquista no creó nada original, limitándose casi siempre a introducir en España, con mayor o menor acierto, corrientes intelectuales de moda en otros países.
Así, cualesquiera fueran las cualidades del autor, desconcierta su fobia a Franco, no apoyada, y menos para un marxista, en base racional alguna. Suena un tanto a vesania, a la que no son inaccesibles los psiquiatras. Tiene algo de enfermizo su exhibición de alegría por la muerte del Caudillo, quien, habiendo tomado un país en plena descomposición revolucionaria y separatista, lo dejó próspero y libre de los odios destructivos que aniquilaron la república. Para la ocasión compuso un poema de extrema vulgaridad, por decirlo muy suavemente: como tantos antifranquistas, no parece percatarse de que cuando intentan retratar a Franco se retratan más bien a sí mismos, y no favorablemente. Trata a Franco de “capón”, de “millonario de muertes” , de no tener sangre sino
“Linfa emponzoñada de blando sapo, de reptil cualquiera.
Pene no tuvo, ¿te cabe alguna duda?
Pellejo vano entre sus ingles cuelga
que usó para mear certeramente
encima de sus muertos y sus tumbas (…)
¡Cómo le hacía vivir la sangre derramada!
¡Cómo le hacía reír la lágrima vertida!
¡Nunca fue muerte por tantos deseada!
¡Nunca fue muerte por tantos bendecida!
El poemilla merece un pequeño análisis. Aparte su desmesura poco cuerda o inteligente, o la referencia al pene, quizá obsesión freudiana, choca lo incongruente, de tratar de “capón”, “sapo”, etc., a quien venció una y otra vez a todos sus muchos, peligrosos y nada pacíficos enemigos de dentro y fuera de España. Muestra de visceralidad o simple estupidez muy común en los antifranquistas, empeñados en demostrar que los venció y tuvo bajo el yugo años y años un déspota grotesco, inepto, ridículo y de muy cortas luces, incluso cobarde. ¿Quiénes demuestran imbecilidad?
Al margen de sus contribuciones técnicas a su especialidad, Castilla refleja en su autobiografía una personalidad con intensa ambición de sobresalir en el plano académico, pero con un talento acaso algo inferior a ese anhelo. Quizá resida ahí la clave de su reacción ante el nacimiento de su primer hijo como “el primero y el mayor de los errores que he cometido en mi vida, y el que más sinsabores me ha deparado”. Fallo repetido, sorprendentemente, seis veces más, y que le distraía de su absorbente ambición profesional; de la cual derivaban un autoritarismo y aptitudes paternas escasas, con efectos a veces trágicos, como él reconoce.
Su aspiración no debía de ser difícil de colmar para un hombre laborioso e inteligente como él era, en medio de la sordidez y chapuza del panorama cultural de la época –según él lo describe, claro está–. Y por ello mismo debió de dejarle una estela de resentimiento su, seguramente injusta, exclusión de la cátedra que codiciaba; injusticia que de un modo genérico atribuye al ambiente o mentalidad franquista. Aunque abusos como como los sufridos por él ocurren y ocurrirán siempre en la universidad y en cualquier institución, cualquiera sea el régimen político. Su antifranquismo le conduce, por otra parte, a describir una sociedad dominada por el miedo y cerrada a toda expresión contraria o simplemente ajena al régimen. Pero él –y muchos otros– demuestra en la práctica lo contrario. Y su fuerte prejuicio le hace imposible entender que una gran masa de población, en todos los niveles, fuera franquista o al menos no antifranquista, no por miedo sino por la convicción de que Franco había salvado al país de muy serios peligros.
Encuentro, por terminar estas notas, un rasgo trágico que Castilla no percibe de sí mismo, aunque lo comprobó en otros, como en esta confidencia de un neuropatólogo, judío de origen alemán, llamado A. Meyer: “He dedicado toda mi vida a un tipo de investigación que se ha demostrado estéril” Y observa Castilla: Fue un ejemplo del drama del científico que apuesta por una línea de investigación que a la larga se reputa equivocada. Años después conocí a un neurohistólogo español, exiliado en Londres, que me dijo lo mismo: la investigación en la que había cimentado su prestigio, dentro de un círculo por lo demás restringido, había sido marginada a favor de las surgidas en los últimos tiempos (…) Era tarde para adquirir una formación en esas áreas nuevas e investigar en ellas. Ya no tenía nada que decir. Dos años después me enteré de que se había quitado la vida” (226). Castilla orientó gran parte de su trabajo en una doble dirección freudiana y marxista, no fácilmente combinable. Esa orientación ha marcado en amplia medida el pensamiento y el trabajo intelectual en Europa y América durante el siglo XX. Las dos doctrinas se reputan hoy, con bastante generalidad, como estériles. Sin contar sus efectos políticos.
Volviendo al principio, existe, como dice manuelp, cierta similitud entre la actitud distante de Castilla respecto a sus hijos, y la de Alberto en Gritos y golpes. Pero Alberto atribuye su fracaso o semifracaso a la influencia del ambiente de los años 60, que Castilla considera muy beneficioso. Por tanto, al psiquiatra solo le queda la confesión de su propio error como padre. Alberto no menciona su posible responsabilidad al querer olvidar el pasado, o no ser capaz de razonar sobre él ante sus hijos, pues, como tantos otros entre los vencedores, prefirió olvidar los sucesos, pensando, tal vez equivocadamente, que con ello evitaba reabrir heridas. Cabe pensar que Carmen tampoco tuvo éxito en esa faceta de la educación de sus hijos, por razones semejantes. En el caso del personaje real Castilla y del ficticio Alberto, tendencias ideológicas opuestas tuvieron consecuencias bastante parecidas en la generación siguiente.
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Un par de datos relativamente anecdóticos: Escribe Castilla del Pino (p. 425): “Intentábamos paliar en lo posible los efectos dela aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes (ya el nombre lo dice todo, no de ellos , sino de los que la promulgaron) a los homosexuales detenidos en alguna redada. La pena de cárcel quedaba al arbitrio de los funcionarios de la prisión, que informaban al juez encargado de la aplicación de esta ley. De esta manera, si el informe era desfavorable, la estancia en prisión de prolongaba de seis en seis meses…”
La Ley de vagos y Maleantes fue promulgada en la república y por impulso directo de Azaña. Dado el número de homosexuales, podría creerse que las cárceles estaban llenas de ellos, pero no es así: España tenía por entonces (años 60-70) una de las poblaciones penales proporcionalmente más bajas de Europa, con muy escasa parte de homosexuales. En la actualidad, la población penal quintuplica o sextuplica la de aquellos años. De nuevo la estadística contrasta con los impresionismo subjetivos.
Esto resulta una insidia mucho peor, conociendo los hechos:
Recuerdo una entrevista con la provincial de las Hermanas de los Ancianos Desamparados una mujer (…) recatada, prudente pero inteligente y aguda (…) Cuando le pregunté dónde había pasado los años de la guerra, me dijo que “en la zona republicana” (no “roja” ni “comunista”, lo usual entonces) “Madre”, añadí, “siento curiosidad por saber cómo las trataron a ustedes en la zona republicana, qué situaciones vivió”. “Nos aconsejaron”, me dijo, “que nos desprendiéramos de los hábitos, pero todos sabían que éramos monjas y nos trataban con respeto y afecto. Nos dedicaron a cuidar a milicianos heridos y enfermos. Muchos, cuando se iban curados, pegaban un papel en la pared, detrás de la cama, en el que escribían cosas como “Camarada, respeta a esta monja que te ha de cuidar. A mí me ha cuidado como una hermana”. Y concluyó, con cierta reticencia: “Quizá por eso nosotras no tenemos mártires”.
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