Castilla del Pino (y IV) Doble tragedia

Blog I: Proyección de la culpa http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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No es cosa de alargarse demasiado,  aunque las memorias de Castilla del Pino dan para mucha  reflexión: transmiten la impresión de un hombre culto y sensible (como cuando denunció la destrucción de edificios antiguos de Córdoba por los que él llama “patriotas”, quizá indebidamente: la gente  inculta y ávida de dinero fácil se da en todas la ideologías). También sugieren a una persona más trabajadora que  realmente talentosa,  con una inteligencia lastrada por prejuicios y sentido crítico ejercido en una sola dirección. En general, el pensamiento antifranquista no creó nada original, limitándose casi siempre a introducir en España, con mayor o menor acierto, corrientes intelectuales de moda en otros países.

Así, cualesquiera fueran las cualidades del autor, desconcierta su fobia a Franco, no apoyada, y menos para un marxista, en base racional alguna. Suena un tanto a vesania, a la que no son inaccesibles los psiquiatras. Tiene algo de enfermizo su exhibición de alegría por la muerte del Caudillo, quien,  habiendo tomado un país en plena descomposición revolucionaria y separatista, lo dejó próspero y libre de los odios destructivos que aniquilaron la república.  Para la ocasión compuso un poema de extrema vulgaridad, por decirlo muy suavemente: como tantos antifranquistas, no parece percatarse de que cuando intentan retratar a Franco se retratan más bien a sí mismos, y no favorablemente. Trata a Franco de “capón”, de “millonario de muertes” , de no tener sangre sino

  “Linfa emponzoñada de blando sapo, de reptil cualquiera.

Pene no tuvo, ¿te cabe alguna duda?

 Pellejo vano entre sus ingles cuelga

que usó para mear certeramente

 encima de sus muertos y sus tumbas (…)

¡Cómo le hacía vivir la sangre derramada!

 ¡Cómo le hacía reír la lágrima vertida!

 ¡Nunca fue muerte por tantos deseada!

¡Nunca fue muerte por tantos bendecida!

El poemilla merece un pequeño análisis. Aparte su desmesura  poco cuerda o inteligente, o la referencia al pene, quizá obsesión freudiana, choca lo incongruente, de tratar de   “capón”, “sapo”, etc., a quien venció una y otra vez a todos sus muchos,  peligrosos y nada pacíficos enemigos de dentro y fuera de España. Muestra de  visceralidad o simple estupidez muy común en los antifranquistas, empeñados en demostrar que los venció y tuvo  bajo el yugo años y años un déspota grotesco, inepto, ridículo y de muy cortas luces, incluso cobarde. ¿Quiénes demuestran imbecilidad?

Al margen de sus contribuciones técnicas  a su especialidad, Castilla  refleja en su autobiografía una personalidad  con intensa ambición de sobresalir en el plano académico, pero con un talento acaso algo inferior a ese anhelo.  Quizá resida ahí la clave de su reacción ante el nacimiento de su primer hijo como “el primero y el mayor de los errores que he cometido en mi vida, y el que más sinsabores me ha deparado”. Fallo repetido, sorprendentemente,  seis veces más, y que le distraía de su absorbente  ambición profesional;  de la cual derivaban un autoritarismo y aptitudes paternas escasas,  con efectos a veces trágicos, como él reconoce.

Su  aspiración no debía de ser difícil de colmar  para un hombre  laborioso  e inteligente como él era, en medio de la sordidez y chapuza del panorama cultural de la época –según él lo describe, claro está–. Y por ello mismo  debió de dejarle una estela de resentimiento  su, seguramente injusta,  exclusión de la cátedra que codiciaba;  injusticia  que de un modo genérico atribuye al ambiente o mentalidad franquista.  Aunque abusos como como los  sufridos por él  ocurren y ocurrirán siempre en la universidad y en cualquier institución, cualquiera sea el régimen político.  Su antifranquismo  le conduce, por otra parte, a describir una sociedad  dominada por el miedo  y cerrada a toda expresión contraria o simplemente ajena al régimen. Pero él –y muchos otros– demuestra en la práctica lo contrario. Y su fuerte prejuicio le hace imposible entender que una gran masa de población, en todos los niveles, fuera franquista o al menos no antifranquista, no por miedo sino por la convicción de que  Franco había salvado al país de muy serios peligros.

Encuentro, por terminar estas notas,  un rasgo trágico que Castilla no percibe de sí mismo, aunque lo comprobó en otros, como en esta  confidencia  de un neuropatólogo, judío de origen alemán, llamado A. Meyer: “He dedicado toda mi vida a un tipo de investigación que se ha demostrado estéril” Y observa Castilla:  Fue un ejemplo del drama del científico que apuesta por una línea de investigación que a la larga se reputa equivocada. Años después conocí a un neurohistólogo español, exiliado en Londres, que me dijo lo mismo: la  investigación en la que había cimentado su prestigio, dentro de un círculo por lo demás restringido, había sido marginada  a favor de las surgidas en los últimos tiempos (…) Era tarde para adquirir una formación en esas áreas nuevas e investigar en ellas. Ya no tenía nada que decir. Dos años después me enteré de que se había quitado la vida” (226). Castilla orientó gran parte de su  trabajo en una doble dirección freudiana y marxista, no fácilmente combinable. Esa orientación ha marcado en amplia medida el pensamiento y el trabajo intelectual en Europa y América durante el siglo XX. Las dos doctrinas se reputan hoy, con bastante generalidad, como estériles. Sin contar sus efectos políticos.

Volviendo al principio, existe, como dice manuelp, cierta similitud entre la actitud distante de Castilla respecto a sus hijos, y la de Alberto en Gritos y golpes. Pero  Alberto atribuye su fracaso o semifracaso a la influencia del ambiente de los años 60, que Castilla considera muy beneficioso. Por tanto, al psiquiatra solo le queda la confesión de su propio error como padre. Alberto no menciona su posible responsabilidad al querer olvidar el pasado, o no ser capaz de razonar sobre él ante sus hijos,  pues, como tantos otros entre los vencedores,  prefirió olvidar los sucesos,  pensando, tal vez equivocadamente,  que con ello evitaba reabrir heridas.  Cabe pensar que Carmen tampoco tuvo éxito en esa faceta de la educación de sus hijos,  por razones semejantes. En el caso del personaje real Castilla y  del ficticio Alberto, tendencias ideológicas opuestas tuvieron consecuencias  bastante parecidas en la generación siguiente.

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Un par de datos relativamente anecdóticos: Escribe Castilla del Pino (p. 425):  “Intentábamos paliar  en lo posible los efectos dela aplicación  de la Ley de Vagos y Maleantes (ya el nombre lo dice todo, no de ellos , sino de los que la promulgaron) a los homosexuales detenidos en alguna redada. La pena de cárcel quedaba al arbitrio de los funcionarios  de la prisión, que informaban al juez  encargado de la aplicación de esta ley.  De esta manera, si  el informe era desfavorable, la estancia en prisión de prolongaba de seis en seis meses…”

La Ley de vagos y Maleantes fue promulgada en la república y por impulso directo de Azaña.  Dado el número de homosexuales, podría creerse que las cárceles estaban llenas de ellos, pero no es así: España tenía por entonces (años 60-70) una de las poblaciones penales proporcionalmente  más bajas de Europa,  con muy escasa parte de homosexuales.  En la actualidad, la población penal quintuplica o sextuplica la de aquellos años.  De nuevo la estadística contrasta con los impresionismo subjetivos.

Esto resulta una insidia mucho peor, conociendo los hechos:

Recuerdo una entrevista con la provincial de las Hermanas de los Ancianos Desamparados una mujer (…) recatada, prudente pero  inteligente y aguda (…) Cuando le pregunté dónde había pasado los años de la guerra, me dijo que “en la zona republicana” (no “roja” ni “comunista”, lo usual entonces) “Madre”, añadí, “siento curiosidad por saber cómo las trataron a ustedes en la zona republicana, qué situaciones vivió”. “Nos aconsejaron”, me dijo, “que nos desprendiéramos de los hábitos, pero todos sabían que éramos monjas y nos trataban con respeto y afecto. Nos dedicaron a cuidar a milicianos heridos y enfermos. Muchos, cuando se iban curados, pegaban un papel en la pared, detrás de la cama, en el que escribían cosas como “Camarada, respeta a esta monja  que te ha de cuidar. A mí me ha cuidado como una hermana”. Y concluyó, con cierta reticencia: “Quizá por eso nosotras no tenemos mártires”.

No requiere más comentario.

 

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Castilla del Pino (III) Los engaños de la pasión.

 

Comento con una persona relativamente joven (de unos 40 años), de formación universitaria, estas notas sobre las memorias de Castilla del Pino. Para mi sorpresa, ignora por completo quién pueda ser. Se lo explico y le menciono a Manuel Sacristán y a otros intelectuales  marxistas bien conocidos en mi juventud. Solo le suena Tamames. Y eso que Castilla publicó el segundo tomo de su autobiografía, con gran repercusión mediática, hace solo nueve años (falleció en 2009). Impresiona un poco la rapidez con que pasan hoy  las celebridades.  Un escritor con cierto acceso a los medios me comentaba: “desapareces seis meses de la radio, y ya nadie te recuerda”.

No sé si Castilla quedará para la posteridad como una figura importante, al menos en la profesión médica. Un psiquiatra amigo me dijo que sus escritos técnicos tenían verdadera relevancia en la psiquiatría española. Pero su relevancia, para el gran público, venía de obras más populares, combinación de psicología freudiana  y marxismo, que en los años 60 , en plena dictadura, circularon profusamente en la universidad y aun fuera de ella. Ya tocaré ese tema. Ahora quiero mencionar otras facetas chocantes de su autobiografía.

Me llamó la atención cierto ensañamiento con Dionisio Ridruejo: “No  me sedujo en ningún aspecto, al contrario, me irritó el que, sin tener en cuenta su papel durante la guerra y aún algo después, tratase de nuevo de ocupar el primer plano mediante la organización de un partido político de oposición”  O bien, “Tenía muchas reservas ante  un hombre con su historial falangista en el Valladolid de 1936 y primeros meses de 1937, los años de la represión más brutal (…) He leído las palabras que le dedicó Eugenio Montes cuando Ridruejo  inició su oposición al régimen, y que copié: “Cuando, como tú se ha llevado a centenares de compatriotas a la muerte y, luego, se llega a la conclusión  de que aquella lucha fue un error, no cabe dedicarse a fundar un partido político: si se es creyente, hay que hacerse cartujo, y si se es agnóstico hay que pegarse un tiro”.  Más tarde, cuando leí sus libros de memorias, hay algo que me inspiró respeto: su incapacidad para falsear y, dado lo dramático de lo que habría que decir,  y decirlo de verdad, callar, dolorosamente callar. Una actitud que a mí me sobrecogió desde el primer momento y me inclinó a la piedad por un hombre que parecía sufrir por su pasado” (p. 381).

Castilla, pues, se sitúa en el plano moral de quien acusa, pero comprende y casi perdona desde la superioridad democrática… Sin embargo, ¿cuál es su posición política real? La de un marxista militante.  Una de las leyendas urbanas más circuladas  después de que se disolviese en el aire la aureola del PCE, presenta a sus afiliados, o a muchos de ellos, como demócratas,  que entraban en el PCE  solo por representar este la única posibilidad real de lucha contra la oprobiosa dictadura de Franco.  Se lo he oído a Fernando Jáuregui y  a mucha otra gente, y el mismo Carrillo  lo sugiere,  no sé si con buena o mala intención. Por supuesto, Castilla del Pino se apunta a esa historia, y así explica: “Muchos de  quienes militábamos en el PC éramos radicalmente antifranquistas y demócratas, y por eso no podíamos fiarnos del todo de quienes, dentro aún del régimen, adoptaron un talante democrático como Ruiz Jiménez” (187). Ahora bien, no resulta exagerado concluir que se trata de una lamentable farsa, por demás evidente. Declararse marxista y demócrata no vale más que pretenderse católico y ateo.

El PCE se proclamaba marxista, y el marxismo ha sido la ideología más totalitaria y sanguinaria del siglo XX. No es posible que lo ignorasen Castilla y demás, por  mucha ingenuidad que les atribuyamos. En los años 60 circulaban legalmente muchas obras de Marx, de Engels, de la escuela de Frankfurt,  de Althusser, etc., y había editoriales como Ciencia Nueva o Castellote dedicadas a la promoción de libros marxistas. Solo una dosis de tontería o de inexperiencia estudiantil mucho mayor de lo  común y admisible podía conjugar aquellas doctrinas con la democracia de libertades. Por otra parte, los  genocidios y crímenes de las revoluciones  marxistas, absolutamente mayores que todo lo que pudiera achacarse al franquismo, eran de sobra conocidos, salvo para quienes quisieran cegarse a los hechos con el cuento de la “propaganda burguesa”.  Muy tardíamente y de pasada,  muestra Castilla despego hacia la  Cuba castrista o  la URSS,  estas sí, totalitarias y asfixiantes. Y muy distintas de un franquismo en el que tantos Castilla del Pino hacían carrera sin especiales dificultades, aun sabiendo todo el mundo de su adscripción marxista o comunista. Parafraseando el comentario de Eugenio Montes a Ridruejo, Castilla fue miembro del PCE muy activo en el plano cultural –el más influyente–. De un partido que antes de la guerra y sobre todo en la guerra y la posguerra, llevó la muerte y llevó a la muerte a decenas de miles de personas. Cuando Castilla habla de Carrillo no evoca en  absoluto el historial de este, como lo hace de Ridruejo. Si le parecían adecuadas las palabras de Eugenio Montes,  cuando el psiquiatra “descubrió” –harto tardíamente y sin rastro de análisis  intelectual— la burla trágica del comunismo, ya no le habría quedado, a fuer de agnóstico,  el remedio cartujo. Claro que, directamente, él no impulsó a nadie a matar o morir por la causa,  pero sí fue parte del negocio. Y podía jactarse –de hecho lo hace– de que al final sus esfuerzos trajeron la democracia y no un régimen a la soviética. Mas, tristemente para él, la democracia vino de donde podía venir: como evolución desde el franquismo, en modo alguno del comunismo de sus prolongados fervores.

Algo más sobre el apasionado, ciego, visceral antifranquismo, que justificaría, dicen, la militancia en un partido comunista. Según él, su odio a Franco obedecía a la miseria extrema impuesta “como forma de asentar y defender el privilegio de unos pocos”.  Y de nuevo la observación más elemental prueba que la miseria, extrema o no, disminuyó constantemente bajo el franquismo. Más aún, España se acercó entonces  a los países ricos europeos más que nunca antes o después. Esa realidad la comprobaba todo el mundo, excepto algunos intelectuales.  Para apoyar  su odio, cita a Brenan y a Hobsbawm hablando de los años 50:  Escribe el primero: “No es posible andar por Córdoba sin sentirse horrorizado ante tanta miseria (…) Se ven hombres y mujeres cuyos  cuerpos y caras tienen una capa de suciedad, porque son seres demasiado débiles y desesperados para lavarse. Se ven niños de diez años con las caras marchitas y mujeres de treinta que parecen viejas, con ese ceño de ansiedad que el hambre  y la incertidumbre  perpetuas procuran. Nunca antes había visto yo miseria tan grande (…) Los más impresionantes son los que se arrastran  por las calles sin brazos ni piernas. El gobierno concede una pequeña pensión a los que  perdieron los miembros en  el campo nacional,  pero los que estuvieron con los rojos, aunque sean mujeres o niños,  no obtienen nada”. Y el segundo autor  escribe (refiriéndose a Levante si mal no recuerdo):  “A comienzos de losaños 50 España  era un país pobre y hambriento, quizá más hambriento de lo que ningún ser viviente pudiera recordar”.

Cuando leí las frases de Hobsbawm en sus memorias, me dije “Este tío es tonto”,  perdón por la vulgaridad. Cualquier historiador medianamente serio sabe de las hambrunas  en la URSS o, durante la guerra mundial, entonces tan cercana, las de Bengala, Irán o Grecia, causantes de cientos de miles y hasta millones muertos. O las de la Alemania de posguerra,  de la India, de lugares de África, etc.  Los muertos por hambre en España se computaban en las estadísticas, y estaban en unos 300 anuales  a principios del siglo XX, en continua baja hasta que con la República se duplicaron  y volvieron a alcanzar las del año 1900. El año de mayor hambre en el siglo XX español fue 1938, con más de 1.100 muertos, casi todos en la zona roja. Después de la guerra, el hambre aumentó, sin alcanzar aquella cifra, en gran medida por efecto del semiboicot inglés durante la contienda mundial. Y durante los años 50 bajó con rapidez hasta dejar de figurar en las estadísticas por haber desaparecido como causa de muerte.  Al exagerar de tal modo la miseria en España,  Hobsbawm tampoco tiene en cuenta que una buena porción de ella se debía al aislamiento impuesto conjuntamente por su país, la URSS y Usa, aislamiento que buscaba deliberadamente aumentar la miseria para incitar al pueblo a rebelarse contra el franquismo.  Lo cual no consiguieron,  por cierto, ni ellos ni el maquis.  En mi opinión, Hobsbawm, historiador marxista, es decir, lisenkiano, está muy sobrevalorado.

Con Brenan ocurre algo semejante:  su enfoque corresponde a un intelectual progresista de izquierdas unido a cierta condescendencia. En El derrumbe de la II República  examino su credulidad y fantasías en torno a la represión de Asturias en el 34, por ejemplo.  Desde luego, por aquellos años había en Córdoba algunos mutilados como los que él describe (seguramente muy pocos) y niños y adultos sucios y no bien alimentados. Tales cosas pueden verse hoy mismo, y  no sería difícil  grabar un documental fijándose de preferencia en los mendigos cada vez más numerosos, los drogadictos, borrachos,  los barrios de chabolas con su basura y sus ratas, etc., para trazar un cuadro de absoluta degradación física y moral. Señalo esta obviedad porque una persona fuertemente ideologizada  tiende a ver solo aquello que coindide con sus prejuicios. Y los ingleses no son ahí mejores que los españoles. Por eso es tan importante, al escribir de historia, fijarse en las estadísticas y su evolución, que  tan a menudo desmienten  los impresionismos personales de tales o cuales “testigos”.  La estadística también sirve para mentir, como se ha observado a menudo, pero si está bien hecha resulta  siempre más fiable.

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Castilla del Pino (II) y el espíritu de la memoria histórica

La (escasa) honradez intelectual de Castilla del Pino

La autobiografía de Castilla del Pino tiene  el mayor interés porque,  entre otras cosas concentra la, digamos, “filosofía”  que cuajaría en la totalitaria ley de memoria histórica. Como él explica refiriéndose a las confidencias de algunos de sus pacientes sobre la represión franquista, “Me angustiaba el hecho de que  quienes vivieron aquellos episodios de terror y sufrimiento  inconcebibles dejaran este mundo y con ello se perdiera  el testimonio de la magnitud de lo que realmente había sucedido. ¿Desaparecerían Franco y el franquismo y persistiría  tan sólo la versión oficial? (…) El miedo paralizaba los relatos  (p. 125).

El libro tiene también valor como descripción  de los ambientes antifranquistas, descripción   naturalmente muy favorable aunque no falten tonos  oscuros para  tales o cuales  de sus personajes, así como esbozos psicológicos  bastante agudos de varios de ellos. El mismo Castilla se muestra como ejemplo de honradez (u honestidad) intelectual en contraste con tantas otras personas y sucesos de su relato. El franquismo, ya se sabe, envilecía moralmente a casi todo el mundo, si bien, con cierta ecuanimidad, Castilla  menciona algunas excepciones de clérigos o franquistas de considerable nivel moral. Aun así, en conjunto pierde toda compostura ante régimen y su Caudillo, considerándose víctima de  aquella sociedad execrable, por más que, como vimos,  ello no le impidió hacer una carrera exitosa y labrarse un nombre de prestigio…

Su actitud queda definida de modo inmejorable en su retrato del general Castejón. Vale la pena reproducirlo con alguna amplitud: “El general Castejón  era el gobernador militar de Córdoba (…) Solo verlo de lejos me producía una repugnancia invencible. Durante la guerra civil fue subordinado de Yagüe; la toma de Badajoz a sangre y fuego, a la que siguió la matanza en masa  en la plaza de toros  de más de cinco mil republicanos corrió por toda la Europa democrática, junto a la entrevista a Yagüe  de un periodista inglés en la que reconocía la cifra de  fusilados. Ricardo Molina, que era de Puente Genil, me contó la entrada en el pueblo de las huestes de Castejón, entonces comandante. Como era proverbial, consintió que sus regulares y legionarios dispusiesen de un par de días  de libertinaje  con los señalados  como de izquierdas o simplemente republicanos. La masacre fue feroz: después de Córdoba capital, la ciudad de la provincia con mayor número de fusilados. De Castejón me habló mucho Julio Aumente, al que a veces llamaba al Gobierno Militar  para que le asesorase  sobre algún cuadro de los muchos que robó  durante la guerra mediante el saqueo. Cuando las tropas entraban  en algún pueblo, ciudad o capital de provincia,  procedían, por orden de él, a la rapiña de cuadros, queél almacenaba y luego vendía”.  A otros les obligaba a regalarle cuadros que creía valiosos.  Castilla corona el retrato con una anécdota  que revelaría el desprecio del militar por los intelectuales, en ese caso por Menéndez Pidal (p. 114-5). ¡Así eran los gerifaltes franquistas!

Es muy difícil, claro está, resolver cuánto hay de verdad, de exageración o de pura falsedad en ese retrato. Pero de algo, precisamente lo más grueso de la acusación, es decir, la toma “a sangre y fuego”  de Badajoz y la matanza de “más de cinco mil republicanos”  en la plaza de toros, conocemos desde hace tiempo su inapelable falsedad. Ricardo de la Cierva puso ya en su día de relieve las incongruencias y el testimonio del periodista portugués  Neves,  realmente decisivo. En  Los mitos de la Guerra Civil  abundé en esas contradicciones señalando, entre otras cosas, la muy alta improbabilidad de que hubiera estado en Badajoz, como pretendía,  el autor de la leyenda, el agente de propaganda del Frente Popular más que propiamente periodista –al menos en el sentido  serio del término– Jay  Allen.  Improbabilidad aumentada por otra: que las autoridades militares de la plaza se prestasen de tan buena gana a  hacer el caldo gordo a la propaganda enemiga  contándole tranquilamente las atrocidades que deseaba narrar  Allen –cuyo carácter izquierdista era ya bien conocido por el bando nacional después de una entrevista en que hace decir a Franco que estaba decidido a matar a la mitad de los españoles–. Más recientemente, Francisco Pilo, Moisés Domínguez y Fernando de la Iglesia, han terminado de poner las cosas en su sitio en su libro La matanza de Badajoz  ante los muros de la propaganda, donde sigue minuciosamente las andanzas de Allen y señala datos siempre ocultados  los de la “memoria histórica”:  los crímenes de la izquierda, a menudo de una ferocidad increíble, cuya evidencia  encontraban las columnas nacionales en su avance desde Sevilla.

Algo más: la propaganda izquierdista ha sacado especial partido de las declaraciones atribuidas por el periodista  useño (no inglés) Whitaker a Yagüe admitiendo este haber asesinado a 4.000 enemigos por no dejarlos a retaguardia. Sobre esas declaraciones ya expresé mi sospecha de que eran tan falsas como las atribuidas por Allen a Franco, y ahora el libro de Pilo y sus compañeros lo ha demostrado también. Pues las supuestas declaraciones de Yagüe no las publicó Whitaker por las fechas  correspondientes, sino que las “recordó”  nada menos que seis años después, en el clima exacerbado de la guerra mundial. También he puesto de relieve el contraste entre el testimonio de  Neves en 1936 (y las fotos  demostrativas de la imposibilidad de la matanza en la plaza), y su pomposa indignación muchos años después. Ejemplos muy ilustrativos sobre el peligro de las evocaciones personales, máxime cuando vienen mediatizadas por razones de conveniencia política… o pecuniaria, como en el caso de la ley de memoria histórica.

Obviamente, Castilla creía lo que han (hemos) creído millones de personas y  no tenía por qué  investigar estas  cosas. Pero conocía por fuerza la existencia de otras versiones, y ello  debía haberle inspirado una elemental prudencia.  No obstante desecha  esas versiones sin siquiera aludirlas y la razón salta a la vista: la leyenda de Badajoz ha resultado  tan satisfactoria para los impulsos pretendidamente justicieros  de la izquierda, que la renuncia a ella se siente como una pérdida dolorosa. Lo cual no quiere decir que no se cometieran atrocidades en los dos bandos, aunque quien empezó la carrera de asesinatos, con listas secretas de enemigos a liquidar, como he expuesto en Los orígenes de la Guerra Civil,  fue la izquierda, ante todo el PSOE,  en 1933-34, con vuelta a partir de las elecciones del Frente Popular.

No menos inapropiado, aunque se haya hecho un tópico  de uso casi universal, es llamar “republicanos”  a los que, precisamente, arrasaron la legalidad  republicana, como creo haber demostrado  contundentemente en El derrumbe de la II República.  Una auténtica usurpación. Ello enlaza nuevamente con la “memoria histórica” según la cual (y según Castilla) los represaliados por el franquismo lo eran simplemente por ser “republicanos”, a menudo “honrados”. He reproducido una nota de Arcadi Espada sobre el caso del padre del actual político socialista Zarrías, un “honrado alcalde republicano”, fusilado  solo por serlo, al parecer. Según los testigos, el buen alcalde tenía responsabilidad directa en varios asesinatos perpetrados en su localidad.

Uno se asombra, por lo demás, de frases como esta: “La guerra civil era la expresión del embrollo políticosocial con se había topado, sin tiempo para resolverlo, a segunda República española” (p. 319) El más elemental estudio de los hechos revela que la república  heredó la mejor situación en que había estado el país desde la Guerra de Independencia. Y que fue ella, especialmente sus partidos de izquierda y separatistas, la que creó el “embrollo políticosocial”,  buen eufemismo para el festival de odios impulsado por los diversos mesianismos de la época.

 

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Notas sobre Castilla del Pino (I) /ETA, problema policial y problema político

Blog II: Miseria (II) El Europeísmo en España / Divorcio Iglesia-Cultura/ El caso Zarrías según Arcadi Espada. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

**Hoy sábado, por la tarde, firmaré en la caseta 237 de la Feria del Libro (Ediciones encuentro) ejemplares de El derrumbe de la II República, De un tiempo y de un país, y otros.

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Notas sobre Castilla del Pino.

A raíz de la intervención de manuelp sobre las similitudes que encuentra entre el protagonista de Sonaron gritos y golpes a la puerta, y Castilla del Pino en el segundo tomo de su autobiografía, Casa del olivo, sobre la actitud hacia los hijos (ficticios y reales respectivamente),  me pongo a leer el libro del famoso psiquiatra. Lo tenía de hace años y solo lo había hojeado. Es un libro muy interesante,  escrito por una persona muy culta y de indudable talento, ciertamente muy digno de tenerse en cuenta. Había leído con más atención el primer tomo, Pasado imperfecto, que me produjo un efecto algo deprimente, no tanto por lo que narraba sino más por la actitud del autor. Y utilicé algunos pasajes de él para Gritos y golpes, concretamente para la descripción del Madrid de la inmediata posguerra, de las pensiones y alguna escena de un burdel.  Como se trata de una obra en verdad  interesante, le dedicaré algunas notas en este blog. Castilla es muy observador y sin duda goza de una excelente  memoria, pues describe con precisión muy pasados y, si bien  no debe creerse que los detalles sean siempre exactos, crea una fuerte sensación de que en lo esencial fueron así.

La primera nota la centraré en el antifranquismo, hasta furibundo, del autor. A Franco le llamaba “el sapillo” y escribe, por ejemplo: ”La conciencia del sufrimiento concreto de tanta gente me convirtió en un antifranquista rabioso. Todo lo que observaba me remitía en última instancia a ese régimen, capaz de mantener a muchos en  la miseria extrema  cvomo forma de asentar y defender el privilegio de unos pocos” (p. 165).  Más adelante comentaría  en una entrevista: “A Franco lo he odiado durante cuarenta años (…) Gracias al odio, la humanidad ha progresado”.”Francisco Franco Bahamonde ha sido el personaje más nefasto de la historia de España desde el neolítico”. No me parece exagerado calificar  esta autobiografía como un monumento de odio al franquismo.  Y esto requeriría sin duda una explicación. Porque, pese a describir a aquel régimen con los tintes más negros, como una dictadura absolutamente opresiva, sanguinaria y cerril, lo cierto es que en ella el autor pudo no solo vivir, sino prosperar hasta hacerse un nombre y renombre  muy notables,  cuyo brillo, en cambio, decayó notablemente al llegar la democracia.

Castilla del Pino realizó su carrera con muy pocas trabas, desenvolviéndose en una sociedad tan cerrada  y provinciana como la que describe de Córdoba, adquirió prestigio social, tanto entre la “buena sociedad” como en las capas bajas. Cuando yo estaba en el PCE, se le citaba como unos de los tres grandes intelectuales del partido, siendo los otros dos Ramón Tamames y Manuel Sacristán. Se suponía que no solo eran grandes, sino infinitamente superiores  a los intelectuales “franquistas” o simplemente “burgueses”,  ya que además de sus talentos compartían la doctrina científica de Marx y Lenin (por entonces Stalin había sido apartado del Olimpo proletario).  Leí varias otras del autor, cuyo contenido solo recuerdo vagamente, sobre la alienación de la mujer, la depresión, la culpa y alguno más que, desde luego, se publicaban y diufundían legalmente, pese a su metodología entre marxista y freudiana. Él asistía, aun si con limitaciones ocasionales, como hace constar, a congresos internacionales, viajaba al extranjero,  se codeaba con colegas prestigiosos de diversos países. Pudo haber ido a trabajar a Canadá, pero no lo hizo por decisión personal, sin ninguna presión del régimen. Ya en los  años 40  no se recataba en confesar su ateísmo o agnosticismo a personas próximas al franquismo,  disimulaba poco su inquina a Franco y se rodeaba de personas contestatarias,  varias de ellas homosexuales, que vivían  con algún disimulo, tampoco mucho, en aquella sociedad tan aparentemente carcelaria… Y así sucesivamente. Pero no trata en ningún momento de explicar por qué un régimen tan tiránico, policíaco y arbitrario le permitía prosperar –esta es la palabra—y no en una ciudad más o menos cosmopolita como Madrid o Barcelona, sino en la pequeña, provinciana, retrógrada, oscurantista e inculta Córdoba, como él la retrata con talento literario.  Es lástima que no lo explique porque tal paradoja lo merecería. Salvando algunas distancias, recuerda a los  marxistas y ultraderechistas  que despotrican de los horrores del capitalismo y la democracia “burguesa”, en la cual, sin embargo, se acomodan sin problemas, sacando partido de sus ventajas con la mayor tranquilidad de conciencia.

Con todo, cabe pensar que el abono de su odio al régimen no fue  su peripecia personal –en definitiva exitosa y sin mayores contratiempos–,  sino, como sugiere, el conocimiento, directo o indirecto de las atrocidades y fechorías contra otras personas, contra el “pueblo” en general y la intelectualidad en particular. Y eso merece atención aparte.

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Dicho antaño:

 El problema policial y el problema político (LD, 8-2-2001):

Si un grupo político, en una democracia, intenta imponer su programa a tiros, se transforma en una empresa de asesinos profesionales, y así debe ser considerado. Su represión es asunto policial; en la medida en que se le permita transformarse en cuestión política, en esa medida queda legitimado el crimen y entra en crisis el Estado de Derecho. La escasa tradición democrática española hace que muchos políticos no entiendan algo tan sencillo y, de hecho, colaboren peligrosamente con los asesinos. El caso de Margarita Robles –¡que dirigió la lucha antiterrorista!– resulta paradigmático. Si se permite que los atentados pongan en cuestión los principios del Estado de Derecho, habremos iniciado el camino a otra dictadura o la balcanización de España.

Dentro de esta distinción elemental, entra la mayor o menor eficacia de la policía en su cometido. A juzgar por la forma en que se van frustrando atentados espectaculares, en los últimos tiempos están dando mejor resultado las oraciones de Rouco que la técnica policial, casi nunca brillante. Pero, en todo caso, la técnica no debe condicionar la defensa de la democracia, como algunos pretenden al insistir en que, dada la persistencia de los asesinos, habrá que negociar –es decir, claudicar– con los asesinos. Nunca se ha oído decir que el Estado italiano o el norteamericano deban negociar con la mafia para cederle parcelas de poder –pues de eso se trata–, a pesar de que la mafia constituye en esos países un fenómeno mucho más persistente y mortífero que la ETA en el nuestro.

Ello no implica que el tratamiento del terrorismo sea exclusivamente policial. En realidad, un atentado no es un acto de guerra, sino de propaganda, que intenta multiplicar su impacto por medio de la sangre: es un diez por ciento de sangre y un noventa por ciento de propaganda. En este sentido, la represión policial constituye sólo un diez por ciento de la solución. El resto corresponde a la sociedad, que puede y debe neutralizar esa propaganda y volverla contra sus autores. Si tenemos en cuenta cómo hasta hace poco la ETA era vista con complacencia en amplios sectores políticos y populares, cómo sigue siéndolo entre los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos, y en Izquierda Unida, nos percatamos de lo mucho que se ha avanzado en ese terreno, y también de lo mucho que queda por hacer.

Los complacientes con el terrorismo –del que esperan obtener ganancias políticas muy claras– repiten machaconamente que el fondo de la cuestión es político, y que requiere un tratamiento político. Y tienen razón: al lado de los pistoleros están esos grupos y personas que, sin ser violentos, invocan la política para justificar la violencia y socavar los derechos ciudadanos. He ahí el auténtico y serio problema político.

 

 

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Franco estratega: campaña de Cataluña y caída de Madrid.

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La campaña de Cataluña y la caída de la zona centro.

El 16 de noviembre de 1938 terminó la batalla del Ebro.  Había sido una apuesta muy difícil por las dos partes, pero la victoria nacional dejó muy malparado, material y moralmente, al ejército rojo, como seguramente esperaba Franco. De modo que la ofensiva hacia Barcelona y los Pirineos debía resultar bastante fácil y ya sin el peligro de una intervención francesa.

Sin embargo, había más complicaciones. Negrín hizo un supremo esfuerzo: pese a estar consumidas las reservas de oro llevadas a la URSS, y seguramente otros muchos pagos en especie, desde septiembre venía solicitando a Stalin una ayuda militar en gran escala, superior a todas las conseguidas hasta el momento. La ayuda le fue concedida, algo aparentemente extraño teniendo en cuenta que la URSS se estaba desentendiendo ya del  conflicto, retirando la Brigadas Internacionales y los consejeros militares y políticos. La explicación, de todas formas, parece sencilla:  aunque se retirase y probablemente intensificase ya sus tratos con Hitler, a Stalin le seguía conviniendo la prolongación de la guerra, como también convenía al líder alemán, si bien por motivos distintos.  Sospecho vivamente que el pago de aquel material iba a hacerse con los tesoros artísticos del Museo del Prado y otros, pues no se explica de otro modo lo que la propaganda ha querido presentar como “salvamento” de los tesoros artísticos, operación sobre la que Azaña es bastante explícito. Como fuere, la ayuda práctica comenzó a llegar, a través de Francia, a finales de diciembre, cuando los nacionales ya avanzaban hacia Tarragona y Barcelona, y no sirvió de gran cosa a Negrín.

A su turno, Franco quería emprender la campaña con superioridad de infantería, para lo que pidió a Alemania una considerables remesa de fusiles, ametralladoras y cañones.  Los alemanes desconfiaban después de la declaración de neutralidad  de Franco, y temían que este internase a la Legión Cóndor, en correspondencia con la retirada de las Brigadas Internacionales.  Por lo tanto, la ayuda fue supeditada al reconocimiento explícito de la deuda con Alemania, valorada en 377 millones de marcos, mayor papel de los alemanes en la conducción de las operaciones, y resolución del asunto Montana, por el que se reconocía, contra la ley española, la formación de empresas mineras mixtas hispanoalemanas en las que la parte alemana podía hacerse mayoritaria. La deuda fue reconocida, así como el compromiso de no internar a la Legión Condor; los alemanes, mal informados, se hicieron con algunas minas sin valor y  su influencia en la conducción de la guerra no fue mayor que antes, es decir, secundaria.  Pero  la entrega de material se fue aplazando por estas negociaciones, de modo que solo empezó a llegar en enero,  y las nuevas divisiones no llegaron a entrar en acción.

La campaña catalana, aun llevada con cautela por Franco, fue rápida. El 23 de diciembre comenzó el ataque desde Lérida. Las líneas rojas fueron rotas con facilidad superando las sucesivas líneas de resistencia montadas por Rojo, a cuyos ejércitos impidieron reagruparse mientras los amenazaban de copo. El 14 de enero cayó Tarragona, el 24, el gobierno emprendía la huida hacia los Pirineos dejando Barcelona en completo desorden –lo narro un poco en “Gritos y golpes”–. Desde allí las operaciones se resumen en la fuga del bando rojo y persecución del contrario. Francia pretendió establecer una “zona neutral” dentro de España, supervisada por otras potencias, para acoger a la masa de los huidos,  pero Franco desechó la intromisión. El 10 de febrero, los nacionales dominaban toda la frontera con Francia.

Un aspecto de esta campaña fue la reacción de la población civil, que casi siempre acogió con entusiasmo a las tropas nacionales. Simultáneamente, unas 400.000 personas cruzaron la frontera, pero el mismo años 1939 más de dos tercios de ellas volvieron a España.

Para entonces, Franco disponía ya de una superioridad material y numérica aplastante, y podía culminar la contienda son una ofensiva general sobre la zona centro del Frente Popular. Esta no se hallaba en absoluto desarmada. Disponía de medio millón de soldados, una considerable artillería, cientos de tanques y blindados, más una flota numéricamente poderosa en Cartagena, así como de ciudades como Madrid, Valencia, Alicante o Almería. Solo en aviación podía considerarse en condiciones precarias. Sin embargo las tropas se hallaban desmoralizadas, la población hambrienta y los partidos muy desunidos.  Negrín y los comunistas querían resistir aún a toda costa, pero no sus aliados. Estos habían aceptado la brutal disciplina e incluso persecuciones de los comunistas, con la esperanza, cada vez más remota, de ganar la guerra o de enlazarla con la europea en ciernes. Pero ante la perspectiva de una pronta derrota, puestos a elegir entre Franco y Negrín, optaron por el primero, buscando una negociación que les salvara. Franco exigió la rendición incondicional. De ser cierto el retrato que pintan de él historiadores tipo Preston, como un personaje sediento de exterminio, se habría lanzado con toda su superioridad para aplastar a sus enemigos en un baño de sangre. Pero entonces prefirió esperar. La  progresiva descomposición del bando rojo le ofrecía la oportunidad de terminar la guerra sin más combates, y la aprovechó. Los comunistas y sus  ex aliados se enfangaron en una guerra civil entre ellos en la primera semana de marzo del 39. Hacia finales de mes, sin disparar prácticamente un tiro, los nacionales entraron en Madrid y avanzaron hacia la costa mediterránea, adonde llegaron a final de mes. Lo hicieron sin mucha prisa, probablemente para facilitar la fuga de los jefes enemigos y otras personas comprometidas. Los jefes lograron huir, desde luego, pero no parecen haberse preocupado de la masa de izquierdistas, miles de ellos complicados en los crímenes y robos de las chekas y similares, los cuales cayeron en manos de los vencedores y sufrirían la represión consiguiente.

A mi juicio, la campaña de Cataluña y el fin de la zona centro son dos obras maestras en el terreno político-militar. Muestran a un Franco  preocupado de la economía de fuerzas y muy poco sanguinario. La guerra en su conjunto hay que apreciarla desde su inicio, en condiciones materiales casi desesperadas; luego la batalla de Madrid, que ofreció a sus enemigos la oportunidad de aplastarle; la brillante campaña del norte que le dio cierta ventaja material y poder industrial; la conversión de la ofensiva izquierdista  de Teruel en un desastre estratégico para los ofensores; la batalla de desgaste en el Ebro, que le abrió las puertas a una fácil victoria en Cataluña; y por fin la liquidación casi incruenta del frente central. Fue una guerra muy compleja, con batallas de desgaste y de envolvimiento, campañas rápidas y lentas, empleo a veces masivo de la aviación (no de los tanques, la casi totalidad de los cuales eran soviéticos, aunque los nacionales emplearan cierto número de ellos capturados).  Nada que ver con una guerra colonial, muy distinta también de la PGM, de frentes estáticos y trincheras, y también del la SGM, con sus vastas maniobras de la guerra relámpago, inaplicable en España por falta de material adecuado. Fue también una guerra de masas, en la que cada bando movilizó a más de un millón de hombres, pese a lo cual resultó comparativamente poco sangrienta, con algo más de un cuarto de millón de muertos y pocas víctimas civiles por bombardeos o matanzas (las víctimas del terror entran en otra categoría.    Basta un mero repaso global para percatarse de hasta  qué punto los detractores de Franco, a quien pintan como insignificante, feroz y mediocre, se retratan ellos mismos.

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