Batallas decisivas que no lo fueron / Amigos de la guerra civil

Blog I: El doble secreto de la Transición / El PSOE, de problema a pesadilla http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/doble-secreto-transicion-20130529  

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El ataque a Teruel por el ejército rojo, en diciembre de 1937,  fue, como sus ofensivas anteriores, en especial las de Brunete y Belchite, un intento por arrebatar la iniciativa a los nacionales, pero esta vez alcanzó su objetivo, y la ciudad cayó después de una heroica resistencia. El éxito fue explotado masivamente por la propaganda izquierdista internacional y suponía un grave revés, al menos en principio, para los nacionales, apenas dos meses después de haber coronado la toma de la franja cantábrica. Franco pudo haberse concentrado, a pesar de todo, en el objetivo de Madrid, pero debió de suponer que era peligroso  atacar al ejército enemigo del Centro, que ya había probado su capacidad defensiva, mientras a su espalda otro ejército rojo, el de Levante, acababa de demostrar su potencia.  Y seguramente se percató de que si lograba desbaratar quienes habían  conquistado Teruel, podría descender con bastante facilidad sobre el Mediterráneo, relativamente próximo: con ello cortaría en dos al territorio del Frente Popular y aislaría Cataluña y la parte de Aragón en manos izquierdistas.  En todo caso eso es aproximadamente lo que se propuso. Hasta entonces había frenado las ofensivas contrarias sin intentar invertirlas (salvo en Brunete), pero ahora haría lo contrario.

Y una vez más, el “mediocre” general batió a sus enemigos: envolvió Teruel en una maniobra de flanqueo para, una vez recuperada y sin dar  tiempo a reponerse al ejército contrario, emprender una contraofensiva por Aragón y hacia el Mediterráneo. La rapidez con que  volvió a desplegarse y atacar sorprendió por completo a sus adversarios. En una campaña muy maniobrera, los nacionales ocuparon todo Aragón y Lérida, y más al sur avanzaron por el Maestrazgo, cortaron en pedazos a las tropas contrarias, impidiéndoles coordinarse, y  alcanzaron el Mediterráneo por Castellón el  15 de abril de 1938, prácticamente en el séptimo aniversario de la instauración republicana. En menos de mes y medio Franco había destruido cuantiosas tropas enemigas y hecho decenas de miles de prisioneros a un coste mínimo en bajas propias. Y además había ocupado un extenso territorio y aislado las tres provincias catalanas aún en manos de la izquierda y los separatistas.

Yagüe y otros habrían querido ocupar Cataluña, un objetivo al parecer fácil en aquellos momentos,  en lugar de rodearla por Castellón: de ese modo toda la zona centro se encontraría rodeada y aislada del resto de Europa por tierra y prácticamente por mar, lo que habría decidido su caída en plazo no muy largo. Pero Franco optó por la decisión que parece militarmente menos provechosa. Creo que solo puede entenderse  por el carácter no solo militar, sino también político, de su estrategia. En contra de lo pretendido por historiadores poco serios, le interesaba terminar la guerra cuanto antes, lo mismo que a Negrín y los suyos les interesaba alargarla. Pero manejarse en las condiciones europeas de aquellos meses requería una extrema cautela.  Así como Negrín trataba de  involucrar a Francia e Inglaterra en el conflicto, Franco buscaba justamente evitarlo. Por ello debía tener muy en cuenta el fuerte caldeamiento de la olla europea debido a la unión de Austria  a Alemania en el mes de marzo y al envenenado  problema de los Sudetes. Francia solo podía recelar del triunfo, en su propia retaguardia, de un bando apoyado por Alemania. Por esa razón y por simpatía con las izquierdas españolas le convenía mucho más la victoria del Frente Popular, y la llegada de los nacionales a su frontera por Cataluña podía decidirla a intervenir. La razón de esta y otras decisiones que tomó Franco a lo largo de 1938, consiguiendo victorias importantes pero sin explotarlas a fondo, parece que solo puede tener relación con sus informes y sospechas sobre las actitudes francesas. Por ello, también, una vez llegado al Mediterráneo, no giró hacia el norte, hacia Barcelona, sino hacia el sur, hacia Valencia, un objetivo militarmente inferior.

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En LD,

Amigos de la guerra civil

Un sector importante de la izquierda siempre ha sido propenso a la guerra civil. Por remontarnos sólo a 1933, el grupo dominante del PSOE vio en ella la bendita antesala del socialismo soñado. En consecuencia, organizó muy en serio la contienda, la ensalzó sin hipocresía (no como la Ezquerra catalana, que la preparaba sin nombrarla) y la desencadenó en octubre de 1934, contra un gobierno legal y democrático de centro derecha. Los comunistas han sentido la misma atracción. Lenin definió el marxismo como una escuela de guerra civil, y trató de “pedantes redomados o momias sin sentido común” a quienes deploraban tal experiencia bélica, como recordó el líder de la Comitern, Dimitrof, justo cuando planteó, en 1935, la nueva táctica de los frentes populares.

La primera fase de la pugna española, en octubre del 34, fracasó. Al comienzo de la segunda etapa, en 1936, las izquierdas tuvieron al principio todas las de ganar, hasta que perdieron la franja cantábrica, a causa de la incompetencia militar de Franco –a ese tipo de izquierda le encanta la idea de haber sido derrotada por un inepto–. En ese momento la guerra pudo haber terminado. Azaña y otros muchos lo deseaban, pero los amigos de la guerra civil impusieron una resistencia a ultranza, con el aún muy importante apoyo soviético. Azaña creía que tal obstinación multiplicaba las penalidades y el derramamiento de sangre y enconaba los odios sin esperanza de éxito. En cambio, los socialistas de Negrín y los comunistas tenían una esperanza, enlazar con la ya próxima guerra mundial. Entonces las penalidades y la sangre aumentarían, pero el Frente Popular obtendría por fin la victoria. Alcalá-Zamora cuenta cómo, tras la derrota y con la contienda mundial en marcha, numerosos exiliados deseaban “el monstruoso horror de un resurgimiento de la guerra civil complicada con la externa. Era inútil cuanto yo les dijera sobre el loco crimen que eso suponía”.

Terminada la guerra mundial, los comunistas creyeron posible resucitar la civil por medio de acciones guerrilleras, el llamado “maquis”. Trataban de imponer un gobierno parecido al del Frente Popular, como paso intermedio a un régimen de tipo estalinista. Fracasaron, sobre todo, porque la población rechazaba nuevas violencias civiles. Pues bien, ¡incluso ahora los amigos de la guerra civil siguen en sus trece! En diversas comunidades se empeñan, a menudo con éxito y con apoyo del PP, en exaltar oficialmente al “maquis” estaliniano como una lucha por la libertad. Es difícil imaginar algo más necio, marrullero y contrario al espíritu de la democracia. Pero la realidad, como de costumbre, supera a la imaginación.

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El espíritu y la materia / Sobornos y neutralidad de España en la SGM

Blog I: Tres derechas en España / Argumento contra la democracia http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/tres-derechas-espana-argumento-democracia-20130527

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El espíritu y  la materia.

El 29 de septiembre de 2006 escribí este artículo:

La materia tiene todos los rasgos de un ente espiritual. Nadie ha logrado –ni presumiblemente logrará– verla, tocarla, olerla, oírla o gustarla. Lo que se presenta a nuestros sentidos es una inmensa cantidad y variedad de fenómenos y cuerpos, y solo por una abstracción mental, esto es, espiritual, decidimos que ellos son expresiones de “la materia”. ¿Un fantasma?

A su vez, el materialismo, base de algunas ideologías revolucionarias, es una actitud espiritual: el espíritu que se niega a sí mismo en casos extremos, o que se coloca, modestamente, en posición secundaria ante la materia. Este materialismo reduce el espíritu a la consciencia, y finalmente al problema de qué es lo primero y qué lo derivado: la materia o la consciencia. Así expuesta, la cuestión no admite dudas: la consciencia derivaría del mundo material, sería en último extremo una forma peculiar del funcionamiento de la materia, algo así como un espejo de esta, creado por ella misma (aunque deberíamos preguntarnos entonces por qué ese espejo suele ofrecer visiones tan erróneas o deformadas de su objeto: la materia parece algo bromista).

El problema tiene que ver con el sentido del mundo. Siendo la materia lo primero, la tarea de la consciencia consistiría en entender la materia cada vez más claramente, prescindiendo de otros espíritus que no sean la consciencia misma y su manía investigatoria. Pero, ¿y si esa investigación nos lleva a concluir que el mundo y la vida carecen de cualquier sentido discernible? Mala suerte, aunque entonces también habría que decidir de dónde viene esa necesidad psicológica del sentido. Si no viene de la materia, ¿de dónde?

El sentido es un problema porque no se nos ofrece con claridad. Al examinar el mundo, lo mismo podemos concebirlo como un todo ordenado a un fin que como una mezcla de orden y caos sin finalidad alguna. Encontramos indicios y hasta pruebas de una cosa y de la otra. Por eso el sentido es asunto de fe.

Pero siendo el materialismo una actitud del espíritu, decía, no puede prescindir del sentido, y por tanto de la fe. Por ejemplo, el ser humano y su consciencia aparecen para un materialista como el resultado de una evolución imprevisible e innecesaria. La consciencia se presenta como resultado de una acumulación gigantesca de cambios genéticos al azar sin finalidad alguna, y posiblemente no existiría en todo el universo más que en la Tierra. Bueno, pues aun así el materialista tendrá que encontrarle algún sentido: la adaptación al medio… aun si el espíritu humano tiende más bien a adaptar el medio a sus deseos sin sentido. Una forma peculiar de fe, en fin”.

Dicho de otro modo: el espíritu es el sentido, el para qué, la finalidad de las cosas, incluido el hombre. La ciencia prescinde de finalidades, de paraqués y hasta de causas, de porqués, concentrándose en los “cómos”, en exponer los modos y relaciones de las cosas, de la materia. Ello no niega ni afirma el sentido, pero a su vez es producto del sentido, del espíritu. ¿O resultará que toda esa manía investigatoria, ese afán incansable por saber, carece de finalidad, alguna? ¿Sería una broma más de la materia?

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La “Caballería de San Jorge” y la neutralidad española en la guerra mundial

La cuestión de los sobornos ingleses a generales españoles durante la II Guerra Mundial resurge de vez en cuando, como el Guadiana, no sé si con alguna intención oculta. En el libro  Años de hierro lo traté: “Con Hoare como nuevo embajador, Churchill mataba dos pájaros de un tiro: impresionaba favorablemente a Madrid y alejaba a un político proclive a la paz con Berlín, y por tanto molesto para su línea de resistencia. Cadogan, alto funcionario del Foreign Office, expresó su cálida esperanza de que los alemanes o los italianos asesinasen a Hoare en España. El embajador tenía práctica de espionaje y acciones clandestinas. Durante la I Guerra mundial había usado fondos secretos para sufragar el periódico de Mussolini Il popolo d´Italia,  ayudando así, inopinadamente, al surgimiento del fascismo. En 1935, como secretario del Foreign Office, había maniobrado en secreto con Francia (Pacto Hoare-Laval), para ceder a Italia la mayor parte de Abisinia, debiendo dimitir al salir a la luz el hecho. Ya en Madrid, Hoare aceptó un plan de su agregado naval, Hillgarth, para sobornar a treinta altos mandos españoles y usarlos contra el sector belicista. La operación correría a través del financiero Juan March y de una cuenta en la Swiss Bank Corporation. Los sobornos vendrían, pretendidamente, de empresarios españoles ansiosos de paz, para no dar a los militares la impresión de servir a un país extranjero.

“March, negociante sin muchos escrúpulos, conocido como El último pirata del Mediterráneo, ya en la I Guerra Mundial había tratado indistintamente con ingleses y alemanes, no dudando, según se dice, en estafar a ambos para aumentar su ganancia. Al comenzar la II Guerra, ideó aprovechar los mercantes alemanes retenidos en puertos españoles para ponerlos bajo bandera neutral y traficar con América. Ello beneficiaría al comercio español, al inglés y al alemán, pues ofreció a cada uno de ellos, con ignorancia del contrario, transportarle mercancías de tapadillo. Y beneficiaría sobre todo a Juan March. El negocio no llegó a cuajar, pero ilustra las destrezas del financiero. Los ingleses desconfiaban de él, pero utilizaron sus servicios bajo la impresión de que no podían permitirse desperdiciar ninguna oportunidad. Entre los generales sobornados estarían Varela, Kindelán, Orgaz, Ponte, Vigón, Solchaga, Tella, Barrón, Espinosa, Yagüe… Algunos nombres chirrían, como el de del muy germanófilo Yagüe.  El principal de todos ellos habría sido Aranda, héroe de la resistencia de Oviedo en 1936.

“Londres gastaría la alta suma de trece millones de dólares en esta empresa, a la que llamó Caballería de San Jorge, por la imagen del santo en las monedas de oro, usadas en otras ocasiones para fines semejantes. Dos millones de dólares, cifra fabulosa, habrían ido a los bolsillos de Aranda. Es difícil decir hasta qué punto sirvieron aquellos militares a los británicos, pues varios de ellos mostraron notable germanofilia o prepararon planes de entrada en guerra al tiempo que informaban al gobierno de la supuesta incapacidad española para hacerlo en aquellos días”.

¿Qué hay de todo ello? Aranda vivió hasta su muerte con una modestia que hace difícil creer en la enorme suma supuestamente recibida. Por su parte, altos cargos ingleses tenían la sospecha de estar tirando el dinero, en palabras de uno de ellos: “Esa gente con la que tratamos, o parte de ella, es venal,  y por tanto capaz de vendernos (a los alemanes)”. Eden, que dirigía la cartera de Asuntos Exteriores, también mostraba escepticismo sobre el rendimiento de aquellas costosas operaciones. Cabe, además, la presunción de que March cobrara su intermediación con más generosidad de lo estipulado.

Para hacerse idea de las intrigas disparatadas de la época, véase otro ejemplo: Eden había expresado  su “caluroso deseo” de la eliminación (en principio política) de Serrano Súñer e incluso de Franco. Y al parecer los generales supuesta o realmente sobornados no estaban dispuestos solo a presionar en pro de la neutralidad: en noviembre del mismo año (1941) en que tenían lugar estas maniobras, el sustituto momentáneo de Hoare en Madrid, Yencken,  informaba a Londres de una conjura militar para  deponer y hasta fusilar a Franco y a Serrano Súñer. El agregado militar inglés en Madrid creía que prácticamente todos los generales, excepto los tres más incompetentes (Saliquet, Serrador y Moscardó), estaban  comprometidos en  la conspiración, a cambio de cuyo servicio pedían a la embajada inglesa una generosa ayuda económica. Ayuda que Londres no estaba en condiciones de otorgar, por lo que el agregado calificaba la demanda de  wishful thinking. Los supuestos conjurados pedían también que el gobierno inglés controlase la prensa de su país para que no exteriorizara alegría por el proyectado golpe, a fin de no alarmar a los alemanes. Esto y los sobornos dejan la impresión de una serie de engaños mutuos aprovechando el agudo temor de Londres a que España, con Alemania, cerrase el estrecho de Gibraltar.

No hay constancia de que los generales presionaran especialmente contra la entrada en guerra. Como fuere, la decisión solo podía tomarla Franco y, por todo lo que sabemos, influyeron en ella sobre todo los informes de Carrero Blanco, de segura incorruptibilidad.  Pero ya en septiembre de 1940, antes del encuentro de Hendaya, Franco tenía clara su estrategia, y la especificó a Serrano Súñer para las conversaciones de este en Berlín: “Hay que considerar dos casos: guerra corta y guerra larga” En el primer caso, no habría problema en abandonar  la neutralidad. En el segundo solo podía pensarse en ello hacia el final de la contienda, cuando supusiera los mínimos sacrificios para España a cambio de los máximos beneficios. Y entendía que precisamente la  guerra iba para largo. Esta concepción guió su política, tan extraordinariamente beneficiosa para España… y, sin buscarlo expresamente, para Inglaterra, a la que libró de un revés extremadamente grave.

En resumen, si la caballería de San Jorge desempeñó algún papel real, solo pudo ser anecdótico y en un contexto de mutuas artimañas entre Londres, algunos generales españoles y el propio March.

Creo que este último sería el único que podría suministrar información fidedigna sobre el rocambolesco asunto. Por cierto, parece que los useños lo consideraban  agente germano o algo por el estilo.

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El genio militar de Franco / “El primer día de la guerra”.

Blog I: La aculturación de España / ¿Neutralidad informativa? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/aculturacion-espana-neutralidad-informativa-20130522

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El genio militar de Franco

Es curioso como no solo los adversarios, sino también los partidarios de Franco, se han empeñado en rebajar su capacidad militar, hablando de mentalidad colonial, de guerra subdesarrollada o tercermundista, de constantes errores aquí y allá, de que si los alemanes o los italianos le criticaban esto o lo otro…(alemanes e italianos estuvieron siempre equivocados en sus críticas). La realidad, insisto, es que sin Franco  los nacionales habrían tenido la mayor probabilidad de perder la guerra. Hemos visto cómo, a base de audacia e ingenio, logró superar la situación inicial, prácticamente desesperada,  y estuvo muy cerca de concluir la contienda en pocos meses con la máxima economía de esfuerzos.  En una segunda fase, visto que sus enemigos habían construido en el centro un ejército que demostró ser imbatible en aquellos momentos, cambió de orientación hacia el norte cantábrico, asumiendo el riesgo, nada insignificante, de debilitar su frente en el centro, donde también frustró  reiteradas embestidas de sus contrarios. Al culminar victoriosamente la ocupación de la franja cantábrica, Franco adquirió, por primera vez, la superioridad no solo cualitativa sino también cuantitativa.

Para entonces, por otra parte, ya había asegurado la unificación política frente a tendencias dispersivas que en una primera etapa amenazaron la cohesión y continuidad del esfuerzo bélico. Y lo hizo sin excesiva violencia, a pesar de las tendencias suicidas y  particularistas tan tradicionales en la derecha. Este fue un logro fundamental, y él mismo lo señalaría así, pero cuya trascendencia rara vez han entendido sus comentaristas.

Sus enemigos tenían el mismo problema: aunar esfuerzos con una orientación única. Esto solo podían conseguirlo los comunistas, porque disponían de una estrategia coherente –suministrada por Moscú–, mientras que el resto del Frente Popular carecía, simplemente, de un verdadero pensamiento político-militar. Pero los comunistas se enfrentaban con dos grandes dificultades: por una parte, empezaron la guerra siendo un partido pequeño al lado de los gigantes anarquista y socialista, y con fuerza escasa en Vizcaya y Cataluña. Por tanto, debieron tratar simultáneamente de crecer y de ir metiendo en vereda a sus díscolos e ineptos aliados. A ello les ayudó mucho la dependencia de la URSS –establecida por los socialistas mediante el envío a Moscú de la mayor parte del oro del Banco de España–. Y crecieron con rapidez hasta convertirse en el partido decisivo, no dudando en tratar con mano de hierro a sus aliados, echando a Largo Caballero y a los anarquistas del gobierno mediante una miniguerra civil y más tarde expulsando del poder al poco fiable Prieto. Sin embargo nunca lograron imponerse por completo, en parte porque los demás partidos seguían siendo fuertes,  en parte por su propia estrategia: trataban  de disimular la revolución con vistas a atraer a la contienda a Francia e Inglaterra, y ello les impedía castigar hasta el final a tales aliados. Así, el problema tan bien resuelto por Franco en su zona, nunca fue resuelto por completo en la contraria, pese a la combinación de diplomacia y de represión sangrienta llevada a cabo por el PCE.

A pesar de aquella insuficiencia, los logros de los comunistas fueron muy grandes. Utilizando el miedo a los nacionales, consiguieron  mantener una unidad suficiente durante la mayor parte de la guerra. Y fueron ideas suyas la formación del “Ejército Popular”, de un funcionamiento más disciplinado y homogéneo, la explotación sin tasa de una propaganda nacionalista española (cuando comprendieron que el patriotismo era una enorme fuerza movilizadora en el bando contrario), de una represión de retaguardia más eficiente y profesional (a algo de ello me refiero en la novela Gritos y golpes), etc. Si en algo han destacado los comunistas en todas partes ha sido en poner en pie ejércitos muy difíciles de vencer y que a menudo les llevaron a la victoria. O en organizar guerrillas, y un aspecto curioso de nuestra guerra civil fue la práctica inexistencia de tal sistema por ambos bandos. Así pues, si bien el bando rojo no logró unificarse tan efectivamente  como el nacional, lo consiguió en medida suficiente para sostener la lucha casi dos años y medio más después de la crucial batalla de Madrid.

Por consiguiente,  después de la pérdida del norte, el Frente Popular hizo un esfuerzo enorme por reclutar,  instruir y armar a  una gran masa de soldados que compensaran sus grandes pérdidas en Vizcaya, Santander y Asturias. Prieto, por entonces en estrecha colaboración con los comunistas, reforzó la disciplina con normas mucho más duras que las de los nacionales y a sugerencia del enviado soviético Orlof, creó el SIM, una policía política que en la práctica se convirtió enseguida en un instrumento de los comunistas y sin ninguna restricción legal.

Por su parte  Franco, una vez ocupado el norte cantábrico, pensó nuevamente en Madrid, que, como el Alcázar de Toledo pero al revés, se había convertido en un símbolo de prestigio internacional gracias a la propaganda, sobre todo comunista. Se le ha reprochado a veces tal elección, como si fuera una obsesión personal, cuando Madrid había dejado de tener  el valor decisivo que en la primera fase de la guerra. Pero creo que es una objeción falsa. Madrid no era solo cuestión de prestigio –con ser este  factor moral tan importante–: la toma de la capital implicaba la destrucción del ejército rojo del centro, el más numeroso y mejor preparado, que ya había dado muestras de su capacidad (más defensiva que ofensiva). Pero en ese momento sus enemigos dieron nueva muestra de su capacidad de recuperación y tomaron la iniciativa atacando y ocupando Teruel, lo cual rompía el frente de Aragón, hasta entonces estático, y situaba a los rojos en posición de amenazar el despliegue contrario contra Madrid. Y de nuevo iba a demostrar Franco una extraordinaria adaptabilidad para cambiar su estrategia  en función de las circunstancias. Se oye a veces que la verdadera estrategia debe perseguir férreamente un objetivo decisivo,  sin dejarse desviar por otros secundarios. Pero ello no excluye la flexibilidad  y cambios de línea si las circunstancias lo imponen. El objetivo que Franco persiguió “férreamente”  fue la  derrota de los ejércitos contrarios y la victoria final en la guerra. Es difícil discernir cuándo un cambio de este tipo está justificado y cuándo puede ocasionar un extravío peligroso, pero al parecer  las variaciones parciales de Franco no le impidieron la victoria final. Y así comenzó la tercera fase de la contienda.

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El primer día de la guerra. Segunda República y Guerra Civil en Melilla

El melillense Miguel Platón, uno de los periodistas españoles más destacados, ha escrito una extraordinaria –por lo minuciosa y documentada—relación de los inicios del alzamiento del 18 de julio, que en Melilla comenzó el 17. El libro presenta con una nueva luz  muchos episodios de la época, narra detalladamente las peripecias de gran número de protagonistas en mayor o menor grado, las grandes dificultades, desconexiones y a veces chapuzas de una conspiración contra el Frente Popular, desarrollada bajo la atenta mirada del gobierno, a veces despistado y a veces no. Hasta culminar en el célebre incidente de la Comisión Geográfica, donde empezó inopinadamente  la guerra. Tan  inopinadamente que Franco reprocharía a varios de sus protagonistas, seguramente en broma: “Así que ustedes son los que casi me estropean el alzamiento”. Realmente no habían tenido otra opción.

El libro es apasionante por los detalles, la descripción de las actitudes y de los personajes, la explicación del conflicto y de la intervención de numerosos azares que no estuvieron lejos de dar al traste con la sublevación. La población melillense había votado muy mayoritariamente al Frente Popular, y la tensión entre las izquierdas y los militares, en particular la Legión, era muy viva. La propaganda izquierdista había logrado convencer a las masas de que la Legión había actuado en Asturias con brutalidad sin igual contra “los obreros” –la leyenda la repiten acríticamente muchos historiadores. La he examinado en El derrumbe de la República, próximo a salir–, mientras la Legión, más razonablemente, creía  haber salvado la legalidad republicana y a la propia España (suele olvidarse que el alzamiento de julio se produjo en nombre de la república contra el Frente Popular. Solo la intervención de los requetés y la evolución de los sucesos hizo recuperar la bandera tradicional, que también había sido de la I República).

También describe Platón la represión implacable que siguió al alzamiento en Melilla. Lo cual exige tener en cuenta los antecedentes. Después de las elecciones de febrero del 36, que nadie puede en serio considerar democráticas, se multiplicaron las agresiones a derechistas, las amenazas de “aniquilamiento” de quienes las izquierdas llamaban “fascistas”, de depuración de las fuerzas armadas, etc.  Como cita  el autor del historiador Carlos Seco Serrano, “Una crispación, una tensión angustiosa, fue adueñándose de la ciudad; la paz social naufragó en un cúmulo de conflictos laborales y huelgas”. Aunque  la ciudad no llegó a sufrir la oleada de crímenes e incendios que caracterizaron el dominio frentepopulista en muchos otros lugares de España, los odios y rencores estaban a flor de piel, y por otra parte el levantamiento no se hizo por Melilla, sino por el conjunto de España. Como dijo el alcalde a un jefe falangista que protestó ante él por uno de muchos abusos de la autoridad, “O ustedes  o nosotros. Y como nosotros tenemos el poder, seremos nosotros”.  El lema implícito “o ellos o nosotros” presidió  el terror en los dos bandos.

En la represión entraban muchos factores. Diversos falangistas destacaron por su saña y carácter despiadado, consentido por el mando. Si algo dio al traste con la república fueron los odios desatados, cultivados como virtud revolucionaria por las izquierdas, los cuales tuvieron su retribución desde la derecha cuando esta por fin se rebeló. Las izquierdas habían confeccionado en 1934 listas de personas desafectas a ellas, “fascistas” en su vocabulario, para eliminarlas llegado el momento. La derecha no había hecho lo mismo, pero en una ciudad pequeña tampoco hacía falta, pues todos se conocían, y cuando cambiaron las tornas, el rencor acumulado estalló. Particularmente injustos fueron los fusilamientos del general Romerales y del comandante Seco, padre del historiador Seco Serrano. En un primer momento la represión respondió a la necesidad de asegurar una retaguardia precaria, debido a la mayoría izquierdista en la ciudad, después siguió su propia dinámica, aunque pronto se acabaron los paseos y se procuró ganarse a los votantes de izquierda con actitudes más políticas.

El libro merece mucho comentario en todos sus aspectos. Le habría venido bien un índice más detallado y un índice onomástico.  Haría pocas observaciones críticas,  menores: quizá señalar con más fuerza el carácter anómalo de las elecciones de febrero del 36,  hecho reconocido implícitamente por Azaña y más claramente por Alcalá-Zamora; o recordar que en 1930 Franco se manifestó partidario de una democratización ordenada, en carta a su hermano; o la impresión que deja de que el gobierno mantenía cierta pasividad ante la conspiración; o la suposición de cierta reciprocidad de Franco a las autoridades de Gibraltar por la actitud de estas, poco favorable al Frente Popular en los cruciales días del paso del estrecho y del bloqueo a Melilla.

(Editado por “Ciudad Autónoma de Melilla)

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La injusticia y el sufrimiento / ¿Fue la guerra civil inevitable?

 

Si todo lo existente con todos sus sucesos, son justificables –y es difícil ver cómo podría ser de otra manera—, son por ello justos. Es decir, responden a leyes, las conozcamos o no (orden y justicia vendrían a ser sinónimos). Ello es fácil de admitir para el mundo inanimado, incluso para el mundo viviente… menos para la sociedad humana. Esta, por el contrario, nos produce una viva sensación de injusticia o de que en ella proliferan injusticias de todo género. “La sociedad es injusta”, incluso “la vida es injusta”, decimos, oímos y leemos con frecuencia. De algún modo se quiere decir que algo o algún suceso reales no merecerían tener existencia. Y solemos considerar, al menos en parte, como una eliminación de “injusticias”  para conseguir una sociedad más “justa”.

Pero ¿qué significa una sociedad más justa,  esto es, más “digna de existir”? Todas las sociedades existentes en el pasado y ahora mismo tuvieron o tienen, necesariamente, su razón de ser, es decir, su orden, su justicia, ni más ni menos que la que consideremos ahora más justa.  Cada una  sería plenamente justa, por su mera existencia,  en su tiempo y lugar. Creo que esta sería una aproximación científica, por cuanto prescinde de toda finalidad: lo existente se justifica como producto de las leyes de la existencia, pero sin ninguna finalidad determinada (sin ningún sentido). Y al hablar de las sociedades debemos entenderlas en su estabilidad como en su inestabilidad, en sus paces y en sus guerras, etc.  La forma de existir de las sociedades humanas sería una continua contienda interna y externa, más o menos controlada por las leyes humanas.  Estas buscan un orden estable, pero nunca lo consiguen del todo. Y  por ello cabe atribuir su mezcla de orden y “desorden” (con arreglo al criterio convencional) a alguna ley o leyes superiores a las humanas y su correspondiente justicia, que intuimos  trascienden las capacidades e ilusiones que el hombre se hace sobre sí mismo.

La razón por la que consideramos  injusta la sociedad radica en el sufrimiento. La vida entraña una fuerte dosis de sufrimiento, y termina con la muerte, cuyo mero pensamiento provoca una angustia dolorosa. Pero en la vida encontramos también placer (en un sentido muy amplio: físico, intelectual, estético, moral…), y hasta esos momentos que llamamos de “plenitud”  o de sublimidad. Nuestra psique anhela extender al máximo el placer y disminuir en lo posible el sufrimiento, incluso hacerlo desaparecer. Por tanto, la sensación de injusticia parte del sufrimiento. Nos parece injusto lo que nos hace sufrir y achacamos la causa a una razón u otra, a otras personas, a errores propios, a fatalidades a las que  no nos resignamos fácilmente.  Pero si el sufrimiento forma parte de la vida, de la existencia viva, lo forma también de su justicia, no de una supuesta injusticia. Aceptar el sufrimiento como parte de la existencia — de la justicia–, es difícil, quizá imposible,  y el pensamiento humano a lo largo de la historia está lleno de especulaciones y razonamientos con vistas a obtener cierta felicidad a pesar del dolor. Por  poner dos ejemplos: los estoicos esperaban la felicidad del conocimiento de un orden cósmico que rige nuestros destinos: viviendo de acuerdo con ese orden, seríamos razonablemente felices. Sin embargo la presunción estoica de conocer ese orden suena harto exagerada. El estoicismo influyó mucho en el cristianismo, si bien este, en cambio, tiende a considerar un más allá donde el sufrimiento quedaría abolido (para los que hubieran sabido ser buenos en este mundo), compensando así la injusticia de esta vida. Son temas inagotables en los que habrá que entrar con tiento.

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La crítica de Malefakis a Los orígenes de la guerra civil, se extiende con mayor dureza a  1934, Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda. Para Malefakis, este libro es aún más parcial que el primero, porque, afirma, la pretensión de que la contienda comenzó en 1934, es “ridícula”, “equivale a decir que la Segunda Guerra Mundial empezó durante la crisis de Munich de septiembre de 1938 y no con la invasión alemana de Polonia” un año después.  España no se sumergió en la guerra civil hasta julio de 1936”.

   La comparación con la crisis de Munich no parece acertada. Lo sería si Hitler hubiera invadido Checoslovaquia de modo unilateral y sin acuerdos previos  con Francia e Inglaterra, y estas hubieran aceptado el hecho. Pues la rebelión de octubre del 34 fue textualmente una declaración de guerra a un gobierno legítimo por ser “burgués” y derechista. Así lo plantearon el PSOE y la Esquerra, y de no haber sido derrotados pronto, la lucha se habría extendido como ocurrió en el 36.

Pues bien, entre los movimientos del 34 y los del 36 hay una continuidad fundamental, a pesar de la interrupción motivada por la impotencia de quienes declaraban buscar la guerra civil. Dice Malefakis:”Estos sucesos (los de octubre) incrementaron, sin duda alguna, la posibilidad de que estallara una guerra civil, pero no la hacían inevitable. Con tan solo uno entre una docena de acontecimientos anteriores a la insurrección militasr se hubiera desarrollado de manera diferente, España se habría librado del derramamiento de sangre. Por ejemplo, habría, tal vez, bastado con que el presidente Alcalá Zamora hubiera decidido que Gil Robles no suponía un riesgo político tan grande y no se hubiera empeñado en bloquear  todos sus intentos de formar gobierno. O también con que la coalición de centro derecha que gobernó a lo largo de 1935 hubiera adoptado una políticas un poco más populistas y, en consecuencia, hubiera ganado, en lugar de perder, las elecciones de 1936. Y, al contrario, con que el Frente Popular  no hubiera llegado al poder porque los anarcosindicalistas no hubieran abandonado tan completamente como lo hicieron su abstencionismo electoral acostumbrado. También es posible, claro está, que aun habiéndose declarado la guerra civil, esta hubiera tomado un curso distinto de¡l que tomó (…Sin el transporte aéreo que le facilitaron Alemaina e Italia, el ejército de Franco hubiera languidecido en Marruecos”

Y así  algunas especulaciones más. En primer lugar, yo no he dicho que después de la insurrección del 34 la guerra (su continuación) fuera inevitable. Para impedirlo habría bastado con que los partidos derrotados hubieran renunciado a su designio de destruir la legalidad republicana y hubieran aceptado el veredicto de las urnas. Pero el hecho es que no aprendieron de la experiencia otra lección que la que aprendió Hitler después del fracaso de su inicial  putsch armado: había que tratar de lograr el poder por vías legales para destruir la legalidad republicana. Una legalidad, incluida la ley electoral,  impuesta las propias izquierdas  en 1931 con intención de ser los dueños “legales” absolutos del régimen… pero que les había dado la mala sorpresa de no haber impedido  el triunfo electoral de las derechas en 1933. La “lección” extraída de octubre del 34 consistió en un Frente Popular cuyo programa consistía precisamente la abolición de la legalidad. Y a ello se aplicaron furiosamente después de ganar las anómalas, no democráticas, elecciones de 1936.  La causa fundamental de la guerra fue el intento de destruir la legalidad vigente en 1934, y su efectiva destrucción desde el poder y desde la calle en 1936.

Cierto, no fueron izquierdas y separatistas los únicos responsables, y tiene bastante razón Malefakis cuando alude a las maniobras de Alcalá-Zamora. Este consiguió arruinar los efectos de la victoria sobre la insurrección de octubre, dividiendo  con sus intrigas a las derechas y llevándolas a unas elecciones apresuradas, montadas para escapar al procesamiento de su criatura Portela Valladares por las Cortes. Alcalá-Zamora fue el máximo responsable de que la guerra iniciada en 1934 tuviera continuidad en el 36, en lugar de quedar como  una convulsión aislada.

Otra observación: antes de que llegaran a Marruecos aviones italianos y alemanes, Franco ya había organizado transportes de tropas por mar y por aire. Tropas escasas, pero con el efecto estratégico clave de asegurar el dominio de Cádiz, estabilizar Sevilla y Huelva, y emprender la ofensiva por Extremadura para unir las dos zonas rebeldes. Los aviones alemanes entraron plenamente en acción cuando esos objetivos estaban conseguidos  o a punto de conseguirse. Y hubo otro transporte importante por mar. El empeño en disminuir los méritos militares –y de todo tipo—de Franco, lleva a historiadores que se dicen solventes a cometer estos  errores elementales.  Menos corazón y más cabeza, me permitiría recomendar al señor Malefakis.

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El corazón de Malefakis / Tres mitos innecesarios

Blog I: Los timbres de alarma no sonaron / El odio en la historia reciente: http://www.intereconomia.com/blog/los-timbres-alarma-no-sonaron-odio-historia-reciente-20130517

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El corazón de Malefakis

El señor Malefakis considera que mi libro  Los orígenes de la Guerra Civil “es uno de los treinta más importantes sobre el tema” (esto no puede haber gustado ni un pelo a los de la revista Ayer), y  que constituye “una contribución importante a la historia del decenio de 1930”, lo cual “compensa, en parte, sus muchos errores”.

Errores “enormes”, consistentes, a juicio de Malefakis,  en una  “extraordinaria parcialidad”  porque no trata de los orígenes de la guerra, como promete el título, sino “de los errores y excesos de los socialistas y otras fuerzas de coalición de Azaña  que pudieron haber proporcionado al ejército una justificación para su decisión de derrocar al gobierno democráticamente elegido (…) No hay ni una sola mención de las conspiraciones militares o de los grupos para derrocar a la República, y eso pese a que varias de esas conspiraciones fueron anteriores al peor de los errores republicanos”.

La crítica no parece muy ajustada, porque el libro se centra en las reacciones golpistas de la izquierda al triunfo electoral de la derecha, hasta culminar en la insurrección revolucionaria de 1934 contra la república. Y no  es adecuada porque  entonces no hubo la menor conspiración algo seria en marcha por parte del ejército ni de civiles. La única –y sí la señalo–, fueron los tratos de  los monárquicos con Mussolini: este debía suministrar 1,5 millones de pesetas, 20.000 fusiles, 200 ametralladoras y 20.000 bombas de mano, así como entrenamiento militar. Estos acuerdos  no se hicieron  contra un gobierno de izquierdas, sino contra el de centro-derecha que entonces gobernaba. Y su único resultado fue  mostrar la inoperancia típica de las conjuras monárquicas. También aludo a otras conspiraciones perfectamente ineficaces, empezadas no desde el principio de la república, como suele sostenerse, sino de la “quema de conventos” (y bibliotecas y escuelas). Por algo Franco, llegado el momento, impuso que la rebelión se hiciera “por España”, no “por la monarquía”. De modo que aquellas conspiraciones –que sí expongo– carecieron de cualquier trascendencia real, al revés que las maniobras izquierdistas. La crítica falla también en otro concepto: no estaba mezclado en conspiraciones “el ejército”, sino fracciones insignificantes de él, como demostró el golpe de Sanjurjo en 1932, que también señalo, contra lo que afirma Malefakis, para mostrar sus grandes diferencias, cuantitativas y cualitativas, con la insurrección izquierdista del 34). Por tanto no me parecen muy adecuadas  las observaciones de Malefakis.

Un ejemplo específico de la parcialidad de los análisis de Moa es su tratamiento radicalmente diferente de las consecuencias inmediatas de las elecciones de 1933 y de 1936. En el caso de las primeras, critica severamente los intentos republicanos de convencer al presidente Alcalá Zamora para que modifique los resultados de las elecciones, que habían sido contrarios a ellos. En realidad, considera que  la participación de Azaña en estos intentos es su segunda tentativa de golpe de estado (siendo la primera su supuesto respaldo al levantamiento de 1934 en Barcelona, una acusación que hacía ya tiempo había sido desestimada por los tribunales). En cambio, Moa nunca menciona las intentonas derechistas, mucho más enérgicas, lideradas por Franco y Gil Robles en 1936, para que se anularan las elecciones del Frente Popular”.

Creo que hay  en el texto una confusión de fechas. Los primeros intentos golpistas de Azaña tuvieron lugar  en 1933, a raíz de las elecciones de noviembre. Hubo un segundo en verano de 1934, desconocido hasta que la he documentado en los archivos de la Fundación Pablo Iglesias. Y un tercer, algo — aunque poco– dudoso, en octubre,  a pesar de su exoneración por los tribunales (que también exoneraron a Largo Caballero por  la insurrección de octubre. No es cosa de ahora en España la poca fiabilidad de la justicia referente a los políticos). Ello aparte, Azaña no dejó de intrigar con Prieto y  los separatistas catalanes y vascos para desestabilizar al gobierno de  legítimo de centro derecha.

Tampoco me parece muy acertado el reproche por no haber tratado “las intentonas derechistas de Franco y Gil Robles  en 1936″, porque el libro cuestionado solo se extiende hasta finales de 1934. He tratado dichas intentonas –a raíz de una elecciones muy distintas de las del 33– en otro libro, El derrumbe de la República y la Guerra Civil. Por cierto, muy en breve saldrá la primera parte de esa obra, corregida y comentada, excluyendo la propia guerra. Me ha parecido que el proceso de destrucción de la república entre octubre del 34 y julio del 36 merece por su cuenta una monografía especial.

Hay otras especulaciones de Malefakis sobre el comienzo de la guerra, de las que me ocuparé en otro artículo. Pero el lector habrá advertido que  el crítico sostiene una idea de la república no por  vastamente compartida menos extravagante: solo concibe una república de izquierdas, hasta el punto de que cuanto estas se alzan para derribar su legalidad, siguen siendo republicanas; en cambio las derechas y el ejército –que, precisamente salvaron la legalidad del régimen en 1934, en lugar de aprovechar el golpe izquierdista para derrocarlo–, son objeto permanente de sospecha, atribuyéndoles el anhelo constante de acabar con la república.  El secreto de una actitud tan despectiva hacia los hechos  podría encontrarse en la parte que Malefakis dedica a Preston: “su corazón, al igual que el mío, está con la República y sus defensores”.  Bien, así se aclara el embrollo. Es cosa del corazón.

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(En LD,  19-12-2000)

Tres mitos innecesarios 

No hay duda de que las dos experiencias republicanas en España han sido desastrosas. La primera llegó a amenazar la subsistencia de España como nación, hasta que la disolvió el general Pavía, él mismo republicano. La segunda comenzó por un pronunciamiento militar fallido, cuyo 70 aniversario se ha festejado estos días con un concienzudo olvido, y siguió con una enorme pira de iglesias, bibliotecas, escuelas y obras de arte; luego vinieron varias sangrientas insurrecciones anarquistas, el golpe de Sanjurjo y la insurrección de octubre del 34, primera batalla de la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil en julio de 1936.

Desde luego, si algún día ha de volver una república, más valdrá que lo haga sobre un frío análisis del pasado, que, en mi opinión, sólo puede conducir al rechazo crítico de aquellas viejas retóricas y tradiciones. En cambio, estos últimos años nos han traído una idealización beata de la II República como ¡ejemplo de democracia! Para entender esa siniestra y estúpida falsificación, sólo hay que recurrir a los testimonios de los prohombres republicanos, empezando por Azaña.

¿A qué obedecen esos cánticos a un régimen tan poco recomendable? Creo que al intento de fabricar un mito que sustituya a otros dos, ya averiados. El primero fue la glorificación del Partido Comunista como el campeón de la lucha contra Franco. Desde luego, al lado de la acción del PCE, la de los demás partidos resulta casi insignificante, pero su ejemplaridad se tambaleó cuando Jorge Semprún expuso algunos rasgos perversos de esa larga lucha, y se derrumbó con el emblemático muro de Berlín. El segundo mito, los célebres “cien años de honradez”, sobrevivió también poco más de una década. El de la república no tiene mayor consistencia que los anteriores, y por tanto es improbable que dure mucho más.

A mi juicio, se trata de mitos innecesarios, intentos de utilizar la historia como arma política arrojadiza. La transición se hizo sobre el principio de que ningún partido iba a pedir cuentas a otros por el pasado, y eso ha hecho posible una democracia relativamente tranquila, que, por fortuna, nada debe a la república. Naturalmente ese acuerdo de enterrar viejas querellas no incluye a la historiografía, que debe rastrear insobornablemente el pasado, no para construir ni destruir mitos, sino para acercarse a la verdad. Pero algunos, especialmente en la izquierda, siguen empeñados en desfigurar la historia por conveniencias políticas. Ello hace más necesario sanear la memoria.

 

 

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