La importancia militar de Franco (I)

Blog I: Para salir de la multicrisis: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/para-salir-multicrisis-20130417

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Creo que la importancia militar de Franco podría resumirse de dos maneras: en primer lugar no perdió prácticamente ninguna batalla –aunque empató en varias– y ganó finalmente la guerra. Su mérito es mucho mayor por cuanto emprendió la lucha en una absoluta inferioridad material. Esto ya le distingue entre la gran mayoría de los militares del siglo XX, aunque la escala del conflicto español fuera mucho menor que el de la I o II guerras mundiales. Los grandes generales alemanes empezaron ganando brillantemente para terminar en una derrota general y demoledora. Los franceses no desempeñaron un papel precisamente brillante o victorioso en la SGM, como tampoco en sus guerras coloniales. Los generales ingleses encajaron derrotas muy graves, y ellos y los useños, en la última fase de aquella contienda, no tuvieron ninguna actuación muy destacable, pese a disponer de una superioridad material realmente abrumadora. Y en Israel, Vietnam y otros lugares salieron más bien malparados. De los soviéticos puede decirse algo semejante: después de terribles derrotas consiguieron vencer, aunque a costa de un río de sangre (que Franco economizó de modo notable, como demuestra el número relativamente bajo de muertos en una guerra considerablemente larga). Por ello resulta más chocante el aserto común de que Franco fue un general mediocre, o como dicen otros, un pasable táctico pero un mal estratega; y hasta que no pasaba de una mentalidad de guerra colonial, como si la Guerra de España hubiera tenido alguna semejanza importante con las guerras de las colonias. En las que, por cierto, terminaron fracasando los militares europeos y useños, si queremos considerar así la de Vietnam–. En fin, no sabe uno qué concurso de disparates se celebra cada vez que se habla de Franco.

Hay, además, otro rasgo que le distingue de los militares comunes: no solo tuvo que dirigir la guerra, sino también, simultáneamente, construir un ejército y un estado. Tres tareas complementarias en aquel particular conflicto, en las que el fracaso estaba siempre al acecho. Sin embargo de allí salió un ejército bien articulado y con alta moral, aun si con medios materiales poco lucidos; y un estado que funcionaría con notable eficiencia durante casi cuarenta años. Si a alguien capaz de esta triple proeza se le puede llamar mediocre, entonces prácticamente todos los dirigentes político-militares europeos del siglo XX serán mucho más mediocres que él.

La importancia militar de Franco puede describirse de un segundo modo: sin él, es muy probable que los nacionales hubieran perdido la guerra. Debe recordarse que el golpe de Mola fracasó, a resultas de lo cual todos los elementos normalmente considerados decisivos en una contienda quedaron en manos del Frente Popular. Queipo de Llano afirma que fue su triunfo en Sevilla lo que animó a Mola a continuar, pues estaba a punto de huir al exilio. Y sin duda la victoria de Queipo tuvo una gran valor, pero resulta muy dudoso que, tras su éxito inicial, hubiera podido mantenerse sin las tropas de África que mandaba Franco, y menos aún emprender una ofensiva. Las tropas de Franco, junto con la idea del puente aéreo, constituyeron realmente el elemento decisivo para impedir el aplastamiento general o por partes de los sublevados.

Claro está que ese triunfo momentáneo no garantizaba en absoluto la victoria final. Pero tampoco se trató de una serie de éxitos tácticos sin proyección estratégica. Por el contrario, los objetivos de la ofensiva desde Sevilla tenían una clara orientación general: unir las dos zonas de la sublevación aportando a Mola las municiones de que se hallaba desesperadamente escaso, mantener una zona de contacto con el régimen amigo de Portugal, y avanzar hacia Madrid con el fin de decidir allí la contienda (algunos “estrategas” críticos le han reprochado no haber seguido la línea “más corta” de Despeñaperros: no solo la línea es igual de larga, sino que en ella se apostaban más fuerzas enemigas y no podría proteger uno de sus flancos, como en el caso de Portugal). Como no sabemos mucho sobre las intenciones del Caudillo, podemos sorprendernos de que, una vez unidas las dos zonas, no llevase sus fuerzas al norte de la sierra de Madrid, para desde allí descender sobre la capital. Parece que consideró la posibilidad, pues habló de cortar el abastecimiento de agua a la ciudad para hacerla caer más rápidamente (Prieto había elaborado un plan semejante en octubre de 1934). Pero quizá no se sintió con fuerzas suficientes para ello y menos ante la probabilidad de una lucha callejera en la que todas sus ventajas de maniobra en campo abierto se esfumaban. En cualquier caso, prefirió ir derrotando por partes al enemigo a lo largo del valle del Tajo. Enseguida comprendió la importancia del factor psicológico al señalar que había que convencer al enemigo de que los nacionales conseguían todos los objetivos que se proponían. A condición, naturalmente, de que no fueran objetivos desmesurados, y una de las virtudes que siempre demostraría Franco fue una mezcla flexible de realismo y audacia.

Se le achaca que en la marcha hacia Madrid cometió el error de desviarse hacia Toledo en lugar de lanzarse en tromba sobre la capital. Que “por Toledo perdió Madrid”. Se trata de un reproche ridículo. El rodeo por Toledo es mínimo, le facilitó avanzar por un sector en que apenas había fuerzas enemigas hasta el mismo Toledo, al contrario que por la vía más directa, y además Toledo se había convertido en un símbolo internacional. Aunque Franco fue muy poco explícito en los motivos de sus decisiones, parece que su estrategia entonces se dirigía a desmoralizar al máximo al enemigo con victorias parciales, a fin de que cuando llegara el momento de lanzarse sobre Madrid con las reducidas tropas de que disponía, el bando contrario se hallase moralmente descompuesto. En lo que estuvo muy cerca de acertar. De haberlo logrado, la guerra habría terminado en cinco o seis meses, con una extraordinaria economía de esfuerzos, pues las tropas empeñadas, hasta entonces, eran las célebres columnas de pocos miles de hombres. Pero entonces se encontró con que el envío del oro a Rusia por el Frente Popular se había traducido en una aportación soviética en aviones, tanques, artillería, asesores expertos, un nuevo ejército regular que superaba las poco efectivas milicias, más las brigadas internacionales, cuya aportación sobre el terreno distó de ser lo decisiva que luego se dijo, pero que sí lo fue en el importantísimo orden moral. Entonces la guerra cambió de signo. Ya no podía ser corta, sino larga, y sería necesario movilizar a grandes masas de tropas. El enemigo se le había adelantado en esas medidas, pero Franco sabría, una vez más, afrontar el cambio. La batalla de Madrid en sus diversas fases hasta la de Guadalajara, fue en conjunto un fracaso, pero no una derrota. Franco retuvo la iniciativa y sobre esa base cambió su estrategia, de forma plenamente acertada, dirigiendo su esfuerzo principal al norte, para debilitar al enemigo por partes.

Aunque los nacionales disponían de buenos militares profesionales –y también de muchos mediocres o menos que mediocres— todos, con alguna rara excepción como Queipo de Llano, reconocían la superioridad de Franco. Y, repito, es sumamente improbable que sin la conducción de este los nacionales hubieran superado la dramática situación en que se encontraron al comienzo de la rebelión.

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Razón, ciencia y pecado original

Blog I: Dos crisis y dos generaciones / Recuerdos sueltos: Las Hurdes, III

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Una interpretación del pecado original

Como vamos viendo en estas consideraciones un tanto desordenadas, la razón no puede sustituir a la religión para satisfacer la exigencia de sentido propia de la psique humana, ni, por tanto, servir como fundamento a una moral. Tampoco puede satisfacer esa necesidad la ciencia. Ha habido intentos de elaborar una moral “científica”. Lo planteaba el famoso libro de Monod, El azar y la necesidad, como una necesidad urgente de nuestro tiempo, en que los avances científicos vienen lastrados por concepciones supersticiosas y absurdas. Pero es dudoso que por ahí se consiga una moral “científica”. Pues el método de la ciencia se basa en la proscripción de la causa final o teleología, y no podemos concebir un sentido a la vida, y por tanto a la moral, al margen de la intención finalista. Sin ella, la vida humana y la naturaleza en general, se convierte en un conjunto infinito de acciones sin sentido, precisamente. “En el principio fue la acción”, se dice en el Fausto de Goethe, mientras que el Evangelio sostiene que fue el verbo, la palabra, o sea, la intención. El Verbo es, precisamente, el sentido de todas las acciones posibles, el Espíritu. El sentido no puede nacer de la acción (de la materia) más que como una ilusión, según señalaba agudamente Freud. Por tanto, hasta ahora no ha conseguido desplazarse a la religión como productora de la moral, ni parece fácil que se consiga, precisamente porque las características de la razón y de la ciencia las hacen inapropiadas a tal efecto. No obstante, la desconfianza o inquietud hacia la religión también anidan profundamente en la psique humana.

Creo que los mitos explican el origen de la moral de un modo un tanto enigmático pero más profundo de lo que pueden hacerlo la razón o la ciencia. Reproduzco un breve artículo que publiqué hace dos años largos en el blog de LD:

El hombre tiene muchos elementos comunes con los animales, y otros que lo diferencian decisivamente. Propiamente, el hombre no es un animal, como un animal no es una planta. En común con los animales tiene el hombre las pulsiones básicas de nutrición y reproducción, la parte instintiva, las reacciones de ataque y huida, etc. Las diferencias radican en la esfera del bien y el mal, la culpa y la felicidad, la consciencia de la muerte, la capacidad de razonamiento, la individuación y seguramente otros más. A estos últimos los llamamos, convencionalmente, rasgos espirituales, y a los anteriores, materiales. Los productos del espíritu son la religión, la ciencia, el arte, el pensamiento, la ideología, etc., y el hombre estaría así dividido, a veces desgarrado, entre el espíritu y la materia. Es decir, el ser humano, espiritual inevitablemente, puede elegir la materia y rechazar el espíritu.

La reflexión sobre el ser humano y su destino ha seguido básicamente dos tendencias: una, por ejemplo en el marxismo y el freudismo, viene a entender lo espiritual como un derivado de lo material, y su función consistiría en asegurar de un modo peculiar el cumplimiento de las funciones materiales: análogamente a como las garras de un felino sirven a su alimentación, así serviría el espíritu al hombre. Otras teorías sostienen lo contrario: lo espiritual dirige e impregna lo material, dándole orientación y sentido.
Algunos mitos expresan la dualidad entre espíritu y materia. En el Génesis, Yavé, personificación máxima del espíritu por encima de su manifestación humana, crea a Adán de la tierra y le prohíbe comer del árbol del bien y el mal. Aunque el relato separa temporalmente los dos aspectos, ambos van juntos: el hombre se vuelve tal cuando sale de la inocencia del instinto y entra en el ámbito del bien y el mal, ámbito que no domina y que entraña la libertad y la culpa. Que el hombre nace de la tierra y vuelve a ella es una constatación empírica, la cual contiene sin embargo un significado simbólico: nacido del barro, su tendencia al barro, a lo material, es muy fuerte, y se revela en la desobediencia al mandato divino, en el rechazo al espíritu: atracción exaltada a la tierra y rechazo al espíritu van juntos. El demonio (la serpiente, un ser que se arrastra por el suelo) simboliza a la vez ese rechazo. Así, el ser humano real se encuentra dividido, o desgarrado entre el apego a la materia y la llamada del espíritu.

En el mito griego, los dioses simbolizan igualmente el espíritu, pero no son ellos quienes crean directamente al hombre, sino el demonio, el titán Prometeo. Los titanes, antiguas deidades, representan las fuerzas indómitas de la tierra, en pugna con los nuevos dioses. Prometeo enseña a su criatura la técnica y a engañar a los dioses, burlando la exigencia de ofrecerles sacrificios, es decir, de atender la llamada del espíritu. Como en el Génesis, el hombre está hecho de barro. Prometeo mismo es una personificación de la naturaleza humana, apegada a la tierra y rebelde al espíritu. Su nombre significa “el que piensa antes”, el Previsor, referido a su capacidad técnica de adaptar la tierra a sus necesidades o deseos. Sin embargo esa capacidad técnica, reacia al espíritu, es limitada, lo que el mito simboliza en su hermano (su otra faceta) Epimeteo, el que piensa después, “el Imprevisor”, castigado por medio de Pandora, hecha también de tierra. La exaltación del deseo terrenal lleva aparejada su castigo: Prometeo mismo es encadenado a una roca, el destino que él ha elegido por su apego exclusivo a la tierra, a la materia; y allí va diariamente el águila, el ave de Zeus, enviada del espíritu, a roerle el hígado, símbolo de la culpa rechazada o del remordimiento.

Creo haber resumido razonablemente, aunque de modo muy esquemático, la interpretación de Paul Diel al respecto.

En el ensayo sobre la Masonería traté de entender la base filosófica de esa secta desde ese punto de vista. Interpreto que los dos mitos simbolizan el paso de la conducta instintiva propia del animal, a la conducta moral humana. Y en ambos el paso aparece como una transgresión del orden natural impuesto por Dios o los dioses, con el correspondiente castigo: la vida moral, sometida al bien y al mal, tiene mucho de tormento, hace la vida humana menesterosa (aunque no absolutamente menesterosa, ahí hay una diferencia entre Lutero y Roma). La razón y la ciencia aspiran a una moral sin pecado original, sin problemas morales, lo que resulta contradictorio y, como muestra la experiencia histórica, conduce a hacer del hombre juez de sí mismo. ¿Al hombre? Más bien a algunos hombres que se arrogan el control del “árbol del bien y del mal”. Unos versos de Walt Whitman que he repetido en otras ocasiones exponen muy bien, creo, esa condición torturante y el deseo –parece que inútil– de escapar de ella: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos. No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”. El anhelo de una vuelta a la inocencia del instinto, que se espera, inútilmente, de la razón o la ciencia.

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Imposibilidad del ahorro y crisis / La División Azul y las rusas.

 Blog I: Opiniones de republicanos sobre la II República / Viaje por Las Hurdes (II)  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/opiniones-sobre-republica-por-hurdes-ii-20130412

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Observaciones Hayek-Keynes

    1.-  Asumimos que los conceptos “plátanos” o “pescado”  engloban, simplificándola, toda la variada producción y consumo de esas sociedades, desde la comida a la ropa, las casas y muebles, los adornos para las mujeres, los artículos de lujo para una minoría, los juguetes, etc. Sin embargo la simplificación no sirve bien porque, a) nos induce a considerar que la producción y el consumo de una sociedad tienen un límite, cuando en realidad la avidez de consumo es prácticamente ilimitada, y de ella nace el esfuerzo productivo. Y b) esa simplificación de la producción-consumo impide examinar las complicadas relaciones entre unos productos y otros. Así, en una crisis no todos los productos caen (dan pérdida) ni en la bonanza todos prosperan. Esta interrelación importa, porque podría ser también un factor de crisis: así, cuando un producto  determinado da mucha ganancia, los capitales podrían volcarse en él más allá de un punto de equilibrio, como parece haber sucedido con  el sector inmobiliario.

2.- Por otra parte la posibilidad de consumo está limitada en los dos ejemplos, ya que, salvo casos particulares, los isleños o los plantadores no van a consumir pescado o plátanos más allá de cierta cantidad suficiente (enfermarían con un consumo excesivo). Por ello no tendrán interés en aumentar la producción más allá de ese límite, y como dije antes la tendencia social es a ampliar los  límites. Habrá interés, en cambio, en mejorar las técnicas de modo que se obtenga la misma producción con menos esfuerzo

3.-  No obstante, puede ocurrir que, una vez alcanzado el nivel suficiente de consumo con las técnicas disponibles, persista una tendencia, entre los empresarios, a producir aún más (por el acicate de la ganancia y por la rivalidad entre ellos,  ya que cada empresario desconoce el límite del consumo en un momento dado). Lo cual sería otro factor de crisis.

4.- La clave de las crisis, en Hayek como en Keynes,  parece encontrarse en un desequilibrio ocasional o periódico entre el ahorro y la inversión. Solo que el mecanismo desequilibrador es visto por cada uno de distinto modo. Para Hayek  se trata de un ahorro forzado (por el estado, por ejemplo, rebajando en exceso los tipos de interés  y produciendo demasiado dinero), causa de inversiones  ruinosas; Keynes, en cambio,  encuentra que el ahorro, aun no siendo forzado,  a veces no se transmuta en inversiones, con lo que ahorrar se convertiría en causa de la crisis. Para Hayek, la salida de la crisis consistiría en dejar que las inversiones no rentables se hundiesen hasta encontrar de nuevo el equilibrio; para Keynes, al contrario, habría que fomentar el consumo y no el ahorro, como incentivo para estimular las decaídas inversiones.

5.- Keynes parece tener razón en esto: el ahorro voluntario no da lugar necesariamente a nuevas inversiones sino que puede, por el contrario, disminuirlas al restringir el consumo: para que haya nuevas inversiones ha de haber buenas expectativas de consumo, y si este tiende a bajar como consecuencia del ahorro, las inversiones también bajarán creando un círculo vicioso

6.- Mi impresión (de mero aficionado, ciertamente) es que en los dos casos se parte de un error al considerar el ahorro una abstención de consumo actual en pro de mejoras posteriores. Pero, ¿qué es el consumo actual? Lo solemos medir en una escala de tiempo, normalmente en un año. En un año se produce una cantidad determinada de bienes (pescado o plátanos, en los ejemplos reseñados), que debe consumirse o perderse. Si la gente decide restringir el consumo, una cantidad mayor de esos bienes se perderá o bien la producción (la inversión en ella) también descenderá para acomodarse al menor consumo. Esto ocurre a veces,  según Keynes, pero entonces el ahorro no sería un factor de crisis en algunos casos, sino siempre. En este sentido, el ahorro sería imposible o en todo caso perjudicial para la inversión, esto es, la producción.

 6.- Se asume también que el ahorro se realiza para invertir en equipo. Es decir, se restringe el consumo actual con objeto de aumentarlo en el futuro mediante la mejora en las técnicas, etc.  Creo que la idea está relacionada con cierta justificación moralista de la ganancia, que sería una recompensa por la abstención consumista. En todo caso no parece muy cierto. Los pescadores, como los plataneros, emplean la mayor parte de su tiempo y energías en pescar o cuidar la plantación y recolectar los frutos, lo que incluye consumo de  utensilios y materias diversas (lo podemos llamar consumo indirecto o intermedio, por contraste con el consumo directo o final de plátanos y pescado). Pero solo se dedicarán a ese esfuerzo después de haber consumido lo necesario (en alimentarse, en este caso), pues de otro modo su rendimiento en el trabajo bajaría, lo que es otro argumento en contra del ahorro considerado como abstención de consumo.

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“RIA-Novosti, agencia rusa de noticias, publicó el 8 de febrero un pequeño artículo sobre las dificultades de las mujeres rusas durante la ocupación alemana, firmado por Anush Janbabyan. En él se podía leer: “A principios de la década de los 40 del siglo XX, la vida de muchas mujeres soviéticas se convirtió en una pesadilla de la noche a la mañana. El enemigo invadió la patra, el marido partió al frente, los padres ancianos y los niños pequeños se quedaron sin sustento (…) Los territorios ocupados de la URSS se llenaron de militares alemanes, letones, estonioos, finlandeses, húngaros, rumanos, italianos y españoles. Flirteo por una parte y abusos sexuales por otra. Las lugareñas sintieron en carne propia diversas maneras de interacción que elegía el enemigo (…) Según el historiador Boris Kovalev, los soldados más crueles eran los de los llamados destacamentos punitivos de Letonia y estonia. Los finlandeses también habrían destacado por su brutalidad en las relaciones con las mujeres soviéticas. En el otro extremo se situaban los españoles de la División Azul. Fueron los mejores en el trato que tuvieron con la población local. Muchos se casaron con muchachas rusas y, una vez terminada la misión, regresaron con ellas a España. Entre los alemanes hubo de todo.

  Boris Kovalev es un historiador ruso que une en su persona dos características: ser uno de los pocos historiadores rusos que estudia a fondo la vida en los territorios ocupados por la Wehrmacht (sin dejar de lado el tema del colaboracionismo de la población local con los alemanes) y ser estudiodo de la División Azul, que le afecta personalmente por ser natural de Nóvgorod”  (Boletín Blau División de marzo)

Nota: No obstante tengo entendido que los matrimonios entre españoles y rusas no fueron reconocidos oficialmente y que, aunque algunos trataron de traerse a sus mujeres disfrazadas de soldados, casi ninguno lo consiguió. Alguna mención hice en la novela  Sonaron gritos…

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La legitimidad del franquismo y la democracia.

Blog I:  ¿Puede ser soberano el pueblo? /Recuerdos sueltos: Viaje a Las Hurdes. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/puede-ser-soberano-pueblo-viaje-hurdes-i-20130410#comments

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No pocos descalifican de raíz al franquismo por no haber sido democrático: coinciden en ello desde marxistas a bastantes liberales, lo que ya indica algo. Lo cierto es que, si bien en  la España de Siglo de Oro encontramos fundamentos importantes del pensamiento democrático europeo –dejando aparte a Grecia–,  posteriormente no se desarrollaron, siendo ese vacío mal rellenado, en los siglos XIX y XX,   con una  especie de beatería “democratista”. Hoy muchos enarbolan  el ideal de democracia, reducido a tópico confuso,  como el alfa y omega legitimador y deslegitimador de cualquier sistema político. Con ello quedarían absurdamente deslegitimados todos los existentes en la historia de Europa hasta el siglo XX. Aparte, el término es usado con sentidos distintos y hasta opuestos, así democracia popular, proletaria, orgánica, asamblearia, socialista, etc. Aquí me refiero a la democracia liberal, con sus libertades políticas,  limitación y separación de poderes,  sufragio universal y economía de mercado.

   Los demoliberales en la España de los años 30 eran  pocos y pronto desbordados  por los partidarios de una democracia/dictadura proletaria o exclusivamente izquierdista, y solo la reacción autoritaria del franquismo fue al fin capaz de quebrar su ímpetu revolucionario. El objetivo del franquismo no  sería restaurar una democracia entonces imposible, sino salvaguardar la más profunda y básica unidad nacional y cultura cristiana. Solo un largo proceso de reconstrucción, reconciliación y prosperidad,  permitió asentar una democracia no epiléptica a partir de 1977. Y  ocurrió por la propia dinámica de la nueva sociedad y no por intervención militar extranjera, como en casi toda Europa occidental. Aun así, no cabe un excesivo optimismo, porque el pensamiento demoliberal sigue siendo muy débil y no cala en la mayoría de los partidos y políticos: subsisten las viejas tendencias, que intentan imponerse incluso por ley, idealizando puerilmente a la república, reivindicando la “libertad” del Frente Popular y condenando al régimen que libró al país de ella.

   Suele definirse la democracia según su etimología como “poder del pueblo”, lo que es un contrasentido.   La democracia liberal puede definirse mejor como lucha reglamentada de partidos (oligarquías)  por atraerse a  sectores lo más amplios posible de la opinión pública y gobernar por un período limitado, respetando las libertades, la separación de poderes, la propiedad privada y  el mercado libre. Un respeto mantenido en líneas generales gracias a los equilibrios y contrapesos del sistema, pero nunca muy completo, ya que los gobiernos tienden a afianzarse indefinidamente y a expandir su dominación –lo observamos en la involutiva democracia española actual–. No debe olvidarse tampoco que la opinión pública es moldeable y maleable, lo que la hace propensa a la demagogia, muy presente en las democracias y que llega a destruirlas si no es contenida.

     Basten estas breves consideraciones para mostrar las dificultades y puntos débiles de este tipo de régimen, distintos de los que supone la beatería al uso. Aun así, resultan inconvincentes la mayoría de las críticas  a sus tendencias demagógicas o al olvido del interés común por las pasiones de partido. Fuera de las democracias siguen existiendo los partidos en forma de camarillas opacas en oscura lucha por el poder, y la necesidad de lograr la aquiescencia popular también se resuelve a menudo con demagogias, solo que menos variadas y contrapesadas. Además, la democracia permite más libertades políticas y control sobre los gobiernos, imponiendo a estos una mayor contención. Si la democracia tiene serios problemas y propensiones degenerativas, cualquier otro régimen experimentado hasta ahora los tiene a su vez, con mayor dificultad para corregirlos.

   La relativa democracia de la II República terminó hundida por el excesivo peso de las demagogias, la escasez de demócratas y la orientación totalitaria prevaleciente en la izquierda y los separatismos. La oportunidad de una corrección gracias a las elecciones de 1933 no fructificó porque la derecha, si bien aceptaba la república, no sentía una convicción demoliberal, y de ahí que su defensa del régimen fuera poco enérgica o  inspirada. Contra la interesada versión de los totalitarios, la república no naufragó porque la derecha defendiera brutalmente sus privilegios sino porque defendió con poca resolución la democracia frente a sus enemigos izquierdistas y separatistas.

   Al tratar el problema de la legitimidad política suele hablarse del origen y el ejercicio del poder. En cuanto al origen, Franco no derrotó a un régimen legal y democrático, como suele pretenderse con sorprendente obstinación. El Frente Popular –lo prueba el simple relato de los hechos–  agrupaba a  quienes en 1934 habían intentado destruir la república, tomó el poder en unas elecciones en gran medida fraudulentas y no democráticas, e inmediatamente arrasó la legalidad republicana. Ninguna fuerza demoliberal, entonces en ruinas, podía haber impedido el proceso revolucionario: solo el franquismo. Este mero hecho le otorga una incuestionable legitimidad de origen.

   Y a la legitimidad de origen añade la de ejercicio, ya que en el tiempo que duró  libró a España de la catástrofe mayor que habría supuesto la entrada en la II Guerra Mundial, derrotó sucesivamente al maquis, intento de reanudar a la contienda civil, y al injusto aislamiento internacional. Frente a quienes le acusaban de empobrecer al pueblo en beneficio de una casta privilegiada, protagonizó el mayor crecimiento económico que haya gozado España en su historia, acercándola a los niveles de los países europeos más ricos, e hizo masiva la clase media.  Frente a quienes le acusaban de oscurantista, extendió la enseñanza como nunca antes –incluida destacadamente la presencia femenina en las aulas— y redujo a cifras marginales el analfabetismo.  La salud física mejoró, como indica que los españoles pasaran de tener  una relativamente corta esperanza de vida en los años 30 a estar entre los tres o cuatro países del mundo con mayor esperanza vital. La salud social, manifiesta en los índices de delincuencia y población penal, alcoholismo, drogas, fracaso escolar, fracaso matrimonial, violencia doméstica, etc., era probablemente la mejor de Europa. Pasadas las condiciones de la posguerra, cuya dureza fue aumentada por la  guerra mundial y el injusto trato internacional  posterior, el régimen se liberalizó progresivamente. De hecho nunca tuvo oposición democrática apreciable ni hubo demócratas en sus cárceles: prácticamente toda la oposición fue comunista y /o terrorista, dato por demás esclarecedor.   

   Tras la absoluta decepción republicana, el franquismo aspiró a convertirse en un sistema político superador tanto de los peligros demoliberales como de los comunistas. No obstante,  en su mismo seno algunos lo entendían como una respuesta excepcional a una crisis también excepcional, la más grave sufrida por España desde la Guerra de Independencia y, por lo tanto,  debía ser un remedio provisional. En todo caso, el régimen tuvo un éxito sin precedentes, garantizando una paz que aún dura, la mayor prosperidad alcanzada por el país y el olvido de los odios que hundieron a la república. Pero sus propios éxitos fueron demostrando que no superaba el demoliberalismo, sino que iba progresivamente acercándose a él. Y  finalmente quedaría como el régimen que permitió una democratización no convulsiva, un añadido más a su legitimidad de ejercicio. Otras críticas afirman que Franco debía haber dejado paso a la democracia mucho antes. El problema –entre otros– es que entonces no había apenas demócratas. Y aún después de Franco no hay muchos, como demuestran los procesos involutivos actuales.  No por azar las fuerzas que hacen peligrar hoy la democracia se declaran también antifranquistas o antiespañolas y pretenden inspirarse en el Frente Popular. 

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Un viejo artículo: El pensamiento simplón (I)

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/el-pensamiento-simplon-1-1824/

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Razón y sinsentido de la vida. Vidas de calidad

Blog I:  Solución al problema de Gibraltar / Legitimidad y democracia http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El sinsentido de la vida

La idea de que la vida humana tiene un valor y un sentido está implícita con enorme fuerza en nuestra psique. Sin ella desfalleceríamos ante los mil retos, sacrificios e incomodidades frecuentes,  o bien oscilaríamos locamente entre la euforia de los éxitos y la desesperación de los fracasos. Es más, los éxitos y momentos felices también nos parecerían faltos de sentido y no tendríamos nada a los que agarrarnos para vivir. He supuesto que en la necesidad de sentido se encuentra la clave de la religiosidad, expresada en el lenguaje peculiar, no lógico, no racional, de los mitos.

      Una cuestión que venimos tratando en estas reflexiones algo divagatorias es la de si la razón puede explicar ese sentido mejor que los desconcertantes productos religiosos. Creo que no solo no puede, y por tanto si el hombre fuese mera o esencialmente racional, fracasaría. Es más, la razón obra precisamente como enemiga de la necesidad psíquica de sentido. Un argumento típico contra la religión es la existencia del mal. Pero es también un argumento más profundo contra el valor de la vida. La vida, la historia, consideradas racionalmente, parecen probar las frases de Macbeth, sobre todo en las guerras, pero también en las paces, con los incontables crímenes, injusticias y atropellos que sufren millones de personas. No se pueden contraponer esos sufrimientos a los placeres y éxitos también existentes, pues los primeros vuelven vacuos a los últimos.  Y hay algo más definitivo: la muerte. Como recuerda el Eclesiastés, “la suerte de los animales y de los hombre es la misma (…) Todos vienen del polvo y van al polvo”. Dejamos el cadáver de un perro pudrirse en una cuneta y en cambio rodeamos de ritos y de pompas el de una persona, pero estas ceremonias no cambian en absoluto la realidad, solo expresan aquella perentoria necesidad psíquica. La suerte del que pasa la vida con grandes contrariedades y sufrimientos, y la del que la pasa entre placeres y éxitos es la misma. Y no solo porque terminan de la misma forma, sino porque son igualmente vacuos, al margen del talante con que cada cual haya afrontado su vida.

   Ocurre, además, que el valor  de la vida humana no puede  darlo la subjetividad de los humanos, sino algo o alguien exterior a ellos, algo o alguien, por expresarlo así,  que está por encima y decide de algún modo sobre su destino. Podría ser la naturaleza, pero no tenemos la impresión de que esta emita juicios o valoraciones de ninguna clase. La razón no ayuda, y queda solo el instinto de supervivencia, común a toda forma de vida, como expresión de  un posible valor  que no entendemos.

  Sin embargo, cuando salimos del instinto, es precisamente la razón la que plantea la cuestión del sentido de la propia vida –y más aún, de la humanidad—. Pregunta a la que no logra responder o incluso lo hace negativamente, como vemos, lo cual conduce a la destrucción psíquica. Productos típicos de la razón son las ideologías. Se las ha acusado de obrar como sucedáneos de la religión,  pero sería más justo considerarlas intentos de sustituir la religión por la razón, soslayando al mismo tiempo la demolición de la psique. Ya esbozamos en el blog la racionalidad indudable de ideologías como el nacionalsocialismo, el marxismo o algunas formas de liberalismo como la que  pretende valorar la vida humana en términos ante todo económicos (estas divergencias racionales indican, además, que la razón tiene muchas variantes, no llega a verdades únicas incluso partiendo de unas mismas premisas). El objetivo fundamental de las ideologías consiste en dar valor y sentido a la vida humana prescindiendo de la fe religiosa, pero han conducido a su máxima desvaloración.   

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Opinión

Una vida de calidad

 

Después de hacerse algunas revisiones, Kepa Pérez Smith, Bulkcarrier, para los amigos, se llevó un susto morrocotudo.
– ¡Pero qué coño! ¡Si llevo casi treinta años sin fumar!
–Bueno, ya sabe usted, hay quien fuma como una chimenea y nunca pilla un cáncer, y otros lo cogen sin probar un pitillo. Es raro, pero pasa. Estadística, ¿entiende?Salió de la consulta tambaleándose y se metió en un bar. Pidió un whisky, lo bebió de un trago, tosió un poco y, por hacer algo, pasó revista a su vida.Sus padres le habían dado una buena educación, como dicen los anglosajones. Es decir, buenos colegios, buena universidad. Por eso, y porque no era tonto, había tenido empleos bien pagados, cada vez mejores, desde joven. Había viajado por medio mundo, comido en los mejores restaurantes de muchos países. Tenía un paladar fino y había disfrutado de la comida, de los buenos vinos… de apartamentos y casas amplias, cómodas, bien situadas, coches caros. Le gustaba vestir bien, y se daba el gusto. Se vio como un tipo refinado, bastante refinado… Por ahí no había queja.

Pidió otro whisky.

¿Y el sexo? Su amigo Charly se jactaba de llevar la cuenta de los polvos que había echado desde los trece años, que decía que había echado el primero. ¿Cuántos polvos decía? No recordaba. Seguramente Charly exageraba, era un chulo, pero él ya no podía entrar en la competición, nunca había llevado la cuenta, lástima. Podía calcular un promedio por década, desde los quince a los veinticinco, y así sacar un total aproximado… En fin, daba igual. Nunca había tenido prejuicios, no estaba mal físicamente, se había enrollado bien con las tías. Un par de líos homosexuales, por curiosidad, sin cuajar. Aparte rollos de ocasión, se había casado dos veces ¡error!, y vivido con varias tías más. ¿Cuántas? Habría que distinguir cuándo un rollo pasa de ocasional a mínimamente… Bueno, qué más daba. Ahora estaba con Marta o, mejor, Martha. Se llevaban bien, no para echar cohetes, pero aceptablemente. ¡Qué hostia, mejor que aceptablemente! ¡Ah, Martha…!

Le invadió una oleada de ternura por Marta o Martha, fuera por sentirse vulnerable a causa de la recién descubierta enfermedad, o por el whisky.

Si de algo se felicitaba era de no haber tenido hijos. Los hijos te empeoran la calidad de vida. Irremediablemente. Más gastos, menos libertad, te quitan independencia… Y no sólo es el crío, es que te hace depender aún más de la consorte… Eso de la reproducción está bien, la continuidad de la especie, esas cosas, pero si puedes librarte del marrón, ¿por qué no? Por eso se había divorciado la primera vez, la tía se empeñaba… Y mira que estaba buena. Pero él nunca se había arrepentido, al contrario. Sobre eso tenía las ideas muy claras. Desde joven.

¿Algo más? Bueno, era un tipo sociable, siempre había tenido amigos, contaba los chistes con gracia, se llevaba bien con los jefes, y no mal con los subordinados… ¿Cosas malas? Se sorprendió de que ninguna le viniese a la mente. Quizá la bebida empezaba a ponerle contento. Con un esfuerzo recordó algunos episodios desagradables de los dos divorcios, algunas riñas, alguna humillación, el mono cuando la desintoxicación… putadas que le pasan a cualquiera. Pero se había divertido de lo lindo, había probado de todo. ¡Había tenido una excelente calidad de vida, qué coño! Una vida de calidad, calidad de verdad. ¡Ya quisieran muchos…!

Al pedir el tercer whisky dijo al camarero:
–En la vida lo que importa es la calidad, ¿comprendes? Además, hoy día la mayoría de los cánceres se curan. Te pasas unos meses jodido, pero después…
–¿Desea alguna cosa más?

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