Blog I: Para salir de la multicrisis: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/para-salir-multicrisis-20130417
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Creo que la importancia militar de Franco podría resumirse de dos maneras: en primer lugar no perdió prácticamente ninguna batalla –aunque empató en varias– y ganó finalmente la guerra. Su mérito es mucho mayor por cuanto emprendió la lucha en una absoluta inferioridad material. Esto ya le distingue entre la gran mayoría de los militares del siglo XX, aunque la escala del conflicto español fuera mucho menor que el de la I o II guerras mundiales. Los grandes generales alemanes empezaron ganando brillantemente para terminar en una derrota general y demoledora. Los franceses no desempeñaron un papel precisamente brillante o victorioso en la SGM, como tampoco en sus guerras coloniales. Los generales ingleses encajaron derrotas muy graves, y ellos y los useños, en la última fase de aquella contienda, no tuvieron ninguna actuación muy destacable, pese a disponer de una superioridad material realmente abrumadora. Y en Israel, Vietnam y otros lugares salieron más bien malparados. De los soviéticos puede decirse algo semejante: después de terribles derrotas consiguieron vencer, aunque a costa de un río de sangre (que Franco economizó de modo notable, como demuestra el número relativamente bajo de muertos en una guerra considerablemente larga). Por ello resulta más chocante el aserto común de que Franco fue un general mediocre, o como dicen otros, un pasable táctico pero un mal estratega; y hasta que no pasaba de una mentalidad de guerra colonial, como si la Guerra de España hubiera tenido alguna semejanza importante con las guerras de las colonias. En las que, por cierto, terminaron fracasando los militares europeos y useños, si queremos considerar así la de Vietnam–. En fin, no sabe uno qué concurso de disparates se celebra cada vez que se habla de Franco.
Hay, además, otro rasgo que le distingue de los militares comunes: no solo tuvo que dirigir la guerra, sino también, simultáneamente, construir un ejército y un estado. Tres tareas complementarias en aquel particular conflicto, en las que el fracaso estaba siempre al acecho. Sin embargo de allí salió un ejército bien articulado y con alta moral, aun si con medios materiales poco lucidos; y un estado que funcionaría con notable eficiencia durante casi cuarenta años. Si a alguien capaz de esta triple proeza se le puede llamar mediocre, entonces prácticamente todos los dirigentes político-militares europeos del siglo XX serán mucho más mediocres que él.
La importancia militar de Franco puede describirse de un segundo modo: sin él, es muy probable que los nacionales hubieran perdido la guerra. Debe recordarse que el golpe de Mola fracasó, a resultas de lo cual todos los elementos normalmente considerados decisivos en una contienda quedaron en manos del Frente Popular. Queipo de Llano afirma que fue su triunfo en Sevilla lo que animó a Mola a continuar, pues estaba a punto de huir al exilio. Y sin duda la victoria de Queipo tuvo una gran valor, pero resulta muy dudoso que, tras su éxito inicial, hubiera podido mantenerse sin las tropas de África que mandaba Franco, y menos aún emprender una ofensiva. Las tropas de Franco, junto con la idea del puente aéreo, constituyeron realmente el elemento decisivo para impedir el aplastamiento general o por partes de los sublevados.
Claro está que ese triunfo momentáneo no garantizaba en absoluto la victoria final. Pero tampoco se trató de una serie de éxitos tácticos sin proyección estratégica. Por el contrario, los objetivos de la ofensiva desde Sevilla tenían una clara orientación general: unir las dos zonas de la sublevación aportando a Mola las municiones de que se hallaba desesperadamente escaso, mantener una zona de contacto con el régimen amigo de Portugal, y avanzar hacia Madrid con el fin de decidir allí la contienda (algunos “estrategas” críticos le han reprochado no haber seguido la línea “más corta” de Despeñaperros: no solo la línea es igual de larga, sino que en ella se apostaban más fuerzas enemigas y no podría proteger uno de sus flancos, como en el caso de Portugal). Como no sabemos mucho sobre las intenciones del Caudillo, podemos sorprendernos de que, una vez unidas las dos zonas, no llevase sus fuerzas al norte de la sierra de Madrid, para desde allí descender sobre la capital. Parece que consideró la posibilidad, pues habló de cortar el abastecimiento de agua a la ciudad para hacerla caer más rápidamente (Prieto había elaborado un plan semejante en octubre de 1934). Pero quizá no se sintió con fuerzas suficientes para ello y menos ante la probabilidad de una lucha callejera en la que todas sus ventajas de maniobra en campo abierto se esfumaban. En cualquier caso, prefirió ir derrotando por partes al enemigo a lo largo del valle del Tajo. Enseguida comprendió la importancia del factor psicológico al señalar que había que convencer al enemigo de que los nacionales conseguían todos los objetivos que se proponían. A condición, naturalmente, de que no fueran objetivos desmesurados, y una de las virtudes que siempre demostraría Franco fue una mezcla flexible de realismo y audacia.
Se le achaca que en la marcha hacia Madrid cometió el error de desviarse hacia Toledo en lugar de lanzarse en tromba sobre la capital. Que “por Toledo perdió Madrid”. Se trata de un reproche ridículo. El rodeo por Toledo es mínimo, le facilitó avanzar por un sector en que apenas había fuerzas enemigas hasta el mismo Toledo, al contrario que por la vía más directa, y además Toledo se había convertido en un símbolo internacional. Aunque Franco fue muy poco explícito en los motivos de sus decisiones, parece que su estrategia entonces se dirigía a desmoralizar al máximo al enemigo con victorias parciales, a fin de que cuando llegara el momento de lanzarse sobre Madrid con las reducidas tropas de que disponía, el bando contrario se hallase moralmente descompuesto. En lo que estuvo muy cerca de acertar. De haberlo logrado, la guerra habría terminado en cinco o seis meses, con una extraordinaria economía de esfuerzos, pues las tropas empeñadas, hasta entonces, eran las célebres columnas de pocos miles de hombres. Pero entonces se encontró con que el envío del oro a Rusia por el Frente Popular se había traducido en una aportación soviética en aviones, tanques, artillería, asesores expertos, un nuevo ejército regular que superaba las poco efectivas milicias, más las brigadas internacionales, cuya aportación sobre el terreno distó de ser lo decisiva que luego se dijo, pero que sí lo fue en el importantísimo orden moral. Entonces la guerra cambió de signo. Ya no podía ser corta, sino larga, y sería necesario movilizar a grandes masas de tropas. El enemigo se le había adelantado en esas medidas, pero Franco sabría, una vez más, afrontar el cambio. La batalla de Madrid en sus diversas fases hasta la de Guadalajara, fue en conjunto un fracaso, pero no una derrota. Franco retuvo la iniciativa y sobre esa base cambió su estrategia, de forma plenamente acertada, dirigiendo su esfuerzo principal al norte, para debilitar al enemigo por partes.
Aunque los nacionales disponían de buenos militares profesionales –y también de muchos mediocres o menos que mediocres— todos, con alguna rara excepción como Queipo de Llano, reconocían la superioridad de Franco. Y, repito, es sumamente improbable que sin la conducción de este los nacionales hubieran superado la dramática situación en que se encontraron al comienzo de la rebelión.
