Blog I: El gran problema de España hoy / Sobre una segunda idea del historiador Varela Ortega: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gran-problema-hoy-varela-ortega-2%C2%AA-perla-20130405
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Ya hemos visto ciertos aparentes problemas conceptuales en torno al ahorro y la inversión, con los que Hayek maneja su teoría de la crisis. Pero antes de seguir por ahí, conviene compararlo con las ideas de Keynes. Para Hayek, las crisis se producen por un exceso de masa monetaria creada sin respaldo del ahorro (por ejemplo mediante tipos de interés demasiado bajo), del que suele ser culpable el estado o, en el caso de su isla algún banco emprendedor. En otras palabras: por un exceso de inversión sobre el ahorro voluntario. La causa última de estas políticas económicas erróneas radicaría en la dificultad para calcular las expectativas y la información errónea correspondiente por parte de los empresarios. El exceso y el desequilibrio se hacen patentes cuando una serie de inversiones realizadas en los momentos de euforia carecen de rentabilidad y deben ser abandonadas. No obstante, los gobiernos o los bancos tienden a mantener la política de expansión del dinero que ha llevado a tal situación. Contra esa tendencia, la solución sería pechar con las consecuencia de los errores y dejar que la natural recesión vuelva a llevar la economía a su posición de equilibrio entre ahorro e inversión, entre producción y consumo. Algo que no gusta a los gobiernos, para empezar, por los costes políticos que acarrea.
Keynes respondió con otro modelo explicativo. Él imagina otra comunidad, que podemos igualmente considerar una isla en el sentido de una economía globalizada y simplificada. La isla está dedicada a la producción de plátanos y hay un equilibrios entre ahorro, inversión producción y consumo. En este equilibrio la población se siente inclinada, por una campaña de propaganda moralizadora, o por otras causas a aumentar su propensión voluntaria al ahorro, dedicando al consumo de plátanos una parte menor de la renta que hasta entonces, con vistas a aumentar la inversión en la mejora de las plantaciones y conseguir más y mejor producción en el futuro. Sin embargo, el ahorro no redunda automáticamente en inversión. Puede ocurrir que los plantadores, teman una sobreproducción que derrumbe los precios, o porque la técnica disponible no exija el consumo de todo el ahorro, o porque no se encuentran suficientes obreros cualificados para los proyectos en principio posibles, o porque se crea un desfase temporal entre la preparación de las plantaciones para absorber la inversión y la inversión misma. Es decir, por diversos motivos no hay una correspondencia automática entre el ahorro y la inversión.
El resultado puede ser que, a pesar del ahorro, la producción de plátanos apenas varíe, por el desfase en las inversiones. Pero como el ahorro hará que la gente consuma menos plátanos, o bien parte de la producción se estropea o tiene que venderse a precios más bajos. En el segundo caso, los consumidores pueden felicitarse de obtener los plátanos más baratos, pero los plantadores, que tienen que mantener los salarios de sus obreros, perderán sus beneficios, a menos que bajen los sueldos o despidan a parte de sus empleados. Con lo cual bajará el dinero disponible para la mayoría de la gente. Si siguen manteniéndose el ahorro y el consumo a menor precio, la tendencia será a una baja creciente de los precios, los salarios, los empleos y las ganancias, que no podrá frenarse a menos que se frene el ahorro o se encuentre el medio de reforzar la inversión. En suma, el ahorro no genera necesariamente inversión y en ese caso conduce a una bajada en espiral de la renta de la comunidad bananera. Es decir, el ahorro voluntario, al contrario de lo que decía Hayek, puede convertirse, si bien no necesariamente, en la causa de la crisis. Y una vez la crisis se pone en marcha, urge, en definitiva, una política expansiva de inversiones, aumentando la masa de dinero y reduciendo la tasa de interés, que, según la visión de Hayek, eran precisamente las causantes de la crisis, que de ese modo empeoraría.
El contraste entre ambos sugiere algunas observaciones que dejaré para otra ocasión, animando entre tanto a los lectores a hacerlas por su cuenta.
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Un viejo artículo:
Roosevelt y Churchill, ¿figuras del siglo?
Hugh Thomas ha propuesto, con buenos argumentos, a F. D. Roosevelt como la figura política más importante del siglo. Eso de buscar “el más” de cualquier cosa, desde “miss mundo” hasta “el mejor científico”, tiene algo de manía, pero entra en el estilo anglosajón de la competencia, y lógicamente los españoles, sometidos a su cultura, no nos libramos de ella. Hace poco el diario El Mundo proponía para el puesto a Churchill, de quien trazaba un exuberante panegírico (incluyendo observaciones despectivas hacia los españoles en la guerra de Cuba, aunque lo cierto es que Churchill escribió entonces muy a favor nuestro).
Ciertamente, los méritos del estadista inglés son sobresalientes, pero si queremos evitar la beatería, tan frecuente en la izquierda como en la derecha hispanas, conviene no olvidar una mancha terrible en su carrera y en la del norteamericano: los espeluznantes bombardeos terroristas sobre la población civil durante la II Guerra Mundial. Si en Guernica, según los estudios más fiables, la Legión Cóndor mató a 120 personas, la cifra fue multiplicada casi por mil en las gigantescas incursiones aéreas sobre los suburbios obreros de Tokio o sobre Dresde, aparte de decenas de otras acciones similares, cuyas víctimas eran, sobre todo, niños, mujeres y ancianos. Aunque el método lo iniciaron los nazis, debe reconocerse que encontraron en los políticos anglosajones unos discípulos en extremo aventajados. Esto es sabido, pero casi nunca recordado, y no veo por qué.
Una atrocidad más pesa sobre Roosvelt y no sobre Churchill. Éste escribió que en un almuerzo durante la Conferencia de Teherán, Stalin anunció su intención de fusilar a 50.000 oficiales alemanes. Churchill replicó: “preferiría que me sacaran ahora mismo al jardín y me fusilaran antes que manchar mi honor y el de mi país con semejante infamia”. Roosevelt, complaciente, sugirió dejarlo en 49.000, y el hijo de Roosevelt brindó por la muerte “no sólo de esos 50.000 nazis, sino de cientos de miles más”. Stalin, encantado, le abrazó. Churchill, fuera de sí, abandonó la sala. Stalin fue a buscarle y, conciliador, le dijo que se trataba de una broma. El inglés estaba seguro de que hablaba en serio.
Y también Roosevelt hablaba en serio. Terminando la guerra, los prisioneros de guerra alemanes en manos norteamericanas, junto con miles de civiles, incluidos niños, fueron hacinados entre alambradas, sin cobertizos ni apenas agua, alimentos o ropas de abrigo, y sin permitir ayuda de la Cruz Roja o de la población. Así fueron exterminados alrededor de un millón de prisioneros. El espectáculo, según diversos testimonios, recordaba el de los campos nazis de Belsen o Dachau.
El general Patton dijo que su jefe, Eisenhower, empleaba “prácticamente los métodos de la Gestapo”. La cronista D. Thompson acusó: “Al adoptar los principios y métodos de Hitler, Hitler ha terminado por ganar, aunque hayamos vencido a Alemania”. Estos hechos están documentados por el historiador canadiense James Bacque en su libro “Other losses”, no traducido al español y cuya consulta debo a la amabilidad de J. Jiménez Lozano. Aunque Roosevelt falleció en abril de 1945, esa política estaba ya en marcha.
No sé si es preciso algún comentario.
