Blog Gaceta: Para entender el separatismo vasco http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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Dimisión de Aguirre:
Esperanza Aguirre ha hecho muy bien en dimitir si con ello pone a su degenerado partido ante algunas responsabilidades. Ella solo tenía un defecto político, aunque muy grave: una anglomanía absorbente que intentaba imponer a todo el mundo. En lo demás, era mucho mejor que el resto de los políticos, empezando por los de su partido. Ha sido más “hombre” que Vidal-Quadras, que Mayor Oreja y otros que han mantenido posiciones patrióticas y democráticas, pero sin arriesgar nada por ellas. El PP es el partido de los Rajoy, Basagoiti, Soraya, Cospedal y toda esa gente. En un partido así no puede tener lugar una persona decente, a menos que se signifique por una resistencia clara a la podredumbre.
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(perdón por los cambios de tamaño de la letra)
1.- Companys predica la guerra civil (publ. en febrero de 2004)
(Companys es uno de los héroes máximos del separatismo catalán, que lo ensalza en sus medios, venga o no a cuento. En noviembre de 1933, después de que las izquierdas perdieran las elecciones , se declaró “en pie de guerra” , como hizo el PSOE, y no cesó en sus provocaciones y chantajes, rechazando el veredicto de los tribunales, hasta desembocar en la intentona del 6 de octubre, su gran servicio, no a Cataluña, sino a la causa separatista)
Companys, al rechazar el fallo del Tribunal de Garantías y abandonar las Cortes, se declaró de hecho en rebeldía, y esa actitud fue ensalzada por Prieto y Azaña. Invocaba el jefe del gobierno, Samper: “La República lo será mientras se cumplan estos tres principios: el respeto al sufragio, el respeto a la ley y el respeto a las sentencias de los tribunales. En cuanto uno de estos tres principios falle, no habrá República, ni siquiera convivencia social”.
Era en vano: las izquierdas y los nacionalistas, sintiéndose fuertes, chantajeaban al gobierno sin el menor freno. Prieto declaró: “Tenemos la sospecha intuitiva de que este conflicto va a adquirir proporciones gigantescas. Cataluña (obviamente quería decir la Esquerra) tiene razón. Tened por seguro —advirtió al gobierno— que si vosotros llegáis a pelear con Cataluña, Cataluña no estará sola, porque con ella estará el proletariado español”. Azaña amenazaba a su vez a Samper: “Caerá sobre Su Señoría y sobre quien le acompañe en esa obra toda la responsabilidad de la inmensa desdicha que se avecina”. El socialista afirmaba: “o se somete el Gobierno, o surge la guerra civil”. Los republicanos de izquierda presionaban al presidente de la república, Alcalá-Zamora, para que hundiese al gobierno y les diese a ellos el poder, como medio de zanjar el conflicto. En sus diarios robados por el Frente Popular, y publicados parcialmente durante la guerra, Alcalá-Zamora escribía: “Apena presenciar todo esto y seguir rodeado de gentes que constituyen un manicomio no ya suelto, sino judicial, porque entre su ceguera y la carencia de escrúpulos sobre los medios para mandar, entran en la zona mixta de la locura y la delincuencia”.
Companys predicaba abiertamente la guerra civil en Cataluña con declaraciones explosivas. Una delegación del PNV visitó Barcelona, siendo acogida en triunfo. En los edificios oficiales había desaparecido la bandera republicana, y ondeaban sólo la catalana y la del PNV. Companys advirtió: “Cuando nosotros decimos que estamos dispuestos a dar la vida, no lanzamos al aire una palabra vana, una frase de mitin. Hemos de esperar el momento que nos convenga para el gesto definitivo”.
Mientras, Dencàs creaba un Comité Militar, dedicado a instruir a las milicias, a crear una trama golpista entre los oficiales de izquierdas y nacionalistas en las guarniciones, y a hacer planes concretos, hoy bastante bien conocidos y que he expuesto en Los orígenes de la guerra civil.
El gobierno ignoraba a medias lo que ocurría, y prefería cerrar los ojos. En las Cortes, los monárquicos denunciaron que la Esquerra se estaba armando, y un Samper demasiado ingenuo replicó: “¿Contra quién? ¿Contra el Poder público del Estado español? Yo no seré capaz de inferir semejante injuria a los representantes de la Generalidad. Eso sería incubar una catástrofe”. El ministro de Marina, el radical Rocha, acusó a su vez a los que tales cosas denunciaban, de soliviantar a la gente con frases alarmistas y “separadoras”, simétricas de las de los “separatistas”. Y terminó, con falso optimismo: “El problema hay que resolverlo con cordialidad”.
La tensión en el Parlamento creció de tal manera que la sesión del 4 de julio estuvo a un paso de terminar en sangre. Gil-Robles denunció indignado: “¿Es que no se han hecho concesiones a la Generalidad cuantas veces el señor Azaña necesitaba los votos de la Esquerra para mantenerse en el poder? ¿Es que en los momentos actuales persistiría la rebeldía de la Generalidad si no tuviera la evidencia de que cuenta con cómplices y encubridores en partidos que aquí tienen representación?” Las izquierdas se levantaron furiosas y se armó una batahola, que describe Josep Pla: “Los diputados se insultan, llegan a las manos; las bofetadas, las coces, los puñetazos, llueven. De pronto, bajo la deslumbradora luz del salón, un diputado hace relucir la pistola que empuñaba. Prieto, con gesto violento, saca la suya y la empuña a su vez. Los diputados, el público de las tribunas, los periodistas, tenemos la sensación de estar a un milímetro de la tragedia. En un momento determinado el número de armas que se esgrimen pone un escalofrío en el hemiciclo. Pero la catástrofe no se produce. Quizá la misma profusión de armamento aconsejara prudencia a todo el mundo”.
En Cataluña, las proclamas de Companys, cada vez más salvajes —aunque él mismo corregía las versiones aparecidas en los periódicos, según señala Dencàs, para quitarles algo de hierro y que no terminasen de alarmar a Madrid—, ponían a la opinión, al menos en apariencia, al rojo vivo. Uno de sus partidarios, Jaime Miravitlles, lo describe así: “Cada discurso de Companys era un toque de atención. Cada viaje, una concentración popular. Cada inauguración, una revista. A medida que pasaban los días, la figura del President adquiría proporciones épicas, de leyenda, mientras que Samper, Lerroux, Salazar Alonso, aparecían en su miserable minusculidad”.
Claro está que no todos los catalanes, ni mucho menos, pensaban igual. El influyente periodista Agustín Calvet, Gaziel, predicaba la sensatez desde el periódico La Vanguardia, el más importante de la región: “¿Ahora ha de ir a tiros todo el mundo? El catalanismo de antaño había usado y abusado en gran escala de la táctica de la intimidación. El “todo o nada”, el “si no nos la dan, nos la tomaremos” y bravatas parecidas, como un posible alzamiento de Cataluña. Trucos manejados, hay que reconocerlo, con gran habilidad, pero perfectamente irreflexivos e irrealizables. Las armas eran todas imaginarias, y la pólvora se iba por completo en salvas. Pero hoy es otra cosa”.
Era otra cosa por la aparente expansión del victimismo nacionalista a amplias capas sociales, pero sobre todo por los preparativos reales para la acción, que, informa Amadeu Hurtado, debía estallar en toda Cataluña simultáneamente: “En todas las emisoras de las radios locales se hacían sonar al final unos golpes secos y acompasados que significaban que no había llegado la hora del alzamiento, pero se sabía la consigna de aquellos golpes que, cuando fuesen seguidos y rápidos, serían la orden de insurrección inmediata”. Y era otra cosa cuando, simultáneamente, los socialistas se aprestaban a la revolución, que en sus papeles aparece sin ningún eufemismo como un llamamiento a la guerra civil; y cuando Azaña y los republicanos de izquierda intentaban poner a punto, a su vez, un golpe de estado, mientras el PNV daba los primeros pasos para una maniobra desestabilizadora muy semejante a la de la Esquerra.
Todos estos movimientos iban a confluir entre julio y agosto, pero, como veremos en la próxima entrega, los implicados no lograrían ponerse plenamente de acuerdo en aquel verano, dando lugar a un fracaso parcial de las maniobras y ataques. El aspecto de mayor interés, por desconocido hasta fechas recientes, es la implicación de Azaña, de la que él intentó borrar los rastros posteriormente, en su libro Mi rebelión en Barcelona, tenido por verídico durante muchos años.
Los hechos que aquí vamos relatando están muy olvidados o tergiversados por la historiografía al uso, pero creo que suministran alguna lección para la actualidad. Evidentemente la conjunción de los nacionalismos y las izquierdas en maniobras contra un gobierno de centro derecha salido de las urnas, contra la Constitución (¡una Constitución elaborada por los mismos que en 1934 la estaban echando abajo!) y contra la unidad de España, tenían entonces un carácter mucho más violento que ahora. Pero vale la pena reflexionar en el hecho de que hoy se está gestando una nueva alianza más o menos clara entre las mismas o muy parecidas fuerzas políticas, también en contra de la unidad de España y la Constitución, que no vacila en desobedecer a los tribunales u organizar, si la ocasión se presenta, movimientos desestabilizadores como los del Prestige y la guerra de Irak, o en explotar para sus fines el terrorismo etarra. Ni faltan quienes acusan de “separadores” a quienes denuncian estas peligrosas maniobras. Cuando Maragall habla hoy de crear “un drama” o de una vuelta a 1936, sus palabras no debieran ser tomadas por meras chifladuras.
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2.-Cómo se fabrica un mito: Companys ante los jueces (publ. en octubre de 2004)
(La revuelta de octubre en Cataluña fue un completo y ridículo fracaso. Companys y los suyos fueron ante los tribunales, y ahí demostraron su talla)
La preparación de la guerra civil a lo largo de 1934 por el PSOE y por la Esquerra nacionalista catalana puede considerarse hoy un hecho histórico firmemente establecido. En cuanto a la Esquerra, su dirigente Companys se esforzó en crear en Cataluña un clima insurreccional y en preparar los medios para la rebelión contra un gobierno legítimo, valiéndose, con dolo, de los instrumentos que la legalidad ponía a su disposición, que eran muchos.
Y cuando, el 5 de octubre, aprovechando un cambio de gobierno totalmente legal, el PSOE se lanzó a la guerra en toda España, Companys esperó todavía a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, mientras cortaba las comunicaciones terrestres con Madrid, trataba de imponer la huelga general en Barcelona, y ocupaba esta ciudad con sus milicias armadas, conocidas como “escamots”. Entre tanto hacía creer al gobierno que sus medidas se dirigían a impedir una subversión anarquista totalmente imaginaria. Al día siguiente, las noticias de estallidos revolucionarios en numerosas provincias y en Madrid le decidieron a saltar al ruedo a su vez, y al atardecer de ese día proclamó la rebelión contra un “golpe fascista” en Madrid. Puede decirse que había engañado al gobierno con la supuesta insurrección anarquista y ahora engañaba a los catalanes con el no menos falso golpe fascista.
Es sabido cómo terminó la aventura. A pesar de que disponía de miles de milicianos y del control sobre la Guardia de Asalto y, en menor medida, sobre la Guardia Civil, y de fuertes infiltraciones en el ejército, contra una guarnición de sólo unos centenares de soldados, Companys se rindió en la madrugada, tras pasarse la noche él y su consejero de orden público, Dencás, llamando a los catalanes a la lucha para derribar al gobierno democrático e imponer prácticamente la secesión.
La inmensa mayoría de los catalanes se mantuvo al lado de la legalidad, y la intentona de la Esquerra cayó en medio del mayor ridículo. Y sin embargo antes de medio año Companys se había convertido en algo así como un héroe legendario para muchos catalanes y no catalanes en toda España. El mecanismo de esta extraordinaria transformación merece un pequeño estudio.
Como consecuencia del asalto a la legalidad constitucional, hubo fuertes presiones para abolir la autonomía catalana, dándola por fracasada, así como para proscribir a los partidos guerracivilistas, incluyendo a la Esquerra. Sin embargo el gobierno prefirió una actitud moderada. Los partidos no fueron prohibidos, la autonomía fue solamente suspendida hasta que se normalizase la situación, y sólo los periódicos oficiales de la Esquerra fueron pasajeramente clausurados, medida sin apenas efecto porque reaparecieron de inmediato con otro nombre.
Y estos periódicos, convertidos en plataforma de una campaña extremadamente emocional y patriotera, lograron cambiar el completo descrédito inicial de Companys, en una imagen de gloria y martirio al servicio de Cataluña y de la democracia.
Hazaña propagandística todavía más notable cuanto que el comportamiento de los líderes esquerristas en el proceso subsiguiente careció de toda altura moral o política: se limitaron a negar la evidencia. Ellos no se habían rebelado. Había sido el pueblo el que se había rebelado espontáneamente, y el gobierno de Companys se había limitado a dar un “cauce” a aquel movimiento para evitar que se descontrolase y cayese en la anarquía. Los interrogatorios, como he expuesto en el libro recién aparecido 1934 Comienza la guerra civil, cayeron en lo surrealista cuando los acusados afirmaron creer que los pocos soldados provistos de dos pequeños cañones que asediaron la sede de la Generalidad eran o podían ser anarquistas. No les faltaba aplomo.
El defensor, Ossorio y Gallardo, sostuvo la misma historia. Según él, Companys y los suyos habían cumplido con su deber para evitar el caos, y en todo caso sólo podían ser acusados por un artículo de la ley que tipificaba el intento de derrocar al gobierno constitucional. Un miembro del tribunal llamado Sbert y próximo a la Esquerra, lo mejoró: los procesados no habían intentado cambiar el gobierno, sino el Estado. Pero como ningún artículo legal penaba de modo explícito tal cosa, la rebelión de Companys debía considerarse un acto “político y legítimo”. La prensa de la Esquerra encontró “consistente y moderna” esta versión, digna de los hermanos Marx. En adelante, tratar de derribar el Estado Republicano debía considerarse una especie de deporte. Toda la historia del proceso, de no estar envuelta en la tragedia (el golpe de Companys provocó más de cien muertes en Cataluña) podría dar lugar a un espléndido relato humorístico.
Este comportamiento absolutamente falto de responsabilidad política e histórica no mermó la renaciente popularidad de Companys. Sus partidarios proclamaban a voz en cuello: “Companys, el presidente de la Generalitat es el primer luchador de Cataluña” “En el banquillo de los acusados, siete hombres de Cataluña. Y en torno al estrado y al banquillo, y fuera, el pueblo”; “Companys y Cataluña. Gómez Hidalgo ha establecido la magnífica ecuación. Companys y Cataluña se encontraron juntos el 6 de octubre. Y no se separarán más” “Companys es Cataluña. Cataluña es Companys” Y así incansablemente en titulares de prensa, folletos de propaganda, octavillas. La prensa de izquierdas en toda España presentaba a los héroes del 6 de octubre como personajes simpáticos, afectuosos, excelentes personas víctimas de unas desdichadas circunstancias en cuyo detalles, lógicamente, no entraban.
Por su parte, Companys sabía animar la función: “El veredicto que nos importa es el que pronuncie en su conciencia íntima el pueblo. Ya que nuestros defensores han hablado del juicio de la Historia, declaramos que esperamos tranquilos su veredicto definitivo, con orgullo en el corazón y conciencia limpia”. El pueblo había pronunciado su fallo al desoír los llamamientos de Companys aquel 6 de octubre, pero él y la Esquerra no lo tuvieron por inapelable. Creían que una buena campaña de propaganda puede cegar las evidencias más crudas, y los hechos parecen haberles dado la razón.
¿Puede, realmente, tener ese efecto una campaña así? Sí, desde luego, pero con una condición: que no sea contrarrestada mediante una tenaz e insistente contracampaña. Rebatir falsedades tan groseras no es empeño agradable, obliga a entrar a veces en el terreno del disparate y a emplear tiempo en explicar lo que debiera ser obvio. Sin embargo no queda otro remedio, porque los falsos mitos tienen un efecto desastroso. Todavía hoy políticos e historiadores nacionalistas cultivan insistentemente la falsificación de la historia y fomentan el culto al golpismo y a personajes poco recomendables. No es sano que en Cataluña se tenga por héroe a Companys y no a Pla, o que en las Vascongadas ocurra lo mismo con Arana y no con Unamuno. Tales cosas indican cierto grado de insania colectiva, y conviene rebajarlo en lo posible.
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3. El asesinato de los hermanos Badia (publ. en noviembre de 2010)
(Una de las consecuencias de la intentona guerracivilista de octubre de 1934 sería un turbio asunto de faldas, venganzas y sangre. Lo he utilizado en la novela Sonaron gritos y golpes a la puerta)
Los hermanos Badia, Josep y Miquel, pertenecían al ala ultraseparatista del nacionalismo catalán (Estat Català), y en su muerte todo apunta a la intervención del presidente de la Generalidad, Lluís Companys, que de antiguo tenía contactos con pistoleros anarquistas. Companys y su entorno manipularon a la opinión achacando la autoría a la Falange, y rentabilizaron el crimen denunciando la ineptitud de las fuerzas de seguridad, cuyo control asumió el poder central tras la intentona de octubre del 34, y exigiendo su vuelta a la Generalitat. El juez encargado del caso descubrió a los autores, terroristas de la FAI, pero fue relevado oportunamente por otro que soltó a los detenidos tras dar crédito a sus endebles coartadas. Por entonces, aún más que ahora, la independencia judicial había finado. Pero los nacionalistas ultras, o menos ultras, no se llamaron a engaño, y el crimen redundó en tres hechos políticos: la separación y refundación de Estat Català, antes integrado en la Esquerra, el asesinato de un travesti o cliente de travestis, soplón del espionaje de la Generalitat, y, sobre todo, un complot para asesinar a Companys y sus consejeros, según unas versiones, o para secuestrarlo y exiliarlo, según otras.
Los hechos pueden explicarse suficientemente, para la Gran Historia, apuntando al choque entre distintas políticas. Estat Català quería imponer la secesión de Cataluña y aplastar a la anarquista CNT-FAI. Miquel Badia, despreciando a Companys por blando, se jactaba de que, si le dejaran hacer a él y a los suyos, harían “desaparecer a esa gente [los jefes anarquistas] en quince días“. En cambio, Companys prefería entenderse con la CNT, porque siempre había tenido lazos con ella y porque la encontraba demasiado fuerte para atacarla de frente. Además, en la rebelión de octubre del 34 había comprobado la flojera de los ultraseparatistas (y de los demás nacionalistas, incluido él mismo), por lo que entendía que el choque sangriento con la CNT, pretendido por los Badia, sería suicida. Por otra parte, el golpe de octubre del 34 en Barcelona había resultado tan ridículo que, para recobrar la popularidad, el sector de Companys desplegó una intensa propaganda a fin de endilgar los errores y torpezas a Dencàs y a Miquel Badia, lo cual extremó las tensiones (en junio del 36 tuvo lugar en el Parlament una discusión entre Companys y Dencàs muy reveladora de los hechos, así como del carácter de los dos personajes y de los diputados de la Esquerra, empeñados en silenciar las verdades del barquero expuestas por el acosado Dencàs. He citado extensamente, creo que por primera vez, aquel virulento diálogo en Los orígenes de la Guerra Civil). Companys volvió de la cárcel convertido en un héroe, en “la encarnación de Cataluña”, y en ese contexto entran bastante bien el doble asesinato, la refundación de Estat Català al margen de la Esquerra y otras venganzas.
Al reanudarse la guerra, en julio del 36, las tensiones entre nacionalistas se hicieron aún más feroces. Companys entró en alianza con la CNT, pues no le quedaba otra si quería conservar algo de poder. No era una alianza amistosa, ya que Companys intrigaba con los comunistas para, en el momento adecuado, deshacerse de los ácratas. En cambio, los ultraseparatistas pretendían liquidar de una vez a la CNT-FAI e imponer la secesión de Cataluña, buscando el reconocimiento de Francia, Inglaterra y la Alemania nazi (el componente racista en el nacionalismo catalán siempre fue muy fuerte). Al efecto elaboraron, hacia octubre-noviembre, un plan: sus milicias descenderían desde los Pirineos mientras, en Barcelona, fuerzas adictas secuestraban o liquidaban el gobierno de Companys. En el complot participaban, entre otros, el presidente del Parlament, Joan Casanovas, que presuntamente debía sustituir a Companys, y el comisario de Orden Público, Andreu Reverter o Revertés. Así, los hermanos Badia quedarían vengados y la política catalana reorientada. Pero, quizá por indiscreciones o jactancias de los conspiradores, o bien por disputas en torno al botín de los saqueos –frecuentes por aquellos días–, la CNT detuvo a Reverter, el cual, para salvarse, amenazó a Companys con descubrir negocios sucios suyos.
El complot, en todo caso, salió a la luz. A Reverter se le ofreció la excarcelación y la huida a Francia, pero al salir libre unos agentes de Companys, encargados de conducirle al exilio, le mataron en una cuneta. Casanovas y otros más tuvieron que pasar apresuradamente los Pirineos, y la Generalitat aprobó aquella justicia. Así naufragó una conspiración que pudo cambiar la política de entonces.
Veamos ahora la Pequeña Historia, que ha explicado el historiador Enrique Ucelay da Cal (aquí me guío por el amplio resumen de su trabajo hecho por José García Domínguez), y que contribuye de modo importante a explicar el asunto. Miquel Badia, conocido en medios nacionalistas por Capità Collons (Capitán Cojones), había tenido relaciones íntimas con una moza de las juventudes nacionalistas, Carme Ballester, casada con otro miembro del partido. También requirió a la chica Companys, ya cincuentón pero en mejor posición política, y la convirtió en su amante. En una ocasión, ella y el president fueron sorprendidos en pleno acto sexual en un despacho de la sede de las Juventudes. Los celos entre los dos políticos se hicieron muy agudos, al punto de que Companys obligó a Carme a jurarle fidelidad sobre el lecho que había pertenecido a Francesc Macià, ceremonia bautizada por el todo Barcelona como “la misa negra en la cama de Macià”. No eran solo políticas, por tanto, las diferencias entre Companys y Miquel Badía, causantes de la eliminación de este y de su hermano.
Carme adquirió extraordinaria influencia política a través de Companys, su amante y, desde octubre del 36, marido. Ella detestaba a Casanovas –que también tenía una vida sentimental complicada, con una cabaretera del Paralelo–, aversión que pudo haber influido en la radicalización política de este a partir de la inquina creada entre él y Companys; en cambio, era muy amiga del matrimonio Reverter o Revertés, el cual la había protegido en su casa cuando los sucesos de octubre del 34. Carme convenció a Companys de que nombrase a Reverter comisario de Orden Público, un cargo de máxima importancia, aunque la CNT seguía controlándolo en gran medida.
La carrera de este hombre tiene interés. Considerado un alcahuete de políticos, a quienes proporcionaba chicas jóvenes –incluso posiblemente a su propia esposa–, había entrado en el círculo íntimo de Companys. Según diversos indicios, Reverter utilizó su cargo de jefe de Orden Público para participar en la exportación de metales preciosos saqueados en domicilios particulares y bancos y para pedir comisiones sobre tráfico de armas, y esa habría sido la razón o el pretexto de su detención por los anarquistas. Sigue siendo oscura la razón de su entrada en la conspiración contra Companys, que le había elevado a una posición tan significada. Quizá le indujera a ello la rivalidad con los anarquistas, o el simple afán de conseguir más dinero; incluso puede que pensara en la posibilidad de ocupar el puesto de Companys. Este, en todo caso, tras haberle encumbrado no sólo le hundió, sino que, con la mayor probabilidad, hizo que le engañaran con la promesa de la huida a Francia y le asesinaran. Reverter, en España o en Francia, sabía demasiado y podía hacer mucho daño a su ex protector.
Sobre el asesinato de los hermanos Badia, fuentes nacionalistas habrían destacado un improbable desacuerdo ético de Companys con los métodos drásticos (palizas, torturas, algunas muertes) empleados por Miquel cuando había estado al cargo de la policía. Otro nacionalista, Josep Andreu Abelló, explicó que Badia había querido entregarle un informe comprometedor sobre diversos dirigentes de la Esquerra, pero que no había podido hacerlo porque el día de la cita para la entrega coincidió con el de su asesinato.
Este Andreu Abelló tiene también una historia llamativa. Cofundador de la Esquerra, al final de la guerra civil se exilió en Méjico, donde, con Prieto y algún otro, manejaba los inmensos fondos robados y trasladados allí en el yate Vita. Años después apareció por Tánger convertido en banquero, volvió a España sin problemas y entró en la Banca Catalana de Pujol. Durante la transición dejó la Esquerra para cofundar el PSC-Congrès, grupo que influiría en el giro nacionalista del socialismo en Cataluña, siempre en pugna con las bases de izquierda no nacionalistas, a las que lograría controlar.
Companys es hoy el héroe por excelencia del nacionalismo catalán, enaltecido en mil publicaciones, y su nombre titula estadios y centros oficiales diversos. No cabe duda de que esta historia sobrepasa la novela negra más elaborada, y debería dar pie a nuevas investigaciones para aclarar los puntos todavía oscuros. He propuesto varias veces que personas bien documentadas deberían escribir una colección de semblanzas verídicas de personajes del nacionalismo catalán. Creo que resultarían instructivas.