Enfermedad de nuestra democracia. Hace falta otro partido (I).

Blog de gaceta.es: De la UE a la CEE / “Estudiar en inglés” / El abuelito de Zapatero

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****Basagoiti: “Digo a los vascos que tienen al PP si quieren una clara oposición a Bildu”. Este señorito sinvergüenza, ¿es tonto o nos toma por tontos a los demás?

****Dice Hope Aguirry (pron. esdrújula), en plan descalificatorio, que las televisiones públicas recuerdan a “los tiempos de Franco”. Buena necedad de la anglómana. En el franquismo, la televisión, aun distando de ser una maravilla, era diez veces más decente, educativa, seria y española que las que vinieron después, públicas y privadas. Se afirma como un dogma que la competencia entre distintas empresas mejora el producto, pero no siempre es cierto. La competencia entre las televisiones públicas y las privadas se ha centrado en ver cual es más indecente, basurienta, frívola y antiespañola. La anglomanía de Hope le impide ver la evidencia  y la lleva a la demagogia. Estos antifranquistas de pandereta pretenden ignorar que la democracia viene del franquismo, no de ellos, quienes no hacen otra cosa que aprovecharla, por no decir parasitarla. En algunos aspectos, Hope es mucho más positiva que la mayoría de sus colegas del PP, pero su  anglomanía contamina todo lo demás y lo inutiliza. Al modo de los afrancesados que hacían el caldo gordo a los invasores del país. El antifranquismo ha sido una enfermedad de nuestra democracia. Más aún, ha sido y es su peor enfermedad.

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Es necesario otro partido.

He sugerido que una posible solución para el país consistiría en el hundimiento del PSOE, esa plaga histórica, y la división del PP en dos, ya que en él entran corrientes muy dispares, solo disimuladas por la rivalidad con los socialistas. Desde luego, el PSOE ha hecho méritos más que suficientes para ir “al basurero de la historia”, como decían los marxistas; pero esa solución no es posible, porque el PP cree que el juego político en España debe desarrollarse entre él y el PSOE, y correrá en auxilio de este cada vez que se encuentre en serio peligro. Ya lo hizo Aznar con su “pasar página”, lo hizo Rajoy con su seudooposición y más ahora: basta contrastar su actitud hacia los socialistas con su dureza contra UPyD, en el que ve un peligro de nuevo reparto de votos. PSOE y PP solo toleran, fuera de ellos, a los separatistas catalanes y vascos como parte de ese juego seudodemocrático en el que la corrupción y el engaño a la opinión pública desempeñan un papel esencial. Y al fondo la ETA, por supuesto, el condicionante, tan poderoso como inconfesado, de la política española en los últimos 35 años. Un juego que ha llevado al país a una crisis nacional, democrática y económica sin precedentes (escrito hace cinco años: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/el-enmafiamiento-de-los-partidos-40023/)

Una democracia no puede funcionar sin diversidad de alternativas. En los años pasados, el PP demostró no ser alternativa a la política de Zapatero, quien pudo proseguir una y otra vez sus desmanes sin otra oposición que algunos pellizcos de monja. Quedaba la esperanza de que su “bajo perfil”, como llaman a la ausencia de verdadera política, fuera un engaño a las izquierdas para desmovilizarlas, aunque siempre creí que a quien se pretendía engañar, en realidad, era a los votantes del propio PP; y que tampoco se trataba de “complejos”, pues esos políticos piensan así (si cabe hablar de pensamiento), como unos progres o socialistas algo descafeinados.  ¿Cambiaría Rajoy desde el poder? Lo alcanzó no gracias a alguna idea o alternativa clara, sino a una crisis económica que le “cayó” al PSOE como pudo haberle caído al PP, más cuatro promesas embusteras sobre impuestos y demás. Por lo que vamos viendo, sigue igual, lo único que cabe esperar es que las derechas sean algo menos agresivas y “ocurrentes” que el PSOE, solución insuficiente para una situación cada vez más dramática.

La crisis múltiple actual requiere un programa de reformas en profundidad, que la mayoría del país estaría dispuesto a aceptar si se explica su necesidad de forma clara.  Pero no aparece el partido ni los líderes capaces de estudiar los problemas  más allá de la simple queja, y avanzar soluciones. Y sin embargo, ello es necesario. La crisis retrata un final de ciclo caracterizado por el fracaso de la Transición que, iniciada como una reforma “de la ley a la ley”,  ha terminado bajo Zapatero en la ruptura pretendida en 1976 por los antifranquistas… que eran también antiespañoles y nada demócratas. Además, las condiciones son excelentes: existe un descontento  difuso, pero generalizado, una escasísima confianza en los políticos, que los ciudadanos ven como parte del problema y no de la solución, y unos conflictos a todos los niveles, generados por los partidos actuales.

Algunos lo creen, a pesar de todo, imposible, pues los poderosos aparatos y medios de los grandes partidos se encargarían de asfixiar cualquier iniciativa. La historia demuestra otra cosa: desde la guerra mundial,  la democracia cristiana y el partido comunista se habían hecho connaturales a Italia casi como parte del paisaje, y sin embargo bastó una ofensiva de algunos jueces contra la corrupción para destruir a los poderosos democristianos, mientras los comunistas se diluían por lo  que ellos llamarían “contradicciones internas” y por efecto de la caída del muro de Berlín. Ahora asistimos en Grecia a un proceso que podría barrer a los corruptísimos partidos tradicionales, que muchos entendían como pilares de la democracia, cuando eran, son aún, simples beneficiarios de ella. Cierto que en Italia surgió un personaje como Berlusconi, y en Grecia pueden salir partidos demagógicos al estilo de los latinoamericanos. La historia plantea retos que es preciso afrontar, y que pueden afrontarse de forma equivocada, pero aún hay tiempo para que no sea ese el sino de España.

 

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¿Quiénes son las víctimas? / Significación histórica del franquismo.

Blog de www. gaceta.esVisita a Vigo / El tesoro de los templarios / De Cela a Tolstoi /  A. Celentano y Françoise Hardy

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Constantemente vemos comentarios referidas a las “víctimas del terrorismo”. Según unos, no deben influir en la política llamada antiterrorista y menos aún dictarla. Según otros, “hay que tenerlas en cuenta”. Pero se crea la impresión de que las víctimas son un grupo de personas dignas de compasión por lo que han sufrido, cuando su alcance político es mucho mayor, porque la víctima principal del terrorismo ha sido la sociedad, ha sido España, la democracia y el estado de derecho. Esta es la víctima fundamental, y no tanto de los etarras como de los políticos. La AVT nació contra una situación de simpatía o permisividad moral y política hacia la ETA muy extendida, al menos en la superficie de la sociedad, cuando las víctimas directas eran enterradas y tenían funerales de tapadillo, ya bajo Suárez,  mientras se las procuraba olvidar cuanto antes en aras de la “salida política” y el país entraba en estado de abyección. Luego, afrontando al PSOE en el poder, que hacía todo lo posible por marginarlas mientras concedía subvenciones a las lesbianas bolivianas y similares, la AVT consiguió ir cambiando poco a poco la percepción de mucha gente, antes estragada no por los terroristas sino por los políticos –de izquierda y derecha– y por los medios de comunicación tipo El País o Interviú (lo he examinado condensadamente en La Transición de cristal).

Cuando llegó como llegó al poder  Zapatero – el político más infame desde la Transición, el cual en un país medianamente normal tendría que enfrentarse a los jueces por sus muchas fechorías, cien veces más graves que las de Urdangarín, Roldán y similares –, encontró a la ETA prácticamente derrotada, “al borde del abismo”, como ha dicho un líder batasuno. Y se apresuró a sacarla de tal situación, tanto por su infantil ambición de ganar un premio Nobel con la farsa de la paz como, sobre todo, por la profunda afinidad ideológica entre él y la ETA, una evidencia invisible para la muy baja calidad general del análisis político en España. Y en el proceso advertí de que Rajoy iba por el mismo camino, eso sí, tirando algunos pellizcos de monja al PSOE, con vistas a explotar a los  votantes de derecha: vuelta a la tradición de los “politicastros” de la Restauración.

Rajoy ha demostrado una vez más que es muy poco hombre para una crisis tan fuerte. Y el PP, salvo excepciones, es simplemente un partidos de señoritos ansiosos de poder y de cargos, que varía entre las fechorías anglómanas de Hope Aguirry  (pronunciar esdrújula) y el puro y simple desinterés por España y por una democracia que nunca han comprendido más allá de la tontería de “entrar en Europa” u “homogeneizarnos con Europa”, máxima profundidad de prensamiento al que llegó Suárez y del que no han pasado sus sucesores. En esto también se asemejan a la ETA: no es que sean antiespañoles, al menos subjetivamente, como los terroristas. Es que la cuestión les es indiferente más allá de sus anhelos de figurar y ocupar poltronas. Ahí reside el secreto de sus últimas medidas proetarras.

*** Dice Hope Aguirry que tenemos una deuda con los que dieron su vida por  la libertad y por España. Ella, lacaya,  parece tenerla con Anglosajonia. Y quiere hacérnosla pagar a todos.

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El régimen llamado franquista por el nombre de su dirigente Francisco  Franco, duró hasta el referéndum de reforma de 1976: unos 38 años desde el final de la Guerra Civil y 41 desde su comienzo. Quizá no haya habido en España, desde Felipe II,  un régimen más hostigado y denostado desde el exterior y, aunque poco masivamente, desde el interior. Hostilidad que nunca logró derrocarlo, ni siquiera doblegarlo. Se le hacen cuatro acusaciones: a) Haberse rebelado contra un régimen democrático y un gobierno legítimo; b) Haberse impuesto gracias a la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista y a un genocidio; c) Haber organizado una indiscriminada represión de posguerra contra los vencidos; d) Haber instaurado una dictadura totalitaria de corte fascista. También suele achacársele el hambre de posguerra y haber sido “apestado” entre las naciones. Sobre él no podría construirse nada, como venían a decir los rupturistas, pues solo habría legado sangre, pobreza e ignorancia.

Por sorprendente que resulte, dada la amplitud con que han sido difundidas y creídas estas acusaciones, los datos reales no apoyan ninguna de ellas*. De las dos primeras acusaciones me ocupé en el capítulo anterior, aquí trataré ahora las últimas.

La represión de posguerra se ha presentado insistentemente como un crimen sin apenas parangón, un “holocausto” o “genocidio” comparable al practicado por los nacionalsocialistas durante la II Guerra Mundial. Se dan para él cifras entre cien mil y doscientas mil y más víctimas. Sobre todo ello cabe hacer algunas observaciones:

a)      Tales cargos son mantenidos ante todo por grupos stalinistas, marxistas o simpatizantes, y separatistas. Importa especificarlo porque la tendencia de todos ellos a exagerar o mentir sin rebozo, está perfectamente acreditada, y por tanto no pueden tomarse sus afirmaciones sin una fuerte reserva crítica.

b)      Casi toda la represión de posguerra se hizo mediante juicios, por lo que existe amplia documentación en los archivos, aunque, curiosamente, no ha sido investigada de modo exhaustivo. Las cifras más realistas de ejecutados oscilan entre veintitrés y treinta mil, según han documentado Ramón Salas y A.D. Martín Rubio, cifra alta, pero muy baja tanto en relación con la población española como con los seguidores del Frente Popular, lo que excluye por completo la noción de genocidio u holocausto.

c)      Aunque suele enaltecerse a los ejecutados como víctimas por motivos políticos, la mayoría fue procesada por delitos graves, a menudo atroces. Ello fue posible porque los jefes rojos huyeron a tiempo, abandonando a su suerte a miles de sicarios y  chekistas, gran parte de los cuales cayó en manos de sus enemigos. Este dato incuestionable suele oscurecerse afirmando que los tribunales no ofrecían garantías. Sin duda eran menos garantistas que los actuales, pero lo eran más que los franceses o italianos de la posguerra mundial y mucho más que los tribunales “populares” del bando izquierdista-separatista durante la Guerra Civil.

d)     Debe entenderse esta represión en el contexto de las guerras revolucionarias  del siglo XX en Europa, como ha estudiado Stanley Payne*, y entre las cuales fue muy inferior a la aplicada por los regímenes socialistas. Dado el sesgo comunistoide de la revolución en España, si esta hubiera vencido habría aplicado la represión propia de los gobiernos marxistas. Y las persecuciones entre las izquierdas dejan suponer lo que habría esperado a las derechas si hubieran perdido la guerra.

e)      Tampoco fue una represión más dura que otras registradas en Europa occidental. Fue comparativamente mayor en Finlandia en 1918, por ejemplo; y en España tuvo la particularidad de hacerse mediante tribunales, al contrario que en Francia o Italia al final de la II Guerra Mundial, que allí también fue civil — mucho menos intensa que la española– donde hubo pocos juicios y muchos asesinatos, un mínimo de 10.000, probablemente muchas más.

f)          La represión de posguerra, por tanto, debe entenderse en el contexto de una guerra revolucionaria como otras de Europa, sin ser particularmente dura y sí más legalista que casi todas las demás. Su comprensión se ampliará con el terror durante la Guerra Civil, examinada en el capítulo anterior

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Sobre el carácter general del régimen franquista Orwell, tras criticar a las izquierdas a partir de su experiencia personal,  afirmaba que el triunfo de Franco traería males aún mayores: “No solo era un títere de Italia y Alemania, sino que estaba ligado a los grandes terratenientes feudales y representaba una rancia tradición clérico-militar. El Frente Popular podía ser una estafa, pero Franco era un anacronismo. Solo los millonarios o los románticos podían desear su triunfo*.  Así, del franquismo solo podía esperarse una brutal explotación de los trabajadores, oscurantismo, oposición a la industrialización  y atraso general. Esta idea ha persistido y persiste sin el menor respeto a los hechos. Cuando murió Franco, España era la novena potencia industrial del mundo, se había acercado a la renta per capita media de la Europa opulenta más que nunca antes desde al menos las guerras napoleónicas: un 80%, porcentaje que tardaría muchos años en recuperar, y solo pasajeramente. El hambre había desaparecido por primera vez en la historia del país ya en los primeros años 50 y el analfabetismo había retrocedido a niveles marginales, mientras la universidad se había masificado.

Durante sus últimos trece años, España creció más velozmente que cualquier otro país de Europa,  incluso del mundo, excepto Japón. Para rebajar este éxito histórico, suelen destacarse los años 40 y 50, tachados de paupérrimos y estancados debido a una política “autárquica” solo cambiada en 1959. Pero de nuevo los datos difieren. En los años 40 y parte de los 50, España sufrió primero las restricciones impuestas por Inglaterra, y después el aislamiento internacional. Los años 1941-42 y 1946 registraron un hambre intensa, aunque inferior a la del Frente Popular en 1938 y a la de muchos países europeos en guerra. Aun así, la economía creció: los índices de consumo de energía, escolarización media y superior, descenso del analfabetismo, superaron ampliamente los de  la república. Respecto de esta, el número de teléfonos se multiplicó por dos, el turismo por tres y los kilómetros volados por líneas aéreas españolas por seis; mejoró la atención médica, la mortalidad descendió y la infantil cayó desde un 35 por mil al 12 en 1950, y la expectativa de vida saltó desde 50 años a 62; la estatura media de los reclutas aumentó en tres centímetros, por la mejor nutrición. El número de maestros mejoró notablemente con respecto a la república, con relación más racional de alumnos por maestro. El de alumnos de enseñanza media casi se duplicó, y el de alumnas más aún. El paisaje agrario cambió con la construcción de pantanos y una ambiciosa repoblación forestal*.  Se dice que la renta de preguerra no se recuperó hasta 1951, 1953 o aún más tarde, pero debió de hacerlo en los años 40, frente a mil obstáculos exteriores.

La mejoría continuó a ritmo creciente durante los años 50,  según se iba venciendo el aislamiento impuesto. El racionamiento terminó en los primeros años 50,  al mismo tiempo que en Inglaterra; pero esta no solo partía de un nivel técnico e industrial muy superior, sino que recibió la tajada del león en el Plan Marshall,  negado a España, y le fue perdonada gran parte de la deuda contraídas durante el conflicto mundial, cuyo pago la habría asfixiado. Al terminar la década, la economía española sufría considerables desequilibrios –como ocurre cíclicamente en todas las economías– y fue precisa una estabilización y liberalización económica, que aprovechó la extraordinaria labor realizada, sin la cual difícilmente habría sido posible el crecimiento entre 1961 y 1975.

El desarrollo económico (y educativo y en otros órdenes) tiene la mayor relevancia porque es mayor que el de cualquier otra época antes o después desde principios del siglo XIX y porque tiende a medirse el valor de un régimen por el de su economía. Y tiene interés también porque su oposición, no solo la marxista, solía despreciar las libertades “burguesas”, tachadas de meramente “formales”, y atender más al lado “material”. Lo que vuelve paradójicas sus acusaciones al franquismo. Ese criterio marxistoide había cundido en amplios círculos intelectuales y políticos europeos, por el papel vencedor de la Unión Soviética en la Guerra Mundial y porque el PCE fue el único, insistamos, en luchar permanentemente contra Franco. El caso Solzhenitsin mostró cómo hasta personajes derechistas sentían gran respeto por la URSS.

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Aún más trascendental que el éxito económico fue el político. El franquismo no tuvo oposición democrática. Los pocos demoliberales publicaban con escasas restricciones y, salvo algunas quejas, vivían confortablemente sin hacer oposición significativa (Ortega y Gasset, Marañón, Julián Marías, Areilza en su última etapa, etc). También pocos y poco molestados, los socialdemócratas propendían –como algunos demoliberales— a tratar con los comunistas y a hacer el caldo gordo a la ETA. La oposición real fue la comunista y –solo en los últimos siete años de Franco— la ETA, marxista-separatista: en un país de 36 millones de habitantes, los presos políticos al comenzar la transición sumaban unos centenares, comunistas o terroristas o ambas cosas casi todos. Pero el daño mayor al régimen provino, en sus diez últimos años, de sectores eclesiásticos tras el Concilio Vaticano II. Al haber sido la Iglesia un pilar esencial del franquismo, su distanciamiento empujaba a este a la caída antes o después. No debe suponerse, empero, una oposición eclesiástica democrática. Sectores de la Iglesia desempeñaron un papel muy importante en la promoción del comunismo (a través del “diálogo con los marxistas”) y del terrorismo, en contra de sus propias tradiciones, así como de diversos separatismos, incluidos los de carácter más totalitario. Por más que simultáneamente jugasen a una evolución demoliberal, que ponían en peligro con tales devaneos.

En definitiva, los diversos elementos de la oposición antifranquista reunían cuatro rasgos: a) Salvo los católicos, eran débiles, en especial los no comunistas; b) No eran demócratas; c) Solían girar en torno a iniciativas comunistas y defender tiranías como la de Fidel Castro; y d) Algunos eran terroristas y la mayoría simpatizaba con la ETA. Resultaría chocante que de ella pudiera surgir una democracia. Y no surgió, por cierto.

A partir de la guerra mundial, y según disminuían las amenazas externas e internas, el franquismo se fue liberalizando. En 1974 lo expresaba  el pensador polaco, ex stalinista, Leszek Kolakowski, en polémica con laboristas ingleses muy beligerantes contra Franco (y muy poco contra el totalitarismo soviético)*: “Te enorgulleces de no ir de vacaciones a España por razones políticas. Yo (…), he estado allí dos veces. Me sabe mal decirlo, pero aquel régimen (…), ofrece a sus ciudadanos más libertad que cualquier país socialista (tal vez excepto Yugoslavia) (…) Los españoles tienen las fronteras abiertas (no importa por qué motivo, que en este caso son los treinta millones de turistas que cada año visitan el país), y ningún régimen totalitario puede funcionar con las fronteras abiertas. Los españoles no tienen censura previa (…). En las librerías españolas pueden comprarse las obras de Marx, Trotski, Freud, Marcuse, etcétera. Igual que nosotros, los españoles no tienen elecciones ni partidos legales pero, a diferencia de nosotros, disfrutan de muchas organizaciones independientes del Estado y del partido gobernante. Y viven en un país soberano”.

Kolakowski se quedaba corto. En España había sin duda mucha más libertad política que en la Yugoslavia de Tito, y, sobre todo, mucha más libertad personal, como ya observó Julián Marías. Si las fronteras estaban abiertas no se debía al turismo: lo estuvieron siempre, excepto los momentos en que Francia –que no Franco– las cerró. Y el país era más soberano, sin duda, que después de la transición.

Para entenderlo, debemos distinguir entre régimen totalitario y autoritario. La irritación antifranquista contra Solzhenitsin se debió, justamente, a que el gran escritor señalaba esa crucial diferencia: la admirada o respetada Unión Soviética era un país totalitario donde el estado ocupaba toda la sociedad; el franquismo fue solo autoritario, de propiedad privada (rescatada de los revolucionarismos de los años 30), estado pequeño (menor que los estados socialdemócratas de Europa occidental, en crecimiento galopante), ejército poco costoso y muy considerable seguridad jurídica. Sin ser un sistema demoliberal, se le parecía mucho más que las ideas de la oposición. Siempre hubo en su seno una vacilación entre considerarlo  un régimen definitivo, superador de la democracia y el comunismo, o bien una reacción a una grave crisis histórica, y por tanto destinado a diluirse según la crisis se superase. Esta última concepción predominó al final y, visto en perspectiva, el franquismo ha resultado una cura necesaria después de la larga época de convulsiones y demagogias que echaron por tierra a la Restauración y luego la república, con el breve intermedio ordenado de la dictadura primorriverista.

No importa aquí definir  el franquismo en términos jurídicos o ideológicos, sobre lo que sigue habiendo debate. Cabe resumir, en cambio, su balance, no solo en economía: a) Libró a España de la guerra mundial, auténtica hazaña histórica cuando el furioso oleaje europeo azotaba al barco hispano por las dos bandas. Ello demostró que, contra la idea propagandística, Franco nunca fue un títere de Hitler y Mussolini. La beligerancia española, deseada por parte del régimen y por los exiliados, habría podido cambiar, quizá, el curso del conflicto en 1940-41, y traído al país destrucciones y muertes peores que las de la guerra civil; b) Franco completó su proeza desafiando a los Aliados vencedores (URSS, Usa e Inglaterra) que, con total injusticia, intentaron aislarle para hambrear a la población y así derrocarle. Y de paso derrotó también al maquis, que buscaba reanudar la guerra civil y justificar una intervención militar exterior.

Pero el logro mayor del franquismo fue la superación de los odios políticos que hundieron la república. No fue demasiado difícil, pues la gente había conocido el Frente Popular y su revolución: la mayor hambre del siglo XX, con destrucción de un inmenso patrimonio histórico y artístico, despotismo, terror, sangrientas querellas entre las propias izquierdas y huida final de los jefes al extranjero con enormes tesoros expoliados. La imagen corriente de una posguerra con media España humillada y resentida, ansiosa de revancha, queda desmentida  por el fracaso del maquis, que no arraigó entre la población, pese a  unas condiciones en principio tan favorables como  la pobreza, incluso el hambre de la época y la presencia al otro lado de la frontera, al norte y al sur del país, de las tremendas fuerzas ganadoras de la II Guerra Mundial y hostiles a Franco: muy pocos deseaban repetir la experiencia republicana y revolucionaria.

A partir de ahí, los odios e incluso los recuerdos de la república fueron diluyéndose. Se popularizó el dicho “¡esto es una república!” para señalar una situación caótica. Y los grupos antifranquistas tuvieron escaso arraigo hasta el final, debido a que sus viejas retóricas marxistas, republicanas  y separatistas no calaban en la gente (esta fue, incidentalmente, la causa confesada de que la ETA emprendiera la vía del terrorismo*). La reconciliación nacional efectiva permitiría, precisamente, evitar el trauma de una ruptura y avanzar de forma evolutiva a una democracia, conseguida solo a medias y amenazada, debe insistirse, por quienes hacen gala de  su odio al franquismo.

Otra faceta de aquella época es lo que he llamado “salud social”: la delincuencia y población penal fueron quizá las más bajas de Europa; apenas cundió la droga cuando esta hacía estragos por Europa; eran bajos o muy bajos los índices de prostitución, abortos, fracaso escolar, violencia doméstica, suicidios, enfermedades de transmisión sexual, telebasura… Y altos los de estabilidad familiar, esperanza de vida (una de las más largas del mundo) y otros datos probatorios de bienestar no solo material.

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Tales éxitos, nunca vistos en dos siglos, no han amortiguado, sin embargo, unas inquinas y acusaciones tanto más asombrosas cuanto que proceden de partidos y personajes que han demostrado una violencia o colaboración con ella, corrupción y sesgos totalitarios más que notorios; o de personajes prosperados y privilegiados en el franquismo. Inquinas con poco curso a la muerte de Franco, sentida como una pérdida por la mayoría de la población, según testimoniaban las encuestas y la masiva asistencia a su capilla ardiente. Con todo, el antifranquismo ha ido tomando cuerpo y logrado éxitos políticos notables, hasta el punto de que la defensa de aquel régimen y la misma exposición veraz de la transición se han convertido en motivo de exclusión política, censura en los medios y casi de muerte civil.  Tal fenómeno requiere una explicación.

Era y es frecuente fuera  de España la identificación de Franco con  el fascismo y el nazismo, pues la guerra mundial alió a Churchill  y a Roosevelt con Stalin, y la propaganda marxista gozó largo tiempo de prestigio en Occidente. De ahí la simpatía y apoyo de  las izquierdas y parte de las derechas europeas, de gobiernos como el francés, el holandés o el sueco, hacia los comunistas y terroristas de la ETA. No así en España, donde la gente guardaba memoria fresca de la realidad, por lo que la elaboración de una mentalidad antifranquista llevó tiempo. Izquierdas y separatistas tachaban a Franco de dictador sanguinario,  pero nunca habrían convencido a mucha gente si no hubiera venido en su ayuda la mayor parte de la derecha (Suárez y su UCD), inhibiéndose  de la aclaración y defensa del régimen anterior, es decir, de sus propios orígenes. Y ello pese a que el rey lo era por designación de Franco y casi todos los políticos de la UCD provenían del franquismo.  Y pronto la otra derecha con más principios, la AP de Fraga Iribarne, siguió por la misma senda. Todos aceptaron la equiparación de antifranquismo con democracia, desarmándose políticamente, y de ahí las concesiones excesivas a las izquierdas y los separatismos para hacerse perdonar o disimular el pasado; y la falsificación de biografías, como hicieron también muchos líderes izquierdistas y secesionistas, “contaminados” por sus antecedentes franquistas.

La izquierda y los separatismos comprendieron y explotaron a fondo la magnífica baza que le ofrecía una derecha autodesarmada ideológicamente. Pero fueron personas muy vinculadas al régimen anterior por su carrera personal y profesional, quienes con más empeño y eficacia lo atacaron, a través del diario El País, dirigido por un personaje que, al calor de su familia falangista, se había promocionado en los medios de masas del régimen hasta ostentar altos cargos; y financiado por otro personaje, J. Polanco, que había labrado su fortuna en la intimidad de ministerios de Franco. En la misma línea operó la revista Interviú, montada por gente solo interesada en la ganancia, y que alcanzó tiradas nunca vistas mezclando la pornografía y el reportaje escandaloso con la opinión antifranquista. Cabe mencionar también, entre otros, al Grupo16, legal bajo Franco y colaborador propagandístico de la ETA, según reconoció su promotor Juan Tomás de Salas*. El país entró en un peculiar estado de farsa. No por azar el ataque a Franco lo fue también a España, hasta disimular su nombre como “Estado español”.

El proceso ha culminado con la llamada ley de memoria histórica que, partiendo de la izquierda y el separatismo, difícilmente podía ser democrática. Y no lo es: al estilo de los gobiernos totalitarios, pretende imponer por ley una falsificación grosera de la historia. Básicamente trata de deslegitimar al régimen de Franco y legitimar al Frente Popular, confundido fraudulentamente con la república. En fin, intenta imponer la ruptura no alcanzada en 1976, y de ahí la deslegitimación solapada de la transición, de la democracia y de la monarquía nacidas del franquismo. La derecha, como siempre, se ha inhibido, y el resultado ha sido un resurgimiento de odios y una involución política caracterizada por renovados impulsos secesionistas, por un mayor descrédito del poder judicial y aumento de la corrupción y la irresponsabilidad económica conducentes a una profunda crisis, entre otras plagas. La sociedad se encuentra hoy en un momento crucial,  en que ha de elegir entre una regeneración democrática y nacional, y una degeneración política y económica de probable fin traumático.

 


* Para más datos, ver mi libro Franco para antifranquistas en 36 preguntas clave, Madrid 2009.

* Stanley Payne, La Europa revolucionaria, Madrid, 2011

* Homenaje a Cataluña, Barcelona, 2001, p. 154

* Estadísticas históricas de España, A. Carreras y X Tafunell,, 2005, Fundación BBVA.

* Publicada en España con el título Por qué tengo razón en todo

* Los primeros etarras se consideraban  “víctimas de un horrible pecado colectivo” de los vascos, que no les hacían caso, y para justificar su terrorismo se decían dispuestos a cesar en él “cuando una masa de quinientos vascos sea capaz de manifestarse pública y silenciosamente  por las calles”. Recojo estos y otros testimonios en el capítulo “Un terrorismo bendecido”, de  Una historia chocante, Madrid, 2004.

* “La gente que estaba en este tipo de prensa, que además era la prensa que tenía más credibilidad, mayores lectores (…) de alguna manera nos habíamos sentido durante muchos años solidarios de la ETA” (citado en mi libro Los crímenes de la guerra  civil, Madrid 2004, p. 253).

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Rajoy parece imitar a Zapatero. Alcance histórico de la guerra civil

Blog de gaceta.es: Preparando otro genocidio / Lo típico y lo verosímil: el atentado contra Companys

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Recordaré que cuando Zapatero estaba en pleno proceso de  colaboración con la ETA  señalé que Rajoy colaboraba asimismo, lo que motivó un considerable escándalo a derecha e izquierda. Pensé que después de ganar las elecciones cambiaría de actitud, pero ya fue indicativa su agresividad contra Rosa Díez, que le exigía ilegalizar a la terminal etarra Amaiur, como exige la ley en cualquier país civilizado. Ahora está dando nuevos pasos en seguimiento de Zapatero. Alguno habla de que sigue la política antiterrorista de Zapatero. Al revés, se trata de una política proterrorista, anticonstitucional y contraria a todo derecho, consistente en premiar políticamente los asesinatos etarras con el pretexto de una paz que los criminales no lograron nunca alterar de modo importante. Y, precisamente, cuando la ETA había sido llevada al borde del precipicio, en palabras de uno de sus dirigentes. En un país realmente democr´atico y que se respetase a sí mismo, todos esos políticos ir´´ian a la cárcel por, de entrada, colaboración con banda armada.

En relación con la ETA ha habido dos orientaciones: la llamada salida política, contraria al estado de derecho y que ha alimentado al terrorismo durante largos años; y la vía legalista, aplicada por Mayor Oreja- Aznar y que llevó a la ETA “al borde del precipicio”, como recordaba uno de sus dirigentes. Posición de la que salieron los terroristas gracias a que la “salida política” dio un paso de gigante al convertirse en colaboración estricta  con los asesinos por parte de un gobierno delincuente apoyado por unas Cortes asimismo delincuentes. La cuestión la he examinado varias veces y merece más análisis.  En la colaboración del PSOE con la ETA existen profundas afinidades políticas entre ambos: socialistas, antiespañoles o indiferentes a España, etc. ¿Cuáles son las afinidades del PP? En principio ninguna, excepto que la carencia de principios de ese partido le permite cualquier deriva. Habrá que seguir con eso.

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Las raíces de la guerra civil se encuentran en la ruina de la Restauración. Esa ruina no solo afectó al concepto de la nación española, sino también al liberalismo propio de aquel régimen. La crisis del liberalismo cundiría por casi toda Europa después de la I Guerra Mundial, que, al enfrentar a potencias básicamente liberales (incluso la Rusia zarista –no el Imperio otomano—iba liberalizándose), sería interpretada por muchos como el fracaso histórico de  aquel ideario, entendido por unos como disfraz formalista de la explotación burguesa y por otros como un sistema suicida por permitir la expresión y asociación de fuerzas contrarias a él, o por desarraigar a los individuos y diluir la sociedad. Cobraron auge partidos que invocaban una democracia antiliberal, más “auténtica”. El triunfo de la revolución soviética, y pocos años después el del fascismo en Italia, abrieron nuevos rumbos a la historia europea.

En España, el proceso comenzó, pues,  algo antes,  con el “desastre” del 98, visto a su vez, de forma confusa, como fracaso liberal. Entonces se instaló una informal alianza entre separatistas, socialistas, anarquistas, republicanos y regeneracionistas. Sus ideas y fines diferían mucho, pero todos compartían el concepto negativo del pasado hispano, la aversión al liberalismo y el objetivo de echar abajo la “España oficial”, supuestamente “podrida”, la “necrocracia”, es decir, la Restauración.

El primer fruto de aquella alianza sui generis fue el hundimiento de la Restauración, después la II República, y por fin el Frente Popular y la guerra. Entre el hundimiento de la Restauración y la  república medió la corta dictadura de Primo de Rivera, de gran éxito económico (modernizó notablemente al país) y político (eliminó la pesadilla marroquí y, mientras duró, también el terrorismo y los separatismos, tres cánceres del régimen anterior); pero fracasó en el intento de establecer una alternativa estable al régimen liberal y a los impulsos revolucionarios-separatistas.

La república, pues, representó el triunfo de las fuerzas nutridas por el 98, dándoles la ocasión de demostrar sus virtualidades. Llegó con las elecciones municipales de abril de 1931, y aunque enseguida se tiñó de izquierdismo, su principal fautora fue la derecha. Esta (Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura) unificó a los republicanos en el Pacto de San Sebastián y, tras urdir un golpe militar, fallido, los incitó a tomar el poder después de las citadas elecciones; simultáneamente, la derecha monárquica, en plena quiebra moral, dio un autogolpe empujando a renunciar al rey Alfonso XIII so pretexto de aquellas elecciones… ganadas por los monárquicos. Solo después de eso tomaron las izquierdas impulso, manifiesto en una gran quema de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza, provocando un comienzo de resistencia en pequeños sectores derechistas.

Según la leyenda, el gran enemigo de la república fue la derecha, que la saboteó desde en todo momento, pero no es cierto. Sus primeros enemigos fueron los comunistas, débiles entonces, y los anarquistas, mucho más potentes, que mantuvieron al régimen en inestabilidad permanente con su “gimnasia revolucionaria”. Y los socialistas, el partido más fuerte y mejor organizado con su sindicato UGT,  solo aceptaron la “república burguesa” transitoriamente, mientras favoreciera su designio de dominar en exclusiva el país bajo el membrete de “dictadura proletaria”. Los separatistas catalanes obtuvieron una autonomía que, de forma semejante al PSOE, no veían como solución al problema que ellos mismos creaban, sino como un paso hacia la secesión;  los separatistas vascos no tuvieron estatuto, por derechistas, y fracasaron en su intento de imponerse en Navarra. Entre los republicanos, los más votados eran los de Lerroux, antaño radicales y evolucionados hacia la derecha; los republicanos de izquierdas, divididos en grupos discordantes, ganaron fuerza aliándose con el PSOE. Todo ello volvía al régimen muy volátil ya de entrada. Paradójicamente, sería la derecha organizada en la CEDA, al aceptar –sin entusiasmo– tal república, la que pudo aportarle cierto equilibrio.

Azaña, el más destacado líder republicano y jefe del gobierno en el primer bienio, diseñó una estrategia basada en los sindicatos y el PSOE  (“el hombre natural en la bárbara robustez de su instinto”),  a los cuales debía dirigir la “inteligencia republicana”  para acometer un “programa de demoliciones” de la herencia cultural y política anterior. Pronto constataría la negativa de los robustos bárbaros a dejarse guiar por una “inteligencia” que, por lo demás, resultó harto escasa. Las memorias de los políticos de la época muestran, entre otras cosas, esa penuria de inteligencia;  Azaña mismo tacha a los demás políticos republicanos de botarates y corruptos*. Caída la Restauración, solo unía a aquellas fuerzas el odio a la Iglesia. En casi todo lo demás, la acre disparidad de fines e intenciones  auguraba un tiempo convulsivo, como así fue: crecieron las violencias, las insurrecciones ácratas y la delincuencia, mientras fracasaban por ineptitud las reformas agraria, militar y educativa, y pronto el estatuto catalán.

Por ello la izquierda, dominante en el primer bienio, perdió desastrosamente las elecciones de diciembre de 1933, abriendo una posibilidad de rectificación. Sin embargo, las izquierdas y separatistas, demostrando su falta de espíritu democrático, replicaron a las urnas con intentos de golpe de estado y maniobras desestabilizadoras, hasta llegar en octubre de1934 auna insurrección concebida textualmente como guerra civil, apoyada por casi todos ellos y organizada por el PSOE y el nacionalismo catalán, el uno para imponer su “dictadura proletaria” y el otro como avance secesionista. El golpe fracasó dejando 1.300 muertos y enormes destrucciones, pero las divisiones y flojedad de las derechas esterilizaron la ocasión de asentar una república viable.

***

La insurrección del 34 fue el verdadero comienzo de la guerra civil, su “primera batalla” en palabras de G. Brenan. Y no solo ni tanto porque las izquierdas la planearon como tal, sino porque su derrota no les indujo a rectificar sus posturas. Imposibilitados de volver a las armas, reaccionaron con una propaganda radicalísima y básicamente falsaria sobre supuestos crímenes de la represión derechista*. Esa propaganda tuvo  máxima trascendencia para la historia posterior, porque polarizó el ambiente social, cargándolo con unos odios hasta entonces menos fuertes: precisamente una causa mayor del fracaso de la insurrección del 34 fue que, salvo en la cuenca minera asturiana, la población no secundó los llamamientos de los insurrectos.

A su vez el derechista Alcalá-Zamora, presidente de la república, llevado de una no menos radical insensatez, dividió a las derechas, arruinó al partido de Lerroux, expulsó del gobierno a la CEDA –el partido más votado– y forzó unas elecciones anticipadas para el 16 de febrero de 1936, en un clima  de furias desatadas. La campaña electoral fue simplemente feroz, con las izquierdas, unidas en lo que se llamaría Frente Popular,  amenazando con el exterminio de la derecha y con no reconocer las votaciones si no les favorecían. El recuento de votos fue falseado en medio de coacciones tumultuarias, certificadas por el propio Azaña. El Frente Popular proclamó su victoria mientras el gobierno nombrado por Alcalá-Zamora huía, y la segunda vuelta electoral se hizo ya bajo el poder izquierdista. Las cifras de votos no fueron publicadas, hecho que, por sí solo y al margen de las otras violencias, descarta aquellas elecciones como democráticas y legitimadoras**. Por tanto, el gobierno resultante no fue en ningún momento legítimo.

Más que un gobierno, el Frente Popular resultó un nuevo régimen en construcción, que aniquiló la Constitución republicana. Azaña, de nuevo jefe del gobierno, anunció que la izquierda ya no abandonaría el poder y procedió a una “republicanización del estado” consistente en una “revisión de actas” para expulsar arbitrariamente de las Cortes a numerosos diputados de derechas; en destituir ilegalmente a Alcalá-Zamora –gracias a cuya escasa cordura mandaba ahora el Frente Popular— de la presidencia, cargo ambicionado por Azaña; en una depuración política de los organismos estatales, expulsando de ellos a los derechistas; en la anulación de la independencia judicial y su sumisión a los sindicatos; en la censura sistemática en la prensa; y medidas parejas que daban el golpe de gracia a la república, ya herida de muerte por la insurrección del 34, cuyos autores ocupaban ahora el poder de forma ilegítima.

Tal  “programa de demoliciones” desde el poder espoleó a los revolucionarios en la calle y los campos. Una ola de ocupaciones de fincas y atentados causó en solo cinco meses entre 300 y 400 muertos, incendio de cientos de iglesias, algunas de gran valor artístico, de sedes y periódicos derechistas y registros de la propiedad; menudearon las agresiones a militares y las huelgas salvajes mientras el paro aumentaba al galope… Las víctimas eran en gran mayoría derechistas y la policía perseguía a su entorno, en lugar de a los asesinos. Hasta el socialista Indalecio Prieto se asustó, y las descripciones de Madariaga y  muchos otros exponen la furia del proceso revolucionario*.

En tal situación, algunos militares, dirigidos por Emilio Mola, conspiraron para, mediante un golpe rápido, imponer un directorio militar republicano que normalizara al país. No se trataba de un golpe contra un gobierno legítimo y democrático, como ha insistido, contra toda evidencia, la propaganda e historiografía de izquierdas, sino de una reacción frente a un sangriento curso de tendencia totalitaria, cuyas raíces lejanas cabe encontrar en el 98 y la resultante descalificación de España y del liberalismo.

El asesinato del líder de la oposición Calvo Sotelo a manos de policías y milicianos socialistas rompió las últimas contenciones, y el golpe comenzó el 17 de julio. Pero, al no imponerse, derivó a una guerra civil que reiniciaba la interrumpida en 1934.

La propaganda, en especial la de la Komintern, ha creado un enorme y persistente  equívoco al presentar la guerra como una pugna entre democracia y fascismo. Basta ver los componentes (de hecho o de derecho) del Frente Popular para calibrar su carácter: los grupos decisivos eran los marxistas del PSOE y los anarquistas de la CNT, y en el curso de la guerra los stalinistas se convirtieron en el partido más fuerte; además estaban los débiles republicanos de izquierda, que ya en la república habían intentado golpes de estado tras perder las elecciones de 1933; más los nacionalistas catalanes, tan golpistas como los otros republicanos, y los separatistas vascos, de un racismo exacerbado no lejano del nazi. El bando izquierdista-separatista se autodefinió a menudo como “rojo”, bastante adecuadamente, o como republicano, falsamente porque el Frente Popular destruyó, precisamente, la legalidad de la II República. Los rebeldes se llamaron “nacionales”, por defender la nación española y su herencia cristiana. Tuvo carácter conservador y autoritario, incluyendo tendencias similares a las fascistas, pero minoritarias,  por parte del grupo Falange. Esta, aunque con peso considerable, nunca tuvo un papel semejante al del partido fascista italiano o del nazi alemán, y solió llevar las perder en sus roces o choques con otros sectores como los católicos o los militares.  Así, la democracia no movió a ningún bando –aunque el izquierdista la invocase con plena falsedad–, porque después  de la experiencia republicana casi nadie creía en ella. Lo que se jugaba era más básico: la supervivencia nacional y cristiana. El levantamiento del 18 de julio de 1936 no se hizo contra ninguna democracia, debe insistirse, sino contra un proceso revolucionario abierto de orientación totalitaria.

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Simultáneamente cundió en las dos zonas el terror contra los enemigos, con miles de homicidios. La crítica a los nacionales por este hecho ha sido intensísima, justificándose las matanzas de las izquierdas como una reacción espontánea y descontrolada al terror contrario, y aun así reconducida luego a la legalidad por las humanitarias autoridades de izquierda. Los nacionales, en cambio, habrían organizado una represión sanguinaria, deliberada y permanente desde el poder. Estas versiones han sido desmentidas con datos y argumentos*: hay semejanzas entre los dos bandos en cuanto al número de víctimas (algunas más por parte de los nacionales, aunque la intensidad con respecto al territorio dominado fuera mayor en los rojos) y en los dos casos la mayor furia se alcanzó en los primeros meses (en el bando nacional, antes de la asunción de la jefatura del estado por Franco) y fue en parte espontáneo y en parte organizado por el poder; la represión posterior siguió cauces más o menos legales. Pero aparte de estas semejanzas hay fuertes diferencias cualitativas casi nunca mencionadas:

a)  Fue la izquierda la que comenzó el terror. El pistolerismo ácrata y sus complicidades socialistas y republicanas habían sido una causa mayor en la quiebra de la Restauración. Al llegar la república, el terrorismo recomenzó con la llamada quema de conventos y pronto con nuevos atentados y asesinatos. Y la rebelión izquierdista-separatista del 34 causó muertes y destrucciones sin precedentes… hasta  la llegada del Frente Popular.

b) El terror rojo en 1936 nacía de un cultivo propagandístico del odio durante largos años y de la seguridad en la victoria, que lo justificaría; mientras que el terror nacional explotó entonces, por el resentimiento acumulado ante las continuas agresiones sufridas con impotencia desde tiempo atrás, y por la necesidad de asegurar la retaguardia en los meses iniciales, cuando la victoria era muy incierta. Fue un terror de respuesta.

c) Los rojos no solo asesinaron a derechistas,  también lo hicieron entre ellos, hecho poco investigado  pero sobre el que abundan informes y testimonios de anarquistas,  socialistas y comunistas, unos contra otros. Añádase la activa intervención  de la policía secreta soviética al margen o por encima del gobierno español.

d) La crueldad roja superó en mucho a la nacional (familias enteras quemadas vivas o exterminadas a golpes, sacerdotes arrastrados por tranvías o mutilados salvajemente, torturas “científicas” en las checas…)

e) Aunque la propaganda de izquierda califica de genocidio la represión nacional, no hay rastro de ello: alcanzó a menos de un 2% de los más o menos comprometidos con el Frente Popular.  Sí fue un genocidio la persecución contra la Iglesia, pues trató de exterminar al clero y de arrasar la cultura cristiana en España.

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Al principio, la victoria del Frente Popular pareció garantizada, pues quedaron en sus manos la totalidad de las reservas financieras, casi toda la industria, las principales ciudades y la mayoría de la población, el grueso de la aviación y la marina, la mayor parte de los cuerpos policiales y casi la mitad  del ejército de tierra. Por ello debe aclarar por qué terminaron ganando los sublevados. Una explicación corriente es que Francia e Inglaterra mantuvieron una “no intervención” que favoreció a los nacionales, los cuales habrían logrado más ayuda de Alemania e Italia que el Frente Popular de la URSS. En realidad, Francia también ayudó significativamente al bando rojo, cuyo gobierno gastó en esa ayuda (sobre todo soviética, aunque también de otras procedencias) entre vez y media y el doble que sus enemigos, por más que una gran corrupción lastró su eficacia.  Con un gasto superior, las cifras de armas recibidas (aviones, tanques, cañones, etc.) son bastante similares a las del bando nacional, por lo que, en conjunto, no pudieron ser decisivas, aunque sí en algún momento concreto.

Hay que señalar varias etapas en la intervención exterior. En un primer momento fue muy poco voluminosa en los dos bandos. Franco logró, con barcos y aviones españoles  (primer puente aéreo de la historia, al parecer), trasladar a la península pequeñas unidades de Marruecos, que bastaron para asegurarle Andalucía occidental y avanzar para unir las dos zonas rebeldes, del sur y del centro-norte, un notable éxito estratégico.   Pronto algunos aviones enviados por Alemania e Italia le permitieron reforzar el puente aéreo. Los rojos disponían de mucha más aviación, más alguna venida de Francia. Fue al llegar los nacionales ante Madrid, en noviembre del 36, cuando resultó decisiva la intervención exterior, en concreto la soviética, que inició una escalada con gran número de aviones y tanques técnicamente superiores a los contrarios, brigadas internacionales y asesores para crear un ejército regular. La guerra, que habría durado entonces 4-6 meses, pudo haber acabado allí de dos maneras: con la toma de la capital por los nacionales o con la destrucción de estos por la gran superioridad roja. No ocurrió una cosa ni la otra, pero la intervención soviética determinó, de modo inmediato, el paso de una guerra de pequeñas unidades (“columnas”) a una de grandes ejércitos y la escalada en la ayuda italiana y alemana (Cuerpo de Tropas Voluntarias y Legión Cóndor), y la continuación de la contienda durante casi dos años y medio más.

Pero lo esencial de la intervención externa no es el aspecto cuantitativo, sino el cualitativo, condensable en dos puntos: 1) Hitler no había emprendido aún su carrera de matanzas en masa, mientras que Stalin ya tenía sobre sí muchos millones de personas exterminadas directa o indirectamente. Desde ese punto de vista, la ayuda recibida por los nacionales fue mucho más “limpia” que la de sus contrarios. 2) Franco mantuvo plena independencia con respecto a Hitler y Mussolini, mientras que Stalin ejerció un verdadero protectorado sobre el Frente Popular por tres medios: su control de los recursos financieros españoles, enviados a Rusia por el gobierno rojo; sus asesores y policía política, que gozaron de un poder que nunca tuvieron en el bando nacional los alemanes e italianos; y sobre todo por el Partido Comunista español, que se convirtió  en el más fuerte del Frente Popular, hegemónico en el ejército y la policía*.

Los fines de la intervención alemana e italiana fueron, por una parte, impedir un país revolucionario a la entrada del Mediterráneo y asegurarse un amigo a espaldas de Francia; por otra, distraer a la opinión de maniobras políticas en Centroeuropa y como ocasión de adiestrar a sus tropas. La Unión Soviética creía que más bien pronto que tarde estallaría una  guerra “imperialista” en Europa, similar a la I Guerra Mundial, y su estrategia trataba de que la misma se produjese entre las democracias y los países fascistas, y no entre estos y la URSS. España le ofrecía una excelente ocasión para promover ese enfrentamiento, que no consiguió. Simultáneamente trataba de hacer de España un país títere al estilo de los que impondría más tarde en Centroeuropa. Por todo ello, la guerra española cobró una apasionada proyección por Europa, Usa, Hispanoamérica y Filipinas, estas últimas debido a los vínculos históricos. Pues parecía jugarse en ella, de un modo u otro, el destino de Europa*.

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Las causas de la victoria nacional son otras, y no solo militares. Fue una guerra muy original, porque los dos bandos hubieron de afrontar tres grandes problemas, poco subrayados en la mayoría de los historiadores: poner en pie un nuevo estado pues el anterior se había hundido a raíz del alzamiento de julio del 36; organizar un ejército en regla, por la misma razón; y asegurar la unidad política entre fuerzas dispares. Resolver estos problemas sobre la marcha y por así decir bajo el fuego, exigió una destreza organizativa de primer orden, en la que Franco superó netamente a sus enemigos: estableció un aparato estatal ligero y algo primario, pero eficiente, creó un nuevo ejército de estilo conservador, pero aguerrido y disciplinado, y unificó a los suyos sin apenas efusión de sangre. El bando rojo solo llegó a unificarse a medias y con grandes coacciones, asesinatos y alguna pequeña guerra civil interna en mayo del 37; por lo mismo, su nuevo estado funcionó con grandes roces,  y su ejército, en cuya organización se adelantó al contrario y aplicó mayores innovaciones, solo logró  eficacia, más que nada defensiva, a costa de un disciplinarismo casi terrorista.

Y también la conducción militar de Franco fue superior a la de sus enemigos, pese a contar estos con asesores soviéticos de primera fila, como demostrarían luego en la lucha con Alemania. Franco no tuvo una sola derrota, aparte de la parcial de Guadalajara, aunque cosechó algunos fracasos –sin ser derrotado—. El ejército rojo fue capaz de lanzar ofensivas peligrosas incluso cuando parecía tener perdida la guerra. Pero una y otra vez los nacionales supieron parar los ataques y convertirlos en desastres para los atacantes. También cabe señalar que el bando nacional registró numerosos hechos de heroísmo (el del Alcázar de Toledo es el más conocido, pero hubo muchos más), inexistentes en el bando rojo salvo algunas resistencias enconadas.

El curso de la guerra puede resumirse así desde el bando nacional: partiendo de una inferioridad material casi desastrosa, los rebeldes, con fuerzas muy reducidas, vencieron al Frente Popular en Guipúzcoa y, sobre todo, lo llevaron al borde del hundimiento en Madrid, pero aquí fueron rechazados. Entonces se aplicaron a poner en pie un ejército masivo en toda regla, y luego de nuevos fracasos en el Jarama y Guadalajara en invierno y primavera de 1937, optaron por atacar la franja del norte cantábrico, de gran valor estratégico y económico por su industria pesada y de armamento, sus minas, ganadería, etc. La lucha allí se complicó por tener que afrontar ofensivas rojas en el centro y Aragón sobre todo por Brunete y Belchite, que fueron repelidas, y Franco obtuvo en el norte victorias aplastantes, alguna de ellas gracias a la traición de los separatistas vascos a sus aliados del Frente Popular. Hacia finales de octubre de ese año, su victorioso ejército era por primera vez algo superior materialmente al contrario.

Entonces, mientras se preparaba de nuevo para conquistar Madrid, Franco debió hacer frente a una ofensiva roja por Teruel, que triunfó en un primer momento, para ser a continuación doblegada y convertida en catástrofe para sus enemigos, y los nacionales llegaron al Mediterráneo en abril de 1938, aislando a Cataluña de Valencia. Por entonces, la tensión en Europa subía de punto con la unión de Austria a la Alemania hitleriana, a mediados de marzo, y en Francia el gobierno izquierdista de León Blum planeó intervenir en España a favor del Frente Popular, aunque no se atrevió a realizarlo, limitándose a facilitar a los rojos gran apoyo logístico. El peligro internacional movió a Franco a orientar su ofensiva sobre Valencia, en lugar de sobre Cataluña, que tenía mayor valor estratégico pero podía provocar la intervención francesa. El avance a Valencia fue lento, por la dura resistencia, y el 25 de julio, el bando rojo lanzó a retaguardia nacional la gran ofensiva del Ebro. En principio, la concentración del ejército rojo en el Ebro ofrecía la posibilidad de embolsarlo a su vez por retaguardia, pero la operación no solo era difícil, sino que, nuevamente, podía animar las amenazas francesas. Franco prefirió destruir a su enemigo en el mismo Ebro, después de lo cual Cataluña caería previsiblemente como fruta madura. Fue la batalla más larga (casi cuatro meses) y sangrienta de la guerra, y a su final el ejército rojo había sufrido un desgaste irrecuperable, mientras el nacional conservaba su potencia.

Así, la ocupación de Cataluña emprendida con precaución a finales de 1938,  resultó muy fácil, en gran medida  porque la población, harta del dominio revolucionario, daba la bienvenida en todas partes a los de Franco. Estos entraban el 26 de enero de 1939 en Barcelona, entre una multitud que los aclamaba. Otra masa de barceloneses, de grado o forzada por las tropas vencidas, pasaba a Francia, donde sería recluida en campos de concentración: la gran mayoría de los huidos retornaría a España meses después.

Quedaba por ganar una extensa zona en el centro-sureste de la península, donde los frentepopulistas disponían aún de un ejército cifrado en más de medio millón de hombres, buenos puertos y una armada poderosa. Franco, en lugar de arrojarse sobre ella, esperó a que los desmoralizados enemigos pelearan entre sí, como ocurrió. El 28 de marzo, los nacionales entraban a Madrid aclamados como en Barcelona, y enseguida ocuparon toda la zona sin disparar un tiro. El 1 de abril Franco emitía su célebre y lacónico mensaje. “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.

Desde la perspectiva del Frente Popular, la conducción de la guerra estuvo mediatizada por las desavenencias internas. Al principio, todos creían tan segura la victoria que se ocupaban más de prepararse a disputar la parte del león en el botín que a dirigir eficazmente la lucha. Los comunistas fueron la excepción. Cuando los nacionales avanzaban sobre Madrid en verano del 36, el gobierno inepto de Giral fue sustituido por el del socialista  Largo Caballero “el Lenin español”. Este gobierno huyó a Valencia, pero entre tanto había logrado la hazaña de integrar en él a todas las fuerzas antinacionales, hasta a los reacios anarquistas. Largo acometió en serio la consigna comunista de crear un ejército regular en sustitución de las milicias (Ejército Popular de la “República”), recibió la asistencia de Stalin a cambio del envío del grueso de las reservas de oro a Moscú, y cuando los nacionales llegaron ante Madrid estaba en condiciones de destruirlos. No lo consiguió, pero retuvo la ciudad y luego paró tres ofensivas nacionales sucesivas. El “Ejército Popular” no era una quimera.

Sin embargo la unidad política alcanzada por Largo resultó  endeble. El descontento de los anarquistas crecía, los comunistas iban haciéndose con la hegemonía en el ejército y los soviéticos trataban de imponer una tutela contra la que terminó por rebelarse el “Lenin español”. La pugna se resolvió con una miniguerra civil intraizquierdista en Barcelona, ganada por los adversarios de Largo, quien fue sustituido por el también socialista Negrín, mucho más identificado con los comunistas y con los soviéticos: como principal responsable de la entrega del oro español a Moscú, era muy consciente de la dependencia política que ello traía consigo.

Al desviar Franco sus esfuerzos de Madrid al norte cantábrico, los rojos tuvieron la ocasión de contraatacarle en el centro, donde habían adquirido una gran ventaja. Lo hicieron sucesivamente por las inmediaciones de la capital y  por Brunete, Huesca y Belchite pero, sorprendentemente, su superioridad en infantería, artillería, carros y aviones chocó contra unas resistencias encarnizadas y no logró ni aniquilar a su enemigo ni apenas distraerle de su ofensiva norteña. Al perder la franja cantábrica, Negrín hizo un esfuerzo titánico para reclutar una nueva masa de tropas y atacó y tomó Teruel. Pero este triunfo solo prologó una gran derrota frentepopulista, cuyo territorio quedó partido en dos, lo que aumentó el desánimo y las rivalidades políticas internas. Azañistas, separatistas catalanes y vascos, y algunos socialistas conspiraban en pro de una paz separada o de compromiso a costa de los comunistas y haciendo intervenir a otras potencias, con posible división del país. Negrín los intimidó con despliegues de tropas en Barcelona, al paso que jugaba propagandísticamente la baza internacional de una oferta de paz de la el propio Azaña se burló, teniéndola por añagaza desesperada.

Las posibilidades militares de Negrín eran muy escasas, pero él buscaba alargar la guerra lo más posible, deseando que las tensiones europeas desembocasen pronto en una nueva guerra mundial, y así una intervención francesa e inglesa en España le librasen de una completa derrota. Por ello, lejos de desalentarse, reforzó la represión contra sus aliados, amedrentó a Azaña, consiguió más ayudas soviéticas e hizo un supremo esfuerzo con la ofensiva del Ebro. Durante la misma, sus esperanzas de guerra europea estuvieron cerca de cumplirse en septiembre de 1938, por la crisis de Munich,  pero no tuvo esa suerte. Ante el siguiente y rápido avance nacional por Cataluña, los jefes frentepopulistas escaparon a Francia llevando consigo enormes tesoros expoliados concienzudamente por Negrín desde el mismo año 1936*. Azaña dimitió y el gobierno rojo quedó en posición comprometida.

Negrín y los comunistas trataron de resistir en la zona centro, pero allí muchos anarquistas, socialistas y republicanos detestaban la tiranía comunista y terminaron por preferir la previsible venganza de los nacionales. Intentaron un acuerdo con Franco, que les exigió la rendición incondicional. En marzo estalló una nueva y sangrienta guerra civil entre las propias izquierdas, Negrín, sus amigos y los jefes comunistas huyeron, y de este modo revelador terminó la contienda para los rojos.

Cabe decir que la guerra europea estallaría solo cinco meses después. Pero los que la esperaban para salvarse en España se habrían llevado la inmensa sorpresa de que empezaba con un pacto amistoso entre los nazis y los soviéticos, que en España se habían enfrentado amargamente a través de los bandos en pugna.

***

¿Qué significó históricamente la Guerra Civil? Para los revolucionarios una tremenda derrota,  y lo contrario para quienes deseaban salvaguardar la nación y el cristianismo. Aunque el tópico afirma que las guerras civiles son estériles, esta, que fue provocada por las izquierdas, tuvo carácter fundacional, como la de Secesión en Usa y otras: abrió el período de paz más largo y en muchos aspectos más fructífero que haya disfrutado el país desde la invasión napoleónica y creó el espíritu necesario para afrontar retos tan graves como los embates de la  guerra mundial y el aislamiento posterior, y para asegurar una evolución hacia una democracia no traumática en vez de una nueva república. De ningún modo fue estéril y puede considerarse el hecho más trascendental de la historia de España desde la invasión francesa, cuyo ciclo histórico vino a cerrar… si los desafíos actuales causados por el resurgimiento de la alianza izquierdista-separatista no reabren los viejos odios y convulsiones.

Desde el punto de vista internacional, una victoria roja habría complicado en extremo la situación europea, creando un foco revolucionario prosoviético a espaldas de Francia, intolerable para las democracias, y causando probablemente la desmembración del país, lo que habría enredado aún más la situación. Además, habría arrastrado inevitablemente al país a la guerra mundial. Y, al contrario, se temía que la victoria de Franco convirtiese a España en satélite de Alemania e Italia; pero Franco mantuvo celosamente la independencia nacional, como Churchill y otros supieron prever. Lo cual resultó inesperadamente –para muchos– una bendición para los Aliados en su guerra contra el III Reich, ya que una España beligerante al lado de Hitler habría empeorado grave y quizá decisivamente la posición anglofrancesa primero e inglesa después durante 1940, 41 y 42.  El hecho de que la guerra mundial la ganasen las democracias aliadas con el totalitario Stalin hizo que el significado de la victoria nacional se distorsionase masivamente por la propaganda, acompañada de todo tipo de amenazas contra el franquismo. El cual, no obstante, fue capaz de afrontar el temporal y capearlo.



* En Los personajes de la República vistos por ellos mismos he contrastado las memorias de los líderes, comparándolas con los sucesos conocidos, formando así una especie de autorretrato revelador.

* La he analizado a fondo, creo que por primera vez, en El derrumbe de la República y la guerra civil.

** Las memorias de Alcalá-Zamora, robadas por el Frente Popular, se han publicado recientemente, y dan datos sobre las intensas coacciones y hasta cierto punto sobre las votaciones no publicadas.

* Ver Los documentos de la primavera trágica, recogidos por Ricardo de la Cierva. He expuesto el proceso con detalle en El derrumbe de la República y la  Guerra Civil, Madrid, 2001

*Véase Ramón Salas Larrazábal, el primero en sacar la cuestión de la propaganda para incluirla en la investigación científica; o  Ángel David Martín Rubio;  también El terror rojo, de Julius Ruiz. Yo he expuesto en Los crímenes de la Guerra Civil  la falsedad de los asertos propagandísticos.

* Ver, por ejemplo, mi polémica en 2003  con el profesor Moradiellos en la revista digital El Catoblepas, fundada por  Gustavo Bueno.

* Stalin estaba sovietizando el Frente Popular al paso que trataba de atraerse a las democracias, una política contradictoria en apariencia, que ha dado lugar a especulaciones sobre el “buen Stalin”, ansioso de llegar a un acuerdo con Francia e Inglaterra para defender la “democracia” española y frenar a Hitler. En realidad, Stalin buscaba la confrontación entre las democracias y los fascismos, que él consideraba en el fondo potencias burguesas e  imperialistas por igual.

* La realidad de este expolio bien organizado fue reconocida por el propio Negrín en cartas cruzadas con el también socialista Indalecio Prieto, que en Méjico y de acuerdo con el presidente Cárdenas, le había birlado, literalmente, gran parte del tesoro, transportado allí en el yate Vita. También el PNV estuvo cerca de apoderarse de él. Lo he tratado en Los mitos de la Guerra Civil y en otros trabajos.

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Europeísmo e internacionalismo en la crisis española. El caso Repsol YPF según Roberto Centeno

Blog de Gaceta.es: Comunistas y socialistas / Sobre “Sonaron gritos… “/ Guernica / Búblichki

*En “Sitios de interés” (en esta página, a la derecha): Blog de Sebastián Urbina.

* La opinión de Roberto Centeno sobre el asunto Repsol YPF:  http://www.cotizalia.com/opinion/disparate-economico/2012/04/23/repsol-una-gestion-manifiestamente-mejorable-6931

*Hope Aguirry (pronunciar en esdrújula) sigue con sus desmanes contra España. ¡Hay que estudiar en inglés, dice, para alcanzar cualquier puesto en la misma España. La patriota inglesa.

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Los enemigos que el regeneracionismo intentaba anular eran, pues, el pasado español en general, y el régimen liberal de la Restauración en particular. Su objetivo, como remedio a los males que a su entender arrastraba España desde tres, cuatro y hasta trece siglos atrás, se cifraba en una palabra: “europeización”.  Esta era una consigna difundida amplísimamente desde los republicanos exaltados de Lerroux hasta muchos políticos de la misma Restauración. Fue Ortega y Gasset quien lo definió de la forma más radical con su célebre frase: “España es el problema y Europa la solución”. Una frase sin sentido lógico, pero que podría interpretarse como que, siendo España una especie de enfermedad o desvarío histórico, necesitaba una cura de “Europa”. Él mismo hablaba de poder moverse por Europa “sin sentir vergüenza de ser español”.

Claro que España siempre había estado en Europa, salvo, parcialmente, mientras Al Ándalus predominó en la península; pero Ortega decidió que se había “tibetanizado”, esto es, aislado de las corrientes europeas, ya a fines del siglo XVI,  mediante una “radical hermetización hacia el exterior” (aunque no le importaba sugerir que había ocurrido por obra de una dinastía “extranjera”, esto es,  los europeos Austrias). Esta ocurrencia contradecía toda  evidencia histórica. Las influencias del exterior crecieron desde finales del siglo XVI, y no hubo apenas contrapartida de influencia española hacia el exterior, debido a una decadencia cultural que se profundizaría o no se remediaría en los siglos XVIII y XIX. En el XVIII, la orientación más general de la cultura y política hispanas había sido  una Ilustración de corte francés, con solo una resistencia defensiva y no creativa. Las corrientes del XIX (romanticismo y reacciones a este, y sus variantes, incluido el racismo, el liberalismo, el realismo o los utopismos) también marcaron la cultura hispana, que creaba poco de original, aunque aportase un tono  peculiar a los influjos transpirenaicos.

Lo que cabría decir de aquellos siglos, especialmente del XIX, es que España había perdido originalidad e impulso, se había retrasado en economía y cultura respecto de los países punteros de Europa –aunque no del conjunto continental–. Pero el retraso y las convulsiones decimonónicas, muy desusadas en los siglos anteriores, nacieron precisamente de una intervención “europea”, esto, es francesa e inglesa en la Guerra de Independencia. Desde cualquier punto de vista, la frase de Ortega, aparte de su carácter ilógico, carecía del menor rigor histórico, por lo que poco de constructivo podía aportar. Y sin embargo las élites intelectuales, en gran parte, la aceptaron como un programa concentrado. Sus frutos, desde luego, no serían especialmente jugosos.

Y si, como hemos visto, su noción del pasado hispano era en extremo arbitraria y  distorsionada — asombrosamente distorsionada para provenir de personas cultas–, su idea de Europa no era precisamente mejor. La mayoría de los intelectuales españoles de entonces tenía ideas harto primarias sobre el pasado y la actualidad de Europa, que para ellos se reducía a Francia, en primer lugar, más Inglaterra y Alemania. Por extraño (y revelador) que resulte, aquel fervor europeísta no generó un solo estudio o análisis mínimamente serio sobre el objeto de tal devoción. Ni siquiera libros de viaje de algún interés. Se trataba, más bien, de un deslumbramiento ingenuo y provinciano, con rasgos de pensamiento mágico. Será inútil buscar en los regeneracionistas un esfuerzo intelectual superior a estas concepciones simples y tópicas o, menos todavía, algún rastro de una percepción crítica de los problemas y conflictos que no tardarían en despeñar a la Europa más desarrollada en la salvaje  I Guerra Mundial.

Por entonces predominaban en el continente regímenes liberales más o menos democratizados, y la propia Rusia seguía ese camino; pero a los europeístas hispanos eso no les subyugaba, ya que lo mismo ocurría con España. Veían que su “Europa” gozaba de un orden social, riqueza y expansión popular de la cultura superiores a los de España, no tenían claro si esa ventaja provenía de un mayor aporte racial ario, de una mayor humedad climática, de una menor influencia del clero y de los militares, del espíritu protestante, o de todo ello junto, y parecían creer que lo mismo se alcanzaría aquí con poco más que derrocar la liberal Restauración. Luego, la guerra mundial tampoco les procuró mayor lucidez ni les indujo a algún análisis. Al revés, la mayoría de ellos deseó  meter a España, al lado de los franceses, en una contienda que, en el fondo, ni nos iba ni nos venía. En “Las razones de la germanofilia”, un belicoso Azaña maldecía la neutralidad que adormeciendo el espíritu público, halagando su amor a la quietud, le hacía creer que eso era una solución, una política, un refugio seguro contra los trastornos de la guerra. ¿Es que nosotros somos ajenos a la guerra? ¿Vivimos los españoles en la luna? ¿0 disfrutamos de un privilegio tan extraño que no siendo ajenos a la guerra ni los pueblos más cultos ni los más salvajes, ventilándose en ella el porvenir así de los franceses y prusianos como el de los hotentotes, podremos nosotros flotar en una especie de vacío moral, sustrayéndonos a las leyes de la mecánica social y política del mundo? Todo ello después de afirmar –con plena falsedad– que España carecía de ejército y que la neutralidad solo reflejaba la impotencia del país.

Aquel desdén hacia una España interpretada con tópicos simples o absurdos, y devoción  hacia una “Europa” mal conocida o entendida, han marcado a generaciones de intelectuales y políticos españoles desde entonces, y es a un tiempo causa y efecto de la debilidad político-cultural de España, debilidad que aspiraba a subsanar.

La elaboración europeísta no solo reflejaba una notable atonía intelectual, sino que, paradójicamente, trataba de destruir al régimen que, modesta pero eficazmente, estaba cumpliendo sus deseos, es decir, modernizando o “europeizando” a España, superando los pronunciamientos y guerras civiles del siglo XIX, consiguiendo suficiente calma política, mediante cierta armonía entre las corrientes liberales y con la Iglesia para sustentar un progreso económico continuado. Una crítica legítima podría achacar al régimen lentitud y timoratería, y numerosos yerros de detalle, y proponer  mejoras diversas, a las que la Restauración, por lo demás, estaba abierta. Pero aquellas corrientes que tomaban auge después del 98 no hablaban de reformas sino de aniquilar a la que llamaban gratuitamente “necrocracia”. Claro está lo predicaban con la esperanza de abrir paso a grandes mejoras… de las que podría dudar cualquier espectador imparcial, por su vaguedad y frecuente absurdo.

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En el fondo de aquel ataque a la historia de España y el beato y acrítico europeísmo latía una especie de patriotismo dolorido: deseaban que el país se pusiera rápidamente al nivel de Francia y se revolvían contra aquello que a su juicio –muy superficial, como hemos visto– impedía tal ventura. En cambio la actitud de los movimientos obreristas, que también desde el 98 crecieron, tenía un fondo distinto.  Desde luego, aceptaban la Leyenda Negra y la idea de la inferioridad histórica de España, y quizá por ello algunos regeneracionistas como Ortega o Azaña los consideraban un factor de modernización y progreso. Claro está que estos autores solo conocían muy por encima la doctrina revolucionaria (marxista o anarquista) e intenciones de tales movimientos. Pero los obrerismos consideraban los achaques atribuidos a España como algo natural y no esencialmente distinto del resto de Europa, pues todos esos países estarían regidos por el principio de la explotación del hombre por el hombre, ya fuera una explotación  capitalista, feudal o esclavista, según se retrocediese en el tiempo. No dejaban de compartir un europeísmo particular, más diluido y de peor intención, por cuanto creían que en los países punteros de Europa maduraban más rápidamente las concisiones para hacer la revolución, mientras que en España la misma quedaba más alejada, debido al menor desarrollo del capitalismo en España, y la persistencia de rasgos que llamaban “feudales”.  Su idea orientador consistía en la explicación de la historia por la “lucha clases”, que debía abocar al socialismo y al comunismo.

Por consiguiente, uno de los principios clave de aquellos revolucionarios consistía en la negación de todo patriotismo. “Los obreros no tienen patria”, afirmaba un dogma marxista, porque las naciones no eran, en definitiva, más que una especie de patraña ideológica creada por las distintas burguesías a fin de configurar un mercado exclusivo para sus mercancías. Ellos se dirigían a “la humanidad” en abstracto, llamada a emanciparse más pronto que tarde  de sus taras, oscurantismos y opresiones gracias, gracias sobre todo a la acción subversiva del “proletariado”, la clase social interesada, por sus propias condiciones de vida, en abolir la explotación y la opresión, y en organizar la economía al servicio de la colectividad y no de unos pocos capitalistas. De ahí que aquellos movimientos que decían representar a los obreros o al “pueblo” se agruparan dentro de movimientos más vastos, “internacionalistas”. La Primera Internacional fracasó por las pugnas entre los líderes Marx y Bakunin, entre socialistas y anarquistas; una Segunda Internacional, marxista, derivaría hacia posturas solo a medias revolucionarias, con graves disputas en su seno entre los menos extremistas, que quedarían con el nombre de socialdemócratas, y los más raciales.

Los partidarios de Marx estaban representados en España por el PSOE, y los anarquistas se englobaban en la poderosa CNT (Confederación Nacional de Trabajadores). Un motivo de discordia entre ellos era la idea de un socialismo bajo la “dictadura del proletariado”  como etapa intermedia  hacia el comunismo integral. Marx lo consideraba necesario para extirpar los últimos restos de capitalismo y de las ideologías anejas a él, desde la religión a las tendencias, y costumbres, derecho burgués, en un proceso más o menos largo después de haber conquistado el poder. Bakunin y los suyos opinaban que el comunismo nacería de un golpe: el aplastamiento revolucionario de los poderes burgueses haría brotar de forma natural una nueva naturaleza humana más libre y auténtica, una sociedad idílica,  teorizada de forma muy vaga. Por ello, una “dictadura del proletariado”  solo sería otra forma de opresión y perpetuaría esta, incluso agravándola a extremos nunca vistos. Para el comunismo no hacía falta otra preparación que el mismo proceso de lucha contra la burguesía.

Esta retórica parecía ofrecer una explicación  bastante clara –presumía de científica–, de la evolución de la historia humana y de su marcha hacia la emancipación total, y muchos enemigos de ella encontraban gran dificultad en desbancarla, máxime cuando en 1914 estallaba en la civilizada Europa una conflagración cruelísima, achacada a los intereses de las burguesías nacionales. Pero, inesperadamente, la guerra puso de manifiesto unos intensos sentimientos patrióticos en todas las capas sociales, incluida desde luego la de los obreros, a pesar de decenios de propaganda marxista o marxistoide contra las patrias y las naciones. El patriotismo contagió a los propios dirigentes revolucionarios, que, por convicción o por temor de verse aislados de sus propios seguidores, votaron en cada país los créditos y medidas de movilización que la guerra exigía. Hubo al efecto muy pocas excepciones.

Una de esas excepciones tuvo la máxima repercusión histórica: el líder bolchevique ruso Lenin llamó a transformar “la guerra imperialista en guerra civil”. Ciertamente, la doctrina de la lucha de clases constituía en realidad un llamamiento a la guerra civil generalizada. Como nueva paradoja, el Alto Estado Mayor alemán, enfrentado a Rusia,  consideró muy interesante la postura de Lenin, esperando que este destruyese la retaguardia rusa: por ello le facilitó el traslado desde Suiza, donde vivía exiliado, a San Petersburgo, y sufragó gran parte de la masiva propaganda que los bolcheviques realizaron para minar y desorganizar el ejército de su país. El resultado, inesperable para los dirigentes alemanes, como para casi todo el mundo, fue que los bolcheviques tomaron el poder y luego, tras una terrible guerra civil, asentaron el primer estado socialista de la Tierra bajo la dictadura del “proletariado”, es decir, del propio partido comunista o bolchevique. El Imperio ruso se transformó en Unión Soviética.

El nuevo estado se presentó como “la patria del proletariado” y fundó una Tercera Internacional o Komintern (Internacional Comunista), rompiendo con el reformismo de la socialdemocracia. La Komintern agrupaba a partidos comunistas en numerosos países, dirigidos con mano de hierro desde Moscú: esos partidos debían defender a la “patria del proletariado” por encima de sus propias patrias. En España se produjeron pugnas dentro del PSOE, saldadas con escisiones;  el PSOE permaneció al margen de la Tercera Internacional, pero dentro de la Segunda se significó como uno de los partidos más extremistas. El mismo año de la revolución rusa, 1917, protagonizó en España un  golpe revolucionario combinado con huelga y terrorismo. Estuvieron mezclados en él los anarquistas, los republicanos, separatistas catalanes y militares regeneracionistas; aunque estos últimos se echaron atrás  y ayudaron a reprimir la intentona, que fracasó.

Marx sostenía que cuestiones teóricas o filosóficas de difícil aclaración se resolvían por el “criterio de la práctica”, decidiéndose por el propio desarrollo histórico. Durante años pareció que la construcción del socialismo en la Unión Soviética demostraba en la  práctica la posibilidad y necesidad de un socialismo comino del comunismo; pero pronto surgieron dudas, y a partir de su experiencia en España durante la Guerra Civil, el socialista moderado Julián Besteiro definió la práctica comunista como “la aberración política más grande que quizá han conocido los siglos”. Los regímenes marxistas ocasionarían unos cien millones de víctimas mortales en los países donde se asentaron, entre hambrunas y matanzas directas. Conocidas pronto muchas de estas realidades, las izquierdas en España y Europa solían descartarlas como “propaganda burguesa”, o justificarlas como un coste necesario en pro de una sociedad muy superior.

En cuanto al anarquismo, sería España el país del mundo en que tomaría mayor impulso, manifiesto en un terrorismo que causó muerte y heridas a cientos de personas, incluyendo dirigentes políticos de la Restauración. Así contribuyeron decisivamente a la ruina de régimen, provocando el golpe y dictadura de Primo de Rivera, en 1923.

Estos revolucionarismos que, como los regeneracionistas, deseaban destruir la Restauración, obraron contra ella de forma mucho más directa, masiva y violenta que los retóricos Ortega, Azaña y demás. Lo cual no significa que la acción regeneracionista fuera menor: al corroer moral y políticamente a la Restauración, privaron a esta de una defensa adecuada frente al acoso sufrido de todas partes. Si el sistema liberal no perseguía a aquellas fuerzas y les permitía expresarse, organizarse, ganar votos, ayuntamientos y actas de diputado, todas ellas se convirtieron en perseguidoras inclementes de aquel régimen y, de un modo u otro, de la propia nación española.

De este modo, los separatistas denigraban a España en nombre de superioridades “raciales” y diferencias regionales exaltadas artificialmente; los regeneracionistas en nombre de una “europeización” o semejanza deseada con Francia; los revolucionarios en nombre de una revolución que debía liberar al ser humano de sus males seculares. Y todos ellos recogían la herencia de la Leyenda Negra. Este fondo común les permitiría unir fuerzas  durante el siglo XX contra la España “realmente existente”, a pesar de las diferencias y odios entre ellos mismos. Su enemigo común fue cualquier movimiento que reivindicase la herencia y las tradiciones históricas del país, motejadas de “cavernarias”, en comparación con las maravillas de progreso que prometían y se prometían todos ellos. Por ello diagnosticó el célebre diario El Sol a finales de 1935, pocos meses  antes del reinicio de la guerra civil, “Los españoles vamos camino de que nada nos sea común”.

 

 

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Héroes y víctimas: S. Payne critica a Preston. Errores del rey

Blog gaceta.es: ¿Cela en “Sonaron gritos…”?/ Gibraltaradas / ¿Y la dos? 

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Hace algún tiempo, Preston me retaba a que demostrase mentiras suyas en cada página de su libro sobre el “Holocausto” español. Ya he demostrado muchas manipulaciones de Preston en su biografía de Franco o en su libro sobre la destrucción de la democracia en España, y no es cuestión de dedicar el mismo esfuerzo a cada obra que saca, máxime cuando ya el título de la última es una falsedad total: en España no hubo nada semejante a un holocausto o un genocidio… con la excepción de la persecución religiosa, que sí tuvo todos los rasgos, efectivamente, de un genocidio, personal y cultural y cuya calificación olvida Preston.

Pero Stanley Payne ha venido a dejar en claro unas cuantas cosas fundamentales en su reseña del libro de Preston publicada en el Wall Street Journal. Básicamente, el carácter puramente  propagandístico de la versión de Preston sobre el origen y gestación de la guerra, o de la pretensión de que los rojos defendían la democracia, o del tradicional supuesto según el cual el terror rojo fue “espontáneo” y el nacional planificado, argucia sobre la que invocan los simpatizantes del Frente Popular una supuesta superioridad moral de este. Señala Payne que las atrocidades comenzaron simultáneamente y en gran escala en los dos bandos, y no fueron las de izquierdas una respuesta a las de derechas, como también se pretende a menudo. Debiera indicar, a mi juicio, que el terror rojo empezó bastante antes de julio de 1936, en rigor en mayo de 1931 con la famosa quema de conventos, aulas y bibliotecas, y continuó después con muchos cientos de asesinatos  hasta su culminación en el de Calvo Sotelo, por lo que sí puede considerarse que el terror nacional fue, en gran medida, una respuesta al de sus enemigos. Por supuesto, subraya Payne, las cifras demuestran la completa irrealidad de las acusaciones de genocidio por parte de la derecha (no tan claro de la izquierda, en mi opinión): solo fue fusilada al terminar la guerra un 0,8% de los izquierdistas detenidos  en total por los nacionales. Esto no tiene nada que ver con algo tipo Pol Pot o Hitler, como sugiere Preston. No menos curioso es que este afirme querer situar su “holocausto español” en un amplio contexto histórico, cosa que no hace en ningún momento (Payne lo ha tratado en su La Europa revolucionaria): “Si se hubiera preocupado de estudiarlo, el señor Preston se habría enterado de que la represión realizada por el gobierno democrático de Finlandia en 1918 fue equivalente a la española, fuera la de los “buenos” izquierdistas o de los “malos” derechistas”.

Es posible, claro está, hacer un libro de historia exponiendo hechos reales y al mismo tiempo  manipulando su contexto e interpretándolos en sentido irreal. Generalmente, Preston manipula los hechos, y además los presenta en un contexto ficticio o fuera de contexto.

http://online.wsj.com/article/SB10001424052702303302504577325594229771470.html

Otro interesante aspecto de la reseña de Payne es su comentario sobre el cambio del énfasis historiográfico, que ha pasado de los héroes a las víctimas. No debe extrañar, porque los héroes de la guerra, casi exclusivamente, han sido nacionales, mientras que sus contrarios apenas pueden presentar un solo episodio que quepa calificar de heroico. Estos, por consiguiente han centrado su artillería propagandística y seudohistoriográfica en las víctimas, pretendiendo que estas murieron sin otra culpa que la de ser “honrados republicanos”. En general, en Europa, los héroes han sufrido desde hace muchos años el desprecio y olvido por parte de los intelectuales y los medios de masas. Solo que la palabra “víctima” ha diluido su contenido moral hasta no significar casi nada. La ley de falsificación histórica, por ejemplo, equipara bajo el mismo concepto a los chekistas y a Besteiro, así como a los asesinos etarras. El victimismo tiene la ventaja de que, si no se le desenmascara, despierta automáticamente sentimientos de solidaridad con las supuestas víctimas y de repulsión con los supuestos victimarios, y de ahí su explotación propagandística. El intento de la izquierda de equiparar bajo ese epígrafe a los criminales más sádicos con los inocentes refleja, por otra parte, el nivel  moral de nuestra desdichada izquierda.

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Errores del rey

Creo que solo el rey y su entorno pueden derribar la monarquía, como ocurrió con la de Alfonso XIII. Y actualmente Juan Carlos, y por tanto la monarquía, están perdiendo a chorros el prestigio de que largo tiempo gozaron. La institución fue resucitada, hecho único en la Europa del siglo XX, y lo fue por Franco. Combina la legitimidad franquista con la derivada de la transición, y de ahí su popularidad. No es que Juan Carlos hiciera muy bien su papel después de Franco, ni eligiera con mucho acierto al encargado político de pasar a la democracia, es decir, Suárez; pero partía con un capital político de tal envergadura (la prosperidad y la reconciliación alcanzadas previamente), que sus errores han tardado mucho en hacerse evidentes con un país en plena crisis política y económica. Juan Carlos se parece mucho a Suárez como persona simpática y habilidosa, de cultura escasa, más lista que inteligente y un tanto frívola, como viene demostrando.

Admitamos que la tarea del rey fue desde el principio muy difícil. Debía mantener un equilibrio cambiante entre unas derechas que debían ser respetadas y unas izquierdas naturalmente antimonárquicas y de tendencias montaraces. Tarea para personas con visión de futuro, con verdadera talla de estadista, cosa que nunca ha sido Juan Carlos, a pesar de la propaganda laudatoria de que ha disfrutado largos años. Probablemente fue su consejero Sabino Fernández Campo quien libró al monarca de los peores traspiés, pero con el tiempo estos han aumentado, no siendo el peor de ellos su infidelidad conyugal a la reina, que sí ha sabido siempre estar en su sitio.

Uno de los errores de Juan Carlos ha sido abusar excesivamente de la derecha y querer congraciarse, también excesivamente, con la izquierda. Gil-Robles, en plena degradación política allá por 1944, recomendaba a Don Juan que, para asentar la monarquía, debía buscar el apoyo de la izquierda, ya que la derecha le respaldaría “por la cuenta que le tiene”. La mala lección parece haber perdurado, y la frivolidad de Juan Carlos le ha llevado a ganarse muy serias enemistades en la derecha sin que, por supuesto, haya obtenido de la izquierda y los separatistas –tradicionalmente unidos—la menor lealtad auténtica. Por el contrario, una y otros han jugado al chantaje permanente, utilizando la “defensa” de la monarquía para socavar la democracia y a España.

No soy monárquico, sino simplemente demócrata. Pero creo que Franco vio en la monarquía un elemento de continuidad histórica y de estabilidad política. Lo sigue siendo, a pesar de las numerosas meteduras de pata del rey. Una república no tiene por qué ser mala, aducen muchos. Muy cierto. Pero la experiencia histórica debe contar, y las dos repúblicas habidas han llevado al país al borde de la desintegración; y, por desgracia, basta oír y leer a los republicanos de ahora mismo para recordar cómo describían a los de su tiempo Azaña y otros:  http://libros.libertaddigital.com/el-personal-republicano-1276231219.html

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