Fernández de la Mora y el laberinto de la felicidad / J. Pérez (VII) Los comienzos de la Reconquista

Blog de gaceta.es: Los españoles roban / Melancolía

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El número de marzo de Razón española viene dedicado  a su fundador Gonzalo Fernández de la Mora en el X aniversario de su muerte. Cuenta con interesantes estudios de su obra por Dalmacio Negro, y Carlos Goñi, así como numerosas notas, entre ellas una de Stanley Payne en la que señala: “Entendía también GFM que el talón de Aquiles de la derecha en España era, con mucha frecuencia, la ausencia de coraje moral y una debilidad dialéctica, tanto en términos del argumento en cuestiones de historia como en pura teoría política. Entendía siempre que lo más importante era decir la verdad, no importa lo que imponga la moda (…)”. Aunque no comparto muchas de las ideas de GFM, creo que este valor, la relevancia que da a la verdad, hacen de él uno de lo intelectuales españoles más importantes del siglo XX.

   Por mi parte contribuí con el siguiente artículo:

LA FELICIDAD Y SUS LABERINTOS

Almorcé varias veces con Fernández de la Mora y otros amigos a raíz de la publicación de mi libro Los orígenes de la guerra civil española (en 1999), que le pareció definitivo. En cambio el siguiente, que por temática sería anterior,  sobre los personajes de la república, lo consideró inútil, y no por haberlo leído, que creo que no lo hizo, sino porque  consideraba que no valía la pena ocuparse de semejantes personajes. Me pareció este un punto de vista y poco razonable, pero no siempre el gran preconizador de la razón era consecuente con su propio punto de vista, según nos ocurre a todos los humanos.  En conjunto, el ex ministro de Franco me pareció una persona muy por encima, moral e intelectualmente, del mundillo cultural español de la época, que si por algo se distinguía y sigue distinguiendo es por una mediocridad rayana en la chabacanería, siendo uno de sus rasgos definitorios el ninguneo de quienes aportan más rigor o interpretaciones que se salen del carril. Mal remedio.

Incidiré aquí sobre el tema tratado por Fernández de la Mora en su libro Sobre la felicidad y al que me referí en un artículo en Razón Española hace unos años. El autor  comienza afirmando: “El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad, que es el objetivo universal y omnipresente. Todo lo demás es instrumental para la meta propuesta. La tan sublimada sabiduría es, en último término, una guía para ser dichoso”. Por consiguiente,  se trata del “problema humano por excelencia”, objeto de incesante meditación  implícita o explícita a lo largo de la historia, aunque “nunca expuesta de modo sistemático y meramente racional”, pese a existir buen número de estudios particulares e investigaciones diversas. Por consiguiente, el autor abre una brecha para el tratamiento más sistemático y racional de un problema que hoy se presenta en un plano vulgar en las recetas de una multitud de libros de autoayuda.

Con su extraordinaria erudición, Fernández de la Mora da un repaso  histórico al modo como ha sido tratada la cuestión desde el hinduismo  y el budismo, pasando, especialmente,  por el estoicismo, doctrina tan influyente en el mundo cristiano, y hasta recientes pensadores españoles y ultrapirenaicos. Es evidente que la recopilación no pretende ser exhaustiva, sino solo indicativa y, aparte de referencias chinas o árabes, se centra en las que podríamos llamar indoeuropeas. Llama la atención en su recogida de citas la ausencia de la Biblia, así como de autores anglosajones, lo que refleja sin duda una intencionalidad no explícita.

En esa tradición, con diversas corrientes y aspectos, predomina la noción de que la felicidad está relacionada no ya con el dominio, sino con la eliminación misma de los deseos, sensuales o de cualquier otro tipo. Son los deseos, insaciables, en gran parte incumplibles, en choque con los de otros individuos, la raíz de la frustración y del sufrimiento que, según versiones, harían de la vida humana un valle de lágrimas, en el que los males predominarían sobre los bienes hasta su absorción definitiva en el mal mayor que es la muerte. En último extremo, la felicidad alcanzable consistiría en el ascetismo, la apatía estoica, la impasibilidad ante los avatares de la vida u otras fórmulas semejantes que mantendrían al alma serena, feliz, inasequible al asalto de deseos y pasiones y de sus males derivados.

Fernández de la Mora no desestima ni mucho menos esta larga tradición, pero la critica razonablemente, así como a la corriente hedonista: el deseo es connatural al hombre y sin él su vida misma se vaciaría: “Renunciar absolutamente a todo es incompatible con la vida humana consciente. Una voluntad reducida  a negar toda volición casi es la nada. Lo que resulta hacedero es seleccionar y moderar los deseos (…)  La felicidad no consiste en nada, sino en algo, no es autoaniquilación, sino posesión”.  La felicidad depende de la relación equilibrada entre el deseo y la posesión, un equilibrio por su propia naturaleza “inestable y tenso”,  que puede  ser proporcionado por el autodominio racional sobre los deseos. No obstante hace una consideración llamativa  sobre la impasibilidad teóricamente adquirible mediante la razón: si bien tal impasibilidad  conduciría a “un puro mecanicismo lógico, sin dolor, pero sin gozo, imposible para la especie humana actual”, sorprende cuando especula sobre su posibilidad evolutiva:  se trataría de otra especie “quizás más apta para el progreso colectivo, y funcionalmente superior; pero distinta del homo sapiens sapiens objeto de estas meditaciones”.

La felicidad es un sentimiento, y por tanto se aloja en el cerebro reptiliano, el más primitivo y compartido con otros animales, mientras que la razón pertenece exclusivamente al hombre y está radicada en el cortex cerebral. Así, el sentimiento en general y el de felicidad en particular nacen de una instancia inferior.  Los sentimientos aparecen como reacciones primarias y puramente individuales, con escasa información y capacidad de discernimiento,  mientras que “los juicios racionales tienen pretensión de validez universal y, mediante su constante revisión, se van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la realidad cuando versan sobre la experiencia”.  “Los sentimientos no son solamente confusos sino, a veces confusionarios”,  mientras que la razón, “por definición no engaña; el error es una insuficiencia de racionalidad”. Por consiguiente, existe un conflicto implícito entre los sentimientos y la razón, en el cual debe prevalecer la segunda, aun si, evidentemente, ello no siempre ocurre. La felicidad aparecería, al menos en parte, como el gobierno del sentimiento por la razón, un gobierno nunca pleno. De ahí, creo, la especulación sobre una evolución hacia un hombre plenamente racional incapaz de dolor psíquico y también de gozo, pero por ello “más apto y funcionalmente superior”.

Me permitiré hacer un esbozo de crítica, provisional y discutible sin duda. Creo que Fernández de la Mora tiende a exagerar el papel y posibilidades de la razón –aunque reconoce sus limitaciones– y, más o menos claramente, la oposición de ella al sentimiento. La experiencia nos dice que, en efecto, a menudo la razón y el sentimiento se enfrentan, pero en la mayoría de los casos se complementan mejor o peor, y la razón misma apenas sería ejercitada sin un sentimiento que la espolee y que en sí mismo no tiene por qué ser razonable (los celos, el ansia de riquezas o de honores, la indignación,  la compasión,  etc., incluso en grado desmedido, han movido muy a menudo a la razón a ponerse en movimiento y a obtener logros considerables. Pero creo que hay otra observación posible: los juicios racionales, aunque “tienen pretensión de validez universal”, no siempre lo consiguen, ni mucho menos, y en general no llegan a ser unívocos, salvo si acaso en las matemáticas o en las ciencias físicas. Pero aquí lo que importa es la aplicación de la razón al comportamiento humano, donde la dificultad salta a la vista.

En relación con el sapere aude kantiano hice en Nueva historia de España algunas consideraciones que tal vez vengan al caso: “¿Podía concebirse la razón como una lógica que lleva a conclusiones tan universales e inexorables como las leyes que la ciencia descubría en la naturaleza? En tal caso, ¿no era así abolida la libertad del individuo? Esta quedaba como una ilusión causada por la ignorancia y disipada por el conocimiento. Y si, a la inversa, cada uno confiara solo en los resultados  que él mismo obtuviera de su ejercicio racional, ¿no fracasaría la razón como orientadora general si dichos resultados, en lugar de uniformes, resultaban variados y aun opuestos, como de hecho sucedía? Nadie había aplicado la razón como los griegos, y sus conclusiones habían sido muy disímiles”. Y lo mismo serían las consecuencias de la aplicación de la razón por los ilustrados.  En fin, no pretendo con estas observaciones una discusión sistemática de las tesis e ideas tan sugestivas del libro, solo una incitación al debate, signo en general de una viveza intelectual que solemos echar de menos en España.

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Resume Joseph Pérez de este modo la Reconquista: Frente a los moros, los españoles se sienten herederos de una historia, de un patrimonio, de una civilización: la de Roma, transmitida por los visigodos; es una especie de continuidad vertical en el tiempo hacia unas raíces comunes. Frente a los moros, también, los españoles se sienten solidarios con los cristianos que viven más allá del Pirineo, hay una continuidad horizontal, en el espacio, con la cristiandad occidental.

Todo esto es indudable, y hay que agradecer al señor Pérez que emplee los términos Reconquista y españoles, que se han vuelto tabú en muchas publicaciones pedantesca, por no decir estúpidamente, “académicas”, empeñadas en negar o difuminar lo evidente para justificar cualquier apriorismo ideológico. Pero creo que disuelve en Roma y la cristiandad el aspecto político. Los godos no fueron los transmisores del legado latino, más bien eran en principio ajenos a él y se presentaban como una amenaza al mismo (no en vano su gloria más señalada había sido la toma y primer gran saqueo de Roma). El legado latino estaba asentado en la población hispana y su organización eclesiástico-política, no en los visigodos. La gran tarea de estos, una vez se fijaron definitivamente en España y empezaron a confundirse con ella, fue el designio y la realidad de un estado español, es decir, la conversión de la comunidad cultural hispana en una nación.  Creo que hay que insistir  en este punto, habitual y absurdamente negado, porque sin él muy difícilmente habría habido Reconquista, es decir, continuidad político-cultural hasta nuestros días.

Repite la misma tesis insuficiente J. Pérez: Españoles son, pues, aquellos hombres que, en el norte de la Península, se niegan a ser moros y aspiran a integrarse en la cristiandad occidental.  La realidad histórica, por cuanto sabemos, no es que se nieguen, simplemente, al Islam, sino que aspiran a reconstruir la España perdida; y aspiran a integrarse en la cristiandad occidental, cierto, pero solo en el plano religioso, no en el político. Y esto es fundamental porque, como debe recordarse, por entonces van conformándose dos Europas, la de las naciones y la de los imperios. España es la nación destruida que aspira a reconstruirse en circunstancias extremadamente difíciles.

Prosigue nuestro autor: Hay que esperar a la segunda mitad del siglo IX para que a la batalla de Covadonga se  la considere  como el símbolo de la lucha entre moros y cristianos, como el punto de partida de una gran empresa. En el momento en que se produjo el acontecimiento, no pasó de ser un episodio más de la resistencia que los indígenas oponían a gentes extrañas

Aquí volvemos a la distorsión tradicional. Es frecuente en la pedantería historiográfica pedir “el documento”. Pero una gran parte de los hechos históricos carece de documentos y sin embargo podemos saber bastante de ellos. No sabemos si es cierto que Covadonga fue invocada como principio de la Reconquista sólo en la segunda mitad del siglo IX, pero parece lo más razonable que lo fuera desde los primeros momentos, aunque ello no apareciese explícitamente en documentos escritos o se hayan perdido los mismos (se ha perdido infinidad de documentos, hasta de nuestra época tan dada a consignarlo todo). Pues el hecho es que los “indígenas” estaban ya romanizados, al menos en grado suficiente para que su resistencia no tuviera nada que ver, por cuanto sabemos, con las “resistencias” anteriores a romanos y godos. Desde el primer momento se crea un estado, por embrionario que sea, con voluntad de asentarse y extenderse rápidamente, lo que consiguió, por cierto.  Nada que ver con las razzias de saqueo propias de los cántabros y astures en la ya muy lejana época romana, o de los vascones en la visigoda. Quienes pretendan cómo es que un pueblo supuestamente poco o nada romanizado, probablemente tampoco cristianizado y con una organización social primitiva, pierde, un siglo largo después de Covadonga, tales características para volverse notablemente civilizado, romanizado y reivindicador de la herencia política hispanogoda. Puede especularse con la afluencia de mozárabes del sur, pero, ¿no habrían sido recibidos por los indígenas como nuevos dominadores a los que habrían rechazado?

No vale especular con lo que no sabemos para desfigurar lo que sí sabemos: que hubo una resistencia en nada parecida a la remota de los pueblos no romanizados y que mostró en los hechos, desde el primer momento, una voluntad de asentamiento estatal y de expansión que, lo explicitaran documentalmente o no, corresponde con una “gran empresa”  justamente llamada Reconquista.

El empeño en negar la continuidad cultural desde Roma y político-cultural desde Leovigildo, solo puede entenderse en una tenacísima voluntad de negar o denigrar a España en general. Ahora oímos a muchos “liberales” afirmar enfáticamente que la nación española nace con la Constitución de Cádiz. De ser así, no habría nacido todavía, pues dicha Constitución nunca se llevó a la práctica… Y actualmente nos encontraríamos, gracias a otra Constitución, en un proceso disgregador… ¿de qué?  De lo que nunca existió, según esas lucubraciones. Resulta increíble, realmente, esa voluntad negadora, raíz de casi todos los males políticos de España desde la crisis del 98. Seguimos en el tiempo de los “gárrulos sofistas”, que decía Menéndez Pelayo.

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Problemas de la Pepa. Amenazas en el estrecho

Blog gaceta.es: En el oasis… Contra los sindicatos. Aversión al Ejército.

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Cuando uno lee que Juan Carlos en el aniversario de la Pepa,  califica a las Cortes de Cádiz de “eslabón decisivo en el esfuerzo por la liberación de la Patria y símbolo de una empresa colectiva que benefició a España, a Iberoamérica y también al resto de Europa”,  solo puede quedarse pasmado. El esfuerzo decisivo por la liberación de España no correspondió a Cádiz, sino a la resistencia popular y militar, y desde luego un resultado fue la separación definitiva de “los españoles de los dos hemisferios”, contra lo deseado por aquellas Cortes, lo cual puede verse como un beneficio…  según el punto de vista. El hecho es que tanto España como Hispanoamérica  entraron en  un siglo simplemente calamitoso.  En cuanto a Europa… La Constitución española tuvo ciertas imitaciones, pero poco futuro, y ya el sobrenombre chabacano de La Pepa con que fue conocido certifica ese aire populachero que tomó gran parte de nuestro liberalismo. Fue, con todo,  una Constitución mejor que la que hoy tenemos,  para lo cual no hacen falta mucho méritos, pero harto peor que la  useña, modelo de otras que no la mejoraron.

Y ha dicho o han hecho decir también al rey:   “Es mucho lo que la causa de la libertad debe a un pueblo que decidió ser dueño de su destino y que no se doblegó ante las dificultades”. Ningún pueblo ni ninguna persona es dueña de su destino (salvo que decida suicidarse, claro). Y lo de la libertad, según lo que se entienda por ella. Está claro que el pueblo español luchaba por su libertad nacional, pero no pensaba en el liberalismo, que por entonces asimilaba mayoritariamente a los desastres y brutalidades de la Revolución francesa y de la invasión napoleónica, y veía en Fernando VII el restaurador de la legitimidad y la tradición nacionales.  Esta serie de equívocos abonó la división y la tragedia que vinieron después.

Hay que señalar también la mediocridad o cosa peor de la mayoría de nuestros liberales. Fueron capaces de vencer al carlismo –con malas artes, también hay que decirlo, véase por ejemplo la Desamortización de Mendizábal–  y tuvieron la ocasión de modernizar el país. En lugar de ello comenzaron las querellas entre facciones liberales, los pronunciamientos,  el estancamiento económico y el retroceso cultural y educativo. El siglo XIX,  ha sido el más decadente para España desde el final de la Reconquista, hasta que la Restauración abrió nuevas perspectivas, echadas nuevamente a perder por aquella mezcla de liberales exaltados y mesiánicos obreristas y separatistas que crecieron como setas después del 98.

España ha tenido dos malas suertes:  que el liberalismo viniera identificado en la mentalidad popular con una invasión foránea y el Terror de la Revolución francesa; y que los propios liberales fueran tan a menudo gente mediocre, con la mente cargada de una retórica vacua y agresiva. Parece que ello ha creado una verdadera tradición, de la que no logramos salir.

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****Gibraltar  –es decir, Inglaterra—no cesa de provocar a sus lacayos. ¿Hará algo distinto el PP del gobierno antiespañol del PSOE?  http://www.elconfidencialdigital.com/politica/073307/gibraltar-reta-a-espana-prohibira-a-los-pescadores-gaditanos-faenar-en-aguas-de-la-bahia-de-algeciras-exteriores-augura-un-grave-conflicto-diplomatico

 

****Conferencia  con relación a Gibraltar:La Armada y la protección del patrimonio subacuático Ponente: Don Miguel Aragón FontenlaCoronel de Infantería de Marina Jefe del Departamento Patrimonio Naval Sumergido del Instituto de Historia y Cultura Naval

Instituto CEU de Estudios Históricos (http://www.iehistoricos.ceu.es/) y Foro Gibraltar

28 de marzo a las 20:00 h.
Carrera de San Francisco nº 2, Madrid.

 

****La Armada de Marruecos ha dado un salto definitivo en la zona del Estrecho. La gran base naval cercana a Ceuta está lista para recibir a la moderna fragata francesa y tres corbetas

http://www.elconfidencialdigital.com/defensa/073305/la-armada-de-marruecos-ha-dado-un-salto-definitivo-en-la-zona-del-estrecho-la-gran-base-naval-cercana-a-ceuta-esta-lista-para-recibir-a-la-moderna-fragata-francesa-y-tres-corbetas

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¿Es España una nación? ¿Puede hundirse?

Blog de gaceta.es:  11-m (II): La(s) conspiración(es). Premiar a la ETA, premiar a Garzón.

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Así, con todas sus variedades internas, no mayores que las de otros muchos países,  España ha sido, insistamos en ello, una entidad política y cultural más estable y sostenida que casi cualquier otra europea. Pero, ¿constituye por ello una nación? Las discusiones en torno al concepto de nación han hecho correr ríos de tinta, nacidos a menudo en Bizancio.  Para evitar discusiones vanas, expondré mi concepto de nación con el que creo estará de acuerdo la mayoría: una nación es una comunidad cultural aceptablemente homogénea (lengua, tradiciones, costumbres, formas de derecho, religión, etc., que generan sentimientos de unidad e identificación entre sus individuos), discernible de las vecinas, y dotada de un estado. Si no hay estado, no hay nación, y si un estado se impone sobre diversas comunidades culturales, no es nacional, sino, por lo común, imperial. A veces se habla de “naciones culturales” (yo mismo lo he hecho) lo que solo embrolla la cuestión, ya que el estado es elemento imprescindible de la nación. Según este concepto, España es sin duda una nación, y una de las de más prolongada historia en Europa.

La cuestión tiene enjundia más allá de las connotaciones emocionales o de orgullo, porque desde el siglo XIX las doctrinas nacionalistas atribuyen a la nación una dignidad especial, por residir en ella (en el “pueblo”) la soberanía; de ahí, por ejemplo, la llamada autodeterminación, según la cual toda comunidad cultural tendría derecho a dotarse de un estado propio. Pero conviene distinguir entre nación y nacionalismo, cosa que a menudo no se hace. La nación es muy anterior al nacionalismo. Este nace con la Revolución francesa y extiende como un concepto político y un derecho lo que en la historia se ha desarrollado espontáneamente como particularidad mucho más antigua en algunas comunidades. De la confusión entre nación y nacionalismo surge,  por ejemplo, el equívoco de que la nación española es fundada en 1812 por la Constitución de Cádiz (España sería así una especie de creación francesa): lo que se funda entonces en España es el nacionalismo (doctrina de la soberanía nacional) sobre la base de una nación preexistente de muy atrás.

Ahora bien, establecida la doctrina, el nacionalismo ha funcionado después como un instrumento para crear nuevas naciones, es decir, para dotar de estado a comunidades antes inmersas en un estado imperial o divididas entre varios de ellos. De este modo, el nacionalismo ha disgregado en los siglos XIX y XX a los antiguos imperios europeos, creando numerosas naciones nuevas. A su vez, los nuevos estados han reaccionado sobre su base democultural, “nacionalizándola” al máximo es decir, reforzando aquellos rasgos que considera distintivos e inventando o  añadiendo nuevas tradiciones a las más antiguas. Por otra parte, las comunidades culturales nunca se diferencian radicalmente de las vecinas, así las europeas tienen en común un vínculo tan poderoso como el cristianismo, que corrientes contrarias, en especial el marxismo, no han logrado erradicar; o basta considerar las considerables interinfluencias de todo tipo entre España y Francia o entre Francia y Alemania, etc.

El doble fenómeno de las interinfluencias y de la capacidad “nacionalizadora” de los estados, ha llevado a menudo a concluir que las naciones son realmente creaciones del estado. Ciertamente esto puede aceptarse para las nuevas naciones procedentes de  la descolonización sobre territorios sin estado previo ni comunidades culturales muy definidas; pero es obvio que el proceso histórico ha sido el inverso. Los estados no nacen de la nada para crear naciones, idea poco razonable.  La historia indica que los estados surgen y se apoyan en comunidades culturales y a menudo genéticas. Si se limitan a dichas comunidades hablaremos de estados nacionales. Si desde esa base se imponen sobre otras comunidades o naciones previas, hablamos de estados imperiales (más raramente hay confederaciones, pero en ellas alguna de las comunidades lleva la voz cantante). Así, a lo largo de la llamada Edad Media (Edades de Supervivencia y Asentamiento) se formaron dos Europas, la de las naciones en el extremo oeste y la de los imperios en el centro y este del continente, hasta la descomposición total o parcial de estos últimos en los siglos XIX y XX.

No creo que estas concepciones merezcan mucha discusión pues, como digo, saltan demasiado a la vista, aunque puedan ser oscurecidas y de hecho lo sean a menudo con consideraciones a menudo arbitrarias y ahistóricas.

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Cuando hablamos de España, por tanto, no nos referimos solo a un ámbito geográfico sino, ante todo, a una entidad cultural y política conjunta, con diferencias regionales secundarias. Su carácter de nación no ha surgido de un nacionalismo previo ni de un “derecho de autodeterminación”, sino que se ha ido configurando de forma espontánea en un proceso de siglos y venciendo a veces obstáculos enormes que pudieron causar su desaparición. Por tanto, tiene un origen claramente delimitado en el tiempo (no la “España eterna” a veces mentada): como comunidad cultural se formó a partir de la invasión romana en la II Guerra Púnica, hacia el siglo III antes de Cristo y en un largo proceso de seis siglos, que extendió el latín, el derecho, numerosas actitudes, costumbres y técnicas, así como a partir de una época, la religión cristiana. Antes, Hispania, existía  solo como una denominación geográfica en la que vivían poblaciones muy diversas, agrupadas convencionalmente como íberos y celtas.  No había un país como entidad cultural y menos aún política, ya que sus numerosos pueblos, con frecuencia enfrentados entre sí, tenían lenguas, costumbres y religiones muy diversas y de orígenes distintos, y se habrían sentido tan sorprendidos de ser llamados españoles como los germanos o los celtas de llamarse “europeos”.  Cuando se habla, como Sánchez Albornoz, de la gran dificultad que tuvieron los romanos para dominar España, debe entenderse el aserto desde el punto de vista geográfico. Desde el punto de vista cultural-político no existía tal España.

La colonización latina tuvo efectos decisivos en todos los aspectos: cuando cayó el Imperio romano, no solo la cultura sino la genética de la población  había cambiado profundamente por las mezclas derivadas de las  migraciones internas, la milicia o el comercio. Los distintos pueblos agrupados en íberos y celtas eran cosa del pasado, y seguramente solo en las agrestes montañas del norte pervivían núcleos de población más o menos aislados y poco latinizados. Esta transformación ha sido la más crucial para la historia posterior del país, pues sus efectos perviven plenamente  en la actualidad. La impronta latina en España demostró su profundidad al ser capaz de revertir las consecuencias de la invasión árabe-bereber en el siglo VIII, al contrario de lo ocurrido en el norte de África, donde una floreciente cultura latino-cristiana quedó definitivamente arruinada hasta nuestros días. Creo que este punto no admite discusión en sus líneas generales, aunque sí matizaciones, como es natural.

España no era entonces una nación, por carecer de estado, pero  sí ya  una comunidad cultural conjunta, bastante homogénea, integrada en el Imperio romano aunque con rasgos particulares. Por ello debemos diferenciar la historia de España propiamente dicha, que empezaría con la II Guerra Púnica (y lo mismo la historia de Europa, como he sostenido en Nueva historia de España)  de la de los pueblos asentados en Iberia, sean los anteriores a Roma o los posteriores ajenos a dicha base cultural, como los árabes y magrebíes. Historias interesantes pero, en rigor, no historia de España.

No solo ha pervivido la transformación cultural, sino también la genética (o racial, en un sentido no ideológico) legada por Roma sobre la base de las poblaciones anteriores: ninguna de las inmigraciones posteriores (germanos, árabes y  bereberes, sobre todo, también de otros orígenes, en especial franceses) debió de superar el 5%, como mucho el 10% de la población configurada bajo el Imperio romano. Dejo de lado lo que Sánchez Albornoz llama herencia temperamental que se habría mantenido desde la época prerromana, porque, si bien debe de tener algo de cierto, resulta un tanto evanescente y especulativa frente  a los datos culturales y políticos, más precisables, implicados normalmente cuando hablamos de historia.

Y fue sobre esta base cultural sobre la que se configuró, en el último tercio del siglo VI después de Cristo, el primer estado propiamente español, es decir, la nación española. Fue una creación de los visigodos en combinación con las autoridades hispanorromanas, pero no un estado germánico, sino esencialmente latino y con ambición definida de incluir en él a toda Hispania. De época algo anterior suele datarse la creación de la nación francesa, pero tiene interés señalar la dinámica contraria de esta y de la nación española: en Francia las tendencias dispersivas fueron muy intensas, con constantes divisiones y guerras entre reinos, mientras que la dinámica española fue la contraria, de una tenaz y en general exitosa unificación.

La cuestión de si puede ser llamado “español” el reino visigodo ha originado controversias no muy fundadas. Podría considerársele una superestructura foránea si no fuera porque solo tuvo tal carácter en su primera etapa, cuando los godos eran uno de tantos pueblos errantes que se imponían sobre un territorio durante un tiempo para abandonarlo, por presiones exteriores u otras causas, y establecerse en otro lugar, sin ligarse con las poblaciones autóctonas. A partir de Leovigildo ello no fue así: su estado se concibió como hispanogodo, y el afincamiento y progresiva disolución de los godos en España fueron definitivos. España era ya una nación –no una mera comunidad cultural–, con sentimientos nacionales explícitos y voluntad de asentamiento definitivo en la península.  Es más, sin esa nación habría sido imposible la posterior dinámica de reconstrucción de España después de la conquista árabe.

Es interesante comprobar cómo la invasión islámica pudo causar una definitiva división o balcanización de España en varias naciones, debido a que, por imperativo de las circunstancias, los núcleos de resistencia al Islam nacieron y se desarrollaron en considerable aislamiento unos de otros, creando toda suerte de particularidades e intereses que podrían haber concluido en un mosaico parecido al de los Balcanes. Esa tendencia tenía todas las de ganar en principio, porque materialmente eran las más fuertes. Sin embargo, al lado de las tendencias particularistas se mantuvo todo el tiempo una tensión unitaria en pro de la “recuperación de España”, que poco a poco fue imponiéndose y hasta lograr rehacer la unidad de la nación, salvo Portugal. De entonces acá, las fuerzas unificadoras han prevalecido siempre sobre las disgregadoras, de modo que España ha continuado básicamente igual a la de los Reyes Católicos.

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Naturalmente, la antigüedad de una institución histórica, aunque prueba de solidez, no garantiza su pervivencia, y hoy vemos a la nación española sometida a muy fuertes tiranteces que por un lado intentan disgregarla y por otro disolverla  como nación en una entidad “europea”: secesionismo y europeísmo. Por una parte tenemos ejemplos de comunidades culturales divididas en varias naciones, como ocurre con Austria y Alemania o con Francia y la Bélgica valona; Rusia y Ucrania o Bielorrusia serían un caso semejante, incluso –solo hasta cierto punto– España y Portugal. En un pasado muy reciente hemos visto la descomposición de Yugoslavia pese a que las semejanzas culturales entre sus actuales estados son en principio mayores que sus diferencias, y observamos en Italia algunas tendencias semejantes, aunque de menor impulso. Por otra parte, la llamada Unión Europea está socavando lenta pero sistemáticamente, la soberanía de numerosas naciones de Europa. ¿Podrá resistir España la doble tensión?

Creo que la disgregación, combinada con la disolución de España no son posibilidades descartables, porque un tercer e imprescindible factor de nacionalidad, además de la comunidad cultural y el estado, es la voluntad de una parte suficiente de una población de permanecer como nación unida. Como hemos visto, la voluntad reunificadora fue imponiéndose en la Reconquista –con la excepción de Portugal—a poderosas tendencias contrarias y desde entonces ha mantenido a España como nación. Pero desde hace tres decenios se percibe un aumento de la voluntad disgregadora y una especie de desfallecimiento de la voluntad integradora, que a menudo opta, en una especie de huida hacia delante, por la disolución en una amalgama sin la menor base histórica como es la Unión Europea, que quizá nunca debió pasar de Mercado común. Sin duda  España sufre hoy una prolongada crisis nacional –unida a otras crisis—, a la que me he referido en el capítulo anterior, y la puesta en cuestión del carácter nacional de España, incluso por las más altas jerarquías del estado, es una manifestación más, y muy aguda, de tal crisis. Su origen inmediato está en la forma como se hizo la necesaria transición democrática a partir de Suárez, y que he procurado explicar en La Transición de cristal. El país emergió del franquismo con una considerable salud social, la mayor y más sostenida prosperidad de su historia y sobre todo libre de los odios que habían hundido la república y conducido a la Guerra Civil. Sin embargo, a partir de la reforma de Suárez, las tendencias disgregadoras por una parte y disolutorias por otra, no han cesado de reforzarse, a menudo en alianza de hecho o de derecho con el terrorismo. En algunas regiones, especialmente en Vascongadas y Cataluña, han ido cobrando fuerza tendencias separatistas que exaltan las diferencias regionales por encima de los rasgos comunes y de la unidad histórica de siglos, y proclaman su deseo de disgregar España convirtiendo a las regiones en nuevas naciones, mientras el país ha ido perdiendo soberanía en un proceso sistemático. Es decir, nuestra época presenta a España desafíos muy graves, que afectan a su propia supervivencia.

Pero el problema tiene un origen muy anterior a la Transición y perfectamente datable: el llamado “Desastre del98”a finales del siglo XIX, por lo que debemos examinarlo en capítulo aparte.  De la convulsión moral e ideológica de aquella fecha parten los movimientos secesionistas y totalitarios marxistas y anarquistas, muy violentos, que a su vez convulsionaron a España dando lugar a la ruina del régimen liberal de la Restauración, resuelta provisionalmente con la dictadura de Primo de Rivera, para hundirse después en una república epiléptica y cargada de odios, hundida a su vez por el proceso revolucionario del  Frente Popular  y por la Guerra Civil. La era de Franco permitió olvidar los viejos odios y trajo el mayor progreso material vivido por España en siglos, lo que facilitó una transición democrática en la que los viejos problemas parecían superados. Sin embargo han ido resurgiendo poco a poco, unidos a la desvaloración del pasado y la cultura hispanas, o más bien basados en esa desvaloración, y  sin encontrar la oposición debida hasta la difícil crisis actual. Porque si no se conforma una fuerte voluntad integradora y nacional,  las perspectivas son de disgregación o de disolución de una nación que durante siglos ha resistido las más difíciles pruebas.

 

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La cuestión de los godos y Ortega / Negación universitaria de España

Blog de gaceta.es: César Vidal y los judíos / La otra Pepa

Id. : El 11-m(I): El plano político

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Como recordaba en Nueva historia de España, para entender lo que ha sido nuestra historia y cultura basta echar una ojeada a la actualidad. En España se habla como idioma común una lengua latina; la religión vastamente mayoritaria y –por siglos prácticamente unánime—es la católica, aunque hoy se encuentre en crisis (otras más graves ha superado);  el derecho y las costumbres se basan en gran medida en Roma y en el catolicismo, y todo eso y el territorio que habitamos es lo que nos distingue, aún hoy, de otros pueblos. Es obvio que España, como cultura, se forjó en la época romana. Si echamos la vista atrás, observamos fácilmente cómo, algún tiempo después de la caída del Imperio romano, se instaló un poder político unitarista, primer estado español propiamente dicho, que se identificaba con el conjunto del país y su cultura: es decir, aparece una nación. La nación española pudo desaparecer debido a la invasión musulmana, de hecho estuvo muy cerca de ello, pero renació en Asturias con la idea, precisamente, de recobrar la perdida España  hispanogoda. Muchos estudiosos, entre ellos J. Pérez,  insisten en el carácter menos romanizado de los astures y en el tradicional rechazo de los montañeses a poderes extraños, pero se trata de una mera especulación, aparte de que esa tradición había desaparecido mucho tiempo antes.  Es muy importante señalar que, sin el objetivo de fundar un reino que mantuviese y recobrase la herencia hispanogoda, la rebelión asturiana no habría podido dar lugar a otra cosa que a incursiones de saqueo como las de la época romana o las que hacían a veces los vascones de las montañas en tiempos de los godos. Pero dio lugar a algo completamente diferente, como sabemos.

Por consiguiente, existe un lazo que nunca se rompió entre Roma y la nación hispanogoda y la España actual. Es algo que salta a la vista como una total evidencia, y sin embargo la vemos negada una y otra vez. Creo que la razón del embrollo se encuentra en la mezcla de concepciones marxistas, republicanas, regeneracionistas, separatistas e islamófilas, empeñadas en pintar unas historias acordes con sus ideologías y aspiraciones, coincidentes todas en negar entidad histórico-cultural a España o difuminarla. Si han de llegar a transformar España o destruirla simplemente, como desean, es cosa que solo el tiempo dirá, y que dependería menos de sus propias fuerzas que del desconcierto y debilidad de la resistencia que pudiera oponérseles.

En fin, centrado en Joseph Pérez había olvidado la promesa de comentar un artículo en LD, de J. A. Cabrera Montero titulado ambiciosamente “El reino visigodo: el debate historiográfico”. El señor Cabrera  empieza por ilustrarnos amablemente de que el trabajo de los historiadores constituye una de las disciplinas humanísticas más polémicas que existen. La Historia como tal es objetiva, los hechos son los hechos; por el contrario, la narración o la presentación de la Historia, lo que en definitiva hacen los historiadores, no es en modo alguno algo neutral. Hay quienes reducen la Historia a cronología, para mostrarse objetivos, para no emitir juicios de valor ni elaborar hipótesis que hagan peligrar quién sabe qué intereses e ideas, pero el resultado es un inmenso empobrecimiento de tan noble disciplina y un engaño no menos grande al lector. En el otro extremo, hay quienes idealizan tanto la Historia que la convierten prácticamente en mitología; idealismo con frecuencia nada inocente, sino mero disfraz para disimular deshonestos intereses o justificar determinadas posiciones ideológicas sin argumentos convincentes. Entre los dos extremos viciosos, siguiendo la máxima aristotélica, se haya (sic, será una errata) el medio virtuoso: el esfuerzo honesto, más o menos logrado pero decente  (…) La Historia es lineal, no circular. La Historia nunca se repite; en todo caso lo que se mantiene, la constante  es el ser humano, con sus virtudes y sus defectos. Etc. Muchas gracias al señor Cabrera por tan indispensables enseñanzas, quizá un tanto triviales.

Habla nuestro autor de unos intensos debates en torno al reino visigodo, que realmente no han tenido lugar, al menos como intensos.  Él los atribuye a “interés” político, sea de liberales y tradicionalistas por fundamentar sus teorías, sea del franquismo, al que la reivindicación visigótica vino “como anillo al dedo”, asegura. Menos mal que se ha abstenido de explicar cuáles eran al respecto los “intereses” de la burguesía y el proletariado. Entre tantos intereses, el interés por la verdad histórica se esfuma un tanto; y,  por lo que uno recuerda, nunca ha habido los duros debates que él menciona: hace muchos años que  el asunto apenas suscita interés, y no porque haya sido aclarado sino por lo contrario, porque se han impuesto ampliamente tesis tipo Américo Castro, que pretenden que España y los españoles nacieron, no se sabe bien cómo, en relación con musulmanes y judíos. Además, el señor Cabrera critica la visión de una época visigoda “idílica”, que nadie, al menos nadie medianamente serio,  ha considerado así, como nadie considera “idílico” ningún sistema del pasado o del presente. Seguramente el señor Cabrera habrá quedado muy satisfecho de haber desbaratado tales idilios, tan inapropiados como defendidos por nadie.

A continuación, nos cita a Ortega y a su disparatadísima España invertebrada (no inferior a las ocurrencias de Sabino Arana o de Prat de la Riba) en la que, con la misma osadía con que preconizaba la república para superar los males de la “monarquía de Sagunto”, por no decir de la “enferma” o “anormal” historia de España,  afirmaba: Casi todas las ideas sobre el pasado nacional que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y, a menudo, grotescas. Ese repertorio de concepciones, no sólo falsas, sino intelectualmente monstruosas, es precisamente una de las grandes rémoras que impiden el mejoramiento de nuestra vida. Parecía estar hablando de sus propias ideas, que tan bien fructificaron en la república. En Nueva historia de España he dedicado algunos párrafos a señalar la absurda comparación que hace Ortega entre los francos y los visigodos.

Como el señor Cabrera cultiva, según él mismo ha confesado,  el aristotélico término medio (que afectaría a la virtud, no a la verdad, que no entiende de términos medios), al final no sabemos si defiende las ocurrencias de Ortega, critica al franquismo u otra cosa. Termina con un párrafo digno de un político, en el que literalmente no dice nada, y previamente nos señala que en la época visigótica “quizá no siempre hubo unidad política”, lo cual puede predicar de cualquier régimen; que “no es tan fácil hablar de unidad social” (sea eso lo que fuere), ni se sabe a ciencia cierta “hasta qué punto se homogeneizaron las dos etnias” o “sus grados de romanización”.   A cambio de resaltar lo que no sabemos, olvida lo que sí conocemos: que desde Leovigildo se impuso el diseño de un estado nacional español sobre la base cultural latina y poco después católica, se hubieran romanizado más o menos las distintas partes del país (ningún país del mundo es plenamente homogéneo en ningún sentido).  Y esto es lo que constituye precisamente una nación. Y lo que permitió después la reconstitución de España, en un empeño en que todas las probabilidades materiales estaban en contra.

VER: http://blogs.libertaddigital.com/conectados/la-anormalidad-espanola-y-el-regeneracionismo-4081/

http://revista.libertaddigital.com/el-regeneracionismo-1276229134.html

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Me escribe un distinguido investigador:

Evidentemente la explicación a este ninguneo del periodo visigodo se debe a las implicaciones políticas: en cierto congreso nacional al que asistí se ha llegado a felicitar a los asistentes por no hablar de “la España visigoda” y sí de Hispania visigoda (lo cual, desde mi punto de vista, es claramente erróneo) mientras se hablaba de Cataluña visigoda o Euskalherría. A mí en particular se me reprochó el haber utilizado tres veces el término Reconquista (y eso lo utilizaba simplemente como referencia temporal). Evidentemente  va a llevar tiempo restablecer la verdad, a pesar de García Moreno y algún otro historiador honrado. La Universidad está prácticamente en manos de la progresía y fuera de ahí es difícil combatir.

En cualquier caso, hoy día es rara la publicación que hable de España como tal y, con la excusa de que es un término incorrecto para denominar al reino de los godos (falso de toda falsedad), se sustituye por Península Ibérica o por Hispania (lo cual es más incorrecto si nos atenemos a las fuentes literarias). Un poco al estilo de los políticos nacionalistas que han sustituido España por Estado (español). Es una neolengua orwelliana impuesta desde la Universidad que ha hecho que los estudios históricos sean un verdadero calvario para el lector (e incluso para el investigador) porque apenas entiende de qué se habla. En realidad, no creo que sepan ni de qué escriben. En la actualidad es realmente complicado encontrar un libro de historia que sea inteligible. Algún autor se salva, claro. Entre los visigotistas, J. Orlandis, L. A. García Moreno o Javier Arce, pero pocos más.

Dicho esto me gustaría proponerle un tema de análisis: la relación (para mí evidente) entre la neolengua ininteligible de los estudios universitarios y el auge de ventas de la novela histórica a pesar de la mediocre calidad de ésta.

Lo de A. Castro, estoy de acuerdo con ud. El que el gentilicio de una nación sea extraño a ésta no prueba nada de lo que este autor dice y, además, es un fenómeno más que extendido. P. e. “germanos” es un nombre celta para las poblaciones del este y luego utilizado para nombrar a las poblaciones germanas y a los alemanes. Galés (welsh) es un término despectivo dado por los normandos para los habitantes autóctonos de Britannia (luego para los galeses).También sucede con los canadienses y otros. Incluso hay naciones que no tienen gentilicio propio y no por eso se les niega ese carácter de nación: los useños son “americanos” (americans) sin más, como los guatemaltecos, y normalmente llaman a su país “los Estados” (the States). Sin embargo, en lo del origen provenzal y su penetración a través del catalán estoy más que de acuerdo. Una cosa curiosa que señala Castro es que da cuenta de la ausencia de “español” en el Diccionario etimológico de Corominas, lo que explicó porque siendo ese vocablo “provenzal en su origen, suene demasiado a catalán; con lo cual el término para designar el conjunto de los pueblos peninsulares no habría sido impuesto por los castellanos, políticamente dominadores, sino que habría penetrado por el nordeste de la Península.” (A. Castro, 1985: 32).

 

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¿Ganará el separatismo?/ Jueces proetarras / Joseph Pérez (VI) y la Reconquista

Agradezco a mis amables lectores sus palabras de aliento y su esfuerzo por contrarrestar la proliferación de la “cultura del embuste” difundiendo estos u otros artículos.

Blog de gaceta.es: Prostitutos, prostitutas y arte / Feminismo y aborto /  Kakistocracia y Zapatero

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En todas las sociedades hay factores disgregadores e integradores. De predominar en exceso los primeros, la sociedad se destruye (véase la república en vísperas de las elecciones del 36: “A los españoles ya nada nos es común”, venía a diagnosticar  El Sol (cito de memoria); si no existen los contrarios, la sociedad puede convertirse en una tiranía. Hoy vemos cómo los separatistas, siempre desleales con la Constitución y enemigos abiertos de España, parecen cada vez más próximos a lograr sus objetivos, y algunos dicen que puede ser democrático que esas fuerzas profundamente antidemocráticas consigan la secesión de Cataluña y Vascongadas. El problema se plantea, en principio, de otra forma: la Constitución prevé que en caso de incumplir la ley,  una autonomía puede ser suspendida, y para ello bastaría simplemente con un piquete de la Guardia Civil.

Pero hay algo más,  y más profundo: en 1976, el separatismo tenía muy poca audiencia en esas regiones. Desde entonces no ha cesado de crecer. ¿Por qué? Porque no solo se le entregó la enseñanza, sino que durante más de veinte años no se le ha opuesto un discurso coherente en defensa de la nación. Y porque los partidos de izquierda apoyaban a los secesionistas, a veces directamente pero sobre todo indirectamente, mediante una sistemática denigración de la cultura y la historia españolas. Ya lo decía Julián Marías: “un grave problema del PSOE es que tiene una visión negativa de la historia de España” (cito de memoria). Y porque  una derecha sin principios que no dirige sino que explota a la opinión española, ha renunciado a cualquier defensa de la unidad nacional (“la economía lo es todo”). La lucha contra los separatismos ha provenido exclusivamente de la espontaneidad social. Y algo significa el dato de que, con tanto tiempo y tantas ventajas, no hayan logrado aún sus propósitos, o que los ilegales referéndums secesionistas en Cataluña ni siquiera hayan interesado a casi nadie: significa que la nación española tiene mayor consistencia de lo que suponen muchos. Pero el peligro es cierto y creciente, por lo que la reacción debe serlo también.

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**** Gabriela Bravo, portavoz del CGPJ: “Las víctimas no deben condicionar la evolución sociopolítica de España”. ¡Ajá! Piensa lo mismo que la ETA.  La putrefacción de la política. Y de la justicia. Ella, sin duda, no se considera una víctima, muy al contrario, a pesar de que toda la sociedad española lo ha sido y sigue siendo. Y ahí la tienen, tan sonriente, convencida de haber ganado la partida, ella y los suyos, los proetarras. Naturalmente, acompaña su frase, la verdaderamente significativa, con otras que no lo son, pura hipocresía, al estilo, nuevamente del brazo político de la ETA, que también se siente triunfante.

Otro caso, el de Garzón, en contra o a favor de la ETA, según sus conveniencias.

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Joseph Pérez, ¿Cómo empezó la Reconquista?

Al-Andalus nunca coincidió con toda la Península Ibérica, bien porque los invasores decidieron retirarse de algunas zonas aisladas e inhóspitas, bien porque encontraron en la población una resistencia más fuerte que en otras partes.  Esto es lo que ocurrió en las montañas de Asturias y los altos valles de los Pirineos, regiones marginales que los romanos habían ocupado de forma tardía y superficial y en las que fue débil la cristianización. En aquella comarcas, la resistencia a los moros se entiende dentro de aquella tradición de rechazo al extranjero, quienquiera que sea, por parte de hombres reacios a todo poder procedente del exterior. Es posible que se unieran a la población local algunos nobles visigodos, cuyo jefe pudiera haber sido Don Pelayo. A este se le atribuye la victoria de Covadonga de la que se sabe poca cosa, ni siquiera la fecha exacta. Del mismo modo,  los altos valles del Pirineo ofrecieron una oposición tenaz. En toda aquella zona, de oeste a este, empezó la que, andando el tiempo, acabó llamándose Reconquista.

  (…) Los hombres que, a partir del siglo VIII, iniciaron una lucha que iba a ser multisecular contra Al-Andalus se vieron a sí mismos como cristianos; no querían ser moros. Así se los consideraba desde fuera, desde más allá de los Pirineos. Dos centurias después  –en el siglo X—se les va a llamar y se van a llamar a sí mismos españoles, usando un vocablo que, por cierto, no es castellano, sino que  vendría del latín hispaniolu(m). A los que antes eran hispanos, los extranjeros empiezan a llamarles españoles. En el año 1100, en los territorios que quedaban fuera de Al-Andalus, vivían gallegos, leoneses, castellanos, aragoneses, catalanes, etc.; estos, poco a poco, fueron adquiriendo el hábito de llamarse españoles, palabra que no tarda en generalizarse.

La idea que se transmite, de forma algo confusa, es la de que no existe un esencial lazo de  cultura desde Roma y político desde el reino de Toledo, sino que la invasión árabe rompe decisivamente esa continuidad, la idea de Reconquista fue un concepto tardío, como el mismo nombre de españoles, la resistencia de Asturias y los montes pirenaicos entra en el mismo nivel que la opuesta a Roma y a los godos, y que los nuevos reinos son solo “cristianos”, y aparte de eso, los cristianos son solo gallegos,  no “habituándose” a llamarse “españoles” hasta el siglo X, en que se extiende la denominación, quizá desde Cataluña (la cual no existía entonces como tal). Y sugiere que la temprana retirada de los musulmanes de algunas zonas se debería simplemente al carácter inhóspito de ellas. De esta manera, siguiendo a Américo Castro, España va haciéndose a trompicones en esa época sin relación fundamental con Roma y con Toledo. Es difícil entender esta manía, cuando lo más evidente con respecto a la nación española es la continuidad cultural y una esencial continuidad política, aunque quebrada durante unos pocos años. Verdaderamente, las ideas de Castro combinadas con las marxistas pedestres al estilo del embrollo de Barbero y Vigil, no son una buena orientación.

La especulación sobre la palabra “españoles” y sus orígenes, tan cara a Américo Castro, simplemente carece de relevancia. Fuera cual fuere su origen, es una derivación del latín hispanus, que es como se llamaban antes los españoles. Suponer alguna clase de ruptura, es como pretender que hay una ruptura entre el español actual y el castellano de tiempos del Cid  porque este nos resulta difícil de entender hoy. En cuanto a la autoconsideración como cristianos por oposición al Islam, está clara su gran importancia, pero no lo está menos que también contaba la consideración de hispanos. Reinos cristianos había muchos por toda Europa, y la denominación de “cristianos” haría imposible distinguir a unos de otros. Y no bastaría para diferenciar a los que iban formándose en España con la idea explícita de recobrar el país. Tampoco tiene excesiva importancia cuándo apareció –por escrito— el término Reconquista. El hecho es que, por todo lo que sabemos, fue un proceso intencional desde muy pronto, y probablemente  desde el primer momento.  Cierto que hay cierta oscuridad sobre el origen mismo de la Reconquista, pero lo que se sabe basta, creo, para volver muy  improbables especulaciones como las que recoge Pérez. Hubo una resistencia que empezó en una parte de Asturias y que se extendió  casi inmediatamente hacia el oeste, hacia el este y hacia el sur, y que los árabes no pudieron impedir, pese a sus mucha mayor fuerza material y a sus constantes ofensivas. Por imperativo de las circunstancias,  la Reconquista empezó en una de las zonas menos romanizada y menos cristianizadas, pero, por lo que revela la evolución de los acontecimientos, lo bastante romanizada y cristianizada como para servir de base a la lucha por recobrar la perdida España.

De Nueva historia de España:

Parece que en las montañas del norte se habían refugiado algunos nobles godos y romanos, entre ellos Pelayo (…) La región, aún débilmente dominada por los mahometanos, había sido rebelde a los godos, pero debió de haber acuerdo entre los refugiados y grupos astures opuestos al Islam (…) El fondo real de los viejos relatos admite poca duda: en Covadonga saltó la chispa de una rebelión muy distinta de las viejas y oscuras revueltas tribales de montañeses, y de ella salió un reino independiente en la cercana Cangas de Onís, que pronto se amplió a Galicia, Cantabria y Vasconia. Este reino tomaría, inmediatamente o muy pronto, carácter cristiano y político como recobro de la España perdida contra los “moros”. La victoria de Pelayo, en una región débilmente romanizada y cristianizada, hubo de contar con una masa local que llegó a compartir el proyecto político y religioso de la Reconquista, pese a su antigua oposición a los godos.

  (…)  Las crónicas árabes conocidas, muy posteriores a las cristianas, desdeñan la acción y la explican como una derrota rebelde incompleta: “La situación de los musulmanes se hizo penosa, y al cabo despreciaron [a los de Pelayo] diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?” Pero, admite melancólicamente el Ajbar Machmua, aquel desprecio les saldría caro, pues los insurgentes “se convertirían en un grave problema”. Pelayo expulsó el poder árabe de gran parte de Asturias con su ciudad más importante, la portuaria Gijón; y se atrajo la colaboración de grupos cántabros, vascones y gallegos. El nuevo reino también atrajo a numerosos cristianos que vivían bajo poder árabe (…) Pronto el foco de Asturias se había convertido en un peligro lo bastante grave para que los mahometanos abandonasen sus empresas ultrapirenaicas y concentraran sus energías dentro de la península, lo cual salvó a Francia y al resto de Europa de nuevas embestidas (después de la derrota de Poitiers)

     Es realmente muy forzada la hipótesis de que habría habido un corte entre el reino de Toledo y los comienzos de la Reconquista, pero, especulando sobre la escasez de la documentación que ha quedado de la época, a diversos historiadores les gusta jugar con tal improbable idea,  de tal modo que España y los españoles empezarían en el siglo X o algo por el estilo. Todos los datos y la lógica, excepto el deseo, según parece ardiente, de negar la continuidad de España, militan contra semejante hipótesis.     

 

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