Blog de gaceta.es: Los españoles roban / Melancolía
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El número de marzo de Razón española viene dedicado a su fundador Gonzalo Fernández de la Mora en el X aniversario de su muerte. Cuenta con interesantes estudios de su obra por Dalmacio Negro, y Carlos Goñi, así como numerosas notas, entre ellas una de Stanley Payne en la que señala: “Entendía también GFM que el talón de Aquiles de la derecha en España era, con mucha frecuencia, la ausencia de coraje moral y una debilidad dialéctica, tanto en términos del argumento en cuestiones de historia como en pura teoría política. Entendía siempre que lo más importante era decir la verdad, no importa lo que imponga la moda (…)”. Aunque no comparto muchas de las ideas de GFM, creo que este valor, la relevancia que da a la verdad, hacen de él uno de lo intelectuales españoles más importantes del siglo XX.
Por mi parte contribuí con el siguiente artículo:
LA FELICIDAD Y SUS LABERINTOS
Almorcé varias veces con Fernández de la Mora y otros amigos a raíz de la publicación de mi libro Los orígenes de la guerra civil española (en 1999), que le pareció definitivo. En cambio el siguiente, que por temática sería anterior, sobre los personajes de la república, lo consideró inútil, y no por haberlo leído, que creo que no lo hizo, sino porque consideraba que no valía la pena ocuparse de semejantes personajes. Me pareció este un punto de vista y poco razonable, pero no siempre el gran preconizador de la razón era consecuente con su propio punto de vista, según nos ocurre a todos los humanos. En conjunto, el ex ministro de Franco me pareció una persona muy por encima, moral e intelectualmente, del mundillo cultural español de la época, que si por algo se distinguía y sigue distinguiendo es por una mediocridad rayana en la chabacanería, siendo uno de sus rasgos definitorios el ninguneo de quienes aportan más rigor o interpretaciones que se salen del carril. Mal remedio.
Incidiré aquí sobre el tema tratado por Fernández de la Mora en su libro Sobre la felicidad y al que me referí en un artículo en Razón Española hace unos años. El autor comienza afirmando: “El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad, que es el objetivo universal y omnipresente. Todo lo demás es instrumental para la meta propuesta. La tan sublimada sabiduría es, en último término, una guía para ser dichoso”. Por consiguiente, se trata del “problema humano por excelencia”, objeto de incesante meditación implícita o explícita a lo largo de la historia, aunque “nunca expuesta de modo sistemático y meramente racional”, pese a existir buen número de estudios particulares e investigaciones diversas. Por consiguiente, el autor abre una brecha para el tratamiento más sistemático y racional de un problema que hoy se presenta en un plano vulgar en las recetas de una multitud de libros de autoayuda.
Con su extraordinaria erudición, Fernández de la Mora da un repaso histórico al modo como ha sido tratada la cuestión desde el hinduismo y el budismo, pasando, especialmente, por el estoicismo, doctrina tan influyente en el mundo cristiano, y hasta recientes pensadores españoles y ultrapirenaicos. Es evidente que la recopilación no pretende ser exhaustiva, sino solo indicativa y, aparte de referencias chinas o árabes, se centra en las que podríamos llamar indoeuropeas. Llama la atención en su recogida de citas la ausencia de la Biblia, así como de autores anglosajones, lo que refleja sin duda una intencionalidad no explícita.
En esa tradición, con diversas corrientes y aspectos, predomina la noción de que la felicidad está relacionada no ya con el dominio, sino con la eliminación misma de los deseos, sensuales o de cualquier otro tipo. Son los deseos, insaciables, en gran parte incumplibles, en choque con los de otros individuos, la raíz de la frustración y del sufrimiento que, según versiones, harían de la vida humana un valle de lágrimas, en el que los males predominarían sobre los bienes hasta su absorción definitiva en el mal mayor que es la muerte. En último extremo, la felicidad alcanzable consistiría en el ascetismo, la apatía estoica, la impasibilidad ante los avatares de la vida u otras fórmulas semejantes que mantendrían al alma serena, feliz, inasequible al asalto de deseos y pasiones y de sus males derivados.
Fernández de la Mora no desestima ni mucho menos esta larga tradición, pero la critica razonablemente, así como a la corriente hedonista: el deseo es connatural al hombre y sin él su vida misma se vaciaría: “Renunciar absolutamente a todo es incompatible con la vida humana consciente. Una voluntad reducida a negar toda volición casi es la nada. Lo que resulta hacedero es seleccionar y moderar los deseos (…) La felicidad no consiste en nada, sino en algo, no es autoaniquilación, sino posesión”. La felicidad depende de la relación equilibrada entre el deseo y la posesión, un equilibrio por su propia naturaleza “inestable y tenso”, que puede ser proporcionado por el autodominio racional sobre los deseos. No obstante hace una consideración llamativa sobre la impasibilidad teóricamente adquirible mediante la razón: si bien tal impasibilidad conduciría a “un puro mecanicismo lógico, sin dolor, pero sin gozo, imposible para la especie humana actual”, sorprende cuando especula sobre su posibilidad evolutiva: se trataría de otra especie “quizás más apta para el progreso colectivo, y funcionalmente superior; pero distinta del homo sapiens sapiens objeto de estas meditaciones”.
La felicidad es un sentimiento, y por tanto se aloja en el cerebro reptiliano, el más primitivo y compartido con otros animales, mientras que la razón pertenece exclusivamente al hombre y está radicada en el cortex cerebral. Así, el sentimiento en general y el de felicidad en particular nacen de una instancia inferior. Los sentimientos aparecen como reacciones primarias y puramente individuales, con escasa información y capacidad de discernimiento, mientras que “los juicios racionales tienen pretensión de validez universal y, mediante su constante revisión, se van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la realidad cuando versan sobre la experiencia”. “Los sentimientos no son solamente confusos sino, a veces confusionarios”, mientras que la razón, “por definición no engaña; el error es una insuficiencia de racionalidad”. Por consiguiente, existe un conflicto implícito entre los sentimientos y la razón, en el cual debe prevalecer la segunda, aun si, evidentemente, ello no siempre ocurre. La felicidad aparecería, al menos en parte, como el gobierno del sentimiento por la razón, un gobierno nunca pleno. De ahí, creo, la especulación sobre una evolución hacia un hombre plenamente racional incapaz de dolor psíquico y también de gozo, pero por ello “más apto y funcionalmente superior”.
Me permitiré hacer un esbozo de crítica, provisional y discutible sin duda. Creo que Fernández de la Mora tiende a exagerar el papel y posibilidades de la razón –aunque reconoce sus limitaciones– y, más o menos claramente, la oposición de ella al sentimiento. La experiencia nos dice que, en efecto, a menudo la razón y el sentimiento se enfrentan, pero en la mayoría de los casos se complementan mejor o peor, y la razón misma apenas sería ejercitada sin un sentimiento que la espolee y que en sí mismo no tiene por qué ser razonable (los celos, el ansia de riquezas o de honores, la indignación, la compasión, etc., incluso en grado desmedido, han movido muy a menudo a la razón a ponerse en movimiento y a obtener logros considerables. Pero creo que hay otra observación posible: los juicios racionales, aunque “tienen pretensión de validez universal”, no siempre lo consiguen, ni mucho menos, y en general no llegan a ser unívocos, salvo si acaso en las matemáticas o en las ciencias físicas. Pero aquí lo que importa es la aplicación de la razón al comportamiento humano, donde la dificultad salta a la vista.
En relación con el sapere aude kantiano hice en Nueva historia de España algunas consideraciones que tal vez vengan al caso: “¿Podía concebirse la razón como una lógica que lleva a conclusiones tan universales e inexorables como las leyes que la ciencia descubría en la naturaleza? En tal caso, ¿no era así abolida la libertad del individuo? Esta quedaba como una ilusión causada por la ignorancia y disipada por el conocimiento. Y si, a la inversa, cada uno confiara solo en los resultados que él mismo obtuviera de su ejercicio racional, ¿no fracasaría la razón como orientadora general si dichos resultados, en lugar de uniformes, resultaban variados y aun opuestos, como de hecho sucedía? Nadie había aplicado la razón como los griegos, y sus conclusiones habían sido muy disímiles”. Y lo mismo serían las consecuencias de la aplicación de la razón por los ilustrados. En fin, no pretendo con estas observaciones una discusión sistemática de las tesis e ideas tan sugestivas del libro, solo una incitación al debate, signo en general de una viveza intelectual que solemos echar de menos en España.
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Resume Joseph Pérez de este modo la Reconquista: Frente a los moros, los españoles se sienten herederos de una historia, de un patrimonio, de una civilización: la de Roma, transmitida por los visigodos; es una especie de continuidad vertical en el tiempo hacia unas raíces comunes. Frente a los moros, también, los españoles se sienten solidarios con los cristianos que viven más allá del Pirineo, hay una continuidad horizontal, en el espacio, con la cristiandad occidental.
Todo esto es indudable, y hay que agradecer al señor Pérez que emplee los términos Reconquista y españoles, que se han vuelto tabú en muchas publicaciones pedantesca, por no decir estúpidamente, “académicas”, empeñadas en negar o difuminar lo evidente para justificar cualquier apriorismo ideológico. Pero creo que disuelve en Roma y la cristiandad el aspecto político. Los godos no fueron los transmisores del legado latino, más bien eran en principio ajenos a él y se presentaban como una amenaza al mismo (no en vano su gloria más señalada había sido la toma y primer gran saqueo de Roma). El legado latino estaba asentado en la población hispana y su organización eclesiástico-política, no en los visigodos. La gran tarea de estos, una vez se fijaron definitivamente en España y empezaron a confundirse con ella, fue el designio y la realidad de un estado español, es decir, la conversión de la comunidad cultural hispana en una nación. Creo que hay que insistir en este punto, habitual y absurdamente negado, porque sin él muy difícilmente habría habido Reconquista, es decir, continuidad político-cultural hasta nuestros días.
Repite la misma tesis insuficiente J. Pérez: Españoles son, pues, aquellos hombres que, en el norte de la Península, se niegan a ser moros y aspiran a integrarse en la cristiandad occidental. La realidad histórica, por cuanto sabemos, no es que se nieguen, simplemente, al Islam, sino que aspiran a reconstruir la España perdida; y aspiran a integrarse en la cristiandad occidental, cierto, pero solo en el plano religioso, no en el político. Y esto es fundamental porque, como debe recordarse, por entonces van conformándose dos Europas, la de las naciones y la de los imperios. España es la nación destruida que aspira a reconstruirse en circunstancias extremadamente difíciles.
Prosigue nuestro autor: Hay que esperar a la segunda mitad del siglo IX para que a la batalla de Covadonga se la considere como el símbolo de la lucha entre moros y cristianos, como el punto de partida de una gran empresa. En el momento en que se produjo el acontecimiento, no pasó de ser un episodio más de la resistencia que los indígenas oponían a gentes extrañas
Aquí volvemos a la distorsión tradicional. Es frecuente en la pedantería historiográfica pedir “el documento”. Pero una gran parte de los hechos históricos carece de documentos y sin embargo podemos saber bastante de ellos. No sabemos si es cierto que Covadonga fue invocada como principio de la Reconquista sólo en la segunda mitad del siglo IX, pero parece lo más razonable que lo fuera desde los primeros momentos, aunque ello no apareciese explícitamente en documentos escritos o se hayan perdido los mismos (se ha perdido infinidad de documentos, hasta de nuestra época tan dada a consignarlo todo). Pues el hecho es que los “indígenas” estaban ya romanizados, al menos en grado suficiente para que su resistencia no tuviera nada que ver, por cuanto sabemos, con las “resistencias” anteriores a romanos y godos. Desde el primer momento se crea un estado, por embrionario que sea, con voluntad de asentarse y extenderse rápidamente, lo que consiguió, por cierto. Nada que ver con las razzias de saqueo propias de los cántabros y astures en la ya muy lejana época romana, o de los vascones en la visigoda. Quienes pretendan cómo es que un pueblo supuestamente poco o nada romanizado, probablemente tampoco cristianizado y con una organización social primitiva, pierde, un siglo largo después de Covadonga, tales características para volverse notablemente civilizado, romanizado y reivindicador de la herencia política hispanogoda. Puede especularse con la afluencia de mozárabes del sur, pero, ¿no habrían sido recibidos por los indígenas como nuevos dominadores a los que habrían rechazado?
No vale especular con lo que no sabemos para desfigurar lo que sí sabemos: que hubo una resistencia en nada parecida a la remota de los pueblos no romanizados y que mostró en los hechos, desde el primer momento, una voluntad de asentamiento estatal y de expansión que, lo explicitaran documentalmente o no, corresponde con una “gran empresa” justamente llamada Reconquista.
El empeño en negar la continuidad cultural desde Roma y político-cultural desde Leovigildo, solo puede entenderse en una tenacísima voluntad de negar o denigrar a España en general. Ahora oímos a muchos “liberales” afirmar enfáticamente que la nación española nace con la Constitución de Cádiz. De ser así, no habría nacido todavía, pues dicha Constitución nunca se llevó a la práctica… Y actualmente nos encontraríamos, gracias a otra Constitución, en un proceso disgregador… ¿de qué? De lo que nunca existió, según esas lucubraciones. Resulta increíble, realmente, esa voluntad negadora, raíz de casi todos los males políticos de España desde la crisis del 98. Seguimos en el tiempo de los “gárrulos sofistas”, que decía Menéndez Pelayo.
