Una explicación de la persecución religiosa en la república y la guerra

Blog I. ¿En qué consiste ser progre?: http://gaceta.es/pio-moa/consiste-progre-18112015-1726

El legado del franquismo, en “Cita con la Historia”: www.citaconlahistoria.es

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(…) Maritain influiría mucho  sobre el Concilio Vaticano II, después del cual la Iglesia se distanció radicalmente del franquismo. Fruto de la nueva orientación fueron actitudes como una resolución  propuesta en 1971 en la Asamblea de Sacerdotes y Obispos en Madrid, pidiendo “perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. De nuevo perseguidores y perseguidos quedaban en el mismo plano, con implícito desprecio a las víctimas y a quienes habían evitado el exterminio. Y la súplica de perdón solo podía dirigirse a los verdugos y no a los salvadores. De hecho, sectores del clero amparaban a comunistas, separatistas y terroristas de la ETA buscando congraciarse con los partidos antaño perseguidores y después reducidos a la impotencia.

    El Concilio Vaticano II aspiraba a renovar a la Iglesia y adecuarla a los nuevos tiempos del mundo.  Como decía una resolución de la citada Asamblea, la Iglesia debía “renovarse o decaer”. No está claro que la renovación propuesta tuviese mucho éxito,  pues fue como la señal para que gran número de clérigos ahorcara los hábitos, los seminarios se despoblasen, las asociaciones laicas como Acción Católica quedaran “en los huesos”, y la práctica religiosa descendiera a mínimos. Casualmente ha sido en Vascongadas y Cataluña donde la decadencia ha sido más pronunciada.     

   Desde luego, las acusaciones hechas a la Iglesia eran o muy exageradas o simplemente falsas pero, aun dándolas por reales, asombra la desproporción entre ellas y la saña feroz del ataque. Es obvio que su causa auténtica no reside en tales pretextos. Creo que nos da una clave la excusa del diario azañista Política al describir los edificios religiosos como calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad. Naturalmente, cuanto se hiciera por extirpar aquellas instituciones enemigas de la razón, la justicia y la libertad, sería poco, y en todo caso no valía la pena afligirse por unas cuantas destrucciones y asesinatos más o menos.

    Ya Voltaire, en nombre de la razón, había dado la consigna Écrasez l´infâme (aplastad a la infame), compartida con más o menos apasionamiento por  el pensamiento que se consideraba progresista. La infame era ante todo la Iglesia católica, aunque podía ampliarse al calvinismo. Su aplastamiento sería una exigencia de la razón, . En otro capítulo definimos las ideologías como construcciones basadas intencionalmente en el culto a la Razón, las cuales venían a comportarse como religiones sustitutorias,  al ofrecer  concepciones del mundo y de la vida humana con orden y sentido, al menos aparentes. La religión a sustituir era, evidentemente, el cristianismo, considerado enemigo radical de la Razón.

   La fuente más profunda de la potencia ideológica reside, a mi juicio, en su negación del pecado original, clave de la comprensión religiosa de la condición humana. Creo que ese mito describe, precisamente, el paso de la conducta animal, instintiva e inocente, a la conducta moral propiamente humana, al morder la fruta del árbol del bien y el mal. La acción se presenta como una desobediencia al mandato divino, en la cual queda implícita la idea de la libertad; y el hombre que se vuelve libre ha de aceptar no obstante las consecuencias, en gran medida penosas, de la pérdida de la inocencia instintiva. He citado otras veces los versos en que Walt Whitman expresa, inconscientemente, la misma idea: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos (…) No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”.  El ideal propuesto por las ideologías es la negación del pecado original, la libertad sin culpa ni malas consecuencias, sin responsabilidad en definitiva. Aunque por una paradoja solo aparente, esa libertad se anula a sí misma. El mito griego de Prometeo puede interpretarse de modo semejante.

  Tal vez esta explicación suene demasiado intelectualizada, puesto que desde luego los perseguidores no razonaban así. Pero, con sus muchas variantes o disfraces, en la condición humana persiste la añoranza por una situación en que los deseos se cumplen  sin obstáculos ni castigos, una imposible vuelta a la seguridad del instinto:  “La tierra será un paraíso”, rezaba una versión de La Internacional. Se entiende entonces que, de una manera casi siempre confusa, los perseguidores de la Iglesia se ensañasen de modo especial con el gran obstáculo que durante siglos habría impedido al “pueblo” acceder a cotas inimaginables de libertad y felicidad, al paraíso en la tierra, por emplear el término simbólico. La iglesia era la gran opresora, tanto más cuanto que no ejercía su opresión exteriormente,  como el poder del estado, sino en lo más íntimo de la personalidad humana, aherrojándola con cadenas espirituales. Las ideologías parecían demostrar mediante la razón, que tales cadenas eran pura fantasmagoría al servicio de intereses prácticos inconfesables. Incluso el más analfabeto percibía oscuramente el fondo de la cuestión, que le movía a rebelarse con furia. Aunque conviene señalar que el aparato y los dirigentes más enconados de la persecución tenían muy poco analfabetos o incultos.

   Por su parte,  el catolicismo  no era una doctrina política aunque tenía proyección sobre la teoría de la sociedad y el estado. No aceptaba la idea liberal de un asocial  “estado de naturaleza” superado por un “contrato”, sino que consideraba que la naturaleza humana era propiamente social y en la conducta social subyacía un fundamento de verdad más allá de las variables convenciones y acuerdos entre los humanos, acuerdos que podían resultar nefastos. Los derechos básicos eran naturales, con un fundamento metafísico, no producto de simples convenciones, y el poder venía de Dios pero debía ser ejercido sin tiranía. A su vez, mostraba discrepancias con la economía capitalista poniendo en duda que los acuerdos salariales y de condiciones de trabajo se dieran sobre una base de igualdad entre las partes, y prescribía un “precio justo” y un “salario justo” muy difíciles de concretar. Como fuere, la  Iglesia  podía acomodarse a diversas formas de gobierno e ideologías, excepto las que propugnaban un  estado totalitario que ocupase la sociedad y excluyese entre otras cosas la religión.  En España había convivido bastante bien con el liberalismo de la Restauración, con la dictadura (muy suave) de Primo de Rivera, y se había mostrado básicamente conciliadora con la república, incluso después de la pira de conventos y demás. También convivía con las democracias  europeas, y razonablemente con el fascismo italiano, en bastante menor medida con el nazismo, cuyo totalitarismo había denunciado,  y, hasta el concilio  Vaticano II se había opuesto radicalmente al comunismo, por su ateísmo militante y excluyente y las persecuciones a que había dado lugar. En el Vaticano II se había impuesto, en cambio, el “diálogo con el marxismo”, que causaría graves daños a la Iglesia.

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La Europa de las naciones

Blog I. La  cara de Viñas y la otra cara de Franco: http://gaceta.es/pio-moa/cara-angel-vinas-cara-franco-15112015-2124

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(En LD, 1-8-2011)

La Europa de las naciones

 Estamos tan acostumbrados a ver el mapa de Europa como un mosaico de naciones que apenas nos percatamos de que ellas, en su gran mayoría, han aparecido muy recientemente en la historia. En Nueva historia de España he hecho hincapié en el dato de que solo unas pocas naciones europeas existen de antiguo, y que lo habitual en la mayor parte del continente han sido los imperios.

 El derrumbe del Imperio Romano de Occidente originó dos procesos contrarios: la dispersión en gran número de nuevos reinos bárbaros primitivos y, posteriormente, el intento de recomponer el imperio, ampliándolo a los países germánicos y unificando la religión y el poder político bajo la hegemonía de los francos, empeño fundamental de Carlomagno. Aunque este empeño fracasó, mantuvo una proyección de largo alcance en el designio de un Imperio Romano Germánico desde el siglo X, sacralizado desde el siglo XI. Este fue siempre una estructura endeble y llena de problemas internos, a pesar de lo cual pervivió hasta las guerras napoleónicas, casi diez siglos, por tanto. Y todavía tuvo una derivación secundaria en el Imperio Austrohúngaro, finiquitado después de la I Guerra Mundial.

Por supuesto, el ideal de la unificación política-religiosa nunca se cumplió, porque otros países se mantuvieron al margen, y porque un rasgo peculiar, preñado de las mayores consecuencias en la evolución de Europa occidental, fue la división entre el poder espiritual y el temporal, el religioso y el político: aunque interpenetrados, hubo independencia y rivalidad, incluso guerras entre ellos, y fue en el ámbito imperial donde tomaría cuerpo la revolución de Lutero. La diversidad y frecuente conflicto de ambos poderes, con la mutua limitación inherente, no se dio, por ejemplo, en Bizancio o en Rusia, donde el poder religioso estaba supeditado al político. Tampoco parece haberse dado en otras civilizaciones. Es, pues, una peculiaridad de la cristiandad occidental.Es decir, el ideal y práctica del imperio impidió en toda la Europa central la eclosión de naciones, es decir, de comunidades culturales con Estado, hasta que la impronta napoleónica hizo surgir movimientos nacionalistas en comunidades culturales definidas. Italia no aparece propiamente como nación hasta 1861, y Alemania tardó aún diez años más. Una segunda oleada de naciones surgieron de la disolución de los imperios otomano y austrohúngaro. Más tarde, la implosión del Imperio soviético ha dado lugar a nuevas naciones o a la reconstrucción de otras.

Por consiguiente, hasta tiempos aún recientes había dos Europas, la de los imperios y la de las naciones, correspondientes estas últimas a la parte más occidental del continente: España, Francia, Inglaterra y países escandinavos, más reciente algunos otros como Portugal, Suiza o Países Bajos.

Las tres primeras rechazaron siempre la integración en cualquier imperio europeo y tuvieron una evolución muy particular con respecto a los imperios centro-orientales. España es probablemente la primera nación formada en Europa, en tiempos de Leovigildo, ya he explicado por qué la primacía reclamada por Francia es más dudosa. Inglaterra, bastante posterior, ha ido englobando a países como Gales, Escocia o Irlanda (con pérdida de la mayor parte de esta última en el siglo XX); de España, en cambio, se desgajó Portugal, y Francia ha tenido una historia internamente más complicada. Pero dejando aparte estas cuestiones, una rasgo peculiar de aquellas tres, más Portugal, consistió en la fundación de imperios multicontinentales, a través de los cuales extendieron por todo el mundo la cultura europea y la religión cristiana. Cuando se habla de la “expansión europea” se trata precisamente de estas pocas naciones, en menor medida de Holanda. A su vez, cada una de las tres ha tenido una evolución característica, muy distinta de las otras dos y más todavía del resto del continente.

Como hemos visto, desde principios del siglo XIX ha prevalecido el modelo nacional sobre el modelo imperial. Desde 1945, en cambio, se ha reemprendido la idea de Carlomagno sobre bases laicas y económicas que aspiran a convertirse en políticas. Se ha creado un ambiente contrario a las naciones, acusándolas de factores de guerra (no lo son necesariamente) y atribuyendo al proceso unificador la paz y prosperidad eurooccidentales tras la II GM. Creo que se trata de argumentos falsos. La paz se ha debido ante todo al paraguas atómico useño, y diversos países europeos han corrido con guerras muy largas y crueles en sus colonias, y hoy participan en las eufemísticamente llamadas misiones de paz. La prosperidad tuvo su punto de arranque en el Plan Marshall, no en la unión económica, y diversos países que se mantuvieron fuera del Mercado Común prosperaron a la misma tasa o mayor (como España desde 1960 a 1975), o actualmente Noruega y Suiza al margen de la UE. La pertenencia a la UE ha llevado a países como Irlanda, Grecia, Portugal o España a una prosperidad ficticia que las está empujando a una pérdida mucho mayor de soberanía política en beneficio del eje París-Berlín. Asistimos a un desplazamiento de los idiomas nacionales en beneficio del inglés, al paso que desde 1945 la cultura europea en general ha perdido relevancia comparada con la época anterior o con la eclosión useña, que marca desde entonces la pauta. Opino que conviene reflexionar sobre estos puntos, nada baladíes, y dejar de guiarnos por tópicos biensonantes pero equívocos o de poca sustancia.

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Consideraciones breves sobre los atentados de París

Hay una evidente relación entre los atentados de París y la desestabilización y el caos que ha sembrado la UE en los países árabes.

El estado islámico es un subproducto del caos creado en los países árabes con la ayuda de Usa y UE.

Observen que la increíble barbarie del Estado islámico en Siria e Irak, no han provocado la menor respuesta efectiva de la UE y Usa hasta ahora.

Es curioso que el primero que se ha puesto a combatir al Estado Islámico haya sido Putin; y que Usa y la UE pongan zancadillas a Putin

Cuando oigo a los hipócritas políticos franceses y demás, me acuerdo del asesinato de Gadafi

Los atentados de París permiten saber lo que pasa en Israel, y la complicidad, por lo menos, moral, de la izquierda europea con los islámicos

Rajoy dice que combatirá “la barbarie”. Bolinaga.

Parece como si Rajoy y su PP representaran la civilización. La civilización de Bolinaga.

Dice Pedro Sánchez que unidos derrotaremos al terrorismo islámico como  a la ETA. Se ve que quiere darles legalidad, dinero público, máxima proyección política.  Así “derrotaron” a la ETA estos delincuentes.

¿No eran ataques a toda la humanidad las brutales persecuciones a los cristianos y otros en Siria e Irak? Parece que no.

En Siria e Irak resulta que no eran “enemigos de la humanidad y de la libertad”.

Insistamos en esta evidencia. Usa y UE han desestabilizado a los países árabes. De ahí ha surgido el EI. Y hasta ahora no han atacado al EI.

   Por cierto, ¿Recuerdan la enorme solidaridad de muchos países europeos con la ETA? ¿Recuerdan a Olof Palme? ¿Recuerdan el santuario que reservó Francia a la ETA durante tantos años?

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El asesinato de Gadafi:

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/la-ue-asesina-a-gadafi-la-vergenza-del-valle-de-los-caidos-10539/

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España en Europa

Blog I Recuerdos, 62: “De un tiempo y de un país”. Cómo empezó la OMLE en Madrid: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-62-pais-empezo-omle-madrid-11112015-1933

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España en Europa

 La neutralidad en la I Guerra Mundial dio a España no solo grandes negocios, también autoridad moral y posibilidad de atender mejor a los problemas internos nacidos de la guerra del 98 con Usa. Otra cosa es que estas ventajas fueran mejor o peor (más bien peor) aprovechadas por una clase política muy mediocre, salvo excepciones. En todo caso, una intervención habría agravado inevitablemente los problemas internos.

En la II Guerra Mundial, la neutralidad permitió a España rehacerse de la Guerra Civil, aun si en medio de grandes e inevitables dificultades, y mantener su unidad e independencia. La intervención habría terminado, en caso de victoria alemana, con una satelización sin esperanzas de España al nuevo orden europeo nazi o, en caso contrario, con nuevas y enconadas luchas internas, más una muy probable desmembración del país, como pretendían los separatistas vascos y catalanes ya durante la Guerra Civil. Ningún partido del Frente Popular mostraba especial interés en la unidad de España si ella no convenía a sus intereses particulares –baste recordar las ofertas de Prieto a Londres–, y desde luego ni los anglosajones ni los soviéticos ni los franceses tendrían tampoco mayor interés en ella, si los españoles eran incapaces de mantenerla.

Si exceptuamos el desafío y victoria sobre el aislamiento injustamente impuesto al país después de la última guerra mundial, los únicos grandes, realmente grandes, logros españoles en política exterior durante el siglo XX fueron las dos neutralidades en las guerras mundiales. Y ello indica mucho sobre nuestra auténtica posición en Europa, e invita a extraer algunas lecciones.

La capacidad de acción internacional de España deriva de dos factores: su posición geoestratégica y su fuerza. En cuanto a la primera, nuestro país ocupa una posición extremadamente sensible entre el Mediterráneo y el Atlántico, y entre Europa y África, y su devenir histórico ha dependido en grado muy alto de ese hecho. En las guerras entre Alemania por una parte y Francia e Inglaterra por otra, España quedaba a espaldas de las dos últimas, de modo que su alineación germanófila habría sido catastrófica para ellas; en cambio, su alineación anglofrancófila apenas habría supuesto más que un apoyo auxiliar de carne de cañón, debido al atraso económico e industrial del país. Es decir, la neutralidad española fue en los dos casos una bendición estratégica impagable para los Aliados y una pérdida de grandes oportunidades para los alemanes. Y sin embargo España no tenía ningún conflicto histórico con Alemania, y sí una muy grave sucesión de ellos con Inglaterra y Francia, que han ejercido y ejercen pesados condicionantes sobre la política hispana. Desde ese punto de vista, la alineación germanófila habría sido una fuerte tentación, si no hubiera primado en la conciencia popular y en la de la mayoría de los políticos la impresión de que aquellas luchas nos eran ajenas y no sacaríamos de ellas ninguna ventaja, más bien al contrario. La ausencia de un pensamiento político ha impedido ir más allá de esa impresión, que no originó una verdadera doctrina.

Por lo que hace a la fuerza real de España, ha sido secundaria, en relación a las grandes potencias, desde finales del siglo XVII, insignificante en el XIX y solo algo mayor en el XX. Este escaso poder en todos los terrenos (industrial, militar, político, cultural) también pesaba en pro de la neutralidad. Pero incluso una España mucho más fuerte debería haber preferido la neutralidad, pues la intervención solo le habría generado nuevos problemas.

¿Ha cambiado la situación desde entonces? Franco abandonó la neutralidad bajo la evidencia de que en una nueva contienda la URSS no se detendría en los Pirineos, y la única garantía frente a tal eventualidad no estaba en los países de Europa, sino en Usa. Con todo, mantuvo una independencia y semineutralidad, sin supeditarse a Washington más de lo imprescindible. Por ejemplo, comerció con Cuba pese al embargo useño, cultivó una política independiente en Hispanoamérica, rehusó mandar tropas a Vietnam, prediciendo la derrota useña, o sometió Gibraltar a un semibloqueo que en escala menor devolvía el sufrido por España de Inglaterra durante la guerra mundial y que causaba serios perjuicios a Londres.

Paradójicamente, el debilitamiento y, luego, desaparición de la amenaza soviética dio lugar a un mayor enfeudamiento con los países anglosajones. Felipe González adoptó una esencial sumisión a la política exterior de Usa e Inglaterra. Entró en la OTAN, que dejaba fuera de su cobertura a Ceuta y Melilla, y la colonia de Gibraltar recibió todas las ventajas del gobierno español, sin reciprocidad alguna. Siendo Ceuta y Melilla, precisamente, las ciudades españolas más expuestas a un ataque, ello significaba que España contribuiría, subalternamente, a la defensa de otros países sin recibir nada a cambio y que aceptaba la interferencia de Inglaterra (y no menos de Francia) en la zona del Estrecho. Luego España participó en la primera guerra de Irak y en operaciones en Yugoslavia que, en rigor, caían totalmente fuera de nuestros intereses reales, y en las que solo podíamos actuar como peones de estrategias ajenas. Esa supeditación o satelización se ha hecho cada vez más pronunciada, mientras vemos cómo nuestros amigos y aliados retienen su colonia y juguetean con la secesión de Cataluña o de Vascongadas, entre otras muestras de entrañable amistad.

La lección básica a extraer es que solo saldremos perjudicados supeditándonos a estrategias de países que no tienen ninguna razón para respetarnos, por cuanto nuestros gobiernos muestran gran incapacidad no ya para defender nuestros intereses, sino incluso para comprenderlos.

En fin, la seguridad de la zona del Estrecho, por su importancia comercial y estratégica, no solo afecta a nuestro país, también a las grandes potencias eurooccidentales y a Usa, que tienen allí sus propios intereses y políticas. España no puede rivalizar con ellas, ni le conviene. Puede actuar, en cambio, como garante de la seguridad occidental de la zona desde la base de su soberanía. Ello convendría a todos, aunque aspectos de nuestra política, como la recuperación de Gibraltar, displaciesen a unos u otros. Pero solo podrá hacerlo desde una doctrina exterior independiente y dotándose de la fuerza suficiente para llevarla a cabo, que tampoco tiene por qué ser abrumadora.

Cuanto más débil, dependiente y errática sea su política, más perjuicios sufrirá España de sus amigos y aliados.

 (En LD, 6-4-2011)

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Golpe de estado en un país en putrefacción

A principios de año expuse en el blog el siguiente análisis (Panorama al comenzar un año decisivo: http://gaceta.es/pio-moa/panorama-empezar-ano-02012015-0749)

España afronta hoy una profunda depresión  caracterizada por cuatro tendencias: la disgregación o balcanización de España, que algunos quieren empeorar disolviendo a la nación en la llamada Unión Europea; la degradación de la política en una farsa antidemocrática; la crisis económica y la mala salud social.  Cada uno de estos factores depresivos  requiere explicación, y le dedicaré más artículos, pero ahora voy a dar por hecho que la mayoría los percibe más o menos claramente.  

    La cuestión es que para salir de ahí se necesita una fuerza política capaz de encarar la situación y darle una salida, lo cual exige, para empezar, que perciba claramente los hechos. Esa fuerza, de momento, no existe. Tenemos por una parte una casta política corrupta y delincuente, compuesta por el PP, el PSOE y los separatistas, que ha arrastrado a la nación a la penosa situación actual, y por otra a una pandilla de baratos demagogos marxistoides que explotan el descontento difuso y pueden llevar la crisis al paroxismo. Entre medias, algunos grupos algo mejores, pero débiles y no lo bastante claros para  afrontar el desafío histórico actual.  

   Sobre la casta política apenas vale la pena hablar, porque son claramente los causantes de esta depresión. De los charlatanes ambiciosos de Podemos, sí, porque se presentan como una alternativa y están recibiendo mucha intención de voto. Pero si la opción es entre la peste de Podemos y  el tifus de la casta, el país estará perdido, simplemente.  

   En cuanto a la tercera vía, y a menos que surja algo mejor, se compone de Ciudadanos, UPyD, y VOX. Los dos primeros podrían ser el embrión de esa izquierda civilizada y democrática que España nunca ha tenido; y VOX podría acoger al voto democrático de  derechas, hoy usurpado y parasitado por el PP.  

     Esta me parece, muy resumida, la situación  que va a desarrollarse a lo largo de este año, que tiene aspecto de ser decisivo. No sabemos cómo evolucionarán los acontecimientos, pero sí que el tiempo urge de modo absoluto.   

   Cuando se acerca el final del año, todo ha empeorado menos –dicen— la situación económica, que sigue en plena crisis a pesar de algunas mejoras parciales y con deterioro de la situación laboral de la mayoría de los empleos. El deterioro de la ley, de la justicia, de la Constitución, la corrupción generalizada de los partidos, son los signos cada vez más marcados de la política española.   El rasgo principal de estos meses ha sido la profundización de la crisis balcanizante, a la que ha contribuido de forma sistemática, como siempre el grupo PPSOE, hasta llegar a una declaración de secesión en Cataluña, un golpe de estado que no se sabe cómo terminará, pero que de momento empuja la crisis más al fondo. Los procesos de disgregación del país no han hecho más que avanzar ya desde Aznar. 

   Ni un solo estadista, ni un solo partido se vislumbra capaz de afrontar la crisis de España, que no es solo ni principalmente económica. A lo largo de este tiempo, solo una noticia relativamente buena: Podemos parece estar en declive, cosa buena para el país y mala para el PP, que durante meses ha estado recobrando intención de voto gracias al miedo a la banda de la coleta.  Vox, único partido de derecha más o menos real, permanece en un gueto, incapaz de arrebatar votos al PP.  UPyD, una izquierda más razonable y civilizada que el PSOE,  se ha hundido sin muchas trazas de volver a flote. PPSOE pasa por horas bajas, pero en lo esencial se mantiene, con una sola amenaza a su hegemonía: Ciudadanos, un partido de izquierda progre  un tanto jacobino, con votos de derecha. Los votos de derecha le vienen sobre todo de su defensa de la unidad española, el punto político clave de todo el turbio panorama actual. Defensa solo aparente, pues se trata de un partido ultraeuropeísta y anglómano, entre otras cosas.  

   Todo ello nos lleva a una conclusión: si esto es así se debe a la apatía, a la incapacidad de reacción, la inanidad de una sociedad que lleva muchos años pudriéndose moral e intelectualmente en el reino de la mentira sobre sí misma, sobre su pasado y sus perspectivas. La situación política refleja, precisamente esa podredumbre. España ha atravesado históricamente por situaciones peores y ha salido adelante, pero sería un falso consuelo esperar que ahora vuelva a ocurrir algo parecido. Por ahora no se ven indicios de tal cosa.  

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Campaña 300 por 20, para sostener “Cita con la Historia”. Quienes sean capaces de entender que la raíz de unas políticas nefastas y de la profunda degradación de la política actual se hallan en la falsificación de la historia, en particular de la etapa franquista,  tienen la posibilidad de contribuir al único programa actual, de cualquier partido u oganización, que trata precisamente de ir a esa raíz y tratar de curarla.

   La contribución debe hacerse de dos maneras: promocionando activamente el programa entre conocidos y en las redes sociales, y dando orden en el banco de pasar 20 euros cada mes a la cuenta del programa: Asociación “Tiempo de Ideas Siglo XXI” – BBVA ES09 0182 1364 33 0201543346  

  Última sesión, dentro de la serie “franquismo  y antifranquismo”:. Evolución del PCE desde el maquis a la reconciliación nacional: https://www.youtube.com/watch?v=zY4CpJxQuVg 

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