Racionalidad del marxismo

Blog I Recuerdos (38) “¡Ya meten ruido, ¿eh!”, recuerdos de adolescencia: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-38-meten-ruido-eh-13092015-0817

****Hoy en “Cita con la Historia” trataremos del racismo, un racismo especialmente grotesco, como fundamento real del separatismo catalán. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. Podrán escucharlo también el lunes en podcast (ivoox, itunes), en youtube o en www.citaconlahistoria.es  

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   El marxismo, ideología adversaria del liberalismo, se presentaba como una doctrina científica, no como una ideología, y al igual que el liberalismo, hunde sus raíces en el siglo XVIII, llamado de la Ilustración o de la Razón. En realidad, el hombre siempre ha empleado la razón para organizar sus conocimientos y darles un sentido o utilidad: lo que distingue a la Ilustración fue más bien el “culto” a la Razón, apoyado en los avances científicos que parecían excluir la misma noción de transcendencia. Unos  partidarios de la razón ilustrada prescindían de la religión, por irracional, declarándose abiertamente ateos o bien agnósticos, o bien justificando la “existencia”[1] de un dios poco afín al cristiano. Debía ser posible explicar la vida y la sociedad humanas recurriendo a la razón y no a un hipotético más allá o a una voluntad o espíritu extramundano. A este enfoque se le ha llamado materialismo, atribuyendo a la materia cualidades creativas que las religiones atribuyen a la divinidad.

   Un avance parcial en esa dirección fue el despliegue del pensamiento económico, al que pronto se atribuyeron facultades explicativas  sobre el conjunto de la sociedad. Marx criticaba el liberalismo desde dos enfoques básicos: a) La propiedad y el comercio estaban solo al alcance de una minoría, por lo que una gran mayoría carecía de las condiciones para desarrollarse como ser humano, debiendo limitarse a vender su cuerpo, su “fuerza de trabajo”. b) El liberalismo pensaba en sí mismo y su sistema económico como la culminación y plenitud de la historia humana, pero la historia continuaba, y serían posibles otros sistemas sociales, como lo habían sido en el pasado.  La gran idea de Marx podría describirse así: dada la escasez de los bienes materiales, la lucha por apropiárselos genera de forma espontánea la división de la sociedad en clases, en la que unos explotan a otros. Sobre esa división de base  toman forma las superestructuras “ideológicas”, desde la religión al derecho o el arte, destinadas a sustentar y justificar la opresión de las clases explotadoras, no siendo la superestructura estatal otra cosa que un aparato de violencia al servicio de las clases dominantes.

  La lucha, sorda o abierta, entre las clases dominantes y dominadas mueve la historia, le da su sentido. La Revolución francesa, que coronó  a la Ilustración en el continente, habría sido una manifestación  álgida de esa lucha: la burguesía habría derrocado al  antiguo régimen feudal, impuesto el sistema económico capitalista y aplicado el programa del liberalismo de igualdad jurídica y legal entre los hombres. El capitalismo, a su vez,  habrá  empujado la producción de mercancías a una escala tal que permitía vislumbrar la superación del reino de la escasez, con lo que habría sentado las condiciones para pasar a una sociedad comunista de abundancia generalizada, igualdad y bienestar  del ser humano. Sin embargo el capitalismo exacerbaba al mismo tiempo la explotación, proletarizando y condenando a la miseria a más y más capas sociales. Por ello pasar al comunismo (con un paso previo de socialismo o dictadura del proletariado) exigía derrocar a la burguesía mediante una magna revolución proletaria, que liberaría plenamente las fuerzas productivas y las pondría al servicio de la humanidad y no solo de unos pocos, acabando con la división en clases. Tras el derrocamiento revolucionario del capital se extendería un período de socialismo o dictadura proletaria, en la que el estado se expandiría hasta absorber la sociedad, como instrumento para organizar la economía no burguesa y desarraigar las ideologías del pasado, hasta alcanzar el comunismo, en el cual desaparecería el mismo estado y los individuos gozarían de una libertad y posibilidades de “realización” nunca vistas.

   El marxismo criticaba duramente a la democracia burguesa como un engañoso aparato de poder capitalista, y al liberalismo como un conjunto de ideas contradictorias e interesadas para justificar la dominación del gran capital. No existía un pensamiento realmente autónomo, sino que siempre estaba condicionado por el interés de clase. Así, aunque el liberalismo hablaba de libertades políticas e igualdad jurídica o política, se trataba de un espejismo al no ir acompañadas de igualdad económica.  En religión,  si el liberalismo tendía más bien al agnosticismo, el marxismo se proclamaba ateo militante, calificando la religión de sarta de embustes al servicio de las clases opresoras, para mantener a sumisos los oprimidos (“el opio del pueblo”). En el liberalismo existía una tendencia implícita, a largo plazo, a disolver las naciones  y extender su ideología sobre  toda la humanidad; los marxistas entendían las naciones, esencialmente, como creaciones de la burguesía para asegurarse mercados privilegiados. La lucha por expandir esos mercados daría lugar a imperialismos diversos. En su desarrollo, el capitalismo debía concentrar más y más la propiedad de los medios de producción y las finanzas, hasta dar lugar al capitalismo monopolista o imperialismo, última fase del capitalismo antes de su final definitivo. En consecuencia, los marxistas  se declaraban “internacionalistas”,  lo que no les impedía defender a unas u otras naciones  o emplear el sentimiento nacionalista según ello contribuyese a debilitar  a los imperialismos.

   Tales enfoques ofrecían a la necesidad humana de orden y sentido una respuesta sugestiva y de aire racional. Explicaban la historia humana, incluyendo las “tinieblas religiosas”. Estas provendrían de una impotencia antes tenida por connatural al ser humano, pero que estaba siendo superada por los asombrosos triunfos técnicos y científicos. Se entiende así el poderoso influjo del marxismo sobre millones de personas de todos los niveles sociales, y cabe destacar el alto número de intelectuales marxistas o simpatizantes en casi todos los países, hasta hoy mismo. Por ello, la revolución bolchevique en Rusia suscitó esperanzas en el mundo entero, como un grandioso experimento digno de atención y apoyo. Incluso banqueros y grandes burgueses ayudaron a la construcción del régimen soviético, en parte por buscar ganancias,  en parte por la expectativa de que la nueva sociedad señalara un futuro mejor para todo el mundo sin riesgo inmediato para ellos. Y mucha gente no marxista mostraría década tras década una comprensión benévola hacia la revolución a pesar de sus calamidades, sacrificios y crímenes, tomados por costes inevitables de un programa emancipador nuevo en la historia. También la burguesa Revolución francesa había precisado un terror sanguinario para romper las resistencias del antiguo orden, de modo que no cabía esperar otra cosa de la revolución proletaria, enfrentada a un caduco sistema que empleaba sus poderosos recursos para impedir la transformación liberadora. 

    Ante la falta de confirmación de previsiones marxistas como el empobrecimiento creciente de las masas, en el movimiento marxista llamado socialdemócrata (II Internacional), cundían a principios del siglo XX interpretaciones contrarias a una revolución drástica, que especulaban con la posibilidad de alcanzar el comunismo de forma evolutiva y no revolucionaria, explotando las libertades y ventajas de la democracia burguesa. Lenin analizó el revisionismo como un producto de la entrada del capitalismo en su fase última o imperialista: los grandes monopolios burgueses  extraían beneficios extraordinarios de la explotación colonial, con los cuales permitían algunas mejoras al proletariado de las metrópolis y sobornaban a la socialdemocracia para que  mantuviera sumisa a la clase obrera. La revolución rusa, en consecuencia, rompió con tales “revisionismos”  creó una III Internacional  o Komintern y fomentó escisiones y nuevos partidos denominados comunistas.

    En España, el marxismo inspiró en 1879 la creación el PSOE, en plena época liberal de la Restauración. Su programa consistía explícitamente  en exacerbar la “lucha de clases” hasta destruir el régimen que le permitía organizarse y propagar sus ideas. La revolución rusa provocó escisiones  prosoviéticas en el partido, pero el PCE resultante de ellas no adquirió verdadera potencia hasta la misma guerra civil. El PSOE permaneció adherido a la II Internacional socialdemócrata, pero mantuvo dentro de ella mantuvo la doctrina marxista revolucionaria, sin adherirse a los revisionismos. Así, en España había dos partidos marxistas revolucionarios, aparte de algún grupo menor como el POUM, separados y casi siempre hostiles entre sí, un  poco al modo como había ocurrido con los liberales,  más por matices, tácticas y protagonismos que por diferencias doctrinales de fuste.

   Por lo que respecta a la socialdemocracia revisionista, tuvo muy escasa influencia en España, aunque algunos hayan querido ver, muy erróneamente, al PSOE como partido socialdemócrata. Sin embargo la socialdemocracia era muy fuerte en países como los escandinavos, Francia, Inglaterra o en Alemania hasta la victoria hitleriana;  y durante la guerra adoptaron en general posturas favorables al Frente Popular español, creyéndolo o queriéndolo creer democrático.

   La política socialdemócrata  dentro del sistema demoliberal debía entenderse como lucha pacífica persistente para conquistar mayorías y eliminar progresivamente las ideas a instituciones burguesas, liberales o religiosas, opuestas a lo que entendía por progreso. En la práctica consistía en la utilización de la democracia contra el liberalismo. El estado no sería reducido como querían los socialistas, sino enormemente ampliado  para controlar desde él a la sociedad e imponer poco a poco el socialismo. Su programa tenía indudable afinidad con la descripción que hace Tocqueville del “despotismo democrático”. Un poder inmenso que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Un poder tutelar que se asemejaría, a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia”.



[1] Puesto que a Dios se le supone creador de todo lo existente, con su implicación de principio y fin, a la idea de la divinidad no le correspondería la noción de “existencia”, sino alguna otra. Quizá por eso en la religión judía el propio nombre de Dios no debe decirse.

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Racionalidad del liberalismo

Blog I Recuerdos (37) Primera visita a París

**Mañana, en “Cita con la Historia” nos extenderemos sobre el fondo y fundamento racista del separatismo catalán, mucho menos  conocido que el racismo del PNV. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. También será accesible el lunes en podcast, en YouTube y en www.citaconlahistoria.com

“Cita con la Historia” es el único programa de radio (o de cualquier otro medio) opuesto a la “mentira profesionalizada” sobre la historia de España, que pretende imponerse por ley totalitaria. El programa depende exclusivamente del apoyo económico y del esfuerzo de los lectores por difundirlo. La cuenta para aportar económicamente es: “Tiempo de ideas Siglo XXI, BBVA, ES09 0182 1364 33 0201543346

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Trataré aquí la racionalidad del liberalismo, el marxismo y el fascismo, exponiendo el esbozo al comentario y aguda crítica de los lectores.

Europa era en los años 30 un continente hirviente de ideologías en pugna, por lo que no estará de más exponer algunos rasgos de ellas. La mayoría de los libros de historia sobre la época explican poco al respecto, sea porque dan  por supuesto que el lector  ya sabe a qué atenerse o por la propia dificultad de explicar ideologías contrarias sin caer en la propaganda; pero conviene intentarlo, y en  El derrumbe de la República dediqué varios capítulos a exponer las ideas que impulsaban a unos y otros en España, y sin las cuales no se puede entender nada. Aquí expondré un breve esbozo que ayude a interpretar los sucesos.

   Predominaban por entonces en Europa  tres ideologías, el liberalismo, el marxismo y el fascismo, cada una con su propia racionalidad y concepción del mundo y de la historia, y cada una también con sus variantes. 

   El liberalismo era la más antigua. Su pensamiento político explicaba el poder como consecuencia de la necesidad de poner fin a un mítico “estado de naturaleza”, donde los individuos, aislados y en plena libertad, no se  ajustaban a ningún otro orden que sus deseos. Para impedir la guerra de todos contra todos resultante  fue preciso instituir la sociedad mediante un “contrato” igualmente mítico, que crearía el poder y el estado. De ese contrato podía derivar un estado totalitario (Hobbes) para impedir una anarquía violenta,  o un estado liberal (Locke), mantenedor del orden asegurando la vida, la  propiedad, la libertad y busca de la felicidad de los individuos como derechos naturales anteriores a la formación de la sociedad, es decir, provenientes del estado de naturaleza. Para que ello funcionara sin caer en tiranía, los poderes del estado (ejecutivo, legislativo y judicial) debían mantenerse separados o autónomos (Locke, Montesquieu). 

   La noción de propiedad privada y su derivada, el comercio, tiene importancia  clave en el pensamiento liberal: el interés particular en busca de ganancia articulaba el comercio y sería la base de la riqueza (Adam Smith). El comercio habría permitido pasar de la barbarie a la civilización, la cual facilitaba a sus miembros la paz, la prosperidad y la felicidad posible. El objetivo de la vida social consistía de modo muy relevante en el enriquecimiento. Y como la economía se regulaba por sí sola, según sus propias leyes (“la mano invisible”), el estado no debía intervenir ni regular, o hacerlo lo menos posible (política del laisser faire). En suma, el liberalismo propugnaba un estado mínimo,  que monopolizase la violencia para asegurar el cumplimiento de los contratos y la seguridad interna y externa del país. De hecho, un estado herramienta de los propietarios y comerciantes, controlado por estos mediante el voto en los parlamentos. Un voto restringido (censitario) ya que  por lo común, los propietarios son más cultos y emprendedores que la masa, y políticamente más responsables debido al cuidado por sus propiedades. El resto de la población, más ignorante y con escaso o nulo patrimonio, más expuesto por ello a demagogias, debía ser tenido lo más posible al margen de la política. Tal discriminación entraba en fricción con las libertades políticas (de expresión, asociación, imprenta, conciencia…) y la igualdad jurídica preconizadas por los propios liberales, y por ello no podía durar mucho. De ahí numerosas luchas sociales hasta imponerse finalmente el sufragio universal.

   La importancia de la propiedad privada y el comercio fueron desarrolladas en el liberalismo (por ejemplo en la Escuela Austríaca) como el fundamento mismo de la libertad y de lo propiamente humano, explicando “la acción humana” como una permanente  y compleja ocupación racional por obtener el máximo bienestar, medido en términos esencialmente económicos o en todo caso comerciales. La idea misma de la sociedad como un contrato, es decir, una relación comercial, partiendo de un imaginario estado “de naturaleza” incide en esta concepción del ser humano.

    Una fuente del  liberalismo habían sido las persecuciones entre grupos protestantes, para terminar con las cuales se desarrolló en Inglaterra el concepto de tolerancia (excepto hacia los católicos), que poco a poco se iría aplicando con creciente amplitud. La idea suponía, de modo implícito y después explícito, que la religión debía ser relegada de lo público a la privacidad individual, un designio poco tolerante y  no muy coherente con las libertades. Ello suponía una revolución drástica con respecto a todas las culturas anteriores, en las que la religión había desempeñado un papel crucial en todos los órdenes de la cultura, incluyendo el político. Algunos liberales se declaraban ateos, muchos más agnósticos y, no obstante,  otros muchos profesaban alguna forma de cristianismo. Una corriente liberal respetaba la religión, otra la hostigaba con violencia diversa. Aunque el liberalismo no pretendía ser una ciencia social, sino más bien una filosofía, influía en él la atención a las novedades científicas, y el darwinismo tuvo, en el siglo XIX,  gran impacto en sus enfoques.

    Durante el siglo XIX, la mayoría de los países liberales, en especial Inglaterra, habían conocido una prosperidad sin precedentes históricos, acompañada de considerable libertad política y esplendor cultural. Si tal había ocurrido, no parecía haber ninguna razón para no persistir en el liberalismo, aun a pesar de revoluciones  y guerras o de episodios siniestros como la Gran Hambruna irlandesa o los exterminios de indígenas en las colonias. Pesaban además las crisis y depresiones económicas recurrentes, luego la Gran Guerra de 1914-18 y, en los años 30, la Gran Depresión, que los liberales entendían como desgracias pasajeras y sus adversarios como prueba de su fracaso o de que su experiencia histórica se había agotado.

    En contraste con otros países europeos, el liberalismo en España no había sido precisamente brillante, y el siglo XIX puede considerarse el de su más profunda decadencia: no produjo pensadores  ni estadistas de talla, con la excepción de Cánovas. La invasión napoleónica de 1808 había dejado al país dividido entre liberales y tradicionalistas, resolviéndose la pugna a favor de los liberales en una dura guerra civil, y otras dos secundarias. El triunfo liberal no trajo estabilidad, pues sus partidarios se dividieron en dos corrientes,  exaltada y moderada (luego tomarían otros nombres), que  se agredieron entre sí en una serie de pronunciamientos militares y golpes políticos. Los exaltados, drásticamente anticatólicos, querían imitar la Revolución francesa,  organizaron matanzas de frailes, y su agitación culminaría en la I República, en 1973, la cual estuvo cerca de hundir al país en el caos y las guerras civiles. El rescate vino de las manos de Cánovas, que estableció una Restauración monárquica que permitía la alternancia en el poder con sus adversarios y mostraba mayor respeto a la Iglesia. 

   La corriente liberal exaltada volvería a tener su oportunidad con la II República de 1931. Entonces no vaciló en aliarse con fuerzas revolucionarias obreristas y  totalitarias, así como con los separatismos, dando lugar a unos años convulsos, con destrucción de la legalidad republicana y el descrédito del liberalismo y la democracia, que la mayoría terminó asimilando a aquella experiencia. La guerra subsiguiente incrementaría en el resto de Europa las animadversiones ideológicas, al identificarse, de modo falso, la causa del Frente Popular con la de la democracia y la contraria con el fascismo[1].


[1] Me he extendido sobre esto puntos en varios libros: El derrumbe de la República, Los mitos de la Guerra Civil o Los mitos del franquismo.

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El odio a la verdad en España

La verdad absoluta e  inalcanzable, obviedad que se utiliza a veces para justificar cualquier mentira. Pero hay grados de aproximación y de alejamiento de ella, de otro modo no valdría la pena siquiera  abrir la boca. En España, la verdad produce más bien fobia.

Ya hablé el otro día del libro de Moisés Domínguez En busca del general Balmes, echando por tierra las majaderías de Ángel Viñas, muy publicitadas por la prensa, sobre el supuesto asesinato del general Balmes por Franco.  Domínguez ha sido coautor también de un trabajo definitivo sobre la “matanza de Badajoz”, uno de los mitos predilectos de la izquierda, apoyada por la derecha,  que asimismo recibió mucha menos atención de la merecida. El autor me ha escrito al respecto sobre su experiencia negativa con los medios y con  ciertos autores: Sé que este presunto historiador-Viñas- sabe de la existencia de mi libro, igual que lo sabe Preston, pues tiene un ejemplar, pero a buen seguro y como en otras ocasiones meterán el rabo entre las piernas y no dirá/n ni rebatirá/n nada,  pues por ejemplo para Viñas sería desmontar el libelo que escribió en 2011 “La conspiración…..”y claro ,eso sería tanto como asumir que si se ha equivocado en un caso tan claro como el de Balmes qué no habrá hecho en otras ocasiones.

 Mi libro se basa en documentos inéditos sobre la muerte del General y las circunstancias que rodearon su accidente y en estudios científicos de forenses y peritos balísticos. Nada que ver con el cúmulo de elucubraciones, chismes y chascarrillos con los que Viñas escribió ese pasquín de feria. ni tan siquiera se han puesto en contacto conmigo. Simplemente no interesa y mejor silenciar que dar una noticia que rompa los moldes de una historia preconcebida y hecha a medida  de la izquierda y de una derechona cobardona.

A veces siento impotencia por no poder expresarme a través de los medios pero es que si no eres un desmemoriado historio-cuentista nadie te hace el menor caso. En fin, seguiremos gritando en el desierto.

Por cierto, parece que,  en respuesta a  Los mitos del franquismo, Viñas  amenaza con un nuevo libro sobre Franco, a quien presenta al nivel de un vulgar corrupto socialista.  Es el nivel intelectual predominante hoy en España. A algunas personas les ha chocado que mi libro vaya tan a contracorriente: “¿Cómo es posible que tanta gente esté equivocada?”, me dicen. Les pregunto: “¿Usted daría crédito a las acusaciones de personas demostradamente corruptas y mentirosas? ¿Daría crédito intelectual a Zapatero y todo lo que él representa? ¿A Pujol y compañía, con todos sus intelectuales e historiadores más o menos subvencionados? Piense en quiénes son esos que atacan la memoria del franquismo y  mandan en el país”. Asombrosamente, muchas personas son conscientes de que esos individuos son cualquier cosa menos de fiar. Pero cuando se trata de una época trascendental de la historia de España, les siguen la corriente.

Y por eso hemos llegado a la crítica situación política (y moral) de nuestros días, en el reino de la falsedad y el embuste.

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En “Cita con la Historia” nos oponemos a la  falsificación del pasado y el envenenamiento del presente que intenta imponerse por ley (de “memoria histórica”). Las cuatro sesiones de este mes las dedicamos a los mitos del separatismo catalán, que gracias a la colaboración de la izquierda y la derecha “españolas” han creado una situación muy peligrosa en el país. El problema es serio y debe tratarse seriamente.  El domingo pasado hablamos de la Diada. Este domingo hablaremos del racismo como un elemento clave, hoy encubierto a medias, en el separatismo catalán.

   Sobre la Diada: http://citaconlahistoria.es/ 

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Cambio de valores. Cómo empezó la canallería del PP con la ETA

**Companys, héroe y mártir del separatismo catalán: http://citaconlahistoria.es/2015/07/12/la-figura-de-luis-compayns/

Blog I Recuerdos (36) Primer viaje a dedo: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-36-primer-viaje-dedo-10092015-0936  

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Héctor y Paris

27 de Octubre de 2006 – 12:33:38 – Pío Moa – 417 comentarios

Héctor y Alejandro, más conocido por Paris, aparecen en La Ilíada como caracteres opuestos, reflejo también de distintas actitudes masculinas hacia la mujer. Por dos veces Héctor increpa así al otro: “Miserable Paris de bella figura, mujeriego, seductor …”. Helena, a su vez, manifiesta desprecio hacia su amante: “Ya que los dioses decidieron causar estos males, debió tocarme ser mujer de un varón mejor, a quien dolieran la indignación y los reproches de la gente. Pero éste no tiene firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que terminará cosechando su fruto”.

Héctor, en cambio, parece hombre de una sola mujer, fiel a Andrómaca, a quien expresa su angustia insoportable: “Bien lo entiende mi inteligencia y lo presiente mi corazón: vendrá el día en que perezcan la sagrada Ilión y el pueblo de Príamo armado con lanzas de fresno. Pero la futura desdicha de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de mis hermanos, tantos y tan valerosos, que caerán en el polvo bajos sus enemigos, no me importan tanto como la que sufrirás tú cuando algún aqueo de coraza de bronce te lleve llorosa, privándote de la libertad. Y quizá tejas tela en Argos bajo el mando de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseida o Hiperea, agobiada por la pena y la dura necesidad. Y acaso alguien exclame, al ver como derramas lágrimas: “Esta fue la esposa de Héctor, el héroe más descollante entre los troyanos domadores de caballos, cuando combatían en torno a Ilión”. Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero ojalá cubra mi cadáver un montón de tierra antes que oír tus gritos y ver cómo te arrastran”.

La cultura española ha creado dos personajes de fondo parecido, aunque con una presentación muy diferente: Don Quijote y Don Juan. Dos de los tres grandes mitos, junto con el de Celestina, creados por nuestra literatura, según Maeztu.

¡Lo que pueden cambian los valores! Los insultos de Héctor a Paris sonarían hoy a halagos, y la burda película de W. Petersen hace de Paris el héroe, de acuerdo con las convenciones actuales. Héctor sería mirado más bien como un pobre hombre, o suscitaría burlas.

Paris replica en una ocasión a hermano: “No me eches en cara los amables dones de la áurea Afrodita, pues no son despreciables los eximios regalos de los dioses, ni puede nadie elegirlos a su gusto”. Palabras llenas de sentido y merecedoras de comentario, ya habrá ocasión, espero. Y Helena expresa otro pensamiento entre burlesco y enigmático: “Zeus nos dio un mal sino, a fin de que sirvamos a los hombres venideros de asunto para sus relatos”.

¿Puede regenerarse el PP?

31 de Octubre de 2006 – 14:55:19 – Pío Moa – 387 comentarios

Rajoy no teme el ridículo. Acaba de ofrecer a Zapo el Rojo, por enésima vez, su apoyo frente a la ETA. ¿Por qué creerá que Zapo colabora políticamente con los asesinos? ¿Por ingenuidad? ¿Es Rajoy ingenuo cuando supone que Zapo se engaña con respecto al carácter de la ETA? Sería ingenuo creer en la ingenuidad de cualquiera de ellos.

El episodio me recuerda otro de la Anábasis: “Así habló Jenofonte. Los capitanes, después de oírle, le invitaron a que los dirigiera, excepto un tal Apolónides, que hablaba con acento beocio; éste dijo que era un necio quien pensase en salvarse de otro modo que mediante un acuerdo con el rey. Y se puso a enumerar las dificultades. Pero Jenofonte le interrumpió y dijo: “Buen hombre, me parece que tú no te percatas de las cosas aunque las veas, ni las recuerdas aunque te las hayan contado. Estabas presente cuando el rey, después de morir Ciro y envalentonado por ello, envió mensajeros para que entregáramos las armas. Y cuando nosotros, lejos de ello, marchamos armados y acampamos junto a sus tropas, ¿qué hizo sino enviarnos heraldos pidiendo treguas y ofreciendo víveres hasta que se acordaran? Y cuando los generales y capitanes, haciendo como tú pides, fueron desarmados y confiados a conferenciar con ellos, ¿no es cierto que, golpeados, heridos, ultrajados, ni morir pueden los desdichados a pesar de desearlo vivamente, según creo? Y sabiendo tú todo esto, ¿llamas necios a quienes aconsejamos la defensa, y dices que debemos volver a los tratos? Un griego que tiene tal carácter deshonra a su ciudad y a toda Grecia”.

Rajoy tampoco parece percatarse de las cosas aunque las vea, ni recordarlas aunque se las hayan contado, acaso porque, empeñado en mirar al futuro, pierde de vista el presente y el pasado. Por ello no solo entrega, metafóricamente, las armas, sino que ofrece su ayuda al mayor enemigo de la democracia y la unidad de España.

¿Podrá cambiar Rajoy o regenerarse el PP? Me temo que a quienes prefieren no percatarse de las cosas solo el varapalo de los electores puede inducirlos a dar un viraje. Si yo viviera en Cataluña votaría a “Ciudadanos”, de ningún modo al PP. Y si éste recibe allí su merecido, tal vez el aviso le induzca a volver a la línea de Vidal Quadras, Mayor Oreja, Esperanza Aguirre etc. Aunque solo sea por no perder las poltronas.

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¿Se rearma la ETA? De ningún modo. Tiene, seguramente, muchas más armas de las que precisa. El robo de las pistolas es sólo un gesto político. La banda asesina tiene la sartén por el mango, chantajea al país y advierte a Zapo: has de pasar por el aro hasta el final. La democracia española a merced de dos bandas de canallas.Blog de Del Pino:

El testaferro de ETA en la Moncloa (que creo que se llama Zapatero) no sólo no va a tomar ninguna medida tras el robo de centenares de pistolas en Francia, sino que se ha descolgado con unas declaraciones en las que afirma que el sanguinario etarra Ignacio de Juana Chaos “es favorable al proceso de paz”.

Y yo me pregunto: ¿serán favorables al proceso de paz, según Zapatero, las personas que fueron asesinadas por ese etarra exquisito que sólo ingiere jamón de york y miel durante las huelgas de hambre? ¿Serán favorables al proceso de paz, según Zapatero, los familiares de esos asesinados? ¿Serán favorables al proceso de paz, según Zapatero, las viudas, los huérfanos y los mutilados por esos chicos tan simpáticos que comparten objetivos con Zapatero?

Decididamente, este hombre es un canalla.

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Holodomor y Gran hambruna

 

Blog I: Recuerdos (35) Calzadas romanas:  http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-35-calzadas-romanas-09092015-1003

**Por qué el aislamiento internacional promovido por Stalin y sus aliados, y que buscaba crear una gran hambruna, no consiguió poner a España de rodillas:

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Holodomor  se llama a las grandes hambrunas de Ucrania en los años 30,   provocadas por la colectivización y la política staliniana de castigo al campesinado burgués o pequeño burgués. Se calcula que perecieron  4-5 millones de personas (algunas estimaciones duplican la cifra, y otros la reducen a la mitad. En todo caso fue una mortandad tremenda). Ucrania tendría por entonces unos 30 millones de habitantes  pereciendo uno de cada siete u ocho habitantes.    La Gran Hambruna irlandesa, 85 años antes del Holodomor,  mató a en torno a 1- 1,5 millones de personas de una población estimada en 8 millones, es decir, una proporción semejante o superior a la de Ucrania (para hacernos una idea, la guerra civil española causó algo más de 260.000 víctimas mortales en una población de 24 millones, y el hambre de posguerra  menos de 4.000, en total algo más de una víctima por cada 100 personas). Hubo además otros dos millones o más de irlandeses forzados a emigrar en condiciones a menudo atroces.

Las semejanzas entre Holodomor y Gran Hambruna van más allá de lo meramente cuantitativo: ambas provinieron de unas políticas que, sin tratar de provocar deliberadamente el hambre, llevaban a ella. En un caso fue la colectivización,  en el otro la ocupación  de las mejores tierras irlandesas  por  ingleses y otros protestantes, reduciendo a la gran masa de los irlandeses a la miseria y a una subsistencia paupérrima a base de patatas.  La colectivización, una idea absurda, se hacía no obstante con la intención de mejorar la producción y las condiciones de vida del campesinado, aunque diera los resultados contrarios. La expropiación de las tierras de los irlandeses se hacía con la intención de mejorar las condiciones de vida… de los ocupantes.

  En los dos casos había grandes depósitos de alimentos (cereales, carne, etc.), protegidos por guardias armadas para que las víctimas no tuvieran acceso a ellos: mientras el hambre cundía dramáticamente, Irlanda exportaba productos agrarios, con gran beneficio para los terratenientes foráneos. Los emigrantes, hacinados en pésimas condiciones en barcos insalubres, fueron otra fuente de beneficios para los navieros ingleses. En los dos casos, además, hubo una propaganda culpando a las víctimas de su propia situación, incluso opiniones  lamentando que la cosa no fuera a más, para acabar de una vez con el “problema” irlandés o la resistencia de los campesinos “kulaks” en Ucrania.

    Estos son los datos globales. ¿Podemos hablar de genocidio en los dos casos? Parece que sí. Falta, sin duda, la intención abierta de exterminio, con lo que aquellas terrible hambres pueden achacarse a circunstancias no deseadas. Pero en ninguno de los dos casos se intentó siquiera imponer medidas efectivas que paliaran la catástrofe, lo que viene a ser algo muy parecido, una especie de genocidio hipócrita. Los hechos han dado lugar, sobre todo en el caso de Irlanda, a abundante literatura exculpatoria, difuminando o haciendo borroso el balance global para centrar la atención en tales o cuales detalles contradictorios (como “había también algunos terratenientes católicos que explotaban a sus colonos”, o “ingleses que simpatizaban con los irlandeses”,  o “medidas de beneficencia”, o “los astilleros de Belfast marchaban muy bien”), que de ningún modo alteran dicho balance, sino que constituyen más bien una muestra más de hipocresía.

   Lo mismo ocurre cuando se denigran las luchas por la independencia de Irlanda. La isla fue conquistada a sangre y fuego, esclavizados muchos de sus habitantes y despojados la mayoría, lo cual no queda desmentido por el hecho de que hubiera ingleses compasivos, o que algunos se volvieron nacionalistas irlandeses; o irlandeses muy prestos a colaborar con los invasores o a disculparlos (como pasó en España cuando la invasión francesa,  o en Francia con los nazis en la SGM). También está claro que Irlanda solo se sacudió el “suave yugo” inglés por medio de la lucha armada y no por una acción pacífica y constitucional que Londres sabía manejar muy bien a su favor, partiendo de su posición de fuerza (y cuando no consigue manejarla, simplemente impone la fuerza desnuda, según vemos en Gibraltar). . Y es evidente que si en el Ulster ha mejorado la situación de los católicos y se les ha concedido un poco de autonomía,  se debe en medida importante a la lucha armada del IRA, aunque muchas de sus acciones sean repulsivas y condenables. Como otras de sus contrarios. El hecho es que la violenta ocupación de Irlanda y reducción de la mayoría de sus habitantes a la miseria, un resultado de lo cual fue la Gran Hambruna, ha motivado un lógico resentimiento histórico entre la mayoría de los irlandeses, que les llevó en su momento a liberarse de sus “protectores”.

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Los simbolismos de la Diada están completamente equivocados. http://citaconlahistoria.es/

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