Blog I Recuerdos (38) “¡Ya meten ruido, ¿eh!”, recuerdos de adolescencia: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-38-meten-ruido-eh-13092015-0817
****Hoy en “Cita con la Historia” trataremos del racismo, un racismo especialmente grotesco, como fundamento real del separatismo catalán. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. Podrán escucharlo también el lunes en podcast (ivoox, itunes), en youtube o en www.citaconlahistoria.es
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El marxismo, ideología adversaria del liberalismo, se presentaba como una doctrina científica, no como una ideología, y al igual que el liberalismo, hunde sus raíces en el siglo XVIII, llamado de la Ilustración o de la Razón. En realidad, el hombre siempre ha empleado la razón para organizar sus conocimientos y darles un sentido o utilidad: lo que distingue a la Ilustración fue más bien el “culto” a la Razón, apoyado en los avances científicos que parecían excluir la misma noción de transcendencia. Unos partidarios de la razón ilustrada prescindían de la religión, por irracional, declarándose abiertamente ateos o bien agnósticos, o bien justificando la “existencia”[1] de un dios poco afín al cristiano. Debía ser posible explicar la vida y la sociedad humanas recurriendo a la razón y no a un hipotético más allá o a una voluntad o espíritu extramundano. A este enfoque se le ha llamado materialismo, atribuyendo a la materia cualidades creativas que las religiones atribuyen a la divinidad.
Un avance parcial en esa dirección fue el despliegue del pensamiento económico, al que pronto se atribuyeron facultades explicativas sobre el conjunto de la sociedad. Marx criticaba el liberalismo desde dos enfoques básicos: a) La propiedad y el comercio estaban solo al alcance de una minoría, por lo que una gran mayoría carecía de las condiciones para desarrollarse como ser humano, debiendo limitarse a vender su cuerpo, su “fuerza de trabajo”. b) El liberalismo pensaba en sí mismo y su sistema económico como la culminación y plenitud de la historia humana, pero la historia continuaba, y serían posibles otros sistemas sociales, como lo habían sido en el pasado. La gran idea de Marx podría describirse así: dada la escasez de los bienes materiales, la lucha por apropiárselos genera de forma espontánea la división de la sociedad en clases, en la que unos explotan a otros. Sobre esa división de base toman forma las superestructuras “ideológicas”, desde la religión al derecho o el arte, destinadas a sustentar y justificar la opresión de las clases explotadoras, no siendo la superestructura estatal otra cosa que un aparato de violencia al servicio de las clases dominantes.
La lucha, sorda o abierta, entre las clases dominantes y dominadas mueve la historia, le da su sentido. La Revolución francesa, que coronó a la Ilustración en el continente, habría sido una manifestación álgida de esa lucha: la burguesía habría derrocado al antiguo régimen feudal, impuesto el sistema económico capitalista y aplicado el programa del liberalismo de igualdad jurídica y legal entre los hombres. El capitalismo, a su vez, habrá empujado la producción de mercancías a una escala tal que permitía vislumbrar la superación del reino de la escasez, con lo que habría sentado las condiciones para pasar a una sociedad comunista de abundancia generalizada, igualdad y bienestar del ser humano. Sin embargo el capitalismo exacerbaba al mismo tiempo la explotación, proletarizando y condenando a la miseria a más y más capas sociales. Por ello pasar al comunismo (con un paso previo de socialismo o dictadura del proletariado) exigía derrocar a la burguesía mediante una magna revolución proletaria, que liberaría plenamente las fuerzas productivas y las pondría al servicio de la humanidad y no solo de unos pocos, acabando con la división en clases. Tras el derrocamiento revolucionario del capital se extendería un período de socialismo o dictadura proletaria, en la que el estado se expandiría hasta absorber la sociedad, como instrumento para organizar la economía no burguesa y desarraigar las ideologías del pasado, hasta alcanzar el comunismo, en el cual desaparecería el mismo estado y los individuos gozarían de una libertad y posibilidades de “realización” nunca vistas.
El marxismo criticaba duramente a la democracia burguesa como un engañoso aparato de poder capitalista, y al liberalismo como un conjunto de ideas contradictorias e interesadas para justificar la dominación del gran capital. No existía un pensamiento realmente autónomo, sino que siempre estaba condicionado por el interés de clase. Así, aunque el liberalismo hablaba de libertades políticas e igualdad jurídica o política, se trataba de un espejismo al no ir acompañadas de igualdad económica. En religión, si el liberalismo tendía más bien al agnosticismo, el marxismo se proclamaba ateo militante, calificando la religión de sarta de embustes al servicio de las clases opresoras, para mantener a sumisos los oprimidos (“el opio del pueblo”). En el liberalismo existía una tendencia implícita, a largo plazo, a disolver las naciones y extender su ideología sobre toda la humanidad; los marxistas entendían las naciones, esencialmente, como creaciones de la burguesía para asegurarse mercados privilegiados. La lucha por expandir esos mercados daría lugar a imperialismos diversos. En su desarrollo, el capitalismo debía concentrar más y más la propiedad de los medios de producción y las finanzas, hasta dar lugar al capitalismo monopolista o imperialismo, última fase del capitalismo antes de su final definitivo. En consecuencia, los marxistas se declaraban “internacionalistas”, lo que no les impedía defender a unas u otras naciones o emplear el sentimiento nacionalista según ello contribuyese a debilitar a los imperialismos.
Tales enfoques ofrecían a la necesidad humana de orden y sentido una respuesta sugestiva y de aire racional. Explicaban la historia humana, incluyendo las “tinieblas religiosas”. Estas provendrían de una impotencia antes tenida por connatural al ser humano, pero que estaba siendo superada por los asombrosos triunfos técnicos y científicos. Se entiende así el poderoso influjo del marxismo sobre millones de personas de todos los niveles sociales, y cabe destacar el alto número de intelectuales marxistas o simpatizantes en casi todos los países, hasta hoy mismo. Por ello, la revolución bolchevique en Rusia suscitó esperanzas en el mundo entero, como un grandioso experimento digno de atención y apoyo. Incluso banqueros y grandes burgueses ayudaron a la construcción del régimen soviético, en parte por buscar ganancias, en parte por la expectativa de que la nueva sociedad señalara un futuro mejor para todo el mundo sin riesgo inmediato para ellos. Y mucha gente no marxista mostraría década tras década una comprensión benévola hacia la revolución a pesar de sus calamidades, sacrificios y crímenes, tomados por costes inevitables de un programa emancipador nuevo en la historia. También la burguesa Revolución francesa había precisado un terror sanguinario para romper las resistencias del antiguo orden, de modo que no cabía esperar otra cosa de la revolución proletaria, enfrentada a un caduco sistema que empleaba sus poderosos recursos para impedir la transformación liberadora.
Ante la falta de confirmación de previsiones marxistas como el empobrecimiento creciente de las masas, en el movimiento marxista llamado socialdemócrata (II Internacional), cundían a principios del siglo XX interpretaciones contrarias a una revolución drástica, que especulaban con la posibilidad de alcanzar el comunismo de forma evolutiva y no revolucionaria, explotando las libertades y ventajas de la democracia burguesa. Lenin analizó el revisionismo como un producto de la entrada del capitalismo en su fase última o imperialista: los grandes monopolios burgueses extraían beneficios extraordinarios de la explotación colonial, con los cuales permitían algunas mejoras al proletariado de las metrópolis y sobornaban a la socialdemocracia para que mantuviera sumisa a la clase obrera. La revolución rusa, en consecuencia, rompió con tales “revisionismos” creó una III Internacional o Komintern y fomentó escisiones y nuevos partidos denominados comunistas.
En España, el marxismo inspiró en 1879 la creación el PSOE, en plena época liberal de la Restauración. Su programa consistía explícitamente en exacerbar la “lucha de clases” hasta destruir el régimen que le permitía organizarse y propagar sus ideas. La revolución rusa provocó escisiones prosoviéticas en el partido, pero el PCE resultante de ellas no adquirió verdadera potencia hasta la misma guerra civil. El PSOE permaneció adherido a la II Internacional socialdemócrata, pero mantuvo dentro de ella mantuvo la doctrina marxista revolucionaria, sin adherirse a los revisionismos. Así, en España había dos partidos marxistas revolucionarios, aparte de algún grupo menor como el POUM, separados y casi siempre hostiles entre sí, un poco al modo como había ocurrido con los liberales, más por matices, tácticas y protagonismos que por diferencias doctrinales de fuste.
Por lo que respecta a la socialdemocracia revisionista, tuvo muy escasa influencia en España, aunque algunos hayan querido ver, muy erróneamente, al PSOE como partido socialdemócrata. Sin embargo la socialdemocracia era muy fuerte en países como los escandinavos, Francia, Inglaterra o en Alemania hasta la victoria hitleriana; y durante la guerra adoptaron en general posturas favorables al Frente Popular español, creyéndolo o queriéndolo creer democrático.
La política socialdemócrata dentro del sistema demoliberal debía entenderse como lucha pacífica persistente para conquistar mayorías y eliminar progresivamente las ideas a instituciones burguesas, liberales o religiosas, opuestas a lo que entendía por progreso. En la práctica consistía en la utilización de la democracia contra el liberalismo. El estado no sería reducido como querían los socialistas, sino enormemente ampliado para controlar desde él a la sociedad e imponer poco a poco el socialismo. Su programa tenía indudable afinidad con la descripción que hace Tocqueville del “despotismo democrático”. Un poder inmenso que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Un poder tutelar que se asemejaría, a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia”.
[1] Puesto que a Dios se le supone creador de todo lo existente, con su implicación de principio y fin, a la idea de la divinidad no le correspondería la noción de “existencia”, sino alguna otra. Quizá por eso en la religión judía el propio nombre de Dios no debe decirse.

