“La misa negra en la cama de Macià” y el asesinato del Capità Collons

Blog I: Recuerdos (19) Adiós a un amigo: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-19-adios-amigo-21082015-0701

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Companys,  el héroe y mártir por excelencia del separatismo catalán, a quien dedican estadios, monumentos y una intensa literatura sentimental, fue juzgado, tuvo defensa que él agradeció, condenado a muerte y ejecutado por los nacionales en 1940. Realmente había sido un golpista contra la república en 1934, pero la alquimia propagandística lo ha presentado como un adalid de la república. Y había presidido la época de mayores crímenes, probablemente, de la historia de Cataluña, pero los malabarismos propagandistas insisten en que era un excelente demócrata. Prestó a Franco buenos servicios, aun si por completo involuntarios, por medio de intrigas y aventuras bélicas que traían a Azaña desesperado, pero las versiones separatistas lo presentan como un bastión contra los nacionales… Ahora que el separatismo catalán está en plan de ir a por todas e imponer un nuevo golpe de estado, como en el verano de 1934, no está de más recordar algunos hechos del pasado que pueden iluminar aspectos del presente.

El asesinato de los hermanos Badia

Alejandro Lerroux escribió dos libros de memorias. A uno de ellos, centrado en la II República, lo tituló, acertadamente, La pequeña historia, porque no exponía análisis generales sino más bien asuntos personales y secundarios, aunque siempre interesantes.

 Cabe hablar de Gran Historia, que gira en torno a fuerzas impersonales, y de Pequeña Historia, en la que la anécdota personal pasa a primer plano. La segunda es más popular, porque a la gente suele aburrirle las exposiciones algo abstractas. Un ejemplo lo ofrecerían el asesinato de los hermanos Badia y sus consecuencias.

En El derrumbe de la República y la Guerra Civil escribí:

En marzo [es una evidente errata] los anarquistas asesinaron a los hermanos Badia, uno de los cuales tan relevante papel había tenido en la rebelión de 1934. Se intentó atribuir el atentado a la Falange, y los burgueses de izquierda no lograban disimular su despecho. Miquel Badia había declarado a La Ciutat el 25 de octubre anterior: “Si hubiéramos triunfado, nuestra República [catalana] habría dado el máximo de libertades sindicales. Habría tomado la forma socialista, reformista o comunista, siguiendo el desarrollo de las masas. Todo por la liberación de Cataluña, incluso el comunismo, según dijo Macià en Perpiñán, en 1923″. Su entierro fue una enorme manifestación política de los nacionalistas, no estaba claro si contra la Falange o contra la FAI.

Por entonces yo no conocía ciertos datos del asunto, publicados más tarde.

Los hermanos Badia, Josep y Miquel, pertenecían al ala ultraseparatista del nacionalismo catalán (Estat Català), y en su muerte todo apunta a la intervención del presidente de la Generalidad, Lluís Companys, que de antiguo tenía contactos con pistoleros anarquistas. Companys y su entorno manipularon a la opinión achacando la autoría a la Falange, y rentabilizaron el crimen denunciando la ineptitud de las fuerzas de seguridad, cuyo control asumió el poder central tras la intentona de octubre del 34, y exigiendo su vuelta a la Generalitat. El juez encargado del caso descubrió a los autores, terroristas de la FAI, pero fue relevado oportunamente por otro que soltó a los detenidos tras dar crédito a sus endebles coartadas. Por entonces, aún más que ahora, la independencia judicial había finado. Pero los nacionalistas ultras, o menos ultras, no se llamaron a engaño, y el crimen redundó en tres hechos políticos: la separación y refundación de Estat Català, antes integrado en la Esquerra, el asesinato de un travesti o cliente de travestis, soplón del espionaje de la Generalitat, y, sobre todo, un complot para asesinar a Companys y sus consejeros, según unas versiones, o para secuestrarlo y exiliarlo, según otras.

 

Los hechos pueden explicarse suficientemente, para la Gran Historia, apuntando al choque entre distintas políticas. Estat Català quería imponer la secesión de Cataluña y aplastar a la anarquista CNT-FAI. Miquel Badia, despreciando a Companys por blando, se jactaba de que, si le dejaran hacer a él y a los suyos, harían “desaparecer a esa gente [los jefes anarquistas] en quince días”. En cambio, Companys prefería entenderse con la CNT, porque siempre había tenido lazos con ella y porque la encontraba demasiado fuerte. Además, en la rebelión de octubre del 34 había comprobado la flojera de los ultraseparatistas (y de los demás nacionalistas, incluido él mismo), por lo que entendía que el choque sangriento con la CNT, pretendido por los Badia, sería suicida. Por otra parte, el golpe de octubre del 34 en Barcelona había resultado tan ridículo que, para recobrar la popularidad, el sector de Companys desplegó una intensa propaganda para endilgar los errores y torpezas a Dencàs y a Miquel Badia, lo cual extremó las tensiones (en junio del 36 tuvo lugar en el Parlament una discusión entre Companys y Dencàs muy reveladora de los hechos, así como del carácter de los dos personajes y de los diputados de la Esquerra, empeñados en silenciar las verdades del barquero expuestas por el acosado Dencàs. He citado extensamente aquel virulento diálogo en Los orígenes de la Guerra Civil). Companys volvió de la cárcel convertido en un héroe, en “la encarnación de Cataluña”, y en ese contexto entran bastante bien el doble asesinato, la refundación de Estat Català al margen de la Esquerra y otras venganzas.

Lluís Companys.Al reanudarse la guerra, en julio del 36, las tensiones entre nacionalistas se hicieron aún más feroces. Companys entró en alianza con la CNT, pues no le quedaba otra si quería conservar algo de poder. No era una alianza amistosa, pues Companys intrigaba con los comunistas para, en el momento adecuado, deshacerse de los ácratas. En cambio, los ultraseparatistas pretendían liquidar de una vez a la CNT-FAI e imponer la secesión de Cataluña, buscando el reconocimiento de Francia, Inglaterra y la Alemania nazi (el componente racista en el nacionalismo catalán siempre fue muy fuerte). Al efecto elaboraron, hacia octubre-noviembre, un plan: sus milicias descenderían desde los Pirineos mientras, en Barcelona, fuerzas adictas secuestraban o liquidaban el gobierno de Companys. En el complot participaban, entre otros, el presidente del Parlament, Joan Casanovas, que presuntamente debía sustituir a Companys, y el comisario de Orden Público, Andreu Reverter o Revertés. Así, los hermanos Badia quedarían vengados y la política catalana reorientada. Pero, quizá por indiscreciones o jactancias de los conspiradores, o bien por disputas en torno al botín de los saqueos –frecuentes por aquellos días–, la CNT detuvo a Reverter, el cual, para salvarse, confesó los planes en marcha, exculpándose, o bien amenazó a Companys con descubrir negocios sucios suyos.

El complot, en todo caso, salió a la luz. A Reverter se le ofreció la excarcelación y la huida a Francia, pero al salir libre unos agentes de Companys, encargados de conducirle al exilio, le mataron en una cuneta. Casanovas y otros más tuvieron que pasar apresuradamente los Pirineos, y la Generalitat aprobó aquella justicia. Así naufragó una conspiración que pudo cambiar la política de entonces.

Veamos ahora la Pequeña Historia, que ha explicado el historiador Enrique Ucelay da Cal (aquí me guío por el amplio resumen de su trabajo hecho por José García Domínguez), y que contribuye de modo importante a explicar el asunto. Miquel Badia, conocido en medios nacionalistas por Capità Collons (Capitán Cojones), había tenido relaciones íntimas con una moza de las juventudes nacionalistas, Carme Ballester, casada con otro miembro del partido. También requirió a la chica Companys, ya cincuentón pero en mejor posición política, y la convirtió en su amante. En una ocasión, ella y el president fueron sorprendidos en pleno acto sexual en un despacho de la sede de las Juventudes. Los celos entre los dos políticos se hicieron muy agudos, al punto de que Companys obligó a Carme a jurarle fidelidad sobre el lecho que había pertenecido a Francesc Macià, ceremonia bautizada por el todo Barcelona como “la misa negra en la cama de Macià”. No eran solo políticas, por tanto, las diferencias entre Companys y Miquel Badía, causantes de la eliminación de este y de su hermano.

Carme adquirió extraordinaria influencia política a través de Companys, su amante y, desde octubre del 36, marido. Ella detestaba a Casanovas –que también tenía una vida sentimental complicada, con una cabaretera del Paralelo–, aversión que pudo haber influido en la radicalización política de este a partir de la inquina creada entre él y Companys; en cambio, era muy amiga del matrimonio Reverter o Revertés, el cual la había protegido en su casa cuando los sucesos de octubre del 34. Carme convenció a Companys de que nombrase a Reverter comisario de Orden Público, un cargo de máxima importancia, aunque la CNT seguía controlándolo en gran medida.

La carrera de este hombre tiene interés. Considerado un alcahuete de políticos, a quienes proporcionaba chicas jóvenes –incluso posiblemente a su propia esposa–, había entrado en el círculo íntimo de Companys. Reverter utilizó su puesto, según diversos indicios, para participar en la exportación de metales preciosos saqueados en domicilios particulares y bancos y para pedir comisiones sobre tráfico de armas, y esa habría sido la razón o el pretexto de su detención por los anarquistas. Sigue siendo oscura la razón de su entrada en la conspiración contra Companys, que le había elevado a una posición tan significada. Quizá le indujera a ello la rivalidad con los anarquistas, o el simple afán de conseguir más dinero; incluso puede que pensara en la posibilidad de ocupar el puesto de Companys. Este, en todo caso, tras haberle encumbrado no sólo le hundió, sino que, con la mayor probabilidad, hizo que le engañaran con la promesa de la huida a Francia y le asesinaran. Reverter, en España o en Francia, sabía demasiado y podía hacer mucho daño a su ex protector.

Sobre el asesinato de los hermanos Badia, fuentes nacionalistas habrían destacado un improbable desacuerdo ético de Companys con los métodos drásticos (palizas, torturas, algunas muertes) empleados por Miquel cuando había estado al cargo de la policía. Otro nacionalista, Josep Andreu Abelló, explicó que Badia había querido entregarle un informe comprometedor sobre diversos dirigentes de la Esquerra, pero que no había podido hacerlo porque el día de la cita para la entrega coincidió con el de su asesinato.

Este Andreu Abelló tiene también una historia llamativa. Cofundador de la Esquerra, al final de la guerra civil se exilió en Méjico, donde, con Prieto y algún otro, manejaba los inmensos fondos robados y trasladados allí en el yate Vita. Años después apareció por Tánger convertido en banquero, volvió a España sin problemas y entró en la Banca Catalana de Pujol. Durante la transición dejó la Esquerra para cofundar el PSC-Congrès, grupo que influiría en el giro nacionalista del socialismo en Cataluña, siempre en pugna con las bases de izquierda no nacionalistas, a las que lograría controlar.     

Estos episodios  los ha estudiado el historiador Ucelay da Cal y comentado José García Domínguez, en quienes me baso. Companys es hoy el héroe por excelencia del nacionalismo catalán, enaltecido en mil publicaciones, y su nombre titula estadios y centros oficiales diversos. No cabe duda de que esta historia sobrepasa la novela negra más elaborada, y debería dar pie a nuevas investigaciones para aclarar los puntos todavía oscuros. He propuesto varias veces que personas bien documentadas deberían escribir una colección de semblanzas verídicas de personajes del nacionalismo.

(En LD, 17-11-2010)

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Sin conocer el franquismo no se entenderá la situación actual de España:

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El itinerante corazón de Macià / El desastroso siglo XIX español y los liberales

Blog I. Recuerdos (18) El canto del ruiseñor: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-18-canto-ruisenor-20082015-0804

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El itinerante corazón de Macià

Cuando murió Macià, primer presidente de la Generalidad en la república, le fue extraído el corazón, que según los separatistas, representaba el corazón de Cataluña. Macià etenía mucho de orate, como reconoce implícitamente su amigo Alcalá Zamora. En 1926 organizó una invasión de Cataluña desde Prats de Molló con sus “bravos almogávares”, al objeto de imponer por las armas la secesión de Cataluña.  Como es habitual en las grandes empresas separatistas, la invasión quedó en nada cuando un grupo de gendarmes franceses detuvo sin la menor resistencia a los “almogávares”. Después, diversas complicidades masónicas permitieron a Macià convertir el juicio por su astracanada en una plataforma de propaganda contra España. Los  “hechos” de Prats de Molló convirtieron  a Macià  en motivo de irrisión en Cataluña. Sin embargo, por una reacción sentimental no inhabitual en  circunstancias históricas cambiantes, Macià se convirtió en “héroe nacionalista” al llegar la república, como recuerda un asombrado Cambó. Y procedió a nuevas maniobras golpistas sin consecuencias. 

   Macià murió en diciembre de 1933  y en una ceremonia (masónica, según algunos) el corazón le fue arrancado y guardado en una urna. Hacia el final de la guerra civil,  Tarradellas se llevó el corazón a Francia, tras advertir a la familia que el cadáver había sido trasladado a un panteón diferente (Collaso Gil) para evitar profanaciones. Llegada la transición, el ayuntamiento de Barcelona preparó una gran ceremonia  para devolver el corazón  a su lugar de origen. Pero he aquí que el cadáver no se hallaba en el panteón, sino en su tumba original, que los nacionales no habían profanado. La sorpresa mayor se produce cuando se encuentra que el corazón no había sido extraído del cuerpo del pobre Macià. El escándalo fue eficazmente tapado y olvidado, pero  no puede negarse que representa bastante bien lo que algunos llaman “la cultura del nacionalismo”. Como “la misa negra en la cama de Macià”, de la que ya he hablado.

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Del siglo XIX nos llama la atención la profunda depresión de la enseñanza, en particular la universitaria, el escaso talento de los liberales y el cerrilismo tradicionalista. En diciembre de  2011 respondía así en LD a César Vidal:

Afirma  César Vidal: En no escasa medida, el siglo XIX español fue un desangramiento nacional provocado por el intento –no siempre feliz– de los liberales por crear un estado moderno y la insistencia de la iglesia católica por abortar esa posibilidad

¿De verdad? El poco estimulante siglo XIX español fue un regalo de la invasión napoleónica, de carácter estrictamente contrario a la Iglesia. Hubo una resistencia no solo de gran parte de la Iglesia, sino popular, a unas reformas liberales bienintencionadas aunque sin mucho talento, que el pueblo identificaba con la Revolución y la invasión francesa, y sus destrozos. Por desgracia, en la mentalidad popular el liberalismo llegó a España como un acompañamiento de dicha destructiva invasión y en parte también del brutal comportamiento (saqueos, asesinatos, violaciones, destrucción de manufacturas) de los “aliados” protestantes ingleses. Por ello fue una tendencia muy minoritaria que tomó auge apoyándose fundamentalmente en el ejército y en capas minoritarias.  

  Una muy dura guerra civil resolvió el asunto a favor de los liberales (las otras dos guerras carlistas tuvieron mucha menor importancia y las ganaron también los liberales). Por consiguiente, la inestabilidad de la época procedió en parte fundamental de las discordias entre la facción liberal moderada, más fructífera,  y la extremista, ansiosa de imitar a la Revolución francesa y autora de persecuciones y matanzas de religiosos. De ahí provino la plaga de los pronunciamientos, los espadones, las conspiraciones masónicas hasta derivar a una I República desastrosa que estuvo a un paso de destruir la nación española en una triple guerra civil. 

  El antagonismo creado entre amplios sectores de la Iglesia (y del pueblo) y los liberales, entró en vías de arreglo con la Restauración, un liberalismo moderado en relación bastante buena con la Iglesia y con el Vaticano. El “desangramiento” fue así contenido. Había sectores católicos muy reaccionarios, pero minoritarios y sin influencia política, a los que don César trata de dar un protagonismo definitorio, con poco respeto a la verdad.  Y la Restauración se vino abajo precisamente por el surgimiento de mesianismos ateos o ateoides, enemigos frontales de la Iglesia. Mesianismos inspirados, en gran medida, en la propaganda protestante de la Leyenda negra.  

    Creo que don César debiera matizar algo más tanto sus esquemas históricos como su admiración un tanto beata y acrítica por el protestantismo, que, aunque a don César le cueste creerlo, tiene en su haber crímenes y desastres de cierta consideración.  Sin olvidar que hay cierto abuso en  hablar de protestantismo, cuando las doctrinas de Lutero han dado lugar a decenas o cientos de iglesias enfrentadas entre sí, a menudo violentamente y cuyo único común denominador es la aversión a la Iglesia católica, única institución, si no estoy equivocado, que ha permanecido dos mil años superando a menudo crisis extremas frente a mil enemigos. Solo por este hecho debiera ser enfocada esa Iglesia con más precaución y menos “alegría” de la que suelen haber tenido sus muchos enterradores; que han terminado al final enterrados.

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“The Economist” no ama a España / La amnistía de la transición

Blog I: Recuerdos (17) Cómo me hice marxista: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-17-hice-marxista-19082015-0834

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Siendo Rajoy émulo de Zapatero…

“The Economist” no ama a España

29 de Julio de 2006 – 11:20:34 – Pío Moa – 387 comentarios

Zapo y su gobierno se han aliado con los separatistas y los terroristas y han tratado de aislar al PP. Se han aliado con aquellos con el fin evidente de liquidar la Constitución española, y ese hecho vuelve ilegítimo al gobierno. Han premiado a los terroristas islámicos –si fueron ellos quienes organizaron el atentado del 11-M, cosa cada vez más dudosa–. Están destruyendo la independencia del poder judicial y creándose una especie de guardia pretoriana, así como un cuerpo de comisarios políticos en la enseñanza. Han organizado el hostigamiento a los órganos de expresión discrepantes. Promueven una alianza con diversas dictaduras del Tercer Mundo, incluyendo algunas de las más perjudiciales para España, como la marroquí o la cubana. Falsifican la historia de forma provocadora, en el espíritu del Frente Popular. Cuando estaban en la oposición, sus violentas manifestaciones transcurrían bajo banderas totalitarias y anticonstitucionales. El mismo Zapo se ha identificado con la ideología más totalitaria y genocida del siglo XX; y nunca ha querido identificarse, en cambio, como español. Y así sucesivamente.

Es difícil imaginar a un Zapo inglés en el 10 de Downing Street. Y, sin embargo, ninguna de sus fechorías preocupa en absoluto a The Economist, que pretende pasar por órgano privilegiado del liberalismo no sólo en Gran Bretaña, sino en el mundo. La masonizada revista felicita a Zapo en un artículo titulado expresivamente “Viva Zapatero”, y en su entusiasmo amonesta al PP por su oposición “vitriólica y desordenada” (desordenada lo es, ciertamente). En plan de activo propagandista del PSOE, llega a amenazar a la derecha con que, de ese modo, perderá “el centro”. Una de las debilidades de The Economist  ha sido siempre dar lecciones a diestra y siniestra.

La razón de estas posiciones no es difícil de detectar para quien conozca un poco su trasfondo: el prejuicio antiespañol, fuertemente arraigado en sectores bastante amplios de la Gran Bretaña, influidos por la leyenda negra (“Formidable vitalidad de la sombra de Felipe II”, ya observaba el anglófilo liberal Madariaga). Zapo, en efecto, personifica el mayor peligro que haya sufrido la democracia española desde 1978.

En pocas palabras: “¡Viva Zapatero, abajo España!”.

¡Ah, la mala memoria…!

27 de Julio de 2006 – 10:14:25 – Pío Moa – 280 comentarios

Memoria y amnistía

Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS

Realmente los socialistas necesitan recuperar la memoria. No ya todos los españoles, sino ellos y sus compañeros de la izquierda comunista y republicana. Los seguidores de Zapatero y Carod Rovira deberían recordar las grandes manifestaciones por la amnistía, esto es, por el “olvido”, que es lo que significa el término “amnistía”. Y, ¿a qué olvido se referían las pancartas y los manifiestos de los intelectuales en aquellos días previos a la legalización de los partidos? Al del “pasado”. A la cura definitiva de las profundísimas heridas abiertas por la II República y la guerra civil.

Fue la izquierda, que ahora pide leyes de memoria histórica, la que pidió borrón y cuenta nueva. A comienzos de los setenta reclamó perdón para abrir las sedes de los partidos y ahora quiere utilizar selectivamente el recuerdo para justificar la persecución del partido al que considera sucesor de los que le concedieron la amnistía.

Amnistía para la izquierda en la primera transición; memoria histórica para tapar la legalización de ETA en esta segunda fase.

El caso español es el único cambio de régimen en que unos partidos clandestinos piden perdón y olvido al poder constituido. Al solicitar la amnistía, la izquierda estaba reconociendo no sólo una relación de fuerzas desigual y, por tanto, su incapacidad para resolver el problema de la transición mediante la confrontación, sino la legitimidad del régimen para hacer una concesión tan trascendental como la amnistía. Además, la oposición venía a reconocer con ello su “culpa” histórica. La que le había llevado a seguir en la oposición durante cuatro décadas. Para levantarse necesitaba obtener la “gracia” del poder existente: en esos momentos ya la Monarquía.

Nunca nadie ha reflexionado sobre el significado político que tuvo la reclamación de la amnistía por parte de los partidos españoles de la oposición al franquismo. Los socialistas han comparado Pinochet a Franco, pero ¿acaso los partidarios de Ricardo Lagos o Clodomiro Almeida recorrieron las grandes avenidas de Santiago de Chile para pedirle a Pinochet la amnistía?

Yo también reclamo la recuperación de la memoria histórica. Recomiendo, por eso, como lecturas de verano, los libros de Schlayer y Baroja sobre la guerra civil… Un retorno aconsejable a unas miserias por las que la izquierda tuvo que pedir amnistía para levantar la cabeza.

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Con motivo del acto antijudío en el festival Rototom muchos han sacado absurdamente a relucir la Inquisición.

Casi todo lo que ud creía saber sobre la Inquisición es falso”: http://citaconlahistoria.es/2014/05/25/la-inquisicion-en-espana-y-sus-falsos-mitos/

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Separatismos: circunstancias y líderes

Blog I: Recuerdos (16) Melancolía por la juventud ida: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-sueltos-16-melancolia-juventud-ida-18082015-0754

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En 2006 decía “nacionalismos”, pero la palabra adecuada es separatismos. Y no tenía en cuenta lo bastante la influencia de un racismo estrafalario tanto en el separatismo vasco como en el catalán. Desde la derrota nazi procuran ocultar aquella manía, pero les resurge constantemente, como en su insistencia en los “hechos diferenciales”, o últimamente en la “genética”, que dice Junqueras. En realidad, sin ese racismo subayacente, los separatismos perderían toda su fuerza.

 Otro punto a destacar es el surgimiento, a principios del siglo XX,  del “regeneracionismo”, muy favorable a los separatismos por la común denigración del pasado español. En 2004 publiqué el primer estudio en profundidad de los separatismos vasco y catalán en estrecha relación con la evolución política de España. El libro se vendió muy bien, pero no dio lugar a debate alguno, y ello, unido al hecho de ser el primero en su género (y creo que sigue sin haber otro) pese a abordar cuestiones tan cruciales, indica el marasmo cultural y político de la España actual. 

Separatismos: circunstancias y líderes

LD, 23 de Junio de 2006 – 11:46:20 – Pío Moa – 141 comentarios

Los separatismos vasco y catalán fueron incubándose bajo la Restauración, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando todavía nacionalismo y liberalismo parecían marchar unidos, salvo en Alemania. Sin embargo, en España tardaron mucho los regionalismos románticos en convertirse en separatismos, no ocurriendo ello hasta la última década del siglo, tardíamente con respecto a otros separatismos europeos, y con un tinte antiliberal.

Tanto en la población vasca como en la catalana había tenido mucha aceptación el carlismo. Sin embargo fueron sus regiones las más beneficiadas por el triunfo liberal, pues en ellas –en Barcelona y Bilbao– surgieron las minorías emprendedoras que mejor aprovecharon la estabilidad y el mercado nacional abierto por la Restauración. Por tanto cabía esperar que sus burguesías y la gente común hubieran reforzado sus sentimientos unitarios, y simpatizado con el liberalismo. En parte así ocurrió, desde luego, pero la prosperidad incluyó un fenómeno más alarmante: atrajo a Bilbao y a Barcelona a decenas de miles de trabajadores de otras regiones, mano de obra en su mayoría analfabeta, poco religiosa, a menudo desarraigada, explotada y proclive a actitudes revolucionarias. Ello despertaba en las crecientes clases medias autóctonas una sensación de peligro y desorden, mezclada, a menudo, con la añoranza por un idealizado ayer de tranquilidad y armonía.

El descontento con algunos efectos del liberalismo anclaba también en la tradición carlista, una de cuyas reivindicaciones había sido los fueros regionales o provinciales, leyes particulares de origen medieval que, entre otras cosas, fragmentaban el mercado único. Los fueros de Cataluña habían sido abolidos en 1716, tras la guerra de Sucesión, por haber apoyado la oligarquía y muchos catalanes a la dinastía austriaca, en lugar de a la triunfante borbónica; y los vascos en 1876, después de la última guerra carlista.

Por otra parte el dinamismo de Bilbao y Barcelona provocaba roces con una administración madrileña plagada de viejas rutinas semirrurales y oligárquicas, deploradas por las pujantes capas industriales y comerciales. Se extendió la idea en medios populares y menos populares de que “catalanes y vascos” eran los únicos que trabajaban, viviendo las demás  a su costa. Por supuesto, la situación podía presentarse también al revés: Cataluña y Vasconia no sólo se beneficiaban del mercado nacional (más el colonial), sino que prácticamente lo tenían cautivo merced a unos aranceles muy altos, impuestos por Madrid para proteger, precisamente, sus industrias, las industrias españolas, en definitiva. Y quienes trabajaban allí eran, en gran parte, gentes de otras regiones.

Los separatismos iban a crecer, pues, en ese ambiente, explotando el orgullo por la prosperidad económica, el descontento con la pesada administración central, la inseguridad introducida por la inmigración, el miedo a los brotes revolucionarios, la aversión tradicional al liberalismo, y la nostalgia por un pasado ideal concretado en los fueros, en cuya abolición veían o querían ver el fin de la “libertad” catalana y vasca.

Sentimientos un tanto contradictorios, porque el progreso material se asentaba, precisamente, en la mano de obra barata llegada del resto del país y en la eliminación de los fueros, que, al ampliar los mercados, había dado alas a la industria textil catalana y la metalúrgica vizcaína. Volver a los fueros habría traído la ruina económica, por lo que su invocación funcionaba más bien como una querencia sentimental del pasado, justificadora del disgusto con las dificultades del presente. Y los defectos de la administración central podían verse como productos irremediables de una institución a destruir, o como males transitorios, superables mediante reformas.

Peculiaridad importante de estos separatismos fue la impronta clerical en su gestación. El nacionalismo catalán tuvo una raíz fundamental en medios de la Iglesia, aunque al principio no pasara en ellos de regionalismo. En Vascongadas se trató más bien de un acogimiento eclesiástico de las doctrinas, de matiz teocrático, elaboradas por Sabino Arana. En ambas regiones diversos seminarios, monasterios y parroquias llegaron a convertirse en focos de separatismo. Y mucho más tarde, por los años 60 del siglo XX, bajo el régimen de Franco, el clero iba a desempeñar de nuevo un papel crucial en el resurgimiento de los separatismos, aunque en un contexto muy diferente y por causas también diferentes.

Choca a primera vista el nacionalismo clerical, pues España había desempeñado durante siglos el papel de adalid del catolicismo en Europa y en medio mundo. ¿Cómo, de pronto, unos católicos fervientes desvalorizaban esa tradición y pugnaban por romper la vieja unidad hispana? Una explicación reside en las quiebras sociales y políticas del siglo XIX y en el triunfo final del liberalismo. Esta ideología había llegado con la invasión napoleónica, inspirándose en la revolución francesa y con un componente antirreligioso y violento muy pronunciado, alzando contra ella un frontal rechazo en los ambientes más católicos, que por reacción se anclaron en una ortodoxia anquilosada. Al triunfar el liberalismo, diversos clérigos pensaron salvar lo salvable en sus propias regiones, donde tan fuerte había sido la influencia carlista. No insinúo una continuidad entre carlismo y separatismo. Por el contrario, el carlismo había defendido firmemente la unidad española, aun si la concebía al modo descentralizado del antiguo régimen; por lo tanto el nacionalismo suponía una ruptura con él. La relación es más bien indirecta y producto del ambiente. Las repetidas derrotas carlistas dejaban a finales del siglo poca esperanza de volver al antiguo régimen, y el nacionalismo clerical, considerando a Cataluña y Vasconia regiones privilegiadamente católicas, quería salvarlas de la general degradación. Hasta cierto punto los separatismos  vasco y catalán nacieron como reacción regional contra el liberalismo triunfante en el conjunto del país.

Esta explicación resulta, no obstante, insuficiente, por cuanto la Restauración había creado un sistema moderado, ajeno a las antiguas exaltaciones, pronunciamientos militares y ataques a la religión, haciendo posible una convivencia espinosa, pero aceptable, entre la Iglesia y el estado. Pero fue precisamente entonces cuando tomaron cuerpo los movimientos anarquistas y marxistas, confirmando en apariencia la vieja crítica al liberalismo como puerta abierta a esas ideologías, que irrumpían prometiendo textualmente la sangrienta abolición de la religión, la propiedad privada y la familia.

El paso del regionalismo al nacionalismo entrañaba otro cambio radical. Como en todos los países, había existido siempre una rivalidad entre las regiones. El “contrario”, en Cataluña y, en menor medida en el País Vasco, había sido Castilla. Sin embargo la decadencia castellana en el siglo XIX era manifiesta, y su hegemonía en la política y la cultura se había desvanecido de mucho tiempo atrás. Los nacionalistas vascos y catalanes mostraban animadversión hacia Castilla, cuya historia y hegemonía pasadas zaherían y menospreciaban, pero considerarla una “nación opresora” sonaba por lo menos exagerado. Aunque la unidad española bajo los Reyes Católicos había mantenido una considerable diferenciación entre los reinos, especialmente el de Castilla y el del Aragón, esa diferencia se había ido diluyendo desde el siglo XVIII, como también la antigua preeminencia demográfica y económica castellana. Aun así, los separatismos vasco y catalán exacerbaron las quejas y diferencias, y dieron el paso de la tensión con Castilla a la oposición a España.

De todas formas, durante el último decenio del siglo XIX, ambos separatismos atraían a muy poca gente. Quedaban en cosa de algunos intelectuales y clérigos y, sobre todo en Cataluña, se confundía con el mero regionalismo cultural. Pero a finales de esa década, en 1898, ocurrió uno de los sucesos psicológica y políticamente más determinantes de la historia contemporánea española: la derrota frente a Usa, y la pérdida de las últimas colonias. Como se ha resaltado a menudo, el “desastre” no lo fue en el terreno económico –resultó incluso beneficioso desde ese punto de vista– pero sí en el orden moral: quebró la confianza y la seguridad de España en mayor grado todavía que las de Francia por su derrota frente a Alemania en 1870. Inundó el país una marea de autodesprecio y fueron puestas en cuestión la historia y la cultura españolas, y el valor mismo de su unidad. Ese momento psicológico marca el auge y consolidación de los separatismos catalán y vasco.

Siendo así, cabe preguntarse por qué cobró impulso el separatismo en esas dos regiones, y no en otras tan diferenciadas como Valencia, Baleares, Navarra, Galicia o Andalucía. Algunos encuentran la causa en la industrialización, la “burguesía”. Quizá, pero ambos separatismos tuvieron mucho de reacción a la industrialización, o más bien a uno de sus efectos principales: la llegada de una masa de inmigrantes. Y ambos enraizaron más bien en capas medias y campesinas que en el medio empresarial, sobre todo en el caso vasco. Además el progreso industrial fue previo al  separatismo y no debió nada a éste, del cual sólo podía esperar peligros, al implicar una fuerte restricción del mercado para las empresas regionales.

A mi juicio, no basta con la existencia de condiciones generales u “objetivas” más o menos favorables para que una idea política cuaje. Hace falta un liderazgo lo bastante hábil y empeñado para explotar esas condiciones y superar los obstáculos. Y la presencia de líderes inspirados, enérgicos y tenaces no es algo previsible o automático en unas circunstancias económicas, sociales o culturales dadas. Es un producto azaroso de mil circunstancias, muchas de ellas estrictamente personales e impronosticables. Ese liderazgo no surgió en la mayoría de las regiones, pero sí en Vasconia con Sabino Arana, y en Cataluña con Prat de la Riba y Cambó. Los dos primeros elaboraron sendas teorizaciones sobre sus respectivas regiones, así como, más o menos explícitamente, sobre España. Y, no menos importante, combinaban con su dedicación teórica una completa devoción a la causa y la verdad que creyeron descubrir. El cambio real de regionalismo a nacionalismo se produce ya a finales del siglo XIX, y muy ligado a la obra de Arana y de Prat de la Riba, y por ello le daré en este ensayo mayor relieve que a disquisiciones eruditas sobre los antecedentes, inspiraciones o variantes de sus doctrinas.

No porque tales disquisiciones y estudios sean vanos, ni mucho menos. Al contrario, a menudo –aunque no siempre– clarifican las cosas, pero por no ser indispensables al objeto de este libro, me extenderé poco sobre ellas. Así, apenas trataré temas como la actual polémica dentro del nacionalismo catalán sobre la importancia relativa de Almirall y de Prat, o las implicaciones demo-orgánicas de las Bases de Manresa, o las raíces del mesianismo vasquista “limpiador de la tierra” desde Larramendi, estudiadas por M. Azurmendi, etc. Dicho en otros términos, parto del supuesto, a mi juicio evidente, de que fueron las ideas y fuertes personalidades de Arana y Prat, enfrentadas a un medio poco propicio, las fundadoras e impulsoras de ambos separatismos; y de que atendiendo a ellas podemos entender suficientemente –no exhaustivamente, claro, si eso fuera posible– los rasgos de cada uno y muchas claves de su desarrollo y repercusiones a lo largo del siglo XX.

Los dos personajes fueron prácticamente coetáneos, con diferencia de cinco años. Los dos murieron prematuramente, Arana con 38 años, en 1903, y Prat con 46, en 1917. Había entre ellos otras muchas semejanzas. Si, desde el punto de vista intelectual, nadie podría considerarlos brillantes, suplían esa deficiencia con el instinto, por así llamarlo, de los fundadores; con la convicción sin fisuras en sus ideas, cuya verdad redentora para sus pueblos tenían por irrefutable; y con una tenacidad extraordinaria, nacida de esa convicción. Ambos poseían dotes de organización y propaganda muy notables, y, considerando la unidad española perjudicial para vascos y catalanes, retrotraían a tiempos pasados, a veces un tanto brumosos, el ideal de plenitud nacional, para cuya recuperación habría sonado la hora. Eran, además, muy católicos.

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Nacionalismos /El terrible señor Rajoy

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Nacionalismos

27 de Junio de 2006 – 08:46:13 – Pío Moa – 234 comentarios

La crisis española actual puede presentarse como una pugna entre nacionalismos: el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos. Siendo el nacionalismo un mal, según diversas doctrinas, la salida resultaría siempre insatisfactoria.

Aunque las naciones, propiamente hablando, se formen en Europa y como resultado de la caída del imperio romano, y vayan adquiriendo forma precisa en la edad moderna, podemos definir el nacionalismo en dos sentidos. En primer lugar como el sentimiento natural de patria, de identificación con un grupo social amplio y su territorio –sentimiento que puede ser incluso más fuerte que el de identificación con la propia familia, el grupo más elemental—. Y en segundo lugar como el concepto de que la soberanía reside en la nación (el “pueblo”), y no en el rey u otra autoridad no elegida directamente por la nación, idea mucho más moderna, con poco más de dos siglos de existencia.

No es difícil ver por qué la unión de ese sentimiento y ese concepto ha permitido extender el nacionalismo por todo el mundo en el último siglo, a grupos humanos que nunca habían sido naciones, excepto en el sentido primitivo usado por los romanos.

Sin embargo no todos los nacionalismos son lo mismo, como no son lo mismo todos los estados (excepto para los anarquistas) o todas las formas de hacer negocio. Para empezar, hay naciones con profundas raíces históricas y culturales, y las hay que son más bien invención de oligarquías locales ambiciosas de poder; y hay nacionalismos ligados a la democracia y los hay ligados a la tiranía.

El terrible señor Rajoy

30 de Junio de 2006 – 08:10:46 – Pío Moa – 367 comentarios

El señor Rajoy vuelve a tomar el pelo a los ciudadanos:

“Y, por tanto, mientras las condiciones no cambien y mientras no se den esas garantías a las que antes he hecho referencia, nosotros no podemos apoyar al Gobierno, sobre la base de que para el Partido Popular será siempre un objetivo nacional la recuperación de la libertad y derrotar a la organización terrorista ETA”.

Terrible lenguaje. El gobierno, la ETA y los demás separatistas, empeñados en un proceso acelerado de destrucción de la Constitución, ¡y resulta que el señor Rajoy no los va a apoyar! ¡Qué miedo, qué desolación sentirán la ETA y el gobierno, privados de ese imprescindible apoyo! ¡Qué tremendo este Rajoy!

Ese “no apoyo” en lugar de la denuncia y el ataque a fondo a los liberticidas es sólo una forma de colaboración con el proceso. ¿En qué se manifestará esa colaboración? En lo que se viene manifestando: la desmovilización y desmoralización de los ciudadanos. Tal es el papel de Rajoy.

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Nunca entro en bares o locales con nombres en inglés. Nunca compro artículos que se anuncian en inglés. Nunca compro ropas o artículos con grafismos en inglés. Creo que va siendo hora de protestar y boicotear esas cosas.

No se debe a que deteste la cultura anglosajona, admiro muchos aspectos de ella. Se debe a que esa cultura sabe defenderse muy bien, y no precisa mi ayuda. En cambio la cultura hispana se defiende muy mal, y no deberíamos ahorrar esfuerzos por cambiar tal situación. Sufrimos una auténtica colonización cultural, cuyos principales agentes son españoles. Incluidos los más gritones antiuseños

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