Para difundir tan masivamente como se pueda.
**El gobierno del PSOE, en 1982, declaró su intención de “matar a Montesquieu”, es decir la división de poderes, y con ella la democracia. Montesquieu acaba de ser rematado por la sentencia de un infame Tribunal Supremo al servicio de la norcoreana Ley de Estafa Histórica.
**La profanación de los restos de Franco supondría, en el plano simbólico, el triunfo de los estafadores sobre el legado de un gran estadista. Y políticamente el fin del régimen de la Transición y de la legalidad democrática, tan vulnerada por los partidos.
**El PSOE está destruyendo lo que queda de la democracia salida de la Transición. Tiene un largo historial pues también destruyó lo que de democrático había en la república.
**El planeado ultraje a los restos de Franco lo es también a la monarquía, a la Iglesia y a la democracia. Y una victoria para los herederos de un Frente Popular compuesto antaño como ahora por totalitarios y separatistas.
**En la república, Franco defendió la legalidad que casi todos los políticos vulneraron. Y la defendió especialmente en 1934, contra el PSOE y los separatistas precisamente, que hoy creen poder imponerse de nuevo.
**Por una gigantesca falsificación histórica, el PSOE, separatistas y comunistas se han atribuido la democracia actual, cuyo origen verdadero es la sociedad legada por Franco, próspera, reconciliada y libre de odios del pasado.
**Franco solo se sublevó en 1936, tras el asesinato de Calvo Sotelo, al considerar que ni moral ni políticamente podía seguir sirviendo al gobierno criminal del Frente Popular
**La gran estafa del PSOE actual consiste en demoler la democracia en nombre de la democracia. Destrucción promovida a su vez por un estafador con doctorado fraudulento.
**El designio criminal de ultrajar a Franco y al Valle de los Caídos está poniendo al desnudo la podredumbre moral y política de las instituciones, que vengo denunciando desde hace años: el poder judicial, los obispos, los monárquicos y particularmente el PP.
**No comprendo cómo no hay en la Iglesia un movimiento de protesta contra el gobierno y contra una jerarquía indiferente al ultraje al estadista que la salvó del exterminio.
No olviden difundir la carta a los jueces: https://www.piomoa.es/?p=11254
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D. Julio, pregunta usted si me considero modélico o ejemplar por publicar Adiós a un tiempo y otros escritos autobiográficos. No creo que haga falta considerarse tal cosa para escribir autobiografía. En una entrevista precisamente sobre este libro, Luis del Pino me suponía satisfecho con mi vida. Le dije que no me sentía satisfecho o insatisfecho, sino desconcertado. Y escribo sobre ella por ese desconcierto, que en mí crece cuantos más años cumplo. La vida humana es un misterio en general, y desde luego la vida de uno es un misterio para uno mismo. Y no solo por lo que decía Omar Jayam, sino porque está compuesta de tal número de azares, encuentros, lecturas casuales, frustraciones, atracciones y rechazos, enfermedades, etc. que cambian la orientación de la vida; proyectos que no nacen del todo de uno mismo, sino que vienen condicionados por elementos de carácter que no provienen de la voluntad, sino que enraízan en tendencias que nos vienen dadas de modo parecido al propio cuerpo. A casi todo el mundo le interesan las vidas ajenas, e incluso bajo el simple chismorreo existe un intento de entenderse a sí mismo al compararse con los demás, aunque sea para favorecerse uno gratuitamente. Y hay también en el que escribe un deseo, por vago que sea, de inmortalizarse o al menos de prolongar el propio recuerdo en la mente de otros. No hay una explicación plenamente racional de las razones por las que uno escribe de sí mismo. Creo que esto es suficiente explicación y no voy a darle más.
En otro orden de cosas, uno de los aspectos de mi biografía, propiamente de mi juventud, fue mi adscripción al marxismo y la lucha contra el franquismo, un régimen pintado como extremadamente tiránico y criminal por sus enemigos. Pero, salvo los comunistas, esos enemigos no hacían nada contra él, sino que, al revés, prosperaban como todo el mundo, y hasta trepaban en su aparato de estado, y solo posteriormente se descubrieron a sí mismos como valerosos amantes de la libertad y todo eso. Y tanto más antifranquistas cuantos más años pasan de la muerte de Franco.
En cuanto al marxismo, no se limitaba a atacar al franquismo, sino que además prometía un futuro sin igual en la historia que creo que no necesito aclararle. Por todo ello algunos jóvenes inquietos encontraban en su militancia una camaradería y riesgo atractivos. Ya he dicho que no recuerdo mal aquellos años, pese a reconocer su enorme error: nos sentíamos en una lucha a muerte, como David frente a Goliat, desafiando a un enemigo tremendamente poderoso que sin embargo no podía con nosotros. El marxismo es una ideología muy potente, difícil de demoler racionalmente. Es de lo más llamativo que haya caído por “el criterio de la práctica”, al que Marx atribuía el poder de decidir sobre cuestiones teóricas en apariencia insolubles.
Pero Adiós a un tiempo no incide especialmente en estos temas, de los que he hablado en otro libro y en numerosos artículos. Han pasado ya más de cuarenta años de aquellas peripecias y volver la vista atrás sobre ellas, como sobre tantas otras, me produce, como dije, desconcierto sobre todo.
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Usted coincide, por tanto, con las versiones historiográficas del franquismo, que atribuían la decadencia española a la pérdida del verdadero espíritu de España y al afrancesamiento.
–No exactamente. En el franquismo no había una versión única, pero la que podríamos llamar propiamente franquista, hacía del catolicismo el centro y eje explicativo tanto de la época de plenitud como de la decadencia: en la decadencia el país se habría hecho “menos católico”. Sin embargo la gran enemiga de España, Francia, era también muy católica –gracias en gran medida a la intervención de España en las guerras de religión–, y España siguió siéndolo de lleno en el siglo XVIII. La influencia enciclopedista en España no fue muy pronunciada, y el afrancesamiento se dio en modas y modales y en cierta satelización política a Francia, más que en ideología propiamente dicha. Hacer connatural el catolicismo con España fue, desde luego, un gran error que el franquismo pagó bien caro.
Por lo tanto, el catolicismo habría sido un factor secundario, una vez más
–No lo fue, ni en la Reconquista ni en los casi dos siglos de oro posteriores. La defensa del catolicismo estuvo estrechamente ligada al concepto y defensa de España, pero son dos cosas distintas. Habría que ver, además, en qué se manifestaba social y políticamente el catolicismo. Este es un tema complicado, básicamente por analizar todavía hoy. Según los protestantes, es precisamente el catolicismo la causa del atraso en que iba cayendo España en ciencia, pensamiento, industria y demás. Es una idea absurda, pero tiene una apariencia real, pues España se descolgó un tanto de los principales impulsos culturales de otros países europeos. Creo que hubo una causa psicológica: España fue vencida militar y políticamente por una alianza alevosa entre los protestantes y la católica Francia, lo que provocaba un rechazo a cualquier innovación venida del exterior. Un dicho concentra aquella actitud: “Novedad, no verdad”, un juego de palabras vacío pero psicológica y moralmente significativo. Al mismo tiempo, atenerse a las ideas, al espíritu –superficialmente analizados– que había dado a España su época gloriosa, no servía de mucho; aquel espíritu parecía agotado, y tenía un efecto paralizante. Y por otra parte creaba una reacción contraria, pues se veía cómo aquellos países marcaban la línea del pensamiento y la prosperidad. Podríamos decir que algo semejante ocurre con el franquismo. Atenerse a un fervor entusiasta por él, mal analizado, y rechazar la democracia, lleva al aislamiento y a la nada. Incluso ahora, cuando la democracia está en crisis en Europa y Usa (en Hispanoamérica siempre lo ha estado).
Una alternativa no puede ser el rechazo de la novedad. Pero antes de extendernos sobre la decadencia deberíamos empezar por analizar la época “de oro”, sobre la que se han dicho tantos dislates como sobre la Reconquista.
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