Hace un año, por estas fechas / Hace 4 años: Seidman y el penoso mundillo intelectual español

El año pasado, por estas fechas:

*Santiago fue declarado patrón de España antes del descubrimiento o invención del sepulcro. El Camino de Santiago fue una gran ruta cultural europea, extendida desde Polonia o Escandinavia hasta España

*El camino de Santiago fue uno de los logros culturales europeos, creado por España. Luego el papado y Cluny se adueñaron de él, pero Santiago siguió siendo una seña de identidad española (“Santiago y cierra España”: “cerrar” en el sentido de cargar contra el enemigo)

*Sin la Reconquista, no habría España sino Al Ándalus, de lengua árabe, religión musulmana, poligamia, mujeres con burka, enorme analfabetismo, sharia…Los efectos de la Reconquista son plenamente actuales. ¿Entienden por qué es indispensable conocerla?

* La Reconquista tuvo dos aspectos, muy relacionados pero a veces en conflicto: el político (recomposición de España) y el religioso (reposición del cristianismo). El papado jugó a veces contra España, por ejemplo favoreciendo la secesión de Portugal

*La profunda ignorancia o idea equivocada de la historia, propia y europea, entre nuestros políticos, intelectuales y periodistas vuelve imposible aprender de la experiencia

*Tanto los liberales como los socialistas se equivocaron de raíz en torno a la I Guerra Mundial. En cierto modo los socialistas acertaron… para apoyar finalmente a los gobiernos liberales.

*El “europeísmo” español se componía a partes iguales de desprecio hacia España y de ignorancia hacia Europa. La I Guerra Mundial debía haber provocado una reflexión, pero teníamos y tenemos una intelectualidad irreflexiva

*”Vox is Coming” ¿Se puede ser más capullo? ¿Y con esa estética repulsiva? En Vox se puede meter mucha basura, si no tienen cuidado.

*Dice una política socialista que uno de cada tres españoles es putero. ¿Cómo lo sabe? ¿Regenta un burdel?

*Frase de un homosexual: “Tío, aléjate de las tías, que en cualquier momento pueden ponerte una denuncia por violación. El futuro está en nosotros, los maricones”

*Impedir la profanación de la tumba de Franco es una batalla del máximo alcance político-estratégico. Y cultural. Hay que librarla necesariamente y ganarla.

*(De Chumi Chúmez) –Mamá. Luisito es fascista. Ha dicho “Viva Isabel a Católica” –Dios mío, ¿y esa señora quién es? –Una de la guerra civil

*Tenemos un gobierno de tiorrillas presidido por un macarra, una especie de harén de este. Hasta ese punto ha degenerado la política en España, tras el paso arrasador de Rajoy y su banda.

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El profesor useño M. Seidman escribió en Revista de libros, una publicación bastante acreditada, una reseña crítica de Los mitos del franquismo. El director de la revista, Álvaro Delgado Gal, me prometió que podía contestarle en igualdad de condiciones. La promesa no se ha cumplido porque He estado hablando con el editor, y me ha hecho ver que la respuesta está escrita demasiado en caliente, y que sería mejor, lo mismo para ti que para la revista, demorar la publicación unos días, dejando que las cosas se posen lo suficiente. Esto no significa que nos neguemos a publicar una réplica. Pero existen aspectos que no son compatibles con las normas por las que se rige la revista. Creo, sinceramente, que es mejor esperar un poco. ¿Esperar a qué? ¿A  cambiar el contenido o el estilo? ¿No es esto una forma de autocensura?  Seidman tiene derecho a desfigurar mis puntos de vista, achacarme “culpas” imaginadas por él y a demostrar reiteradamente su ignorancia, y yo debo autocensurarme Por desgracia, este es el nivel real del mundillo intelectual español, incluso entre los que pretenden escapar de la mayor mediocridad. Mi respuesta era la siguiente:

Seidman no es buen crítico

Michael Seidman escribió una historia de la guerra civil española a la que dediqué dos comentarios[1] no del todo elogiosos. Su libro trataba la intendencia durante el conflicto y en esa cuestión era bueno e interesante, pero desorbitaba su importancia y repetía tópicos tan sobados  como falsos. Y ahora, sobre mi libro Los mitos del franquismo Seidman ha publicado una reseña dura, pero me temo que no muy brillante.

Para centrar la cuestión, haré un breve resumen de Los mitos y sus problemas: 1. El franquismo no derrotó a una democracia, sino a un proceso revolucionario y separatista (basta ver  los componentes del Frente Popular para comprobarlo); 2. Mantuvo a España  al margen de las catástrofes de la guerra mundial; 3. Derrotó al maquis, un peligroso intento comunista de volver a la guerra civil (los ingleses fracasaron ante otro semejante en Grecia); 4. Afrontó y venció un aislamiento internacional que buscaba hambrear masivamente a España; 5. Reconstruyó el país en los años 40 frente a dificultades extremas creadas por las presiones exteriores; 6. desarrolló al país, en los años 60-75, a un ritmo nunca visto antes o después en España,  que convirtió al país en el de más rápido crecimiento del mundo después de Japón y Corea del Sur; 7. Elevó la esperanza de vida de los españoles a los primeros puestos del mundo; 8. Fue una baza de gran importancia en la guerra fría contra la URSS; 9. No tuvo oposición democrática real (no había demócratas en sus cárceles, y sí comunistas y/o terroristas, en número reducido); 10. Legó una sociedad pacífica, libre de los odios que destrozaron la república, próspera y con una amplísima clase media, es decir, apta, también por primera vez, para una democracia no convulsa. Estos hechos y otros semejantes pueden ser discutidos en los detalles, pero no como balance, pues son evidentes para cualquier observador  serio.

El casi increíble éxito práctico del franquismo frente a dificultades extremas plantea una cuestión de base: ¿por qué no pudo continuar? Mi tesis es que se debió a su debilidad teórica. Intentó crear una ideología que superase tanto al marxismo como al liberalismo, y fracasó desde el principio. Fracasó por la disimilitud de las “familias” políticas del régimen (Falange, Carlismo, Catolicismo político, Monarquismo), no bien avenidas entre sí, con expectativas diversas y cada una con un sector antifranquista. Solo el declararse católicas las aunaba ideológicamente, por lo que el régimen se definió como católico, con la colaboración del Vaticano. Pero cuando este, tras el Concilio Vaticano II, optó por el “diálogo con el marxismo” y el boicot al franquismo, el régimen quedó ideológica e intelectualmente sin asidero. Si no se derrumbó fue porque sus logros  le permitieron  evolucionar a una democracia liberal “de la ley a la ley”. Queda en pie, sin embargo, y más ante la actual degradación de la democracia, la necesidad de investigar la causa profunda de sus éxitos y extraer algunas lecciones.

Este resumen es necesario para saber de qué se habla, pues según la versión de Seidman,  yo me dedico a actualizar y renovar la ideología de una «anti-España». A la larga lista de los presuntos enemigos de España –que ha incluido tradicionalmente a la izquierda (especialmente los marxistas, pero también los liberales), los extranjeros (particularmente las potencias protestantes y los judíos) y los separatistas vascos y catalanes–, Moa incorpora a las feministas y, de manera especial, a los democristianos. Uno queda perplejo ante una digamos síntesis que nada tiene que ver con el libro o solo de modo tangencial, y tampoco con mis puntos de vista. Naturalmente, España ha tenido y tiene enemigos internos y externos, como casi todos los países, pero mi opinión sobre el declive de España desde mediados del siglo XVII, que el libro aborda de modo secundario y Seidman convierte, desvirtuándolo, en principal,  es que la decadencia española se debe ante todo a un anquilosamiento intelectual, y especialmente universitario. De paso me  acusa de “iberocentrismo”, por otra parte lógico, pues trato un fenómeno histórico español. Él prefiere un anglocentrismo que haría depender lo ocurrido en España de las decisiones anglosajonas, como se desprende de su crítica.

No ya la fidelidad al tema, ausente en Seidman, sino la pobreza de su argumentación y conocimientos, brilla a cada paso: Moa no juzga necesario mencionar que el general Mola rechazó los compromisos de restaurar el orden ofrecidos por Martínez Barrio en julio de 1936, lo que provocó que el sangriento conflicto acabara resultando inevitable. El autor omite señalar que no fue hasta después de la revuelta militar del 18 de julio cuando el Gobierno republicano decidió armar a los revolucionarios.  Mola rechazó los “compromisos” porque ya eran imposibles tras el asesinato de Calvo Sotelo y porque  el Frente Popular había rechazado violentamente las peticiones de restaurar el orden desde las mismas elecciones de febrero del 36, como el Sr. Seidman puede comprobar con solo consultar las actas de las Cortes. Y Martínez Barrio huyó literalmente, no de Mola sino de las izquierdas que exigían la entrega de armas. Con ese “argumento” podría acusar a Churchill de la II Guerra Mundial, al haber rechazado las ofertas de paz de Hitler. Y el gobierno “republicano” armó a las masas en lugar de imitar a las derechas, que en 1934 defendieron la legalidad republicana: una legalidad que las izquierdas demolieron desde el nada democrático proceso  electoral de 1936 (desde febrero hasta la destitución de Alcalá-Zamora, entre violencias brutales, reconocidas por Azaña). Seidman ignora obras fundamentales al respecto. Y si llama democrático a aquel proceso es porque cree que en un país como España la democracia consiste en vulnerar la ley. Frívola actitud,  frecuente en intelectuales anglosajones de izquierda[2].

Moa critica a Alfonso XIII por conceder el poder pacíficamente a los republicanos en 1931, pero al menos el rey –al contrario que Mola y Franco–evitó un baño de sangre. Alfonso XIII, un rey frívolo, despreció a sus propios votantes (había ganado las elecciones) y creó las condiciones para el baño de sangre que vendría después, y que en aquel momento no habría ocurrido de ningún modo. Se ve que Seidman ignora hasta un libro tan básico como el de Miguel Maura, verdadero conseguidor de la república[3].

Según Moa, Franco desechó el bombardeo de ciudades o pueblos tras una débil experiencia en Madrid, en noviembre del 36» (p. 192). Sin embargo, Robert Stradling (…), escribe: «El 27 de marzo [de 1938] Lérida fue víctima de un nuevo ataque de los aviones de la fuerza aérea nacionalista. Entre la cifra de cuatrocientas presuntas víctimas civiles había un número reducido de adolescentes. Dos meses después, el 31 de mayo, la pequeña localidad catalana de Granollers, cerca de Barcelona, fue atacada por cinco Junker (…). Franco prohibió textualmente los bombardeos sobre población civil. Fue desobedecido en pocas ocasiones por italianos y alemanes. El Frente Popular no solo no prohibió esos bombardeos,  sino que los empezó y se jactó de ellos en sus partes. Es difícil cuantificar las víctimas de unos y otros, pero todas juntas no llegan, ni  remotísimamente, a las de los bombardeos ingleses y useños sobre población civil alemana y japonesa (o francesa), principalmente niños, mujeres y ancianos. No lo digo por el “y tú más”, sino porque para la historia son esenciales las comparaciones para situar los hechos en su perspectiva, pues los humanos no somos santos, aunque unos lo sean menos que otros, y es absurdo comparar sus actos con la bondad absoluta.

Sin embargo, su Caudillo no es «cruel, vulgar» ni «mediocre», sino más bien una persona «humanitaria. Franco sigue siendo una víctima de una prensa occidental obsesionada por la «hispanofobia», tal y como quedó ejemplificado por la cobertura que dieron los medios de comunicación a Guernica ya en 1937. Franco demostró su humanitarismo, por ejemplo, salvando a muchos judíos o evitando masacres, como en la etapa final de la guerra civil. Su “mediocridad” se revela en haber vencido política y militarmente a sus peligrosos enemigos durante 40 años. ¿Y cruel comparado con quiénes? Franco fue mucho menos cruel que Churchill, Roosevelt o Truman, no digamos ya Hitler o Stalin. Y sobre Guernica, no sé si ha leído mi informe al respecto en Los mitos de la Guerra Civil. Se lo recomiendo, si quiere hablar con fundamento[4].

  La estrecha perspectiva del autor (…) afirma que la Guerra Civil fue «uno de los pocos fracasos graves de Stalin».  Su iberocentrismo no consigue situar en contexto el conflicto español, ya que se produjeron fracasos mucho mayores cuando, durante el período del Frente Popular, Stalin fue incapaz de reconstruir una alianza franco-rusa como en la Primera Guerra Mundial, y también en junio de 1941, cuando Adolf Hitler rompió el acuerdo Ribbentrop-Mólotov. Claro que Stalin tuvo fracasos (y enormes éxitos, en parte por su alianza con Inglaterra y Usa). Lo cual no impide que la guerra de España fuera uno de sus pocos grandes fracasos. La “perspectiva” de Seidman.

Según el autor, la Unión Soviética fue la responsable de la larga duración de la Guerra Civil: «Sin […] la ayuda soviética, sin su perseverancia y dureza, el Frente Popular no habría resistido más de cinco o seis meses a los nacionales». Olvida mencionar que el conflicto habría terminado incluso más rápidamente sin la ayuda alemana o italiana a los nacionalistas. Moa no parece estar familiarizado con la bibliografía extranjera que cuestionaría sus juicios. Quien no está familiarizado con los hechos es Seidman. La ayuda italiana y alemana no fue decisiva en ningún momento[5]. El Frente Popular dependió mucho más de Stalin que los nacionales de la ayuda italogermana. Stalin dirigió en gran medida al Frente Popular –discutí sobre ello con el profesor Moradiellos[6]–. Hitler y Mussolini no tuvieron ni de lejos la misma influencia sobre Franco. Añadamos que por entonces nadie tenía de Hitler la misma imagen que después de la guerra mundial: no había cometido genocidios y había sacado a Alemania de la Gran Depresión. Stalin, en cambio, ya tenía tras de sí millones de víctimas.

Asevera que los «jóvenes de la CEDA de Gil-Robles, desencantados de un legalismo que juzgaban excesivo» se afiliaron a la Falange después de resultar elegido el Frente Popular; los estudios académicos más recientes sostienen, por el contrario, que el incremento de afiliados a la Falange se produjo después del estallido de la Guerra Civil. Las dos cosas son ciertas, como debería saber si hubiera estudiado el asunto: muchos jóvenes de la CEDA afluyeron a Falange  en los meses anteriores a la guerra, y de forma masiva después. Y el Frente Popular no fue “elegido”.

El autor afirma repetidamente que la «neutralidad» española favoreció a los aliados mucho más que a Alemania. Sin embargo, el Gobierno de Franco declaró oficialmente no la «neutralidad», sino la «no beligerancia», el 12 de junio de 1940, tras la caída de Francia. (…)La no beligerancia no era una postura reconocida por las leyes internacionales, sino inventada y declarada por Mussolini en septiembre de 1939 para expresar el firme apoyo a Alemania por parte de Italia. Las autoridades españolas consideraban asimismo la no beligerancia como un rechazo de la neutralidad y un preludio de la entrada de España del lado del Eje. La objeción es pueril. ¿Entró España en la guerra mundial? ¿Benefició esto mucho más a los Aliados o al Eje? Eso es lo que cuenta en el balance histórico, y la respuesta está bien clara en Los mitos del franquismo, que da la impresión de no haber entendido pese a que nadie me acusa de escribir de forma oscura.

Los Mitos Del Franquismo (Historia)

Moa sostiene que las dos reuniones de Hitler en octubre de 1940, la primera con Franco y la segunda con el mariscal Philippe Pétain, fueron “dos fracasos» para el Führer. Sin embargo, ambos encuentros consolidaron la estrategia atlántica de los alemanes, que les proporcionaba una línea de costa atlántica ocupada o amistosa desde Escandinavia hasta la península Ibérica. Pétain accedió a desarrollar una política oficial de «colaboración» con el Tercer Reich. La no beligerancia de Franco fue igualmente proalemana, si es que no lo fue aún más. Nuestro buen Seidman no deja de sorprender con su sapiencia. La estrategia atlántica de Hitler incluía a Marruecos, y Franco, precisamente, la desbarató[7]. Y Pétain no consolidó nada, pues la ocupación del Atlántico francés había sido decidida antes.

Dada su insistencia en la supuesta «neutralidad» de España, Moa no examina en ninguna profundidad la ayuda que brindó al Eje el régimen de Franco. ¿”Supuesta neutralidad”? ¿Entró España en la guerra?  De nuevo el Sr. Seidman se alza valerosamente contra la evidencia. Franco no tenía por qué apoyar a Inglaterra,  que entre otras cosas retenía Gibraltar y estaba creando hambre en España, mientras que Alemania la había ayudado contra la revolución y los separatismos. Desde luego, no podía desairar abiertamente a Hitler y tenía que contemporizar, hacer concesiones  y moverse entre los remolinos de la guerra, dando algunas facilidades tácticas a los alemanes. Y lo hizo muy bien, para los intereses de España, que eran los que le preocupaban. Y que, aunque no deliberadamente, beneficiaron estratégicamente a los anglosajones, como sabe cualquier estudioso y señaló Churchill[8].

Moa afirma con indignación que en octubre de 1943 España fue víctima de una «campaña de intimidación» de Washington, llevada a cabo por el New York Times, que acusó de que «España aprovisionaba a la mussoliniana República de Saló, que la División Azul tenía orden de continuar en Rusia o que los barcos españoles llevan contrabando al Eje (…) La  República de Salò de Mussolini, utilizó el espacio aéreo español y repostó en aeródromos españoles para bombardear Gibraltar, hasta el 3 de junio de 1944. » No escribo con indignación, como fantasea Seidman. Solo constato las bien documentadas campañas de intimidación de Usa, en abierta vulneración de sus promesas previas a la operación Torch. Campañas basadas en distorsiones y falsedades, semejantes a las que precedieron a la  guerra de 1898. Y el Sr. Seidman confunde lamentablemente fechas y cuestiones. La aislada república de Saló ni tenía apenas trato con España ni bombardeaba Gibraltar.

Moa declara que la «neutralidad» española era menos favorable al Eje que la de otros países neutrales, como Suiza y Suecia, pero dichas naciones se hallaban expuestas a una fácil invasión por parte de la Wehrmacht. Ni Suiza ni Suecia se mostraron, ni con mucho, tan políticamente favorables al Eje como sí se mostró España. Los servicios prestados por Suiza y Suecia a Alemania, fueran cualesquiera sus razones o pretextos, superaron enormemente a  los de España. Y ni Suecia ni Suiza entraban en los planes militares directos de Hitler, mientras que España sí, y de modo crucial entre el otoño de 1940 y el verano de 1941 Quizá le convenga leer a Norman Goda al respecto. La osada ignorancia, una vez más.

 Sólo el número cada vez mayor de victorias militares aliadas, acompañadas de crecientes amenazas aliadas occidentales de reducir al mínimo los envíos de comida y combustible a una España vulnerable convencieron a Franco de poner fin poco a poco y a regañadientes a sus políticas favorables al Eje. El Caudillo no comprendió nunca (…) el compromiso de los aliados occidentales para imponer una rendición incondicional a la Alemania nazi. Y tampoco deseaba una derrota del Eje. Las restricciones de comida y combustible no fueron amenazas, sino hechos, y no se produjeron cuando los Aliados iban ganando, sino desde el mismo principio. Claro que Franco no quería una derrota total de Alemania y sí de la Unión Soviética, un totalitarismo no mejor que el nazi con el cual se aliaban los anglosajones. No tuvo éxito en sus gestiones, pero  estimó que la guerra, tal como se desarrollaba, acabaría con la anterior hegemonía europea y dividiría al continente en dos bloques antagónicos. En esto, al menos, acertó de lleno.

En ese punto, temeroso de su animosidad hacia su régimen fascista y comprometido con el Eje, decidió reinventarse como un católico conservador. De nuevo la ignorancia. Ni el régimen fue nunca fascista, ni se alió con las potencias fascistas, ni temió demasiado las amenazas anglosajonas y soviéticas: les hizo frente y salió victorioso. En el libro explico claramente por qué se salió con la suya, pese a su inferioridad material y militar.  El sector más fascistoide, la Falange, nunca fue el dominante. Y no se reinventó como católico, como expliqué al principio. ¿Por qué cree que el Vaticano aceptó lo que Seidman llama “reinvención”?[9]

El autor desdeña como una conjura comunista, que habría conducido inevitablemente a la dominación estalinista, los esfuerzos por construir una amplia coalición democrática para derrocar a Franco en 1945. Presentar así mi argumento es más que una simplificación, una simpleza. La “coalición democrática”, cualquier cosa menos democrática, fracasó por las disputas y querellas entre los “coalicionistas”.

Don Juan, era un oportunista sin principios cuyo hambre de poder lo llevó a negociar tanto con el Eje como con los Aliados para ocupar el lugar de Franco, pero el restablecimiento de una monarquía constitucional liberada del estigma del Eje habría puesto fin a los años de aislamiento que sufrió España después de la Segunda Guerra Mundial. Un régimen de estas características habría obtenido un acceso más fácil a los préstamos estadounidenses y probablemente habría resultado elegible para la ayuda del Plan Marshall. Ni los comunistas ni los monárquicos gozaban en 1945 –ni después– de verdadero apoyo popular, cosa que al demócrata Sr. Seidman le importa poco. Y el aislamiento incitado por Stalin y los anglosajones, entre otros, contra un país que había permanecido neutral, era un acto delictivo, realmente criminal porque pretendía llevar a la población a una hambre masiva para “convencerla” de que derrocase a Franco. Otros países europeos se libraron de los nazis por la intervención militar useña y debieron su prosperidad a la ayuda económica de Usa. España no tuvo que librarse de nadie y pudo reconstruirse básicamente sin esa ayuda, como muestro en el libro con datos estadísticos difícilmente rebatibles. El Sr. Seidman muestra una mentalidad un tanto de “protectorado” sobre España. Pero lo españoles de entonces no la aceptaban, al parecer.

Moa parece dedicarse a la difamación basada en acusaciones no fundamentadas. El autor afirma que la masacre de centenares, si no millares, de republicanos a manos de nacionalistas en 1936 en Badajoz fue «una completa invención» y acusa al periodista estadounidense John T. Whitaker de actuar como uno de los «agentes del Frente Popular».  De nuevo debo recomendar al Sr. Seidman que olvide la propaganda y  se informe con estudios serios, que cito en mi libro. En lugar de ello me acusa de “difamación”[10]Moa señala que Harry Hopkins, uno de los principales asesores de Roosevelt, tenía una relación tan amistosa con Stalin que «se ha sospechado de él directamente como agente soviético» (p. 190). (…) Dos historiadores estadounidenses  anticomunistas  sostienen que «no contamos, sin embargo, con pruebas convincentes de que [Hopkins] fuera un traidor».  El modo de “argumentar” de Seidman. Lo que digo es que de Hopkins “se ha sospechado”, no que haya pruebas. Y la sospecha sigue en pie. Tampoco hay pruebas de que Hitler ordenara directamente el Holocausto, por ejemplo.  Ello aparte, se trata de un asunto muy secundario en el libro. A Seidman le indigna que considere “anodino” a Roosevelt, arguyendo en contra que padeció la polio y luego fue elegido presidente cuatro veces. Vaya. Roosevelt fue un político profesional, muy hábil –también para incumplir sus promesas–. Ni intelectual ni moralmente fue nada especial y en conjunto su vida me parece anodina. A Seidman no. Bien, es opinable.

Los penúltimos capítulos de este libro degeneran en ataques personales a celebridades políticas o de los medios de comunicación que no comparten sus ideas políticas. Un ofendido Moa confunde el principio de libertad de expresión con la obligación de tener que brindarle a él una plataforma en la radio, la televisión y los periódicos. Se refiere al capítulo dedicado a Carrillo, Cebrián, Ansón y otras “celebridades. Seidman cree que, porque a él le gustan, no deben ser criticadas. Y no hay el menor ataque personal, sino exposición de hechos. A ver si Seidman logra rebatir mis afirmaciones al respecto.

Moa no está siempre equivocado y acierta al criticar a los historiadores nacionalistas vascos, como Paul Preston y Helen Graham, por su abuso de los conceptos «holocausto» y «genocidio» cuando describen el terror nacionalista. Sin embargo, el propio Moa utiliza este último término  para describir la persecución de prisioneros y sacerdotes por parte de los republicanos. No obstante, su noción de «genocidio» del clero no puede explicar por qué «núcleos clericales separatistas catalanes y vascos […] habían colaborado […] con el Frente Popular».  Subraya el lamentable racismo de los nacionalistas vascos y catalanes –«la ideología peneuvista se condensaba en un racismo aún más radical y agresivo que el del separatismo catalán» –, pero desdeña todo análisis de las actitudes y acciones de los nacionalistas, que fueron incluso más racistas y antisemitas7. Increíble. El racismo y antisemitismo de los nacionales, más allá de la retórica, se plasmó en el salvamento de miles de  judíos.  Y la persecución religiosa  –no incluyo a los prisioneros como Seidman embrolla –  fue un genocidio tipificado técnicamente. Que algunos curas  vascos y otros colaborasen en él no lo niega, como tampoco la colaboración de algunos judíos con los nazis desmiente el Holocausto. Uno no acaba de sorprenderse de los “argumentos” del buen Seidman.

 El autor cita frecuentemente la crítica de Julián Besteiro a la influencia comunista durante el Frente Popular y las opiniones indulgentes que tenía el socialista moderado de los nacionalistas, pero olvida añadir que los vencedores recompensaron la moderación del socialista de sesenta y nueve años con una condena de treinta años de cárcel. Besteiro murió en 1940 en una cárcel espantosa y en terribles circunstancias. La cita de Besteiro es real, y viene al caso. Su muerte unos meses después en una cárcel a causa de una septicemia accidental, también, pero no venía al tema[11]. Y las condenas perpetuas en el “espantoso” franquismo, como Seidman debiera saber pero obviamente ignora, casi nunca pasaban de seis años (en Usa se aplican a rajatabla, según creo)

Moa declara que los crímenes alemanes no fueron peores que los aliados. Se pone el énfasis en las supuestas atrocidades bélicas de los aliados contra los prisioneros de guerra alemanes, pero se omite cómo los nazis dejaron morir deliberadamente de inanición a tres millones de prisioneros de guerra soviéticos. De nuevo embrolla el Sr. Seidman.  Lo que digo es que en el frente occidental, –no en el oriental—los aliados cometieron más crímenes de guerra que los alemanes. Que pruebe a rebatirlo, en lugar de mezclar los dos frentes.  Una vez más: los hechos.

Moa vuelve a dar lecciones de moral para burlarse del presidente Harry Truman por excluir a España del Plan Marshall en 1948 y por criticar la persecución a que sometió Franco a los protestantes (cuya existencia Moa niega erróneamente)9: «El hombre de Hiroshima y Nagasaki se sentía moralmente superior al “fascista” Franco y le perjudicaba» (p. 255). Moa posee, de alguna manera, una confianza inexplicable en que Franco y sus anteriores valedores, Hitler y Mussolini, no habrían utilizado armamento atómico con incluso menos reparos que el presidente estadounidense. Ni doy lecciones de moral ni me burlo de Truman, expongo los hechos. Supongo que Hitler  habría utilizado la bomba atómica, y desde luego Franco no lo habría hecho. Para la historia, el dato es ese: Truman lo hizo. Y se sentía superior moralmente a Franco.

Su retrato de la Iglesia católica es el de una adversaria del «totalitarismo», a pesar de que colaboró tanto con el régimen nacionalsocialista como con el fascista italiano y de que, por supuesto, se erigiera en un pilar del gobierno franquista. Al igual que muchos apologetas del caudillo, Moa establece un contraste muy marcado entre el fascismo y la Iglesia. La Iglesia tuvo que transigir con el nacionalsocialismo como algo inevitable (podrían citarse también opiniones de Churchill  favorables a Hitler); pero el Sr. Seidman debiera leer  la carta encíclica Mit brennender Sorge, para conocer la posición de fondo de la Iglesia. Y el fascismo mussoliniano fue un régimen muy distinto del de Hitler y muchísimo menos mortífero. Mussolini gozó del elogio de numerosos personajes de la época, desde Gandhi al propio Churchill.

España fue el único Estado independiente no beligerante que organizó su propia fuerza militar –la División Azul– para luchar del lado de los alemanes. La División, afirma Moa sin contar con evidencias, fue «la unidad más humanitaria de la Segunda Guerra Mundial» (p. 157). Cito evidencias: la infructuosa búsqueda de crímenes de guerra españoles por el NKVD, el testimonio de una rusa de la época y las investigaciones de un historiador ruso reciente[12]. Dudo que cualquier división  de cualquier país en la II Guerra Mundial haya tratado mejor a la población civil, en especial a las mujeres. Como es sabido, no solo tropas soviéticas violaron en masa a las alemanas, también lo hicieron (se calculan en cerca de 200.000) las useñas y otras. La D. A. fue una excepción muy digna de elogio, que luchó contra el bolchevismo “devolviéndole su visita” a España.

 Franco apoyó al Eje hasta finales de 1944, cuando ya era segura la derrota total alemana. España pagó un alto precio por el error de cálculo y la cortedad de miras de su Caudillo.Franco apoyó al Eje… rehusando entrar en guerra a su lado. Y el “error de cálculo”, que nunca lo fue, habría sido fiarse de las promesas inglesas y useñas cuando sus países estaban en serios aprietos. Pero es dudoso que las creyese, como le explicaba a Don Juan y cito en el libro: eran promesas que valían poco.

Moa califica la ocupación nazi de Europa Occidental de «bastante civilizada», un juicio que habría sorprendido a los judíos franceses, belgas (…) que, en número superior a los doscientos mil, perecieron en campos de concentración y de exterminio.Precisamente excluyo de ese juicio a los judíos, como “olvida” señalar Seidman. En Holanda, Francia, etc., los nazis hallaron mucha más colaboración que resistencia, como debiera saber el señor Seidman, y este mero dato ya aclara algo. Los alemanes dejaron 200.000 hijos con francesas, y no violándolas precisamente como hicieron otros. Por encima de los mil datos contradictorios sigue siendo cierto que  en el frente occidental — no en el oriental–,  los alemanes cometieron pocos crímenes de guerra, y que la escasa resistencia habida testimonia que no se trató de una ocupación ni remotamente comparable a las sufridas por Polonia o Rusia. ¿Puede desmentirlo Seidman?

Al salvamento de judíos por el franquismo le dedica  el Sr. Seidman otro párrafo confuso tildando  por las buenas de “conocido mentiroso” a Lequerica (¿cabría decir algo así del Sr. Seidman?). De nuevo la retórica debe contrastarse con los hechos: el franquismo salvó a por los menos 20.000 judíos, probablemente bastantes más, y no lo hicieron los cónsules desobedeciendo o por su propia cuenta, sino siguiendo directrices. Esa protección se extendió a Marruecos cuando la independencia y a Egipto en la Guerra de los Seis Días. Y se hizo sin conocer el Holocausto. Por contraste: las autoridades judías informaron de los campos de exterminio a los gobiernos inglés y useño, y estos no hicieron nada práctico al respecto, pese a contar con total superioridad aérea. Más: los anglosajones rechazaron la posibilidad de salvar a un millón de judíos, ofrecida por Eichmann a cambio de unos miles de camiones. ¿Son falsos esos datos?

Y sigue, dale que te pego:  España, por el contrario, ayudó al Eje genocida y dejó de hacerlo únicamente cuando ya estaba clarísimo que iba a perder la guerra. España no tenía constancia de los genocidios del Eje, pero sí de los genocidios soviéticos, régimen con el que colaboraron Usa e Inglaterra. Moa considera una «calumnia» afirmar que el régimen «encubría a criminales de guerra [nazis]». «La admisión de refugiados fascistas o nazis» fue supuestamente una continuación de «la misma política anterior hacia los judíos». Fue exactamente así, le guste o no a Seidman.

Según Moa, el santuario que hizo construir Franco para sí mismo y su movimiento, el Valle de los Caídos, es «uno de los monumentos más grandiosos, armónicos e integrados en el medio que se hayan construido en el siglo XX en cualquier país». (…) Moa minimiza el número y el sufrimiento de los prisioneros que construyeron el panteón.No parece estar al tanto de la literatura reciente sobre el tema, que concluye que «el gran coste del Valle de los Caídos para el país devastado por la guerra [de] más de veinte años de construcción y otros veinte años de exhumar y transportar restos de los muertos en la guerra […] demuestra que Franco situó la glorificación de su cruzada y de sí mismo por encima de las necesidades más acuciantes de su pueblo»15. Quien no tiene la menor idea del asunto es  Seidman. Le vendría bien, nuevamente leer historiografía documentada en vez de literatura propagandística. Por cierto que ese magnífico monumento, cuya construcción no tiene nada que ver con lo que él dice, no fue sufragado con fondos públicos,  sino con donativos particulares y loterías[13].

Repite también el Sr. Seidman la habitual retórica sobre la miseria de los años 40, –que la hubo, por cierto, como en toda Europa, aunque España se salvó de lo peor de ella (bombardeos, deportaciones, etc.)–. Pero esa miseria queda  contextualizada por los datos estadísticos, a los que este historiador es inmune, como de costumbre. Dice, como si fuera fiable: En 1948, un funcionario estadounidense declaró a la prensa europea: «Tendríamos que tener un inspector estadounidense trabajando en cada fábrica [española] y en cada oficina gubernamental. Además, probablemente la mitad del dinero acabaría en el bolsillo de algún funcionario». Buen método. También podría citar como fidedignas las declaraciones en la prensa europea según las cuales España fabricaba la bomba atómica. El hecho real, documentado y cuantificado, es que en los años 40, España prosperó tan notablemente que la esperanza de vida al nacer saltó de los 50 años de la república a los 62. Y ello a pesar de una pobreza extendida, del  aislamiento, del intento criminal de hambrear a la población. Pruebe el Sr. Seidman a refutar los datos con  algo más que “declaraciones” de funcionarios desvergonzados.

   El racionamiento duró más tiempo en España que en la mayor parte de las naciones anteriormente beligerantes de Europa Occidental y se ha calculado que al menos doscientos mil españoles murieron de enfermedades relacionadas con el hambre entre 1939 y 194518. Difícilmente puede compararse esta cifra con cualesquiera gobiernos europeos occidentales posteriores a 1945. (…) Moa se contradice a sí mismo cuando afirma que bajo el liderazgo del caudillo «el país se libraba [en los años cincuenta] de las calamidades mucho peores que padecía la mayor parte de Europa». Su análisis no puede explicar el rápido deterioro de la posición relativa de España durante los años cuarenta. Quiero creer que lo de “los años cincuenta” es una errata. España partía de un nivel técnico inferior a Italia, Alemania o Inglaterra (el racionamiento duró en esta lo mismo que en España), y de la desarticulación económica causada por el Frente Popular; y debió afrontar el boicot inglés primero e internacional después (cuyo desastre fue evitado al adelantarse la diplomacia española a negociar con Argentina). Es decir, tuvo dificultades mucho mayores que otros países, y casi ninguna ayuda. Las calamidades mucho peores que mezcla Seidman son los bombardeos y matanzas de la guerra mundial, de los que se libró España. Y la cifra de 200.000 muertes por enfermedades relacionadas con el hambre debiera contrastarlas nuestro buen crítico con las estadísticas de mortalidad de la época en lugar de citar por las buenas a historiadores propagandistas. Pero no lo hace, claro.

El turismo se expandió geométricamente en los años cuarenta y cincuenta, pero (…) a finales de los años cuarenta, «Franco se sentía muy incómodo con la idea de fomentar el turismo […]. Fue sólo hacia finales de los años cincuenta cuando el caudillo empezó tácitamente a aceptar que los beneficios económicos eran mayores que los costes sociales»19. Las fronteras siempre estuvieron abiertas , el turismo nunca encontró la menor oposición, y no cesó de crecer ya en los años 40. Extranjeras rubias y morenas semivestidas desafiaron con sus ropas y su sensualidad un orden católico que había multado de forma regular tanto a los padres de hijos que se bañaban desnudos como a las mujeres que se negaban a ponerse el albornoz (una especie de burkini cristiano). Otra tontería de propaganda. Lo que llama inapropiadamente “burkini”, que también llevaban los hombres, solo ocurrió en la primera posguerra, y no de modo generalizado. En cuanto a la moral, los españoles se sorprendían de que mujeres casadas extranjeras resultaran tan ligeras de cascos, y de hecho surgió un sector (mínimo) de ligones de playa y gigolós. Es como si juzgáramos moralmente a la sociedad useña por los crímenes masivos que periódicamente se producen, o por el muy alto número de presos.

Moa crea numerosos testaferros (masculinos y femeninos) (¿?)y luego fácilmente los demuele. La izquierda ha ignorado supuestamente que el terror entre sus propios militantes «nacía de la propia heterogeneidad de sus proyectos revolucionarios». Sin embargo, cualquier persona vagamente familiarizada con la historiografía sabe que existe una copiosa literatura sobre el tema.  La literatura al respecto es muy poco copiosa, en su mayor parte poco seria y reciente, en buena medida debida a mi insistencia en tan demostrativo asunto. Acusa a los historiadores de ignorar la persecución de la Iglesia, a pesar de que se han sucedido excelentes investigaciones sobre el tema desde hace décadas. De nuevo “lequeriquea” Seidman: lo que digo es que existen estudios y datos concluyentes que la historiografía “progresista” pasa por alto[14].  Moa acusa falsamente a los estudiosos de olvidarse de analizar la evolución de la alienación de la Iglesia respecto del régimen y su progresiva asunción de posiciones democristianas. Nueva “lequericada”: hay estudios al respecto, pero casi todos fallan en analizar el hecho como el  factor clave que impedía la continuidad del franquismo.

Moa acusa a Jacques Maritain (…) de difundir «la propaganda del Frente Popular» porque escribió en 1937 que «es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo–por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxistas, son cuerpo de Cristo– en nombre de la religión» (p. 372). La declaración de Maritain no demostraba su aceptación de la propaganda del Frente Popular, ya que este último intentó negar sin éxito los informes de matanzas masivas de sacerdotes; por el contrario, el filósofo francés condenó claramente los asesinatos.La acusación de Maritain es, en efecto, una calumnia brutal de estilo comunista. Ni los sacerdotes asesinados  eran fascistas ni los nacionales asesinaban a los pobres por el hecho de serlo. Otra cosa es que, como vemos, Seidman admita tales calumnias. El autor critica la apología de la Iglesia española de 1971: «Pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos» (p. 368).  Ciertamente, pedir perdón a los verdugos y burlarse tan hipócritamente de las víctimas del genocidio durante la guerra, lo hacían unos clérigos que por entonces “dialogaban” acogedoramente con terroristas, comunistas y separatistas. Es lógico que al eclesiófobo Seidman le encanten tales cosas, pero debiera admitir  el derecho de otros a mirarlas como una aberración. Que, por cierto, bien cara ha pagado la Iglesia, cosa que tampoco displacerá a nuestro fervoroso crítico.

Su capítulo sobre los años sesenta revela un entendimiento distorsionado y sobrepolitizado de esa década que difícilmente mostró una oposición universal, tal como él defiende, al «sistema capitalista».Yo no hablo de oposición “universal” al capitalismo, sino que describo los movimientos marxistas y marxistoides en la guerra fría.  Las huelgas de los estudiantes y obreros franceses no «empujaron a Francia al borde de una revolución real», sino que fueron más bien el reflejo de una más significativa revolución cultural a largo plazo en Europa Occidental y Norteamérica. El mayo del 68 estuvo cerca de provocar un derrumbe institucional en Francia.  Moa mete en el mismo saco a hippies, marxistas y pacifistas organizados, cuyas agendas eran enormemente diferentes. No los meto en el mismo saco, como puede comprobar cualquiera.  La reaccionaria caricatura que hace el autor de los años sesenta pone el énfasis en cómo se extendieron el consumo las drogas, la promiscuidad sexual, el hedonismo y el terrorismo de esa década. No es una caricatura, sino una exposición de hechos indudables. La verdad es “reaccionaria” para Seidman.

Se haría muy largo seguir. Con notable audacia, nuestro notable crítico afirma que Los mitos del franquismo no contiene ninguna nueva contribución a la historiografía. Como hemos ido viendo, prácticamente todo es una novedad para  su ignorancia, a la que sin embargo muestra férrea decisión de no renunciar. Por desgracia, la mayoría, incluso la gran mayoría de la  literatura historiográfica al respecto es, desde hace décadas, pura farfolla ideológica, que a menudo se viene abajo ante el dato estadístico preciso, sin necesidad de más investigación o de una masa de citas. Pero ha cundido en muchas universidades un proceso perverso en que unos historiadores se citan a otros, se dan coba y repiten dislates a veces estruendosos en una corriente que se retroalimenta sin fin.  De ahí un nivel intelectual no precisamente satisfactorio. Por mi parte, me he esforzado mucho en este libro y en otros por ofrecer datos comprobables, análisis y comparaciones que permitan una perspectiva clara frente a la historiografía de propaganda. Naturalmente, mis estudios están expuestos a la crítica, pero no serán críticas entre desaforadas y desenfocadas como la de Seidman las que los pongan realmente en cuestión.

Pese a su pedantesco modo de criticar, debo agradecer a Seidman su trabajo  por dos razones: porque rompe un poco con la actitud “académica” predominante de silenciar mis obras (un tanto infructuosamente) como si no existieran; y porque me ha permitido indicar a las personas interesadas cómo son tratadas estas cuestiones en Los mitos del franquismo

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Doctor, no señor / Yuso y Suso

*Escucho el discurso de Abascal: aire limpio en el viciado de esa pocilga de golfos que se atreven a decirse representantes del pueblo. Le ha faltado, quizá, dirigirse al golfo mayor como “Doctor Sánchez”, y no “señor Sánchez”.  El mero tratamiento traería a todo el mundo el recuerdo de que estamos ante un pícaro de baja estofa, un pequeño timador. Esto lo considero importante.

*Abascal podría recordar también el carácter clandestino, antidemocrático, oculto a la población de los chanchullos de Zapo con la ETA. Y por qué se sigue negando a los españoles el conocimientos de dichos chanchullos.

* Parece andar  todo el mundo muy  preocupado sobre si habrá elecciones o no. La verdad es que no tiene  la menor importancia.

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Si han estado en los dos monasterios donde nació el castellano escrito (un poco también el vascuence), creo que podrán observar el cambio de la cultura inicial puramente hispana de origen visigótico y  mozárabe de  San Millán de Suso, a la más cosmopolita de Yuso, que en gran parte asfixió al anterior, como ocurrió con el arte asturiano. ¿Se ganó o se perdió con el cambio? Imposible decirlo, algo se ganó y algo se perdió, quizá lo ganado valga más que lo perdido, al menos así lo estimaron la mayor parte de los contemporáneos del cambio y tenemos que estimarlo hoy, porque de la cultura anterior ha quedado muy poco. Pero muy sugestivo, aun siendo poco.

   He escrito algo en La Reconquista y España sobre esta cuestión, tan interesante: la tensión entre el desarrollo cultural autóctono y la llegada o imposición de culturas exteriores, en este caso la del románico ligada a los benedictinos y a la asociación de Roma y Cluny.

  San Millán pertenece a la época visigoda,  parte de ella en tiempos de Leovigildo, y sería nombrado patrón de Castilla y Navarra, y también de España entera, en torno al siglo XII, en rivalidad con Santiago (la titulación de Santiago es anterior, incluso antes del descubrimiento de sepulcro).  Es enormemente evocativa la visita a aquellos lugares, aparentemente perdidos  en paisajes fantásticos de altas  montañas pobladas de densos bosques, cortadas por superficies cultivadas en las zonas más llanas. Digo aparentemente porque ese aislamiento no les impidió ser centros de cultura esenciales en aquella época. El hecho de que allí naciera, de la mano de un monje anónimo,  el español escrito, que llegaría a ser la lengua de cientos de millones de personas, no deja de provocar cierto asombro o fascinación.

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 He  expuesto (https://www.piomoa.es/?p=10595) razones por las que mi libro sobre la Reconquista es innovador y puede considerarse la mejor obra de síntesis escrita hasta ahora al respecto. Claro está que esto no es un dogma y cualquiera puede opinar lo contrario. Pero para ello debería dar asimismo razones y no sustituir estas por calificativos, como suele ser tan frecuente en estos “debates

 

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Carta abierta a un separatista / El oro de Moscú / La Reconquista

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Doy por supuesto que mis amables lectores difundirán a fondo e insistentemente,  como siempre,  contenidos como esta carta abierta.

Estimado señor:

 Empezaremos por un asunto que a usted no le hace gracia, pero que es definitorio: el racismo. Después de la derrota nazi nadie quiere proclamarse racista, pero en el origen de sus separatismos está la idea de ser una  una raza superior. Superior y sin punto de contacto con ninguna otra, decía Arana. Superior y en peligro de contaminarse con los “españoles”, decían Prat de la Riba y los de la Esquerra. Esto está bien documentado, mal que le pese. Me dirá usted que eso ha cambiado y ya no es así. Muy bien, si ustedes no son una raza superior, no se diferenciarán de los demás españoles porque sus diferencias son mínimas, las clásicas regionales, al lado del fondo común cultural e histórico que nos identifica a todos. Pero ¡por supuesto que el fondo de todo su llamémosle pensamiento sigue siendo ese racismo tan peculiarmente necio y ahora disimulado hipócritamente! Si usted renunciara realmente a esa manía, todas sus demás manías de secesión quedarían en el aire.

En su empeño en hacerse el diferente, usted da excepcional importancia al idioma regional, declarando ajeno y opresor al común que nos une a todos. Idioma de origen castellano pero hablado y entendido en toda España y al cual han contribuido todas las regiones. Usted pretende que la lengua común se ha impuesto y oprime a su lengua regional. Pero sabe muy bien que es falso. Lo que viene ocurriendo es justamente lo contrario: son ustedes los que tratan de marginar y excluir la lengua común. No voy a entrar en la discusión sobre el mérito de su lengua regional, y menos aún su derecho a hablarla y desarrollarla, pero sí le recordaré el hecho histórico de que el castellano se fue haciendo común por su mayor peso cultural en todos los órdenes, que fue aceptado sin necesidad de guerras por todas las regiones, y que a su desarrollo, literatura y pensamiento  han contribuido todas las regiones. Y que  con él se ha creado uno de los grandes ámbitos culturales del mundo. En su misma región, la cultura se ha desarrollado mucho más en el español nacional que en el español regional.  Y usted pretende privar a sus paisanos de la riqueza que en todos los órdenes supone la lengua común para imponerles la exclusiva de una de mucha menor influencia en todos los órdenes. ¿Y por qué pretenden ese absurdo? Por lo del principio, porque consideran la lengua regional como la propia en exclusiva.  ¿Propia de quiénes? De la “raza superior”, claro.

Otro aspecto disimulado de su racismo es su jactancia de ser más ricos que otros españoles. Y esto conviene aclararlo también. Es cierto que en Barcelona y Bilbao surgió una clase empresarial e industrial de cierto fuste por primera vez en España. Y es igualmente cierto que esa clase fue especialmente protegida desde Madrid. Es decir, fue concebida y funcionó como una política nacional de España. Ninguno de esos empresarios era por entonces secesionista, porque, aparte de que ni se le ocurría, sabía bien que su prosperidad dependía del conjunto del mercado español y de la política española.  Esto no tiene nada de particular, todos los países han desarrollado su industria con proteccionismo y en algunos centros particulares, pues sus productos tardan en hacerse competitivos con los de otros países que se han adelantado. Así ocurrió en Usa, Alemania, etc. El problema reside en el grado de proteccionismo. Cuando es excesivo, como  ocurrió en España, crea mercados cautivos que frenan la innovación y la iniciativa empresarial, por una parte, y por otra absorben rentas de otras regiones, obligadas largo tiempo a comprar productos de menor calidad y a mayor precio que los extranjeros. Este problema influyó, por ejemplo, en la guerra de Cuba. En otras palabras, un proteccionismo excesivo, que no se abolió hasta 1960, ha permitido que algunos centros industriales de sus regiones se enriqueciesen perjudicando al resto.

Y le recordaré otra cara de la moneda: también absorbieron sus empresas a  gran número de personas de otras regiones, precisamente porque el proteccionismo excesivo las mantenía en mayor pobreza. Es cierto que para esas personas fue una salida, pero no lo es menos que su riqueza regional de ustedes se debe en gran medida, y no debe olvidarse,  a aquellas personas, a menudo explotadas de mala manera. En buena medida, el separatista vivía de ellas y se permitía al mismo tiempo despreciarlas e insultarlas. El desprecio alcanza una cima cuando ahora se jactan ustedes de haberles ofrecido un pan que les negaban sus regiones de origen o bien  ”España”. ¡Qué generosos con los inferiores! ¿Entiende usted todo lo grotesco de ese laberinto de falacias?

En fin, usted y sus correligionarios pretenden destruir una de las naciones que más ha contribuido a moldear la historia del mundo, y disgregarla en un conglomerado de pequeños estados como los de la llamada Edad Media, inevitablemente hostiles entre sí, insignificantes en el orden internacional y juguete de intereses de potencias mayores. Ese es el contenido de su programa y no hay otro. ¿Cómo es posible tanta estupidez? Estupidez agravada porque, ante la miseria moral y política de los gobiernos que llevamos sufriendo largo tiempo, ustedes han creído ya fácil cumplir su designio. Quizá le convenga reparar en que ese tipo de gobiernos ha sido bastante frecuente en España desde hace un siglo y medio, y a pesar de ello, todas las intentonas separatistas han fracasado, incluso ridículamente, una y otra vez. España, convénzase, tiene una densidad cultural, histórica y política que no se deja destruir fácilmente, y que debería tener usted muy en cuenta si no quiere provocar nuevas desgracias a un país que ya lleva sufrido bastante de chifladuras como la suya.

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La oposición a Franco en los años 60: su carácter y amplitud https://www.youtube.com/watch?v=9f24L_pMW9c

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El oro de Moscú

El nivel de la actual historiografía española se pone de manifiesto en la cuestión periódicamente resucitada del oro enviado a Moscú por el gobierno de Largo Caballero, o más propiamente por tres de sus componentes: el propio Largo, Negrín y Prieto.

La cuestión históricamente decisiva es que aquel envío, al margen de cualquier motivación que se haya esgrimido, puso al Frente Popular en manos de Stalin. Simplemente eso. Sin Stalin, el Frente Popular se habría hundido en seis meses a pesar de su aplastante superioridad material de inicio. Pues bien, este hecho está ausente o apenas mencionado en la mayor parte de la historiografía, que prefiere enredarse en aspectos secundarios.

El principal aspecto secundario que ha dado lugar a multitud de intervenciones es el del motivo de su envío a Moscú. Sus autores han afirmado que se debió a que las democracias no aceptaban colaborar con el Frente Popular (“la república”, la llaman), a pesar de ser tan demócrata como ellas. Y por ahí siguen muchos historiadores de poco fuste. Al parecer no tienen relevancia hechos como que  Largo, Negrín y Prieto hubieran intentado en 1934 una insurrección contra la república para implantar un régimen de tipo soviético; o que hubieran organizado el fraude electoral de febrero del 36; o que  contribuyesen a crear un clima revolucionario a continuación, y una revolución abierta a partir del 18 de julio de aquel año. En los análisis de esa gente, estos hechos ni se mencionan. Se diría que los tres personajes eran unos buenos  demócratas que solo deseaban que otras democracias los apoyasen y que solo recurrieron a Stalin cuando se vieron sorprendidos por la falta de solidaridad de Londres y París. ¿Es que no sabían lo que representaba Stalin?

Hay otros debates de interés menor, como el de la legalidad del envío. Desde luego fue manifiestamente ilegal, pero eso no era nada nuevo en un Frente Popular que en las propias elecciones y a continuación de ellas había pisoteado a conciencia cualquier legalidad o principio democrático.

   Por otra parte, los debates secundarios sobre si el oro fue consumido o no, giran sobre problemas sin mayor interés, al no poder comprobarse fehacientemente. Excepto en  un sentido: el Frente Popular gastó, en cualquier caso, mucho más dinero que los nacionales en la adquisición de material en Rusia y otros países, y no fue solamente el oro. Lo cual arruina otra especulación de historiadores lisenkianos que aceptan la propaganda roja, según la cual se había perdido la guerra porque el Kremlin había ayudado poquito en comparación con las masas de armas suministradas a Franco  por Italia y Alemania.

Y, repitamos, el efecto histórico mayor y definitivo fue que aquella decisión puso en manos de Stalin los destinos del Frente Popular. Si no se parte de ahí, todo el debate degenera en puros bizantinismos. Por cierto, un asunto derivado es el del arrepentimiento de Largo y de Prieto, pero no de Negrín, por el envío del oro y sus consecuencias. Arrepentimiento que costó a ambos su defenestración política. ¿O no tuvo nada que ver una cosa con la otra?

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la reconquista y españa-pio moa-9788491643050

 He  expuesto (https://www.piomoa.es/?p=10595) razones por las que mi libro sobre la Reconquista es innovador y puede considerarse la mejor obra de síntesis escrita hasta ahora al respecto. Claro está que esto no es un dogma y cualquiera puede opinar lo contrario. Pero para ello debería dar asimismo razones y no sustituir estas por calificativos, como suele ser tan frecuente en estos “debates”


 

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Dos concepciones de la sexualidad / Viñas, el sanguinario

No sabemos por qué, a partir de cierto grado de evolución, los seres vivos se reproducen sexualmente;  ni por qué, al menos en el caso humano, el acto sexual va cargado de un placer más intenso y distinto de cualquier otro, así como de sentimientos también de particular intensidad; ni tampoco por qué el dimorfismo sexual –no solo físico, también psíquico– es tan acentuado en el ser humano, más, probablemente, que en el resto de los mamíferos. Pero sea cual fuere la causa, los hechos son esos.

   Dejando aparte la cuestión del amor, podemos deducir de ahí dos actitudes que, llevadas al extremo serían estas: la sexualidad como instrumento de reproducción y como instrumento de placer.  La primera concepción es la tradicional en el cristianismo, que algunas prédicas querían llevar precisamente al extremo, justificando el acto sexual solo si tenía como objetivo tener hijos. La segunda es la que se va imponiendo actualmente, de modo también más extremo cada vez: se trata de utilizar los órganos sexuales para obtener el placer correspondiente, sin relación con la reproducción  ni siquiera con la división biológica en sexos opuestos. Cada una de estas concepciones origina una moral propia.

     La primera concepción, aun sin plantearse de modo extremista, relaciona la sexualidad con la reproducción, y al exigir esta un período de cuidados de la prole mucho más larga que en cualquier animal, impone una estabilidad y fidelidad conyugal también muy prolongada, que el cristianismo trata de que sea por vida, lo que se entiende por una familia. La sexualidad debería quedar regulada y ordenada aprovechando los sentimientos  amorosos naturales, el sentido del compromiso, etc., pero puede imponer obligaciones pesadas que reprimen la tendencia promiscua, sobre todo en el varón.

   La segunda concepción gira en torno a un placer que puede obtenerse de muchas maneras, por lo que sería normal tanto la homosexualidad como la pederastia u otras formas como el sadomasoquismo, que ciertamente proporcionan placer a sus practicantes, pues de otro modo no se darían. La moral gira aquí, precisamente en torno al placer, y la relación con el otro o los otros participantes no exige más compromiso que ese, generalmente pasajero o muy pasajero, porque “el otro” suele tener necesidades o exigencias no siempre agradables.  La reproducción queda en segundo plano, a menudo como una consecuencia indeseada, según demuestra la masividad del aborto, la disminución de los matrimonio y el aumento de las separaciones y divorcios. Esta concepción se presenta como la propia de la libertad y los derechos humanos.

   En fin, dejemos ahí la cosa, de momento.
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Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

Viñas, el sanguinario

   A estas alturas, creerse la propaganda según la cual el Frente Popular era un conglomerado de demócratas protegidos y orientados por Stalin y abandonados ignominiosamente por las democracias inglesa y francesas, requiere no ya de enormes tragaderas, sino de una notable estupidez. Tenemos, no obstante, un “historiador”, Ángel Viñas que no solo se lo cree sino que realiza esfuerzos ímprobos por convencer a la gente de semejante memez.

    El caso de Viñas tiene otra faceta, y es su carácter sanguinario. Está convencido de que Negrín obraba de forma valiente y honorable tratando de prolongar la guerra, con su cúmulo de sangre y sacrificios, para enlazarla con otra peor aún, la guerra mundial. A Viñas los torrentes de sangre que costó y aún costaría más si el designio de Negrín se hubiera cumplido,  no le impresionan lo más mínimo. Por su “democracia” considera que valdrían la pena.

  Hace poco el “demócrata” sanguinario Viñas decía que es preciso llegar a un relato único sobre la guerra y el franquismo. Como en la república democrática de Corea del Norte o en la “Alemania democrática”, como la llamaban aquí: el relato de la “memoria histórica”. Hoy tenemos una universidad que acepta estas cosas, y al aceptarlas demuestra su indecencia moral, su totalitarismo político y su irrelevancia académica. Aún así, los Viñas y compañía van a tener más resistencia de la que creen.

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El otro día pasé por la calle Malasaña y por curiosidad busqué dos restaurantes que frecuenté en tiempo de clandestinidad y donde solía quedar con Delgado de Codes, que murió de un disparo de la policía. Uno de ellos el Bolívar, se llama hoy Bolívar-Barbadillo y ya no es barato. El otro La Glorieta, ya no existe, parece un restaurante indonesio.  Siempre me pregunto en qué consistirá el pasado y adónde habrá ido. Lo cito en “recuerdos sueltos” (https://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/flan-con-nata-1276231117.html ), que he incluido en Adiós a un tiempo.

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío] https://www.amazon.es/Adi%C3%B3s-tiempo-Recuerdos-sueltos-relatos-ebook/dp/B075L82G5B

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La guerra civil como guerra ideológica / Falsedad del átomo

Sobre la plaga del feminismo: https://www.youtube.com/watch?v=kCLVsOVtTUE

*El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE 

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

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Dada la conflictiva  variedad de intereses presentes en la sociedades humanas, las guerras pueden surgir por objetivos muy variados: territoriales, económicos, políticos,  religiosos, ideológicos, etc., incluso personales. En la práctica suelen intervenir varios, aunque alguno siempre predomina y da carácter al conflicto . Si hubiéramos de definir el de España creo que su carácter ideológico sería el dominante. Grosso modo, una ideología viene a ser una concepción general del mundo, y el choque entre esas concepciones produce un tipo de guerras radicales, parecidas a las de religión. Cada bando piensa que el enemigo no solo le perjudica económicamente, por ejemplo, sino de manera total, siente que su mera presencia destruye todo lo que da sentido  a la vida social y personal, a los sentimientos que le permiten identificarse con su sociedad o sus esperanzas vitales. A estas situaciones se llega generalmente mediante procesos más o menos largos y en gran medida inconscientes para los mismos políticos.

  El problema lo vio con claridad premonitoria el editorialista del diario El Sol que en el último día del año 1935 diagnosticó: “Los españoles vamos camino de que nada nos sea común, ni la idea de patria, ni el régimen, ni las inquietudes de fuera ni de dentro, y mucho menos los postulados de la convivencia nacional”, abiertos esperanzadamente por la república. Recojo con frecuencia esta cita porque define la situación y explica, por ejemplo, la negativa de  Margarita Nelken o de Federica Montseny (entre tantas) a entender como “fratricida” la contienda: no había fraternidad alguna derivada de compartir un país y una cultura, porque las ideas y sentimientos al respecto se presentaban como radicalmente incompatibles.

Dado que el término “ideología” se presta a muchas interpretaciones, expondré en qué sentido lo empleo aquí con más precisión del resumido más arriba. El concepto procede de Marx, para quien la ideología consistía en un conjunto de ideas sobre el mundo y la vida humana con pretensiones de valor general pero  creado en realidad para justificar la dominación de un grupo social sobre la mayoría explotada. Siendo esa su función, sus pretensiones explicativas son en realidad parciales y falsas, opuestas a la ciencia. La  religión sería la ideología por excelencia.

 En mi ensayo sobre Europa en su historia, he expuesto la cuestión de otro modo: el hombre es en gran medida un misterio para él mismo, y la necesidad de encontrar sentido a su vida y actividad le obliga a depositar fe en algo fuera de su alcance, que les dé ese sentido. La base y sustancia de la cultura europea es el cristianismo, el cual entraña una fuerte tensión interna entre fe y razón o, como a veces se expresa, entre el legado de Jerusalén y el de Atenas. Esa tensión ya dio lugar en la llamada Edad Media  a intensos debates entre los escolásticos, con conclusiones divergentes. Con el protestantismo, la tensión se resolvió a favor de la fe y en contra de la razón, “la ramera de Satanás” en frase de Lutero, socavadora permanente de la fe.  El catolicismo, en Trento, buscó una vuelta a la difícil armonía entre ambos componentes, pero la Ilustración lanzó un nuevo embate contra el cristianismo al privilegiar la razón y someter la fe a un demoledor examen racionalista. La Ilustración afirmaba la creencia en que la razón conseguiría llegar a conclusiones universalmente válidas, necesarias y por tanto de aceptación forzosa para todo el mundo. Esto, sin embargo, no dejaba a su vez de ser una fe, y el resultado no fueron en modo alguno aquellas “verdades universales” sino ideologías diversas y a menudo radicalmente enfrentadas.

Considero aquí, por tanto, que las ideologías son concepciones del mundo y del hombre, basadas en la razón, con los correspondientes programas prácticos. O más apropiadamente, basadas en una Razón divinizada y reforzada por la ciencia o un concepto de la ciencia. Las ideologías principales en los dos últimos siglos y medio han sido el liberalismo, el marxismo y, ya en la primera mitad del XX, el fascismo y el nacionalsocialismo. El encontronazo entre las tres daría lugar a la II Guerra Mundial y a una profunda decadencia de Europa. En cada una de esas ideología se aprecian, además, interpretaciones discrepantes y hasta opuestas, de modo que ni siquiera puede decirse de cada una que aporte unas conclusiones unívocas y necesarias. Todas ellas estuvieron presentes en la guerra de España, y  también otras menores, en particular el anarquismo, muy influyente en la contienda civil y en los movimientos que condujeron a ella. Para entender la conducta del Frente Popular y más ampliamente la guerra, será imprescindible, por tanto, examinar el contenido de las ideologías en pugna así sea a grandes rasgos: estudio casi siempre ausente en las historias de aquellos episodios.

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La teoría atomista de Demócrito suele presentarse como  un gran avance en el pensamiento científico, pero en realidad es una composición racionalista contradictoria. Racionalista porque extremaba el hecho de que toda la materia puede ir dividiéndose en “pedazos” más pequeños, por lo que había que llegar a un elemento  indivisible, pues de otro modo no existiría nada.  Sin embargo, el mundo resultante sería una acumulación gigantesca  de átomos iguales,  con un aspecto uniforme y solo diferenciado en tamaños. Como  evidentemente no era así, había que suponer “algo” ajeno a los átomos, que les haría comportarse de maneras muy distintas para originar un mundo tan multicolor y variado, lo cual eliminaba la propia teoría como explicación última. O bien atribuir a los átomos formas, colores y agarres diversos, lo cual implicaba composiciones distintas, es decir, negaba asimismo la propia teoría.  

   La teoría atomista se ha aplicado también, con pretensiones científicas, a la sociedad. Esta se compondría a su vez de átomos (individuo significa lo mismo que átomo), lo cual daría origen a sociedades perfectamente uniformes, más aún que las de las hormigas.  Hay en las ideologías una especie de nostalgia por  esa igualdad que garantizarían los átomos personales y que visiblemente nunca existió. También las ideologías quieren ser “científicas”.

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