Hay episodios que por sí solos resumen y explican enormes sucesos. La guerra civil y el carácter del PSOE, por ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20&t=3s
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Antes de continuar, conviene exponer algo más lo que se entiende aquí por ideología, palabra que, como tantas otras, se usa a menudo con significados diferentes e incluso opuestos. Para Marx, las ideologías eran explicaciones fantásticas sobre el mundo y la sociedad, cuya función consistía en legitimar la explotación de una clase sobre las otras. Para Fernández de la Mora se trata de seudofilosofías o filosofías degradadas, con efectos políticos. Aquí las entendemos como concepciones o explicaciones del mundo y de la vida basadas en la razón y con exclusión de la fe. Las ideologías nacerían precisamente de la Ilustración, como rebeliones de la razón contra la fe.
En suma, el ser humano necesita algo así como un mapa espiritual o intelectual para orientarse en la vida. El mundo y la propia vida se presentarían como un caos de datos y sucesos en que nos sentiríamos totalmente perdidos si nuestra mente no les diese un sentido organizándolos, situándolos y relacionándolos en concepciones más o menos generales. Debido a la incertidumbre radical en que despliega su vida, ese mapa se compone de certezas racionales y creencias de fe o religiones. Según el viejo catecismo, fe es creer lo que no vimos, una definición incompleta: aunque no hayamos visto Nueva York o Copenhague sabemos que existen por pruebas y evidencias diversas. La fe se deposita más bien en lo que no podemos ver, es decir, lo que está más allá de nuestra capacidad racional, algo que la propia razón admite estar por encima de sus capacidades, como en la célebre y muy racional reflexión de Omar Jayam.
Sin embargo, la razón, exaltada desde el siglo XVIII, ha aspirado a entender el mundo y guiarse en él sin necesidad de ninguna fe o religión. Como “lo que no podemos ver” persiste inevitablemente, y también en el sentido de que lo alcanzable por nuestra razón, “lo que vemos”, varía mucho con el tiempo y está expuesto a errores, la fe en la razón establece que de todas formas nada hay inalcanzable para ella en un progreso indefinido, gracias también a la ciencia, un derivado de la razón. Así, el resultado ha sido el traspaso de la fe a la propia razón, lo que exige, de paso, declarar innecesarias o carentes de significado las cuestiones más radicales planteadas por la existencia humana. Por tanto, la fe permanece de otra manera y, como la religión, genera mitos y ritos, justifica una moral, proporciona consuelo y libera al individuo de parte de la angustia, transformando esta en impulso sugestivo ante los afanes de la vida; y crea un lazo grupal entre individuos por encima del carácter conflictivo de la relación interhumana. La ideología viene a ser una religión sucedánea, con inmediata proyección política, pues afirma poseer las claves de la relación interhumana, que le permitirían suprimir los factores de desorden, conflicto e incertidumbre. Su crítica de la religión tradicional consiste en declararla fruto de la ignorancia y la impotencia, cosas perfectamente superables con el ejercicio de la razón, la ciencia y el desarrollo de la técnica, efecto práctico de las anteriores. Ninguna ideología se reconoce como tal, sino como doctrina racional y científica, aunque siempre resulta finalmente en una interpretación peculiar de la razón.
De la razón se esperaba un mapa nítido de la vida y de su sentido, con las líneas bien trazadas, de valor general para los humanos y con unas orientaciones ineluctables. En la práctica ha dado lugar a mapas muy diversos, cada uno de ellos con pretensiones exclusivistas, no solo respecto a los demás mapas o ideologías, sino también a la evolución o historia del propio ser humano, considerado en cierto modo un infrahombre, sujeto a mil desdichas hijas de su ineptitud antes de haber descubierto las liberadoras verdades ideológicas.
Las ideologías tienen una gran capacidad para interpretar la historia y la sociedad recurriendo a algún elemento explicativo por encima o por debajo de la gran variedad de hechos y sucesos. En un caso puede ser el comercio, en otro la explotación del hombre por el hombre, o bien la voluntad de poder, o la independencia radical del individuo, etc. Cada uno de esos factores obra como la estrella polar para orientarse en la noche, y sobre ellos se eleva una concepción general de la vida. Precisamente por ello resultan tan sugestivos sus mapas. La causa radica en la mencionada necesidad humana de orientarse en el caos con que se le presentan los datos y hechos del mundo y la vida. De ahí también nuestra resistencia a abandonarlos aunque choquen frecuentemente con la realidad más evidente: preferimos atenernos en cualquier caso al mapa, antes que sentirnos perdidos en el caos. Por ello también las ideologías van cargadas de una intensa afectividad, aunque traten de asentarse exclusivamente en la razón.
Los mapas, desde luego, engloban y explican hasta cierto punto una porción de la realidad, pero nunca la suficiente, que además cambia en el tiempo. Por eso la ideología siempre encontrará hechos en los que apoyarse, y aquellos que escapan a su capacidad interpretativa los desfigurará o distorsionará de modo que encajen en ella. Así, interpretan la historia atribuyéndose lo que consideran mejor de ella y explicando sus propios fracasos como efecto de factores ajenos, factores de atraso, barbarie o ignorancia, que convendría suprimir y se suprimirían en un progreso pacífico o violento, según las circunstancias. El racionalismo hace los mapas ideológicos tan convincentes a los ojos de sus creyentes que si la realidad no se adapta a ellos, siempre se deberá a no seguirse sus indicaciones con todo el rigor y energía necesarios. Así permanece siempre el dilema de si su aplicación estricta terminará por superar los contratiempos y resolver satisfactoriamente los problemas o, por el contrario empujará a unos errores cada vez más catastróficos. La incertidumbre continúa e incluso se agrava, y ahí actúa de nuevo la fe. La Revolución francesa, entre tantos otros sucesos históricos, es una manifestación del dilema: ¿retroceder ante el fracaso o aplicar “la razón” con más fuerza todavía, intentando barrer los obstáculos?
En mi libro sobre Europa examino sucintamente las principales ideologías salidas de la Ilustración: liberalismo, marxismo y, ya en el siglo XX, el fascismo. Hay otras menores, y también debe decirse que ninguna de ellas ofrece una doctrina compacta, sino que en el interior de cada una existen corrientes diversas y a veces encontradas, de tal modo que una constante en ellas es la exclusión de las tendencias divergentes como ajenas o falsas, de modo que no solo cada una se opone a las demás, sino que dentro de cada una luchan diversas corrientes o interpretaciones por imponerse. Del liberalismo en particular se ha dicho que no es una ideología, que no tiene casi nada en común con religiones sucedáneas como el marxismo o el nacionalsocialismo, y este es el problema que intentaremos examinar.