Blog I: Defender el franquismo: http://www.gaceta.es/pio-moa/defender-franquismo-09102014-1912
**Seminario: “El separatismo catalán, teoría y práctica”. En Centro Riojano de Madrid. Cuatro sesiones, días 17 y 23 por la tarde, a las 19,30, y días 18 y 25 (sábados), a las 10,30 de la mañana. Matrícula, 50 euros. El cursillo tratará sobre las bases doctrinales y políticas de dicho movimiento y su comportamniento en la historia del siglo XX y hasta ahora. No puede afrontarse debidamente un problema si no se lo entiende bien. Inscripciones: 915 766 766
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PATRICIO. Pero dejemos, ¡oh Mauricio! Esas disquisiciones sobre sexo y razón, que ya resultan enojosas y tiempo habrá de volver sobre ellas, si los dioses nos lo permiten.
FELICIO.- No te falta razón, amigo Patricio. Tanto más cuanto que quería hablaros de un descubrimiento científico que he hecho hace poco… Pero no sé si hacerlo, tan deprimente resulta para el sentimiento acientífico que generalmente nos domina…
MAURICIO.- Somos todos hombres curtidos y bregados, buen Felicio, lo sabes bien, desde que, estando todos en la cárcel por motivos variopintos que no hace falta explicarte, decidimos que, según saliéramos, recompondríamos un círculo de amistad y enjundiosos y elevados diálogos, dedicándonos al pastoreo en este feraz y por todos motivos privilegiadísimo pueblo de Porriño. Puedes hablar, pues, sin temor.
FELICIO.- Bien, muchachos, vosotros veréis…He llegado a la conclusión, no muy estimulante, de que el hombre no es, hablando científicamente y en fin de cuentas, otra cosa que un amasijo de átomos. El hombre, e incluso la mujer.
PATRICIO.- ¡Caramba Felicio! Es una conclusión por así decir de gran densidad. Pero un poco antigua, y no quiero con mi observación quitarte el menor mérito. Incluso la Biblia lo dice a su modo: barro somos. O polvo, en fin.
FELICIO.- No te llevaré la contraria, ¡oh Patricio!, sin duda aciertas, como casi siempre. Pero reflexiona sobre las consecuencias de tal hecho, en las que pocas veces, si alguna, suele repararse. Consecuencias que nos presentan la historia, la moral, la vida en suma, de modo harto diferente de aquel al que estamos habituados. ¿Qué es la vida, qué es la persona sino una continua composición y descomposición de átomos? En último extremo un ser humano no difiere de un pedrusco, y me atrevo a aventurar que Stalin fue muy consciente de ello. Mató a mucha gente, se le acusa, pero ¿qué hizo, en suma, sino acelerar un proceso de todas formas ineludible, que también acabaría con él? Científicamente, la cosa no tiene mayor alcance.
MAURICIO.- Pero, Felicio, estoy seguro de que casi nadie siente ganas de que le aceleren el proceso, como elegantemente has denominado la cosa. A ti mismo, ¿acaso te gustaría que un Stalin, o simplemente un hampón, pretendiera desordenar de cualquier manera tus átomos? Apuesto a que protestarías, e incluso tomarías medidas más enérgicas, como huir.
FELICIO.- Apuesta ganada de antemano, amigo mío, lo confieso. Pero que lo confiese abiertamente no impide que me percate de que mi actitud en ese extremo resulta ajena a la ciencia. Es más, debes admitir que ni siquiera es una actitud racional, tú que tanto presumes de rendir un culto a la diosa Razón tan extremado que no piensas echar un polvo mientras no aclares racionalmente no sé qué… ¿Somos acaso dueños de los átomos que nos componen? Reconoce que no, que ellos se comportan como les da la gana. Sin pedirnos permiso nos han compuesto, y sin la menor preocupación por nuestros sentimientos nos descompondrán un día, quieran las musas que tarde en llegar. Así pues, en definitiva, difiere mucho el que un hombre se muera o lo maten de que una piedra se rompa en pedazos?
APARICIO.- ¡Ah, eso me recuerda a la canción de nuestro gran amigo Jallidakis, séale la tierra leve! I petra: “La piedra es la muerte, la piedra es mi vida…” (http://www.youtube.com/watch?v=mTCGMPa_uv8)
SIMPLICIO.- Así mirado, la verdad es que da mucho que pensar. Yo siempre estoy por la ciencia, siempre me pareció mucho más progresista…
FELICIO.- Observad, además, que no solo a los átomos les da por descomponernos cuando lo consideran oportuno, sin por eso descomponerse ellos, pues son casi eternos y ni sufren ni padecen. Es que antes, incluso, otros muchos factores acaban con nuestra salud. No solo lo que llamamos un asesino, o un accidente… Incluso algo tan miserable como un virus, o una bacteria, puede ocasionarnos la muerte, en medio de horrendos y prolongados dolores. De ahí yo deduzco que nuestras leyes deben progresar y aceptar los hechos, en otras palabras, legalizar lo que, con término emocional y acientífico llamamos asesinato: se condena al asesino, pero ¿acaso se condena a un virus o a un cáncer? Y sin embargo, ¿no resulta mucho más digna la acción mortífera de un hermano nuestro, de un semejante, que la de una despreciable peste, un microbio cualquiera? Aparte de que el microbio acaba contigo porque sí, por las buenas, sin ninguna intención particular, mientras que el asesino opera a un nivel mucho más elevado, con intenciones humanas, con proyecto, con una ilusión o ideal, por quedarse con tu dinero, pongamos por caso. Eso está a un nivel intelectual y moral muy superior al de un virus o… o al de unos elefantes en estampida que te aplastaran bajo sus pesadas patas. Creo que junto a la ciencia debe prevalecer esta diferenciación moral, y la ley debe adaptarse, tal como lo ha hecho ya en relación con el aborto. O somos científicos o volvemos al mundo de la magia y la superstición.
PATRICIO.- Yo creo, Felicio, que, siendo solo media mañana, ya has empinado el codo en demasía…
FELICIO.- ¿Crees? No me extraña. Incapaz de rebatirme con hechos y razones de peso, has de refugiarte en la creencia, en la fe…
MAURICIO.- Una cosa me preocupa, Felicio: ¿por qué a los átomos les da por formar cuerpos en lugar de mantenerse dispersos por ahí, o en una acumulación gigantesca e informe? ¿Por qué no se sueltan de nuestros cuerpos para desperdigarse y mezclarse con el aire y la tierra, pongamos por caso? ¿Por qué, en definitiva, les ha dado por separarse del resto y unirse disciplinadamente entre sí, repartirse tareas, como si dijéramos, para formarnos? ¿Tienes respuesta a eso?
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PATRICIO.- Te veo muy callado, Fabricio. Tú, que presumes de tu superioridad intelectual a falta de otras superioridades, ¿no tienes nada que decir sobre estos asuntos?
FABRICIO.- Pues ya ves, nunca me los había planteado. Pero diré que estoy de acuerdo en parte con Felicio, si bien encuentro varios problemas en su argumentación, por lo demás brillante.
MAURICIO.- Somos todo orejas, camarada.
FABRICIO.- Obviamente, es verdad lo del aborto. El problema no está en si un embrión es una vida humana, sino si es una acumulación de átomos. Puesto que lo es, la solución viene por sí sola. Lo mismo en cuanto a la legalización del asesinato. Si liquidamos el embrión, ¿por qué no aceptar el asesinato entre personas adultas y responsables? Pero los políticos son inconsecuentes, dan una de cal y otra de arena, y así van las cosas. Fijaos: se han hecho miles de leyes contra el asesinato, y sin embargo continúa habiendo asesinatos. ¿Por qué? Porque es algo que está en la naturaleza, nos guste o no. Y las leyes no pueden ir contra la naturaleza. El asesinato, como los demás fenómenos naturales y sociales –que estos son parte también de los naturales– tiene la dignidad eminente de existir, de ser un hecho, una realidad. Y las leyes deben hacer legal lo que es real… Lo demás es poner puertas al campo, perderse en contradicciones, olvidar la ciencia, en resumen, naderías.
FELICIO.- ¡Pero qué cabeza privilegiada tienes, pequeño jorobeta! ¡Yo diría que el cerebro no te ocupa solo el cráneo, sino también la chepa!
FABRICIO.- No obstante, Felicio, y a pesar de que yo he empleado también la palabra dignidad, de lo que me acuso al instante, esas calificaciones que tú empleabas para poner moralmente un asesinato por encima de la acción letal de un virus, por ejemplo, me parecen impropias. La cuestión reside en los átomos, como muy bien has dicho, y ahí es ocioso hablar de dignidad, de valores y simplezas por el estilo, que la ciencia, lógicamente no toma en cuenta. ¿Acaso los virus no se componen a su vez de átomos? Todo es igual, en definitiva, y la moral no es más que una construcción mental ilusoria, tal como los fantasmas, los unicornios y cosas por el estilo… ¡Salicio! ¿No puedes hacer callar a tus ovejas? Con tanto balido se me desordenan los razonamientos.
APARICIO.- Es que están contentas de poder comer a gusto, ahora que ya Salicio no puede tocar la zambomba, y es normal que manifiesten su alegría a su manera.
SALICIO.- ¡Tranquilo, gran hombre, que ya las alejo! ¡Que le desordenan los razonamientos, dice, y no suelta más que chorradas!
FABRICIO.- Es evidente, mis queridos camaradas y amigos, que los átomos tienen su propia dinámica, su propia lógica y razón de ser y actuar, y, que, conociendo esas cosas, llegaríamos a entender la naturaleza y la vida mucho mejor. Está claro que, esencialmente, un burro y un ser humano son la misma cosa, y si no, mirad a Salicio…Pero es que también es la misma cosa un saco de serrín o un pedazo de granito: todo son, todo somos átomos. No obstante, hay algunas diferencias secundarias a tomar en consideración: los átomos están organizados de distinto modo en una persona y en un peñasco, incluso una casa podría considerarla un peñasco organizado de otro modo… Además, nosotros diferimos de la piedra en otra cosa: constantemente absorbemos átomos del entorno y devolvemos átomos al entorno, de un modo extraño, porque a pesar de ello seguimos teniendo la misma figura, en lugar de cambiar y confundirnos con el medio…
PATRICIO.- Observa también, ilustre Fabricio, que cuando hablamos expulsamos átomos, en realidad hablar equivale a expeler átomos. Es más, nuestros pensamientos, ¿qué son más que movimientos de átomos, o quizá de electrones, no estoy muy seguro…?
FELICIO.- Lo cual vuelve a corroborar mi argumento.
APARICIO.- Luego, ¿qué sentido tiene lo que decimos y pensamos, Felicio?
FELICIO.- ¿Qué sentido va a tener? Ninguno. ¡Pero qué poco espíritu científico hay en tu mollera, amigo Aparicio! El sentido es algo tan subjetivo, tan arbitrario y tan caprichoso como la dignidad, el valor, todas esas cosas, ¿No coincides conmigo, Fabricio?
MAURICIO.- Pero, Fabricio, ¿conoces tú esas cosas, el dinamismo de los átomos y tal y tal, que nos aclararía el por qué de la vida, o del mundo, pongamos por caso? ¿Puedes responder a la pregunta que hacía antes, a saber, por qué a los átomos les da por formar cuerpos y mantenerlos más o menos estables, en lugar de dispersarse por ahí mezclándose con otros átomos?
FABRICIO.- Quizá la ciencia no está todavía en condiciones de contestar esas cuestiones, pero yo aventuro que se trata de una combinación de la fuerza electromagnética y de la temperatura. Añádeles la fuerza de la gravedad, si quieres.
APARICIO.- ¡Rediez!
