El totalitarismo homosexualista que viene

Blog I: La salud/enfermedad social:http://www.gaceta.es/pio-moa/saludenfermedad-social-i-18062014-1314

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Javier Checa (¡apellido apropiado, pardiez!)  un homosexualista del grupo Colegas (creo que vinculado al PP), ha anunciado que denunciará ante la fiscalía a Richard Cohen  por su libro Comprender y sanar la homosexualidad.  Si esta es curable o no, carece aquí de importancia. Cohen ha estudiado el caso y llegado a unas conclusiones, y existen, evidentemente, homosexuales que desearían dejar de serlo. Por lo demás, Cohen tiene perfecto derecho –en una democracia, claro–  a expresar y mantener sus opiniones. Su libro es al menos tan lícito como los que  equiparan la homosexualidad a la heterosexualidad, pintándola incluso como algo deseable y motivo de orgullo.  

Pero a Checa no le gustan las tesis de Cohen, y pretende que el libro sea prohibido y el autor condenado. Nada menos. ¿Por qué? Porque lo ve como un peligro para el discurso homosexualista hoy abrumadoramente dominante en la literatura, el cine y los medios. Y al verlo como una amenaza, obra según lo que recuerda su apellido, es decir como si estuviéramos en un estado totalitario, movilizando al llamado lobby gay  –muy poderoso, como ha demostrado a menudo–para aumentar la presión. Uno se pregunta quiénes son el señor Checa y sus colegas  para impedir la expresión de otras ideas que las suyas, o  quiénes son para impedir el cambio de orientación sexual a los homosexuales que lo deseen libremente.  El señor Checa confía, es claro,  en que la fiscalía comparta sus sentimientos y designios, lo cual, si la confianza fuera acertada, mostraría lo mucho que el estado avanza hacia el totalitarismo, de lo que tenemos otros muchos indicios. El poder judicial dista de ser precisamente la institución más prestigiada de España, y no sin motivos.  Ahora resulta que los homosexualistas podrían imponer dictatorialmente sus ideas y sentimientos y encarcelar o prohibir la expresión de otras.

No es ninguna broma ni un asunto baladí. Hace poco, un juez  ha encausado a algunos estudiantes por “incitación al odio”,  por decir que estaban dispuestos a luchar contra la secesión de Cataluña, o algo así. Pero ¿qué es eso del odio desde el punto de vista judicial?  No existe odio en abstracto, siempre se odia o detesta algo preciso. En España, precisamente, el odio ideológico ha subido muchos grados por efecto de la  –totalitaria–ley de memoria histórica, y las expresiones de odio de homosexualistas, feministas, abortistas, antifranquistas de salón y similares  están bien de relieve en sus publicaciones. Yo he recibido todo tipo de insultos y hasta amenazas de muerte en tuíter y facebook por parte de esos “demócratas”, cuyo afán totalitario  apesta a larga distancia. Unos tipejos de espíritu chekista osaron denunciarme por no pensar como ellos sobre la historia reciente, y en la universidad he sido boicoteado por una otros parecidos,  protegidos de hecho por las llamadas autoridades. En esa dirección camina el estado actual, porque mi caso no es, desde luego, aislado.

Esta gente tiene mucho peligro y es preciso reaccionar, porque están contaminando el ya muy degradado poder judicial, de modo que el día menos pensado nos encontramos en una especie de Unión Soviética  con su correspondiente GULAG para quienes osen discrepar de homosexualistas, abortistas o feministas, que no por azar suelen ir juntos y no lejos de quienes han promulgado y defienden la ley de la Cheka, que no de la memoria histórica.  Nuestra democracia, muy endeble desde el principio, está cada vez más enferma.

 

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Dos artículos sobre Julián Marías.

 

Leo en El Mundo que Julián Marías fue condenado a “muerte civil” por el franquismo.  “Esa constante y odiosa mentira de los rojos”, que decía Marañón. Marías vivió muy bien en la España de Franco.  Cierto que lo rechazaron en la universidad (como se sigue rechazando a personas de talento, por lo demás), pero pudo enseñar escribir, opinar, viajar y ser más reconocido que después de la transición.  Como él mismo decía, en el franquismo existía una gran libertad personal.

Durante su breve estancia en la cárcel, la dirección le encargó que enseñara a leer y escribir a los presos analfabetos, y francés a los más cultos. Significativo.

Dos artículos sobre Julián Marías:

Un error de Julián Marías: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/un-error-creo-de-javier-marias-45066/

Julián Marías o la sensatez: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/julian-marias-o-la-sensatez-28723/

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Dos tríos literarios.

 

Blog I. El gran desafío de la actual generación: la balcanización de España: http://www.gaceta.es/pio-moa/gran-desafio-actual-generacion-los-separatismos-16062014-1105

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Compré la semana pasada en la Feria del Libro su novela, y la he devorado, literalmente. Quisiera hacerle unas observaciones:

 1. Veo dos tríos que me han parecido de mucha significación:  El protagonista, Alberto, tiene dos padres, el biológico y el “oficial”. Este muere a manos del primero, y a su vez el padre biológico muere a manos del hijo. Me gustaría saber si ello tiene  alguna  intención simbolizante (complejo de Edipo, o algo así)

2.- El segundo trío serían los hermanos  Oliver: Paco Luisa y Carmen. El contraste entre los tres es tan fuerte que me gustaría saber si también hay en ello algún simbolismo o intencionalidad especial.

   Por cierto, me han gustado las escenas de las tertulias y sobre todo las de la taberna de mi tocayo Antonio Sánchez. Cuando vaya por Madrid tendré que ir a verla.

Antonio Sánchez

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R. No hay ninguna intención deliberada en la novela. Opino que una novela claramente intencionada se estropea, aunque esté bien construida. Suele salir una obra de ingeniería literaria con personajes “típicos”. Un ejemplo es El nombre de la rosa, de Eco: novela negra con personajes estereotipados e intención ideológica precisa, con buenos recursos o trucos para provocar determinados sentimientos en el lector, sin verdadero conflicto moral.

    La muerte del padre “oficial”  supone un gran  trauma para el protagonista, no tanto porque sintiera por él mucho afecto (si bien le tenía respeto, o al menos así lo racionaliza cuando se entera de que no es su padre real) sino por la brutalidad del asesinato. Y he aquí  que  los azares de las luchas de aquellos tiempos le llevan diez años después a ocasionar la muerte de su padre biológico, a quien nunca había conocido. Algún comentarista ha dicho que parecía un mito griego. No sé. Recuerda al relato de Edipo en un aspecto, pero no tiene demasiado parecido, y menos aún con el complejo de Edipo, que no pasa de fantasía de Freud, en mi opinión. Para Alberto, descubrir que ha llevado a la muerte a su padre biológico supone un trauma muy de otro estilo que el primero. Nunca lo había conocido ni tratado, salvo en los últimos días, y sentía una fuerte antipatía hacia él, ignorando la relación entre ambos. La revelación final  le ocasiona una especie de convulsión metafísica, por así decir,  una revelación del destino. Hay cierta semejanza, no obstante, en la reacción de Alberto ante la muerte de sus dos padres: en los dos casos decide olvidarlo todo, en el primero de modo inconsciente, enfermizo, por el choque psíquico que le ocasiona la escena del asesinato; en el segundo se cuida muy bien de presenciar la muerte, y es más deliberada, más consciente, su decisión de olvidar. De olvidar no solo el hecho final, sino sus años anteriores entre las dos muertes. Solo se atreverá a recordar aquella época muchos años después, tras el fallecimiento de Carmen.  Puede verse en ello cierta cobardía, o un símbolo del elemento fratricida en la guerra civil, que llevó a tantos a olvidarla, aun creyéndose los buenos en el conflicto.

   Sobre el segundo trío: son tres hermanos muy distintos, aunque con algo en común: tanto el varón como las dos chicas son valientes, capaces de asumir riesgos, con cierto idealismo, cada cual a su manera. Luisa es una persona atormentada, y su promiscuidad sexual puede entenderse como una reacción a las presiones de su ideología marxista. Al terminar la guerra pudo haber quedado en Francia, pero su  aversión a su madre y su cariño hacia su padre la empujarán a desaparecer en el GULAG, como tantos comunistas  de la época. También Paco morirá en el este, en el bando contrario, una vez descubre, o más bien cree descubrir, lo vano de su optimista y arriesgada  vida anterior. En cambio Carmen, que no es un personaje convencional, representa a la chica que aspira ante todo a formar una familia cristiana,  y termina saliéndose con la suya, pero solo a medias. Alberto nunca se “convierte” y sus hijos le saldrán muy poco cristianos, como rememora Alberto en las últimas páginas.  En cuanto a Paco, llamarle idealista sería simplificar mucho. No tiene un ideal preciso, se mueve por pura afición a la vida, en la que el riesgo es para él un juego, incluso lo es su impulso especulativo, que nunca le lleva a conclusiones precisas, al revés que a sus hermanas, las cuales sí tienen ideales definidos.

Debo decir que todas estas cosas se me ocurren ahora, por el comentario, no cuando escribí la novela. Confieso que tuve la tentación de escribir una obra épica, hasta poniendo en boca de los protagonistas un lenguaje elevado. Luego renuncié, creo que para bien. Añado que  la descripción anterior puede sugerir un relato pesimista y deprimente, pero  me parece que no es así, aunque tendría que hacer un esfuerzo para razonarlo.

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Los equívocos sobre la democracia, la destruyen (II)

 

 

Tomada en su sentido literal “poder del pueblo”, la democracia no existe ni existirá, ya que el poder se ejerce necesariamente sobre el pueblo y lo ejerce forzosamente alguna oligarquía con un “monarca”, un jefe al frente. Tampoco debe concebirse como la posibilidad para la mayoría de librarse de un gobierno que no le guste, porque puede no gustarle un buen gobierno, y viceversa, incluso puede gustarle un gobierno totalitario. Ni es exacto decir que el pueblo elige a los gobernantes, dado que los elige  una fracción de él, que puede ser inferior a la mitad  si compiten más de dos grupos políticos o la abstención  es amplia. Y la parte que queda frustrada puede ser solo muy ligeramente inferior a la vencedora. Conviene hacer estas precisiones porque predominan nociones muy difusas y a veces pintorescas al respecto, las cuales permiten envolverse en la capa de la democracia a partidos o políticos precisamente contrarios a ella. De hecho es concebible una democracia totalitaria como opuesta a una liberal, y no solo por imposición de partidos totalitarios, sino por evolución insensible hacia un poder omniabarcante, ya señalado por Tocqueville y que hoy es bien visible. Una democracia totalitaria se anula pronto a sí misma como tal democracia.

No es aquí cuestión profundizar en estas cuestiones, pero una posible definición de democracia sería esta: un sistema que permite a diversas opciones políticas competir por atraer a una mayoría de la opinión pública y gobernar con ciertas condiciones:  limitación del poder temporal (por un período entre elecciones) y estructural (con división de poderes) y  dentro de unas libertades públicas básicas (expresión, asociación…). En principio, esa competición debiera facilitar el gobierno de los más aptos (aristocracia, por así llamarla), pero puede degenerar en lo contrario si la competición se transforma en un concurso de promesas irresponsables y demagógicas, dando lugar a una especie de kakistocracia,  poder de los peores. Esto sucede a veces, pero no necesariamente,  de hecho no ocurre en muchos casos;  y, en principio, la democracia liberal permite corregir sus fallos, aunque no siempre lo logre. Los grandes problemas de la democracia han sido esgrimidos contra ella, pero los mismos problemas tiene cualquier otro sistema, agravados por la falta de publicidad y de limitación del poder. Hasta hoy no se ha descubierto un sistema político superior a la democracia liberal para asegurar una estabilidad social no estancada, un alto grado de libertad política y, en general, una considerable prosperidad material

Lo que a menudo  se olvida es que la democracia solo puede funcionar dentro de unos parámetros culturales comúnmente aceptados que impidan una competición destructiva. De tal competición nos ilustra la España del Frente Popular, cuando unas fuertes corrientes revolucionarias hicieron que “nada nos sea común a los españoles”, según diagnosticó  acertadamente el diario El Sol, y provocaron la guerra civil. Una de esas premisas culturales es la unidad nacional, que entonces corrió el peligro de venirse abajo, como en otra ocasión en Usa, donde dio lugar a la devastadora Guerra de Secesión. Otra premisa es el respeto a las reglas del juego, a las normas de restricción del poder, a las mayorías, a los  derechos de las minorías  y, en general, a la ley. Y es preciso igualmente un consenso básico, aun si difuso, sobre el carácter histórico de la democracia, una adquisición históricamente muy reciente pero con profundas raíces en la cultura cristiana europea: una democracia anticristiana supone un grado mayor o menor de barbarie en las sociedades occidentales cimentadas en el cristianismo. Estos presupuestos y consensos de fondo no suelen ser visibles ni muy explícitos, pero están muy presentes en las democracias que mejor funcionan, como las anglosajonas. Sin esta base cultural común, la convivencia civil se vuelve excesivamente áspera, y la  democracia degenera rápidamente en corrupción, demagogia y violencia  difíciles de contener.

Ello nos permite entender algo al menos del proceso histórico de España desde la Transición. Esta fue  realizada, paradójicamente, por unos políticos que en su gran mayoría procedían de un régimen autoritario (franquismo) y carecían de un pensamiento democrático, mezclados con otros cuya tradición histórica ha sido netamente totalitaria o secesionista. Sorprende que tal amalgama, empeorada por la mediocridad de los líderes del momento, produjera una democracia sin demasiados traumas. La sorpresa es mucho menor cuando atendemos al ingente capital político acumulado por la sociedad bajo el franquismo, ante todo la moderación y reconciliación nacional, con total alejamiento de los odios que arrasaron la república, así como la gran prosperidad económica y la extensión de las clases medias. Ello permitió a los dirigentes maniobrar sin causar demasiados daños por el momento, si bien crearon un sistema plagado de deficiencias, ya desde  la misma y contradictoria Constitución. Y  esas deficiencias, en lugar de corregirse han ido agravándose, con algunos períodos de mejora, creando un estado  desmesurado,  derrochador, ineficiente y con abundante corrupción, sin verdadera división del poder y con tendencia a pasar todos los límites inmiscuyéndose en la libertad personal de los individuos, decretando lo que la gente debe creer, en una orientación totalitaria; al mismo tiempo ha fomentado las tensiones disgregadoras de la nación, premiado al terrorismo, ejercido una persecución silenciosa contra la Iglesia y el cristianismo, socavando el principio de la igualdad ante la ley, fomentado el aborto y otras aberraciones contra la existencia y la dignidad humana, etc. Hasta desembocar en la crisis actual, que tiene todos los rasgos del final del ciclo abierto por la Transición, dejándonos un porvenir incierto, debido a la confusión ideológica, la demagogia de la casta política y la competición kakistocrática.

Esta deriva contra la democracia y contra la unidad de España se explica por el impulso de unos partidos de izquierda totalitarios y  otros secesionistas igualmente antidemocráticos.  Los mismos eran pequeños, casi insignificantes a la muerte de Franco, pero no han cesado de reforzarse desde la Transición, debido a una derecha no antidemocrática pero sí a-democrática, que renunció enseguida a la lucha por las ideas, dejando la política en una mera competición por el poder, explotando, que no representando,  la “bolsa de votos” de una masa de opinión pública amante de España y de la libertad. Existe también una derecha antidemocrática, incapaz de competir en condiciones de libertades y que a menudo invoca el cristianismo como si fuera directamente una doctrina política.

Comoquiera que sea, la salida de esta crisis, que es mucho más que económica, solo podría sustentarse sobre dos pilares: la unidad nacional y la democracia. Otras opciones crearían derivas sumamente peligrosas.

(En este mismo blog, 30-julio 2012)

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Por una alternativa a la disolución “europeísta” de España (I). Para VOX

Blog I: El problema de VOX: http://www.gaceta.es/pio-moa/problema-vox-12062014-1907 

**Este domingo en Radio Inter, “Cita con la historia” de 4 a 5 de la tarde: Qué fue realmente la Inquisición española.

**Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, principal problema español en nuestros días:  24, 25, 26 y 27 de junio en Centro Riojano, Madrid, Serrano 25, a las 7,30 de la tarde. Inscripción, 60 euros.

***Feria del libro de Madrid: en la caseta 307, “La esfera de los libros”, pueden encontrar la nueva edición de Los mitos de la Guerra Civil, Nueva historia de España, Años de hierro, y Sonaron gritos y golpes a la puerta.

***En la caseta 346, de Ediciones Encuentro, Los nacionalismos vasco y catalán, De un tiempo y de un país, Los orígenes de la Guerra Civil, y El derrumbe de la República

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Espero que mis amables lectores hagan lo que esté en su mano por difundir estas consideraciones. Lo brindo a los embriones de partidos o movimientos como el de la reconversión o VOX,  que aspiren a sustituir la agotada y corrupta casta política actual:

1.- Proclamamos que España es una nación, es decir, una comunidad cultural básicamente homogénea con un estado propio, conformada como país europeo desde el siglo VI, con tal impronta que le fue posible invertir su conversión en país africano- oriental tras la invasión musulmana. Y que siempre ha sido y debe seguir siendo independiente. Por lo cual no aceptamos las políticas tendentes a disgregarla en varios estados minúsculos, atrapados por la discordia,  el resentimiento y la falsificación de la historia,  insignificantes en el contexto internacional y objeto de  las maniobras e intrigas de otras potencias;  pues no en otra cosa consiste el programa de los separatismos. Tampoco aceptamos la disolución de España, privándola de su soberanía o de partes importantes de ella, en aras de un “europeísmo” sin asiento en la experiencia ni en la realidad histórica y cultural de España ni de Europa.

2.- Desde hace varias décadas asistimos a un ataque simultáneo a la nación desde los secesionismos, respondidos a menudo con la huida hacia delante de unos “europeísmos” compuestos de tópicos infundados. Ambas tendencias, lejos de oponerse, se conjuntan en un empeño suicida, pues desde el plan de  acabar con la historia de España dejándola en una muy improbable provincia de “Europa”, es imposible criticar a las fuerzas disgregadoras. Europeísmos y separatismos desprecian a la España real,  cuya densidad histórica ha bastado hasta hoy para sostener a la nación frente a una ofensiva continuada sin que durante decenios se le haya opuesto ninguna fuerza política organizada.

3.-  Los separatismos han sido la cruz más pesada en estos años, sobre todo porque los ha impulsado un brutal terrorismo con cientos de víctimas mortales. Terrorismo ayudado por la incapacidad de los gobiernos, salvo una breve temporada, para defender la  ley y proteger a los ciudadanos. Gracias al terrorismo creció el PNV como falso antídoto “democrático”,  protegido y financiado en la Transición desde Madrid, mientras los separatistas catalanes seguían detrás con exigencias siempre renovadas. El balance histórico reciente de los separatismos incluye cerca de un millar de asesinatos, el  fomento del odio a España y una cultura de la mentira, el fanatismo y la corrupción institucionalizada –esta última poco diferente, por cierto, de la del resto del país –. Un balance tan a la vista apenas precisa mayor comentario. Por tanto es hora de decir que ese camino ha llegado a su fin, que la  convivencia de los españoles en paz y libertad no puede continuar pudriéndose indefinidamente, y que los políticos y partidos que nos han llevado a esta situación deben ser relevados.

4.- A su vez, los partidarios de disolver la nación parten de una mística o beatería “europeísta” cuyo rasgo más definitorio es la ignorancia sobre Europa y el desprecio o la falta de confianza en España. Al respecto cabe recordar que:

a)      La Unión Europea es un designio no democrático que viene desarrollándose sobre hechos consumados por unas burocracias ajenas o con muy escaso control popular, que imponen, por ejemplo, nuevos referéndums cuando alguno les ha salido contrario; y  los gobiernos más partidarios, como el español, han vulnerado la Constitución, que señala taxativamente que la soberanía reside en el pueblo y no en ellos.

b)      La pretensión de que la Unión Europea ha mantenido la paz en el continente es falsa. Esta fue mantenida desde 1945, en Europa occidental, por el paraguas militar de Usa. Las tres últimas grandes guerras europeas nacieron de la rivalidad entre Alemania por un lado y  Francia e Inglaterra por otro, y por lo que hace a España, permaneció felizmente neutral en todas ellas, para beneficio no solo de nuestro país, sino del resto de Europa. Esa neutralidad indica el mejor camino para nuestro país, desgraciadamente interrumpido, y hoy  España se encuentra en la UE, igual que en la OTAN, en calidad de aliado-lacayo, debido a la presencia en su territorio de Gibraltar, colonia militar de un supuesto aliado.

c)      Por lo demás, diversas potencias europeas libraron después de 1945 costosísimas y crueles guerras coloniales, casi todas perdidas. La aún reciente de Yugoslavia se produjo en parte por injerencias de países de la UE, que luego no supieron atajarla. Lo mismo ha ocurrido con genocidios como el de  Ruanda, y ahora vemos a la UE  impulsando el integrismo islámico en el norte de África y Siria. La UE no se compone de países inmaculados, y podría llevarnos a conflictos muy contrarios a nuestros intereses.

d)      Tampoco es real la idea de que debamos nuestra democracia a la CEE-UE. Por el contrario, esos países sí deben su democracia a la intervención bélica de Usa, mientras que la nuestra ha venido del desarrollo interno y autónomo del país, después de que este, en 1934-39, estuviera muy cerca de hundirse en una revolución totalitaria.

e)      La suposición de una Europa igual para todos es de una inocencia pueril, y solo expresa el deseo de acabar con nuestra soberanía por parte de muchos políticos, ajenos al interés más profundo de la nación. Los líderes franceses, alemanes, ingleses  y otros tienen una idea muy distinta sobre los intereses de sus países, y es obvio que, por su potencia económica, demográfica y política, son los que realmente marcan los derroteros de la UE. Que tantos  políticos españoles estén dispuestos a pisotear nuestra soberanía, a la que deben servir y no vender, revela la abyección y la farsa  en que ha caído la política española y la urgencia de un nuevo partido o movimiento político que permita salir de ella.

f)       La  justificación máxima de esos políticos consiste en que, como Esaú en el relato bíblico, a cambio de la cesión de la independencia obtendremos buenos platos de lentejas. Pero Esaú no es ningún buen ejemplo: quien sacrifica sus derechos y libertad  por una ventaja material suele perder ambas. El mismo argumento ha sido empleado con relación al euro. Según sus partidarios, no se sabe si más ignorantes u sinvergüenzas, la nueva moneda nos aseguraba una prosperidad sostenida y sin fin, un crecimiento firme, pensiones garantizadas, etc.  El inmenso y manifiesto engaño no ha incitado a tan malos dirigentes a admitir sus errores y retirarse de la  circulación: por el contrario, ahí siguen tan ufanos hablando de superar una crisis que ellos han causado con su demagogia, mediante nuevas cesiones de independencia. Es claro que la libertad y la dignidad nacionales  cuentan poco para ellos al lado de sus privilegios y afán de poder.

g)      También suele presentarse la entrada en la CEE-UE como el inicio del desarrollo español, cuando durante casi quince años antes de entrar en ella, España crecía a un ritmo superior al de cualquier otro país europeo, de manera más sana que nunca después, y con pleno empleo. Precisamente la entrada en la CEE-UE, que nuestros ignaros políticos llaman “entrada en Europa” (España siempre ha estado en Europa), ha marcado una economía a trompicones, con índices de paro inauditos,  habiéndose destruido gran parte de nuestro tejido industrial para desembocar finalmente en una extendida corrupción y medidas desastrosas que hoy sufrimos duramente.  Y aún dicen los partidos que fuera de la  UE no hay salvación, pese a que países tan próspero como Noruega o Suiza se mantienen fuera, varios de los más ricos han rechazado el euro, e Inglaterra, siempre más consciente de sus intereses, mantiene un pie dentro y otro fuera.

h)      La UE acarrea además otro coste no mencionado, pero cada día más inquietante: el desplazamiento de la cultura y la lengua españolas por la cultura e idioma anglosajones. Cada día el inglés invade más el espacio público, los “europeístas” tratan sin disimulo de cooficializarlo enseñándolo en el mismo plano que el español y no como idioma extranjero, ponderándolo como la lengua de la ciencia, la música, la milicia, la moda, el pensamiento… en fin de todas las actividades culturales superiores, para las que, en la práctica, se niega valor a nuestro idioma.

Basten estos puntos, desdeñados por nuestros políticos, para demostrar que el balance de nuestra integración en la UE  no es bueno: hemos perdido independencia y libertad, económicamente nos hallamos en una crisis profunda de salida muy incierta,  reducidos a la posición de  aliado-lacayo, y con una verdadera invasión del inglés. Por tanto, es hora de hacer cuentas y dejarse de beaterías inspiradas por la ignorancia sobre Europa y el desprecio hacia España, y adoptar otra política, que podría consistir en defender la vuelta al nivel de  la CEE o incluso nuestra salida del euro o de la UE. Estas, desde luego,  resultarían muy costosas en una primera etapa-– sin olvidar que nuestra salida del euro podría venir forzada desde el exterior–; pero de ningún modo sería el apocalipsis con que nos amenazan quienes nos han llevado al desastre actual. Otros países han pasado por experiencias semejantes y han conseguido remontar el bache, recuperando al mismo tiempo su soberanía. La beatería europeísta puede resultar todavía más destructiva que el fanatismo disgregador y en todo caso lo complementa.

(en este mismo blog, el 16 de julio de 2012)

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