La historia ininteligible de Joseph Pérez

**Blog I: Cake Minuesa en Gibraltar o la realidad internacional de España: http://www.gaceta.es/pio-moa/cake-minuesa-gibraltar-o-realidad-internacional-espana-15052014-1249 

**Este domingo, en “Cita con la historia”, de Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde,  trataremos de las relaciones entre España y los Aliados durante la II Guerra Mundial

**También el domingo, a las 12,00 en Barcelona, conferencia sobre el separatismo: voxbarcelona.blogspot.com.es/2014/05/domingo-dia-18-de-mayo-conferencia.html  @_AriadnaHT_ @PioMoa1 @Santi_ABASCAL pic.twitter.com/uj8Oc9Bnq8

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El premio Príncipe de Asturias es normalmente repartido con vistas a dar una imagen “progre”, lo que a menudo significa hispanófoba, de España.  En la transición se fue conformando una especie de “casta intelectual” muy acorde con la política, que se reparte prebendas y premios. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen, según el dicho. Ahora el agraciado ha sido Joseph Pérez, discípulo del marxista Pierre Vilar, que quiere que la historia “se entienda”,  noble propósito.

En febrero de 2012 escribí en este mismo blog una serie de artículos (hasta siete, luego me cansé), sobre un libro suyo, Entender la historia de España, título notablemente audaz. Copio aquí los dos primeros artículos y los enlaces con los siguientes:

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Joseph Pérez, sospecho que como respuesta indirecta a mi Nueva historia de España, ha publicado un libro de altos propósitos no sé si muy logrados: Entender la historia de España. En sus propias palabras, ¿Puede hablarse, en rigor, de España antes de la invasión árabe de 711? Tengo mis dudas (en realidad no tiene ninguna: lo niega). En 711 la Península Ibérica queda dividida entre dos civilizaciones: moros y cristianos. Estos acaban venciendo en 1492, pero siguen divididos en distintas comunidades políticas que acaban configurando tres coronas (…) Los Austrias inauguran una nueva era que termina con los tratados de Westfalia (1648), era de hegemonía en Europa y en el mundo, era de gloria, si se quiere (no me parece que Pérez lo quiera demasiado), pero ¿para quién y para qué? La que ocupa entonces el primer puesto en Europa no es precisamente España, sino la dinastía reinante. Manuel Azaña lo vio claramente; tal vez, como buen conocedor de la historia de Francia, se haya acordado de lo que (…) aprendían los alumnos franceses en la escuela (…) Francia se enfrentó, no tanto con España, sino con la Casa de Austria. La hegemonía era cosa de la dinastía, pero a los españoles les costó caro: les impidió desarrollar sus intereses propios como nación. La llegada de los Borbones, a principios del siglo XVIII, cambia muchas cosas. Aparentemente, España pierde territorios, pero territorios que no eran hispánicos (Flandes, Italia); en cambio conserva las posesiones peninsulares y el imperio de América, lo que la convierte en la tercera potencia de Europa, después de Inglaterra y Francia; en contra de lo que se escribe a veces, la España del siglo XVIII no es una nación decadente. La decadencia y la marginación son posteriores, son consecuencia de la Guerra de Independencia, de las guerras civiles del sigloXIX y de la emancipación del imperio colonial. Entonces sí es cierto que España pasa a ser una nación de segunda categoría (…) La recuperación viene mucho más tarde, a mediados del siglo XX y se confirma después de la muerte de Franco. Con una economía renovada, una sociedad moderna y un régimen político semejante al de las demás democracias, España se reincorpora a Europa; vuelve a ser una de las grandes potencias, con todos los inconvenientes que ello supone en el mundo de hoy. Estos van a ser los ejes principales de mi reflexión (…) siguiendo a mi manera (…) la pauta de mi maestro Perre Vilar: importa menos dar a conocer que dar a entender lo que ha pasado”.

Tiene interés explicitar qué quería “dar a entender” Pierre Vilar: trataba de divulgar una visión marxista (es decir, lisenkiana, como he explicado en otras ocasiones) de la historia. Me temo que ninguno de los asertos de Pérez resiste una crítica algo rigurosa, o bien deben ser muy matizados como iremos viendo.

 

II ¿Era Séneca español?

Joseph Pérez: “Los habitantes (hispani) no forman una comunidad homogénea (…) por eso carece de sentido ver en Viriato un símbolo de la resistencia hispana a Roma. Lucha por su patria chica, no por una Hispania que no tiene más existencia que geográfica. Y lo mismo cabe decir de los hispani en general: se les llama así porque han nacido en el territorio de la Península, pero no tienen conciencia de pertenecer a una comunidad política. Américo Castro lleva toda la razón cuando niega a Trajano, Séneca, Marcial, Lucano, etc., la condición de españoles. Ser español y haber nacido en la Península Ibérica son cosas distintas. Séneca vivió y escribió en Roma y Roma fue el centro de su mundo y aspiraciones. Contra la ingenua idea del “senequismo español”, afirma Castro, con razón, que los pensamientos de Séneca son incomprensibles si se le desconecta del estoicismo de los griegos y los romanos. O sea que Lucano, Trajano, Séneca y otros no son de ningún modo españoles; son hispani, una variedad de romanos (…) Culturalmente (…) Séneca, Lucano y tantos otros a quienes tocó nacer en la Península Ibérica (…) pertenecen de pleno derecho a la civilización romana.

Creo que D. Joseph Pérez confunde el aspecto político con el cultural en general. Políticamente, es evidente que no puede hablarse de españoles por entonces, pero culturalmente no es un abuso sostenerlo, porque aquella cultura transmitida por Roma es precisamente la base y sustancia de lo que definirá a España cuando esta se convierta en una entidad política, con los visigodos. Y lo fue con tal potencia que ni la conquista islámica pudo arrasarla, como arrasó en cambio la floreciente cultura latina en el norte de África. El absurdo de Américo Castro, a quien Pérez da tanto crédito, queda de manifiesto cuando, en cambio, considera españoles a musulmanes y judíos, completamente ajenos, sobre todo los primeros, a la cultura latina, la propiamente española. Este absurdo ha hecho fortuna, de modo que no es raro oír, incluso a personas cultas, que la Reconquista fue una “guerra civil”. Dejemos aparte el supuesto senequismo español, tesis más bien que ingenua difícil de concretar, no ya porque las ideas de Séneca proviniesen de otras fuentes (las ideas de cualquier pensador de cualquier país tienen casi siempre raíces extranjeras), sino porque los rasgos “senequistas” no caracterizan demasiado a la cultura española, y pueden encontrarse en otras culturas. En Nueva historia de España abordé el problema de los hispanorromanos:

“La eminencia y abundancia de autores nacidos en Hispania ha nutrido polémicas sobre su posible españolidad. Para Américo Castro, resuelto a comenzar España en la Edad Media y en relación con musulmanes y judíos, antes de la invasión árabe apenas existía nada parecido a una “forma de vida española”. Al igual que otros muchos estudiosos, Castro atribuye a Marcial, Séneca y los demás, un carácter romano, sin relación de alguna densidad con lo que hemos llegado a conocer como España. Sánchez Albornoz aceptó algunos rasgos distinguidos por Castro en la forma de ser de los españoles “auténticos”: el carácter personalista, visible en sus escritores y artistas, “el estar inmerso y presente de continuo en su obra y con todo su ser. La vida y el mundo son en ella inseparables del proceso de vivirlos, como dice Castro”. Pero, al revés que este, Albornoz encuentra esas notas entre los hispanorromanos de la Edad de plata; una de ellas, el gusto por lo soez o indecente: “Séneca escribía en primera persona, refería obscenidades y porquerías y hablaba de sí mismo”; “Ningún filósofo romano sintió tan clara inclinación como Séneca hacia los relatos sucios y hasta malolientes, y Marcial superó en gusto por lo rahez a los otros líricos romanos de la época augustea y del primer siglo del Imperio; notas todas que caracterizaron luego a los peninsulares”.

Pero esos rasgos –junto con otros, incluida una mayor delicadeza— se encuentran claramente definidos en los demás latinos, y las expresiones y relatos “sucios y hasta malolientes” aparecen en el mismo Horacio, por no hablar de Catulo, Petronio, etc., y es difícil decidir si son más o menos raheces. Las características del espíritu romano, pragmático y combativo, con mucho genio para la normativa y menor para la especulación y la metafísica, fueron acogidas en la cultura hispana posterior, y seguramente también en la de entonces. Otros autores, como Brenan,  distinguen entre el carácter español de Marcial o Quintiliano y el netamente latino de Séneca o Lucano.
El debate entre Castro y Sánchez Albornoz se ha centrado en conceptos como “formas de vida”, “vividura”, “herencia temperamental”, “contextura vital”, etc., un tanto evanescentes. Pisamos terreno más firme, a mi juicio, si dejamos la consideración, no necesariamente falsa pero sí nebulosa, sobre el carácter nacional, y buscamos otras evidencias.  Todos aquellos autores sentían el orgullo de Roma, bien expreso en frases como estas de Séneca: “Has prestado un inmenso servicio a la ciencia romana (…); inmenso a la posteridad, a la que la verdad de los hechos, que tan cara costó a su autor, llegará incontaminada; (…) su recuerdo se mantiene y se mantendrá mientras se valore el conocimiento de lo romano, mientras haya quien quiera (…) saber qué es un varón romano, insumiso cuando todas las cabezas estaban rendidas al yugo (…), qué es un hombre independiente por su forma de ser, por sus ideas, por sus obras”, dice a la hija de Aulo Cremucio Cordo, de memoria hoy perdida. En Marcial observamos una reivindicación más explícita de su cuna hispana: “Varón digno de no ser silenciado por los pueblos de la Celtiberia y gloria de nuestra Hispania, verás, Liciniano, la alta Bílbilis, famosa por sus caballos y sus armas, el viejo Cayo con sus nieves y el sagrado Vadaverón con sus agrestes cimas y el agradable bosque del delicioso Boterdo que la fecunda Pomona ama (…) Pero cuando el blanco diciembre y el invierno destemplado rujan con el soplo del ronco Aquilón, volverás a las soleadas costas de Tarragona y a tu Laletania (Barcelona)…”. “Lucio, gloria de tu tiempo, que no consientes que el cano Cayo y nuestro Tajo cedan ante el elocuente Arpino, deja al poeta nacido en Grecia cantar a Tebas o Micenas o al puro cielo de Rodas o a los desvergonzados gimnasios de Lacedemonia, amada por Leda: nosotros, nacidos de celtas y de íberos, no nos avergonzamos de introducir en nuestros versos los nombres algo duros de nuestra tierra”. “Gloriándote tú, Carmenio, de haber nacido en Corinto – y nadie te lo niega– ¿por qué me llamas hermano si desciendo de los íberos y de los celtas y soy ciudadano del Tajo? ¿Será que nos parecemos? Pero tú paseas tus ondulados cabellos llenos de perfume mientras que los míos de hispano son hirsutos; tienes los miembros lisos por depilarlos cada día; yo, en cambio, tengo piernas y rodillas llenos de pelos; tu lengua balbucea y no tiene vigor: mi vientre, si fuera preciso, hablaría con voz más viril; no hay tanta diferencia entre la paloma y el águila ni entre la tímida gacela y el rudo león. Deja, pues, de llamarme hermano, Carmenio, o tendré que llamarte yo hermana”.

Estas efusiones no las encontramos en la obra conocida de los demás autores, pero es muy probable que las gentes de origen hispano formasen en Roma un grupo de afinidad y solidaridad, como suele ocurrir en las metrópolis y lo formaban los judíos, con seguridad los griegos, los galos, los egipcios y tantos otros. A los hispanos se les reconocía como tales, incluso por su entonación del latín. Cuando Marcial llegó a Roma buscó la protección de los hispanos Séneca y Lucano, y después del trágico fin de estos se dirigió a Quintiliano (así como a Plinio el Joven). En unos de sus poemas canta las glorias de Hispania: “La elocuente Córdoba habla de sus dos Sénecas y del singular Lucano; se recrea la jocosa Gades con su Canio; Mérida con mi querido Deciano; nuestra Bílbilis se gloriará contigo, Liciniano, y no callará sobre mí”. Pese a las alusiones de Marcial a íberos y celtas, estos y sus viejas diferencias se iban diluyendo no ya en la cultura romana, sino en la misma Hispania, donde, recuerda Julián Marías, existían centros como Tarraco, actual Tarragona, sedes comerciales y artísticas de amplias regiones por encima de las antiguas divisiones tribales.

La tesis de Américo Castro resulta aún más singular ante la evidencia de que el latín llegó a ser el español, y la cultura y la religión transmitidas por Roma son el cimiento de la cultura española posterior. Sin ellas nunca podría entenderse cómo llegaría a existir confrontación entre cristianos y musulmanes en la península ibérica. Podría discutirse interminablemente sobre la “contextura vital” española de Averroes o Maimónides, como la de Séneca o Quintiliano, solo si se olvida la clarísima verdad de que los dos primeros ni se expresaron en una lengua latina ni pertenecieron en absoluto a la cultura española conocida por la historia, sino, precisamente, a aquella que aspiraba a destruirla y reemplazarla por otra de carácter oriental (…)”.

Pero aun dentro de la conciencia cultural latina de los hispani existía cierto orgullo particularista, como lo expresarán diversas alabanzas de Hispania, incluso por autores foráneos, o reivindicaciones de las heroicas resistencias a la invasión romana. Así en Paulo Orosio:

(…) Paulo Orosio, teólogo e historiador natural de Braga, en Gallaecia, nacido hacia 380, viajero por Jerusalén, el este y África del norte, fue discípulo de San Agustín, defensor del libre albedrío contra diversas herejías y enemigo de Prisciliano. Su Historia contra los paganos, de gran difusión en siglos posteriores, es la primera historia universal desde un punto de vista cristiano, explicada como desarrollo del plan divino: el imperio romano se transformaría en instrumento de Dios para proteger a la Iglesia frente al caos. Rebatiendo la acusación pagana al cristianismo de provocar la decadencia de Roma, sostenía que bajo el paganismo habían sido continuas las crisis y agresiones despóticas a otros pueblos. En cambio, en la nueva era cristiana “tengo en cualquier sitio mi patria, mi ley y mi religión”, y las regiones del mundo (imperial) “me pertenecen en virtud del derecho y del nombre [cristiano] porque me acerco, como romano y cristiano, a los demás, que también lo son. No temo a los dioses de mi anfitrión, no temo que su religión sea mi muerte, no hay lugar temible a cuyo dueño le esté permitido perpetrar lo que quiera (…), donde exista un derecho de hospitalidad del que yo no pueda participar. El Dios único que estableció esta unidad de gobierno (…) es amado y temido por todos” “Temporalmente toda la tierra es, por así decir, mi patria, ya que la verdadera patria, la patria que anhelo, no está de ninguna forma en la tierra”.

Ello no le impedía ensalzar con entusiasmo a los hispanos que habían resistido a Roma: Viriato “tras haber destrozado durante catorce años a los generales y ejércitos romanos, fue asesinado traidoramente por los suyos; mientras que los romanos solo actuaron con valor en no considerar dignos de premio a los asesinos”. “El dolor nos obliga a gritar: ¿por qué, romanos, reivindicáis sin razón esos grandes títulos de justos, fieles, fuertes y misericordiosos? Aprended, más bien, esas virtudes de los numantinos. ¿Fueron ellos valientes? Vencieron en la lucha. ¿Fueron fieles? Leales a otros como a sí mismos, dejaron libres, porque así lo habían pactado, a los que habrían podido matar. ¿Demostraron ser justos? Pudo comprobarlo incluso el atónito Senado cuando los legados numantinos reclamaron, o una paz sin recortes, o a aquellos a quienes habían dejado ir vivos como prenda de paz. ¿Dieron alguna vez pruebas de misericordia? Bastantes dieron dejando marchar al ejército enemigo con vida y no aceptando el castigo de Mancino”. Destruida Numancia, los romanos “ni siquiera se consideraron vencedores (…) Roma no vio razón para conceder el triunfo”. “A ver si ahora esos tiempos son incluidos entre los felices, no ya por los hispanos, abatidos y agotados por tantas guerras, pero ni aún por los romanos, afectados por tantas desgracias y tantas veces derrotados. Por no contar el número de pretores, legados, cónsules, legiones y ejércitos que fueron vencidos, recuerdo solo esto: el loco temor de los romanos los debilitó a tal punto que no podían sujetar los pies ni fortalecer su ánimo ni siquiera ante un ensayo de combate; es más, en cuanto veían a un hispano, sobre todo si era enemigo, se daban a la fuga, sintiéndose vencidos antes de ser vistos”. La misma simpatía le lleva a afirmar, exagerando algo: “César [Augusto], dándose cuenta de que lo hecho en Hispania durante doscientos años no serviría de nada si permitía seguir usando de su independencia a los cántabros y astures, poderosísimos pueblos de Hispania…”

Ciertamente los “hispani” no eran españoles en sentido político, pues no existía una nación española, pero tampoco la romanidad era una capa homogénea extendida sobre todo el imperio. Como romanos culturales, los “hispani” tenían sus particularidades y eran reconocidos como tales.  Y lo que los hizo españoles desde el punto de vista cultural fue aquella romanidad, que perdura hasta nuestros días. Sí podemos llamar a los “hispani” de entonces nuestros antepasados y fundadores de la hispanidad cultural.

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***Artículo tercero sobre J. Pérez: Reino hispanogodo y nación española: https://www.piomoa.es/?p=63

Cuarto artículo: Por qué se produjo la pérdida de España: https://www.piomoa.es/?p=82

Quinto artículo: J. Pérez y los prodigios de Al Ándalus: https://www.piomoa.es/?p=111

Sexto artículo: J. Pérez y la Reconquista: https://www.piomoa.es/?p=126

Y séptimo artículo: Los comienzos de la Reconquista: https://www.piomoa.es/?p=162

 

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Unos meses en Bilbao (recuerdos sueltos)

Blog I: Atraco a las tres. http://www.gaceta.es/pio-moa/atraco-tres-13052014-1139

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Viví unos cuantos meses en una pensión de Bilbao, donde se alojaban también dos chicas, novias de policías o empleadas en dependencias policiales, lo que me obligaba a esmerar las precauciones. Después me mudé a casa de un compañero de trabajo que me ofreció habitación y comida a precio razonable. Era un portugués ya mayor, y vivía con su mujer, de la misma nacionalidad, en un caserón decrépito, saliendo de Baracaldo hacia Sestao. El edificio, de fachada terrosa y tres o cuatro pisos, se levantaba junto a un puente. Al lado se pudrían vetustas instalaciones de Altos Hornos. Frente  al portal cruzaba la carretera, de tráfico denso. Cuando circulaban camiones pesados, y los hacían constantemente, trepidaban los pisos de la casa: supe que estaba en vías de ser declarada en ruina. Mi ventana daba al sucio riacho, y en el balconcillo guardaba la patrona unas cajas donde criaba tres o cuatro gallinas.

La mujer, madura de edad y carácter, atendía la casa y la mantenía muy limpia. Trabajaba aún más fuera, de asistenta. Con una pierna hinchada por la flebitis, la dura necesidad de imponía doblarse y arrodillarse muchas horas al día, fregando y limpiando. El marido, rezongón, socarrón y bienhumorado, estuvo en paro largas semanas. Entonces las estrecheces introducían hosquedad en el ambiente; por más que el humor de ambos y la discreción de ella salvaban las riñas.

Hospedaban a un segundo realquilado, paisano mío, no anciano pero sí envejecido. Antaño había trabajado en Madrid, donde vivía con su familia. Un día comprobó que su mujer le era infiel,  y abandonó el domicilio sin querer dar ni pedir explicaciones. Nunca se refería a su desventura personal. Atormentado e incierto de su porvenir, se había aficionado al alcohol. Cuando llegaba algo bebido, se ponía pesado y la mujer del portugués no lo soportaba bien: “Ya sé que no tiene culpa, que es muy boa persona, pero é que non poso, non poso aguántalo”, se excusaba  después de regañarlo, mezclando el portugués y el castellano.

Yo me despertaba con el tiempo justo para llegar al trabajo, recogía las dos marmitas que me dejaba la patrona llenas de comida, a menudo bacalao, como es de rigor, y salía hacia el tren. La carretera no tenía aceras, sino una estrecha cinta lateral sin pavimento, respetada más o menos por los vehículos. Corría por ella, pegado a las casas semiabandonadas, a los talleres ruinosos, sintiendo el empuje del aire despedido por los camiones al pasar a pocos centímetros; sorteaba el rosario de charcos bajo las grandes tuberías  oxidadas que cruzaban a varios metros por encima de la carretera. En la estación de Baracaldo esperaba a un tren antiguo, verde, de chapas remachadas y plataformas abiertas. Los obreros se abalanzaban a él con más brío aún que el derrochado en el metro  madrileño a las horas punta. Una vez llenos, a presión, los vagones, me colgaba de la plataforma, reviviendo los tiempos lejanos de los tranvías de Vigo, cuando iba al colegio de la misma forma, saltando en marcha al venir el cobrador, por no pagar el billete y por gusto.

En la estación de Olaveaga el tren perdía sus viajeros. La masa humana bajaba hacia la ría por caminuchos embarrado. entre talleres, edificaciones viejas y huertecillos. Aún no amanecía, y por aquellos recovecos oscuros, aprovechando algún muro mal iluminado por un farol solitario, pegábamos de cuando en cuando carteles contra el franquismo. Los hombres que venían del ferrocarril se apiñaban un momento en torno a ellos y seguían su camino en silencio, o haciendo comentarios confusos, o hablando de sus asuntos.

Llegados al muelle, quedaba todavía un buen trecho que andar en dirección a Bilbao (Para llegar a los astilleros Euskalduna, señalo ahora. El astillero y su entorno desapareció hace mucho, creo que a principios de los 80, como comprobé en una ocasión en que fui a dar una conferencia a Bilbao, hace algunos años). Subía un olor intenso a alquitrán,  gasoil, breas, a agua putrefacta, a salitre si soplaba el viento del mar. Las luces de los barcos y las fábricas se miraban quietas en la ría, titilando imperceptiblemente, y contra el cielo que clareaba poco a poco se erguía el bosque de hierros, las estructuras metálicas de grúas y buques. A la derecha del muelle, espaciadas, dos tabernas donde se detenían muchos a largarse un copazo antes de iniciar la jornada.

Después, a ponerse la ropa de faena y acudir por la herramienta y las instrucciones de los encargados. A uno de estos los apreciábamos. Nunca le oí una mala palabra. En ocasiones concluía él mismo tareas que, no sin justificación, dado el sueldo  que percibíamos — ejecutábamos mal. Tenía, pese a ello, autoridad. De expresión inteligente y melancólica, no se inclinaba políticamente por ningún bando. Le tanteé con motivo de unos panfletos que sacamos, pero reaccionó con escepticismo desdeñoso: “¿Qué dicen? Lo de siempre, claro, ¡qué van a decir!” Muchos obreros,  en especial si se despedían, quemados, de alguna militancia, mostraban un sincero desprecio por el fondo de demagogia que intuían en tales escritos. No obstante les agradaban las denuncias concretas de la explotación sufrida a diario en su piel.

Las charlas entre compañeros solían ser instructivas. Antes de trasladarme a Baracaldo acostumbraba a desayunar en una tasquilla donde paraban unos obreros de Euskalduna. Entre ellos afloraba en ocasiones la enfadosa o boba pretensión de superioridad hacia los “maquetos”.  Había uno a quien llamaban “Achuri”. Alguien de la cuadrilla le cogió, por broma, la cartera y leyó su carné de identidad. “Ahí va, si se apellida Pérez. Conque Achuri, no te jode el Achuri. Este, de Burgos lo más cerca”, reía. El aludido no tenía ganas de seguir la chanza. “¿A ti qué cojones te importa de dónde soy? ¿Te debo algo a ti o qué!”. ¿Por qué te llaman Achuri, pues? ¡De Burgos para abajo eres!”, repetía el bu´rlón instigando a los demás. “Le llamarán Achuri porque vive en el barrio de Achuri. ¿Y qué, si sería de Burgos?” “Pues que ha venido aquí a llenarse la tripa” “Si me lleno la tripa a mi trabajo se lo debo, no a ti. Y ya vale, ¿eh?”. Prefiriendo evitar la bronca, cambiaron de tema. Por entonces había habido en Madrid un atraco de varios millones a una furgoneta bancaria. La prensa informó a los pocos días que los atracadores eran extranjeros: “¡Mira a los que vienen esos hijos de puta! ¡Si se fueran a robar a su tierra!”, exclamaban indignados los de “Achuri”.

La confusión tomaba a veces un cariz sorprendente y hasta grotesco Una mañana dejé octavillas en la ruta que seguían en su tarea unos obreros a quienes conocía ligeramente. Cuando las cogieron, me acerqué a ellos haciéndome el despistado. Leían con fruición los dnuestos contra los patronos, hasta tropezar con los inevitables ataques a Comisiones Obreras (Entonces se llamaban panfletos a las hojas de agitación, octavillas y demás Eran de la OMLE (Organización de Marxistas-Leninistas Españoles, donde considerábamos a Comisiones, como lo eran, una correa de transmisión del PCE  de Carrillo, al que atacábamos por “revisionista”, “socialfascista” y otras menudencias). Se desconcertaron: “¡Lo que dice de Comisiones! ¡Estos es raro, verdad!”. “Los de Comisiones es que también dicen unas cosas que te cagas. Se empeñan en defender los derechos yendo con los nombres por delante, como si no existiera la policía”, improvisaba yo.  “Esto no hay quien lo entienda. Ya no sabes quién dice la verdad y quién es un embustero” “Es que este país está hecho un asco, hombre. Y la culpa la tiene el gobierno. Hay que joderse lo burro que es el gobierno. Así marcha todo” “Tendría que venir alguien a poner el país en orden y acabar con tanto chupón como anda suelto. Aquí hacía falta un tío como Fidel Castro, o como Hitler” “¡Pero qué dices! Hitler era un enemigo de los trabajadores” “No, hombre, Hitler hizo unas salvajadas tremendas en Alemania. Menuda ruina trajo” “Bueno, da igual, lo que quiero decir  es que tenía que acabarse este follón, porque aquí no se piensa más que en chupar y poner el cazo”…

(De De un tiempo y de un país)

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Tres generaciones españolas

Blog I: ¿La UE y los políticos españoles contra España?http://www.gaceta.es/pio-moa/ue-los-politicos-espanoles-espana-09052014-1401 

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Tres generaciones españolas

  Azaña pronunció su célebre discurso “Tres generaciones del Ateneo” en 1930, cuando se preparaba para asaltar el poder e imponer la república por medio de un golpe militar (dato por el que suelen pasar de puntillas sus apologistas). En él examina la evolución del Ateneo de Madrid a lo largo de bastantes años, pero su importancia capital radica en la exposición de su concepción estratégica para la esperada república: un programa de demolición de las tradiciones católicas y más en general españolas, a su juicio estériles y negativas, para lo cual las desmedradas izquierdas republicanas debían apoyarse sobre los sindicatos y partidos obreristas. Documento clave, porque explica muy bien la conducta política posterior de Azaña, pero al que ningún historiador había dado, me parece, su extraordinaria trascendencia.

   Pero, en fin, esto tiene poca relación con lo que paso a exponer. La explicación de la historia –al menos de la historia intelectual– por generaciones,  muy del gusto de Julián Marías, ha sido muy criticada, pero yo creo que es sugestiva, aun si poco precisa. Al terminar Sonaron gritos y golpes a la puerta, me di cuenta de que esta novela podría describir a una generación.  Describirla parcialmente, claro. Alguien me la calificó de “AntiColmena”, y realmente puede interpretarse así,  sin entrar en otras valoraciones. La obra de Cela ha quedado como un retrato de la época, y lo es, pero solo de su lado cutre. Toda época, como toda persona, tiene sus facetas sombrías, ridículas o cutres, las cuales han atraído de modo especial a un gran número de novelistas, no solo españoles, Cela entre ellos, desde luego. Pero también existen facetas más luminosas y hasta sublimes, y al final es el balance entre unas y otras lo que permite definir a una generación (o a una persona) como básicamente mísera o espléndida.

  Por efecto de un cine y literatura como la de Cela, ha quedado en España una imagen realmente mísera de los tiempos de la guerra y la posguerra. A mi juicio ello es extremadamente injusto, pues si hubo una Gran Generación española en el siglo XX, fue esa (¿podríamos fecharla como generación del 44?). Para llegar a esa conclusión basta tener en cuenta los desafíos históricos a los que hubo de enfrentarse: la revolución, la guerra mundial, el maquis, el hambre, el delictivo aislamiento internacional. Desafíos de extrema gravedad, aceptados y  superados de forma incluso brillante, contra fuerzas imponentes. Si hoy se piensa lo contrario se debe a que ha terminado por predominar la propaganda de los vencidos, en los cuales lo ruin, lo falso, lo cutre, han tenido mucho más peso que entre los vencedores. Esto es lo que me parece quedar claro en mi novela, en la medida de mis talentos, aunque no fuera su intención. Algunos lectores la han calificado de novela de aventuras o de novela épica o heroica, y por mi parte puedo aceptarlo, siempre que se admita que los héroes de la misma no son convencionales ni se parecen demasiado a los de otros relatos de género más o menos similar.

   Estas consideraciones me han llevado a planear otras dos novelas para retratar, esta vez deliberadamente, a otras dos generaciones: la que podríamos llamar del 68, por cierta afinidad con la francesa de entonces, y la actual. La primera se centraría en una jornada de varios estudiantes llegados a Madrid para entrar en la universidad, y se me ocurre para ella  el título Un día de holganza. Para la segunda, un posible título sería La pocilga. No podré abordar el proyecto antes demediados del año próximo, si todo va bien, y ya se sabe que exponer planes ambiciosos es de mal augurio, porque suelen terminar en nada. Pero, en fin, en ello estamos.

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Un consejo al WSJ / Los olvidos de Adela

 

Blog I:  La “cuestión catalana” resumida”: Carta de un charnego a unos catalufos.http://www.gaceta.es/pio-moa/cuestion-catalana-resumida-07052014-2038

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**Hay en la Complutense un master en “estudios feministas”, que capacita a “los y las personas” para no sé qué memeces. La degradación de la cultura.

** Escribe Luis Sánchez  González, ingeniero aeronáutico, que tendría gran interés para la investigación sobre el atentado del 11-m examinar los restos de vagones no desguazados y descubiertos hace pocos años, para establecer si se emplearon explosivos militares o comerciales: “un explosivo militar siega las piezas de metal dejando una huella en la zona de rotura diferente de la huella que deja un explosivo comercial (como la goma-2ECO) en su zona de fractura correspondiente”. Tendría el mayor interés descartar una u otra opción, desde luego. Queda expuesta la sugerencia.

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Dice el Wall Street Journal (WSJ) que Otegui dirige un “grupo vasco” defensor de una cultura prelatina, y que quiere la paz. Algo así dijo en su momento el actual jefe de Gobierno español. Y no dejan de tener razón uno y otro. La ETA siempre ha querido la paz, es decir una paz sobre la base de la quiebra de la democracia, el Estado de derecho y la unidad de España. Por otra parte, sus asesinatos nunca han logrado quebrar una paz básica en España, pero esa es otra cuestión.

Lo de Otegui se parece mucho a lo de Ben Laden. ¿Quiere el WSJ conseguir la paz con Al Qaida? No tiene más que persuadir al Gobierno useño de que ceda a la mayoría de las exigencias del islamismo, que, como sabemos, defiende también una cultura y una lengua predemocrática, si así queremos poner las cosas.

Resulta muy irritante la manía de los medios anglosajones de pontificar sobre los asuntos internos españoles, que en general conocen mal y sobre cuya historia tienen multitud de prejuicios. Para ellos (la BBC por ejemplo) la ETA suele ser simplemente un “partido separatista”, denominación que convierte en injusta o antidemocrática la persecución policial contra él. El apelativo de terrorista lo reservan para el IRA o para los grupos que atentan contra Inglaterra o Usa, cuando la verdad es que el IRA hunde sus raíces, en gran medida, en una secular opresión y discriminación contra los irlandeses católicos, con una historia de conquista a sangre y fuego, cosas que ni por lo más remoto han ocurrido en España con las provincias Vascongadas.

Claro que el problema viene mucho menos de medios de masas como los mencionados, que de nosotros mismos. La ETA disfrutó de increíble apoyo propagandístico, político y moral de toda la oposición antifranquista (nunca democrática), durante el régimen anterior y bastante después. Apoyo que se hizo más indirecto, pero no menos efectivo con la “solución política”. Y que ha renacido con una multitud de concesiones absolutamente ilegítimas por parte de un gobierno que en buena medida se siente identificado con los etarras: no en vano se trata de un gobierno ferozmente “antifranquista”, una condición que, como vemos, une mucho a los Josu Ternera, los Otegui y los Rodríguez Zapatero. Unión que no por casualidad se traduce en el ataque a la unidad española y al estado de derecho.

El desprecio que muestra el WSJ por la identidad democrática y la unidad de España podría, insisto, llevarle a preconizar la misma política en Usa. No solo con respecto a Al Qaida: también hacia Irán, Corea del Norte y otros regímenes también deseosos de paz y defensores de culturas particulares.

(en LD, 29-12-2010)

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Los olvidos de Adela

Sobre la ilegalización de Batasuna, la corresponsal de The Economist en Madrid, Adela Gooch informa así a sus lectores: la medida trata de “silenciar a los secesionistas”, y está motivada porque el gobierno de Madrid “cree que es hora de dejar de sentirse culpable por el pasado de España bajo Franco”, aunque también podría tratarse de una venganza de Aznar, resentido por el atentado contra él por parte de ETA hace años. El resultado será la rotura de los cauces de negociación y el alejamiento de las “aperturas políticas”, a juicio de The Economist inevitables, puesto que “la represión sola no resolverá el problema vasco”. La ilegalización “no servirá de nada para acabar con el terrorismo”, aunque sí, de momento para “agitar un avispero” y tensar las relaciones entre los partidos. “Los vascos, entre tanto, temen que las elecciones municipales, en mayo, resulten sangrientas”. En resumen, la proscripción contra Batasuna es una “equivocación”.

No hay que ser un lince para ver la posición del PNV a través de las palabras de la corresponsal. Sin embargo ésta olvida algunos datos esenciales: el PNV y EA son también secesionistas, y nadie los silencia. Por tanto, Batasuna no es perseguida por secesionista, sino por ser parte del entramado terrorista, como Adela Gooch sin duda sabe, aunque prefiera no inquietar a sus lectores con tan mala noticia.

¿Algunos vascos temen episodios sangrientos en las elecciones? Quizá, pero tales hechos no son nada nuevo, y las elecciones en Vasconia se desarrollan desde hace muchos años en un clima de acoso, amenaza y chantaje, que rompe la igualdad de condiciones y perturba seriamente su carácter democrático. Esto también lo sabe la corresponsal, pero se ve que no quiere herir la sensibilidad de sus lectores recordándolo.

Tal situación no la ha creado solamente ETA-Batasuna, sino también la interesada permisividad, por así llamarla, de los nacionalistas supuestamente democráticos y moderados, y de ella se benefician todos ellos, como no puede ignorar la señora Gooch, aunque juzgue inoportuno prestar atención a esa minucia.

Con olvidos de este calibre, la impresión que saquen los lectores de The Economist no puede ser muy realista, aunque a cambio permita llegar a conclusiones como las allí expuestas. Pero ¿es una equivocación proscribir a ETA-Batasuna, responsable directa de la violencia y la mutilación de la democracia en Vascongadas? Seguramente lo es más permitirle seguir su criminal actividad. ¿No servirá de nada para acabar con el terrorismo? Nadie ve en la ilegalización la panacea que acabe definitivamente con el terror, pero lo dificultará sin duda alguna. ¿Tendrá que haber negociaciones finalmente? De ningún modo. The Economist, como lo hace interesadamente el PNV, confunde la situación de Vasconia con la del Ulster, cuando son radicalmente distintas, salvo por la presencia de los atentados.

Por fin, ¿se han sentido los gobiernos de Madrid culpables por los agravios del franquismo? Si así es, mala cosa. El franquismo no causó en Vasconia más agravios que en el resto del país, y junto a ellos habría que poner los beneficios. Por citar uno solo, al terminar aquel régimen, las tres provincias vascas eran las de mayor renta per capita de España, posición que no han recuperado desde entonces con el concierto económico. Y la democracia no ha llegado en España por el terrorismo de ETA, como quieren pensar los nacionalistas y otros, sino que partió de aquel régimen, a la muerte de Franco. Pero quizá no haya que culpar a la corresponsal de su visión de la historia, pues está muy difundida dentro de España. Si bien no por tan difundida deja de ser distorsionada.

 (En LD, 6-9-2002)

 

 

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Antiliberalismo separatista y separatismos menores

Blog I. Ante el fin de un ciclo histórico: http://www.gaceta.es/pio-moa/ciclo-historico-06052014-1356 

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No deja de resultar  chocante que los forjadores del los nacionalismos vasco y catalán hayan unido el racismo a un ferviente catolicismo, pese a la dificultad racional de combinar ambos y al carácter católico de España. La causa puede encontrarse en la victoria del liberalismo y la consiguiente derrota del tradicionalismo en la última y definitiva guerra carlista, en los años 70 del siglo XIX. Habiendo sido Cataluña y Vascongadas  dos de las regiones más intensamente partidarias del Antiguo Régimen, surgió en algunos sectores de ellas la decepción hacia una España en la que una y otra vez triunfaban los liberales, y la idea de ser ambas regiones las más auténticamente católicas. Como decía Arana,  Antiespañol y antiliberal es lo que todo bizkaíno debe ser“. La “raza” vasca sería constitucionalmente católica, rasgo que volvía a separarla decisivamente de los maketos, según explicaba:  “¡Católica España! Y ¡afirmarlo ahora que cualquiera (…) lee periódicos y libros! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica”.  Desde tiempo inmemorial, los vascos habrían impuesto la moral católica a las capas dirigentes, mientras que las capas dirigentes españolas habrían fracasado en hacer realmente católica a la masa de maketos. Y el  nacionalismo catalán fraguó en buena medida en círculos eclesiales que veían en el liberalismo una amenaza y reivindicaban la tradición religiosa catalana. No obstante, debe tenerse en cuenta que  el carlismo era, y en general es, fuertemente españolista y defendía los viejos fueros  como propios de la unidad española, en contraste con el centralismo traído de Francia. Así, debe destacarse la ausencia de evolución separatista, por entonces, en Navarra o Álava y otras zonas de fuerte influencia carlista.  

   También influyó  en el antiliberalismo la llegada de trabajadores de otras regiones, bastantes de ellos desarraigados e ignorantes, alejados de la religión por el debilitamiento o pérdida de lazos familiares,  la explotación y   las condiciones de vida, con frecuencia miserables. En ellos prendieron las doctrinas socialistas y anarquistas que les prometían un mundo feliz y les señalaban un enemigo. Muchos vascos y catalanes de clase media miraban a esos obreros como fuente de inmoralidad,  subversión y violencia, y, si bien se beneficiaban de ellos,  les oponían un pasado ideal de catolicidad  y moralidad estrictas, aún persistentes en sus regiones, pero  supuestamente  perdidas en el resto del país. Parte considerable del clero  desempeñó un papel importante en el auge nacionalista en las dos comunidades.

     En Vascongadas, el PNV mantuvo un intenso antiliberalismo, que,  en una rama de él,  la ETA, concluyó en un revolucionarismo de tipo marxista. En Cataluña la evolución siguió otro rumbo: el nacionalismo  de Prat, bajo el liderazgo de Cambó evolucionó lentamente hacia un regionalismo españolista, y sus contradictorias aspiraciones, imperialistas derivaron hacia un liberalismo templado. También Arana prohijó hacia el final de su vida una transformación en apariencia españolista, al parecer planeada para fomentar otros separatismos que pudieran terminar disgregando a España. Fuera esa la intención o no, sus seguidores persistieron en la orientación inicial, aunque a lo largo del tiempo oscilaran con fases menos radicales.  El nacionalismo catalán de izquierda cuajará en 1931 en la fusión de tres partidos menores en la EsquerraRepublicanade Catalunya. Al comenzar la República, la Esquerra desbancó al catalanismo de derecha y radicalizó su separatismo, tomando un tinte jacobino, exaltadamente anticlerical, aunque admitía a algunos católicos.

Otros separatismos

    Como efecto de la crisis del 98, surgieron nacionalismos menores en otras regiones. Mencionaré brevemente el andaluz y el gallego. Un notario malagueño, Blas Infante, pergeñó una doctrina no mejor ni peor que las de Prat o Arana. Preconizaba “Vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz y escribir en andaluz”. Según él, “el lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellana. Al “alifato” (alfabeto árabe), mejor que al español, hay necesidad de acudir”.  Por tanto había que “reconstruir un alfabeto andaluz  reflejo de “una gran cultura pretérita”, para separarlo del español. Admitía tres grandes naciones andaluzas en la historia: Tartesos, la Bética romana y Al Ándalus, finalmente arrasadas por la miseria y opresión españolas. La Andalucía islámica debía servir de modelo para recuperar la “conciencia andaluza”.  Como Arana inventó una bandera peculiar, Infante ideó otra “andaluza”, con los colores de los omeyas y almohades. Ante las burlas y críticas, declamó: “¡Qué gobierno, qué país! Llegar a sentir alarma por el flamear de una bandera de inocentes colores blanco y verde! Le hemos quitado el negro como el duelo después de las batallas y el rojo como el carmín de nuestros sables, y todavía se inquietan!”.  Enfervorecido por Al Ándalus (que no designaba a Andalucía, sino al conjunto de la península en poder musulmán) parece haberse convertido al islam, peregrinó a Marruecos y escribió dramas en honor de Al Motamid y Almanzor. Al terminar la I Guerra Mundial escribió: “Sentimos llegar la hora suprema en que habrá de consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España.  Declarémonos separatistas de este Estado que  (…) conculca sin freno los fueros de la justicia y del interés y, sobre todo,  los sagrados fueros de la Libertad (…) Avergoncémonos de haberlo sufrido y condenémoslo al desprecio”.  Fusilado por los nacionales en la guerra civil,  el notario fue  declarado en la transición “padre de la patria andaluza”, y su bandera musulmana la de Andalucía, por los partidos de izquierda y derecha. La región se convirtió en “nacionalidad histórica y en un estatuto posterior, “realidad nacional”, con apoyo de PP, PSOE, IU, partidos cuya evidente hispanofobia queda de relieve.

   El nacionalismo gallego fue teorizado sobre todo por Vicente Risco. Galicia debía superar su desgraciada historia en España recobrando su raíz céltica que la hermanaba  con Irlanda, Bretaña o Escocia. También reivindicó el reino suevo y un “atlantismo” que unía a Galicia con Portugal: “La misión histórica de Galicia y Portugal  es la de oponer al mediterraneísmo el atlantismo, fórmula de la Era futura. Detrás de nosotros, España entera, infestada de mediterraneísmo (…) se incorporará a la civilización atlántica”. Los nacionalistas catalanes loaban el mediterraneísmo como compendio de orden, serenidad y espíritu, pero Risco los juzgaba “razas ya sin fuerza creadora”. Había, en fin, que “restaurar a Atlántida”. Risco, intelectual no vulgar, terminó apoyando a Franco. Es difícil saber si se creía realmente sus nebulosas construcciones céltico-atlantistas, pero Arana y Prat sí se creían las suyas, y quizá Infante también.  Como fuere, ni el nacionalismo gallego ni el andaluz ni otros como el canario o incluso el castellano, han cundido tanto como el  vasco y el catalán. 

En resumen,  los dos nacionalismos aquí tratados  han cambiado sus expresiones por motivos de oportunidad política, especialmente después de la II Guerra Mundial. Un cambio importante en los separatismos de derecha ha sido su parcial abandono del catolicismo, aunque el PNV ingresó en la Democracia Cristiana, y parte importante del clero vasco y catalán ha seguido apoyando el separatismo, incluso el ateoide de la ETA. Las derivas terroristas en los separatismos ya se manifestaron en los años 20, y con la ETA alcanzarían su máximo.

  Pero, cualesquiera formas hayan adquirido, permanecen dos ideas clave: a) vascos y catalanes serían esencialmente distintos de los demás españoles, es decir, no serían españoles; y b) España sería un ente  fundamentalmente opresivo, atrasado y nefasto.  La diferencia atribuida a vascos y catalanes,  se exponga como racial, lingüística, o de cualquier otra forma, implica superioridad, pues de otro modo no tendría mucho sentido. Vascos y catalanes, superiores racial, cultural o europeamente,  estarían por tanto  sojuzgados por gentes agrupadas en España, un estado poco definido pero caracterizado por una inferioridad y maldad esencial. Basta atender  a la propaganda de estos movimientos para percibir un permanente ensañamiento denigratorio hacia España que recoge y amplifica los tópicos de la Leyenda Negra. Propaganda necesaria, por otra parte, para cambiar la mentalidad de vascos y catalanes, pues estos,  durante siglos, se han sentido y considerado españoles.

  Que las concepciones separatistas carezcan de apoyatura histórica no es muy importante, porque la propaganda siempre puede moldear  el pasado para adaptarse a ideas preconcebidas, máxime si la crítica que recibe es floja o reducida, como ha sido el caso. En esencia, estos separatismos  combinan el narcisismo de creerse distintos y mejores, con el victimismo de sentirse avasallados por poderes que les impiden llegar a ser la maravilla que imaginan. Esta combinación puede alcanzar una fuerza extraordinaria entre las masas, baste recordar el nacionalsocialismo alemán.

 La consecuencia práctica de estos nacionalismos es doble. Por una parte tienden a separar y crear hostilidad entre unas regiones y otras, y por otra a dividir a la población regional entre “buenos” y “malos”, según acepten o no sus doctrinas.  Los separatistas se proclaman automáticamente representantes del pueblo, piense lo que quiera la mayoría de él. Ello tiene, desde luego, poca relación con la democracia tal como normalmente se concibe. Con tal enfoque, las elecciones, por ejemplo, son un método aprovechable, pero nunca serán admitidas las votaciones adversas. Ocurre algo parecido con los comunistas, autoproclamados representantes del proletariado, voten lo que voten los obreros, y que utilizan las elecciones de modo similar.

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