Blog I: ¿Qué hará Rajoy? / Franco y el gallinero progre: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/que-hara-rajoy-20131002
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- El poder y la libertad
Percibimos la libertad como una evidencia, aunque abstracta, pero analizada de cerca se pierde en una niebla casi impenetrable. En un sentido amplio, el hombre es siempre libre, incluso en condiciones de esclavitud: puede rebelarse, suicidarse, matar al amo, huir, resignarse a ella como mal menor… y todas esas reacciones se han dado en la realidad. Pero no es una libertad muy deseable, ni la que consideramos aquí.
A primera vista, el poder se nos presenta como enemigo de la libertad, ya que obliga a muchos a obedecer a unos pocos. Su mera existencia supone una merma de lo que solemos entender por libertad de los individuos, y conforme el poder tiende a hacerse absoluto, la sumisión de los individuos tiende a hacerse igualmente absoluta. Podemos inducir de ahí la hipótesis de que en todo grupo humano la cantidad de libertad, como de violencia, es estable, variando solo su distribución: al concentrarse el poder, la libertad de quienes lo ejercen aumenta en la proporción que lo pierde el resto de la sociedad. Según cierta idea expuesta a menudo, el opresor pierde también su libertad, pero ello suena a retórica seudomoralizante. Así, el poder se enfrentaría radicalmente a la libertad del individuo. Aclaremos: de los individuos que no lo tienen, porque el poder es libertad para quienes disponen de él. Pero esto no suele tenerse en cuenta.
Sin entrar en cuestiones filosóficas, intuimos el significado del término al contemplar la tristeza de un animal arrancado de su medio y enjaulado, aunque tenga comida segura. La libertad aparece entonces como la posibilidad de hacer lo que se quiere. Pero en el animal, esa libertad está dictada por el instinto, y lo que “quiere” son muy pocas cosas. En el ser humano, la libertad tiene menos que ver con instintos y más con su capacidad en principio inagotable de desear y de representarse objetos de deseo. Podría definirse como la ausencia de trabas para el esfuerzo por satisfacer los deseos, y creo que la mayoría de la gente lo entiende aproximadamente así. Pero el individuo aislado no puede sobrevivir y por tanto no existe en él la libertad. Aun suponiendo un Robinson, este no es libre ni deja de serlo: su capacidad de obrar es limitadísima, y depende esencialmente de lo que haya aprendido cuando vivía con los demás hombres. La libertad solo cabe entenderla en relación con la sociedad, y por tanto con el poder. De este modo, la mera existencia de la sociedad contraría la libertad individual, y de esa especulación nacieron las doctrinas contractualistas y ácratas.
Algunas ideologías, anarquistas y de cierta tendencia liberal, insisten en poner al individuo y sus deseos como el centro y norma de la vida social. Esto es tan falso como el estado de naturaleza o el individuo aislado. Los deseos son inagotables, a menudo contradictorios o caprichosos, apasionados y absorbentes o bien débiles e intercambiables, se extienden a otros individuos con cuyos deseos chocarían fácilmente, o dependen de estos para poder realizarse. Y, más en general, dependen de la sociedad, que le aporta una masa de conocimientos, relaciones, posibilidades, normas… fruto de una larga historia y experiencia y que ningún individuo podría crear. La idea del emprendedor tipo Ayn Rand, enfrentado a la sociedad, vista como una suma de prejuicios y abusos, es irreal, aunque pueda darse muy parcialmente. Todo emprendedor, aún el más original, solo puede tener éxito aprovechando lo que la sociedad le ofrece, a menudo gratuitamente. Y ha de sujetarse a unas normas si no quiere verse marginado o en la cárcel. Además, una gran proporción de las empresas individuales es desatinada, o fracasa, no por la oposición social sino por estar mal enfocadas o ser absurdas; o tiene éxito a costa bienes más generales u ocasionando perjuicios a otros. A este respecto distinguimos deseos e ideas sensatos o insensatos. La libertad, por tanto, no puede concebirse en relación solamente a los deseos, sino a la vasta red de normas, conocimientos y creencias de un grupo dado.
Sin embargo, el impulso de los deseos, sensatos o insensatos, contradictorios o bien fundados, elevados o rastreros, permanece como una fuerza que reta constantemente a la sociedad y a su poder, y la obliga a evolucionar. Definir los deseos sensatos es difícil. No puede hacerse a partir de su éxito, pues no no rara vez se imponen los deseos insensatos, con malas consecuencias para casi todos. También podríamos referir la sensatez al acuerdo con las normas sociales, pero no siempre lo que se aparta de ellas significa insensatez. Como en otros rasgos de la condición humana, la libertad consiste en un equilibrio inestable entre tendencias opuestas o diversas. Esa inestabilidad permite la evolución pero también puede destruir el equilibrio.
Hay otro aspecto importante: aunque el poder se manifiesta en cualquier asociación, hablamos aquí del poder político, y por tanto de la libertad en relación con él. Podemos distinguir entre libertad personal –quizá asimilable a la ”libertad negativa” de I. Berlin, e imposible de destruir en último extremo, como veíamos en el caso de la esclavitud— y libertad política. El poder político asegura una serie de normas relacionadas generales, pero deja al margen un amplio terreno donde los individuos funcionan sin imposición, o apenas: así la vida familiar y vecinal o del círculo de conocidos, el ocio, la creación artística o la investigación científica, etc. En todas esas actividades también surgen conflictos y poderes, generalmente débiles y distintos o de otro nivel que el poder político. En la historia, el estado solo ha interferido en la libertad personal cuando la consideraba atentatoria al interés político.
No obstante, el poder político, el estado en nuestras sociedades, tiende por su propia dinámica a hacerse absoluto, a penetrar y regular todos los aspectos de la vida humana, reduciendo al máximo la libertad personal, una tendencia desarrollada especialmente desde la Ilustración. Pero también la sociedad opone una tenaz resistencia a ese impulso absolutista o más bien totalitario, y de ahí las libertades políticas. Podemos entenderlo comparando el franquismo y el régimen soviético, bien ejemplificados por Solzhenitsin. El franquismo disponía de un estado pequeño (mucho menor que el actual), y la inmensa mayoría de las actividades sociales era privada, de modo que existía una libertad personal muy amplia (en muchos aspectos mayor que en la actualidad). En la URSS, el estado lo ocupaba todo y pretendía orientar hasta los pensamientos de la gente. Obviamente no lo hacía por una maldad particular, sino por una filosofía de la vida y de la historia que lo justificaba. De lo cual merece la pena hablar.
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(Apuntes del natural, o héroes de nuestro tiempo)
–Habláis de Julie Rock sin conocerla. Solo contáis rumores sin fundamento. Parloteo
–¿Acaso la conoces tú?
–¡Y tanto que la conozco! Me ha invitado a comer a su casa más de una vez. Diréis que es porque le conviene hacer la pelota a los periodistas, pero ella tiene mucha más altura que eso, no invita a cualquiera. Aunque sea medio sociata, Julie Rock, antes Julia Roque, es una rendida admiradora de Churchill. Trasiega alcohol que da gusto y fuma puros como él, solo eso ya os da un indicio de su talla política. Pero, por supuesto… tranquilos, tranquilos, no interrumpáis… por supuesto, no se limita a eso. Ella tiene dos ideas en la cabeza. O mejor dicho, tres. Primero, España debe volver a ser un gran país, una gran región dentro de ese gran país que estamos construyendo entre todos, la Unión Europea. Segundo: si queremos salir de la crisis y del atraso y competir en el mundo, ha de ser en inglés, hoy vivimos en un mundo global y el inglés es indispensable, sin él no vas ni al retrete de este restaurante, vamos… ¡Que sí, joder, que se ve que tú no has viajado y no sabes…! ¿Viajado más que yo? ¡Amos, anda! Pues entonces es que no te has coscado de nada, hay muchos que viajan como las maletas… ¡Te digo que el inglés…! ¿Que si yo no lo hablo? Lo estoy estudiando como un loco, porque no quiero perder el tren… Mira, tío, deja de dar el coñazo. Cualquier día te despiertas y te enteras de que todo el mundo lo habla y no sabrás ni qué decir, porque es el idioma de la cultura, tío, el idioma del futuro… ¿Y qué pasa si el español…? Pues no pasa nada. Un idioma es solamente un instrumento para entendernos y el inglés, nos guste o no, es muy superior en eso al… Mira, si sigues interrumpiéndome me largo, bye bye, baby, y te dejo con la palabra en la boca… O te largas tú, que aquí estamos muy a gusto sin tanta discusión… Hay que ser ciudadano del mundo, joder, abajo las fronteras… Bien, ¿vale? ¿Okey? Bueno, pues nos guste o no… ¡Y dale ahora con Gibraltar! Gibraltar está muy bien como está, coño, lleva tres siglos en manos inglesas y han hecho allí maravillas, viven como dios… pues como para exportarles nuestros impuestos y nuestro paro, no te digo… Y vosotros, callaros también, que así no hay forma de entenderse. Julie Rock es también muy partidaria de un Gibraltar inglés, ve en la Roca, “The Rock”, como ella misma se apellida, el destino de toda España para convertirse en un gran país, nos guste o no, por ahí va Europa, por ahí va el mundo y por ahí va todo… Bueno, venga, vamos a dejarlo, porque veo que no entendéis nada… Pero a lo que iba. El tercer punto del programa de Julie Rock es una mayor liberalización sexual y poner a la Iglesia en su sitio, que las mujeres puedan disponer de su propio cuerpo y todo eso, talleres de sexo por todas partes, eso también es cultura, y cultura de la fina, hay que dar en la jeta a los retrógrados y a los curas, a la caverna, me cago en la leche… Sí, sí, sí, con explicaciones en inglés, para que se vaya aprendiendo, ¿o de dónde creéis que viene la cosa, la liberación sexual y todo eso, que ya hemos avanzado mucho pero todavía queda…? ¿De dónde va a venir? De Estados Unidos de América del Norte y de el Reino Unido, como casi todo lo bueno. Venga, rendíos de una puta vez a la evidencia, mirad al futuro y dejaros de hostias. ¡Puaj! Con esta gente no vamos a ninguna parte, qué pena de país.
(Como siempre, basado en hechos reales)
