Comento con una persona relativamente joven (de unos 40 años), de formación universitaria, estas notas sobre las memorias de Castilla del Pino. Para mi sorpresa, ignora por completo quién pueda ser. Se lo explico y le menciono a Manuel Sacristán y a otros intelectuales marxistas bien conocidos en mi juventud. Solo le suena Tamames. Y eso que Castilla publicó el segundo tomo de su autobiografía, con gran repercusión mediática, hace solo nueve años (falleció en 2009). Impresiona un poco la rapidez con que pasan hoy las celebridades. Un escritor con cierto acceso a los medios me comentaba: “desapareces seis meses de la radio, y ya nadie te recuerda”.
No sé si Castilla quedará para la posteridad como una figura importante, al menos en la profesión médica. Un psiquiatra amigo me dijo que sus escritos técnicos tenían verdadera relevancia en la psiquiatría española. Pero su relevancia, para el gran público, venía de obras más populares, combinación de psicología freudiana y marxismo, que en los años 60 , en plena dictadura, circularon profusamente en la universidad y aun fuera de ella. Ya tocaré ese tema. Ahora quiero mencionar otras facetas chocantes de su autobiografía.
Me llamó la atención cierto ensañamiento con Dionisio Ridruejo: “No me sedujo en ningún aspecto, al contrario, me irritó el que, sin tener en cuenta su papel durante la guerra y aún algo después, tratase de nuevo de ocupar el primer plano mediante la organización de un partido político de oposición” O bien, “Tenía muchas reservas ante un hombre con su historial falangista en el Valladolid de 1936 y primeros meses de 1937, los años de la represión más brutal (…) He leído las palabras que le dedicó Eugenio Montes cuando Ridruejo inició su oposición al régimen, y que copié: “Cuando, como tú se ha llevado a centenares de compatriotas a la muerte y, luego, se llega a la conclusión de que aquella lucha fue un error, no cabe dedicarse a fundar un partido político: si se es creyente, hay que hacerse cartujo, y si se es agnóstico hay que pegarse un tiro”. Más tarde, cuando leí sus libros de memorias, hay algo que me inspiró respeto: su incapacidad para falsear y, dado lo dramático de lo que habría que decir, y decirlo de verdad, callar, dolorosamente callar. Una actitud que a mí me sobrecogió desde el primer momento y me inclinó a la piedad por un hombre que parecía sufrir por su pasado” (p. 381).
Castilla, pues, se sitúa en el plano moral de quien acusa, pero comprende y casi perdona desde la superioridad democrática… Sin embargo, ¿cuál es su posición política real? La de un marxista militante. Una de las leyendas urbanas más circuladas después de que se disolviese en el aire la aureola del PCE, presenta a sus afiliados, o a muchos de ellos, como demócratas, que entraban en el PCE solo por representar este la única posibilidad real de lucha contra la oprobiosa dictadura de Franco. Se lo he oído a Fernando Jáuregui y a mucha otra gente, y el mismo Carrillo lo sugiere, no sé si con buena o mala intención. Por supuesto, Castilla del Pino se apunta a esa historia, y así explica: “Muchos de quienes militábamos en el PC éramos radicalmente antifranquistas y demócratas, y por eso no podíamos fiarnos del todo de quienes, dentro aún del régimen, adoptaron un talante democrático como Ruiz Jiménez” (187). Ahora bien, no resulta exagerado concluir que se trata de una lamentable farsa, por demás evidente. Declararse marxista y demócrata no vale más que pretenderse católico y ateo.
El PCE se proclamaba marxista, y el marxismo ha sido la ideología más totalitaria y sanguinaria del siglo XX. No es posible que lo ignorasen Castilla y demás, por mucha ingenuidad que les atribuyamos. En los años 60 circulaban legalmente muchas obras de Marx, de Engels, de la escuela de Frankfurt, de Althusser, etc., y había editoriales como Ciencia Nueva o Castellote dedicadas a la promoción de libros marxistas. Solo una dosis de tontería o de inexperiencia estudiantil mucho mayor de lo común y admisible podía conjugar aquellas doctrinas con la democracia de libertades. Por otra parte, los genocidios y crímenes de las revoluciones marxistas, absolutamente mayores que todo lo que pudiera achacarse al franquismo, eran de sobra conocidos, salvo para quienes quisieran cegarse a los hechos con el cuento de la “propaganda burguesa”. Muy tardíamente y de pasada, muestra Castilla despego hacia la Cuba castrista o la URSS, estas sí, totalitarias y asfixiantes. Y muy distintas de un franquismo en el que tantos Castilla del Pino hacían carrera sin especiales dificultades, aun sabiendo todo el mundo de su adscripción marxista o comunista. Parafraseando el comentario de Eugenio Montes a Ridruejo, Castilla fue miembro del PCE muy activo en el plano cultural –el más influyente–. De un partido que antes de la guerra y sobre todo en la guerra y la posguerra, llevó la muerte y llevó a la muerte a decenas de miles de personas. Cuando Castilla habla de Carrillo no evoca en absoluto el historial de este, como lo hace de Ridruejo. Si le parecían adecuadas las palabras de Eugenio Montes, cuando el psiquiatra “descubrió” –harto tardíamente y sin rastro de análisis intelectual— la burla trágica del comunismo, ya no le habría quedado, a fuer de agnóstico, el remedio cartujo. Claro que, directamente, él no impulsó a nadie a matar o morir por la causa, pero sí fue parte del negocio. Y podía jactarse –de hecho lo hace– de que al final sus esfuerzos trajeron la democracia y no un régimen a la soviética. Mas, tristemente para él, la democracia vino de donde podía venir: como evolución desde el franquismo, en modo alguno del comunismo de sus prolongados fervores.
Algo más sobre el apasionado, ciego, visceral antifranquismo, que justificaría, dicen, la militancia en un partido comunista. Según él, su odio a Franco obedecía a la miseria extrema impuesta “como forma de asentar y defender el privilegio de unos pocos”. Y de nuevo la observación más elemental prueba que la miseria, extrema o no, disminuyó constantemente bajo el franquismo. Más aún, España se acercó entonces a los países ricos europeos más que nunca antes o después. Esa realidad la comprobaba todo el mundo, excepto algunos intelectuales. Para apoyar su odio, cita a Brenan y a Hobsbawm hablando de los años 50: Escribe el primero: “No es posible andar por Córdoba sin sentirse horrorizado ante tanta miseria (…) Se ven hombres y mujeres cuyos cuerpos y caras tienen una capa de suciedad, porque son seres demasiado débiles y desesperados para lavarse. Se ven niños de diez años con las caras marchitas y mujeres de treinta que parecen viejas, con ese ceño de ansiedad que el hambre y la incertidumbre perpetuas procuran. Nunca antes había visto yo miseria tan grande (…) Los más impresionantes son los que se arrastran por las calles sin brazos ni piernas. El gobierno concede una pequeña pensión a los que perdieron los miembros en el campo nacional, pero los que estuvieron con los rojos, aunque sean mujeres o niños, no obtienen nada”. Y el segundo autor escribe (refiriéndose a Levante si mal no recuerdo): “A comienzos de losaños 50 España era un país pobre y hambriento, quizá más hambriento de lo que ningún ser viviente pudiera recordar”.
Cuando leí las frases de Hobsbawm en sus memorias, me dije “Este tío es tonto”, perdón por la vulgaridad. Cualquier historiador medianamente serio sabe de las hambrunas en la URSS o, durante la guerra mundial, entonces tan cercana, las de Bengala, Irán o Grecia, causantes de cientos de miles y hasta millones muertos. O las de la Alemania de posguerra, de la India, de lugares de África, etc. Los muertos por hambre en España se computaban en las estadísticas, y estaban en unos 300 anuales a principios del siglo XX, en continua baja hasta que con la República se duplicaron y volvieron a alcanzar las del año 1900. El año de mayor hambre en el siglo XX español fue 1938, con más de 1.100 muertos, casi todos en la zona roja. Después de la guerra, el hambre aumentó, sin alcanzar aquella cifra, en gran medida por efecto del semiboicot inglés durante la contienda mundial. Y durante los años 50 bajó con rapidez hasta dejar de figurar en las estadísticas por haber desaparecido como causa de muerte. Al exagerar de tal modo la miseria en España, Hobsbawm tampoco tiene en cuenta que una buena porción de ella se debía al aislamiento impuesto conjuntamente por su país, la URSS y Usa, aislamiento que buscaba deliberadamente aumentar la miseria para incitar al pueblo a rebelarse contra el franquismo. Lo cual no consiguieron, por cierto, ni ellos ni el maquis. En mi opinión, Hobsbawm, historiador marxista, es decir, lisenkiano, está muy sobrevalorado.
Con Brenan ocurre algo semejante: su enfoque corresponde a un intelectual progresista de izquierdas unido a cierta condescendencia. En El derrumbe de la II República examino su credulidad y fantasías en torno a la represión de Asturias en el 34, por ejemplo. Desde luego, por aquellos años había en Córdoba algunos mutilados como los que él describe (seguramente muy pocos) y niños y adultos sucios y no bien alimentados. Tales cosas pueden verse hoy mismo, y no sería difícil grabar un documental fijándose de preferencia en los mendigos cada vez más numerosos, los drogadictos, borrachos, los barrios de chabolas con su basura y sus ratas, etc., para trazar un cuadro de absoluta degradación física y moral. Señalo esta obviedad porque una persona fuertemente ideologizada tiende a ver solo aquello que coindide con sus prejuicios. Y los ingleses no son ahí mejores que los españoles. Por eso es tan importante, al escribir de historia, fijarse en las estadísticas y su evolución, que tan a menudo desmienten los impresionismos personales de tales o cuales “testigos”. La estadística también sirve para mentir, como se ha observado a menudo, pero si está bien hecha resulta siempre más fiable.
