Blog I: Tres derechas en España / Argumento contra la democracia http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/tres-derechas-espana-argumento-democracia-20130527
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El espíritu y la materia.
El 29 de septiembre de 2006 escribí este artículo:
La materia tiene todos los rasgos de un ente espiritual. Nadie ha logrado –ni presumiblemente logrará– verla, tocarla, olerla, oírla o gustarla. Lo que se presenta a nuestros sentidos es una inmensa cantidad y variedad de fenómenos y cuerpos, y solo por una abstracción mental, esto es, espiritual, decidimos que ellos son expresiones de “la materia”. ¿Un fantasma?
A su vez, el materialismo, base de algunas ideologías revolucionarias, es una actitud espiritual: el espíritu que se niega a sí mismo en casos extremos, o que se coloca, modestamente, en posición secundaria ante la materia. Este materialismo reduce el espíritu a la consciencia, y finalmente al problema de qué es lo primero y qué lo derivado: la materia o la consciencia. Así expuesta, la cuestión no admite dudas: la consciencia derivaría del mundo material, sería en último extremo una forma peculiar del funcionamiento de la materia, algo así como un espejo de esta, creado por ella misma (aunque deberíamos preguntarnos entonces por qué ese espejo suele ofrecer visiones tan erróneas o deformadas de su objeto: la materia parece algo bromista).
El problema tiene que ver con el sentido del mundo. Siendo la materia lo primero, la tarea de la consciencia consistiría en entender la materia cada vez más claramente, prescindiendo de otros espíritus que no sean la consciencia misma y su manía investigatoria. Pero, ¿y si esa investigación nos lleva a concluir que el mundo y la vida carecen de cualquier sentido discernible? Mala suerte, aunque entonces también habría que decidir de dónde viene esa necesidad psicológica del sentido. Si no viene de la materia, ¿de dónde?
El sentido es un problema porque no se nos ofrece con claridad. Al examinar el mundo, lo mismo podemos concebirlo como un todo ordenado a un fin que como una mezcla de orden y caos sin finalidad alguna. Encontramos indicios y hasta pruebas de una cosa y de la otra. Por eso el sentido es asunto de fe.
Pero siendo el materialismo una actitud del espíritu, decía, no puede prescindir del sentido, y por tanto de la fe. Por ejemplo, el ser humano y su consciencia aparecen para un materialista como el resultado de una evolución imprevisible e innecesaria. La consciencia se presenta como resultado de una acumulación gigantesca de cambios genéticos al azar sin finalidad alguna, y posiblemente no existiría en todo el universo más que en la Tierra. Bueno, pues aun así el materialista tendrá que encontrarle algún sentido: la adaptación al medio… aun si el espíritu humano tiende más bien a adaptar el medio a sus deseos sin sentido. Una forma peculiar de fe, en fin”.
Dicho de otro modo: el espíritu es el sentido, el para qué, la finalidad de las cosas, incluido el hombre. La ciencia prescinde de finalidades, de paraqués y hasta de causas, de porqués, concentrándose en los “cómos”, en exponer los modos y relaciones de las cosas, de la materia. Ello no niega ni afirma el sentido, pero a su vez es producto del sentido, del espíritu. ¿O resultará que toda esa manía investigatoria, ese afán incansable por saber, carece de finalidad, alguna? ¿Sería una broma más de la materia?
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La “Caballería de San Jorge” y la neutralidad española en la guerra mundial
La cuestión de los sobornos ingleses a generales españoles durante la II Guerra Mundial resurge de vez en cuando, como el Guadiana, no sé si con alguna intención oculta. En el libro Años de hierro lo traté: “Con Hoare como nuevo embajador, Churchill mataba dos pájaros de un tiro: impresionaba favorablemente a Madrid y alejaba a un político proclive a la paz con Berlín, y por tanto molesto para su línea de resistencia. Cadogan, alto funcionario del Foreign Office, expresó su cálida esperanza de que los alemanes o los italianos asesinasen a Hoare en España. El embajador tenía práctica de espionaje y acciones clandestinas. Durante la I Guerra mundial había usado fondos secretos para sufragar el periódico de Mussolini Il popolo d´Italia, ayudando así, inopinadamente, al surgimiento del fascismo. En 1935, como secretario del Foreign Office, había maniobrado en secreto con Francia (Pacto Hoare-Laval), para ceder a Italia la mayor parte de Abisinia, debiendo dimitir al salir a la luz el hecho. Ya en Madrid, Hoare aceptó un plan de su agregado naval, Hillgarth, para sobornar a treinta altos mandos españoles y usarlos contra el sector belicista. La operación correría a través del financiero Juan March y de una cuenta en la Swiss Bank Corporation. Los sobornos vendrían, pretendidamente, de empresarios españoles ansiosos de paz, para no dar a los militares la impresión de servir a un país extranjero.
“March, negociante sin muchos escrúpulos, conocido como El último pirata del Mediterráneo, ya en la I Guerra Mundial había tratado indistintamente con ingleses y alemanes, no dudando, según se dice, en estafar a ambos para aumentar su ganancia. Al comenzar la II Guerra, ideó aprovechar los mercantes alemanes retenidos en puertos españoles para ponerlos bajo bandera neutral y traficar con América. Ello beneficiaría al comercio español, al inglés y al alemán, pues ofreció a cada uno de ellos, con ignorancia del contrario, transportarle mercancías de tapadillo. Y beneficiaría sobre todo a Juan March. El negocio no llegó a cuajar, pero ilustra las destrezas del financiero. Los ingleses desconfiaban de él, pero utilizaron sus servicios bajo la impresión de que no podían permitirse desperdiciar ninguna oportunidad. Entre los generales sobornados estarían Varela, Kindelán, Orgaz, Ponte, Vigón, Solchaga, Tella, Barrón, Espinosa, Yagüe… Algunos nombres chirrían, como el de del muy germanófilo Yagüe. El principal de todos ellos habría sido Aranda, héroe de la resistencia de Oviedo en 1936.
“Londres gastaría la alta suma de trece millones de dólares en esta empresa, a la que llamó Caballería de San Jorge, por la imagen del santo en las monedas de oro, usadas en otras ocasiones para fines semejantes. Dos millones de dólares, cifra fabulosa, habrían ido a los bolsillos de Aranda. Es difícil decir hasta qué punto sirvieron aquellos militares a los británicos, pues varios de ellos mostraron notable germanofilia o prepararon planes de entrada en guerra al tiempo que informaban al gobierno de la supuesta incapacidad española para hacerlo en aquellos días”.
¿Qué hay de todo ello? Aranda vivió hasta su muerte con una modestia que hace difícil creer en la enorme suma supuestamente recibida. Por su parte, altos cargos ingleses tenían la sospecha de estar tirando el dinero, en palabras de uno de ellos: “Esa gente con la que tratamos, o parte de ella, es venal, y por tanto capaz de vendernos (a los alemanes)”. Eden, que dirigía la cartera de Asuntos Exteriores, también mostraba escepticismo sobre el rendimiento de aquellas costosas operaciones. Cabe, además, la presunción de que March cobrara su intermediación con más generosidad de lo estipulado.
Para hacerse idea de las intrigas disparatadas de la época, véase otro ejemplo: Eden había expresado su “caluroso deseo” de la eliminación (en principio política) de Serrano Súñer e incluso de Franco. Y al parecer los generales supuesta o realmente sobornados no estaban dispuestos solo a presionar en pro de la neutralidad: en noviembre del mismo año (1941) en que tenían lugar estas maniobras, el sustituto momentáneo de Hoare en Madrid, Yencken, informaba a Londres de una conjura militar para deponer y hasta fusilar a Franco y a Serrano Súñer. El agregado militar inglés en Madrid creía que prácticamente todos los generales, excepto los tres más incompetentes (Saliquet, Serrador y Moscardó), estaban comprometidos en la conspiración, a cambio de cuyo servicio pedían a la embajada inglesa una generosa ayuda económica. Ayuda que Londres no estaba en condiciones de otorgar, por lo que el agregado calificaba la demanda de wishful thinking. Los supuestos conjurados pedían también que el gobierno inglés controlase la prensa de su país para que no exteriorizara alegría por el proyectado golpe, a fin de no alarmar a los alemanes. Esto y los sobornos dejan la impresión de una serie de engaños mutuos aprovechando el agudo temor de Londres a que España, con Alemania, cerrase el estrecho de Gibraltar.
No hay constancia de que los generales presionaran especialmente contra la entrada en guerra. Como fuere, la decisión solo podía tomarla Franco y, por todo lo que sabemos, influyeron en ella sobre todo los informes de Carrero Blanco, de segura incorruptibilidad. Pero ya en septiembre de 1940, antes del encuentro de Hendaya, Franco tenía clara su estrategia, y la especificó a Serrano Súñer para las conversaciones de este en Berlín: “Hay que considerar dos casos: guerra corta y guerra larga” En el primer caso, no habría problema en abandonar la neutralidad. En el segundo solo podía pensarse en ello hacia el final de la contienda, cuando supusiera los mínimos sacrificios para España a cambio de los máximos beneficios. Y entendía que precisamente la guerra iba para largo. Esta concepción guió su política, tan extraordinariamente beneficiosa para España… y, sin buscarlo expresamente, para Inglaterra, a la que libró de un revés extremadamente grave.
En resumen, si la caballería de San Jorge desempeñó algún papel real, solo pudo ser anecdótico y en un contexto de mutuas artimañas entre Londres, algunos generales españoles y el propio March.
Creo que este último sería el único que podría suministrar información fidedigna sobre el rocambolesco asunto. Por cierto, parece que los useños lo consideraban agente germano o algo por el estilo.
