***(Nota para los lectores: voy a ver si consigo poner el blog los lunes, miércoles y viernes, alternando los temas que ya vengo tratando)
Blog I: El oro de América / Luisa/ Hedonismo y suicidio http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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Puesto que los economistas profesionales no lograron prever la actual crisis (habrá alguna excepción) y discrepan a menudo drásticamente sobre sus causas y el modo de superarla, creo que los legos quedamos autorizados a hacer algún intento de razonar al respecto, siempre con el natural riesgo de equivocarnos. La vida es, en general, un riesgo, o bien abunda en ellos.
Las crisis, más o menos intensas, pueden describirse como fenómenos recurrentes de empobrecimiento rápido de la sociedad. Las hay menores, oscilaciones pasajeras atribuibles tal vez a cambios de preferencias en los mercados, y otras más profundas, que suelen prolongarse en una depresión y son menos frecuentes. Dada la aceleración económica impulsada por el sistema comúnmente llamado capitalismo, las crisis ocurren bastante a menudo y se habla de ciclos, aunque no está claro que sigan unas pautas temporales determinables. También se ha supuesto en varias ocasiones que la ciencia económica había dado con la clave de la cuestión, haciendo posible un crecimiento estable e indefinido, sin más que altibajos parciales y menores. Así solía creerse, por ejemplo, en los años 60, dando por hecho que las recetas keynesianas funcionarían por tiempo ilimitado, hasta que llegó la dura crisis de 1973. Más recientemente, los expertos y los políticos aseguraron que la adopción del euro por varios países de la UE garantizaba dicho crecimiento estable… lo cual resultó solo el prólogo de la crisis actual, que parece la más profunda desde la de 1929 y no ofrece perspectivas claras de salida en bastante tiempo.
No obstante, debe observarse que hasta ahora ninguna receta económica ha tenido valor permanente, y que la que podríamos llamar era del keynesianismo, entre 1945 y 1973, fue también la de más largo y sostenido auge material que hayan disfrutado los países occidentales y Japón en su historia. Procede recordarlo, porque la crítica antikeynesiana radical sugiere que el keynesianismo sería inviable o solo podría traer fatales desajustes en la economía y que la depresión del 73 se produjo por factores aparentemente exógenos: el aumento desproporcionado del precio del petróleo. Claro que el problema es más complejo que esta precisión, pero quiero decir que al menos relativiza la crítica.
Estas crisis suelen provocar, además, agitación social y revueltas, aunque no es cierto que las revoluciones vengan causadas por depresiones económicas. Las revueltas se producen por muchas causas y generalmente se agotan en sí mismas; así, las grandes revueltas de los años 60 en Europa occidental y Usa ocurrieron en una época de prosperidad material sin precedentes. En cuanto a las revoluciones, parten de nuevas y supuestamente liberadoras concepciones de la sociedad, la política o la religión, y su triunfo puede ser facilitado por una economía vacilante, pero no siempre. Cabe citar el ejemplo clásico de la Revolución francesa que, si bien fue facilitada por algunos problemas financieros, se produjo en el país probablemente más rico y mejor organizado de Europa. Lo mismo ocurrió con la revolución o revoluciones protestantes, no coincidentes con depresiones económicas. Como tampoco la Revolución useña. Ni la rusa de 1905, en una época en que Rusia crecía más aprisa que la mayoría de los demás países; o la soviética del 17, favorecida muy directamente por la guerra, y que no habría triunfado sin la visión de Lenin. Una vez más, encontramos que la economía no lo es todo. Las mismas ideas marxistas, con su hincapié hacen en la economía como clave del desarrollo histórico y que tanto esperaban de las crisis capitalistas, no surgieron de ninguna penuria material, sino de una inquietud sobre la sociedad humana y su evolución.
Debe subrayarse además que, si bien las crisis generan una espiral de empobrecimiento, por cuanto las mermas en el consumo y la producción se alimentan recíprocamente, esa espiral no ha superado ciertos límites desde que funciona el actual sistema económico, y ha sido sucedida por una etapa nueva de prosperidad mayor que la anterior. A su vez, las crisis van precedidas por períodos de auge. Conviene recordar estas obviedades frente a las explicaciones conspiranoicas, según las cuales las depresiones son inducidas deliberadamente por cerebros oscuros a fin de alcanzar diversos objetivos políticos o financieros mediante la ruina intencionada de la gente. En tal caso, esas mentes malévolas y casi omnipotentes serían responsables también de los períodos de crecimiento previos y sucesivos a las crisis. Sin descartar intrigas y planes políticos a corto y largo plazo, siempre presentes, suena más razonable creer que todo tipo de mentes e intereses, en general poco omnipotentes, juegan y tratan de adaptarse, con mayor o menor fortuna, tanto durante las etapas de vacas gordas como de vacas flacas. La ciencia económica dista aún de explicar a fondo los acontecimientos, no digamos de preverlos.
La paradoja es que, cuando llega la crisis, la capacidad productiva y de consumo de la sociedad siguen siendo las mismas que en los momentos de prosperidad. (Seguiremos dando vueltas a estas cosas)
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UNA LOA A LA MUERTE
No sólo Millán Astray dio, según parece, un viva a la muerte. También la alaba, por ejemplo, Tarrida del Mármol, destacado ácrata implicado en el terrorismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Tarrida encontró a la muerte un valor, por así decir, revolucionario: “Comprendemos que ínterin no venga la igualdad social durante la vida, la dulce amiga lleva ya resuelto el problema sociológico (…) igualando bajo su rudo golpe a nobles y a plebeyos, a parias y a magnates”.
Y encontraba otra buena razón de alabanza: “Cuando al cabo de un día pesaroso, el cuerpo fatigado descansa en brazos de Morfeo, es aquel sueño una delicia tal que al despertar y entrar de nuevo en posesión de nuestras penas, sentimos hondo pesar porque aquel feliz estado de reposo no se ha prolongado. ¡Loado sea el sueño! ¿Y la religión, que pretende eternizar el yo, quiere que se la llame consuelo? (…) La muerte es el sueño para no despertar. ¡Loada sea la muerte!”
Un tercer argumento: la muerte no sólo da fin a nuestros sufrimientos, sino que “preside las transformaciones incesantes de la materia, hace desaparecer los seres vetustos para dar origen a los nuevos, ella es el instrumento de la selección natural, fuente de todo progreso, ella es la dulce amiga que nos hace desaparecer del rudo combate cuando ya ansiamos (…) un reposo relativo”.
Pero en cuanto a consuelo, el de la igualación del magnate y del paria es nulo. Al revés, lleva a un summum insoportable la desesperanza del paria. Este, finados sus días irreversiblemente, habrá sufrido su vida miserable sin alternativa posible, mientras que el magnate habrá gozado de la suya, desde el enfoque materialista de Tarrida. El desconsuelo para el paria es absoluto, pero al magnate, ¡que le quiten lo bailao! La desesperación bien podría convertir al paria en instrumento de muerte: ¿pierde algo con suicidarse o con segar otras muchas vidas mediante una bomba?
Cabe objetar que, aunque Tarrida esté harto de su yo, a otros, incluso “parias”, la destrucción del yo les angustia. Y que, aunque él desee el descanso eterno, la mayoría de la gente prefiere soportar todo el tiempo posible la dosis habitual de pesares y cansancio. Bien, pero ¿merece respeto una gente guiada por la irracionalidad y el instinto, incapaz de compartir ideas elementales como las que la razón dicta a Tarrida? ¿Merece mucho desvelo la vida de tales cobardes animalescos?
La loa de Tarrida descansa, en definitiva, sobre el carácter de la muerte como instrumento de progreso. Pero con ello se hunde por otra vía en las, para él, tinieblas de la religión y el misticismo. ¿Qué puede importarle a su yo, destinado a total desintegración, el progreso de posteriores generaciones? ¿Debería él aumentar sus pesares luchando y sacrificándose por ellas? ¿Puede haber un incentivo en la esperanza de ser recordado como un héroe? Vanidad ridícula, que no puede compensar ni en un átomo la vida de trabajos y miserias realmente pasada. Además, incluso ese consuelo vanidoso exige una fe: la de que la posteridad le vea como un héroe y no como un loco, un imbécil o un malvado.
La muerte, por otra parte, no sólo iguala al rico y al pobre: aun más desesperante resulta que iguale al bueno y al malo, por ejemplo al buen anarquista y al malvado burgués. El ácrata se justifica en la lucha por la justicia, o lo que él toma por tal, pero desde su materialismo, esa justicia se desvanece, y su opción moral queda en nada. El único sentido de la acción anarquista, al final, consiste en una reacción resentida y desesperada por el hecho de no ser él magnate en vez de paria, de no poder dedicar su tiempo a disfrutar de los únicos bienes y la única vida posibles.
La muerte se mantiene ante nosotros como una esfinge tan indiferente a las loas como a las maldiciones, unas y otras por igual insignificantes. Pero la actitud adoptada hacia ella tiene efectos prácticos, al parecer. Por ejemplo, de encomiarla al modo como lo hace Tarrida, a convertirse en instrumento de ella contra sí mismo o contra otros, sólo hay un paso muy fácil.
