Sobre la crisis económica: contextos / Una loa a la muerte.

***(Nota para los lectores: voy a ver si consigo poner el blog los lunes, miércoles y viernes, alternando los temas que ya vengo tratando)

Blog I: El oro de América / Luisa/ Hedonismo y suicidio http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Puesto que los economistas profesionales no lograron prever la actual  crisis (habrá alguna excepción) y discrepan a menudo drásticamente sobre sus causas y el modo de superarla, creo que los legos quedamos autorizados a hacer algún intento de razonar al respecto, siempre con el natural riesgo de equivocarnos. La vida es, en general, un riesgo, o bien abunda en ellos.

Las crisis, más o menos intensas, pueden describirse como fenómenos recurrentes de empobrecimiento rápido de la sociedad. Las hay menores, oscilaciones pasajeras atribuibles tal vez a cambios de preferencias en los mercados, y otras más profundas, que suelen prolongarse en una depresión y son menos frecuentes.  Dada la aceleración económica impulsada por el sistema comúnmente llamado capitalismo, las crisis ocurren bastante a menudo y se habla de ciclos, aunque no está claro que sigan unas pautas temporales determinables.  También se ha supuesto en varias ocasiones que la ciencia económica había dado con la clave de la cuestión, haciendo posible un crecimiento estable e indefinido, sin más que altibajos parciales y menores. Así solía creerse, por ejemplo, en los años 60,  dando por hecho que las recetas keynesianas funcionarían por tiempo ilimitado, hasta que llegó la dura crisis de 1973. Más recientemente, los expertos y los políticos aseguraron que la adopción del euro por varios países de la UE garantizaba dicho crecimiento estable… lo cual resultó solo el prólogo de la crisis actual, que parece la más profunda desde la de 1929 y no ofrece perspectivas claras de salida en bastante tiempo.

No obstante, debe observarse que hasta ahora ninguna receta económica ha tenido valor permanente, y que  la que podríamos llamar era del keynesianismo, entre 1945 y 1973,  fue también la de más largo y sostenido auge material que  hayan disfrutado los países occidentales y Japón en su historia. Procede recordarlo, porque la crítica antikeynesiana radical sugiere que el keynesianismo sería inviable o solo podría traer  fatales desajustes en la economía y que la depresión del 73 se produjo por factores aparentemente exógenos: el  aumento desproporcionado del precio del petróleo. Claro que el problema es más complejo que esta precisión, pero quiero decir que al menos relativiza la crítica.

Estas crisis suelen provocar, además, agitación social y  revueltas, aunque no es cierto que las revoluciones vengan causadas por depresiones económicas. Las revueltas se producen por muchas causas y generalmente se agotan en sí mismas; así, las grandes revueltas de los años 60 en Europa occidental y Usa ocurrieron en una época de prosperidad material sin precedentes. En cuanto a las revoluciones, parten de nuevas y supuestamente liberadoras concepciones de la sociedad, la política o la religión, y su triunfo puede ser facilitado por una economía vacilante, pero no siempre. Cabe citar el ejemplo clásico de la Revolución francesa que, si bien fue facilitada por  algunos problemas financieros, se produjo en el país probablemente más rico y mejor organizado de Europa. Lo mismo ocurrió con la revolución o revoluciones protestantes, no coincidentes con depresiones económicas. Como tampoco la Revolución useña. Ni la rusa de 1905, en una época en que Rusia crecía más aprisa que la mayoría de los demás países; o la soviética del 17, favorecida muy directamente por la guerra, y que no habría triunfado sin la visión de Lenin.  Una vez más, encontramos que la economía no lo es todo. Las mismas ideas  marxistas, con su hincapié hacen en la economía como clave del desarrollo histórico y que tanto esperaban de las crisis capitalistas, no surgieron de ninguna penuria material, sino de una inquietud  sobre la sociedad humana y su evolución.

Debe subrayarse además que, si bien las crisis generan una espiral de empobrecimiento, por cuanto las mermas en el consumo y la producción se alimentan recíprocamente, esa espiral no ha superado ciertos límites desde que funciona el actual sistema económico, y ha sido sucedida por una etapa nueva de prosperidad mayor que la anterior. A su vez, las crisis van precedidas por períodos de auge. Conviene recordar estas obviedades frente a las explicaciones conspiranoicas, según las cuales las depresiones son inducidas deliberadamente por cerebros oscuros a fin de alcanzar diversos objetivos políticos o financieros mediante la ruina intencionada de la gente. En tal caso, esas mentes malévolas y casi omnipotentes serían responsables también de los períodos de crecimiento previos y sucesivos a las crisis. Sin descartar intrigas y planes políticos a corto y largo plazo, siempre presentes, suena más razonable creer que todo tipo de mentes e intereses, en general poco omnipotentes,  juegan y tratan de adaptarse, con mayor o menor fortuna, tanto durante las etapas de vacas gordas como de vacas flacas. La ciencia económica dista aún de explicar a fondo los acontecimientos, no digamos de preverlos.

La paradoja es que, cuando llega la crisis,  la capacidad productiva y de consumo de la sociedad siguen siendo las mismas que en los momentos de prosperidad. (Seguiremos dando vueltas a estas cosas)

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UNA LOA A LA MUERTE

No sólo Millán Astray dio, según parece, un viva a la muerte. También la alaba, por ejemplo, Tarrida del Mármol, destacado ácrata implicado en el terrorismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Tarrida encontró a la muerte un valor, por así decir, revolucionario: “Comprendemos que ínterin no venga la igualdad social durante la vida, la dulce amiga lleva ya resuelto el problema sociológico (…) igualando bajo su rudo golpe a nobles y a plebeyos, a parias y a magnates”.

Y encontraba otra buena razón de alabanza: “Cuando al cabo de un día pesaroso, el cuerpo fatigado descansa en brazos de Morfeo, es aquel sueño una delicia tal que al despertar y entrar de nuevo en posesión de nuestras penas, sentimos hondo pesar porque aquel feliz estado de reposo no se ha prolongado. ¡Loado sea el sueño! ¿Y la religión, que pretende eternizar el yo, quiere que se la llame consuelo? (…) La muerte es el sueño para no despertar. ¡Loada sea la muerte!”

Un tercer argumento: la muerte no sólo da fin a nuestros sufrimientos, sino que “preside las transformaciones incesantes de la materia, hace desaparecer los seres vetustos para dar origen a los nuevos, ella es el instrumento de la selección natural, fuente de todo progreso, ella es la dulce amiga que nos hace desaparecer del rudo combate cuando ya ansiamos (…) un reposo relativo”.

Pero en cuanto a consuelo, el de la igualación del magnate y del paria es nulo. Al revés, lleva a un summum insoportable la desesperanza del paria.  Este, finados sus días irreversiblemente,  habrá sufrido su vida miserable sin alternativa posible, mientras que el magnate habrá gozado de la suya, desde el enfoque materialista de Tarrida. El desconsuelo para el paria es absoluto, pero al magnate, ¡que le quiten lo bailao! La desesperación bien podría convertir al paria en instrumento de muerte: ¿pierde algo con suicidarse o con segar otras muchas vidas mediante una bomba?

Cabe objetar que, aunque Tarrida esté harto de su yo, a otros, incluso “parias”, la destrucción del yo les angustia. Y que, aunque él desee el descanso eterno, la mayoría de la gente prefiere soportar todo el tiempo posible la dosis habitual de pesares y cansancio. Bien, pero ¿merece respeto una gente guiada por la irracionalidad y el instinto, incapaz de compartir ideas elementales como las que la razón dicta a Tarrida? ¿Merece mucho desvelo la vida de tales cobardes animalescos?

La loa de Tarrida descansa, en definitiva, sobre el carácter de la muerte como instrumento de progreso. Pero con ello se hunde por otra vía en las, para él, tinieblas de la religión y el misticismo. ¿Qué puede importarle a su yo, destinado a total desintegración, el progreso de posteriores generaciones? ¿Debería él aumentar sus pesares luchando y sacrificándose por ellas? ¿Puede haber un incentivo en la esperanza de ser recordado como un héroe? Vanidad ridícula, que no puede compensar ni en un átomo la vida de trabajos y miserias realmente pasada. Además, incluso ese consuelo vanidoso exige una fe: la de que la posteridad le vea como un héroe y no como un loco, un imbécil o un malvado.

La muerte, por otra parte, no sólo iguala al rico y al pobre: aun más desesperante resulta que iguale al bueno y al malo, por ejemplo al buen anarquista y al malvado burgués. El ácrata se justifica en la lucha por la justicia, o lo que él toma por tal, pero desde su materialismo, esa justicia se desvanece, y su opción moral queda en nada. El único sentido de la acción anarquista, al final, consiste en una reacción resentida y desesperada por el hecho de no ser él magnate en vez de paria, de no poder dedicar su tiempo a disfrutar de los únicos bienes y la única vida posibles.

La muerte se mantiene ante nosotros como una esfinge tan indiferente a las loas como a las maldiciones, unas y otras por igual insignificantes. Pero la actitud adoptada hacia ella tiene efectos prácticos, al parecer. Por ejemplo, de encomiarla al modo como lo hace Tarrida, a convertirse en instrumento de ella contra sí mismo o contra otros, sólo hay un paso muy fácil.

 

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El yo y el deseo / Opinión de Aquilino Duque (ya vista)

Blog I: Excluir el español de la ciencia / “Paco”, según Salustio / El fracaso matrimonial http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/excluir-espanol-ciencia-paco-fracaso-matrimonial-20130102

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El yo se presenta  ante todo como un sentimiento profundo  e intenso: el de la propia individualidad frente y en contraste con el mundo exterior, incluyendo en este a los demás yoes. Pese al carácter tan contingente del individuo, el yo  tiende a considerarse a sí mismo absolutamente necesario, privilegiado frente al exterior  y de un valor que puede exceder al de cualquier otra cosa o cualquier otro individuo.

El modo más inmediato de relación del yo con el exterior es el deseo. Alcanzar los objetos apetecidos exige un gasto de energía, y si ese coste es mayor que la satisfacción obtenida,  tanto en el animal como en el hombre sobreviene la frustración; y si tal descompensación se vuelve demasiado frecuente, produce el debilitamiento y la muerte del individuo.  A fin de obtener más con menos, el ser humano ha desarrollado la técnica, pero es  poco probable que la técnica llegue a satisfacerle plenamente, dada la propia naturaleza del deseo. Este, según expone P. Diel, difiere de la mera reacción refleja, propia más bien del animal, en que implica un elemento de valoración.  Por eso, el yo trata de valorar la satisfacción que espera obtener de su esfuerzo, examinando la situación de conjunto, lo que implica cierto esfuerzo y tiempo. Al mismo tiempo, la capacidad humana de desear parece inagotable y en el yo compiten numerosos deseos. Ello se debe, por una parte, a su visión general del mundo en torno, mucho más amplia que la del animal, y ampliada todavía por su capacidad imaginativa. Por tanto, la valoración debe distinguir entre muchos deseos y trata de elegir aquellos que más le satisfagan o que menos coste le exijan.

El esfuerzo de valoración exige por sí solo cierto aplazamiento, a menudo penoso, de la acción de la que se espera la satisfacción. Más un esfuerzo mental, que en sí mismo puede ser frustrante y llevar a situaciones como la  caricaturizada en el asno de Buridán o bien, más trivialmente, a errores de apreciación  sobre el valor del objeto del deseo o de las propias fuerzas para adquirirlo. Además, el propio carácter inagotable del deseo humano lo expone a una mayor frustración. Y  añádase que muchos deseos son contradictorios unos con otros o en sí mismos (se desea el objeto, pero no el coste de obtenerlo, por ejemplo). Por otra parte, un objeto de deseo puede ejercer tal fascinación en el yo, que este no repare en medios y esfuerzos para lograrlo, sea sin conseguirlo finalmente o resultando su consecución decepcionante en relación con el trabajo requerido. Sin faltar otros factores de desajuste, por así decir, en relación especialmente con los demás yoes: la sociedad humana impone rigurosos límites a las aspiraciones ilimitadas de los yoes. Y cada uno de estos tiende a creer que merece mayor satisfacción que la obtenida por otros (idea de injusticia, tenga mayor o menor grado de acierto). Así, la vida del yo contiene siempre un elemento de insatisfacción y de frustración  inevitables,  que en casos extremos puede llevar a la depresión, la rebelión demente o al suicidio.

Fácilmente se aprecia de ahí el gran esfuerzo hecho a partir de la religión y de la filosofía por regular el deseo de modo que su excesiva diversidad, la deficiente valoración del objeto, de las condiciones externas o de las propias fuerzas, no produzcan un desequilibrio mental y desgarren al propio yo. El estoicismo, el hedonismo y muchas otras propuestas de comportamiento reflejan esa dificultad  de la vida humana ante el elemento insatisfactorio de ella. Y a su vez resultan propuestas nunca del todo satisfactorias.  Por lo demás, el valor necesario y casi absoluto concedido  por el yo a sí mismo, puede inducir con cierta facilidad, ante las limitaciones reales, a la negación de la sociedad, del mismo yo o de la vida.

 

****Aquilino Duque sobre  Sonaron gritos y golpes a la puerta (en el blog I, “Salustio” discrepa de él):  http://vinamarina.blogspot.com.es/2012/07/una-novela-dantesca.html

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Sobre Europa

****Feliz Año Nuevo (dentro de lo posible o que nos dejen los politicastros) y muchas gracias  a todos mis amables lectores, cuyos comentarios dan interés al blog.

Blog I: Franco, plenamente actual. La expansión de la droga como síntoma http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

**** Aquilino Duque sobre la Hispanidad:  http://3.bp.blogspot.com/-1xjrWfJD030/UOA2FtA9jNI/AAAAAAAADM0/Cu2WiK2mGlE/s1600/Gaceta+Latina.jpg

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(En España contra España he dedicado un apéndice a la relación de España con el resto de Europa (prácticamente con la Europa occidental o centro-occidental: una cuestión necesitada de estudios serios)

Geográficamente, Europa es un apéndice del mucho más extenso continente asiático, más bien que un continente propio. Algunas barreras físicas la separan, no obstante, de Asia y de África: la cordillera de los Urales, que corta la inmensa llanura euroasiática; el lago Caspio, la cordillera del Cáucaso y el mar Mediterráneo. Barreras no muy pronunciadas y menos aún insuperables. Por otra parte, Europa se nos presenta como un complicado mosaico de climas, orografía y más aún de idiomas, etnias, culturas y estados o naciones, con frecuencia enfrentados históricamente entre sí en conflictos a veces arrasadores. De modo que podríamos preguntarnos si existe realmente algo común  que permita distinguir el conjunto europeo de los demás continentes. La respuesta es sí. Europa es ante todo un concepto cultural y,  por encima de las enormes diferencias internas encontramos enseguida varios rasgos comunes lo bastante firmes para dar cierta unidad y aire de familia al conjunto: el indoeuropeísmo idiomático, la raíz en el Imperio romano, la religión cristiana, una inquietud especialmente acentuada en los órdenes espiritual, filosófico y finalmente científico-técnico; y, desde el siglo XVIII, cierta evolución anticristiana e ideológica que adquirió su apogeo en el XX. Este libro tratará, aunque sumariamente, los tres últimos rasgos.

Por lo que respecta al primero, el indoeuropeísmo, aunque evidente desde el punto de vista lingüístico,  resulta demasiado especulativo en el plano histórico, ya que hunde sus orígenes en las nieblas de la prehistoria. Es desconocido el origen de estos pueblos, también llamados arios (“nobles”, algo pretenciosamente, aunque su utilización por el nacionalsocialismo ha proscrito un tanto el término). Una hipótesis  sitúa su cuna entre el sureste de  Rusia y el Asia central, de donde se habrían extendido desde hace unos 4.000 años,  probablemente por invasión y conquista, sobre otros pueblos hacia el sur (Persia, India) y hacia el oeste (Europa), y también invadiéndose entre sí en oleadas sucesivas. Por lo que respecta a Europa, los indoeuropeos debieron de encontrar una zona mediterránea ya considerablemente poblada y con culturas más desarrolladas que las suyas,  y una zona  del centro-norte semivacía debido al clima y al atraso técnico. Tácito creía que los germanos pertenecían a una raza pura “porque nadie más que ellos querría vivir en zonas tan inhóspitas”. Se ha supuesto que el tipo físico germánico es que el caracteriza con mayor pureza a los indoeuropeos, y que su expansión en Europa se produjo desde Escandinavia, Jutlandia y el norte de Alemania.

Lo evidente, en todo caso, es que la configuración lingüística y en parte étnica de Europa responde a antiguas migraciones y mezclas demográficas, con los correspondientes choques y conquistas. De ello tenemos pruebas bien claras en época histórica, por las invasiones germánicas y asiáticas hacia el final del Imperio romano de Occidente y otras hasta tiempos todavía recientes. Europa viene a ser, étnica y lingüísticamente, el fruto de tales movimientos. Que, por lo demás, han continuado después, ya que algunos pueblos o naciones europeas han resultado ser los más expansivos de la historia.

Subsisten en Europa algunos idiomas menores no indoeuropeos, como el finlandés, el húngaro, el vascuence o el lapón. Pero prácticamente todos las demás, y desde luego los más hablados con absoluta diferencia, son  indoeuropeos, divididos en tres grupos principales: eslavos, germánicos y latinos, y ramas menores como la céltica, la báltica o la griega. Varios de estos idiomas (español, portugués, inglés y francés) se han extendido por gran parte del mundo en tiempos históricamente próximos, continuando cierta dinámica prehistórica. Ello aparte, en Europa hablan idiomas eslavos unos 350 millones de personas; germánicos algo más de 200 millones, y latinos, unos 180. Estos tres tipos de lenguas señalan también, aunque no rígidamente, diferencias étnicas y de aspecto físico, desde el nórtico, rubio, al mediterráneo, generalmente moreno, o al eslavo, más mezclado.

Los idiomas indoeuropeos no son exclusivos de Europa, pues se hablan también en gran parte del sur de Asia: Irán, Pakistán,  Afganistán e India; y el supuesto de que procedieran de esta última da lugar a la palabra que los nombra. Pero no hay ninguna otra afinidad cultural clara entre los indoeuropeísmos europeo y asiático. La diferencia principal está en la impronta grecolatina y la religión cristiana características del primero. La herencia grecolatina procede, aunque en grados desiguales, del Imperio romano. No era un imperio propiamente europeo –como no lo era Grecia– pues, aunque nacido de una ciudad de la península itálica, su área fundamental  de expansión fue el Mediterráneo en todas sus orillas. Pero en las riberas no europeas de este mar el legado grecolatino y cristiano  iría sucumbiendo a  invasiones de otras culturas, hasta quedar en poco más que arqueología, mientras que en la parte europea fue adoptado, asimilado y desarrollado hasta convertirse en ingrediente fundamental de su ser. La parte griega o bizantina condicionó religiosamente al mundo eslavo; en la parte occidental el latín, entre otros muchos legados, permaneció durante un milenio como la lengua de cultura después de la violenta destrucción de la Roma imperial.

Pero la herencia más trascendental de Roma sería el cristianismo. Los indoeuropeos profesaban religiones paganas, a veces muy complejas, y por supuesto no tenían la menor idea de  Europa. Sería el cristianismo el que configurase  el continente como  espacio cultural, llegando a constituir el  único continente cristiano en el mundo  durante la llamada Edad Media, exceptuando pequeños residuos de esa religión en Oriente Próximo y norte de África, y en contraste con el islam o religiones paganas anteriores. Así, en un sentido bastante preciso, cabe decir que Europa es una creación del cristianismo. También fue en Europa donde se diversificó esta religión en tres grandes ramas que casualmente coinciden grosso modo –y con grandes excepciones–, con los ámbitos lingüísticos: entre los eslavos (y griegos) predomina la Iglesia ortodoxa, entre los latinos la católica y entre los germánicos diversas confesiones protestantes. Curiosamente,  el cristianismo no tiene raíz  cultural ni geográfica indoeuropea, pues surgió en la ribera asiática  del Mediterráneo y de un pueblo y religión semíticos, el judío. Pero experimentó un verdadero baño de pensamiento griego y latino, se desarrolló en el seno del Imperio romano y posteriormente cundió por Europa entera.  El cristianismo, así, hereda el judaísmo y la filosofía clásica, y al mismo tiempo los transforma profundamente.

Tampoco resulta exagerado afirmar que Europa es el continente de la filosofía, con distintos grados y momentos. No porque otras culturas y civilizaciones hayan carecido de ella y de reflexiones de gran calado sobre el hombre y el mundo, muy al contrario; pero en Europa arraigó con más intensidad, variedad y persistencia ese tipo de pensamiento. La causa más probable cabría hallarla en la introducción de la filosofía griega y latina en la religión de Cristo, en la combinación de la razón y la fe. Una combinación nunca plenamente lograda y fuente, por su dificultad, de esa inquietud espiritual y moral, fructífera por una parte y perturbadora por otra, tan acusada en la civilización europea.  Tal desazón ha sido el probable venero de otras manifestaciones culturales especialmente intensas, desde la literatura o la música a la arquitectura.  Cabría buscar ahí una síntesis conflictiva entre un espíritu indoeuropeo y un espíritu semita, aunque resulta demasiado fácil especular vanamente sobre ello.

La filosofía europea alcanzó en el siglo XVIII un punto en que la razón empezó a revolverse contra la fe, inaugurando una nueva época en la que el cristianismo fue puesto en cuestión, a menudo rechazado y sustituido, aunque nunca  totalmente, por las ideologías racionalistas nacidas de dicha Ilustración. Esta pugna ha caracterizado y sigue caracterizando hoy la evolución europea. La filosofía, si bien  nunca ha cumplido sus fines ni probablemente pueda cumplirlos,  ha dejado un rastro valiosísimo de especulación y pensamiento, destacadamente el pensamiento científico y un desarrollo técnico sistemático que han encontrado su cuna en Europa, extendiéndose desde ella.

Vista en sus líneas más generales, la historia y las culturas europeas podrían resumirse así: trece siglos de cristianismo desde la caída del Imperio Romano de occidente, y tres  de crisis del cristianismo. En suma la cultura europea nace en el Imperio romano, pero toma forma esencialmente con la destrucción de este, en medio  de pruebas sangrientas y convulsiones extremas prolongadas durante unos cinco siglos. Tras aquella interminable ordalía la nueva civilización se asentó, se aseguró y cobró cierta capacidad ofensiva frente a sus amenazas exteriores durante otros cinco siglos. Una nueva etapa de expansión mundial durante dos siglos largos  le aseguró un relativo predominio mundial. A partir del siglo XVIII, la hegemonía europea en el mundo se vuelve incontrastable, gracias a la Revolución industrial. Y sus mayores problemas nacen entonces de las guerras y rivalidades entre las propias potencias europeas. Mientras, el cristianismo ve su puesto desafiado por las ideologías, lo que implica un cambio en profundidad que afecta a toda la cultura.  Estas son, básicamente, las etapas fácilmente distinguibles que tradicionalmente se han llamado, con nomenclatura absurda,  Alta y Baja Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea.

En Nueva historia de España he propuesto otra nomenclatura provisional. La época del Imperio romano posterior a la II Guerra Púnica sería la Edad de Formación; posterior al Imperio Romano vendría la Edad de Supervivencia, correspondiente a la Alta Edad Media hasta el año 1000 aproximadamente, que también podría llamarse “de los monasterios”, por la importancia de estos en la cristianización del continente, cuando Europa va conformándose efectivamente como el continente cristiano en medio de zozobras que amenazan echarlo abajo; Edad de Asentamiento, o del Románico, el Gótico y primer Renacimiento, equivalente a la Baja Edad Media;  Edad de Expansión, cuando los europeos emprenden sus expediciones por todo el mundo, al que descubren, a menudo colonizan y  ponen en comunicación: hasta cierto punto correspondería a la Edad Moderna; Edad de Apogeo, desde mediados del siglo XVIII hasta 1945. Entre el descubrimiento de América y el final de la II Guerra Mundial, puede decirse que Europa transformó el mundo, siendo hoy un elemento más, y no el más dinámico ni culturalmente productivo, de la nueva e indecisa época histórica.

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Seidman fantasea sobre la II República

Blog I: El caso Franco / El personaje Alberto http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/caso-franco-personaje-alberto-20121228

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Después de la introducción del libro de Seidman que examiné el 6 de noviembre (https://www.piomoa.es/?p=876),  viene un capítulo que empieza por tratar el legado republicano, y me temo que tampoco aquí da el autor en el blanco. Ya he explicado que sobre la república y la de la guerra civil hay dos enfoques básicos: el de la cuestión democrática y el de la “cuestión social”. Es decir, si entonces estaba en juego  la evolución del liberalismo de la Restauración a una democracia, o bien la resolución de problemas  de desigualdades económicas y similares. La izquierda, que en España siempre fue mesiánica y antidemocrática, centra el intento de comprensión de la república en la segunda cuestión, dando por supuesto, arbitrariamente, que la derecha se oponía a cualquier solución a las desigualdades socioeconómicas. Y lo mismo hace Seidman, a quien la democracia (al menos fuera de su país), le importa poco o nada.  Según él, la II República   ”Se modeló sobre los ideales de la Revolución y de la Tercera República francesas. Intentó ir más allá de la libertad y la fraternidad e introducir cierto grado de igualdad social o redistribución de la riqueza”. La Constitución se moldeó más bien sobre la de Weimar, y desde luego no se preocupó gran cosa de la libertad (política, se entiende), ya que la misma preexistía en España, con algunas restricciones en la dictadura de Primo de Rivera. En cuanto a la fraternidad, desde el primer momento las izquierdas demostraron muy poca  hacia al menos la mitad de sus compatriotas. Queda la “mayor igualdad”. Quizá las izquierdas de la república tuvieron esa intención, pero sus medida consiguieron lo contrario: más pobreza y más hambre en solo dos años. Seidman no lo nota.

Por otra parte, al presentar a la república como régimen de izquierda,  el autor comete otro grave error histórico. El régimen llegó en realidad por impulso de la derecha en 1930-31, se vio desbordado enseguida por la izquierda, y volvió a la derecha a finales de 1933. Es decir, se creó cierta posibilidad de alternancia democrática con arreglo a las urnas, posibilidad que se vino rápidamente abajo en febrero de 1936. Hubo, pues, una república de izquierdas y otra de derechas. No sé si Seidman ignora estos datos esenciales, pero en todo caso no les presta la menor atención.

Para él, el problema consistió en que las buenas intenciones que atribuye a la república chocaron con “Una España atrasada que en los planos de la cultura cívica, las tasas de alfabetización y el desarrollo económico se hallaba al mismo nivel que habían tenido Inglaterra o Francia en la segunda mitad del siglo XIX”.  Puede ser. Pero si la situación hubiera sido muy boyante, tampoco habrían hecho falta aquellas buenas intenciones “sociales”.  La cuestión es si la izquierda y sus medidas podían resolver esos problemas o bien agravarlos. Sin olvidar –lo que hace Seidman, aparentemente por ignorancia—que España no era un país estancado, pues desde finales del siglo anterior progresaba, lenta pero acumulativamente, en industrialización, alfabetización, cultura en general y renta media, etc.; progreso que adquirió un fuerte impulso con Primo de Rivera. ¿Iba la república a acelerar ese crecimiento, o lo contrario?  La pregunta no entra en los análisis de este historiador.

E insiste en la problemática:  “Los españoles (¿?) tuvieron que enfrentarse a un enmarañado ramillete de cuestiones espinosas: el conflicto entre Iglesia y Estado, la relación entre los militares y el poder civil, los nacionalismos regionales y la reforma educativa (…) y lo que es más importante, se enfrentó a los problemas sin resolver del campo, que situaban a España entre las naciones subdesarrolladas. Al mismo tiempo, España tenía un movimiento obrero más poderoso y mejor organizado que (la tercera República francesa)”. De nuevo la arbitrariedad. Los tres primeros conflictos eran débiles, pero la izquierda se las arregló para exacerbarlos, lo mismo que con la reforma educativa. Y no sé qué entenderá Seidman por nación subdesarrollada. Da la impresión de equiparar a España con los países asiáticos o africanos de la época; pero aun siendo mayoritariamente agraria, España tenía una industria considerable y variada, una clase media urbana nada despreciable, universidades y un florecimiento cultural notable e integrado en el conjunto de Europa. Dentro del arco de países europeos menos ricos, de Irlanda a Finlandia pasando por el Mediterráneo y el este europeo, España estaba en una posición bastante buena. Al parecer, eso no le dice nada a Seidman.

Además, este historiador pasa por alto el dato de que la república, aunque llegó en medio de una depresión mundial –que la afectó mucho menos que a otros países del entorno— tuvo la ventaja inestimable de heredar la superación de  los  grandes peligros que hundieron al régimen liberal de la Restauración: el terrorismo anarquista, la guerra del Rif, la demagogia socialista y los separatismos. Pero pronto se encargarían las izquierdas de volverlos candentes, a todos menos  el de Marrruecos.

Por otra parte, el análisis debe distinguir entre problemas objetivos, como los de la pobreza, la educación, etc., y los de las fuerzas imperantes, como el del que llama “movimiento obrero” o cualquesquiera otros que impliquen políticas actuantes sobre  dichos problemas objetivos. No se pueden mezclar. Y ya que menciona el “movimiento obrero” (más bien obrerista),  debería distinguir sus características acentuadamente totalitarias, antidemocráticas.  Sobre la izquierda y la propia república, Seidman no parece conocer más que  los tópicos de la propaganda izquierdista, de origen marxista en gran medida. Así que procuraré aclarar a sus lectores  algunos extremos.

Cuando, en noviembre de 1933, la gran mayoría de la población votó al centro derecha,  se abrió la posibilidad de una democracia normal, con alternancia en el poder. ¿Por qué votó la mayoría del pueblo a la derecha? Es muy fácil saberlo: la gente había tenido la experiencia harto traumática y destructiva del bienio izquierdista, de sus promesas  y medidas que profundizaban la crisis cocial y económica en todos los aspectos, y quería probar algo más positivo.  Pero en lugar de constatar este hecho tan simple, Seidman se enreda en las clásicas justificaciones de la propaganda y achaca el triunfo izquierdista a  “Las divisiones queimpidieron a los socialistas formar alianza con los republicanos”. Si me hubiera leído, se habría enterado de que la división fue solo a medias (Azaña, por ejemplo, pudo salir diputado gracias al PSOE) y que juntando los votos de todos ellos quedaron muy por debajo de los de centro- derecha.  Y remata: “La CEDA se aprovechó de los miedos de la clase media y los católicos”.  Sin decirlo,  Seidman, insinúa que los votantes de derecha eran moral o intelectualmente inferiores, al conducirse simplemente por el miedo.  Pero en 1931 no parecían existir esos miedos, ya que ganó la izquierda. Lo que Seidman oculta o niega es que en 1933 los miedos estaban ciertamente muy  justificados por la experiencia más directa, y que la derecha ofrecía la posibilidad de mejorar la situación.

La victoria derechista abrió un nuevo período de la república –no toda ella tuvo el  carácter izquierdista, debe insistirse—. Y ese período lo describe Seidman  marginando el enfoque democrático, que, repito, no le interesa, sino  repitiendo los clichés “sociales” de la izquierda antidemocrática. La derecha, en su “bienio negro”, se habría dedicado a perseguir gratuitamente a los “trabajadores” y a anular las reformas del bienio anterior,  que tan poco habían satisfecho al pueblo. Ya que Seidman siente rechazo a mis investigaciones,  podría al menos leer a Azaña o a Gregorio Marañón sobre la calidad política, moral e intelectual de aquellas izquierdas y sus medidas. Pero el hecho, demostrable estadísticamente es que, si bien el paro siguió aumentando, la economía en su conjunto mejoró, siendo 1935 el año mejor de la república; los presupuestos de educación también aumentaron, el hambre remitió ligeramente y las libertades fueron aplicadas con mayor rigor, incluso hasta un grado suicida, que permitió a la izquierda preparar impunemente su golpe de octubre del 34. De nuevo, no sé si Seidman ignora o desprecia esos datos, que por sí solos desmienten la sarta de tópicos elaborados por los partidarios del “enfoque social”.

Y aquí  constatamos de nuevo cómo la cuestión de fondo de la república fue la democracia.  El  “bienio negro” habría podido perfectamente asentar una democracia liberal con solo que la izquierda hubiera aceptado sus más elementales normas. Pero no lo hizo en ningún momento. Ante su derrota en las urnas, los republicanos de izquierda intentaron golpes de estado, los separatistas catalanes se declararon “en pie de guerra”, los anarquistas lanzaron su insurrección más sangrienta y, sobre todo, el PSOE procedió a organizar, en su propias palabras,  la guerra civil para imponer su dictadura (que llamaba “del proletariado).  Todo ello desembocó en la insurrección de octubre de 1934, que dejó muertos en la mitad de las provincias. He aquí la clave real del fracaso republicano y de la guerra civil. Lo he documentado perfectamente, pero a nuestro historiador le resbala. Se ve que no encaja en su esquema “social”.

Dentro de su desenfoque básico, los  errores o falsedades de detalle proliferan (un poco al estilo de Preston) Mencionaré solo uno, junto con otras consideraciones arbitrarias del autor: “El general Francisco Franco y sus tropas africanas aplastaron brutalmente la revuelta  de Asturias”.  Franco no dirigía entonces las tropas africanas, fue solo asesor del gobierno en Madrid y sus indicaciones fueron en gran parte desatendidas tanto en Asturias  como Cataluña. Y lo de la brutalidad es, nuevamente, un mero tópico de propaganda.  La represión no fue mayor, sino menor que  contra otros movimientos revolucionarios  contemporáneos en Alemania, Austria o Finlandia, por ejemplo, no digamos en Francia cuando la Commune. Si Seidman se hubiera molestado en leer mi libro el Derrumbe de la República, sabría el cómo y el porqué de la campaña  de embustes y exageraciones sobre la represión de Asturias organizada por  el PSOE, el PCE y la masonería con el apoyo de las izquierdas europeas y useñas.  Y “reflexiona”: “Como muchos ejércitos trercermundistas de hoy, los militares españoles demostraron ser más eficaces contra los enemigos internos que contra los externos”, poniendo como ejemplo la derrota ante Usa en 1898 y las derrotas en Marruecos. Pero un historiador algo cuidadoso debería señalar que en el 98 la desproporción de fuerza, poder económico y ventaja estratégica era tan enorme a favor de Usa que habría sido un milagro que España venciese.  Y sobre el  protectorado marroquí  tampoco sobraría observar que, finalmente,  el ejército pacificó el protectorado muy exitosa y permanentemente.  No sobra decirlo porque no hace tanto que el supertecnificado ejército useño fue derrotado por los “subdesarrollados” en Vietnam, tuvo que irse  de forma no muy gloriosa de Somalia o de Líbano y está enfangado en operaciones costosísimas  en Irak y Afganistán, de las que no se vislumbra una salida muy honrosa.  Y hablando de enemigos internos, en la guerra civil useña el ejército del norte demostró una notable y a menudo despiadada eficacia contra los estados del sur.  Por no hablar de la brutalidad de las tropas useñas en Filipinas, o en la II Guerra mundial.  No señalo estas cosas por seguir la táctica del “y tú más”,  sino porque Seidman  parece achacar a los españoles un especial “subdesarrollo”,  “brutalidad” y necedad, siguiendo una tradición bastante asentada en algunos medios anglosajones. Y sobre todo porque al establecer comparaciones no hay que elegir solo las convenientes a un prejuicio.

Podría seguir, pero la cosa se haría interminable. El fondo de la cuestión es este: la izquierda demostró su violenta inoperancia durante el primer bienio republicano. Después demostró su aún más violento ataque a la democracia cuando las urnas dieron el poder a la derecha, impidiendo un normal funcionamiento del régimen y comenzando, literalmente la guerra civil. En aquella ocasión, la derecha demostró lo poco que tenía de “fascista” o de “golpista”, ya que, en lugar de explotar el golpe izquierdista para dar un contragolpe más o menos fascista,  defendió y mantuvo una legalidad republicana. Y ello a pesar de que esa legalidad no le gustaba, ya que había sido establecida por la izquierda  sin un mínimo consenso.  Y algo más sobre la “brutal represión” de Asturias: si bien su contenido es falso en una altísima proporción, según he demostrado, su  trascendencia histórica resultó extraordinaria. Envenenó a la opinión pública, despertando odios extremos y polarizando a la sociedad. Si la insurrección de octubre fracasó, fue porque la inmensa mayoría de la población desoyó los llamamientos, provocaciones y acciones armadas de los partidos de izquierda, prueba de que los odios no estaban aún a flor de piel. El efecto de  una propaganda tan masiva como falsaria fue la fiereza con que recomenzó la guerra civil en julio de 1936, y el período revolucionario previo.

Y dado que Seidman no entiende el vuelco democrático de 1933, tampoco  las elecciones de febrero del 36.  Para él, “el Frente Popular obtuvo una importante victoria  consiguiendo del 47 al 51,9% de los votos” ¿Cómo lo sabe, si las votaciones no fueron publicadas,  dando lugar a estimaciones muy variadas de los historiadores? El hecho de no ser publicadas entonces  ya demuestra que no fueron elecciones democráticas. Además,  ¿ignora los testimonios de Azaña o de Alcalá-Zamora sobre el modo como se hicieron los recuentos?  ¿Sobre el ambiente de violencias y coacciones como se desarrollaron los comicios?  Parece que para él se trata de minucias. Pero así fue como terminó la república, precisamente el 16 de febrero de 1936, y no el 18 de julio como yo mismo he considerado erróneamente.  Sobre la situación creada por esa “importante victoria”,  nueva lluvia de tópicos, aunque no puede esconder del todo que, simplemente, la legalidad republicana cayó por tierra, destrozada desde el gobierno y desde la calle y el campo. El fruto de aquellas elecciones demasiado desvirtuadas por lo fraudes, fue un proceso revolucionario violento, en el que la  cuestión no era ya democracia sí o no, sino revolución sí o no, permanencia, sí o no,  de España como nación, y de su cultura cristiana.

 

 

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El pecado del rey / El yo ante el misterio / ¿Qué es un historiador?

Blog I: España como esperpento / Población penal http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El pecado del rey.     Tiene algo de justicia poética que los separatistas,  con quienes tanto ha querido congraciarse el rey, lo traten con el mayor desprecio ahora.  Es obvio que Juan Carlos debía haber mantenido un equilibrio –difícil, debe reconocerse– entre sus defensores por así decir naturales, y unas izquierdas de tradición republicana y unos separatistas antiespañoles. Pero no ha sabido mantener ese equilibrio. Creyendo que la derecha iba a apoyarle en todo caso “por la cuenta que le trae”, que decía un Gil-Robles echado a perder (V. “Años de hierro”), se ha enajenado  en gran medida las simpatías de sus apoyos  tradicionales sin ganarse las de sus enemigos naturales.     El inmensamente adulado Juan Carlos, ficticio padre de la democracia, no pasará como un rey ejemplar ni mucho menos, no tanto por su vida privada como, sobre todo, por su vida política. Habrá reinado sobre un proceso de descomposición de España y de la democracia. Y la recomposición de esa crisis no podrá contar con él..
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Como estos temas parecen suscitar discusiones interesantes, sigamos improvisando sobre ellos,  que a algo llegaremos.

Cuando consideramos lo contingente del yo, no deja sorprendernos cómo el mismo tiende a creerse necesario. El yo existe también, de forma muy primaria, en los animales,  que defienden su ser contra las amenazas, aprecian el buen y el mal trato, etc.; pero en los seres humanos nos sorprende, ya digo, su autoconsideración como importantísimo y necesario por una parte, y por otra el hecho de haber sido tratado por las fuerzas de la historia como casual y poco importante, según  se ve en la explotación o en las matanzas  de unos yoes por otros, por ejemplo.

Es esa necesidad e importancia, ese anhelo de dignidad que puede volverse obsesivo y exagerado, el que a menudo imagina otra vida como consuelo, no sabemos si ilusorio, de las frustraciones  y de  la oscuridad esencial en que parece transcurrir  la terrena. El yo humano ansía permanecer en la vida, ya que ha llegado a ella, y certeza sobre sí mismo y su valor, pero la vida y la certeza se le escapan.

Wallaq 1 ha reproducido este poema:

Dios me ha arrastrado a la existencia sin consultarme,
la vida ha aumentado mi estupor cada día,
y me marcharé sin haber querido ni haber sabido
el motivo de mi venida a la Tierra.”,

Y Manuelp me ha aclarado que es de Omar Jayam, del que da otra transcripción, quizá más fiel:

Me dieron la existencia sin consultar conmigo.
Luego aumentó la vida día a día mi asombro.
Me iré sin desearlo, y sin saber la causa
de la llegada mía, mi estancia y mi partida.

El asunto se presta a mucha reflexión, probablemente inútil como advierte una y otra vez el propio Omar.  Pero podríamos considerar esta diferencia: en la primera versión, se invoca a Dios  con una queja implícita por su injusticia; pero un ateo diría  “La Naturaleza me ha arrastrado…” Y un  agnóstico:  “No sé quién o qué me ha arrastrado…”

Aludir a la injusticia divina trae, no obstante, un consuelo implícito, al expresar la fe en algo superior que de un modo u otro, acaso en otra vida, satisfaga el anhelo de certeza y de sentido del pobre yo humano. Pero si lo sustituimos por “La Naturaleza”, todo consuelo y esperanza se desvanecen. Entramos en el terreno del absurdo de la existencia, siempre fatigosa, con abundantes pesares, también con alegrías, aunque nunca plenas, debilitadas por la perspectiva del fin; y todo ello sin significado alguno. Esto parece un argumento a favor de la creencia, quizá un poco utilitario: conviene creer, porque hace bien a nuestra psique, que de otro modo se desesperaría.

Sin embargo, la razón no se contenta: ¿y si esa creencia, esa esperanza, fueran puramente ilusorias, y la propia idea de Dios un simple fantasma creado por  la imaginación para escapar al acoso del radical desamparo humano?  Quizá por ello la razón pueda arrastrarnos al suicidio. Este aparecería, en el caso del creyente, como una rebelión contra la supuesta injusticia de Dios. En el ateo como un acto equivalente a la venida a la vida, e igualmente falto de cualquier sentido.

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Entusiasmo por el Islam y 11-m (17.IX-2008)

El entusiasmo por el Islam exhibido por Zapo, Cebrián y tantos otros –casualmente fervorosos también de la memoria chekista y de la colaboración con la ETA–, tiene que ver, sin duda, con el 11-m, pues no en vano fueron ellos sus principales beneficiarios. Y no beneficiarios pasivos de la matanza, como quien recibe una herencia o le toca la lotería, sino activos, extraordinariamente activos, no hay más que recordar cómo se movieron en aquellos días para atribuir el atentado a los islamistas, presentándolo como una justificable venganza y acusando de asesino a Aznar (las contradicciones son lo de menos en esta increíble farsa). Seguimos a oscuras sobre el asunto, y no nos ha aclarado nada fundamental la sentencia de un politizado juez pro socialista, cuya esposa, con la colaboración del marido, sacó inmediatamente un libro sobre el juicio para, dicho en términos vulgares, “forrarse” aprovechando la repercusión del caso; y no ha habido investigación sobre los indicios de origen policial. Todo ello concebible solo en una democracia tan estragada como la española.

Fueran quienes fueren los autores del 11-m, el resultado práctico ha sido el mismo: todo el beneficio para el PSOE ha provenido de la idea y la impresión de una autoría musulmana, inmediatamente justificada. Y los actos de agradecimiento comenzaron enseguida: ustedes recordarán que la primera medida importante de Zapo fue retirar de Irak a las tropas españolas que defendían a los iraquíes de asesinos parecidos a los “vengadores” del 11-m, e incitar a otros países a hacer lo mismo, lo que valió al gobierno la felicitación de los terroristas (también el PSOE tiene su propio historial terrorista). “Estamos orgullosos del Islam”, acaba de decir Zapo. Faltaría más.

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¿Qué es  un historiador? http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/que-es-un-historiador-34238/

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