** Carlos Caballero Jurado: El autor de Sonaron gritos y golpes a la puerta retrata magníficamente la relación existente entre la Guerra Civil y la División Azul (…) La DA, por lo excepcional de su historia, se presta inmejorablemente a sacarle “jugo literario”. Son demasiados ya los autores que escogen el escenario de la DA para narrarnos historias más o menos rocambolescas, casi siempre con desconocimiento de su historia y vicisitudes. Moa ha corregido tan peligrosa inclinación y nos ofrece un relato históricamente impecable: no inventa a capricho hechos o circunstancias , sino que acomoda sus personajes a lo que fue en realidad la campaña, con descripciones de extraordinario realismo (…). No como Soldados de Salamina, de Cercas, cuya presunta base histórica es insostenible (…) Pero Moa no trata de engañar a nadie ya que califica esta obra como creación literaria. Eso le da derecho a construir sus personajes con libertad, dotándoles de unos perfiles psicológicos, de unas historias personales, de unas trayectorias biográficas fruto de su creatividad (…) Como todas las novelas, tiene diferentes “niveles” de lectura. Hay problemas psicológicos, vivenciales que mueven a los personajes, incluyendo las relaciones sentimentales. Hay análisis ideológicos, donde se retrata el debate entre las concepciones políticas que agitaron el siglo XX (…) Hay novelas que se te caen de las manos al poco de empezarlas, Desde luego, este no es el caso”.
**Stanley Payne: … La novela me interesó mucho por la capacidad que tiene para recrear ambientes. En esto, lo mejor no es España sino Rusia. Además a veces el lenguaje es muy vivo y las conversaciones por eso buenas, aunque también hay altibajos.
Es tal vez más un relato histórico que novela pura. Un error, me parece, es que empiezas con edades demasiado jóvenes para los principales, así que el lector no entiende por qué pueden ser tan independientes y complicados. Habría sido mejor empezar con 18 años para Carmen y 20 para los hombres…
** Ángel Maestro: La condición de historiador asoma desde el comienzo (…) con tipos muy representativos como el asesino del padre del protagonista (…) El estilo de Moa prescinde de todo barroquismo. Más se asemeja a un estilo barojiano que a un Blasco Ibáñez, por poner dos ejemplos (…) En absoluto personajes librescos sino vivos, inmersos en ambas medidas de heroismo y de vileza, y también seres con reacciones normales ayunas de tales méritos y deméritos. (…) Utiliza una técnica de bisturí que pone al desnudo todo lo que la terrible lucha en el frente del Este tuvo de más deleznable (…) La tercera parte refleja las intrigas en un Madrid finalizada la guerra mundial y la ilusión de cómo los Aliados acabarían con el régimen de Franco, trayendo la proyectada venganza implacable contra los defensores del mismo. (…) Los componentes de las partidas, los agentes camuflados del aparato del Partido Comunista, las contrapartidas, etc. , confieren a esta tercera parte un ritmo vivaz, siempre en el estilo naturalista sin artificiosidades. La novela (…) despierta desde las primeras páginas el afán y la curiosidad infatigable por conocer el desarrollo y desenlace de la misma. Al finalizar el lector se encontrará además con un hecho totalmente inesperado, pleno de sorpresa y casi de estupefacción.
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Por mi parte insistiré en algunas precisiones. Una novela histórica puede entenderse como un relato ficticio fuertemente enmarcado y condicionado por una situación histórica real o como la manipulación de algún personaje real según la habilidad o talento del escritor. Sonaron gritos… pertenece al primer caso. Según Luis del Pino, recuerda a los Episodios nacionales de Galdós, pero a mi juicio solo en el sentido dicho, pues el carácter y peripecias de los personajes difieren mucho de los de Galdós.
La novela transita por la particular guerra civil de Cataluña, donde no hubo prácticamente guerra hasta muy al final, pero sí revolución o revoluciones enfrentadas entre sí; continúa luego por el Madrid de posguerra y por la Rusia de la División Azul, para volver en la tercera parte a un Madrid en que mucha gente espera la caída del franquismo a consecuencia de la derrota alemana, y luego a una Galicia donde se desarrolla el maquis (preguntaba alguien si fue verdad el plan de volar centrales hidroeléctricas: lo fue, al menos como designio). Así como en las aventuras y peripecias de los personajes he dejado trabajar libremente la imaginación –siempre dentro de los límites de lo verosímil—, en el marco histórico he procurado ajustarme a los hechos reales, aunque me haya permitido trasladar algunos de lugar y de tiempo. Para ello he recurrido sobre todo a memorias de personajes sobre la Barcelona de entonces, sobre el Madrid de posguerra (por ejemplo anecdotarios de F. Díaz-Plaja, las de Cela, Jesús Pardo, la Historia de una tertulia, de A. Díaz Cañabate, de Castilla del Pino, y otras. Me fue de mucha utilidad el excelente libro La brigadilla, de Gómez Fouz, sobre el maquis en Asturias (de hecho una operación muy similar a la que sitúo en Galicia ocurrió realmente allí), así como la propaganda de los propios maquis. Los personajes reales solo intervienen en la novela como referencias, así Durruti, Companys, Miquel Badía, el comandante Román, etc.; o de modo marginal, como el jefe del servicio de información de la Falange, González Vicén, Walter Starkie; de forma desdibujada, “Julián” y “López” podrían asimilarse a jefes guerrilleros reales, que usaron esos nombres de guerra, y quizá Garufa” a otro llamado Marrofer. Otros, con nombres distintos, se asemejan a personajes reales.
La Colmena, de Cela, una excelente novela dentro del “realismo cutre” , pinta un retrato lúgubre de la época a partir de unos personajes grises y troscos, en mi opinión también algo tontos. Como novela histórica no tiene valor, porque ignora los enormes retos que aquella generación afrontó y superó muy bien, a costa de un enorme esfuerzo: la revolución, la guerra mundial, el peligro de invasiòn, el maquis o el aislamiento, retos ante los que una generación tan echada a perder por la demagogia izquiero-separatista como la actual habría sucumbido inevitablemente. Pero, pese a su nulo valor histórico, el retrato hecho por Cela ha quedado en la mentalidad popular como el de aquellos años , que sin duda fueron “de hierro”, pero no de plomo mezclado con serrín, como pretende él. Retrato reproducido en muchas otras novelas, cine, series de televisión, etc.
En cuanto a la juventud de los personajes al comenzar la acción, cierto que los vuelve más improbables; pero no imposibles, y menos en tiempos de guerra cuando la normalidad se desvanece. Y una novela no tiene por qué sujetarse a lo más probable., pues corre el peligro de volverse tópica o costumbrista, cosa quepara mi gusto es una plaga en la literatura española actual, pues la trivializa.
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EL SIGLO DEL LIBERALISMO (I) LIBERALES CONTRA LIBERALES.
Si en sentido político podemos caracterizar el siglo XX europeo como el de la democracia, el XIX resultó el del liberalismo, es decir, el de las luchas, victoriosas para los liberales, entre estos, los utópicos (totalitarios) y los tradicionalistas. El liberalismo busca limitar el poder: lo divide –con especial relieve a la independencia judicial–, le opone derechos personales y políticos (habeas corpus, asociación, expresión, imprenta, etc.) y economía de mercado. Sus raíces europeas son hondas. En España, las condiciones de la Reconquista (repoblación, etc.) favorecieron, sobre todo en Castilla, un sistema menos duramente feudal que el ultrapirenaico y con más rasgos preliberales como Cortes, fueros, etc.; la monarquía de los Austrias tuvo bastante de liberal: estado pequeño con pocas atribuciones sobre la libertad de las personas, cierta división y control del poder y alguna representación popular. El pensamiento de la contemporánea Escuela de Salamanca propugnaba soluciones políticas y económicas asimilables al liberalismo. El absolutismo llegó luego, por influjo de la Francia borbónica.
La raíz del liberalismo podría estar en el cristianismo, con su autonomía entre política y religión (“Al césar lo que es del césar…”), prédicas de fraternidad e igualdad esencial de los humanos como “hijos de Dios”, con derechos inalienables contra los que no debe atentar el poder. Sin embargo no se sistematizó como doctrina hasta finales del siglo XVII, principalmente en Gran Bretaña, donde arraigó tras la guerra civil, la dictadura de Cromwell y la “Revolución gloriosa”, con menos violencias ulteriores que en otros países (excepto la Guerra de secesión useña, más sangrienta que la española del 1936).
El problema de la libertad en política es complejo y puede dar lugar a orientaciones diversas. En Francia, como ya vimos, la misma base doctrinaria antitiránica derivó hacia soluciones totalitarias y utópicas y posteriormente a idearios rotundamente antiliberales (especie de democratismo contra la libertad de los individuos).
Las ideas y regímenes liberales ganaron ímpetu después de la derrota de la Francia
napoleónica, debido al influjo ideológico y material de Inglaterra y Usa, así como de la Revolución francesa, aun si esta trufada de utopías y totalitarismos. A lo largo del siglo, y con numerosas revoluciones y guerras, rasgos liberales como las libertades políticas, los parlamentos o la economía de mercado, cundieron por Europa, y al final apenas quedaba Rusia como estado importante no liberal, aunque en vías de liberalizarse.
Por la seguridad jurídica y la iniciativa que permite y fomenta en el individuo, el liberalismo tiende a producir sociedades dinámicas y expansivas, y ello, combinado con la Revolución industrial, nacida en Inglaterra, dio a varios países europeos una potencia técnica, comercial y militar jamás vista antes. El agro perdió población en beneficio de unas ciudades en auge espectacular, y la industria y el comercio se desplegaron a escala sin precedentes. El ferrocarril, el barco a vapor, el telégrafo, etc., hicieron mucho más rápidas y seguras las comunicaciones, y hacia finales de siglo aparecían el teléfono, los primeros automóviles, se esbozaba la aviación, el cine y otros muchos inventos que darían carácter al siglo posterior. El gran capital se internacionalizó en gran medida, con enormes corporaciones y bancos que operaban por todo el mundo. Grandes masas de población fueron alfabetizadas, la prensa se hizo un verdadero poder, la esperanza de vida aumentó, muchas enfermedades antaño devastadoras fueron neutralizadas… Cambios formidables con rapidez asombrosa. Fue el siglo de máximo apogeo de Europa, y no solo económico y político, también en la ciencia y con unas artes y pensamiento florecientes. Inglaterra, Francia y, hacia el último tercio, Alemania, se erigieron en los países punteros del mundo en casi todos los campos, mientras despuntaba Usa como gran potencia con una cultura original y Rusia desplegaba a su vez una cultura espléndida que parecía brotar milagrosamente de casi la nada anterior.
Ligados a la dinámica liberal, los nacionalismos socavaron los imperios en Europa. Después de la caída de Roma en el siglo V, se habían ido configurando dos Europas: en el oeste la de las naciones (España, Francia, Inglaterra, escandinavas…) y en el centro-este la de los imperios (sucesiva o simultáneamente, los bizantino, otomano, romano-germánico, ruso y otros más breves. En el siglo XIX, la difusión de las ideas de soberanía popular, impulsaron nuevas naciones contra los imperios: así Grecia, Italia, Alemania, Rumania o Bulgaria. Con todo, al final del siglo los imperios austrohúngaro, ruso y otomano aún dominaban la mayor parte del continente. En otro sentido, la expansión comenzada por España y Portugal tres siglos antes, culminaba con el reparto de la mayor parte del mundo en colonias y zonas de influencia. El imperio inglés se convirtió en el mayor de la historia; Francia lo imitó por África y Extremo Oriente; y Bélgica, Alemania, Portugal y Holanda tuvieron su parte.
Estos éxitos espectaculares no ocurrieron sin costes, a menudo muy gravosos. Las guerras revolucionarias y napoleónicas, con la movilización en masa, “abarataron” al soldado, haciendo las guerras más derrochadoras en sangre, tendencia que alcanzaría su máximo en el siglo siguiente. Luego la mayoría de las guerras, casi todas ganadas con bastante facilidad por los europeos, se produjeron contra pueblos atrasados de otros continentes. Por Usa, Canadá, Australia, Tasmania, la Argentina independiente y diversas zonas de África, los pueblos aborígenes fueron acosados y no raramente exterminados. Usa, que solo se consolidó después de una guerra civil sangrienta en extremo, se amplió a costa de territorios mejicanos y españoles, y Rusia sobre pueblos asiáticos y caucásicos. Las guerras podían hacerse por motivos desnudamente comerciales, como las del opio, con las que, en nombre del libre comercio, Inglaterra y Francia impusieron a China el consumo masivo de aquella droga.
También fracasaría el empeño de la Santa Alianza de los vencedores de Napoleón por evitar en nuevas revoluciones y contiendas. Y el auge de las potencias generaba conflictos por el dominio de colonias o por apetencias dentro de la misma Europa. La primera gran guerra europea después de Napoleón fue la franco-prusiana de 1870, preludio de las mucho más feroces del siglo XX.
Tampoco la Revolución industrial fue un proceso simple y tranquilo. En Inglaterra, Escocia e Irlanda, especialmente, se acompañó de expulsiones en masa de campesinos, que acudieron a las fábricas en condiciones degradantes. Aunque estas irían mejorando, gran parte de los europeos vivían hacinados en suburbios insalubres o en la miseria de un agro que apenas daba para sobrevivir a la mayoría, y sujetos a la opresión y explotación de los capitalistas o de los restos feudales. Ello motivó las mayores emigraciones de la historia hasta entonces. De Inglaterra, Alemania, Escandinavia, Italia y algunos países eslavos, partieron millones de personas en busca de mejor vida y más libertad en América, muy especialmente en Usa, y en las colonias. Irlanda sufrió hacia mediados del siglo la Gran Hambruna, que tuvo bastante de genocidio. De España también partió hacia finales del siglo una corriente emigratoria hacia Hispanoamérica.
Las atrocidades asociadas a este apogeo de Europa han suscitado las mayores críticas y, con el auge del ecologismo en el siglo XX, un juicio negativo de la industrialización. Pero el abuso y el crimen han acompañado la historia del ser humano, que, pese a ello, ha progresado en general. La creciente riqueza y libertad individual y política europeas influyeron sobre otros continentes, liberándolos finalmente del esclavismo, de la guerra casi permanente entre tribus y pueblos, de muchas enfermedades, etc.; los inventos y técnicas se propagaron en todas direcciones y el pensamiento y la moral europeos ejercieron un papel en general liberador: los movimientos anticoloniales y antiimperialistas del siglo XX se justificarían con ideas nacidas en Europa.
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La España del siglo XIX participa de este proceso general europeo, con las lógicas peculiaridades derivadas de sus circunstancias culturales e históricas. Por ellas, lo que para algunos países representó el apogeo del poder, para España supuso el descenso a la etapa más profunda de una decadencia arrastrada, con altibajos, desde mediados del siglo XVII y de la que solo comenzaría a recobrarse en el último cuarto del XIX. Como quedó indicado, esa decadencia no la apartó del ámbito europeo, en el cual mantuvo una posición intermedia. Más bien el país se limitó a seguir, con retraso, poco brío y convulsión política, a las principales potencias, Francia ante todo.
Según un mito corriente, el siglo se caracterizó por un impulso liberal obstruido por el absolutismo carlista y pronunciamientos militares “reaccionarios”. Los hechos prueban otra cosa. El carlismo o tradicionalismo quedó vencido militar y definitivamente en 1840 (aunque diera lugar a dos alzamientos menores). Por ello, la causa mayor de las convulsiones del país solo puede hallarse en las pugnas entre los propios liberales; y los pronunciamientos, en su mayoría, tuvieron carácter liberal-izquierdista, lo contrario de lo que suele entenderse por “reacción”.
El liberalismo gozó de un primer período breve de1820 a1823, llamado “Trienio liberal”, y es interesante observarlo porque sus conflictos preludiaron los posteriores. El Trienio nació del primer pronunciamiento, el de Riego, liberal exaltado y masón. Este mandaba unas tropas que debían embarcarse para sofocar las rebeliones contra España en Venezuela, y en lugar de ello se rebeló a su vez y proclamó a Constitución de 1812. Nuevos pronunciamiento en Galicia obligaron al rey Fernando VII a aceptar un régimen liberal, que a ojos de muchos nacía con el estigma de la traición y el golpe militar. El liberalismo tendría su principal asiento en medios castrenses y sociedades secretas.
Los triunfantes liberales se dividieron entre moderados y exaltados: la facción moderada o doceañista propugnaba un régimen evolutivo que respetase la tradición monárquica, otorgando al rey soberanía compartida con las Cortes. Los exaltados, siempre dispuestos a romper la legalidad y divididos a su vez en dos facciones, exigían una nueva Constitución (“veinteañista”), con total predominio del poder legislativo, anulación de facto del poder regio (incluso de iure por el sector republicano), y reformas drásticas de estilo jacobino sobre el modelo de la Revolución francesa. El Trienio sufrió las constantes intrigas a tres bandas entre el rey, los moderados y los exaltados, la proliferación de sociedades secretas, de carácter masónico a menudo, los disturbios y amenazas golpistas de uno y otro lado. La Hacienda quebró y estalló una sublevación popular antiliberal en Cataluña. También comenzaron los asesinatos de frailes, un rasgo del liberalismo exaltado que crearía tradición y se contagiaría a toda la izquierda, hasta culminar en el genocidio de 1936-9.
Puso fin al Trienio la intervención de la Santa Alianza europea: los llamados Cien Mil hijos de San Luis, mayoritariamente tropas francesas con ayuda de otras españolas, ocuparon el país de acuerdo con Fernando VII. Al revés que cuando la invasión napoleónica, no hubo resistencia, debido al hartazgo popular por la demagogia de los partidos que, de forma negativa, parecía legitimar el absolutismo de Fernando. Este recuperó el poder hasta su fallecimiento, diez años después, oscilando entre la represión y la búsqueda de acuerdo con los moderados. A su muerte, en 1833, estalló una larga y cruel guerra hasta 1840, entre los carlistas, partidarios de Carlos María Isidro, el absolutista hermano de Fernando y aspirante al trono, y los liberales, defensores de la regencia de María Cristina, esposa de Fernando, en nombre de la hija de ambos, Isabel II, entonces niña de apenas tres años. Vencieron los liberales, que predominarían hasta la dictadura de Primo de Rivera en 1923.
Este período se divide claramente en dos etapas: 42 años un tanto espasmódicos hasta el derrumbe de la I República, y otros 48 de la Restauración. La primera etapa reprodujo las querellas del Trienio entre facciones liberales, mientras que la segunda consiguió superarlas y dotar al país de una fructífera estabilidad, aunque cada vez más sacudida por las nuevas corrientes políticas reforzadas por la crisis del 98.
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La primera etapa presenció la continua pugna entre moderados y exaltados o progresistas (estos respaldados por Inglaterra, pues eran partidarios del libre cambio, que suponía la importación sin trabas de productos ingleses, como en Portugal), que dio lugar a una especie de alternancia no pacífica, mediante intrigas y golpes. La legalidad era muy poco respetada por unas u otras facciones. La inestabilidad se deja describir para esos 42 años en 71 gobiernos, cinco Constituciones (además de la de 1812 e incluyendo el Estatuto Real de 1834) y los más diversos disturbios, que en al menos dos momentos pusieron al estado al borde del precipicio. Fue característico, en 1836, el motín de dieciséis sargentos sobornados por el político Mendizábal para que se amotinaran en el palacio de La Granja, apresaran a la regente y la obligaran a derogar el Estatuto Real, proclamar la Constitución de 1812 y destituir al gabinete moderado, entrando de nuevo Mendizábal en el que le sucedió.
El liberalismo creció y triunfó en gran medida por el ejército. La inestabilidad del período, causada por la violenta inepcia de la mayoría de los políticos, daría lugar al fenómeno de los espadones, jefes militares que lo eran a su vez de una u otra facción liberal. El primer espadón fue Espartero, que tras vencer en la guerra carlista expulsó y sustituyó a la regente. Otros fueron Narváez, O´Donnell, Serrano y Prim. La técnica del pronunciamiento, inventada por los exaltados (Riego), consistía en que un jefe militar “se pronunciaba” en rebeldía contra la situación política y trataba de arrastrar a otras guarniciones. La mayoría fracasaron, con su coste de fusilamientos o exilios, motivo de jeremiadas algo absurdas de muchos historiadores sobre el “cainismo” español. Pero cuando triunfaban se convertían en la fuente de legitimidad. Los espadones venían llamados por los políticos incapaces de frenar el desorden por ellos mismos causado. Suele considerárseles usurpadores, pero en realidad ejercían el poder en nombre de una u otra facción, y como políticos solían valer más que los civiles.
Este agitado proceso culminó desastrosamente en el “Sexenio revolucionario” desde 1868, a partir de un pronunciamiento llamado pomposamente “Revolución Gloriosa” (por imitación de la inglesa de 1688). Ese mismo año estallaba en Cuba la primera rebelión independentista, que fue también una guerra civil. La reina Isabel II fue expulsada y, a pesar de dirigir el golpe Juan Prim, uno de los militares más distinguidos y con ideas razonables dentro del progresismo, la epilepsia política, lejos de frenarse, creció. Antes se intentó implantar una nueva dinastía, y la búsqueda del rey adecuado sirvió de causa o pretexto para la guerra entre Prusia (o Alemania) y Francia, rivales por ganar influencia en España y preludio de otras mucho más graves en el siglo XX. Esa guerra, en 1870-1 terminó con la victoria germana y dio lugar a la revolución francesa de La Commune, reprimida con gran derramamiento de sangre.
En España se eligió rey a Amadeo de Saboya, y su valedor, Prim, fue asesinado. Los carlistas, creyéndose ante una nueva oportunidad, lanzaron una guerra de guerrillas, mientras en Cuba seguía la insurrección. Amadeo salió ileso de un atentado, y comprobó la imposibilidad de concertar con respeto a la ley a unos políticos delirantes: “No entiendo nada, estamos en una jaula de locos”, declaró. Y sin consultar a las Cortes abandonó el trono, se refugió en la embajada de Italia y volvió a su patria de origen.
Fue entonces la oportunidad de los republicanos, probablemente los más disparatados de todos. Así llegó, en 1973, la I República, sin oposición y como por consecuencia natural de los anteriores sucesos. El nuevo régimen superó en desvaríos a todo lo anteriormente vivido. La doble guerra civil, carlista en España e independentista en Cuba, se complicó con movimientos cantonales en los que ciudades o pueblos se declaraban “libres” y amenazaban a los vecinos. En las Cortes se planteaban discusiones ponderando la superioridad del ateísmo sobre el cristianismo, al sustituir “la fe, el cielo, Dios”, por “la ciencia, la tierra, el hombre” (la izquierda española –muy poco científica por lo demás—nunca superó esas simplezas); Figueras, uno de cuatro los presidentes del régimen en menos de un año, imitó a Amadeo, pero más bruscamente: se marchó a París sin avisar a nadie poco después de comentar, en catalán “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”. Otro, Salmerón, dimitió porque firmar una pena de muerte iba contra sus principios: admitía que era imprescindible aplicarla para poner algo de orden, pero prefirió que lo hiciera otro. Un tercero, Castelar, tronaba contra el Imperio español, “un abominable sudario que se extendía sobre el planeta” en su modesta opinión… La lista de despropósitos entre retóricas tan inflamadas y bienintencionadas como vacuas, tendrían extraordinaria comicidad si amenazaran con desmoronar la nación. La amenaza se conjuró, no obstante, con la mayor facilidad: el general Pavía, también republicano, ordenó desalojar las Cortes a los diputados. Estos, enardecidos, afirmaron que se mantendrían en su puesto hasta la muerte, pero bastó un destacamento de guardias civiles para hacerles salir del edificio tranquilamente, si bien algunos por las ventanas. El pueblo no mostró la menor solidaridad con sus supuestos representantes. También fue vencido fácilmente el cantonalismo y, con más dificultad, retrocedió el carlismo.
La república, con un gobierno de concentración, duró todavía un año, hasta que el pronunciamiento de Martínez Campos a finales de 1874 y los trabajos previos de Cánovas del Castillo, trajeron a España al rey Alfonso XII, hijo de Isabel II. Pronto fueron vencidos los carlistas y algo después los insurrectos de Cuba. Tras algunas intentonas republicanas, la era de los pronunciamientos tocó a su fin por mucho tiempo. Comenzaba la Restauración, de cuyos méritos y flaquezas ya hemos hablado.
En este primer período liberal, España descendió a lo más bajo de su historia, solo comparable, quizá, con la situación que precedió a los Reyes Católicos. Y en el plano internacional cayó a una posición irrelevante, después de haberse mantenido el en siglo XVIII como tercera potencia europea, es decir, mundial. Esta caída y el poco éxito de Italia en comparación con Alemania darían lugar a especulaciones sobre una decadencia general de las “razas latinas” frente las germánicas.
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Con todo, el declive fue menor en el terreno económico que, sobre todo a partir de mediados del siglo, experimentó algún auge con el asentamiento de una incipiente industria metalúrgica y siderúrgica en Bilbao y algunas localidades asturianas, y consolidación de la textil en torno a Barcelona, muy protegida por los gobiernos frente a la competencia exterior. Hasta aproximadamente mediados de siglo no se registraron avances técnicos, que entonces, como en otros países, giraron en buena medida en torno a la construcción de ferrocarriles, que se extendieron por gran parte del país, aunque algunos fueran deficitarios y, al entrar libremente del extranjero los materiales necesarios, apenas contribuyeron a desarrollar la siderurgia nacional. También tomaron auge la banca y las sociedades por acciones. El proceso puede observarse con el comercio exterior, que, casi estancado hasta mediados de siglo, creció rápidamente hasta multiplicarse por cuatro desde entonces, en particular las importaciones, tendencia muy relacionada con las necesidades del ferrocarril y otras industrias. España terminó el siglo XIX como décima potencia económica del mundo, lo que, en definitiva, no era un mal puesto, a pesar de las ridículas lamentaciones del regeneracionismo.
Estos logros, modestos comparados con los de los países punteros de Europa, aunque apreciables en comparación con el resto, crearon núcleos modernos, sobre todo en Barcelona, Madrid, Valencia o Sevilla, en menor medida Bilbao. Pero no llegaron por entonces a afectar en profundidad al conjunto del país, como indica la proporción entre población agraria y urbana, que permaneció poco alterada durante todo el siglo, en dos tercios por un tercio, excepto en el entorno de Barcelona. La población pasó de unos 12 millones al morir Fernando VII a más de 16 millones al llegar la Restauración, y la producción agraria creció en proporción, pero sin apenas tecnificarse, y la renta per capita no parece haber crecido apenas.
La mayor parte de los progresos económicos, así como las leyes y reglamentaciones para modernizar el país, desde la Guardia Civil a la creación de una enseñanza media y superior algo efectiva, se produjeron durante las etapas moderadas o conservadoras personalizadas en los espadones Narváez y O´Donnell. Y ello a pesar de que se tendía a estrechar el censo electoral, más amplio en los períodos progresistas. Hubo todo el tiempo una pugna entre una política proteccionista de los moderados y la librecambista propugnada por los progresistas, predominando la primera, y a esto atribuyen algunos economistas el atraso español. La cuestión es difícil. El proteccionismo fue la política adoptada por Alemania o Usa para consolidar la industria nacional frente a la competencia exterior, sobre todo inglesa, que partía con la ventaja de su revolución industrial. Y la propia Inglaterra mantuvo un proteccionismo tratando de monopolizar la nueva maquinaria, impidiendo su exportación y la de especialistas. Por otra parte, el vecino Portugal extrajo muy poco progreso de su libre cambio con Inglaterra.
En la alta cultura, España siguió el romanticismo europeo de la época, dentro del cual no produjo obras de gran originalidad o comparables a las de los países de primera fila en literatura, pintura o música. El atraso científico fue más completo aún. Es llamativo que el liberalismo no produjera entonces teóricos de alguna enjundia, al revés que el tradicionalismo, representado por dos pensadores importantes dentro y fuera de España: Donoso Cortés y Jaime Balmes.
Un modo de caracterizar una época de auge en contraste con una de decadencia, es el número de personalidades de gran relieve que produce en el arte, la ciencia, la política, el pensamiento o la milicia. La impresión que deja aquella época española es de personajes mediocres (con la excepción relativa de los citados pensadores tradicionalistas), no infrecuentemente disparatados, inclinados a sustituir el análisis por la retórica y a una violencia gratuita, sobre todo en política
¿A qué se debió este contraste con otras épocas de España y con el apogeo de las grandes potencias europeas? Es difícil saberlo. Quizá una causa importante se encuentre en el declive de la enseñanza y, dentro de esta, en la casi ausencia de las ciencias que distinguían a otros países europeos. A lo largo de todo el siglo, pero especialmente en el primer período, la universidad mantuvo un nivel muy bajo, cuantitativo y cualitativo. En un plano más elemental, relacionado con el anterior, el analfabetismo ofreció durante todo el siglo tasas elevadísimas. Aunque los porcentajes que se ofrecen no son muy precisos, suele estimarse que en 1841, las personas alfabetizadas no llegaban a un cuarto de la población, y parte de ella sabía leer, pero no escribir. En 1875 los alfabetizados apenas habían llegado a un 27-30%. Con la Restauración, la situación mejoró, pero muy despacio, y hasta después del 98 no hubo más alfabetizados que analfabetos. En Inglaterra, en 1850, los alfabetizados alcanzaban el 75%, para llegar al 85% a finales del siglo. Y Francia pasaba del 55% al 80% en las mismas fechas. Estos datos exponen una clave esencial del atraso español en dos vertientes: por una parte, sin alfabetización era imposible extender el espíritu emprendedor y los oficios especializados exigidos por la técnica; y por otra parte la desatención al problema revela la desidia o escasa comprensión del mismo por los políticos de la época, de cualquier tendencia que fueran.
Junto a ello, la pobreza del pensamiento y la casi ausencia de espíritu científico tienen su eco en una cultura retórica y en gran medida vacua, bien manifiesta en la actitud de los dirigentes, en sus acciones convulsivas y a menudo irrealistas. Creo que en este círculo vicioso puede encontrarse la clave principal de la postración española en el período posterior a las guerras napoleónicas.